CAPITULO
# 13.-
Para
cuando llegamos al Lusso, aún no ha dicho una sola palabra. Baja del coche, me
abre la puerta y atravesamos el vestíbulo. Casey nos observa con cautela. Tom
me mete en el ascensor y lo miro, pero mantiene la vista al frente. Nuestras
miradas ni siquiera se cruzan en las puertas de espejo del ascensor. Cuando
abre la puerta del ático, Cathy sale de la cocina con una sonrisa radiante que
se le cae a los pies en cuanto ve el panorama.
—¿Va
todo bien? —Nos mira a los dos, luego a Tom, esperando respuesta.
Él
me da el bolso y con la cabeza señala la escalera. Le suplico con la mirada que
diga algo, pero no atiende a mis ruegos. Señala otra vez la escalera.
—¿Tom?
—dice Cathy, preocupada.
—Todo
bien. ______está algo indispuesta. —Me empuja con suavidad para que suba.
—¿No
vienes? —pregunto.
—Dame
un minuto. Corre —añade enfatizando sus palabras con otro pequeño empujón, y lo
dejo con Cathy.
Paso
junto a la asistenta, que me acaricia el hombro con ternura y me sonríe.
—Me
alegro de que estés en casa, ______.
Le
devuelvo la sonrisa, una sonrisilla. No sé lo que va a pasar, y me preocupa lo
abatido que está mi hombre.
—Gracias.
Subo
la escalera, entro en el dormitorio principal y me siento en el borde de la
cama. No sé qué hacer. Me quito los zapatos y me acomodo en la cama. Los ojos
se me llenan otra vez de lágrimas. Me hago un ovillo y me abrazo las rodillas
mientras espero a Tom. Sé que ahora vamos a hablar del tema, los dos sabemos lo
que hay. Pero para poder conversar acerca de ello tenemos que hablar los dos, y
no parece que Tom tenga pensado abrir la boca. No puedo hacerlo sola, y no
tengo ni idea de qué pasa por esa cabeza loca. El ambiente enrarecido tampoco
ayuda a disipar mis dudas. Necesito que me diga
que
todo va a salir bien, no este silencio, ni tiempo para que se me ocurran cosas
raras.
Me
pongo alerta en cuanto entra en el dormitorio. Ni siquiera me mira. Se va
derecho al cuarto de baño. Abre el grifo y lo oigo moverse como cuando prepara
nuestro baño. Está recogiendo las cosas que nos van a hacer falta y
colocándolas al borde de la bañera. ¿Vamos a bañarnos?
Me
paso mil años sentada en la cama, oyendo correr el agua y las actividades
silenciosas de Tom. Entra en el dormitorio y se me acerca en silencio. Me coge
de la mano y tira para que me levante de la cama. Me desnuda, me quita el
anillo y el Rolex (aún no le he dado las gracias), me coge en brazos y me lleva
al baño.
Me
deposita en la bañera con cuidado.
—¿Está
buena el agua? —pregunta con ternura arrodillándose al otro lado.
—Sí
—respondo mirando cómo se quita la chaqueta del traje y los gemelos.
Se
remanga la camisa. Coge la esponja y la moja en el agua de la bañera. Le pone
un poco de gel y me coloca de espaldas a él. Me enjabona la espalda con pasadas
firmes y delicadas.Estoy algo confusa.
—¿No
vas a bañarte conmigo? —pregunto en voz baja.
Lo
quiero detrás de mí para poder sentirlo, reconfortarme con su cuerpo. Lo
necesito.
—Déjame
cuidar de ti —dice con un tono de voz bajo e inseguro. No me gusta.
Me
vuelvo y encuentro una expresión estoica en sus ojos cafeces. Me parte el
corazón. Esta vez la he liado parda.
—Te
necesito mucho más cerca. —Le pongo la mano húmeda en el pecho—. Por favor.
Se
me queda mirando unos instantes, como si estuviera decidiendo si debe hacerlo o
no. Al final suspira, deja la esponja, se pone de pie y se quita la ropa muy
despacio.
Se
mete en la bañera detrás de mí y me envuelve por completo. Me siento mucho
mejor acunada de este modo, pero no le veo la cara. Me vuelvo y me siento en su
regazo. Hago que suba las rodillas para poder reclinarme en ellas y verlo bien.
Le cojo la mano y entrelazo los dedos con los suyos, y ambos observamos en
silencio el movimiento de nuestros dedos y el brillo de los anillos, que
reflejan el agua. Ya no es un silencio incómodo.
—¿Por
qué me has mentido, ______? —susurra sin apartar la vista de nuestros dedos.
Dejo
de moverlos durante un segundo de duda. Es una pregunta que me esperaba y que
necesita respuesta.
—Tenía
miedo. Sigo teniéndolo.
Es
la verdad, toda la verdad, y necesita oírla. Tiene que saber que toda esta
situación me tiene aterrorizada.
—De
mí —afirma—. Tienes miedo de mí.
No
dice nada más, y no hace falta que lo diga. Sé lo que quiere decir, y él,
también.
—Me
da miedo cómo te vas a portar.
—¿Que
me vuelva aún más loco? —confirma mirando nuestros dedos entrelazados.
—Ni
siquiera era seguro que estuviera en estado y ya me tratabas como a un objeto
valioso.
Respira
hondo y se lleva nuestras manos al pecho, al corazón, pero sigue sin mirarme.
—También
crees que querré al niño más que a ti.
Sus
palabras me dejan petrificada. Son las que he intentado apartar de mi mente
cada vez que aparecían en mi cabeza. Es verdad, me preocupa que quiera más al
niño que a mí. Es muy egoísta, lo sé, pero me da un miedo mortal. Es una idea
que siempre ha estado ahí, y ahora admito que es así. No hace mucho que
disfruto de su amor, y tengo la suerte de que me ame. ¿Quién no querría que lo amasen
con tanta fuerza, tan apasionadamente? No estoy lista para compartirlo con nada
ni con nadie, ni siquiera con una parte de nosotros.
—¿Lo
harás?
No
estoy segura. Lo único que sé es que está desesperado por tener un bebé, aunque
todavía no tengo ni idea de por qué.
Levanta
la vista muy despacio y en sus ojos hay una tristeza que no había visto nunca.
Tal vez esté decepcionado. No estoy segura.
