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AQUI ESTA ... PASENSE Y BIENVENIDAS :))
viernes, 6 de noviembre de 2015
jueves, 5 de noviembre de 2015
# 35 Y # EPILOGO
CAPITULO
# 35.-
Estoy
en el Paraíso.
Cuando
a Tom le dieron el alta una semana después de despertarse, dejamos el hospital,
y yo lo ayudé a hacerlo andando. Se negó a usar la silla de ruedas que le habían
llevado a su habitación, cosa que no me sorprendió en absoluto. Mi hombre
fornido y corpulento se había pasado tres semanas tumbado dependiendo del
cuidado de los demás, así que no podía negarle la dignidad de salir caminando
de allí, aunque nos llevara una hora hacerlo. Volvimos al Lusso, donde Cathy no
había parado de arreglarlo todo como una mamá gallina, asegurándose de que los
armarios de la cocina estuviesen llenos de comida, de que la ropa estuviera
limpia y todo el lugar impecable, como la noche de la inauguración, antes de
que nadie se mudara allí. Después le di unas cuantas semanas de
vacaciones.
Necesitábamos un poco de intimidad en nuestra casa. Tenía que cuidar de Tom. Necesitaba
cuidarlo para que volviera a ser el hombre que conozco y que amo.
La
primera semana fue un desastre. Las constantes visitas inundaron el ático,
incluidos los padres de Tom. La situación entre ellos sigue siendo rara y un
poco incómoda, pero veo una luz en los ojos de mi marido que no había visto
antes. Es un brillo diferente al del deseo o al de la ira. Es un brillo de paz.
La
policía acudió en numerosas ocasiones durante la primera semana. Puede que
fuera un poco pronto, pero Tom insistía en acabar cuanto antes con el asunto para
poder retomar nuestra vida normal. Patrick se pasó con mis colegas del trabajo
para expresar sus más sinceras disculpas por haberme puesto en una situación
tan espantosa, pero él no sabía nada, y tampoco la pobre Sal. Definitivamente
había vuelto a ser la misma chica aburrida con falda de cuadros de siempre,
pero parecía estar bastante contenta. Mikael finalmente decidió no seguir
adelante con la compra de Rococo Union, y Patrick me ofreció recuperar mi
puesto, pero lo rechacé amablemente y Tom no intentó convencerme de lo
contrario. No puedo volver al trabajo, y lo cierto es que tampoco quiero hacerlo.
Durante
las tres semanas que siguieron a ésa, hubo contacto constante, como a él le
gusta. Nos bañamos todas las mañanas y nos pasamos horas charlando en la bañera.
Yo le curaba la herida y él me frotaba el vientre con Bio-Oil. Yo preparaba el
desayuno y él nos daba de comer, ambos desnudos todo el tiempo. Él leía el
manual de embarazo en voz alta y yo lo escuchaba atentamente. Decidía saltarse
las partes que acabarían con sus ridículas preocupaciones y yo le quitaba el libro
de las manos y le leía esas partes en voz alta. Entonces me miraba mal y yo me
reía. Él quería practicar mucho sexo pero yo no quería hacerle daño, lo cual es
irónico después de la batalla constante que hemos librado en este aspecto de
nuestra relación desde que me quedé embarazada. Ha sido duro. Mis hormonas
siguen disparadas.
Ahora,
cuatro semanas después, estoy tumbada desnuda sobre la cama del dormitorio
principal del Paraíso con las piernas separadas, saboreando el séptimo cielo de
Tom.
—¿Estás
cómoda?
Levanto
la cabeza para ver dónde se encuentra mi señor y lo veo de pie en la puerta del
cuarto de baño, desnudo como a mí me gusta.
—No,
porque tú no estás aquí conmigo. —Doy unas palmaditas en el colchón y él me
regala una sonrisa, mi sonrisa.
Sin
embargo, no se tumba a mi lado. Me abre más las piernas, se coloca entre mis
muslos para apoyar la mejilla recién afeitada sobre mi vientre en crecimiento y
me mira con esos gloriosos ojos cafeces.
—Buenos
días, mi chica preciosa.
—Buenos
días. —Enrosco los dedos en su pelo húmedo y me hundo más en la cama con un suspiro
de felicidad—. ¿Qué vamos a hacer hoy?
—Lo
tengo todo planeado —dice besuqueándome la barriga—. Y harás lo que te diga.
—¿Tiene
que ver con las cartas? —pregunto como si tal cosa, aunque esperanzada. Me
aseguraré de perder esta vez para que no haya necesidad de transferirle el
poder después.
—No.
Qué
decepción.
—¿Tiene
que ver con un polvo adormilados al anochecer?
Siento
que sonríe sobre la piel que está besando.
—Quizá
después.
—Entonces
haré lo que tú quieras —le digo, y cierro las piernas con fuerza al imaginar
otra
magnífica
sesión en la arena, deseando que el día pase rápido para que llegue ya el
después.
—Tu
día empieza ahora, señora Kaulitz. —Me planta unos cuantos besos sonoros
alrededor del ombligo y se sienta a horcajadas sobre mí. Se inclina en
dirección a la mesilla de noche y saca un sobre—. Toma.
—¿Qué
es esto? —pregunto, extrañada, cogiéndoselo de las manos a regañadientes. No me
gustan sus sorpresas.
—Tú
ábrelo —insiste con impaciencia, y entonces se mordisquea el labio. Mis nervios
aumentan cuando veo que también empieza a darle vueltas al coco.
No
estoy segura de querer abrirlo, pero mi curiosidad supera mi aprensión, así que
lo abro lentamente sin dejar de lanzarle miradas a Tom. Saco poco a poco el trozo
de papel, lo desdoblo y leo la primera línea:
Inmobiliaria Haskett and Sandler
Eso
no me dice nada. Sigo leyendo, pero no entiendo nada de todo ese lenguaje
legal. No
obstante,
sí entiendo las desorbitadas cantidades que siguen al símbolo de la libra hacia
el centro de la página.
—¿Has
comprado otra casa? —pregunto mirándolo por encima del papel. He dicho «casa»,
pero a juzgar por la cifra, que ahora veo que tiene las palabras «Por la suma
de» escritas delante, podría tratarse de un palacio... o incluso un castillo.
—No.
He vendido La Mansión. —El frenesí con el que se está mordiendo el labio
empieza a rozar los límites del canibalismo. Se muerde con ferocidad mientras
evalúa mi reacción a esa frase.
—¿Qué?
—Intento levantarme pensando que tal vez si me incorporo disminuya mi sorpresa,
pero no llego a averiguarlo porque Tom me empuja de nuevo contra la cama.
—Que
he vendido La Mansión. —Se tumba encima de mí y me agarra la cara entre sus
enormes manos.
