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CAPITULO
# 29.-
—Quiero
enseñarte algo —dice Tom mientras me saca del coche en el aparcamiento del
Lusso.
»¿Quieres
que te lleve en brazos? —No sé por qué me pregunta eso, porque antes de que mi cerebro
registre la pregunta, ya estoy en ellos.
—¿Qué
quieres enseñarme? —digo, y apoyo la cabeza en su hombro.
Son
las primeras palabras que pronuncio desde que he visto partir a Dan en el
despacho de Tom, y no porque él no me haya hablado. Ni siquiera he podido
reunir fuerzas para gruñirle una advertencia a Sarah cuando hemos pasado por
delante de ella en el vestíbulo de La Mansión. Se ha limitado a sonreír con
nerviosismo y se ha abstenido de ponerle las manos encima a Tom, apartándose
casi con cautela, como si esperara que fuera a golpearla. Su sorpresa al ver
que ignoraba su presencia ha sido evidente. Me he apartado y he dejado que Tom
hablara de sus cosas de negocios con ella. Y sé que eso
es
lo que era y lo único que será: negocios.
—Ahora
verás.
Entramos
en el vestíbulo del Lusso y sonrío al oír la voz alegre de Clive. No es tan
guapo como nuestro nuevo conserje, pero siempre preferiré la cara curtida por
la edad de Clive al precioso rostro fresco de Casey.
—¡Enhorabuena!
—exclama. No me sorprende. Si no ha sido Tom quien lo ha puesto al
corriente,
habrá sido Cathy—. ¡Qué gran noticia! —Su voz se aproxima mientras mi marido me
transporta por el suelo de mármol hacia el ascensor—. Yo lo llamo, señor
Kaulitz. —Se pone delante de Tom e introduce el código del ascensor del ático.
—Gracias,
Clive —responde Tom, feliz de que alguien le recuerde a sus cacahuetes. No ha
intentado
forzar ninguna conversación durante el trayecto de vuelta a la ciudad, y me ha
dejado reflexionar sobre mi reciente descubrimiento: el descubrimiento de que
mi hermano es un idiota y de que mi marido ha perdido doscientas mil libras por
ello.
—De
nada, señor Kaulitz, de nada. Cuídate, ______ —me dice con severidad, y yo
sonrío con cariño mientras su cara gruñona desaparece tras las puertas.
—Has
dejado que Clive me llame _____ —señalo de manera distraída.
Me
mira con una ceja enarcada y admonitoria.
—¿Y?
—Nada.
—Consigo reunir fuerzas para curvar los labios y esbozar una sonrisa. La
posesividad de mi esposo me hace gracia y me proporciona las energías
necesarias.
—Haré
como que no te he oído. —Se esfuerza por no sonreír mientras salimos del
ascensor. Entramos en el ático y cierra la puerta de una patada.
—Pronto
no podrás llevarme en brazos —gruño aferrándome a él con más fuerza. Lo echaré muchísimo
de menos, pero sé que no podrá cargarme con tanta facilidad, como si fuese una
extensión de su cuerpo, cuando esté a punto de explotar y haya doblado mi
tamaño.
—No
te preocupes, señorita. —Me besa en la frente y se vuelve para pegar la espalda
a la puerta del despacho—. He doblado el peso que levanto para prepararme.
Lanzo
un grito ahogado de indignación y le doy un tirón de pelo.
—¡Oye!
—protesto.
Me
deja en el suelo, aunque sigo agarrándolo del cabello.
—Eres
una bruta. —Se ríe y agacha la cabeza para que no le tire tanto—. ¿Piensas
soltarme?
—Discúlpate.
—Lo
siento. —Sigue riéndose—. Lo siento. Suéltame.
Es
gracioso. Podría detenerme cuando quisiera, pero deja que tenga el poder, al
menos por ahora.
Lo
suelto y me quito los zapatos.
—Me
duelen los pies —me quejo, moviendo los dedos—. ¿Qué hacemos en tu despacho?
—Quería
enseñarte algo.
—¿Es
una foto de Bill? —pregunto, esperanzada y probablemente demasiado ilusionada.