—¿Lo
notas? —Me pone la palma de la mano en su pecho y la sujeta con fuerza—. Está
hecho para amarte, _____. Durante demasiado tiempo ha sido una pieza inútil, no
deseada. Ahora trabaja horas extras. Se llena de felicidad cuando te miro. Se
parte de dolor cuando discutimos y late desbocado cuando te hago el amor. Puede
que mi forma de querer sea abrumadora, pero no cambiará nunca. Te querré con la
misma intensidad hasta que me muera, nena. Tengamos niños o no.
Me
ha dejado más tonta que nunca. No podría quererlo más.
—No
quiero vivir nunca sin tu forma de querer abrumadora.
Me
acaricia la nuca y me acerca a su frente.
—No
tendrás que hacerlo. Nunca dejaré de quererte con todas mis fuerzas y te querré
cada dí más, porque cada día que pasamos juntos es un día más de recuerdos. Son
recuerdos que atesoraré, no pesadillas que quiera olvidar. Mi mente se está
llenando de bellas imágenes nuestras que están ocupando el lugar de una
historia que aún me persigue. Están borrando mi pasado, ______. Las necesito. Te
necesito.
—Soy
tuya —digo con un hilo de voz mientras apoyo las manos en sus hombros.
—No
vuelvas a dejarme nunca —replica, y me besa con ternura—. Duele demasiado.
Me
siento en su regazo y lo acerco más a mí. Lo abrazo con todas mis fuerzas y le
acerco la boca al oído.
—Estoy
locamente enamorada de ti —susurro—. También es un amor abrumador. Eso no
cambiará
nunca. Jamás. —Le beso la oreja—. Y punto.
Se
vuelve y su boca atrapa mis labios.
—Estupendo.
Mi corazón está contento.
Sonrío
tímidamente mientras enfatiza su felicidad con un beso y nos sumerge en la
bañera hasta que estoy tumbada sobre su pecho. Nos besamos durante mucho, mucho
tiempo. Es un beso dulce y tierno pero es lo que ambos necesitamos en este
momento: puro amor, sin excusas, a lo grande. Es fuerte. Nos deja tontos a los
dos.
Se
aparta y me coge la cara con las manos.
—Quiero
bañarte.
—Pero
estoy a gusto así.
Sólo
quiero quedarme aquí tumbada en su pecho hasta que se enfríe el agua y tengamos
que salir de la enorme bañera.
—Podemos
estar a gusto en la cama, donde podrás quedarte dormida en mis brazos, que es
donde tienes que estar.
Frunzo
el ceño.
—Pero
si no es ni media tar... —Dejo de hablar—. ¡No he vuelto a la oficina!
Me
levanto e intento salir de la bañera para llamar a Patrick, pero él me sujeta
con fuerza y vuelve a acurrucarme en su pecho.
—Ya
me he ocupado de eso. No le des más vueltas, señorita.
—¿Cuándo?
—Cuando
te he traído a casa. —Me da la vuelta en su regazo y saca la esponja del agua.
—¿Qué
le has dicho?
—Que
estabas enferma.
—Acabará
por despedirme.
Suspiro
y me inclino hacia adelante. Dejo caer la cabeza entre las rodillas y Tom me
enjabona con la esponja, a su ritmo. El silencio es cómodo y mi mente está en
paz. Cierro los ojos y absorbo el amor que fluye hacia mi interior desde su
contacto, que se transmite a mi piel a través de la esponja.
Es
así de poderoso. Atraviesa cualquier obstáculo que se interponga entre
nosotros, a través de cualquier persona, ya sea alguien como Coral, como
Sarah... O como Mikael. Nada ni nadie podrá separarnos... Excepto nosotros.
Después
de haberme cuidado un buen rato, me envuelve en una toalla y me sienta en el
lavabo doble.
—Quédate
aquí —me ordena con cariño. Me da un beso casto en los labios y se marcha con
el ceño fruncido.
—¿Adónde
vas?
—Tú
espera.
Lo
oigo rebuscar. No tarda en volver con una bolsa de papel en la mano y las cejas
enarcadas.
—¿Qué
es eso? —digo tapándome con la toalla.
Respira
hondo, abre la bolsa y me la enseña. Lo miro con curiosidad y luego me inclino
hacia adelante para ver qué contiene. En cuanto comprendo lo que es doy un
respingo.
—¿No
me crees? —espeto. Me ofende, es obvio.
Pone
los ojos en blanco, mete la mano en la bolsa y saca una prueba de embarazo.
—Claro
que te creo.
—Entonces
¿por qué tienes una bolsa llena de...? —La cojo, la pongo boca abajo y la vacío
en el lavabo que tengo al lado. Empiezo a contar—. Una, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete y ocho. ¿Por qué tienes ocho pruebas de embarazo?
Miro
a mi marido, que está como una regadera, y señalo las ocho cajas.
Se
encoge de hombros, avergonzado, y aparta una.
—Cada
caja contiene dos.
—¿Hay
dieciséis? —exclamo.
Abre
una.
—A
veces fallan. Las compré por si acaso.
Saca
una de las pruebas, se la lleva a la boca, rompe el envoltorio de plástico con
los dientes y me la da.
—Tienes
que hacer pis aquí, mira.
Tira
de la capucha y señala la única parte del stick
que no es de plástico.
—Ya
me la hice en el médico, Tom. Sé cómo funcionan. ¿Por qué no me crees?
El
labio inferior desaparece entre sus dientes y empieza a recibir un sinfín de
mordiscos.
—Te
creo, pero tengo que verlo con mis propios ojos.
Estoy
un poco ofendida, aunque no tengo derecho a estarlo. Le he hecho creer cosas y
lo he vuelto un poco más loco de lo que ya estaba. Quiere confirmación oficial,
y no lo culpo.
—¿Desde
cuándo las tienes?
Me
hace un mohín y se encoge de hombros con cara de culpabilidad. Agacha la
cabeza. No hace falta que me lo diga. Alargo la mano y levanta la mirada. Le
brillan los ojos.
—Dame.
Deja
de morderse el labio y sonríe. Y qué sonrisa. Creo que incluso supera la que
reserva sólo para mí. Aparto de mi mente la punzada de celos que noto en el
vientre. Soy una tonta. Salto del lavabo.
—Necesito
intimidad.
Me
mira sin entender nada.
—Me
quedo contigo.
—¡No
voy a mear delante de ti! —replico negando con la cabeza—. De ninguna manera,
Kaulitz.
Se
sienta en el suelo frente a mí, la toalla se entreabre y lo enseña... Todo.
