viernes, 25 de septiembre de 2015

# 13 y # 14

CAPITULO # 13.-
Para cuando llegamos al Lusso, aún no ha dicho una sola palabra. Baja del coche, me abre la puerta y atravesamos el vestíbulo. Casey nos observa con cautela. Tom me mete en el ascensor y lo miro, pero mantiene la vista al frente. Nuestras miradas ni siquiera se cruzan en las puertas de espejo del ascensor. Cuando abre la puerta del ático, Cathy sale de la cocina con una sonrisa radiante que se le cae a los pies en cuanto ve el panorama.
—¿Va todo bien? —Nos mira a los dos, luego a Tom, esperando respuesta.
Él me da el bolso y con la cabeza señala la escalera. Le suplico con la mirada que diga algo, pero no atiende a mis ruegos. Señala otra vez la escalera.
—¿Tom? —dice Cathy, preocupada.
—Todo bien. ______está algo indispuesta. —Me empuja con suavidad para que suba.
—¿No vienes? —pregunto.
—Dame un minuto. Corre —añade enfatizando sus palabras con otro pequeño empujón, y lo dejo con Cathy.
Paso junto a la asistenta, que me acaricia el hombro con ternura y me sonríe.
—Me alegro de que estés en casa, ______.
Le devuelvo la sonrisa, una sonrisilla. No sé lo que va a pasar, y me preocupa lo abatido que está mi hombre.
—Gracias.
Subo la escalera, entro en el dormitorio principal y me siento en el borde de la cama. No sé qué hacer. Me quito los zapatos y me acomodo en la cama. Los ojos se me llenan otra vez de lágrimas. Me hago un ovillo y me abrazo las rodillas mientras espero a Tom. Sé que ahora vamos a hablar del tema, los dos sabemos lo que hay. Pero para poder conversar acerca de ello tenemos que hablar los dos, y no parece que Tom tenga pensado abrir la boca. No puedo hacerlo sola, y no tengo ni idea de qué pasa por esa cabeza loca. El ambiente enrarecido tampoco ayuda a disipar mis dudas. Necesito que me diga
que todo va a salir bien, no este silencio, ni tiempo para que se me ocurran cosas raras.
Me pongo alerta en cuanto entra en el dormitorio. Ni siquiera me mira. Se va derecho al cuarto de baño. Abre el grifo y lo oigo moverse como cuando prepara nuestro baño. Está recogiendo las cosas que nos van a hacer falta y colocándolas al borde de la bañera. ¿Vamos a bañarnos?
Me paso mil años sentada en la cama, oyendo correr el agua y las actividades silenciosas de Tom. Entra en el dormitorio y se me acerca en silencio. Me coge de la mano y tira para que me levante de la cama. Me desnuda, me quita el anillo y el Rolex (aún no le he dado las gracias), me coge en brazos y me lleva al baño.
Me deposita en la bañera con cuidado.
—¿Está buena el agua? —pregunta con ternura arrodillándose al otro lado.
—Sí —respondo mirando cómo se quita la chaqueta del traje y los gemelos.
Se remanga la camisa. Coge la esponja y la moja en el agua de la bañera. Le pone un poco de gel y me coloca de espaldas a él. Me enjabona la espalda con pasadas firmes y delicadas.Estoy algo confusa.
—¿No vas a bañarte conmigo? —pregunto en voz baja.
Lo quiero detrás de mí para poder sentirlo, reconfortarme con su cuerpo. Lo necesito.
—Déjame cuidar de ti —dice con un tono de voz bajo e inseguro. No me gusta.
Me vuelvo y encuentro una expresión estoica en sus ojos cafeces. Me parte el corazón. Esta vez la he liado parda.
—Te necesito mucho más cerca. —Le pongo la mano húmeda en el pecho—. Por favor.
Se me queda mirando unos instantes, como si estuviera decidiendo si debe hacerlo o no. Al final suspira, deja la esponja, se pone de pie y se quita la ropa muy despacio.
Se mete en la bañera detrás de mí y me envuelve por completo. Me siento mucho mejor acunada de este modo, pero no le veo la cara. Me vuelvo y me siento en su regazo. Hago que suba las rodillas para poder reclinarme en ellas y verlo bien. Le cojo la mano y entrelazo los dedos con los suyos, y ambos observamos en silencio el movimiento de nuestros dedos y el brillo de los anillos, que reflejan el agua. Ya no es un silencio incómodo.
—¿Por qué me has mentido, ______? —susurra sin apartar la vista de nuestros dedos.
Dejo de moverlos durante un segundo de duda. Es una pregunta que me esperaba y que necesita respuesta.
—Tenía miedo. Sigo teniéndolo.
Es la verdad, toda la verdad, y necesita oírla. Tiene que saber que toda esta situación me tiene aterrorizada.
—De mí —afirma—. Tienes miedo de mí.
No dice nada más, y no hace falta que lo diga. Sé lo que quiere decir, y él, también.
—Me da miedo cómo te vas a portar.
—¿Que me vuelva aún más loco? —confirma mirando nuestros dedos entrelazados.
—Ni siquiera era seguro que estuviera en estado y ya me tratabas como a un objeto valioso.
Respira hondo y se lleva nuestras manos al pecho, al corazón, pero sigue sin mirarme.
—También crees que querré al niño más que a ti.
Sus palabras me dejan petrificada. Son las que he intentado apartar de mi mente cada vez que aparecían en mi cabeza. Es verdad, me preocupa que quiera más al niño que a mí. Es muy egoísta, lo sé, pero me da un miedo mortal. Es una idea que siempre ha estado ahí, y ahora admito que es así. No hace mucho que disfruto de su amor, y tengo la suerte de que me ame. ¿Quién no querría que lo amasen con tanta fuerza, tan apasionadamente? No estoy lista para compartirlo con nada ni con nadie, ni siquiera con una parte de nosotros.
—¿Lo harás?
No estoy segura. Lo único que sé es que está desesperado por tener un bebé, aunque todavía no tengo ni idea de por qué.
Levanta la vista muy despacio y en sus ojos hay una tristeza que no había visto nunca. Tal vez esté decepcionado. No estoy segura.
