viernes, 6 de noviembre de 2015

jueves, 5 de noviembre de 2015

# 35 Y # EPILOGO

CAPITULO # 35.-
Estoy en el Paraíso.
Cuando a Tom le dieron el alta una semana después de despertarse, dejamos el hospital, y yo lo ayudé a hacerlo andando. Se negó a usar la silla de ruedas que le habían llevado a su habitación, cosa que no me sorprendió en absoluto. Mi hombre fornido y corpulento se había pasado tres semanas tumbado dependiendo del cuidado de los demás, así que no podía negarle la dignidad de salir caminando de allí, aunque nos llevara una hora hacerlo. Volvimos al Lusso, donde Cathy no había parado de arreglarlo todo como una mamá gallina, asegurándose de que los armarios de la cocina estuviesen llenos de comida, de que la ropa estuviera limpia y todo el lugar impecable, como la noche de la inauguración, antes de que nadie se mudara allí. Después le di unas cuantas semanas de
vacaciones. Necesitábamos un poco de intimidad en nuestra casa. Tenía que cuidar de Tom. Necesitaba cuidarlo para que volviera a ser el hombre que conozco y que amo.
La primera semana fue un desastre. Las constantes visitas inundaron el ático, incluidos los padres de Tom. La situación entre ellos sigue siendo rara y un poco incómoda, pero veo una luz en los ojos de mi marido que no había visto antes. Es un brillo diferente al del deseo o al de la ira. Es un brillo de paz.
La policía acudió en numerosas ocasiones durante la primera semana. Puede que fuera un poco pronto, pero Tom insistía en acabar cuanto antes con el asunto para poder retomar nuestra vida normal. Patrick se pasó con mis colegas del trabajo para expresar sus más sinceras disculpas por haberme puesto en una situación tan espantosa, pero él no sabía nada, y tampoco la pobre Sal. Definitivamente había vuelto a ser la misma chica aburrida con falda de cuadros de siempre, pero parecía estar bastante contenta. Mikael finalmente decidió no seguir adelante con la compra de Rococo Union, y Patrick me ofreció recuperar mi puesto, pero lo rechacé amablemente y Tom no intentó convencerme de lo contrario. No puedo volver al trabajo, y lo cierto es que tampoco quiero hacerlo.
Durante las tres semanas que siguieron a ésa, hubo contacto constante, como a él le gusta. Nos bañamos todas las mañanas y nos pasamos horas charlando en la bañera. Yo le curaba la herida y él me frotaba el vientre con Bio-Oil. Yo preparaba el desayuno y él nos daba de comer, ambos desnudos todo el tiempo. Él leía el manual de embarazo en voz alta y yo lo escuchaba atentamente. Decidía saltarse las partes que acabarían con sus ridículas preocupaciones y yo le quitaba el libro de las manos y le leía esas partes en voz alta. Entonces me miraba mal y yo me reía. Él quería practicar mucho sexo pero yo no quería hacerle daño, lo cual es irónico después de la batalla constante que hemos librado en este aspecto de nuestra relación desde que me quedé embarazada. Ha sido duro. Mis hormonas siguen disparadas.
Ahora, cuatro semanas después, estoy tumbada desnuda sobre la cama del dormitorio principal del Paraíso con las piernas separadas, saboreando el séptimo cielo de Tom.
—¿Estás cómoda?
Levanto la cabeza para ver dónde se encuentra mi señor y lo veo de pie en la puerta del cuarto de baño, desnudo como a mí me gusta.
—No, porque tú no estás aquí conmigo. —Doy unas palmaditas en el colchón y él me regala una sonrisa, mi sonrisa.
Sin embargo, no se tumba a mi lado. Me abre más las piernas, se coloca entre mis muslos para apoyar la mejilla recién afeitada sobre mi vientre en crecimiento y me mira con esos gloriosos ojos cafeces.
—Buenos días, mi chica preciosa.
—Buenos días. —Enrosco los dedos en su pelo húmedo y me hundo más en la cama con un suspiro de felicidad—. ¿Qué vamos a hacer hoy?
—Lo tengo todo planeado —dice besuqueándome la barriga—. Y harás lo que te diga.
—¿Tiene que ver con las cartas? —pregunto como si tal cosa, aunque esperanzada. Me aseguraré de perder esta vez para que no haya necesidad de transferirle el poder después.
—No.
Qué decepción.
—¿Tiene que ver con un polvo adormilados al anochecer?
Siento que sonríe sobre la piel que está besando.
—Quizá después.
—Entonces haré lo que tú quieras —le digo, y cierro las piernas con fuerza al imaginar otra
magnífica sesión en la arena, deseando que el día pase rápido para que llegue ya el después.
—Tu día empieza ahora, señora Kaulitz. —Me planta unos cuantos besos sonoros alrededor del ombligo y se sienta a horcajadas sobre mí. Se inclina en dirección a la mesilla de noche y saca un sobre—. Toma.
—¿Qué es esto? —pregunto, extrañada, cogiéndoselo de las manos a regañadientes. No me gustan sus sorpresas.
—Tú ábrelo —insiste con impaciencia, y entonces se mordisquea el labio. Mis nervios aumentan cuando veo que también empieza a darle vueltas al coco.
No estoy segura de querer abrirlo, pero mi curiosidad supera mi aprensión, así que lo abro lentamente sin dejar de lanzarle miradas a Tom. Saco poco a poco el trozo de papel, lo desdoblo y leo la primera línea:
Inmobiliaria Haskett and Sandler
Eso no me dice nada. Sigo leyendo, pero no entiendo nada de todo ese lenguaje legal. No
obstante, sí entiendo las desorbitadas cantidades que siguen al símbolo de la libra hacia el centro de la página.
—¿Has comprado otra casa? —pregunto mirándolo por encima del papel. He dicho «casa», pero a juzgar por la cifra, que ahora veo que tiene las palabras «Por la suma de» escritas delante, podría tratarse de un palacio... o incluso un castillo.
—No. He vendido La Mansión. —El frenesí con el que se está mordiendo el labio empieza a rozar los límites del canibalismo. Se muerde con ferocidad mientras evalúa mi reacción a esa frase.
—¿Qué? —Intento levantarme pensando que tal vez si me incorporo disminuya mi sorpresa, pero no llego a averiguarlo porque Tom me empuja de nuevo contra la cama.
—Que he vendido La Mansión. —Se tumba encima de mí y me agarra la cara entre sus enormes manos.