—Deshazte
de mí si puedes —dice, luchando por no sonreír como un capullo.
—Me
voy a otro cuarto de baño —respondo altanera pasando junto a él.
Se
agarra a mi tobillo y de repente estoy intentando arrastrar un peso muerto.
—¡Tom!
Tiro
de mi pierna pero es inútil. Está tumbado boca abajo y me coge del tobillo con
las dos manos.
Me
mira con unos ojos adorables y me pone morritos.
—Hazlo
por mí, nena. Por favor. —Me dedica una caída de ojos. Increíble.
Intento
no echarme a reír, pero cuando me mira así es imposible.
—¿Al
menos te darás la vuelta?
—No.
—Salta y se quita la toalla. Su perfección física me noquea como un
martillazo—. ¿Te sientes mejor ahora?
Se
lleva las manos a la cintura y bajo la vista a su maravilla de acero.
Suspiro
de felicidad.
—No,
sólo me sirve de distracción —murmuro sin dejar de deleitarme con su belleza,
de arriba abajo y de abajo arriba. Es espectacular de pies a cabeza. Me como
con la vista cada centímetro de su cuerpo perfecto, maravilloso, mareante.
Llego a la cara. Tiene los ojos vidriosos y yo también—. No juegas limpio con
ese cuerpazo.
—Pues
claro, es uno de mis mejores atributos.
Me
quita la toalla.
—Este
otro es el único que le hace sombra. —Le da un buen repaso visual a mi cuerpo desnudo—.
Perfecto.
—No
dirás lo mismo cuando esté gorda e hinchada —gruño, y de repente me doy cuenta
de que voy a estar gorda e hinchada—. Y si dices que habrá más _____ para amar,
me divorcio.
Le
arrebato la toalla y me la enrollo alrededor del cuerpo.
—No
digas nunca la palabra «divorcio» —me amenaza cogiéndome de la mano y
llevándome al váter—. Si te hace sentir mejor, yo también comeré por dos.
Se
está partiendo de la risa.
—Prométeme
que no me dejarás cuando ya no pueda chuparte la polla porque la barriga estará
de por medio.
Echa
la cabeza atrás de una carcajada.
—Te
lo prometo, nena. —Me da la vuelta y me coloca frente al inodoro—. Ahora vamos
a hacer pis.
Me
levanto la toalla y me siento en el váter mientras él se acuclilla delante de
mí.
—¿Quieres
volver a meter la mano en el váter? —Sonrío al ver cómo le tiembla el labio
cuando recuerda cómo me senté en su brazo en el hospital—. Podría marcarte de
forma oficial.
Hace
lo que puede pero fracasa, se cae de culo y se echa a reír como un loco. Eso sí
que me hace sentir mejor. Mientras el histérico de mi marido se revuelca de
risa por los suelos, sujeto el stick entre los muslos y aflojo la vejiga.
—______,
cariño, no sabes cuánto te quiero.
Se
levanta del suelo y se arrodilla de nuevo con las palmas apoyadas en mis
rodillas. Me besa en la boca... mientras hago pis en un stick.
—Ahí
tienes. —Le doy el test, lo coge y me pasa otro—. ¿Qué?
Frunzo
el ceño al verlo.
—Te
lo he dicho: a veces fallan. Vamos.
Miro
al cielo, desesperada, pero cojo el puñetero stick y repito la operación. En
cuanto he terminado, me pasa un tercero.
—¡Venga
ya!
—Uno
más —dice quitándole la capucha.
—Hay
que ver... —Lo cojo de mala gana y me lo meto entre las piernas—. ¡El último!
Vacío
del todo la vejiga para que así sea físicamente imposible que pueda mear en más
test de embarazo.
—Toma.
Corto
un trozo de papel higiénico y me limpio mientras él lleva las tres pruebas al
lavabo y las ordena en fila.
A
pesar de mi pequeño enfado, no puedo evitar sonreír al verlo ahí de pie,
desnudo y agachado, con la cara pegada a los sticks.
—¿Estás
cómodo? —pregunto cogiendo sitio a su lado y copiando su postura. Yo también me
pego al lavabo.
—Creo
que éstos no funcionan. Deberíamos hacer más —dice. Hace ademán de moverse pero
se lo impido.
—Sólo
han pasado treinta segundos —me río—. Ven, lávate las manos.
Sujeto
sus manos bajo el grifo sin que aparte la vista de las pruebas. Ni se entera de
lo que hago.
—Ha
pasado más tiempo —se burla—. Mucho más.
—No.
Deja de ser tan neurótico. —Vuelvo a colocarme a su lado, mirando fijamente los
sticks.
Con
el rabillo del ojo veo que me mira mal. Sonrío. Arquea una ceja a la defensiva.
—No
soy un neurótico.
—Claro
que no —me mofo.
—¿Te
estás burlando de mí, señorita?
—Por
supuesto que no, mi señor.
Se
hace el silencio y nos quedamos quietos, preparándonos, esperando la
confirmación de lo que ya sé. Y entonces unas letras tenues aparecen en el
primer test y contengo la respiración. No sé por qué. Quizá sea porque estoy
imitando a mi hombre imposible, que se ha quedado lívido. El tiempo se detiene
mientras las letras van tomando forma. Se me acelera el pulso y miro el
siguiente stick, en el que están apareciendo las mismas letras. El corazón se
me va a salir del pecho. Giramos la cabeza a la izquierda para ver cómo las
mismas letras aparecen en la tercera y última prueba de embarazo. Ahora
me
doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración y suelto por la boca el
aire que acumulaba en los pulmones. Tom está temblando a mi lado. Lo miro. La
emoción me desborda. Él también se vuelve para mirarme. Seguimos agachados
delante del lavabo, con las manos en las rodillas, impasibles.
—Hola,
papá —digo con voz temblorosa mientras él estudia mi expresión.
—Que
me aspen —susurra por respuesta—. No puedo respirar.
Se
desploma en el suelo, mirando al techo. ¿A qué viene tanta sorpresa? Si es lo
que él quería. Enderezo la espalda y relajo los hombros. Estoy tensa como un
palo.
—¿Te
encuentras bien? —le pregunto.
No
me esperaba que reaccionara así. Le tiemblan los labios y me mira con sus
ojazos cafeces. Se pone en pie de un salto y me coge en brazos. Doy un grito de
sorpresa.
—Pero
¿qué te pasa?