Quiero ver qué aspecto tenía el hermano mellizo de Tom.
—Pues
no. —Su arruga característica aparece en su frente.
—Entonces
¿qué? —pregunto totalmente intrigada. De repente parece incómodo y nervioso
como un chiquillo—. ¿Qué te pasa?
—Date
la vuelta —me ordena suavemente metiéndose las manos en los bolsillos.
No
estoy segura de querer hacerlo. Lo miro esperando alguna explicación pero sigue
sin decir nada, con la arruga fija en su sitio. Está preocupado, lo que hace que
yo también me preocupe y que tenga mucha, mucha curiosidad. Me vuelvo
lentamente. Quiero cerrar los ojos, pero estoy demasiado intrigada como para
hacerlo, y entonces veo la pared y se me corta la respiración. Un grito ahogado
escapa de mi boca abierta y sé que he dado un paso atrás porque choco contra el
pecho de Tom. O puede que él haya dado un paso hacia adelante para evitar que
me cayera de culo, no estoy segura. Ni siquiera soy capaz de asimilarlo. Mis
ojos se mueven de un lado al otro de la inmensa pared.
Está
completamente cubierta de... mí.
Cada
milímetro cuadrado es mío. No son fotografías enmarcadas, ni impresas en
lienzo. Es papel pintado, aunque apenas lo parece. Todas las láminas están
perfectamente unidas, de manera que parece una gigantesca obra de arte, un
homenaje a mí, y la pieza más grande, la pieza central, soy yo en la cruz de
nuestra habitación de La Mansión. Estoy desnuda, con la mirada baja y los
labios separados.
Mi
pelo es una masa de rizos brillantes y enmarca mi rostro lujurioso, y la
sensualidad que emana de mi cuerpo sigue siendo tangible en la imagen
congelada. Puedo sentirla.
Empiezo
a desviar la mirada lentamente, absorbiéndolo todo. Esto es demasiado, y lanzo
otro grito ahogado al ver una imagen dinámica de espaldas bajando a toda prisa
los escalones de La Mansión. Puede que no parezca nada importante, pero puedo
ver perfectamente una cala que se expande desde un lado de mi cuerpo a la fuga.
Entonces reparo en mi vestido. Es el azul marino de tubo, el que llevaba puesto
la primera vez que me reuní con el señor Tom Kaulitz.
—Ésa
es la primera que hice —murmura—. Después se convirtió en una especie de
obsesión.
Habla
con voz baja e insegura. Me vuelvo, todavía con la boca abierta. No puedo
articular
palabra.
El nudo que tengo en la garganta me lo impide. Se está mordiendo el labio y me
observa detenidamente. Trago saliva y me vuelvo de nuevo hacia la pared.
La
pared de ______.
Estoy
por todas partes. Estoy en la noche de la inauguración del Lusso; en el banco
de los muelles tras nuestro encuentro; en la ducha, en la cocina, en la
terraza... Estoy en los probadores de Harrods, sentada en mi taburete en el bar
de La Mansión. Vestida con cuero de motorista, y alejándome de él cabreada con
un jersey de punto enorme. Sonrío al ver tantas fotos de mi espalda tomadas
mientras huía de él, probablemente después de haber recibido una cuenta atrás o
con una pataleta. Estoy desnuda en infinidad de ellas, o vestida sólo con ropa
interior de encaje. Aparezco también esposada a la cama, y nadando en la
piscina de La Mansión. Estoy riéndome con Kate; apartándome el pelo de la cara;
comiendo en el Baroque; bailando con mis amigos; golpeteándome el diente con el
dedo. También estoy tirada en el asiento del acompañante del DBS, claramente
borracha. Estoy corriendo hacia el Támesis y tumbada en el suelo del Green
Park. Estoy empujando un carrito de la compra en el súper, poniéndome ropa
cómoda al llegar a casa y cepillándome los dientes. Estoy dormida en el jet privado,
y de pie en el porche del Paraíso. Estoy rebuscando en los puestos del mercado,
caminando sobre la arena de la playa y haciendo el desayuno en la villa.