—¿Lo notas? —Me pone la palma de la mano en su pecho y la sujeta con fuerza—. Está hecho para amarte, _____. Durante demasiado tiempo ha sido una pieza inútil, no deseada. Ahora trabaja horas extras. Se llena de felicidad cuando te miro. Se parte de dolor cuando discutimos y late desbocado cuando te hago el amor. Puede que mi forma de querer sea abrumadora, pero no cambiará nunca. Te querré con la misma intensidad hasta que me muera, nena. Tengamos niños o no.
Me ha dejado más tonta que nunca. No podría quererlo más.
—No quiero vivir nunca sin tu forma de querer abrumadora.
Me acaricia la nuca y me acerca a su frente.
—No tendrás que hacerlo. Nunca dejaré de quererte con todas mis fuerzas y te querré cada dí más, porque cada día que pasamos juntos es un día más de recuerdos. Son recuerdos que atesoraré, no pesadillas que quiera olvidar. Mi mente se está llenando de bellas imágenes nuestras que están ocupando el lugar de una historia que aún me persigue. Están borrando mi pasado, ______. Las necesito. Te necesito.
—Soy tuya —digo con un hilo de voz mientras apoyo las manos en sus hombros.
—No vuelvas a dejarme nunca —replica, y me besa con ternura—. Duele demasiado.
Me siento en su regazo y lo acerco más a mí. Lo abrazo con todas mis fuerzas y le acerco la boca al oído.
—Estoy locamente enamorada de ti —susurro—. También es un amor abrumador. Eso no
cambiará nunca. Jamás. —Le beso la oreja—. Y punto.
Se vuelve y su boca atrapa mis labios.
—Estupendo. Mi corazón está contento.
Sonrío tímidamente mientras enfatiza su felicidad con un beso y nos sumerge en la bañera hasta que estoy tumbada sobre su pecho. Nos besamos durante mucho, mucho tiempo. Es un beso dulce y tierno pero es lo que ambos necesitamos en este momento: puro amor, sin excusas, a lo grande. Es fuerte. Nos deja tontos a los dos.
Se aparta y me coge la cara con las manos.
—Quiero bañarte.
—Pero estoy a gusto así.
Sólo quiero quedarme aquí tumbada en su pecho hasta que se enfríe el agua y tengamos que salir de la enorme bañera.
—Podemos estar a gusto en la cama, donde podrás quedarte dormida en mis brazos, que es donde tienes que estar.
Frunzo el ceño.
—Pero si no es ni media tar... —Dejo de hablar—. ¡No he vuelto a la oficina!
Me levanto e intento salir de la bañera para llamar a Patrick, pero él me sujeta con fuerza y vuelve a acurrucarme en su pecho.
—Ya me he ocupado de eso. No le des más vueltas, señorita.
—¿Cuándo?
—Cuando te he traído a casa. —Me da la vuelta en su regazo y saca la esponja del agua.
—¿Qué le has dicho?
—Que estabas enferma.
—Acabará por despedirme.
Suspiro y me inclino hacia adelante. Dejo caer la cabeza entre las rodillas y Tom me enjabona con la esponja, a su ritmo. El silencio es cómodo y mi mente está en paz. Cierro los ojos y absorbo el amor que fluye hacia mi interior desde su contacto, que se transmite a mi piel a través de la esponja.
Es así de poderoso. Atraviesa cualquier obstáculo que se interponga entre nosotros, a través de cualquier persona, ya sea alguien como Coral, como Sarah... O como Mikael. Nada ni nadie podrá separarnos... Excepto nosotros.
Después de haberme cuidado un buen rato, me envuelve en una toalla y me sienta en el lavabo doble.
—Quédate aquí —me ordena con cariño. Me da un beso casto en los labios y se marcha con el ceño fruncido.
—¿Adónde vas?
—Tú espera.
Lo oigo rebuscar. No tarda en volver con una bolsa de papel en la mano y las cejas enarcadas.
—¿Qué es eso? —digo tapándome con la toalla.
Respira hondo, abre la bolsa y me la enseña. Lo miro con curiosidad y luego me inclino hacia adelante para ver qué contiene. En cuanto comprendo lo que es doy un respingo.
—¿No me crees? —espeto. Me ofende, es obvio.
Pone los ojos en blanco, mete la mano en la bolsa y saca una prueba de embarazo.
—Claro que te creo.
—Entonces ¿por qué tienes una bolsa llena de...? —La cojo, la pongo boca abajo y la vacío en el lavabo que tengo al lado. Empiezo a contar—. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho. ¿Por qué tienes ocho pruebas de embarazo?
Miro a mi marido, que está como una regadera, y señalo las ocho cajas.
Se encoge de hombros, avergonzado, y aparta una.
—Cada caja contiene dos.
—¿Hay dieciséis? —exclamo.
Abre una.
—A veces fallan. Las compré por si acaso.
Saca una de las pruebas, se la lleva a la boca, rompe el envoltorio de plástico con los dientes y me la da.
—Tienes que hacer pis aquí, mira.
Tira de la capucha y señala la única parte del stick que no es de plástico.
—Ya me la hice en el médico, Tom. Sé cómo funcionan. ¿Por qué no me crees?
El labio inferior desaparece entre sus dientes y empieza a recibir un sinfín de mordiscos.
—Te creo, pero tengo que verlo con mis propios ojos.
Estoy un poco ofendida, aunque no tengo derecho a estarlo. Le he hecho creer cosas y lo he vuelto un poco más loco de lo que ya estaba. Quiere confirmación oficial, y no lo culpo.
—¿Desde cuándo las tienes?
Me hace un mohín y se encoge de hombros con cara de culpabilidad. Agacha la cabeza. No hace falta que me lo diga. Alargo la mano y levanta la mirada. Le brillan los ojos.
—Dame.
Deja de morderse el labio y sonríe. Y qué sonrisa. Creo que incluso supera la que reserva sólo para mí. Aparto de mi mente la punzada de celos que noto en el vientre. Soy una tonta. Salto del lavabo.
—Necesito intimidad.
Me mira sin entender nada.
—Me quedo contigo.
—¡No voy a mear delante de ti! —replico negando con la cabeza—. De ninguna manera, Kaulitz.