Entra
en el dormitorio y me deposita, con demasiada delicadeza, en la cama. Me
arranca la toalla y se coloca entre mis piernas, con la cabeza sobre mi
vientre. Me mira con la mayor expresión de felicidad que he visto nunca. Los
ojos le brillan como soles. Tiene el pelo mojado y no hay ni rastro de la
arruga de la frente ni del labio mordido. ¿Cómo he podido tener dudas sobre mi
embarazo cuando Tom está así de relajado? Es como si le hubiera dado la vida.
Eso es lo que he hecho, creo. O él me la ha dado a mí. No importa: mi marido es
un hombre feliz, y ahora que he tomado una decisión veo las cosas claras. Muy,
muy claras. Le sobra amor para dar y vender. Este hombre arrebatador, este ex
donjuán,
será un padre magnífico, aunque un tanto sobreprotector. No sólo le he dado la
vida, le he dado una vida mejor, una vida que vale la pena vivir. Al entregarme
a él le he dado también una vida nueva, la combinación de una parte de él y una
parte de mí. Y al verlo tan eufórico no me queda ni un atisbo de duda. Puedo
tener un bebé con este hombre.
—Te
quiero —dice en voz baja—. Muchísimo.
Sonrío.
—Lo
sé.
Me
besa el vientre con ternura y luego lo acaricia.
—Y
a ti también —le susurra a mi vientre plano. Dibuja círculos con la nariz
alrededor de mi ombligo, luego se levanta y se tumba encima de mí. Me aparta el
pelo de la cara y me mira, amoroso—. Intentaré portarme mejor contigo.
Intentaré no agobiarte y no volverte loca.
—Me
gusta que me agobies. Lo que tienes que controlar son tus locuras.
—Dame
detalles.
—¿Quieres
saber qué me vuelve loca exactamente?
—Eso
es. No puedo intentar controlarlo si no sé qué es lo que te molesta. —Me da un
beso casto en los labios y me contengo para no echarme a reír. ¿No lo sabe?
Vamos a pasarnos aquí lo que queda de año pero, por ahora, voy a centrarme en
lo que peor me sienta.
—Me
tratas con demasiada gentileza. Cuando pensaste que estaba embarazada, dejaste
de ser una fiera en la cama y no me gustó. Quiero que vuelva mi Tom dominante.
Se
aparta y levanta una ceja.
—¿Qué
te he hecho yo?
—Eres
adictivo y últimamente tengo el mono. —Es una respuesta sincera. Tengo que
decirlo porque, si tengo que pasarme otros ocho meses a dieta de Tom dulce, me
volveré loca.
La
arruga aparece en la frente.
—Últimamente
te he follado a lo bestia.
Suspiro
y lo cojo de las mejillas.
—No
vas a hacer daño a la cosita, ¿sabes?
—¿La
cosita? —Se parte de risa—. Vamos a dejar una cosa clara, señorita. No vamos a
llamar «cosita» a mi bebé.
—Ahora
mismo no llega a ser un bebé.
—¿Y
qué es?
—Pues
algo parecido a un cacahuete.
Le
brillan los ojos de felicidad y una sonrisa picarona ilumina su rostro divino.
—¡Ni
se te ocurra, Kaulitz! —me río.
—¿Por
qué no? —me acaricia la mejilla con la nariz—. ¡Es perfecto!
—¡No
voy a llamar «cacahuete» a nuestro bebé y punto!
Pego
un salto cuando ataca mi punto débil y me hunde el dedo en la parte alta de las
caderas. Es un placer y una tortura. Una tortura por razones obvias, y un
placer porque esto es lo normal entre nosotros. Somos así.
—¡Para!
—chillo.
Y
lo hace.
—¡Mierda!
—exclama.
—¡¿Qué
estás haciendo?! —le grito de mal humor.
Agacha
la cabeza, mira mi vientre y luego a mí. Su rostro avergonzado me dice que sabe
exactamente
lo que acaba de hacer.
—¿Lo
ves? —Le lanzo una mirada crítica—. ¡A eso me refería! Si no vuelves a tratarme
con
normalidad,
me iré a vivir con mis padres lo que me queda de embarazo.
No
exagero. Lo haré.
—Lo
digo en serio, Kaulitz. Quiero a mi salvaje, a mi fiera, quiero las cuentas
atrás y los distintos tipos de polvo. ¡Lo quiero todo de vuelta y lo quiero ya!
Mira
a su mujer como si estuviera loca de atar. Creo que lo está.
—¿Ya
estás más tranquila? —Me lo pregunta muy en serio.
—Eso
depende. ¿Te ha entrado algo de lo que he dicho en esa cocorota?
Le
tiro del pelo.
—¡Ay!
—Se ríe y luego deja escapar un suspiro.
Se
tumba de espaldas y me sienta encima de él. Me apoya la espalda en sus rodillas
y me observa atentamente. Lo dejo hacer. Me siento y espero que le dé forma a
lo que quiere decir. Respira hondo.
—¿Te
acuerdas de cuando te encontré en el bar y te enseñé a bailar?
Sonrío
y me relajo recostada en sus muslos.
—Aquélla
fue la noche en la que me di cuenta de que me había enamorado de ti —confieso.
—Lo
sé. Me lo dijiste. Estabas borracha, pero lo dijiste.
—Debió
de ser el baile.
—Lo
sé. —Se encoge de hombros—. Se me da muy bien.
Niego
con la cabeza. Es más chulo que un ocho.
—Eres
muy arrogante —replico, aunque eso ha llegado a gustarme. La confianza que tiene
en sí mismo me pone mucho, sobre todo ahora que es mío. Y tiene todo el derecho
del mundo a serlo.
—Parece
que soy más listo que mi preciosa mujer —dice cogiéndome de los tobillos.
—¡Serás
arrogante!
—No,
sólo digo la verdad. Verás, yo me había dado cuenta de que me estaba enamorando
de ti mucho antes de aquello.
Hago
un mohín.
—¿Y
eso te hace ser más listo que yo?
—En
efecto. Mientras tú huías de mí, yo me pasaba el día frustrado. Pensaba que
estabas mal de la cabeza —sonríe tímidamente— porque no te sometías a mí.
—A
diferencia de las demás...
Imagino
que el rechazo debía de resultarle muy frustrante a un hombre que siempre hacía
lo que quería sin que nadie le pusiera ninguna pega. Asiente y yo suspiro.
—Era
sólo porque sabía que ibas a hacerme daño. Aunque no te conocía, era obvio
que... —hago una pausa— tenías experiencia.