—Ya
te he oído. ¿Por qué? —No lo entiendo. Ya sé que fui yo quien plantó la
semilla, pero jamás habría esperado que me hiciera caso.
Me
sonríe y acerca los labios a los míos para tentarme. Estoy desesperada por
saber qué ha provocado esto, pero también estoy desesperada, como siempre, por
sentir su mágica boca. Dejo a un lado el documento y caigo directamente en el
ritmo que él marca. Coloco las manos sobre sus hombros y lo voy palpando hasta
la mandíbula. Me está distrayendo, pero no se librará de darme una explicación.
La Mansión es lo único que conoce, aunque ya no haga uso de sus instalaciones.
—Mmm,
sabes divinamente, señorita. —Me muerde el labio inferior y tira de él
arrastrándolo ligeramente entre los dientes.
—¿Por
qué? —insisto manteniéndolo pegado a mí y envolviendo sus estrechas caderas con
mis piernas. No dejaré que se vaya hasta que lo suelte.
Me
mira pensativamente unos instantes hasta que exhala:
—¿Te
acuerdas de cuando eras una niña? Me refiero a cuando estabas en primaria.
—Sí
—respondo lentamente con una ceja enarcada y una mirada inquisitiva.
—Bien
—suspira—, ¿qué cojones haría si los niños me pidieran que fuera al colegio en
uno de esos días de puertas abiertas que tienen?
—¿Días
de puertas abiertas?
—Sí,
esos días en que los padres tienen que ir y contarles a los compañeros de clase
de sus hijos que son bomberos o policías.
Aprieto
los labios intentando con todas mis fuerzas no echarme a reír, puesto que es
obvio que está preocupado de verdad.
—¿Qué
iba a decirles yo? —prosigue, muy serio.
—Les
dirías que eres el señor de La Mansión del Sexo. —No debería haber dicho eso.
Me estoy riendo. Joder, amo a este hombre. Acerca la mano a mi hueso de la
cadera, que está empezando a desaparecer a marchas forzadas, y me río todavía
más—. ¡Para!
—El
sarcasmo no te pega, señorita.
—¡Para,
por favor!
Me
suelta y empiezo a recuperarme de mi ataque de histeria cuando veo su expresión
de
preocupación.
Esto le preocupa de verdad.
—Les
dirías que regentas un hotel, lo mismo que les contaríamos a los niños. —No me
puedo creer que le esté proporcionando una salida. Es evidente que eso siempre
ha sido un problema, pero nunca le he insistido porque sé lo mucho que
significa para él esa propiedad.
Se
tumba boca arriba y yo me coloco rápidamente encima de él. Él me agarra de los
muslos y me mira.
—Ya
no la quiero —asegura.
—Pero
era la criatura de Carmichael. No la vendiste cuando tus padres te lo
exigieron. ¿Por qué ahora sí?
—Porque
os tengo a vosotros tres.
—A
nosotros tres nos tendrás de todos modos. —No tiene sentido lo que dice.
—Os
quiero a vosotros tres, y no quiero que nadie complique las cosas. No quiero
tener que mentirles a nuestros hijos sobre mi trabajo. Y tampoco permitiría que
acudiesen allí, lo que significa que mi tiempo contigo y con los niños estaría
limitado. Ese negocio es un obstáculo. No quiero obstáculos. Tengo un pasado,
nena, y La Mansión debe formar parte de él.
Siento
un alivio indescriptible, y la sonrisa que invade mi rostro es prueba de ello.
—Entonces
¿te tendré para mí a todas horas todos los días?
Se
encoge de hombros, avergonzado.
—Si
me aceptas...
Me
abalanzo sobre él y lo besuqueo por toda su maravillosa cara. No obstante, en
seguida pienso en algo y me incorporo de nuevo.
—¿Y
qué hay de John y de Mario? ¿Y Sarah? ¿Qué será de ella? —No me importa nada el
destino de esa mujer, aunque la compadezco y no quiero que intente suicidarse
otra vez. Sin embargo, adoro a John y a Mario.
—Ya
he hablado con ellos. Sarah aceptará una oportunidad que le ha surgido en
Estados Unidos, y John y Mario están más que listos para retirarse.
—Vaya
—digo asintiendo, aunque sospecho que ambos habrán recibido un pequeño pellizco
por sus servicios en La Mansión, independientemente del puesto que ocupasen—.
¿Y renovarán los socios su suscripción con los nuevos propietarios?
Se
echa a reír.
—Sí,
si les gusta jugar al golf.
—¿Al
golf?
—Van
a transformar el terreno en un campo de golf de dieciocho agujeros.
—Vaya,
¿y qué hay de las instalaciones deportivas? —pregunto.
—Las
conservarán. Será bastante impresionante. Se quedará todo más o menos como
está, excepto por las suites privadas, que pasarán a ser auténticas habitaciones
de hotel, y la sala comunitaria se transformará en una sala de conferencias.
Imagino
que será algo extraordinario.
—Entonces
¿ya está?
—Sí,
ya está. Ahora necesito que vayas a prepararte para el resto del día.
Hace
ademán de incorporarse, pero lo empujo de nuevo contra la cama.
—Tengo
que renovar mi marca —digo señalando su pectoral, donde mi círculo perfecto
está a punto de desaparecer. Entonces miro mi propio chupetón, que apenas se
nota ya—. Y tú tienes que renovar la mía.
—Lo
haremos después, nena. —Me levanta y me pone de pie—. Ve a darte una ducha. —Me
da una palmada en el culo y me pone en marcha.
Me
alejo sin protestar y con una estúpida sonrisa en la cara. Se acabó La Mansión,
se acabó Sarah. Ahora tendré a Tom sólo para mí... y para los pequeños.
Después
de pasarme un buen rato bajo el agradable agua caliente y de afeitarme por
todas partes, me seco el pelo con la toalla y busco en el armario algo que ponerme.
—Ya
he seleccionado algo yo —dice por detrás de mí, y al volverme veo que lleva
puestos un par de shorts de baño anchos y sostiene un vestido de verano con
encaje.
—Es
un poco corto, ¿no? —observo mirando de arriba abajo la delicada prenda de finos
tirantes y falda vaporosa.
—Esta
vez haré una excepción. —Se encoge de hombros, baja la cremallera y lo sostiene
delante de mis pies. Con esa frase, deduzco que no vamos a ningún lugar público.
Se arrodilla delante de mí para que entre en el vestido. Vuelve a ponerse de
pie y se lleva la mano a la barbilla con aire pensativo—. Preciosa —asiente con
aprobación, me toma de la mano y me dirige hacia la puerta doble que da al porche.
—Tengo
que ponerme los zapatos.
—Vamos
a remar —dice, y continúa avanzando.