Se sienta en el suelo frente a mí, la toalla se entreabre y lo enseña... Todo.
—Deshazte de mí si puedes —dice, luchando por no sonreír como un capullo.
—Me voy a otro cuarto de baño —respondo altanera pasando junto a él.
Se agarra a mi tobillo y de repente estoy intentando arrastrar un peso muerto.
—¡Tom!
Tiro de mi pierna pero es inútil. Está tumbado boca abajo y me coge del tobillo con las dos manos.
Me mira con unos ojos adorables y me pone morritos.
—Hazlo por mí, nena. Por favor. —Me dedica una caída de ojos. Increíble.
Intento no echarme a reír, pero cuando me mira así es imposible.
—¿Al menos te darás la vuelta?
—No. —Salta y se quita la toalla. Su perfección física me noquea como un martillazo—. ¿Te sientes mejor ahora?
Se lleva las manos a la cintura y bajo la vista a su maravilla de acero.
Suspiro de felicidad.
—No, sólo me sirve de distracción —murmuro sin dejar de deleitarme con su belleza, de arriba abajo y de abajo arriba. Es espectacular de pies a cabeza. Me como con la vista cada centímetro de su cuerpo perfecto, maravilloso, mareante. Llego a la cara. Tiene los ojos vidriosos y yo también—. No juegas limpio con ese cuerpazo.
—Pues claro, es uno de mis mejores atributos.
Me quita la toalla.
—Este otro es el único que le hace sombra. —Le da un buen repaso visual a mi cuerpo desnudo—. Perfecto.
—No dirás lo mismo cuando esté gorda e hinchada —gruño, y de repente me doy cuenta de que voy a estar gorda e hinchada—. Y si dices que habrá más _____ para amar, me divorcio.
Le arrebato la toalla y me la enrollo alrededor del cuerpo.
—No digas nunca la palabra «divorcio» —me amenaza cogiéndome de la mano y llevándome al váter—. Si te hace sentir mejor, yo también comeré por dos.
Se está partiendo de la risa.
—Prométeme que no me dejarás cuando ya no pueda chuparte la polla porque la barriga estará de por medio.
Echa la cabeza atrás de una carcajada.
—Te lo prometo, nena. —Me da la vuelta y me coloca frente al inodoro—. Ahora vamos a hacer pis.
Me levanto la toalla y me siento en el váter mientras él se acuclilla delante de mí.
—¿Quieres volver a meter la mano en el váter? —Sonrío al ver cómo le tiembla el labio cuando recuerda cómo me senté en su brazo en el hospital—. Podría marcarte de forma oficial.
Hace lo que puede pero fracasa, se cae de culo y se echa a reír como un loco. Eso sí que me hace sentir mejor. Mientras el histérico de mi marido se revuelca de risa por los suelos, sujeto el stick entre los muslos y aflojo la vejiga.
—______, cariño, no sabes cuánto te quiero.
Se levanta del suelo y se arrodilla de nuevo con las palmas apoyadas en mis rodillas. Me besa en la boca... mientras hago pis en un stick.
—Ahí tienes. —Le doy el test, lo coge y me pasa otro—. ¿Qué?
Frunzo el ceño al verlo.
—Te lo he dicho: a veces fallan. Vamos.
Miro al cielo, desesperada, pero cojo el puñetero stick y repito la operación. En cuanto he terminado, me pasa un tercero.
—¡Venga ya!
—Uno más —dice quitándole la capucha.
—Hay que ver... —Lo cojo de mala gana y me lo meto entre las piernas—. ¡El último!
Vacío del todo la vejiga para que así sea físicamente imposible que pueda mear en más test de embarazo.
—Toma.
Corto un trozo de papel higiénico y me limpio mientras él lleva las tres pruebas al lavabo y las ordena en fila.
A pesar de mi pequeño enfado, no puedo evitar sonreír al verlo ahí de pie, desnudo y agachado, con la cara pegada a los sticks.
—¿Estás cómodo? —pregunto cogiendo sitio a su lado y copiando su postura. Yo también me pego al lavabo.
—Creo que éstos no funcionan. Deberíamos hacer más —dice. Hace ademán de moverse pero se lo impido.
—Sólo han pasado treinta segundos —me río—. Ven, lávate las manos.
Sujeto sus manos bajo el grifo sin que aparte la vista de las pruebas. Ni se entera de lo que hago.
—Ha pasado más tiempo —se burla—. Mucho más.
—No. Deja de ser tan neurótico. —Vuelvo a colocarme a su lado, mirando fijamente los sticks.
Con el rabillo del ojo veo que me mira mal. Sonrío. Arquea una ceja a la defensiva.
—No soy un neurótico.
—Claro que no —me mofo.
—¿Te estás burlando de mí, señorita?
—Por supuesto que no, mi señor.
Se hace el silencio y nos quedamos quietos, preparándonos, esperando la confirmación de lo que ya sé. Y entonces unas letras tenues aparecen en el primer test y contengo la respiración. No sé por qué. Quizá sea porque estoy imitando a mi hombre imposible, que se ha quedado lívido. El tiempo se detiene mientras las letras van tomando forma. Se me acelera el pulso y miro el siguiente stick, en el que están apareciendo las mismas letras. El corazón se me va a salir del pecho. Giramos la cabeza a la izquierda para ver cómo las mismas letras aparecen en la tercera y última prueba de embarazo. Ahora
me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración y suelto por la boca el aire que acumulaba en los pulmones. Tom está temblando a mi lado. Lo miro. La emoción me desborda. Él también se vuelve para mirarme. Seguimos agachados delante del lavabo, con las manos en las rodillas, impasibles.
—Hola, papá —digo con voz temblorosa mientras él estudia mi expresión.
—Que me aspen —susurra por respuesta—. No puedo respirar.
Se desploma en el suelo, mirando al techo. ¿A qué viene tanta sorpresa? Si es lo que él quería. Enderezo la espalda y relajo los hombros. Estoy tensa como un palo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunto.
No me esperaba que reaccionara así. Le tiemblan los labios y me mira con sus ojazos cafeces. Se pone en pie de un salto y me coge en brazos. Doy un grito de sorpresa.
—Pero ¿qué te pasa?