Iba
a decir que era un mujeriego, pero no es la palabra exacta. Las mujeres caen
rendidas a sus pies, se le ofrecen, se lo ponen fácil. No le hacía falta
perseguirlas. Hasta que me conoció a mí.
Asciende
por mis espinillas con la punta de los dedos y sigue el trayecto con la mirada.
—Cuando
te dejé durante cuatro días...
—No
sigas —lo interrumpo—. Por favor, no hablemos de eso.
—Deja
que te explique una cosa importante —dice tirando de mis brazos para tenerme
más cerca—. Estaba muy aturdido por lo que sentía. Me hizo falta estar lejos de
ti para comprender exactamente lo que era. No lograba entender por qué me
comportaba como un energúmeno. Llegué a pensar que me estaba volviendo loco,
______.
No
me están gustando estos recuerdos. No sé adónde quiere ir a parar, pero ya sé
que me dejó porque sabía que tenía problemas, porque no quería hacerme daño. No
necesito volver a oírlo.
Se
muerde un poco el labio inferior. Delante de mis narices, literalmente. Luego
continúa.
—Me
pasé el tercer y el cuarto día reviviendo cada momento que había pasado
contigo. Los recordaba una y otra vez hasta que se convirtió en una tortura.
Entonces fui a buscarte y tú saliste corriendo otra vez.
Claro
que salí corriendo. No me falló la intuición. Aunque no estaba segura de por
qué, sabía que tenía que salir corriendo.
—______,
la noche en la que me dijiste que me querías, todo cobró sentido y a la vez
todo parecía borroso. Quería que me amaras pero sabía que no me conocías de
verdad. Sabía que había cosas que te harían huir de mí de nuevo. Pero también
sabía que te pertenecía y me daba un miedo mortal pensar que, cuando empezaras
a atar cabos, te marcharías. No podía arriesgarme, no después de que me había costado
tantos años encontrarte. —Cierra los ojos y respira hondo para encontrar el
valor necesario—.
Esa
noche te robé las píldoras anticonceptivas.
No
me sorprende mucho. Ya ha confesado que me las robó y por qué. Para él, que
vive en un mundo de locos, lo que hizo tenía sentido. Lo que me preocupa es que
para mí, también.
Me
besa con ternura.
—Me
pasé la noche sentado, observando cómo dormías, y lo único en lo que podía
pensar era en todas y cada una de las razones por las que no ibas a quererme.
Sabía que robarte las pastillas estaba mal, pero lo veía como una garantía.
Estaba muy desesperado.
Me
relajo con la cara hundida en su cuello y me dedica la sonrisa que se reserva
sólo para mí.
—Quiero
el mundo entero contigo, nena, y lo quiero para anteayer.
En
el fondo, creo que eso también lo sabía.
—Gracias
por el reloj.
Sonríe
y me pasa el dedo por el labio inferior.
—De
nada.
Lo
beso y me pierdo en él. Es un beso lento, suave, exquisito. Es justo como tiene
que ser.
CAPITULO
# 14.-
Me
despiertan un zumbido y un golpeteo constante que ya conozco. Sé dónde
encontrarlo. Voy al gimnasio. Me quedo de pie al otro lado de la puerta de
cristal y observo cómo se flexionan y se tensan los músculos de su espalda
mientras corre en la cinta y ve las noticias deportivas en el televisor suspendido.
Abro la puerta, entro y me coloco delante de la máquina de correr. Aposento mi
culo desnudo en un banco para pesas. Está corriendo muy de prisa, y cuando me
recuesto sobre los brazos le propina un golpe con la mñeca al botón de reducir
la marcha y empieza a correr más despacio hasta que se para del todo. Mis ojos
legañosos disfrutan de las vistas. Coge una toalla y se la pasa por el pelo y
la cara. Es una mole de sudor, brillante y prieta. Me lo comería a besos. Me
observa detenidamente. Se inclina hacia adelante y apoya los brazos en la parte
delantera de la máquina.
—Buenos
días. —Le da un repaso a mi cuerpo desnudo y luego me mira a los ojos.
—Buenos
días. ¿Qué haces corriendo aquí dentro? —Ya me sé la respuesta y, a juzgar por
la sonrisa casi imperceptible que se le dibuja en la cara, él sabe que lo sé.
—Me
apetecía cambiar.
Quiero
preguntarle más, pero paso del tema. Si el embarazo impide que me saque de la
cama al alba para correr por todo Londres, me alegra mucho estar sólo de un
mes.
—No
recuerdo haberme quedado dormida.
—Te
dormiste en seguida. Estabas tumbada encima de mí y ni te moví. Has dormido
como un tronco, nena.
Me
estiro y bostezo.
—¿Qué
hora es?
En
cuanto termino de pronunciar la frase oigo la puerta principal y el saludo
jovial de Cathy. Si la asistenta ya está aquí, deben de ser las ocho, más o
menos, ¡y estoy en pelotas! Doy un brinco.
—¡Estoy
desnuda!
Tom
sonríe y se baja de la cinta.
—Ciertamente
—asiente, riendo, al tiempo que se me acerca—. ¿Qué pensará Cathy?
Busco
por el gimnasio una toalla o algo con lo que cubrirme para poder subir la
escalera sin perder la dignidad. Me da la risa. Perdí mi dignidad aquella
mañana en la que Cathy nos pilló a los dos en cueros. Veo la toalla que Tom
lleva en la mano y se la quito de un tirón.
—No
creo que tape demasiado —dice, el muy borde.
Tiene
razón. Es minúscula, poco más que una toalla de bidet.
—¡Ayúdame!
—Lo miro suplicante y me encuentro con una sonrisa.
—Ven.
Abre
los brazos y trepo por su cuerpo con mi estilo habitual de chimpancé. Su piel
húmeda y resbaladiza huele de maravilla.
Se
acerca a la puerta del gimnasio, la abre y se asoma.
—¿Cathy?
—¿Sí?
—¿Dónde
estás?
—En
la cocina.
Una
vez confirmado el paradero de la asistenta, Tom sale del gimnasio y sube por la
escalera como un rayo. Miro por encima de su hombro, rezando para que Cathy no
salga a investigar o a preguntarle a su chico si necesita algo. No lo hace.
Finalmente, llego al dormitorio a salvo y con mi dignidad intacta.
—Ya
está .—Me deja en el suelo y me besa en la frente.
—¿Qué
hora es?