Recorremos
el porche y atravesamos el césped hasta que llegamos a la portezuela que da al
mar.
—¿Podemos
remar tumbados? —pregunto descaradamente, y él se detiene y me mira con ojos divertidos.
—Me
encanta el efecto que tiene en ti el embarazo, señora Kaulitz.
Sé
que arrugo el entrecejo.
—Siempre
te he deseado de este modo —replico.
—Lo
sé. Falta algo —dice, y se saca una cala de la espalda y me la coloca detrás de
la oreja—.Mucho mejor.
Levanto
la mano y palpo la flor fresca sonriéndole algo perpleja, aunque demasiado
contenta como para hacerle ninguna pregunta. Me guiña un ojo, me besa en la mejilla
y continúa, volviéndose cada dos por tres cuando llegamos a las traviesas de
madera para asegurarse de que las recorro con cuidado.
—Cuidado
con ese trozo de madera astillada —dice señalando un extremo dentado en uno de
los tablones.
—Deberías
haber dejado que me pusiera unos zapatos —gruño. Me salto ese escalón y brinco hasta
el siguiente.
—¡_____,
no saltes! —resopla—. Vas a agitar a los pequeños.
—¡Ay,
cállate ya! —Me río y bajo el resto de los escalones saltando hasta que mis
pies se hunden en la arena dorada y siento su calor—. ¡Vamos! —Empiezo a correr
hacia la orilla, pero en cuanto levanto la vista de mis pies para ver adónde
voy, me quedo de piedra.
Todos
me están mirando. Todos y cada uno de ellos. Mis ojos recorren la línea de
personas y veo a todos mis conocidos, incluida su familia. Suelto un grito
ahogado con un poco de retraso y, al volverme, veo que Tom está detrás de mí,
mirándome con una sonrisa.
—¿Qué
hacen todos aquí? —pregunto.
—Han
venido para ver cómo me caso contigo.
—Pero
si ya estamos casados —le recuerdo—. Porque lo estamos, ¿no? —De repente
considero la posibilidad de que me anuncie que no estamos casados en realidad,
que La Mansión no tenía licencia.
—Sí,
lo estamos. Pero mis padres no estaban presentes, y así es como debería haber
sido en un principio.
Me
agarra de la mano y tira de mi cuerpo vacilante con suavidad hasta que empiezo
a seguirlo hasta la orilla, donde nuestras familias y nuestros amigos nos esperan,
sonrientes y relajados. Se apartan para dejarnos pasar. Los miro a todos ellos
pero sólo veo caras alegres. Mi hermano es el que más sonríe de todos. No puedo
hacer nada más que encogerme de hombros y expresar mi sorpresa.
Ahora
me doy cuenta de que los shorts de Tom son blancos, y mi vestido también.
¿Vamos a casarnos otra vez?
Me
coloca sobre la arena húmeda, donde las suaves olas me acarician los pies, y
donde nos recibe un hombre vestido de manera tan desenfadada como yo, como Tom
y como todos nuestros invitados.
Le
devuelvo el saludo mientras une nuestras manos en el escaso espacio que separa
nuestros cuerpos.
Todo
esto me ha pillado desprevenida, pero lo acepto y contesto a las preguntas que
se me formulan mientras miro los adictivos ojos de Tom y sonrío con cada una de
las palabras que le digo. Lo reafirmo todo, renuevo mi promesa de amarlo,
honrarlo y obedecerlo, y lo agarro del cuello para besar suavemente sus
exquisitos labios cuando he terminado. He puesto el piloto automático y me
dedico a hacer lo que se me pide, pero no porque no sepa qué otra cosa hacer,
sino porque simplemente es lo que tengo que hacer. A pesar de todo, me confío a
este hombre. Él me guía, y yo lo sigo, porque sé que
éste
es mi lugar. Cuando es su turno de hablar, el concejal retrocede y Tom se
coloca delante de mí, me levanta las manos, posa los labios sobre ellas y
permanece así mucho tiempo.
—Te
quiero —susurra acariciando con los pulgares el espacio que acaban de abandonar
sus labios—. Una eternidad contigo no bastaría, _____. Desde el momento en que
te vi en mi despacho, sabía que mi vida iba a cambiar. Pienso dedicar cada
segundo de mi existencia a adorarte, a venerarte y a satisfacerte. Y pienso
compensar todos esos años que mi vida estuvo vacía sin ti. Voy a llevarte al paraíso,
nena. —Se agacha, me agarra por debajo del culo y me levanta de manera que
ahora es él quien alza la vista para mirarme—. ¿Estás preparada?
—Sí.
Llévame —le exijo, y hundo las manos en su pelo y le doy un pequeño tirón.
—Eres
mía desde hace mucho tiempo, señora Kaulitz. Pero ahora es cuando empieza todo
de verdad. —Me besa con fuerza—. Ya no tendrás que escarbar en mi interior.
Sabes todo lo que había que saber. Ya no habrá más confesiones porque ya no me queda nada por decirte.
—Pues
yo creo que sí —susurro, y me acerco a su cuello para inhalar su magnífica
fragancia a agua fresca y mentolada.
—¿Ah,
sí? —pregunta, llevándome en brazos hacia la trémula frescura del Mediterráneo.
—Sí.
Dime que me quieres.
Se
aparta y me mira con ojos brillantes. Sonrío al ver su boca perfecta y su
glorioso pelo castaño despeinado a causa de los tirones que le doy exigiendo
una respuesta.
—Joder,
te quiero muchísimo, nena.
Sonrío,
dejo caer la cabeza hacia atrás y cierro los ojos mientras él empieza a hacer
que giremos en círculos. El sol me calienta la cara y su cuerpo pegado al mío
me calienta todo lo demás.
—¡LO
SÉ! —grito riéndome antes de sumergirnos en el agua con los labios pegados.
Me
aferro a él como si mi vida dependiera de ello porque así es. Así son las
cosas. Así somos nosotros. Ésta será siempre nuestra normalidad, sin horribles sorpresas
ni más confesiones. Las dos cicatrices que luce en su estómago demencialmente
perfecto
serán
un recuerdo constante de nuestra andadura juntos, pero el implacable brillo de
felicidad de sus magníficos ojos cafeces es un recuerdo constante de que mi
hombre sigue conmigo. Y siempre seguirá estándolo.