Entra en el dormitorio y me deposita, con demasiada delicadeza, en la cama. Me arranca la toalla y se coloca entre mis piernas, con la cabeza sobre mi vientre. Me mira con la mayor expresión de felicidad que he visto nunca. Los ojos le brillan como soles. Tiene el pelo mojado y no hay ni rastro de la arruga de la frente ni del labio mordido. ¿Cómo he podido tener dudas sobre mi embarazo cuando Tom está así de relajado? Es como si le hubiera dado la vida. Eso es lo que he hecho, creo. O él me la ha dado a mí. No importa: mi marido es un hombre feliz, y ahora que he tomado una decisión veo las cosas claras. Muy, muy claras. Le sobra amor para dar y vender. Este hombre arrebatador, este ex
donjuán, será un padre magnífico, aunque un tanto sobreprotector. No sólo le he dado la vida, le he dado una vida mejor, una vida que vale la pena vivir. Al entregarme a él le he dado también una vida nueva, la combinación de una parte de él y una parte de mí. Y al verlo tan eufórico no me queda ni un atisbo de duda. Puedo tener un bebé con este hombre.
—Te quiero —dice en voz baja—. Muchísimo.
Sonrío.
—Lo sé.
Me besa el vientre con ternura y luego lo acaricia.
—Y a ti también —le susurra a mi vientre plano. Dibuja círculos con la nariz alrededor de mi ombligo, luego se levanta y se tumba encima de mí. Me aparta el pelo de la cara y me mira, amoroso—. Intentaré portarme mejor contigo. Intentaré no agobiarte y no volverte loca.
—Me gusta que me agobies. Lo que tienes que controlar son tus locuras.
—Dame detalles.
—¿Quieres saber qué me vuelve loca exactamente?
—Eso es. No puedo intentar controlarlo si no sé qué es lo que te molesta. —Me da un beso casto en los labios y me contengo para no echarme a reír. ¿No lo sabe? Vamos a pasarnos aquí lo que queda de año pero, por ahora, voy a centrarme en lo que peor me sienta.
—Me tratas con demasiada gentileza. Cuando pensaste que estaba embarazada, dejaste de ser una fiera en la cama y no me gustó. Quiero que vuelva mi Tom dominante.
Se aparta y levanta una ceja.
—¿Qué te he hecho yo?
—Eres adictivo y últimamente tengo el mono. —Es una respuesta sincera. Tengo que decirlo porque, si tengo que pasarme otros ocho meses a dieta de Tom dulce, me volveré loca.
La arruga aparece en la frente.
—Últimamente te he follado a lo bestia.
Suspiro y lo cojo de las mejillas.
—No vas a hacer daño a la cosita, ¿sabes?
—¿La cosita? —Se parte de risa—. Vamos a dejar una cosa clara, señorita. No vamos a llamar «cosita» a mi bebé.
—Ahora mismo no llega a ser un bebé.
—¿Y qué es?
—Pues algo parecido a un cacahuete.
Le brillan los ojos de felicidad y una sonrisa picarona ilumina su rostro divino.
—¡Ni se te ocurra, Kaulitz! —me río.
—¿Por qué no? —me acaricia la mejilla con la nariz—. ¡Es perfecto!
—¡No voy a llamar «cacahuete» a nuestro bebé y punto!
Pego un salto cuando ataca mi punto débil y me hunde el dedo en la parte alta de las caderas. Es un placer y una tortura. Una tortura por razones obvias, y un placer porque esto es lo normal entre nosotros. Somos así.
—¡Para! —chillo.
Y lo hace.
—¡Mierda! —exclama.
—¡¿Qué estás haciendo?! —le grito de mal humor.
Agacha la cabeza, mira mi vientre y luego a mí. Su rostro avergonzado me dice que sabe
exactamente lo que acaba de hacer.
—¿Lo ves? —Le lanzo una mirada crítica—. ¡A eso me refería! Si no vuelves a tratarme con
normalidad, me iré a vivir con mis padres lo que me queda de embarazo.
No exagero. Lo haré.
—Lo digo en serio, Kaulitz. Quiero a mi salvaje, a mi fiera, quiero las cuentas atrás y los distintos tipos de polvo. ¡Lo quiero todo de vuelta y lo quiero ya!
Mira a su mujer como si estuviera loca de atar. Creo que lo está.
—¿Ya estás más tranquila? —Me lo pregunta muy en serio.
—Eso depende. ¿Te ha entrado algo de lo que he dicho en esa cocorota?
Le tiro del pelo.
—¡Ay! —Se ríe y luego deja escapar un suspiro.
Se tumba de espaldas y me sienta encima de él. Me apoya la espalda en sus rodillas y me observa atentamente. Lo dejo hacer. Me siento y espero que le dé forma a lo que quiere decir. Respira hondo.
—¿Te acuerdas de cuando te encontré en el bar y te enseñé a bailar?
Sonrío y me relajo recostada en sus muslos.
—Aquélla fue la noche en la que me di cuenta de que me había enamorado de ti —confieso.
—Lo sé. Me lo dijiste. Estabas borracha, pero lo dijiste.
—Debió de ser el baile.
—Lo sé. —Se encoge de hombros—. Se me da muy bien.
Niego con la cabeza. Es más chulo que un ocho.
—Eres muy arrogante —replico, aunque eso ha llegado a gustarme. La confianza que tiene en sí mismo me pone mucho, sobre todo ahora que es mío. Y tiene todo el derecho del mundo a serlo.
—Parece que soy más listo que mi preciosa mujer —dice cogiéndome de los tobillos.
—¡Serás arrogante!
—No, sólo digo la verdad. Verás, yo me había dado cuenta de que me estaba enamorando de ti mucho antes de aquello.
Hago un mohín.
—¿Y eso te hace ser más listo que yo?
—En efecto. Mientras tú huías de mí, yo me pasaba el día frustrado. Pensaba que estabas mal de la cabeza —sonríe tímidamente— porque no te sometías a mí.
—A diferencia de las demás...
Imagino que el rechazo debía de resultarle muy frustrante a un hombre que siempre hacía lo que quería sin que nadie le pusiera ninguna pega. Asiente y yo suspiro.
—Era sólo porque sabía que ibas a hacerme daño. Aunque no te conocía, era obvio que... —hago una pausa— tenías experiencia.