—Ya te he oído. ¿Por qué? —No lo entiendo. Ya sé que fui yo quien plantó la semilla, pero jamás habría esperado que me hiciera caso.
Me sonríe y acerca los labios a los míos para tentarme. Estoy desesperada por saber qué ha provocado esto, pero también estoy desesperada, como siempre, por sentir su mágica boca. Dejo a un lado el documento y caigo directamente en el ritmo que él marca. Coloco las manos sobre sus hombros y lo voy palpando hasta la mandíbula. Me está distrayendo, pero no se librará de darme una explicación. La Mansión es lo único que conoce, aunque ya no haga uso de sus instalaciones.
—Mmm, sabes divinamente, señorita. —Me muerde el labio inferior y tira de él arrastrándolo ligeramente entre los dientes.
—¿Por qué? —insisto manteniéndolo pegado a mí y envolviendo sus estrechas caderas con mis piernas. No dejaré que se vaya hasta que lo suelte.
Me mira pensativamente unos instantes hasta que exhala:
—¿Te acuerdas de cuando eras una niña? Me refiero a cuando estabas en primaria.
—Sí —respondo lentamente con una ceja enarcada y una mirada inquisitiva.
—Bien —suspira—, ¿qué cojones haría si los niños me pidieran que fuera al colegio en uno de esos días de puertas abiertas que tienen?
—¿Días de puertas abiertas?
—Sí, esos días en que los padres tienen que ir y contarles a los compañeros de clase de sus hijos que son bomberos o policías.
Aprieto los labios intentando con todas mis fuerzas no echarme a reír, puesto que es obvio que está preocupado de verdad.
—¿Qué iba a decirles yo? —prosigue, muy serio.
—Les dirías que eres el señor de La Mansión del Sexo. —No debería haber dicho eso. Me estoy riendo. Joder, amo a este hombre. Acerca la mano a mi hueso de la cadera, que está empezando a desaparecer a marchas forzadas, y me río todavía más—. ¡Para!
—El sarcasmo no te pega, señorita.
—¡Para, por favor!
Me suelta y empiezo a recuperarme de mi ataque de histeria cuando veo su expresión de
preocupación. Esto le preocupa de verdad.
—Les dirías que regentas un hotel, lo mismo que les contaríamos a los niños. —No me puedo creer que le esté proporcionando una salida. Es evidente que eso siempre ha sido un problema, pero nunca le he insistido porque sé lo mucho que significa para él esa propiedad.
Se tumba boca arriba y yo me coloco rápidamente encima de él. Él me agarra de los muslos y me mira.
—Ya no la quiero —asegura.
—Pero era la criatura de Carmichael. No la vendiste cuando tus padres te lo exigieron. ¿Por qué ahora sí?
—Porque os tengo a vosotros tres.
—A nosotros tres nos tendrás de todos modos. —No tiene sentido lo que dice.
—Os quiero a vosotros tres, y no quiero que nadie complique las cosas. No quiero tener que mentirles a nuestros hijos sobre mi trabajo. Y tampoco permitiría que acudiesen allí, lo que significa que mi tiempo contigo y con los niños estaría limitado. Ese negocio es un obstáculo. No quiero obstáculos. Tengo un pasado, nena, y La Mansión debe formar parte de él.
Siento un alivio indescriptible, y la sonrisa que invade mi rostro es prueba de ello.
—Entonces ¿te tendré para mí a todas horas todos los días?
Se encoge de hombros, avergonzado.
—Si me aceptas...
Me abalanzo sobre él y lo besuqueo por toda su maravillosa cara. No obstante, en seguida pienso en algo y me incorporo de nuevo.
—¿Y qué hay de John y de Mario? ¿Y Sarah? ¿Qué será de ella? —No me importa nada el destino de esa mujer, aunque la compadezco y no quiero que intente suicidarse otra vez. Sin embargo, adoro a John y a Mario.
—Ya he hablado con ellos. Sarah aceptará una oportunidad que le ha surgido en Estados Unidos, y John y Mario están más que listos para retirarse.
—Vaya —digo asintiendo, aunque sospecho que ambos habrán recibido un pequeño pellizco por sus servicios en La Mansión, independientemente del puesto que ocupasen—. ¿Y renovarán los socios su suscripción con los nuevos propietarios?
Se echa a reír.
—Sí, si les gusta jugar al golf.
—¿Al golf?
—Van a transformar el terreno en un campo de golf de dieciocho agujeros.
—Vaya, ¿y qué hay de las instalaciones deportivas? —pregunto.
—Las conservarán. Será bastante impresionante. Se quedará todo más o menos como está, excepto por las suites privadas, que pasarán a ser auténticas habitaciones de hotel, y la sala comunitaria se transformará en una sala de conferencias.
Imagino que será algo extraordinario.
—Entonces ¿ya está?
—Sí, ya está. Ahora necesito que vayas a prepararte para el resto del día.
Hace ademán de incorporarse, pero lo empujo de nuevo contra la cama.
—Tengo que renovar mi marca —digo señalando su pectoral, donde mi círculo perfecto está a punto de desaparecer. Entonces miro mi propio chupetón, que apenas se nota ya—. Y tú tienes que renovar la mía.
—Lo haremos después, nena. —Me levanta y me pone de pie—. Ve a darte una ducha. —Me da una palmada en el culo y me pone en marcha.
Me alejo sin protestar y con una estúpida sonrisa en la cara. Se acabó La Mansión, se acabó Sarah. Ahora tendré a Tom sólo para mí... y para los pequeños.
Después de pasarme un buen rato bajo el agradable agua caliente y de afeitarme por todas partes, me seco el pelo con la toalla y busco en el armario algo que ponerme.
—Ya he seleccionado algo yo —dice por detrás de mí, y al volverme veo que lleva puestos un par de shorts de baño anchos y sostiene un vestido de verano con encaje.
—Es un poco corto, ¿no? —observo mirando de arriba abajo la delicada prenda de finos tirantes y falda vaporosa.
—Esta vez haré una excepción. —Se encoge de hombros, baja la cremallera y lo sostiene delante de mis pies. Con esa frase, deduzco que no vamos a ningún lugar público. Se arrodilla delante de mí para que entre en el vestido. Vuelve a ponerse de pie y se lleva la mano a la barbilla con aire pensativo—. Preciosa —asiente con aprobación, me toma de la mano y me dirige hacia la puerta doble que da al porche.
—Tengo que ponerme los zapatos.
—Vamos a remar —dice, y continúa avanzando.
Recorremos el porche y atravesamos el césped hasta que llegamos a la portezuela que da al mar.