—Las
ocho menos diez.
Pongo
los ojos en blanco y lo acuso con la mirada.
—¿Por
qué no me has despertado antes? —Corro al baño.
—Necesitas
dormir.
—¡Pero
no quince horas!
Abro
el grifo de la ducha y me meto sin esperar a que salga agua caliente. Necesito
despabilarme.
Me
mojo el pelo y me echo un chorro de champú en la mano. Tom está detrás del
cristal, quitándose las zapatillas de correr.
—Por
lo visto, las necesitas —murmura.
Me
aclaro el pelo, me pongo acondicionador y salgo cuando él entra. No hago caso
de lo que dice entre dientes. Tardo diez minutos exactos en secarme el pelo, maquillarme,
vestirme y bajar la escalera sin Tom.
—Buenos
días, Cathy.
Desenchufo
el móvil del cargador y lo meto en mi bolso.
—Hoy
se te ve mejor, ______. —Cathy se seca las manos en el delantal y me da un
repaso—. Sí, mucho mejor.
—Ya
me encuentro bien —me río.
—¿Qué
te apetece desayunar?
—Llego
tarde, Cathy. Ya tomaré algo en la oficina —digo echándome el bolso al hombro.
—¡Tienes
que comer algo! —La voz firme y seria de Tom hace que me dé la vuelta, y me
encuentro
con una cara de pocos amigos.
Se
está anudando la corbata.
—Prepárale
un bagel, Cathy.
Es
la perfección vestida de traje, y me sienta en un taburete.
—Con
huevos —añade, aunque luego se para a pensar—. Bueno, mejor sin huevos.
Abro
unos ojos como platos y me bajo del taburete. Cathy no sabe qué hacer.
—Gracias,
pero ya desayunaré en el trabajo.
Salgo
de la cocina y dejo a Tom con la boca abierta.
—¡Eh!
Su
grito de sorpresa me llega justo cuando estoy cerrando la puerta del ático. No
corro. Ya tomaré algo. Sin huevos. La alegría me dura poco. Pulso los botones del
ascensor pero las puertas no se abren. Vuelvo a introducir el código, me estoy
poniendo nerviosa.
—¡¿Sin
huevos?! —le grito al panel cuando la puerta no se abre.
—¿Estás
bien?
Me
vuelvo y mi controlador y neurótico marido observa cómo pierdo los nervios con
el maldito teclado con las manos en los bolsillos.
—¡No
puedo comer huevos! —le grito—. ¿Cuál es el nuevo código?
—¿Perdona?
—Ya
me has oído. —Le doy un puñetazo al panel.
—Sí,
te he oído, pero voy a darte la oportunidad de que me lo preguntes en otro
tono. —Está muy serio y no parece que lo haya impresionado mi pataleta, aunque
yo no me puedo creer lo insolente que puede llegar a ser. ¿Que me está dando la
oportunidad de hablarle en otro tono?
Me
acerco, tranquila y sosegada. Me pongo de puntillas para estar lo más cerca
posible de su asquerosa cara perfecta, esa que me gustaría partirle en este
momento.
—Que
te den —digo echándole el aliento en la cara antes de dar media vuelta hacia la
escalera.
Espero
que no haya tenido la iniciativa de cambiar también este código. No lo ha
hecho. Sonrío satisfecha. Los trece pisos de escalera van a acabar conmigo,
pero me alegro de que sean de bajada y no de subida.
Para
cuando llego al séptimo, me he quitado los zapatos de tacón. Cuando llego al
cuarto, tengo que hacer un descanso. Tengo calor, estoy sudada y quiero
vomitar.
—Me
cago en él —maldigo respirando hondo y reemprendiendo la marcha.
Salgo
por la puerta de incendios y me doy de bruces contra su pecho. Me empuja otra
vez hacia la escalera. Ni siquiera intento soltarme. Estoy molida.
Me
coge en volandas y me empuja contra la pared. Estoy sudada y jadeando. Le echo
el aliento agotado en la cara. He tenido que bajar andando hasta el vestíbulo;
Tom respira con normalidad porque ha podido bajar en el lujoso ascensor del
Lusso.
—No
te voy a dar un polvo de disculpa —resoplo en sus narices. A pesar de las
náuseas, me cuesta resistirme a sus encantos. No pienso ceder. Hoy serán los
huevos, y mañana, cualquier otra cosa más seria.
Aprieta
los labios y me mira con los ojos como ascuas cafeces.
—¡Esa
boca!
—¡No!
No vas a...
Y
hasta ahí puedo llegar antes de que su boca cubra la mía y me ataque con todo
lo que tiene. Sé lo que está haciendo, pero eso no me impide soltar el bolso y
manosearle la espalda trajeada. Levanto las piernas y las enrosco alrededor de
su cintura. Éste es el Tom que conozco y amo. No podría ser más feliz. Gimo, le
tiro de la chaqueta, le tiro del pelo y le muerdo el labio inferior.
—Eres
una cabezota —dice. Me besa la cara, el cuello, y me muerde el lóbulo de la
oreja.
Juguetea
con mi pendiente—. Lo estás pidiendo a gritos. —Me besa el hueco hipersensible
de debajo de la oreja y me estremezco—. ¿Quieres que te haga gritar en la
escalera, ______?
Santo
Dios, quiero que me folle en la escalera.
—Sí.
Se
aparta, desenrosca mis piernas, me desliza por la pared hasta que mis pies
tocan el suelo, se arregla el paquete y mira mi cara de sorpresa con los ojos
entornados.
—Qué
más quisiera yo, pero llego tarde.
—Serás
cabrón —siseo intentando recobrar la compostura. No sirve de nada. ¿Para qué
voy a fingir que no me afecta? No se lo tragará nunca.
Recojo
mi bolso, abro la puerta y llevo mis tacones frustrados al vestíbulo.
—Buenos
días, ______. —El tono feliz y descansado de Clive me molesta.
Gruño,
salgo a la calle, me pongo las gafas y doy las gracias al cielo al no ver mi
regalo. Mi Mini sí que está. Más le vale dejarme salir. Subo al coche, arranco
y alguien da unos golpecitos en mi ventanilla. Es Tom.
—¿Sí?
—pregunto bajando el cristal.
—Yo
te llevo al trabajo. —Lo dice en ese tono, pero me importa un bledo.
Subo
la ventanilla.