Iba a decir que era un mujeriego, pero no es la palabra exacta. Las mujeres caen rendidas a sus pies, se le ofrecen, se lo ponen fácil. No le hacía falta perseguirlas. Hasta que me conoció a mí.
Asciende por mis espinillas con la punta de los dedos y sigue el trayecto con la mirada.
—Cuando te dejé durante cuatro días...
—No sigas —lo interrumpo—. Por favor, no hablemos de eso.
—Deja que te explique una cosa importante —dice tirando de mis brazos para tenerme más cerca—. Estaba muy aturdido por lo que sentía. Me hizo falta estar lejos de ti para comprender exactamente lo que era. No lograba entender por qué me comportaba como un energúmeno. Llegué a pensar que me estaba volviendo loco, ______.
No me están gustando estos recuerdos. No sé adónde quiere ir a parar, pero ya sé que me dejó porque sabía que tenía problemas, porque no quería hacerme daño. No necesito volver a oírlo.
Se muerde un poco el labio inferior. Delante de mis narices, literalmente. Luego continúa.
—Me pasé el tercer y el cuarto día reviviendo cada momento que había pasado contigo. Los recordaba una y otra vez hasta que se convirtió en una tortura. Entonces fui a buscarte y tú saliste corriendo otra vez.
Claro que salí corriendo. No me falló la intuición. Aunque no estaba segura de por qué, sabía que tenía que salir corriendo.
—______, la noche en la que me dijiste que me querías, todo cobró sentido y a la vez todo parecía borroso. Quería que me amaras pero sabía que no me conocías de verdad. Sabía que había cosas que te harían huir de mí de nuevo. Pero también sabía que te pertenecía y me daba un miedo mortal pensar que, cuando empezaras a atar cabos, te marcharías. No podía arriesgarme, no después de que me había costado tantos años encontrarte. —Cierra los ojos y respira hondo para encontrar el valor necesario—.
Esa noche te robé las píldoras anticonceptivas.
No me sorprende mucho. Ya ha confesado que me las robó y por qué. Para él, que vive en un mundo de locos, lo que hizo tenía sentido. Lo que me preocupa es que para mí, también.
Me besa con ternura.
—Me pasé la noche sentado, observando cómo dormías, y lo único en lo que podía pensar era en todas y cada una de las razones por las que no ibas a quererme. Sabía que robarte las pastillas estaba mal, pero lo veía como una garantía. Estaba muy desesperado.
Me relajo con la cara hundida en su cuello y me dedica la sonrisa que se reserva sólo para mí.
—Quiero el mundo entero contigo, nena, y lo quiero para anteayer.
En el fondo, creo que eso también lo sabía.
—Gracias por el reloj.
Sonríe y me pasa el dedo por el labio inferior.
—De nada.
Lo beso y me pierdo en él. Es un beso lento, suave, exquisito. Es justo como tiene que ser.

CAPITULO # 14.-
Me despiertan un zumbido y un golpeteo constante que ya conozco. Sé dónde encontrarlo. Voy al gimnasio. Me quedo de pie al otro lado de la puerta de cristal y observo cómo se flexionan y se tensan los músculos de su espalda mientras corre en la cinta y ve las noticias deportivas en el televisor suspendido. Abro la puerta, entro y me coloco delante de la máquina de correr. Aposento mi culo desnudo en un banco para pesas. Está corriendo muy de prisa, y cuando me recuesto sobre los brazos le propina un golpe con la mñeca al botón de reducir la marcha y empieza a correr más despacio hasta que se para del todo. Mis ojos legañosos disfrutan de las vistas. Coge una toalla y se la pasa por el pelo y la cara. Es una mole de sudor, brillante y prieta. Me lo comería a besos. Me observa detenidamente. Se inclina hacia adelante y apoya los brazos en la parte delantera de la máquina.
—Buenos días. —Le da un repaso a mi cuerpo desnudo y luego me mira a los ojos.
—Buenos días. ¿Qué haces corriendo aquí dentro? —Ya me sé la respuesta y, a juzgar por la sonrisa casi imperceptible que se le dibuja en la cara, él sabe que lo sé.
—Me apetecía cambiar.
Quiero preguntarle más, pero paso del tema. Si el embarazo impide que me saque de la cama al alba para correr por todo Londres, me alegra mucho estar sólo de un mes.
—No recuerdo haberme quedado dormida.
—Te dormiste en seguida. Estabas tumbada encima de mí y ni te moví. Has dormido como un tronco, nena.
Me estiro y bostezo.
—¿Qué hora es?
En cuanto termino de pronunciar la frase oigo la puerta principal y el saludo jovial de Cathy. Si la asistenta ya está aquí, deben de ser las ocho, más o menos, ¡y estoy en pelotas! Doy un brinco.
—¡Estoy desnuda!
Tom sonríe y se baja de la cinta.
—Ciertamente —asiente, riendo, al tiempo que se me acerca—. ¿Qué pensará Cathy?
Busco por el gimnasio una toalla o algo con lo que cubrirme para poder subir la escalera sin perder la dignidad. Me da la risa. Perdí mi dignidad aquella mañana en la que Cathy nos pilló a los dos en cueros. Veo la toalla que Tom lleva en la mano y se la quito de un tirón.
—No creo que tape demasiado —dice, el muy borde.
Tiene razón. Es minúscula, poco más que una toalla de bidet.
—¡Ayúdame! —Lo miro suplicante y me encuentro con una sonrisa.
—Ven.
Abre los brazos y trepo por su cuerpo con mi estilo habitual de chimpancé. Su piel húmeda y resbaladiza huele de maravilla.
Se acerca a la puerta del gimnasio, la abre y se asoma.
—¿Cathy?
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—En la cocina.
Una vez confirmado el paradero de la asistenta, Tom sale del gimnasio y sube por la escalera como un rayo. Miro por encima de su hombro, rezando para que Cathy no salga a investigar o a preguntarle a su chico si necesita algo. No lo hace. Finalmente, llego al dormitorio a salvo y con mi dignidad intacta.
—Ya está .—Me deja en el suelo y me besa en la frente.
—¿Qué hora es?
—Las ocho menos diez.