EPILOGO.-
Joder,
¿cuánto tiempo voy a tener que aguantar que la gente invada mi casa y acapare a
mi mujer y a mis hijos? Demasiado, parece ser. Horas, probablemente. Debería
quitarles los regalos de las manos, lanzarles un trozo de tarta y cerrarles la
puerta en las narices. Sonrío para mis adentros al imaginarme la cara de
Elizabeth si llegara a hacer eso. Esto va a ser horrible, y para colmo de
males, este año vendrán también los compañeros del colegio. Y sus madres..., un
montón de mujeres que le han tomado a _____ la palabra de que podían quedarse
si querían. Y es evidente que quieren. Bajo por la escalera de nuestra
encantadora y pequeña Mansión mientras me abrocho los botones de la camisa y me
mordisqueo el labio pensando en cualquier excusa para librarme de esto. No se
me
ocurre
ninguna. Nuestros hijos cumplen cinco años hoy, y ni siquiera las increíbles
tácticas de negociación de papá los convencerán de que celebrar una fiesta es
una mala idea, no ahora que empiezan a pensar por sí mismos. Lo he intentado
con ganas durante los últimos cuatro años y he fracasado estrepitosamente, pero
sólo porque mi preciosa esposa intervino por ellos. No obstante, sé que este
año, si consigo reunirlos a solas, podría sobornarlos con algo. Tal vez con ir
a esquiar. Cuando llego al pie de la escalera, me miro un momento al espejo y
sonrío. Cada día estoy más guapo. Y ella sigue sin poder resistirse a mis
encantos. Joder, la vida es maravillosa.
—¡Papi!
Me
vuelvo y mis fuertes músculos se derriten al ver a mi pequeño bajar la escalera
corriendo, con el pelo rubio enmarañado alrededor de su preciosa carita.
—Hombre,
cumpleañero. —Sus ojos verdes brillan mientras se abalanza contra mí y repta
por mi cuerpo.
—Adivina
qué —me dice con los ojos abiertos de emoción.
—¿Qué?
—No estoy fingiendo interés. Tengo auténtica curiosidad.
—La
abu Lizabeth ha dicho que podemos dormir en su casa esta noche. ¡Nos va a
llevar al zoo mañana!
Intento
ocultar el enfado e igualar su estado de emoción.
—La
abu Lizabeth vive demasiado lejos, y a papá le gusta llevarte él mismo al zoo
—digo
colocándomelo
sobre los hombros y volviéndome hacia el espejo de nuevo—. ¿Has visto qué
guapos somos?
—Lo
sé —responde como si nada, y me hace sonreír—. La abu y el abu viven a diez
minutos. Lo he contado con el teléfono de mamá.
Me
recuerda rápidamente que mi querida suegra vive, efectivamente, a diez minutos
de distancia.
La
belleza de Newquay no fue capaz de mantener a Elizabeth y a Joseph lejos de sus
nietos, o de mis hijos, mejor dicho.
—Oye,
he pensado —digo empleando una táctica de distracción—, que podríamos ir a
esquiar otra vez. —Hablo con un entusiasmo exagerado con la esperanza de que
caiga en mi trampa.
—Si
ya vamos a ir. —Apoya las manitas en mi frente y me cubre el ceño que acabo de
fruncir.
—¿Ah,
sí?
—Sí,
nos lo dijo mamá, y también dijo que no te hiciéramos caso si intentabas convencernos
para no celebrar la fiesta.
Dejo
caer los hombros, rendido, y me apunto mentalmente echarle un polvo de
represalia a mi pequeña seductora intrigante.
—Mamá
necesita el dinero de papá para hacer eso —digo sin ninguna vergüenza.
—¿Por
qué no quieres que hagamos la fiesta, papi? —Su pequeña frente se arruga
imitando la mía, haciéndome sentir al instante como una auténtica mierda.
—Claro
que quiero, hombre. Es que no me gusta compartiros —admito.
—Tú
también puedes jugar. —Se agacha y me besa en la mejilla—. Mamá se va a poner
contenta.
—¿Y
eso por qué? —Sé que estará satisfecha: ha frustrado mi plan. Eso se merece dos
polvos de represalia: uno por haberlo hecho, y otro por alegrarse de ello.
—Porque
no te has afeitado. —Me pasa la palma arriba y abajo varias veces y yo le
sonrío
mientras
nos dirigimos a la cocina.
Me
detengo en el marco de la puerta y me paso unos instantes deleitándome
observando cómo mi ángel bate frenéticamente una fuente con alguna mierda
marrón dentro. La perfecta curva de su culo me deja cautivado. Joder, es
preciosa. Mi pequeño no me presiona para que continúe. Espera felizmente sobre
mis hombros, aguardando a que su hechizado padre vuelva a la realidad. Está acostumbrado
a verme soñar despierto, especialmente si su madre está presente. No sé qué he hecho
para merecer a esta mujer y a estos niños tan maravillosos, pero no cuestionaré
a los dioses del destino.
—¡Mierda!
—exclama ella cuando un gotarrón de chocolate sale disparado y aterriza sobre
su mejilla aceitunada.
—¡Mamá,
esa boca!
Mi
mujer se da la vuelta, armada con una cuchara de madera cubierta de chocolate,
y mira mi rostro sonriente con el ceño fruncido antes de desviar sus enormes
ojos castaños hacia nuestro hijo.
—Lo
siento, Jacob.
Sonrío
más todavía, y ella frunce aún más el ceño. Soy un presuntuoso, ya se lo
recompensaré después. No puede actuar como la seductora desafiante que es con
nuestros hijos delante, y me encanta.
—¿Qué
estás preparando, nena? —pregunto mientras levanto a Jacob de mis hombros y lo
siento sobre un taburete. Le paso mi teléfono móvil para que juegue un poco y
me acerco a la nevera para sacar un tarro de Sun-Pat.
—Tartaletas
de mantequilla de cacahuete con chocolate.
Se
la ve agobiada, pero no le ofrezco mi ayuda. Sabe que se me da fatal cocinar y
sólo la
estresaría
más. El año que viene me adelantaré con lo del esquí.
Me
coloco detrás de ella, me asomo para ver el contenido de la fuente y pienso que
será mejor que siga ciñéndome a mis tarros. Pobrecilla, lo ha intentado
millones de veces, pero jamás conseguirá que le salgan las tartaletas de
mantequilla de cacahuete como a mi madre.
—¿Cuántos
tarros de mi mantequilla de cacahuete has desperdiciado con eso? —pregunto
pegándome
a su espalda sin perder la oportunidad de sentir su cuello con mis labios.
Huele demasiado bien.
—Dos.
—Deja la fuente a un lado—. Quiero que vuelva Cathy.
Me
echo a reír, le doy la vuelta y la siento sobre la encimera mientras sacude la
cuchara de madera frente a mi cara. Me estoy poniendo duro, joder. No puedo
evitarlo. Me inclino, observo cómo me mira y le lamo la mejilla para
limpiársela.
—No
empieces algo que no puedas terminar, Kaulitz —me susurra con una voz grave y
seductora.
Ahora
la tengo como una piedra.
«¡Joder!»