—No,
gracias. —Doy marcha atrás con cuidado de no aplastarle los pies, saco el móvil
del bolso y marco el número del Lusso—. Buenos días, Clive. —Mi cordial saludo
no tiene nada que ver con el gruñido de antes.
—¿______?
—Sí,
perdona que te moleste. ¿Podrías abrirme las puertas?
—Por
supuesto.
—Gracias.
Sonrío
orgullosa para mis adentros y tiro el móvil en el asiento del acompañante en
cuanto las puertas empiezan a abrirse. No me entretengo. Salgo del parking y
por el retrovisor veo a Tom agitando los brazos por encima de la cabeza antes
de echar a correr al vestíbulo.
Después
de dar vueltas y más vueltas por el aparcamiento, en busca de un hueco, entro
en la oficina media hora tarde. Todavía estoy algo sudorosa, sin aliento, y mi
frustración salta a la vista, sobre todo cuando lanzo mi bolso por encima de la
mesa y se lleva por delante el bote de los lápices.
El
estrépito llama la atención de todos mis compañeros, que se asoman desde la
cocina para ver a qué viene tanto follón.
—¿Ya
te encuentras mejor? —pregunta Ken. Su cara aniñada de gay cotilla examina mi
cuerpo sudoroso.
—¡Sí!
—bramo tirando el bolso al suelo y dejándome caer en mi silla.
Respiro
hondo un par de veces para calmarme y hago girar la silla en dirección a la
cocina, donde encuentro tres pares de cejas enarcadas.
—¿Qué?
—Estás
horrible —dice Victoria—. Deberías haberte quedado en casa.
—¿Te
traigo un café del Starbucks? —me ofrece la dulce Sally.
Suavizo
el gesto de mala leche al ver las caras que me ponen. Han pasado de curiosos a
preocupados.
Se me había olvidado que, teóricamente, ayer estuve enferma.
—Gracias,
Sal, sería un detalle.
Se
acerca a su mesa y coge algo de dinero de la caja para gastos menores.
—¿Alguien
más quiere algo?
Ken
y Victoria le gritan sus pedidos, y Sal apenas se queda el tiempo justo para
tomar nota, seguramente para escapar de mi humor de perros. Enciendo el
ordenador y abro el correo electrónico.
Ken
y Victoria están de pie al otro lado de mi mesa en un abrir y cerrar de ojos.
—Tienes
muy mal color —apunta Ken haciendo girar un bolígrafo en el aire. Lleva una
camisa azul turquesa y una corbata amarilla, y me duele la vista de verlo.
—Estás
muy pálida, _____. ¿Seguro que estás bien? —Victoria parece estar mucho más
preocupada que Ken, que sólo parece sentir una curiosidad compulsiva.
Reviso
mis mensajes, borro toda la publicidad y los correos basura.
—Estoy
bien. ¿Dónde está Patrick? —Ahora que me he calmado un poco caigo en la cuenta
de que mi jefe no ha venido a investigar el ruido.
—Reuniones
personales —entonan al unísono.
Los
miro con el ceño fruncido.
—¿No
tuvo ayer una de ésas?
—Vendrá
mañana —me dice Ken—. ¿Crees que por fin se va a divorciar de Irene?
Me
echo a reír.
—¡No!
Puede
que Irene saque a Patrick de sus casillas, pero él la quiere con toda el alma.
—Anda,
no se me había ocurrido. —Victoria abre los ojos azules a más no poder—.
¿Visteis lo que se puso para tu boda?
—¡Sí!
—aúlla Ken—. ¡Qué crimen!
Victoria
se echa a reír y vuelve a su mesa, y yo miro a Ken. El pobre alucina en
colores. Mi amigo gay no está en posición de juzgar el vestuario de nadie.
—¿Qué?
—pregunta mirándose el estridente torso—. ¿A que es fabuloso?
—Flipante.
—Me río y vuelvo a mi pantalla de ordenador.
Ken
se aleja en dirección a su mesa haciendo el pavo.
La
puerta de la oficina se abre entonces y entra una mujer con una cesta en el
brazo.
—¿Ava
Kaulitz? —Mira a Ken, que señala con el dedo en dirección a mi despacho.
—Hola
—saludo cuando llega a mi escritorio y deposita la cesta sobre él—. ¿En qué
puedo
ayudarla?
No
me suena de nada.
Saca
una servilleta de cuadros de la cesta.
—Su
desayuno —sonríe al tiempo que me entrega una bolsa de papel y una taza de
café—. Mi café no le parecía lo bastante bueno, así que me ha hecho recoger uno
en Starbucks. Un capuchino doble, sin chocolate y sin azúcar —dice, aunque no
parece en absoluto impresionada—. Que lo disfrute.
Da
media vuelta y se va.
Suspiro
y dejo a un lado la bolsa de papel. No tengo hambre, pero me muero por un café.
Doy un sorbo y hago una mueca. Está muy amargo.
—Puaj.
—¿Todo
bien? —pregunta Ken con el ceño fruncido desde el otro lado de la oficina.
—Sí.
—Me levanto, voy a la cocina, le quito la tapa a la taza de café y le añado
azúcar. Lo
remuevo
y lo pruebo. Gimo de dulce satisfacción.
—¡Café
para _____! —Sal entra en la cocina con un café de Starbucks en la mano—. ¡Uy!
Pone
cara de no entender nada cuando me ve sorbiendo el líquido dulce y caliente.
Suspiro
de felicidad.
—A
domicilio. Cortesía de mi marido.
Se
derrite.
—¡Qué
dulce!
—Para
nada. Pero ya le he echado azúcar.
Dejo
a Sally perpleja, vuelvo a mi mesa, busco en mi bolso y el móvil suena al
recibir un mensaje de texto.
¿Estás desayunando?
Bebo
otro sorbo de café y le respondo.
Ñam, ñam...
No
le doy las gracias porque en realidad no siento ninguna gratitud. Tengo
náuseas, pero el café dulce es una delicia. Ni siquiera he dejado el móvil en
la mesa cuando recibo otro mensaje.
Me alegro de que nuestro matrimonio se
base en la sinceridad.
Levanto
la vista instintivamente y lo veo delante de mí con un ramo de calas en la mano
y una expresión de enojo en la cara. No puedo evitar respirar de alivio al sentarme.
Se acerca, saluda con una inclinación de la cabeza a Ken y a Victoria, sienta
su cuerpo alto y musculoso en una de las sillas que hay al otro lado de mi mesa
y deja las flores delante de mí.