—¿Podemos remar tumbados? —pregunto descaradamente, y él se detiene y me mira con ojos divertidos.
—Me encanta el efecto que tiene en ti el embarazo, señora Kaulitz.
Sé que arrugo el entrecejo.
—Siempre te he deseado de este modo —replico.
—Lo sé. Falta algo —dice, y se saca una cala de la espalda y me la coloca detrás de la oreja—.Mucho mejor.
Levanto la mano y palpo la flor fresca sonriéndole algo perpleja, aunque demasiado contenta como para hacerle ninguna pregunta. Me guiña un ojo, me besa en la mejilla y continúa, volviéndose cada dos por tres cuando llegamos a las traviesas de madera para asegurarse de que las recorro con cuidado.
—Cuidado con ese trozo de madera astillada —dice señalando un extremo dentado en uno de los tablones.
—Deberías haber dejado que me pusiera unos zapatos —gruño. Me salto ese escalón y brinco hasta el siguiente.
—¡_____, no saltes! —resopla—. Vas a agitar a los pequeños.
—¡Ay, cállate ya! —Me río y bajo el resto de los escalones saltando hasta que mis pies se hunden en la arena dorada y siento su calor—. ¡Vamos! —Empiezo a correr hacia la orilla, pero en cuanto levanto la vista de mis pies para ver adónde voy, me quedo de piedra.
Todos me están mirando. Todos y cada uno de ellos. Mis ojos recorren la línea de personas y veo a todos mis conocidos, incluida su familia. Suelto un grito ahogado con un poco de retraso y, al volverme, veo que Tom está detrás de mí, mirándome con una sonrisa.
—¿Qué hacen todos aquí? —pregunto.
—Han venido para ver cómo me caso contigo.
—Pero si ya estamos casados —le recuerdo—. Porque lo estamos, ¿no? —De repente considero la posibilidad de que me anuncie que no estamos casados en realidad, que La Mansión no tenía licencia.
—Sí, lo estamos. Pero mis padres no estaban presentes, y así es como debería haber sido en un principio.
Me agarra de la mano y tira de mi cuerpo vacilante con suavidad hasta que empiezo a seguirlo hasta la orilla, donde nuestras familias y nuestros amigos nos esperan, sonrientes y relajados. Se apartan para dejarnos pasar. Los miro a todos ellos pero sólo veo caras alegres. Mi hermano es el que más sonríe de todos. No puedo hacer nada más que encogerme de hombros y expresar mi sorpresa.
Ahora me doy cuenta de que los shorts de Tom son blancos, y mi vestido también. ¿Vamos a casarnos otra vez?
Me coloca sobre la arena húmeda, donde las suaves olas me acarician los pies, y donde nos recibe un hombre vestido de manera tan desenfadada como yo, como Tom y como todos nuestros invitados.
Le devuelvo el saludo mientras une nuestras manos en el escaso espacio que separa nuestros cuerpos.
Todo esto me ha pillado desprevenida, pero lo acepto y contesto a las preguntas que se me formulan mientras miro los adictivos ojos de Tom y sonrío con cada una de las palabras que le digo. Lo reafirmo todo, renuevo mi promesa de amarlo, honrarlo y obedecerlo, y lo agarro del cuello para besar suavemente sus exquisitos labios cuando he terminado. He puesto el piloto automático y me dedico a hacer lo que se me pide, pero no porque no sepa qué otra cosa hacer, sino porque simplemente es lo que tengo que hacer. A pesar de todo, me confío a este hombre. Él me guía, y yo lo sigo, porque sé que
éste es mi lugar. Cuando es su turno de hablar, el concejal retrocede y Tom se coloca delante de mí, me levanta las manos, posa los labios sobre ellas y permanece así mucho tiempo.
—Te quiero —susurra acariciando con los pulgares el espacio que acaban de abandonar sus labios—. Una eternidad contigo no bastaría, _____. Desde el momento en que te vi en mi despacho, sabía que mi vida iba a cambiar. Pienso dedicar cada segundo de mi existencia a adorarte, a venerarte y a satisfacerte. Y pienso compensar todos esos años que mi vida estuvo vacía sin ti. Voy a llevarte al paraíso, nena. —Se agacha, me agarra por debajo del culo y me levanta de manera que ahora es él quien alza la vista para mirarme—. ¿Estás preparada?
—Sí. Llévame —le exijo, y hundo las manos en su pelo y le doy un pequeño tirón.
—Eres mía desde hace mucho tiempo, señora Kaulitz. Pero ahora es cuando empieza todo de verdad. —Me besa con fuerza—. Ya no tendrás que escarbar en mi interior. Sabes todo lo que había que saber. Ya no habrá más confesiones porque ya no me queda nada por decirte.
—Pues yo creo que sí —susurro, y me acerco a su cuello para inhalar su magnífica fragancia a agua fresca y mentolada.
—¿Ah, sí? —pregunta, llevándome en brazos hacia la trémula frescura del Mediterráneo.
—Sí. Dime que me quieres.
Se aparta y me mira con ojos brillantes. Sonrío al ver su boca perfecta y su glorioso pelo castaño despeinado a causa de los tirones que le doy exigiendo una respuesta.
—Joder, te quiero muchísimo, nena.
Sonrío, dejo caer la cabeza hacia atrás y cierro los ojos mientras él empieza a hacer que giremos en círculos. El sol me calienta la cara y su cuerpo pegado al mío me calienta todo lo demás.
—¡LO SÉ! —grito riéndome antes de sumergirnos en el agua con los labios pegados.
Me aferro a él como si mi vida dependiera de ello porque así es. Así son las cosas. Así somos nosotros. Ésta será siempre nuestra normalidad, sin horribles sorpresas ni más confesiones. Las dos cicatrices que luce en su estómago demencialmente perfecto
serán un recuerdo constante de nuestra andadura juntos, pero el implacable brillo de felicidad de sus magníficos ojos cafeces es un recuerdo constante de que mi hombre sigue conmigo. Y siempre seguirá estándolo.