Ella
me aparta sonriendo maliciosamente.
—Tengo
que terminar. Los invitados empezarán a llegar en seguida. —Se pone petulante
de nuevo y se gana un tercer polvo de represalia. Sabe perfectamente lo que se
hace. Sabe que no habrá cuenta atrás ni placajes con los niños delante.
O
con el niño.
—¿Y
Maddie? —Me acomodo de manera discreta el paquete antes de volverme hacia mi
pequeño,
ajeno a lo que sucede a su alrededor. No es raro ver a papá queriendo a mamá,
aunque he tenido que trabajar mucho en mi autocontrol.
No
levanta la vista del móvil, pero veo que en su pequeño rostro se forma un gesto
de disgusto.
—Se
está poniendo su vestido para la fiesta. Está lleno de volantes. Se lo compró
la abu.
Pongo
los ojos en blanco al saber que mi pequeña aparecerá vestida como si le hubiera
estallado encima un algodón de azúcar.
—¿Por
qué piensa tu madre que mi hija tiene que ir vestida como si la hubiera atacado
un pirulí rosa? —Me siento junto a Jacob y pongo el tarro entre los dos para
que se sirva. Y lo hace. Hunde su dedito regordete y saca un pegote bien
grande. Se me hincha el pecho de orgullo y exhalo antes de chuparme mi propio
dedo. Después miro a _____ esperando una respuesta. Tiene las cejas enarcadas y
sacude la cabeza mirando a Jacob con una sonrisa cariñosa, aunque después me
mira a mí y deja de sonreír al instante. Pero ¿qué he hecho?
—No
la chinches, Tom.
—¡No
lo haré! —Me echo a reír. Por supuesto que lo haré, y pienso disfrutar de cada
momento mientras lo haga.
—La
abu dice que eres un peligro. —Mi hijo me mira con el dedo todavía metido en la
boca—.Dice que siempre lo has sido y que siempre lo serás, pero que ya lo ha
aceptado —concluye, y encoge sus pequeños hombros.
Empiezo
a reírme a carcajadas y _____ se ríe conmigo. Sus ojos soñadores de color
chocolate brillan, y sus suculentos labios me ruegan que los posea. Entonces se
quita el delantal y revela su delgada, esbelta y menuda figura. Dejo de reírme.
Empiezo a jadear y meto la mano debajo de la mesa para controlar lo que empieza
a despertarse de nuevo. Es una puta batalla constante.
—Me
gusta tu vestido. —Recorro con la mirada de arriba abajo su vestido negro
entallado
mientras
planeo cómo voy a quitárselo después. Puede que me porte bien y deje que lo
lleve otra vez, está fantástica con él puesto, pero sé que más tarde no estaré
en disposición de tomarme mi tiempo.
—Te
gustan todos los vestidos de mamá —suelta Jacob, cansado de oír siempre lo
mismo y obligándome a apartar la vista de ese cuerpo que me vuelve loco de
deseo.
—Es
verdad —admito, y le sacudo un poco la mata desaliñada de pelo rubio—. Hablando
de vestidos, voy a buscar a tu hermana.
—Vale
—responde, y vuelve a centrar la atención en mi móvil y a hundir el dedo en el
tarro.
Me
levanto y voy en busca de Maddie. Subo los escalones de dos en dos e irrumpo en
la
habitación
infestada de rosa.
—¿Dónde
está mi cumpleañera?
—¡Aquí!
—chilla saliendo de su casita de juegos.
Casi
me quedo sin respiración.
—¡No
vas a llevar eso puesto, señorita!
—¡Sí
que lo voy a llevar! —Sale corriendo por la habitación al ver que empiezo a
andar hacia ella.
—¡Maddie!
Pero
¿qué cojones? ¡Tiene cinco años! ¡Tan sólo cinco años y ya tengo que
preocuparme de que no lleve pantalones sexys y camisetas extracortas! ¿Qué coño
ha sido de ese vestido de volantes?
—¡Mamá!
—grita cuando la agarro del tobillo sobre la cama. Puede gritar todo lo que
quiera. No va a llevar eso puesto—. ¡Mamá!
—¡Maddie,
ven aquí!
—¡No!
—Me da una patada. La muy granuja me da una patada y sale corriendo del cuarto,
dejando
a su padre patéticamente estresado tirado sobre su cama mullida y rosa. Me ha
ganado una niña de cinco años. Pero esa niña es la hija de mi preciosa esposa.
Estoy jodido.
Me
levanto y recobro la compostura antes de salir en su busca.
—¡No
corras por la escalera, Maddie! —grito prácticamente abalanzándome tras ella.
Veo cómo su pequeño culito cubierto con un pantalón minúsculo desaparece por la
puerta de la cocina buscando el respaldo de su madre.
Me
detengo al instante y observo cómo trepa por el cuerpo de _____.
—¿Qué
pasa? —pregunta mi mujer mirándome como si me hubiera vuelto loco. Puede que
así sea.
—¡Mírala!
—Agito las manos en el aire señalando a mi pequeña como un poseso—. ¡Mírala!
_____
la deja en el suelo, se agacha, le coloca los rizos de chocolate por detrás de
los hombros y tira del dobladillo de su camiseta excesivamente corta. Puede
tirar lo que le dé la gana. No va a seguir sobre el cuerpo de mi pequeña.
—Maddie
—______ se pone en modo pacífico, algo que tal vez yo debería haber pensado
antes de soltar la palabra prohibida. A estas alturas ya debería haber
aprendido: no hay que decirle a Maddie que no. Es la regla número uno—, a papá
le parece que tu camiseta es un poco corta.
—Sí
—interrumpo por si no ha quedado claro—. Es demasiado corta.
Mi
pequeña me mira con el ceño fruncido.
—Está
siendo irracional.
Suelto
un grito ahogado de estupefacción y acuso a _____ con la mirada. Al menos tiene
la decencia de parecer arrepentida.
—¿Has
visto lo que has hecho?
—¡Papá
tiene el mando! —suelta Jacob, impidiendo con su intervención que me anote un
tanto.
Ahora
es _____ la que resopla indignada.
—Kaulitz,
tienes que recordar que estas orejitas lo oyen todo.
Decido
ser sensato y cerrar la puta boca. Mi mujer es incapaz de ocultar la
exasperación, y no espero que lo haga. Lo que espero es que retire eso que
llaman camiseta del cuerpo de mi pequeña.
—¡Él
no puede decidir lo que hay en mi armario! —espeta Maddie al tiempo que cruza
sus
bracitos
regordetes sobre su pecho en miniatura. Miro a mi seductora desafiante y veo
que apenas consigue ocultar su preciosa sonrisa burlona.
«¡Joder!»