—Come
—me ordena señalando la bolsa de papel marrón que he dejado a un lado.
—No
tengo hambre, Tom —protesto, pero no tengo energía suficiente para contraatacar
o
ponerme
borde. Se inclina hacia adelante y me mira, preocupado.
—Nena,
estás blanca como el papel.
—Me
encuentro mal —confieso. Las náuseas matutinas por fin aparecen a su hora. No
tiene sentido que finja encontrarme bien cuando me encuentro fatal, y se me
nota.
Se
levanta y se queda de pie detrás de mi silla. Me toca la frente con la mano y
me susurra al oído:
—Estás
caliente.
—Lo
sé —suspiro acercándole la mejilla a los labios. Cierro los ojos sin que mi
cerebro lo
ordene.
¿Cómo es posible que esté tan cansada?—. Espero que te sientas culpable.
Es
todo culpa suya, y siento lástima de mí misma.
Me
suelta y gira la silla para verme la cara. Se pone en cuclillas delante de mí y
me coge las manos.
—Deja
que te lleve a casa —pide. Su rostro suplicante me dice que sabe que me voy a
negar.
—Paso.
—A
veces eres imposible. —Me acaricia la mejilla—. El embarazo te está volviendo
aún más desobediente.
Me
obligo a sonreír.
—Me
gusta ponerte en tu sitio.
—Lo
que te gusta es volverme loco.
—Sí,
eso también.
Suspira
y me besa en la boca.
—Come
algo, por favor. —Es un ruego, no una orden—. Te encontrarás mejor.
—Vale.
Estoy
dispuesta a probar porque, aunque la sola idea de comer me da arcadas, no puedo
encontrarme
peor.
Mi
obediencia lo sorprende.
—Buena
chica.
Hace
girar de nuevo la silla y me coloca frente a mi mesa. Me da la bolsa de papel
marrón y, cuando la abro, el olor a beicon me provoca una arcada.
—No
sé si podré.
Cierro
la bolsa de golpe pero me la quita de las manos, saca el bagel y lo deja encima
de una servilleta. Le doy un pellizco con cuidado y me lo llevo a la boca. Siento
el irrefrenable deseo de correr al servicio y meterme los dedos en la garganta.
Luego trago. No vomito.
—¿Puedo
comerme sólo el pan?
Me
sonríe.
—Sí.
¿Ves lo feliz que me haces cuando me obedeces?
Lo
ignoro y me meto el pan en la boca. Se me hace más fácil a medida que mastico,
no se me revuelve tanto el estómago. Se queda de pie, mirándome, hasta que me
he comido casi todo el desayuno. Me dejo el beicon y algunas migas de pan.
—¿Contento?
—pregunto. Yo lo estoy. Me encuentro mejor.
—Te
ha vuelto el color a las mejillas. Sí, estoy contento.
Recoge
los restos del desayuno, los tira a la papelera y se agacha hasta que estamos
nariz con nariz.
—Gracias
—sonríe, y le devuelvo la sonrisa—. Mi misión aquí ha terminado —dice, y me da
un beso en los labios—. Ahora voy a dejar que mi mujer trabaje en paz.
Me
río, burlona.
—Eres
incapaz.
Se
aparta y me sonríe con picardía.
—Es
posible que me pase a verla una o dos veces luego.
Doy
un respingo.
—¡Ni
se te ocurra!
—No
puedo prometerte algo que no voy a cumplir. ¿Está Patrick?
La
pregunta me recuerda que todavía no he hablado con mi jefe sobre Mikael.
—No.
Estará reunido todo el día.
Se
pone derecho y comprueba si me estoy retorciendo el pelo. No lo hago porque es
verdad que Patrick está reunido.
—Me
has hecho llegar tarde —dice mirando su Rolex.
—Lo
haces muy bien tú solito —replico. Luego lo echo de mi despacho con un gesto,
cojo mis flores y las pongo en agua.
Levanta
las manos y echa a andar hacia atrás.
—¿Te
encuentras mejor?
—Mucho
mejor. Gracias. —Ahora le estoy muy agradecida.
Me
bendice con su sonrisa, la que está reservada sólo para mí, me guiña un ojo, me
lanza un beso y se va dejándome con una expresión de felicidad en los labios.
Sal y Victoria le sonríen con adoración y Ken babea al ver la espalda de mi
señor.
Todavía
los impresiona.
Consigo
llegar al final de mi jornada laboral sin vomitar el desayuno. Me encuentro
mucho mejor. Tom me ha mandado cinco mensajes de texto, y en los cinco me
preguntaba si me encontraba bien. Le he respondido lo mismo a todos: mejor.
En
el último mensaje, sin embargo, me ha preguntado otra cosa:
Aún estoy en La Mansión. ¿Vienes?
Comeremos filete.
Eso
último me convence.
Voy para allá. Bss.
Recojo
mis cosas, me despido de mis compañeros y en la puerta me encuentro con una
mujer que lleva un ramo de flores.
—¿______
O’Shea? —pregunta.
No
es la florista de siempre, y me ha llamado por mi nombre de soltera. Tom nunca
lo haría y, además, hoy ya me ha enviado flores.
—Soy
yo —digo, recelosa.
Las
flores no son calas y no están precisamente recién cortadas. De hecho, están
muertas. Me las entrega y me planta la carpeta en las narices. ¿Quiere que
firme por unas flores muertas? Me las apaño para hacerle un garabato pese a que
tengo los brazos ocupados con el ramo.
—Gracias
—dice tan tranquila antes de dar media vuelta.
Miro
las flores, algo perpleja.
—¡Están
muertas! —le grito mientras se va.
—Lo
sé —contesta sin inmutarse.
—¿Te
parece bien entregar flores muertas?
Se
vuelve y se ríe.
—Me
han hecho encargos más raros.
Parpadeo.
«¿Como qué?» Sigue andando sin darme más explicaciones, así que busco la
tarjeta y la saco como puedo del diminuto sobre.
DICE QUE TE NECESITA. NO ES VERDAD.
CREES QUE LO CONOCES. NO ES VERDAD.
ALÉJATE DE ÉL.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS SIG CAPITULOS .... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO CAPITULO ... PREGUNTA DEL DIA ¿QUIEN SERA LA PERSONA QUE LE MANDO LAS FLORES SECAS A _____? USTEDES QUE PIENSAN ... COMENTEN ... HASTA LUEGO :)) "MI MISION AQUI A TERMINADO " -TOM KAULITZ :D