Pongo los ojos en blanco y lo acuso con la mirada.
—¿Por qué no me has despertado antes? —Corro al baño.
—Necesitas dormir.
—¡Pero no quince horas!
Abro el grifo de la ducha y me meto sin esperar a que salga agua caliente. Necesito despabilarme.
Me mojo el pelo y me echo un chorro de champú en la mano. Tom está detrás del cristal, quitándose las zapatillas de correr.
—Por lo visto, las necesitas —murmura.
Me aclaro el pelo, me pongo acondicionador y salgo cuando él entra. No hago caso de lo que dice entre dientes. Tardo diez minutos exactos en secarme el pelo, maquillarme, vestirme y bajar la escalera sin Tom.
—Buenos días, Cathy.
Desenchufo el móvil del cargador y lo meto en mi bolso.
—Hoy se te ve mejor, ______. —Cathy se seca las manos en el delantal y me da un repaso—. Sí, mucho mejor.
—Ya me encuentro bien —me río.
—¿Qué te apetece desayunar?
—Llego tarde, Cathy. Ya tomaré algo en la oficina —digo echándome el bolso al hombro.
—¡Tienes que comer algo! —La voz firme y seria de Tom hace que me dé la vuelta, y me
encuentro con una cara de pocos amigos.
Se está anudando la corbata.
—Prepárale un bagel, Cathy.
Es la perfección vestida de traje, y me sienta en un taburete.
—Con huevos —añade, aunque luego se para a pensar—. Bueno, mejor sin huevos.
Abro unos ojos como platos y me bajo del taburete. Cathy no sabe qué hacer.
—Gracias, pero ya desayunaré en el trabajo.
Salgo de la cocina y dejo a Tom con la boca abierta.
—¡Eh!
Su grito de sorpresa me llega justo cuando estoy cerrando la puerta del ático. No corro. Ya tomaré algo. Sin huevos. La alegría me dura poco. Pulso los botones del ascensor pero las puertas no se abren. Vuelvo a introducir el código, me estoy poniendo nerviosa.
—¡¿Sin huevos?! —le grito al panel cuando la puerta no se abre.
—¿Estás bien?
Me vuelvo y mi controlador y neurótico marido observa cómo pierdo los nervios con el maldito teclado con las manos en los bolsillos.
—¡No puedo comer huevos! —le grito—. ¿Cuál es el nuevo código?
—¿Perdona?
—Ya me has oído. —Le doy un puñetazo al panel.
—Sí, te he oído, pero voy a darte la oportunidad de que me lo preguntes en otro tono. —Está muy serio y no parece que lo haya impresionado mi pataleta, aunque yo no me puedo creer lo insolente que puede llegar a ser. ¿Que me está dando la oportunidad de hablarle en otro tono?
Me acerco, tranquila y sosegada. Me pongo de puntillas para estar lo más cerca posible de su asquerosa cara perfecta, esa que me gustaría partirle en este momento.
—Que te den —digo echándole el aliento en la cara antes de dar media vuelta hacia la escalera.
Espero que no haya tenido la iniciativa de cambiar también este código. No lo ha hecho. Sonrío satisfecha. Los trece pisos de escalera van a acabar conmigo, pero me alegro de que sean de bajada y no de subida.
Para cuando llego al séptimo, me he quitado los zapatos de tacón. Cuando llego al cuarto, tengo que hacer un descanso. Tengo calor, estoy sudada y quiero vomitar.
—Me cago en él —maldigo respirando hondo y reemprendiendo la marcha.
Salgo por la puerta de incendios y me doy de bruces contra su pecho. Me empuja otra vez hacia la escalera. Ni siquiera intento soltarme. Estoy molida.
Me coge en volandas y me empuja contra la pared. Estoy sudada y jadeando. Le echo el aliento agotado en la cara. He tenido que bajar andando hasta el vestíbulo; Tom respira con normalidad porque ha podido bajar en el lujoso ascensor del Lusso.
—No te voy a dar un polvo de disculpa —resoplo en sus narices. A pesar de las náuseas, me cuesta resistirme a sus encantos. No pienso ceder. Hoy serán los huevos, y mañana, cualquier otra cosa más seria.
Aprieta los labios y me mira con los ojos como ascuas cafeces.
—¡Esa boca!
—¡No! No vas a...
Y hasta ahí puedo llegar antes de que su boca cubra la mía y me ataque con todo lo que tiene. Sé lo que está haciendo, pero eso no me impide soltar el bolso y manosearle la espalda trajeada. Levanto las piernas y las enrosco alrededor de su cintura. Éste es el Tom que conozco y amo. No podría ser más feliz. Gimo, le tiro de la chaqueta, le tiro del pelo y le muerdo el labio inferior.
—Eres una cabezota —dice. Me besa la cara, el cuello, y me muerde el lóbulo de la oreja.
Juguetea con mi pendiente—. Lo estás pidiendo a gritos. —Me besa el hueco hipersensible de debajo de la oreja y me estremezco—. ¿Quieres que te haga gritar en la escalera, ______?
Santo Dios, quiero que me folle en la escalera.
—Sí.
Se aparta, desenrosca mis piernas, me desliza por la pared hasta que mis pies tocan el suelo, se arregla el paquete y mira mi cara de sorpresa con los ojos entornados.
—Qué más quisiera yo, pero llego tarde.
—Serás cabrón —siseo intentando recobrar la compostura. No sirve de nada. ¿Para qué voy a fingir que no me afecta? No se lo tragará nunca.
Recojo mi bolso, abro la puerta y llevo mis tacones frustrados al vestíbulo.
—Buenos días, ______. —El tono feliz y descansado de Clive me molesta.
Gruño, salgo a la calle, me pongo las gafas y doy las gracias al cielo al no ver mi regalo. Mi Mini sí que está. Más le vale dejarme salir. Subo al coche, arranco y alguien da unos golpecitos en mi ventanilla. Es Tom.
—¿Sí? —pregunto bajando el cristal.
—Yo te llevo al trabajo. —Lo dice en ese tono, pero me importa un bledo.
Subo la ventanilla.
—No, gracias. —Doy marcha atrás con cuidado de no aplastarle los pies, saco el móvil del bolso y marco el número del Lusso—. Buenos días, Clive. —Mi cordial saludo no tiene nada que ver con el gruñido de antes.