Me llevo las manos al pelo y me doy un tirón. Pronto no me quedará nada,
especialmente
cuando es _____ quien me tira. Olvido momentáneamente mi enfado y sonrío,
sintiendo mentalmente cómo lo hace mientras yo me hundo en su precioso cuerpo.
No obstante, no tardo en volver a la realidad cuando mi pequeña señorita me
atraviesa con sus ojos marrones cargados de rencor.
_____
razona con ella y, finalmente, la agarra de los hombros y le da la vuelta hacia
mí.
—Maddie
está dispuesta a dialogar. —Mi esposa inclina la cabeza como diciéndome que
acceda a darle algún capricho.
Eso
no me hace sentir mejor. Ya lo he hecho otras veces, y he acabado teniendo que
llevarla a hombros por el supermercado mientras ella gritaba por todas partes y
me daba patadas sin cesar. Miro a _____ con ojos suplicantes y haciendo
pucheros como si fuera gilipollas, pero ella simplemente sacude la cabeza y
empuja con suavidad a mi pequeña y caprichosa señorita hacia mí.
Ahora
me está sonriendo y estira los brazos para que la coja. Me derrite el puto
corazón, pero, joder, ¿qué coño me espera en los próximos años? Me quedaré
calvo, o puede que me dé un ataque al corazón. O podría acabar en la cárcel,
porque como algún capullo adolescente le ponga las manos encima le arrancaré el
corazón. La levanto, salgo con ella y dejo que _____ ayude al relajado de mi hijo
a ponerse las Converse.
—Papá,
tienes que tranquilizarte. Te va a dar un ataque al corazón. —Se acurruca en mi
cuello y recupero al instante mi amor absoluto por mi pequeña señorita
desafiante. Aunque, gracias a esto, mi mujer se ha ganado el cuarto polvo de
represalia del día.
—Se
dice «papi». Y tú tienes que dejar de escuchar a tu madre. —Subo rápidamente la
escalera, entro en su habitación y la lanzo sobre la cama. Me estalla el
corazón de júbilo al oírla chillar de gozo antes de empezar a saltar arriba y
abajo con sus rizos de color chocolate volando a su alrededor—.Vale. —Me froto
las manos en un intento de hacer que lo que estoy a punto de sugerir suene emocionante.
¿Dónde estarán sus vaqueros y sus jerséis? Abro las puertas rosa de su armario,
rebusco entre las perchas y escojo algo lleno de volantes. Lo saco y le muestro
la espantosa prenda. Ella pone la misma cara de asco que yo—. La abu tiene que
dejar de comprarte vestidos.
—Lo
sé. —Se sienta y cruza las piernas—. ¿Vas a aplastarla hoy, papá?
—Papi
—la corrijo metiendo el vestido en el estante superior para perderlo de vista—.
Puede.
—Es
divertido —dice entre risitas.
—Lo
sé. —A continuación saco un precioso vestido de marinerita. No tiene mangas,
pero le buscaré una rebeca—. ¿Qué te parece éste?
—No,
papá.
—Papi.
¿Y éste? —Le enseño una especie de prenda de tela de brocado hasta los tobillos
de color limón, pero ella niega desafiante—. Maddie —suspiro—, no vas a ponerte
eso.
«Señor,
dame fuerzas antes de que le retuerza su testaruda cabecita.»
—Me
pondré unos leotardos. —Salta de la cama y abre su cajonera rosa—. Éstos —dice
sosteniendo
una prenda de rayas horizontales.
Inclino
la cabeza y asiento ligeramente. Me parece aceptable.
—¿Y
qué hay de la camiseta?
Ella
mira hacia abajo y se acaricia la barriguita.
—Me
gusta ésta.
—¿Y
si compramos una de una talla más grande? —Estoy dialogando con ella. Saco una
camiseta
verde menta de manga repleta de corazones y se la muestro, todo sonriente—.
Ésta me encanta. Venga, haz feliz a papi. —Le pongo morritos como un idiota
desesperado y sé que su mente de cinco años también piensa que soy idiota.
—Está
bien —suspira pesadamente. Esto es ridículo. Ahora es ella la que me está dando
el gusto a mí.
—Buena
chica. —La dejo sobre la cama—. Arriba. —Ella levanta los brazos en el aire y
permite que le saque la media camiseta que le cubre el torso antes de
sustituirla por la verde que tanto me gusta. Después le quito los shorts, cubro
sus piernas con los preciosos leotardos de rayas y le pongo de nuevo los
minúsculos vaqueros—. Perfecta. —Retrocedo y asiento con aprobación. Luego saco
sus Converse altas plateadas del armario—. ¿Éstas? —No sé para qué pregunto, se
niega a llevar otra cosa.
—Sí.
—Se deja caer sobre su precioso culito y levanta los pies para que se las ponga—.
Papi...
Me
tenso de los pies a la cabeza al oírla llamarme como le pido constantemente que
me llame.
Quiere
algo.
—¿Maddie?
—respondo lenta y cautelosamente.
—Quiero
tener una hermanita.
Casi
me caigo de culo de la risa. ¿Otra niña? Y una mierda. Tendrían que drogarme e
inmovilizarme
para extraer mi simiente. Ni hablar, de ninguna manera, jamás, en absoluto.
—¿Qué
tiene tanta gracia? —pregunta, confundida.
—Mami
y yo estamos contentos de teneros sólo a vosotros dos —la tranquilizo
poniéndole
rápidamente
la otra zapatilla y ansioso por huir de esta habitación y de esta conversación.
—Mami
dice que quiere tener otro bebé —me informa, y mis ojos perplejos ascienden al
instante hasta los suyos, marrones y serios.
¿_____
quiere tener otro hijo? Si odió el embarazo. A mí me encantaba, pero ella lo
odiaba. Me gustó todo al respecto, excepto el parto. Se vengó bien a gusto
durante esas veinticuatro horas infernales. Me clavó las uñas, me chilló y me
amenazó con divorciarse de mí en numerosas ocasiones.
Y
no paraba de decir tacos. Pero lo que más me mortificaba era verla sufrir tanto
y no poder hacer nada por aliviarla. Jamás he pensado en hacerla pasar por
aquello otra vez.
—Con
vosotros dos tenemos suficiente —afirmo bajándola de la cama y dejándola en el
suelo sobre sus pies plateados.
—Lo
sé. —Se larga corriendo y riéndose—. ¡Mamá dijo que se te saldrían los ojos de
las órbitas, y así ha sido!
Me
echo a reír, pero no porque sea gracioso, que no lo es, sino porque me siento
tremendamente aliviado. No me negaría si _____ quisiera tener otro hijo, no
después de cómo me las ingenié de manera sucia para fabricar estas dos copias
de nosotros mismos. Sonrío, y es una sonrisa amplia, la que reservo sólo para
mis pequeños. Me alegro tanto de haber escondido aquellas píldoras.