Volvimos de España ayer. ¿Cómo lo ha
hecho?
Estoy dormida en su cama y dormida en sus brazos..., hay muchas de ésas.
Absolutamente todas mis expresiones faciales y todos mis hábitos aparecen en esas
fotografías. Es mi vida en imágenes desde que lo conocí. Y nunca me había dado
cuenta. Está realmente obsesionado conmigo, y de haber sabido esto al
principio, como cuando me acosaba persistentemente, creo que habría echado a correr
aún más lejos. Pero ahora ya no. Ahora sólo me recuerda después de un día
agotador el amor que mi hombre siente por mí.
De
pronto me doy cuenta de que mis pies me han llevado hasta el borde de la pared.
Estoy recorriendo lentamente toda su longitud, y cada vez que muevo los ojos
veo una imagen que no había visto antes.
—Toma.
—La voz grave de Tom me hace apartar los ojos de la pared de _____ y centrarlos
en un rotulador permanente que me está ofreciendo. Al verlo, sonrío—. Quiero
que la firmes.
Cojo
el rotulador y lo miro, sin saber muy bien si lo dice en serio o no. ¿Quiere
que raye su pared de _____?
—¿Que
la firme con mi nombre? —pregunto, un poco confundida.
—Sí,
como quieras —dice abarcando las imágenes en general con un gesto de la mano.
Vuelvo
a mirar la pared y me río ligeramente, sorprendida todavía de lo que tengo
delante. Avanzo, quito la tapa y busco un espacio libre donde poder estampar mi
firma, pero entonces veo la primera foto que me hizo y me acerco a ella armada
con el rotulador. Sonrío para mis adentros y empiezo a escribir bajo la imagen
en la que estoy huyendo de La Mansión.
ESTE
DÍA TE CONOCÍ. ÉSTE FUE EL PRINCIPIO DEL RESTO DE MI VIDA.
A
PARTIR DE ESTE MOMENTO ME CONVERTÍ EN «TU _____».
Después
me acerco a la imagen en la que estoy sentada en el muelle la noche de la
inauguración
del
Lusso.
ESTE
DÍA ME DI CUENTA DE LO COLADA QUE ESTABA.
Y
DESEABA LLEGAR MUCHO MÁS LEJOS CONTIGO.
Avanzo
por la pared hasta la foto en la que aparezco borracha en el coche de Tom y
sonrío mientras escribo:
ESTE
DÍA DESCUBRÍ QUE SABES BAILAR. Y TAMBIÉN ME ADMITÍ A MÍ MISMA QUE ESTABA
ENAMORADA DE TI, Y CREO QUE ES POSIBLE QUE TE LO CONFESARA.
He
cogido carrerilla. Pronto encuentro la foto en la que llevo puesto el jersey
enorme después de que él me obligara a ponérmelo.
ESTE
DÍA DESCUBRÍ QUE SÓLO TÚ PUEDES MIRARME.
Y
después escribo debajo de una en la que estoy saliendo desnuda de la habitación
después de habérmelo encontrado inconsciente en el Lusso, y después de que me
mostrara su manera de hablar.
ESTE
DÍA DESCUBRÍ QUE SÓLO TÚ PUEDES TOCARME Y DISFRUTARME.
PERO
MI PARTE FAVORITA DEL DÍA FUE CUANDO ME DIJISTE QUE ME QUERÍAS.
Mi
rotulador se dirige a la imagen en la que estoy esposada.
ESTE
DÍA ME ENSEÑASTE EL POLVO DE REPRESALIA.
Busco
por la pared y veo una foto en la que estoy delante de él atravesando el
vestíbulo del Ritz.
ESTE
DÍA DESCUBRÍ CUÁNTOS AÑOS TIENES... Y QUE NO TE GUSTA QUE TE ESPOSE.