EPILOGO.-
Joder, ¿cuánto tiempo voy a tener que aguantar que la gente invada mi casa y acapare a mi mujer y a mis hijos? Demasiado, parece ser. Horas, probablemente. Debería quitarles los regalos de las manos, lanzarles un trozo de tarta y cerrarles la puerta en las narices. Sonrío para mis adentros al imaginarme la cara de Elizabeth si llegara a hacer eso. Esto va a ser horrible, y para colmo de males, este año vendrán también los compañeros del colegio. Y sus madres..., un montón de mujeres que le han tomado a _____ la palabra de que podían quedarse si querían. Y es evidente que quieren. Bajo por la escalera de nuestra encantadora y pequeña Mansión mientras me abrocho los botones de la camisa y me mordisqueo el labio pensando en cualquier excusa para librarme de esto. No se me
ocurre ninguna. Nuestros hijos cumplen cinco años hoy, y ni siquiera las increíbles tácticas de negociación de papá los convencerán de que celebrar una fiesta es una mala idea, no ahora que empiezan a pensar por sí mismos. Lo he intentado con ganas durante los últimos cuatro años y he fracasado estrepitosamente, pero sólo porque mi preciosa esposa intervino por ellos. No obstante, sé que este año, si consigo reunirlos a solas, podría sobornarlos con algo. Tal vez con ir a esquiar. Cuando llego al pie de la escalera, me miro un momento al espejo y sonrío. Cada día estoy más guapo. Y ella sigue sin poder resistirse a mis encantos. Joder, la vida es maravillosa.
—¡Papi!
Me vuelvo y mis fuertes músculos se derriten al ver a mi pequeño bajar la escalera corriendo, con el pelo rubio enmarañado alrededor de su preciosa carita.
—Hombre, cumpleañero. —Sus ojos verdes brillan mientras se abalanza contra mí y repta por mi cuerpo.
—Adivina qué —me dice con los ojos abiertos de emoción.
—¿Qué? —No estoy fingiendo interés. Tengo auténtica curiosidad.
—La abu Lizabeth ha dicho que podemos dormir en su casa esta noche. ¡Nos va a llevar al zoo mañana!
Intento ocultar el enfado e igualar su estado de emoción.
—La abu Lizabeth vive demasiado lejos, y a papá le gusta llevarte él mismo al zoo —digo
colocándomelo sobre los hombros y volviéndome hacia el espejo de nuevo—. ¿Has visto qué guapos somos?
—Lo sé —responde como si nada, y me hace sonreír—. La abu y el abu viven a diez minutos. Lo he contado con el teléfono de mamá.
Me recuerda rápidamente que mi querida suegra vive, efectivamente, a diez minutos de distancia.
La belleza de Newquay no fue capaz de mantener a Elizabeth y a Joseph lejos de sus nietos, o de mis hijos, mejor dicho.
—Oye, he pensado —digo empleando una táctica de distracción—, que podríamos ir a esquiar otra vez. —Hablo con un entusiasmo exagerado con la esperanza de que caiga en mi trampa.
—Si ya vamos a ir. —Apoya las manitas en mi frente y me cubre el ceño que acabo de fruncir.
—¿Ah, sí?
—Sí, nos lo dijo mamá, y también dijo que no te hiciéramos caso si intentabas convencernos para no celebrar la fiesta.
Dejo caer los hombros, rendido, y me apunto mentalmente echarle un polvo de represalia a mi pequeña seductora intrigante.
—Mamá necesita el dinero de papá para hacer eso —digo sin ninguna vergüenza.
—¿Por qué no quieres que hagamos la fiesta, papi? —Su pequeña frente se arruga imitando la mía, haciéndome sentir al instante como una auténtica mierda.
—Claro que quiero, hombre. Es que no me gusta compartiros —admito.
—Tú también puedes jugar. —Se agacha y me besa en la mejilla—. Mamá se va a poner
contenta.
—¿Y eso por qué? —Sé que estará satisfecha: ha frustrado mi plan. Eso se merece dos polvos de represalia: uno por haberlo hecho, y otro por alegrarse de ello.
—Porque no te has afeitado. —Me pasa la palma arriba y abajo varias veces y yo le sonrío
mientras nos dirigimos a la cocina.
Me detengo en el marco de la puerta y me paso unos instantes deleitándome observando cómo mi ángel bate frenéticamente una fuente con alguna mierda marrón dentro. La perfecta curva de su culo me deja cautivado. Joder, es preciosa. Mi pequeño no me presiona para que continúe. Espera felizmente sobre mis hombros, aguardando a que su hechizado padre vuelva a la realidad. Está acostumbrado a verme soñar despierto, especialmente si su madre está presente. No sé qué he hecho para merecer a esta mujer y a estos niños tan maravillosos, pero no cuestionaré a los dioses del destino.
—¡Mierda! —exclama ella cuando un gotarrón de chocolate sale disparado y aterriza sobre su mejilla aceitunada.
—¡Mamá, esa boca!
Mi mujer se da la vuelta, armada con una cuchara de madera cubierta de chocolate, y mira mi rostro sonriente con el ceño fruncido antes de desviar sus enormes ojos castaños hacia nuestro hijo.
—Lo siento, Jacob.
Sonrío más todavía, y ella frunce aún más el ceño. Soy un presuntuoso, ya se lo recompensaré después. No puede actuar como la seductora desafiante que es con nuestros hijos delante, y me encanta.
—¿Qué estás preparando, nena? —pregunto mientras levanto a Jacob de mis hombros y lo siento sobre un taburete. Le paso mi teléfono móvil para que juegue un poco y me acerco a la nevera para sacar un tarro de Sun-Pat.
—Tartaletas de mantequilla de cacahuete con chocolate.
Se la ve agobiada, pero no le ofrezco mi ayuda. Sabe que se me da fatal cocinar y sólo la
estresaría más. El año que viene me adelantaré con lo del esquí.
Me coloco detrás de ella, me asomo para ver el contenido de la fuente y pienso que será mejor que siga ciñéndome a mis tarros. Pobrecilla, lo ha intentado millones de veces, pero jamás conseguirá que le salgan las tartaletas de mantequilla de cacahuete como a mi madre.
—¿Cuántos tarros de mi mantequilla de cacahuete has desperdiciado con eso? —pregunto
pegándome a su espalda sin perder la oportunidad de sentir su cuello con mis labios. Huele demasiado bien.
—Dos. —Deja la fuente a un lado—. Quiero que vuelva Cathy.
Me echo a reír, le doy la vuelta y la siento sobre la encimera mientras sacude la cuchara de madera frente a mi cara. Me estoy poniendo duro, joder. No puedo evitarlo. Me inclino, observo cómo me mira y le lamo la mejilla para limpiársela.
—No empieces algo que no puedas terminar, Kaulitz —me susurra con una voz grave y seductora.
Ahora la tengo como una piedra.
«¡Joder!»
Ella me aparta sonriendo maliciosamente.