—¿______?
—Sí, perdona que te moleste. ¿Podrías abrirme las puertas?
—Por supuesto.
—Gracias.
Sonrío orgullosa para mis adentros y tiro el móvil en el asiento del acompañante en cuanto las puertas empiezan a abrirse. No me entretengo. Salgo del parking y por el retrovisor veo a Tom agitando los brazos por encima de la cabeza antes de echar a correr al vestíbulo.

Después de dar vueltas y más vueltas por el aparcamiento, en busca de un hueco, entro en la oficina media hora tarde. Todavía estoy algo sudorosa, sin aliento, y mi frustración salta a la vista, sobre todo cuando lanzo mi bolso por encima de la mesa y se lleva por delante el bote de los lápices.
El estrépito llama la atención de todos mis compañeros, que se asoman desde la cocina para ver a qué viene tanto follón.
—¿Ya te encuentras mejor? —pregunta Ken. Su cara aniñada de gay cotilla examina mi cuerpo sudoroso.
—¡Sí! —bramo tirando el bolso al suelo y dejándome caer en mi silla.
Respiro hondo un par de veces para calmarme y hago girar la silla en dirección a la cocina, donde encuentro tres pares de cejas enarcadas.
—¿Qué?
—Estás horrible —dice Victoria—. Deberías haberte quedado en casa.
—¿Te traigo un café del Starbucks? —me ofrece la dulce Sally.
Suavizo el gesto de mala leche al ver las caras que me ponen. Han pasado de curiosos a
preocupados. Se me había olvidado que, teóricamente, ayer estuve enferma.
—Gracias, Sal, sería un detalle.
Se acerca a su mesa y coge algo de dinero de la caja para gastos menores.
—¿Alguien más quiere algo?
Ken y Victoria le gritan sus pedidos, y Sal apenas se queda el tiempo justo para tomar nota, seguramente para escapar de mi humor de perros. Enciendo el ordenador y abro el correo electrónico.
Ken y Victoria están de pie al otro lado de mi mesa en un abrir y cerrar de ojos.
—Tienes muy mal color —apunta Ken haciendo girar un bolígrafo en el aire. Lleva una camisa azul turquesa y una corbata amarilla, y me duele la vista de verlo.
—Estás muy pálida, _____. ¿Seguro que estás bien? —Victoria parece estar mucho más preocupada que Ken, que sólo parece sentir una curiosidad compulsiva.
Reviso mis mensajes, borro toda la publicidad y los correos basura.
—Estoy bien. ¿Dónde está Patrick? —Ahora que me he calmado un poco caigo en la cuenta de que mi jefe no ha venido a investigar el ruido.
—Reuniones personales —entonan al unísono.
Los miro con el ceño fruncido.
—¿No tuvo ayer una de ésas?
—Vendrá mañana —me dice Ken—. ¿Crees que por fin se va a divorciar de Irene?
Me echo a reír.
—¡No!
Puede que Irene saque a Patrick de sus casillas, pero él la quiere con toda el alma.
—Anda, no se me había ocurrido. —Victoria abre los ojos azules a más no poder—. ¿Visteis lo que se puso para tu boda?
—¡Sí! —aúlla Ken—. ¡Qué crimen!
Victoria se echa a reír y vuelve a su mesa, y yo miro a Ken. El pobre alucina en colores. Mi amigo gay no está en posición de juzgar el vestuario de nadie.
—¿Qué? —pregunta mirándose el estridente torso—. ¿A que es fabuloso?
—Flipante. —Me río y vuelvo a mi pantalla de ordenador.
Ken se aleja en dirección a su mesa haciendo el pavo.
La puerta de la oficina se abre entonces y entra una mujer con una cesta en el brazo.
—¿Ava Kaulitz? —Mira a Ken, que señala con el dedo en dirección a mi despacho.
—Hola —saludo cuando llega a mi escritorio y deposita la cesta sobre él—. ¿En qué puedo
ayudarla?
No me suena de nada.
Saca una servilleta de cuadros de la cesta.
—Su desayuno —sonríe al tiempo que me entrega una bolsa de papel y una taza de café—. Mi café no le parecía lo bastante bueno, así que me ha hecho recoger uno en Starbucks. Un capuchino doble, sin chocolate y sin azúcar —dice, aunque no parece en absoluto impresionada—. Que lo disfrute.
Da media vuelta y se va.
Suspiro y dejo a un lado la bolsa de papel. No tengo hambre, pero me muero por un café. Doy un sorbo y hago una mueca. Está muy amargo.
—Puaj.
—¿Todo bien? —pregunta Ken con el ceño fruncido desde el otro lado de la oficina.
—Sí. —Me levanto, voy a la cocina, le quito la tapa a la taza de café y le añado azúcar. Lo
remuevo y lo pruebo. Gimo de dulce satisfacción.
—¡Café para _____! —Sal entra en la cocina con un café de Starbucks en la mano—. ¡Uy!
Pone cara de no entender nada cuando me ve sorbiendo el líquido dulce y caliente.
Suspiro de felicidad.
—A domicilio. Cortesía de mi marido.
Se derrite.
—¡Qué dulce!
—Para nada. Pero ya le he echado azúcar.
Dejo a Sally perpleja, vuelvo a mi mesa, busco en mi bolso y el móvil suena al recibir un mensaje de texto.
¿Estás desayunando?
Bebo otro sorbo de café y le respondo.
Ñam, ñam...
No le doy las gracias porque en realidad no siento ninguna gratitud. Tengo náuseas, pero el café dulce es una delicia. Ni siquiera he dejado el móvil en la mesa cuando recibo otro mensaje.
Me alegro de que nuestro matrimonio se base en la sinceridad.
Levanto la vista instintivamente y lo veo delante de mí con un ramo de calas en la mano y una expresión de enojo en la cara. No puedo evitar respirar de alivio al sentarme. Se acerca, saluda con una inclinación de la cabeza a Ken y a Victoria, sienta su cuerpo alto y musculoso en una de las sillas que hay al otro lado de mi mesa y deja las flores delante de mí.