No
puedo parar. Todas y cada una de las imágenes me traen a la mente un
pensamiento, y acabo expresando en todas ellas mis recuerdos en palabras. Él no
me detiene, así que continúo, como si estuviera contando en un diario los
últimos meses de mi vida. No necesito las imágenes, todos y cada uno de esos
momentos están grabados en mi cerebro, los buenos y los malos, pero éstos son
todos buenos. Y hay una infinidad de ellos. A veces es demasiado fácil olvidarse
cuando las cosas menos buenas se interponen. Nuestro breve tiempo juntos ha
estado bombardeado con cosas malas, pero todas estas cosas buenas superan esos
momentos difíciles. Él acaba de recordármelo. Me duele la mano para cuando
llego a la última foto (la última por ahora). Estoy segura de que se
me
ocurrirán más subtítulos que añadir. Es una en la que estoy de pie en el porche
del Paraíso. Acerco el rotulador a la pared.
HOY
HE DECIDIDO QUE TIENES RAZÓN. TODO SALDRÁ BIEN.
Y
SÍ, TENGO UN PEQUEÑO BOMBO... Y TE AMO POR HABÉRMELO HECHO. TE AMARÉ SIEMPRE. Y
PUNTO.
Vuelvo
a poner la tapa, respiro hondo y por fin me vuelvo hacia mi señor. Me estrello
contra su pecho y percibo su esencia fresca. Levanto la vista y lo veo con la
expresión muy seria y los ojos verdes apagados.
—Ya
he terminado —susurro en voz baja, pero él no me mira. Está estudiando todos
mis
mensajes,
y sus ojos recorren la pared y se detienen cada dos por tres para leer lo que
he escrito. Coge el rotulador y avanza hacia la imagen en la que estoy huyendo
de La Mansión hasta que casi
se
queda pegado a la pared. No veo lo que está escribiendo, y me asomo por un lado
de su cuerpo para intentar verlo, pero está demasiado cerca. Por fin se aparta
y lo veo, escrito encima de la foto.
ESTE
DÍAMI CORAZÓN EMPEZÓ A LATIR DE NUEVO.
ESTE
DÍA TE CONVERTISTE EN «MI ______».
Aprieto
los labios con fuerza y veo cómo avanza hacia la imagen en la que estoy sentada
en el largo césped de los jardines de La Mansión con mi vestido de novia de
encaje de color marfil de los pies a la cabeza y con el sol brillando a través
de los árboles que tengo detrás. Estoy mirando hacia otra parte, probablemente
al fotógrafo. Una vez más, Tom se pega a la pared, y después se aparta y mordisquea
el extremo del rotulador. Ha dibujado un halo perfecto por encima de mi cabeza
y ha escrito:
MI
CHICA PRECIOSA. MI SEDUCTORA DESAFIANTE. MI SEÑORITA.
MI
ÁNGEL. MI _____.
Sonrío
y doy un paso hacia adelante. Le quito el rotulador de la boca y lo obligo a
salir de su ensueño. Coloco la tapa y lo dejo caer al suelo. Después trepo por
su enorme cuerpo hasta que lo envuelvo con el mío.
Me
coge del culo y clava los ojos en mí.
—______,
hoy ha sido el día más largo de mi vida.
—¿Más
largo que el último día más largo?
—Cada
vez se me hace más largo. Me he acostumbrado demasiado a tenerte conmigo a
todas horas. Creo que me debes un poco de tiempo especial. —Esas palabras hacen
que le deslice la chaqueta del traje por los brazos y mis labios comienzan a
devorarlo con ansia—. Despacio —me advierte con suavidad, y estira los brazos
para facilitar que le quite la prenda—. ¿A qué viene tanta prisa?
Obligo
a mis labios a relajarse, pero es más fácil decirlo que hacerlo después de no
tenerlo durante dos días enteros.
—Ha
pasado demasiado tiempo —farfullo tirando de su corbata y probablemente
estrangulándolo en el proceso. No me aparto de su boca para confirmarlo.
—Eh.
—Tira de mis extremidades intentando desengancharme de él. No se lo pongo
fácil, aunque no tarda mucho en ponerme con los pies en el suelo de nuevo,
jadeando y sin contacto físico.
Se
aparta, se quita la corbata por la cabeza y los Grenson y los calcetines con
los pies. Su mirada es ardiente, como si quisiera quemar con ella mi vestido.