—Tengo que terminar. Los invitados empezarán a llegar en seguida. —Se pone petulante de nuevo y se gana un tercer polvo de represalia. Sabe perfectamente lo que se hace. Sabe que no habrá cuenta atrás ni placajes con los niños delante.
O con el niño.
—¿Y Maddie? —Me acomodo de manera discreta el paquete antes de volverme hacia mi
pequeño, ajeno a lo que sucede a su alrededor. No es raro ver a papá queriendo a mamá, aunque he tenido que trabajar mucho en mi autocontrol.
No levanta la vista del móvil, pero veo que en su pequeño rostro se forma un gesto de disgusto.
—Se está poniendo su vestido para la fiesta. Está lleno de volantes. Se lo compró la abu.
Pongo los ojos en blanco al saber que mi pequeña aparecerá vestida como si le hubiera estallado encima un algodón de azúcar.
—¿Por qué piensa tu madre que mi hija tiene que ir vestida como si la hubiera atacado un pirulí rosa? —Me siento junto a Jacob y pongo el tarro entre los dos para que se sirva. Y lo hace. Hunde su dedito regordete y saca un pegote bien grande. Se me hincha el pecho de orgullo y exhalo antes de chuparme mi propio dedo. Después miro a _____ esperando una respuesta. Tiene las cejas enarcadas y sacude la cabeza mirando a Jacob con una sonrisa cariñosa, aunque después me mira a mí y deja de sonreír al instante. Pero ¿qué he hecho?
—No la chinches, Tom.
—¡No lo haré! —Me echo a reír. Por supuesto que lo haré, y pienso disfrutar de cada momento mientras lo haga.
—La abu dice que eres un peligro. —Mi hijo me mira con el dedo todavía metido en la boca—.Dice que siempre lo has sido y que siempre lo serás, pero que ya lo ha aceptado —concluye, y encoge sus pequeños hombros.
Empiezo a reírme a carcajadas y _____ se ríe conmigo. Sus ojos soñadores de color chocolate brillan, y sus suculentos labios me ruegan que los posea. Entonces se quita el delantal y revela su delgada, esbelta y menuda figura. Dejo de reírme. Empiezo a jadear y meto la mano debajo de la mesa para controlar lo que empieza a despertarse de nuevo. Es una puta batalla constante.
—Me gusta tu vestido. —Recorro con la mirada de arriba abajo su vestido negro entallado
mientras planeo cómo voy a quitárselo después. Puede que me porte bien y deje que lo lleve otra vez, está fantástica con él puesto, pero sé que más tarde no estaré en disposición de tomarme mi tiempo.
—Te gustan todos los vestidos de mamá —suelta Jacob, cansado de oír siempre lo mismo y obligándome a apartar la vista de ese cuerpo que me vuelve loco de deseo.
—Es verdad —admito, y le sacudo un poco la mata desaliñada de pelo rubio—. Hablando de vestidos, voy a buscar a tu hermana.
—Vale —responde, y vuelve a centrar la atención en mi móvil y a hundir el dedo en el tarro.
Me levanto y voy en busca de Maddie. Subo los escalones de dos en dos e irrumpo en la
habitación infestada de rosa.
—¿Dónde está mi cumpleañera?
—¡Aquí! —chilla saliendo de su casita de juegos.
Casi me quedo sin respiración.
—¡No vas a llevar eso puesto, señorita!
—¡Sí que lo voy a llevar! —Sale corriendo por la habitación al ver que empiezo a andar hacia ella.
—¡Maddie!
Pero ¿qué cojones? ¡Tiene cinco años! ¡Tan sólo cinco años y ya tengo que preocuparme de que no lleve pantalones sexys y camisetas extracortas! ¿Qué coño ha sido de ese vestido de volantes?
—¡Mamá! —grita cuando la agarro del tobillo sobre la cama. Puede gritar todo lo que quiera. No va a llevar eso puesto—. ¡Mamá!
—¡Maddie, ven aquí!
—¡No! —Me da una patada. La muy granuja me da una patada y sale corriendo del cuarto,
dejando a su padre patéticamente estresado tirado sobre su cama mullida y rosa. Me ha ganado una niña de cinco años. Pero esa niña es la hija de mi preciosa esposa. Estoy jodido.
Me levanto y recobro la compostura antes de salir en su busca.
—¡No corras por la escalera, Maddie! —grito prácticamente abalanzándome tras ella. Veo cómo su pequeño culito cubierto con un pantalón minúsculo desaparece por la puerta de la cocina buscando el respaldo de su madre.
Me detengo al instante y observo cómo trepa por el cuerpo de _____.
—¿Qué pasa? —pregunta mi mujer mirándome como si me hubiera vuelto loco. Puede que así sea.
—¡Mírala! —Agito las manos en el aire señalando a mi pequeña como un poseso—. ¡Mírala!
_____ la deja en el suelo, se agacha, le coloca los rizos de chocolate por detrás de los hombros y tira del dobladillo de su camiseta excesivamente corta. Puede tirar lo que le dé la gana. No va a seguir sobre el cuerpo de mi pequeña.
—Maddie —______ se pone en modo pacífico, algo que tal vez yo debería haber pensado antes de soltar la palabra prohibida. A estas alturas ya debería haber aprendido: no hay que decirle a Maddie que no. Es la regla número uno—, a papá le parece que tu camiseta es un poco corta.
—Sí —interrumpo por si no ha quedado claro—. Es demasiado corta.
Mi pequeña me mira con el ceño fruncido.
—Está siendo irracional.
Suelto un grito ahogado de estupefacción y acuso a _____ con la mirada. Al menos tiene la decencia de parecer arrepentida.
—¿Has visto lo que has hecho?
—¡Papá tiene el mando! —suelta Jacob, impidiendo con su intervención que me anote un tanto.
Ahora es _____ la que resopla indignada.
—Kaulitz, tienes que recordar que estas orejitas lo oyen todo.
Decido ser sensato y cerrar la puta boca. Mi mujer es incapaz de ocultar la exasperación, y no espero que lo haga. Lo que espero es que retire eso que llaman camiseta del cuerpo de mi pequeña.
—¡Él no puede decidir lo que hay en mi armario! —espeta Maddie al tiempo que cruza sus
bracitos regordetes sobre su pecho en miniatura. Miro a mi seductora desafiante y veo que apenas consigue ocultar su preciosa sonrisa burlona.