Realmente
se me está haciendo la tarde más larga de toda mi puta vida, con decenas de
críos revoloteando y gritando y con sus madres fingiendo estar vigilándolos,
cuando lo que hacen en realidad esa pandilla de amas de casa aburridas y
desesperadas es vigilarme a mí. Tal vez debería hacerme consejero particular e
invertir un poco de tiempo en asesorar a los maridos de estas mujeres sobre
cómo complacerlas y en darles lecciones sobre los distintos tipos de polvos.
Asiento para mí mismo sumido en mis pensamientos cuando veo aparecer a mi
madre. Nada más verle la cara ya sé que va a sermonearme.
—Hijo,
no bebas mucho —dice mirando la botella de Bud que tengo en la mano, y de
repente me entran ganas de darle un trago.
Me
acerco a ella y estrecho su cuerpo ansioso contra el mío.
—Madre,
no te preocupes tanto. —La guío hacia el entarimado, donde están sentados mi
padre, Amalie y el doctor David, charlando alegremente. Mis padres también
fueron incapaces de mantenerse alejados de mis hijos.
—Yo
sólo... —tartamudea posando su mano arrugada sobre mi estómago y acariciándomelo
suavemente—. Sólo me preocupo por ti, eso es todo.
Sé
que lo hace, pero no es necesario. Puedo tomarme unas cuantas cervezas, como el
resto de ellos, y puedo hacerlo en un ambiente relajado con mi familia. Aunque
es cierto que sigo sin tocar el vodka.
—Ya,
pero ya te he dicho que no lo hagas, así que quiero que dejes de hacerlo. Y
punto. —La insto a sentarse al lado de mi padre—. ¿Quieres una cerveza, papá?
Él
me mira sonriendo.
—No,
hijo. Le he prometido a Jacob que daría unos cuantos botes en esa cosa
hinchable. —Señala en dirección al césped y yo me vuelvo y veo a decenas de
niños saltando y gritando sobre el castillo hinchable.
—¡Buena
suerte!
David
se ríe y apoya las manos en el vientre prominente de su esposa embarazada. Yo
sonrío con cariño y veo cómo mi padre se dirige lentamente hacia Jacob, que no
para de pedirle a su abuelo que se acerque agitando la mano frenéticamente. Y
entonces veo a Elizabeth arrodillada delante de Maddie, recogiéndole los rizos
en unos putos moños.
—¡Déjala
en paz, mamá! —grito desde el otro lado del jardín, con lo que me gano una
mirada asesina de Elizabeth y una risita de mi pequeña señorita.
—¡Aplástala,
papi! —chilla Maddie apartándose de un manotazo la mano del pelo y corriendo para
reclamar su casa del árbol.
Sonrío
con picardía al ver cómo se levanta la sufridora madre de _____. No puedo
evitarlo. Me mira amenazadoramente, lo que no hace sino ampliar mi sonrisa.
Nada me proporciona más placer que sacarla de quicio, pero ella no se queda
corta devolviéndome la pelota, así que no voy a sentirme culpable. Simplemente
seguiré disfrutando de ello.
—¡¿Por
qué ha tenido que salir a ti tu hija?! —me grita.
Estoy
a punto de escupir la cerveza.
—¿A
mí?
—¡Sí,
a ti! ¡Desafiante!
Suelto
una risotada. Debe de estar de broma.
—Me
temo que mi pequeña señorita es una copia exacta de tu querida hija. ¡Igual de
rebelde!
Ella
resopla y empieza a farfullar, se alisa la blusa y se marcha hacia la cocina
para ayudar a ______.
¿Desafiante?
Esa mujer no tiene ni idea de qué está hablando. Dejo a mi madre con Amalie y
David y me acerco a nuestros amigos, que, como era de esperar, se han instalado
cerca del bar.
—¡Eh,
tío! —Georg me da unos golpecitos en la espalda y John asiente mientras me agacho
para que Kate pueda darme un beso en la mejilla.
—¿Qué
tal estáis? —pregunto, y me dejo caer sobre una de las sillas—. ¿Dónde está
Gustav?
Kate
se echa a reír y señala el castillo hinchable, donde Gustav se ha colado entre
todos los niños para buscar a su hija.
—Se
está asegurando de que Georgia regresa con su madre sin cortes ni moratones.
—Y
hablando de niños... —digo señalando con la botella a Kate y a Georg, incapaz
de mantener la seriedad cuando el cuerpo de John empieza a sacudirse y toda la
casa empieza a vibrar con su risa profunda y atronadora.
—Tom
—responde ella, cansada de que siempre le haga la misma pregunta—. Ya te lo he
dicho: este cuerpo no alberga ningún instinto maternal.
—Pues
te apañas muy bien con mis hijos —señalo. Ellos la adoran.
—Sí,
y eso es porque puedo traeros de vuelta a esas adorables criaturas cuando ya me
he hartado de ellas. —Sonríe ampliamente y yo le devuelvo la sonrisa levantando
mi botella para que brinde conmigo.
—Voy
a buscar a mi mujer —digo. Me levanto y me dispongo a buscarla para ponerla al
tanto de lo que pienso hacerle exactamente cuando esto acabe.
¿Dónde
está?
La
encuentro en la cocina, con Cathy, que ha traído algunas cosas preparadas de
comer.
—¡Aquí
está mi chico! —exclama mi vieja asistenta. Se acerca para darme un beso y
después sale de la cocina con una bandeja llena de pequeños sándwiches sin
corteza—. Le diré a Clive que reúna a los niños. ¡Hace un día estupendo!
Cuando
la veo salir, me vuelvo lentamente hasta que mis ojos encuentran lo que están
buscando. Ella me observa detenidamente, con la mirada ardiente. Nunca se
cansará de mí.
—Te
echaba de menos. —Me acerco y dejo la botella sobre el banco al pasar. Deja
caer el trapo que tiene entre las manos y se apoya hacia atrás sobre la
encimera, incitándome como la pequeña seductora que es.
No
me ando con tonterías. La agarro, la empotro contra la pared y me abalanzo
sobre la dulce piel de su cuello.
—Tom,
no —exhala arqueándose contra mi pecho.
—Después
voy a arrancarte este vestido y voy a follarte hasta el año que viene.
Ella
gime, levanta la rodilla descubierta y la frota suavemente sobre mi polla
tiesa. Control, control, control. ¡Puto control!
—Hecho
—accede, aunque es consciente de que no tiene elección. Cuando sea y donde sea,
lo sabe perfectamente. Menos ahora.
Gruño
frustrado y aparto el cuerpo del suyo.
—Joder,
te quiero.