—Quítate
el vestido —ordena mientras se desabrocha los botones de la camisa y después
los de los puños sin interrumpir el contacto visual. Esto no ayuda a sofocar
mis ansias en absoluto, pero es su manera de hacerse con el poder, su manera de
obligarme a controlarme, una expectativa bastante absurda teniendo en cuenta
que se está desnudando delante de mí.
Tardo
tres segundos en bajarme la cremallera y en quitarme el vestido por la cabeza.
Me quedo en lencería de encaje y lanzo una mirada rápida a mi vientre para ver
si ha crecido durante el día.
Inspiro
hondo y me preparo mentalmente, apartando la mirada ligeramente de mi magnífico
marido, que está a tan sólo unos metros de distancia. Sin duda tiene razón, y
tengo el vestido negro de tubo para demostrarlo. A partir de ahora todo irá de
mal en peor. Levanto la mano y la deslizo por mi barriga. Mis anillos relucen
mientras trazo lentos círculos alrededor de mi ombligo. Nuestro vínculo está
creciendo, y lo hace a gran velocidad. Una parte de mí y una parte de Tom. Dos
partes, de hecho,
crecen
en mi interior, y de repente, al pensarlo, me invade una sensación de ternura
que jamás había sentido, una ternura que se acentúa cuando él pone la mano
sobre la mía y se inclina y me levanta la cara para acceder a mi boca.
—Es
increíble, ¿verdad? —pregunta, y vuelve a colocarme sobre su cuerpo cogiéndome
de los muslos sin ningún esfuerzo.
—Sí
—asiento con sinceridad—. Igual que tú.
—Y
que tú.
—Tú
más —respondo—. Demuéstrame lo increíble que eres. Se me ha olvidado. —Provoco
su arrogancia con esas palabras y arqueo la espalda para elevarme más en su
cuerpo, de manera que tiene que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener
nuestro beso. El leve gruñido que profiere atraviesa nuestras bocas unidas y me
calienta más todavía. Sale de su despacho y cruza el inmenso espacio diáfano
del ático. Me tumba sobre la enorme rinconera y tira de mí de manera que la
parte inferior de mi cuerpo queda levantada sobre el brazo del sofá. Se quita
los pantalones y los calzoncillos y su magnífica polla hace su aparición, dura,
dispuesta y al alcance de la mano, pero entonces se arrodilla y la aparta de mi
vista.
No
tengo tiempo de quejarme. Me quita las bragas, me separa las piernas y pega la
boca a uno de mis muslos rápidamente, besándolo con cuidado. Después me besa el
otro, tentándome juguetonamente. Asciende poco a poco y oscila entre uno y otro
con suavidad, subiendo un poco más a cada beso y separándome las piernas con
las manos mientras se dirige a mi centro palpitante.
—Tom.
—Tomo aire. Necesito mover las piernas. Levanto una mano para agarrarme al
cuero del respaldo del sofá y lo cojo de la nuca con la otra.
—¿Ya
te acuerdas de lo increíble que soy? —pregunta, muy serio, retirándose y
acariciando con su aliento mi piel desnuda.
—¡Sí!
—Me tiemblan las manos mientras su fresca respiración recorre mi cuerpo y se
cuela entre mis muslos—. ¡Joder! —Intento cerrar las piernas al sentir el
primer contacto de su lengua en mi clítoris, pero sólo está jugando conmigo,
dándome pistas de lo que está por llegar, y mis piernas no se mueven de ninguna
manera más que como él decide, que es más separadas, volviéndome más sensible, más
abierta y más extasiada.
—Esa
boca, _____. —Su lengua me penetra y me acaricia el sexo de una manera
indescriptiblemente
deliciosa. Lanzo un grito y niego con la cabeza—. ¿Cómo es? ¿Increíble? —Es engreído
y está muy seguro de sí mismo, y lo cierto es que se ha ganado ese privilegio—.
Dime cómo es, nena.