«¡Joder!» Me llevo las manos al pelo y me doy un tirón. Pronto no me quedará nada,
especialmente cuando es _____ quien me tira. Olvido momentáneamente mi enfado y sonrío, sintiendo mentalmente cómo lo hace mientras yo me hundo en su precioso cuerpo. No obstante, no tardo en volver a la realidad cuando mi pequeña señorita me atraviesa con sus ojos marrones cargados de rencor.
_____ razona con ella y, finalmente, la agarra de los hombros y le da la vuelta hacia mí.
—Maddie está dispuesta a dialogar. —Mi esposa inclina la cabeza como diciéndome que acceda a darle algún capricho.
Eso no me hace sentir mejor. Ya lo he hecho otras veces, y he acabado teniendo que llevarla a hombros por el supermercado mientras ella gritaba por todas partes y me daba patadas sin cesar. Miro a _____ con ojos suplicantes y haciendo pucheros como si fuera gilipollas, pero ella simplemente sacude la cabeza y empuja con suavidad a mi pequeña y caprichosa señorita hacia mí.
Ahora me está sonriendo y estira los brazos para que la coja. Me derrite el puto corazón, pero, joder, ¿qué coño me espera en los próximos años? Me quedaré calvo, o puede que me dé un ataque al corazón. O podría acabar en la cárcel, porque como algún capullo adolescente le ponga las manos encima le arrancaré el corazón. La levanto, salgo con ella y dejo que _____ ayude al relajado de mi hijo a ponerse las Converse.
—Papá, tienes que tranquilizarte. Te va a dar un ataque al corazón. —Se acurruca en mi cuello y recupero al instante mi amor absoluto por mi pequeña señorita desafiante. Aunque, gracias a esto, mi mujer se ha ganado el cuarto polvo de represalia del día.
—Se dice «papi». Y tú tienes que dejar de escuchar a tu madre. —Subo rápidamente la escalera, entro en su habitación y la lanzo sobre la cama. Me estalla el corazón de júbilo al oírla chillar de gozo antes de empezar a saltar arriba y abajo con sus rizos de color chocolate volando a su alrededor—.Vale. —Me froto las manos en un intento de hacer que lo que estoy a punto de sugerir suene emocionante. ¿Dónde estarán sus vaqueros y sus jerséis? Abro las puertas rosa de su armario, rebusco entre las perchas y escojo algo lleno de volantes. Lo saco y le muestro la espantosa prenda. Ella pone la misma cara de asco que yo—. La abu tiene que dejar de comprarte vestidos.
—Lo sé. —Se sienta y cruza las piernas—. ¿Vas a aplastarla hoy, papá?
—Papi —la corrijo metiendo el vestido en el estante superior para perderlo de vista—. Puede.
—Es divertido —dice entre risitas.
—Lo sé. —A continuación saco un precioso vestido de marinerita. No tiene mangas, pero le buscaré una rebeca—. ¿Qué te parece éste?
—No, papá.
—Papi. ¿Y éste? —Le enseño una especie de prenda de tela de brocado hasta los tobillos de color limón, pero ella niega desafiante—. Maddie —suspiro—, no vas a ponerte eso.
«Señor, dame fuerzas antes de que le retuerza su testaruda cabecita.»
—Me pondré unos leotardos. —Salta de la cama y abre su cajonera rosa—. Éstos —dice
sosteniendo una prenda de rayas horizontales.
Inclino la cabeza y asiento ligeramente. Me parece aceptable.
—¿Y qué hay de la camiseta?
Ella mira hacia abajo y se acaricia la barriguita.
—Me gusta ésta.
—¿Y si compramos una de una talla más grande? —Estoy dialogando con ella. Saco una
camiseta verde menta de manga repleta de corazones y se la muestro, todo sonriente—. Ésta me encanta. Venga, haz feliz a papi. —Le pongo morritos como un idiota desesperado y sé que su mente de cinco años también piensa que soy idiota.
—Está bien —suspira pesadamente. Esto es ridículo. Ahora es ella la que me está dando el gusto a mí.
—Buena chica. —La dejo sobre la cama—. Arriba. —Ella levanta los brazos en el aire y permite que le saque la media camiseta que le cubre el torso antes de sustituirla por la verde que tanto me gusta. Después le quito los shorts, cubro sus piernas con los preciosos leotardos de rayas y le pongo de nuevo los minúsculos vaqueros—. Perfecta. —Retrocedo y asiento con aprobación. Luego saco sus Converse altas plateadas del armario—. ¿Éstas? —No sé para qué pregunto, se niega a llevar otra cosa.
—Sí. —Se deja caer sobre su precioso culito y levanta los pies para que se las ponga—. Papi...
Me tenso de los pies a la cabeza al oírla llamarme como le pido constantemente que me llame.
Quiere algo.
—¿Maddie? —respondo lenta y cautelosamente.
—Quiero tener una hermanita.
Casi me caigo de culo de la risa. ¿Otra niña? Y una mierda. Tendrían que drogarme e
inmovilizarme para extraer mi simiente. Ni hablar, de ninguna manera, jamás, en absoluto.
—¿Qué tiene tanta gracia? —pregunta, confundida.
—Mami y yo estamos contentos de teneros sólo a vosotros dos —la tranquilizo poniéndole
rápidamente la otra zapatilla y ansioso por huir de esta habitación y de esta conversación.
—Mami dice que quiere tener otro bebé —me informa, y mis ojos perplejos ascienden al instante hasta los suyos, marrones y serios.
¿_____ quiere tener otro hijo? Si odió el embarazo. A mí me encantaba, pero ella lo odiaba. Me gustó todo al respecto, excepto el parto. Se vengó bien a gusto durante esas veinticuatro horas infernales. Me clavó las uñas, me chilló y me amenazó con divorciarse de mí en numerosas ocasiones.
Y no paraba de decir tacos. Pero lo que más me mortificaba era verla sufrir tanto y no poder hacer nada por aliviarla. Jamás he pensado en hacerla pasar por aquello otra vez.
—Con vosotros dos tenemos suficiente —afirmo bajándola de la cama y dejándola en el suelo sobre sus pies plateados.
—Lo sé. —Se larga corriendo y riéndose—. ¡Mamá dijo que se te saldrían los ojos de las órbitas, y así ha sido!
Me echo a reír, pero no porque sea gracioso, que no lo es, sino porque me siento tremendamente aliviado. No me negaría si _____ quisiera tener otro hijo, no después de cómo me las ingenié de manera sucia para fabricar estas dos copias de nosotros mismos. Sonrío, y es una sonrisa amplia, la que reservo sólo para mis pequeños. Me alegro tanto de haber escondido aquellas píldoras.