—Lo
sé. —Sonríe, pero la sonrisa no hace que sus ojos brillen como de costumbre.
—¿Qué
pasa, nena? —Me agacho hasta que mi rostro está a la altura del suyo—. Dímelo.
Ella
suspira y me mira con ojos nerviosos.
—Me
gustaría que Dan estuviera aquí.
Si
no pongo los ojos en blanco ni gruño de frustración es por todo el amor que
siento por esta mujer. Ese tipo me saca de quicio, no puedo evitarlo.
—Oye,
sabes que está bien —le recuerdo.
Joder,
el muy capullo me ha costado casi medio millón de libras desde que le conozco,
aunque eso no se lo voy a decir a _____. Sabe lo del primer rescate, pero no
sabe nada de los dos siguientes. No haría más que preocuparla. Su hermano es
incapaz de apartarse de los problemas.
—Le
resulta demasiado duro, por Kate y Georg, ya sabes —le digo, puesto que sé que
eso la sosegará.
—Lo
sé —asiente—. Soy una estúpida.
—No,
no lo eres. Bésame, mujer. —Tengo que distraerla. No necesito decírselo dos
veces. Se abalanza sobre mí inmediatamente, gimiendo en mi boca y tirándome del
pelo. Siempre funciona—.Eres deliciosa. —Empiezo a gruñir. Joder, voy a perder
la cabeza. Le muerdo el labio y pego las caderas contra las curvas de su cuerpo
perfecto—. Voy a deshacerme de ellos —declaro—. Putos usurpadores.
Ella
sonríe con esa sonrisa tan maravillosa que tiene y me pongo más duro todavía.
—Sé
un poco razonable —dice riendo—. Es el día de tus hijos.
—No
tiene nada de irracional quereros a ti y a mis hijos para mí solo. —Intento concentrarme
en apaciguar mi ferviente erección, pero, joder, con mi cuerpo pegado al suyo y
con esos ojos suplicándome que la posea es imposible—. No puedo mirarte
—mascullo. Me aparto y salgo de la cocina rápidamente antes de que la tumbe
sobre la encimera.
Estoy
a punto de dar la fiesta por terminada.
Echo
prácticamente a las últimas personas de casa, que resultan ser los padres de
____. Los niños se quedan a dormir en su casa esta noche, así que intento ser
más o menos amable. Me inclino sobre los asientos traseros del coche de Joseph
y mi corazón late de felicidad al oír a mis hijos reír cuando hago turnos para
asfixiarlos a besos.
—Portaos
mal con la abu. —Les guiño un ojo y recibo otra risita colectiva y una mirada
asesina por parte de Elizabeth.
Cierro
la puerta, vuelvo corriendo a casa y me pongo en modo depredador.
—¡¿_____?!
—grito asomando la cabeza por la puerta de la cocina—. ¡¿_____?!
—¡Tienes
que buscarme! —responde riendo, pero no sé de qué dirección procede su voz
aterciopelada.
Maldita
sea, no es momento para jueguecitos.
—_____,
me voy a poner furioso —le advierto. ¿Dónde coño está?—. ¿______?
No
dice nada. Se va a enterar en cuanto ponga mis manos sobre ese cuerpo.
—¡Joder!
—grito. Subo la escalera de cuatro en cuatro y entro en nuestro dormitorio—. ¿______?
Nada.
Me
quedo en medio de la habitación planeando mi siguiente movimiento. No me lleva
mucho tiempo.
—Tres
—digo tranquilamente y con total confianza. Tengo motivos para tenerla. Es
incapaz de resistirse a mí—. Dos. —Sigo en el mismo sitio, alerta a cualquier
signo de movimiento. Nada—. Uno—digo calmado, aunque mi polla se sacude
salvajemente. Sé que está cerca.
—Cero,
nena —susurra por detrás de mí. Su voz seductora dibuja una sonrisa en mis
labios.
Me
vuelvo y casi me da algo cuando veo lo que tengo delante de mí, vestida sólo
con unas
pequeñas
bragas de encaje. Joder, está cada día más guapa. A pesar de mi urgencia, me
tomo mi tiempo para admirarla en todo su esplendor. Mi mirada recorre sus
pechos firmes y perfectamente formados, su vientre tremendamente plano y sus
fabulosas piernas. Mi miembro late al ver cómo hace descender la prenda de
encaje por sus muslos, y yo me tomo mi tiempo para desabrocharme la camisa y
quitarme los vaqueros. A ella no parece importarle. Sus enormes ojos castaños
observan extasiados
mi
cuerpo definido. Nada ha cambiado.
—¿Te
gusta lo que ves? —Mi voz es grave y seductora, aunque esta mujer no necesita
seducciones
en lo que a mí respecta.
Entreabre
la boca y se pasa la lengua por el labio inferior. Me quedo rígido. En todas
partes.
—Estoy
acostumbrada —susurra desviando la mirada hacia mi pecho.
Me
abalanzo sobre ella en un abrir y cerrar de ojos y mi boca ataca la suya con
brutalidad. Ella no me detiene. Nunca lo hará. Rodea mis caderas con las
piernas y mi cuello con los brazos y es toda mía de nuevo.
—¿Cuánto
crees que vas a gritar cuando te folle? —pregunto, y la empotro contra la pared
respirándole
en la cara.
—Yo
diría que bastante —jadea. Me clava las uñas en la espalda, desliza las manos
hasta mi pelo y tira con fuerza.
Sonrío,
retrocedo y me hundo en ella. Lanzo la cabeza hacia atrás con un alarido y
ensordecido por sus gritos.
Ya
no le pido que abra los ojos. No necesito comprobar que es real. Sabré que lo
es mientras mi corazón siga latiendo.
Y
punto.
HOLA!!! ESTE ES EL ULTIMO CAPITULO ... DIOS ESTUBO HERMOSA PERO YA ERA TIEMPO DE QUE SE ACABARA :D ... GRACIAS POR HABERLA LEIDO CHICAS ENSERIO ... ME GUSTA COMPARTIR HISTORIAS QUE YA HE LEIDO ... Y MAS SI ES CON TOM ... GRACIAS POR LA ESPERA Y ESTO NO TERMINA AQUI ... SEGUIRE SUBIENDO ...ESTOS DATOS SON PARA LA HACERLE RESPETAR A LA AUTORA Y LOS PERSONAJES PRINCIPALES ...AQUI ESTAN
AUTORA: JODI ELLEN MALPAS (TRILOGIA MI HOMBRE SEDUCCION, OBSECION Y CONFESIONES)
PERSONAJES.
JESSE WARD - TOM KAULITZ
AVA O´SHEA - ______ O´SHEA
SAM - GEORG
DREW - GUSTAV
BUENO HASTA PRONTO Y GRACIAS OTRA VEZ :))
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