Lo
estoy agarrando con fuerza del pelo, y eso debería valerle como respuesta, eso
y mis
murmullos
inaudibles. Estoy viendo las estrellas, siento chispas en el vientre y mis
pobres piernas son incapaces de moverse. Y entonces siento sus dedos dentro de
mí, dejo de agarrarme al sofá y a su pelo y me llevo las manos a mi propia
cabeza. Los músculos de mi estómago se tensan cuando elevo la parte superior
del cuerpo para intentar sofocar la tremenda oleada de placer que desciende
desde mi vientre hasta mi sexo. En mi frenesí, decido que quiero verlo, de modo
que me incorporo, apoyada sobre los hombros, y dejo descender la mirada por
todo mi cuerpo. Tiene la mano apoyada en mi estómago mientras me folla con los
dedos lentamente.
—Dímelo
—insiste mientras entra en mí con una precisión angustiante.
—Es
como si estuvieras hecho a mi medida —digo en un tono tan uniforme y seguro
como la expresión de su rostro. Él también lo piensa.
Sonríe
y se inclina para besarme con ternura mi piel sensible. Después se pone de pie,
me agarra por debajo de los muslos y eleva la parte inferior de mi cuerpo para
colocarse bien. De repente me encuentro levantando también mi parte superior,
apoyada sobre las palmas de las manos para poder ver cómo me penetra. Y es una
escena maravillosa. Los dos nos centramos en su rígida polla mientras la acerca
a mí sin usar las manos, como si tuviera un dispositivo de localización que la
lleva justo a donde pertenece. Llega al umbral de mi cuerpo y la mantiene ahí
unos instantes, limitándose a acariciar mi húmedo vacío juguetonamente.
Impaciente como siempre, enrosco las piernas alrededor
de
sus lumbares y tiro de él hacia mí, pero no se mueve. No hasta que él lo diga.
Y no lo dice. Sonríe con una sonrisa maliciosa casi imperceptible y con la vista
baja, tentándome todavía con irregulares y tortuosas caricias con el
resbaladizo glande sobre mi pequeño manojito de nervios hipersensibles. Me está
matando, y me muero por dejarme caer sobre el sofá, pero estoy demasiado
cautivada por el cruel placer que me inflige.
—¿Probamos
con la penetración? —pregunta, aún sin mirarme. Voy a perder el sentido, pero
la parte desafiante que hay en mí, unida a su segura actitud, me obliga a
querer igualar su aplomo.
—Si
quieres. —Mis palabras calmadas y distantes hacen que sus cafeces ojos se
desvíen de su punto de enfoque con un brillo de sorpresa.
—¿Si
quiero? —Me penetra muy ligeramente, pero lo suficiente como para obligarme a
reprimir un gemido. Sé que me hará esperar más si me muestro impaciente y
exigente, de modo que lo controlo.
—¿Qué
tal si quieres tú? —Se introduce un poco más. Sé que acabo de abrir los labios
y sé que mi pecho se agita a gran velocidad. Hago todo lo posible, pero todas
las fibras de mi ser están cediendo. Con un brazo me sostiene en el sitio y con
la otra mano tira hacia abajo de mi sujetador por delante. Me pellizca los
pezones con fuerza y yo contengo un grito de placer mezclado con un dolor intenso—.
Mi chica preciosa está intentando hacerse la dura —dice agarrándome con más
fuerza, listo para clavármela hasta el fondo—. Es una pena que se le dé tan mal
fingir indiferencia. —Pero en lugar de hacerlo con brío, se desliza suavemente
y echo la cabeza hacia atrás con un gemido—. Eso está mejor. —Está totalmente
sumergido en mí y la punta de su impresionante polla me roza el cuello del útero—.
Muestra un poco de agradecimiento, _____. —Se retira y vuelve a entrar, esta
vez con un ímpetu sorprendente.
Me
empiezan a temblar los brazos y sacudo la cabeza con desesperación.
—Otra
vez —exijo. Ya ha jugado conmigo bastante—. ¡Otra vez!
—Eso
depende.
—¿De
qué? Dijiste que no siempre tenía por qué ser salvaje. —Me cuesta controlar la
respiración y trago aire repetidamente—. Y ahora me haces esto. ¿Por fin has
llegado a la parte del libro que confirma que esto no afectará a los bebés?