Realmente se me está haciendo la tarde más larga de toda mi puta vida, con decenas de críos revoloteando y gritando y con sus madres fingiendo estar vigilándolos, cuando lo que hacen en realidad esa pandilla de amas de casa aburridas y desesperadas es vigilarme a mí. Tal vez debería hacerme consejero particular e invertir un poco de tiempo en asesorar a los maridos de estas mujeres sobre cómo complacerlas y en darles lecciones sobre los distintos tipos de polvos. Asiento para mí mismo sumido en mis pensamientos cuando veo aparecer a mi madre. Nada más verle la cara ya sé que va a sermonearme.
—Hijo, no bebas mucho —dice mirando la botella de Bud que tengo en la mano, y de repente me entran ganas de darle un trago.
Me acerco a ella y estrecho su cuerpo ansioso contra el mío.
—Madre, no te preocupes tanto. —La guío hacia el entarimado, donde están sentados mi padre, Amalie y el doctor David, charlando alegremente. Mis padres también fueron incapaces de mantenerse alejados de mis hijos.
—Yo sólo... —tartamudea posando su mano arrugada sobre mi estómago y acariciándomelo suavemente—. Sólo me preocupo por ti, eso es todo.
Sé que lo hace, pero no es necesario. Puedo tomarme unas cuantas cervezas, como el resto de ellos, y puedo hacerlo en un ambiente relajado con mi familia. Aunque es cierto que sigo sin tocar el vodka.
—Ya, pero ya te he dicho que no lo hagas, así que quiero que dejes de hacerlo. Y punto. —La insto a sentarse al lado de mi padre—. ¿Quieres una cerveza, papá?
Él me mira sonriendo.
—No, hijo. Le he prometido a Jacob que daría unos cuantos botes en esa cosa hinchable. —Señala en dirección al césped y yo me vuelvo y veo a decenas de niños saltando y gritando sobre el castillo hinchable.
—¡Buena suerte!
David se ríe y apoya las manos en el vientre prominente de su esposa embarazada. Yo sonrío con cariño y veo cómo mi padre se dirige lentamente hacia Jacob, que no para de pedirle a su abuelo que se acerque agitando la mano frenéticamente. Y entonces veo a Elizabeth arrodillada delante de Maddie, recogiéndole los rizos en unos putos moños.
—¡Déjala en paz, mamá! —grito desde el otro lado del jardín, con lo que me gano una mirada asesina de Elizabeth y una risita de mi pequeña señorita.
—¡Aplástala, papi! —chilla Maddie apartándose de un manotazo la mano del pelo y corriendo para reclamar su casa del árbol.
Sonrío con picardía al ver cómo se levanta la sufridora madre de _____. No puedo evitarlo. Me mira amenazadoramente, lo que no hace sino ampliar mi sonrisa. Nada me proporciona más placer que sacarla de quicio, pero ella no se queda corta devolviéndome la pelota, así que no voy a sentirme culpable. Simplemente seguiré disfrutando de ello.
—¡¿Por qué ha tenido que salir a ti tu hija?! —me grita.
Estoy a punto de escupir la cerveza.
—¿A mí?
—¡Sí, a ti! ¡Desafiante!
Suelto una risotada. Debe de estar de broma.
—Me temo que mi pequeña señorita es una copia exacta de tu querida hija. ¡Igual de rebelde!
Ella resopla y empieza a farfullar, se alisa la blusa y se marcha hacia la cocina para ayudar a ______.
¿Desafiante? Esa mujer no tiene ni idea de qué está hablando. Dejo a mi madre con Amalie y David y me acerco a nuestros amigos, que, como era de esperar, se han instalado cerca del bar.
—¡Eh, tío! —Georg me da unos golpecitos en la espalda y John asiente mientras me agacho para que Kate pueda darme un beso en la mejilla.
—¿Qué tal estáis? —pregunto, y me dejo caer sobre una de las sillas—. ¿Dónde está Gustav?
Kate se echa a reír y señala el castillo hinchable, donde Gustav se ha colado entre todos los niños para buscar a su hija.
—Se está asegurando de que Georgia regresa con su madre sin cortes ni moratones.
—Y hablando de niños... —digo señalando con la botella a Kate y a Georg, incapaz de mantener la seriedad cuando el cuerpo de John empieza a sacudirse y toda la casa empieza a vibrar con su risa profunda y atronadora.
—Tom —responde ella, cansada de que siempre le haga la misma pregunta—. Ya te lo he dicho: este cuerpo no alberga ningún instinto maternal.
—Pues te apañas muy bien con mis hijos —señalo. Ellos la adoran.
—Sí, y eso es porque puedo traeros de vuelta a esas adorables criaturas cuando ya me he hartado de ellas. —Sonríe ampliamente y yo le devuelvo la sonrisa levantando mi botella para que brinde conmigo.
—Voy a buscar a mi mujer —digo. Me levanto y me dispongo a buscarla para ponerla al tanto de lo que pienso hacerle exactamente cuando esto acabe.
¿Dónde está?
La encuentro en la cocina, con Cathy, que ha traído algunas cosas preparadas de comer.
—¡Aquí está mi chico! —exclama mi vieja asistenta. Se acerca para darme un beso y después sale de la cocina con una bandeja llena de pequeños sándwiches sin corteza—. Le diré a Clive que reúna a los niños. ¡Hace un día estupendo!
Cuando la veo salir, me vuelvo lentamente hasta que mis ojos encuentran lo que están buscando. Ella me observa detenidamente, con la mirada ardiente. Nunca se cansará de mí.
—Te echaba de menos. —Me acerco y dejo la botella sobre el banco al pasar. Deja caer el trapo que tiene entre las manos y se apoya hacia atrás sobre la encimera, incitándome como la pequeña seductora que es.
No me ando con tonterías. La agarro, la empotro contra la pared y me abalanzo sobre la dulce piel de su cuello.
—Tom, no —exhala arqueándose contra mi pecho.
—Después voy a arrancarte este vestido y voy a follarte hasta el año que viene.
Ella gime, levanta la rodilla descubierta y la frota suavemente sobre mi polla tiesa. Control, control, control. ¡Puto control!
—Hecho —accede, aunque es consciente de que no tiene elección. Cuando sea y donde sea, lo sabe perfectamente. Menos ahora.
Gruño frustrado y aparto el cuerpo del suyo.
—Joder, te quiero.
—Lo sé. —Sonríe, pero la sonrisa no hace que sus ojos brillen como de costumbre.