—Come —me ordena señalando la bolsa de papel marrón que he dejado a un lado.
—No tengo hambre, Tom —protesto, pero no tengo energía suficiente para contraatacar o
ponerme borde. Se inclina hacia adelante y me mira, preocupado.
—Nena, estás blanca como el papel.
—Me encuentro mal —confieso. Las náuseas matutinas por fin aparecen a su hora. No tiene sentido que finja encontrarme bien cuando me encuentro fatal, y se me nota.
Se levanta y se queda de pie detrás de mi silla. Me toca la frente con la mano y me susurra al oído:
—Estás caliente.
—Lo sé —suspiro acercándole la mejilla a los labios. Cierro los ojos sin que mi cerebro lo
ordene. ¿Cómo es posible que esté tan cansada?—. Espero que te sientas culpable.
Es todo culpa suya, y siento lástima de mí misma.
Me suelta y gira la silla para verme la cara. Se pone en cuclillas delante de mí y me coge las manos.
—Deja que te lleve a casa —pide. Su rostro suplicante me dice que sabe que me voy a negar.
—Paso.
—A veces eres imposible. —Me acaricia la mejilla—. El embarazo te está volviendo aún más desobediente.
Me obligo a sonreír.
—Me gusta ponerte en tu sitio.
—Lo que te gusta es volverme loco.
—Sí, eso también.
Suspira y me besa en la boca.
—Come algo, por favor. —Es un ruego, no una orden—. Te encontrarás mejor.
—Vale.
Estoy dispuesta a probar porque, aunque la sola idea de comer me da arcadas, no puedo
encontrarme peor.
Mi obediencia lo sorprende.
—Buena chica.
Hace girar de nuevo la silla y me coloca frente a mi mesa. Me da la bolsa de papel marrón y, cuando la abro, el olor a beicon me provoca una arcada.
—No sé si podré.
Cierro la bolsa de golpe pero me la quita de las manos, saca el bagel y lo deja encima de una servilleta. Le doy un pellizco con cuidado y me lo llevo a la boca. Siento el irrefrenable deseo de correr al servicio y meterme los dedos en la garganta. Luego trago. No vomito.
—¿Puedo comerme sólo el pan?
Me sonríe.
—Sí. ¿Ves lo feliz que me haces cuando me obedeces?
Lo ignoro y me meto el pan en la boca. Se me hace más fácil a medida que mastico, no se me revuelve tanto el estómago. Se queda de pie, mirándome, hasta que me he comido casi todo el desayuno. Me dejo el beicon y algunas migas de pan.
—¿Contento? —pregunto. Yo lo estoy. Me encuentro mejor.
—Te ha vuelto el color a las mejillas. Sí, estoy contento.
Recoge los restos del desayuno, los tira a la papelera y se agacha hasta que estamos nariz con nariz.
—Gracias —sonríe, y le devuelvo la sonrisa—. Mi misión aquí ha terminado —dice, y me da un beso en los labios—. Ahora voy a dejar que mi mujer trabaje en paz.
Me río, burlona.
—Eres incapaz.
Se aparta y me sonríe con picardía.
—Es posible que me pase a verla una o dos veces luego.
Doy un respingo.
—¡Ni se te ocurra!
—No puedo prometerte algo que no voy a cumplir. ¿Está Patrick?
La pregunta me recuerda que todavía no he hablado con mi jefe sobre Mikael.
—No. Estará reunido todo el día.
Se pone derecho y comprueba si me estoy retorciendo el pelo. No lo hago porque es verdad que Patrick está reunido.
—Me has hecho llegar tarde —dice mirando su Rolex.
—Lo haces muy bien tú solito —replico. Luego lo echo de mi despacho con un gesto, cojo mis flores y las pongo en agua.
Levanta las manos y echa a andar hacia atrás.
—¿Te encuentras mejor?
—Mucho mejor. Gracias. —Ahora le estoy muy agradecida.
Me bendice con su sonrisa, la que está reservada sólo para mí, me guiña un ojo, me lanza un beso y se va dejándome con una expresión de felicidad en los labios. Sal y Victoria le sonríen con adoración y Ken babea al ver la espalda de mi señor.
Todavía los impresiona.
Consigo llegar al final de mi jornada laboral sin vomitar el desayuno. Me encuentro mucho mejor. Tom me ha mandado cinco mensajes de texto, y en los cinco me preguntaba si me encontraba bien. Le he respondido lo mismo a todos: mejor.
En el último mensaje, sin embargo, me ha preguntado otra cosa:
Aún estoy en La Mansión. ¿Vienes? Comeremos filete.
Eso último me convence.
Voy para allá. Bss.
Recojo mis cosas, me despido de mis compañeros y en la puerta me encuentro con una mujer que lleva un ramo de flores.
—¿______ O’Shea? —pregunta.
No es la florista de siempre, y me ha llamado por mi nombre de soltera. Tom nunca lo haría y, además, hoy ya me ha enviado flores.
—Soy yo —digo, recelosa.
Las flores no son calas y no están precisamente recién cortadas. De hecho, están muertas. Me las entrega y me planta la carpeta en las narices. ¿Quiere que firme por unas flores muertas? Me las apaño para hacerle un garabato pese a que tengo los brazos ocupados con el ramo.
—Gracias —dice tan tranquila antes de dar media vuelta.
Miro las flores, algo perpleja.
—¡Están muertas! —le grito mientras se va.
—Lo sé —contesta sin inmutarse.
—¿Te parece bien entregar flores muertas?
Se vuelve y se ríe.
—Me han hecho encargos más raros.
Parpadeo. «¿Como qué?» Sigue andando sin darme más explicaciones, así que busco la tarjeta y la saco como puedo del diminuto sobre.
DICE QUE TE NECESITA. NO ES VERDAD.
CREES QUE LO CONOCES. NO ES VERDAD.

ALÉJATE DE ÉL.



HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS SIG CAPITULOS .... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO CAPITULO ... PREGUNTA DEL DIA ¿QUIEN SERA LA PERSONA QUE LE MANDO LAS FLORES SECAS A _____? USTEDES QUE PIENSAN ... COMENTEN ... HASTA LUEGO :)) "MI MISION AQUI A TERMINADO " -TOM KAULITZ :D