—¿Qué pasa, nena? —Me agacho hasta que mi rostro está a la altura del suyo—. Dímelo.
Ella suspira y me mira con ojos nerviosos.
—Me gustaría que Dan estuviera aquí.
Si no pongo los ojos en blanco ni gruño de frustración es por todo el amor que siento por esta mujer. Ese tipo me saca de quicio, no puedo evitarlo.
—Oye, sabes que está bien —le recuerdo.
Joder, el muy capullo me ha costado casi medio millón de libras desde que le conozco, aunque eso no se lo voy a decir a _____. Sabe lo del primer rescate, pero no sabe nada de los dos siguientes. No haría más que preocuparla. Su hermano es incapaz de apartarse de los problemas.
—Le resulta demasiado duro, por Kate y Georg, ya sabes —le digo, puesto que sé que eso la sosegará.
—Lo sé —asiente—. Soy una estúpida.
—No, no lo eres. Bésame, mujer. —Tengo que distraerla. No necesito decírselo dos veces. Se abalanza sobre mí inmediatamente, gimiendo en mi boca y tirándome del pelo. Siempre funciona—.Eres deliciosa. —Empiezo a gruñir. Joder, voy a perder la cabeza. Le muerdo el labio y pego las caderas contra las curvas de su cuerpo perfecto—. Voy a deshacerme de ellos —declaro—. Putos usurpadores.
Ella sonríe con esa sonrisa tan maravillosa que tiene y me pongo más duro todavía.
—Sé un poco razonable —dice riendo—. Es el día de tus hijos.
—No tiene nada de irracional quereros a ti y a mis hijos para mí solo. —Intento concentrarme en apaciguar mi ferviente erección, pero, joder, con mi cuerpo pegado al suyo y con esos ojos suplicándome que la posea es imposible—. No puedo mirarte —mascullo. Me aparto y salgo de la cocina rápidamente antes de que la tumbe sobre la encimera.

Estoy a punto de dar la fiesta por terminada.
Echo prácticamente a las últimas personas de casa, que resultan ser los padres de ____. Los niños se quedan a dormir en su casa esta noche, así que intento ser más o menos amable. Me inclino sobre los asientos traseros del coche de Joseph y mi corazón late de felicidad al oír a mis hijos reír cuando hago turnos para asfixiarlos a besos.
—Portaos mal con la abu. —Les guiño un ojo y recibo otra risita colectiva y una mirada asesina por parte de Elizabeth.
Cierro la puerta, vuelvo corriendo a casa y me pongo en modo depredador.
—¡¿_____?! —grito asomando la cabeza por la puerta de la cocina—. ¡¿_____?!
—¡Tienes que buscarme! —responde riendo, pero no sé de qué dirección procede su voz
aterciopelada.
Maldita sea, no es momento para jueguecitos.
—_____, me voy a poner furioso —le advierto. ¿Dónde coño está?—. ¿______?
No dice nada. Se va a enterar en cuanto ponga mis manos sobre ese cuerpo.
—¡Joder! —grito. Subo la escalera de cuatro en cuatro y entro en nuestro dormitorio—. ¿______?
Nada.
Me quedo en medio de la habitación planeando mi siguiente movimiento. No me lleva mucho tiempo.
—Tres —digo tranquilamente y con total confianza. Tengo motivos para tenerla. Es incapaz de resistirse a mí—. Dos. —Sigo en el mismo sitio, alerta a cualquier signo de movimiento. Nada—. Uno—digo calmado, aunque mi polla se sacude salvajemente. Sé que está cerca.
—Cero, nena —susurra por detrás de mí. Su voz seductora dibuja una sonrisa en mis labios.
Me vuelvo y casi me da algo cuando veo lo que tengo delante de mí, vestida sólo con unas
pequeñas bragas de encaje. Joder, está cada día más guapa. A pesar de mi urgencia, me tomo mi tiempo para admirarla en todo su esplendor. Mi mirada recorre sus pechos firmes y perfectamente formados, su vientre tremendamente plano y sus fabulosas piernas. Mi miembro late al ver cómo hace descender la prenda de encaje por sus muslos, y yo me tomo mi tiempo para desabrocharme la camisa y quitarme los vaqueros. A ella no parece importarle. Sus enormes ojos castaños observan extasiados
mi cuerpo definido. Nada ha cambiado.
—¿Te gusta lo que ves? —Mi voz es grave y seductora, aunque esta mujer no necesita
seducciones en lo que a mí respecta.
Entreabre la boca y se pasa la lengua por el labio inferior. Me quedo rígido. En todas partes.
—Estoy acostumbrada —susurra desviando la mirada hacia mi pecho.
Me abalanzo sobre ella en un abrir y cerrar de ojos y mi boca ataca la suya con brutalidad. Ella no me detiene. Nunca lo hará. Rodea mis caderas con las piernas y mi cuello con los brazos y es toda mía de nuevo.
—¿Cuánto crees que vas a gritar cuando te folle? —pregunto, y la empotro contra la pared
respirándole en la cara.
—Yo diría que bastante —jadea. Me clava las uñas en la espalda, desliza las manos hasta mi pelo y tira con fuerza.
Sonrío, retrocedo y me hundo en ella. Lanzo la cabeza hacia atrás con un alarido y ensordecido por sus gritos.
Ya no le pido que abra los ojos. No necesito comprobar que es real. Sabré que lo es mientras mi corazón siga latiendo.

Y punto.


HOLA!!! ESTE ES EL ULTIMO CAPITULO ... DIOS ESTUBO HERMOSA PERO YA ERA TIEMPO DE QUE SE ACABARA :D ... GRACIAS POR HABERLA LEIDO CHICAS ENSERIO ... ME GUSTA COMPARTIR HISTORIAS QUE YA HE LEIDO ... Y MAS SI ES CON TOM ... GRACIAS POR LA ESPERA Y ESTO NO TERMINA AQUI ... SEGUIRE SUBIENDO ...ESTOS DATOS SON PARA LA HACERLE RESPETAR A LA AUTORA Y LOS PERSONAJES PRINCIPALES ...AQUI ESTAN

AUTORA: JODI ELLEN MALPAS (TRILOGIA MI HOMBRE SEDUCCION, OBSECION Y CONFESIONES)
PERSONAJES.
JESSE WARD - TOM KAULITZ
AVA O´SHEA - ______ O´SHEA
SAM - GEORG
DREW - GUSTAV 

BUENO HASTA PRONTO Y GRACIAS OTRA VEZ :))