—Sí.
—Empuja con absoluta precisión obligándome a flexionar los brazos, pero vuelve
a
quedarse
quieto—. Es un buen libro.
—Es
un buen libro ahora —coincido. Ahora que ha leído la parte más beneficiosa, es
un libro estupendo.
—Siempre
lo ha sido, pero dice que tienes que escuchar a tu cuerpo. —Sale de nuevo y
vuelve a empujar lanzando un gemido.
—Pues
lo estoy escuchando, y dice que me des más fuerte —jadeo.
—Los
bebés están protegidos. He leído eso. —Sisea, y exhala de manera controlada—. Y
por lo visto también puedo darte azotes. —Su palma impacta contra mi culo con
fuerza y lanzo un grito.
—¡Ya
me has dado azotes antes! —le recuerdo gritando mientras vuelve a penetrarme.
—Pero
entonces no sabía que estuvieras embarazada —me recuerda a su vez con otro
fuerte asalto de su palma contra mi trasero—. ¿Te gusta?
—¡Sí!
—Me obligo a levantar la cabeza y, cuando lo hago, me vuelvo loca al ver lo que
tengo ante mí. La lengua se me sale sola de la boca y recorre mi labio inferior
de manera lenta e insinuante —. Eres fantástico —exhalo mientras observo cómo
se tensan cada uno de los músculos perfectamente definidos de su abdomen y cómo
sus bíceps sobresalen al sostener la parte inferior de mi cuerpo contra él.
—Lo
sé. —Me aprieta lenta y suavemente.
—¡Joder!
—Mis brazos ceden por fin y me dejo caer boca arriba sobre el sofá.
—Sí
—coincide conmigo—. Joder, sí.
—Tom,
me voy a correr. —Ya no me importa tanto mantener el control.
Sólo
quiero dejarme llevar.
—Yo
no. —Sale y vuelve a entrar hasta el fondo—. ¿Estás escuchando a tu cuerpo,
_____?
—¡Sí!
¡Y me dice que necesito correrme!
Me
da una palmada.
—¡No
te hagas la lista! —Sale por completo de mí y vuelve a deslizar la polla por mi
centro, provocando una fricción tremendamente satisfactoria de su carne contra
la mía—. Pues a mí me está diciendo que estoy haciendo un gran trabajo
cubriendo tus necesidades. —Está temblando. Lo noto a través de sus brazos y en
mis piernas, pero sigue embistiéndome sin parar. —Joder, necesito estar encima
de ti.
Me
suelta la parte inferior del cuerpo y me agarra de las manos para colocarme
sobre su cuerpo erguido de un tirón. Me tumba sobre la alfombra debajo de él en
un abrir y cerrar de ojos. Empieza a lamerme los pezones con la lengua y coloca
la mano entre mis muslos para ayudarse a entrar de nuevo en mí. Ahora que
siento su piel noto lo sudado que está. Mis manos palpan cada centímetro de su cuerpo.
—Bésame
—le ruego, y no lo piensa.
Nuestras
bocas se unen mientras se desliza dentro de mí y nuestros cuerpos quedan lo más
pegados posible. Sus movimientos son perfectos, y elevo las caderas para
recibir cada una de sus embestidas, atrapando las chispas de placer que me
instigan todas sus arremetidas. Lo agarro del culo y le clavo las uñas en las
sólidas nalgas mientras él me devora la boca y nuestras lenguas danzan voraz y
salvajemente.
—Creo
que... —dice contra mi mejilla mientras sigue penetrándome— deberías... —ahora
lo tengo en el cuello, y empieza a mordisquearme el lóbulo de la oreja— dejar
tu trabajo.
Sacudo
la cabeza y elevo las caderas con un largo gemido de felicidad.
—No.
—Pero
quiero pasarme los días haciendo esto. Dame tu boca.
Giro
la cabeza hacia él.
—Tendrás
que esperar hasta que regrese a casa. —Le muerdo el labio y vuelvo a agarrarlo
del culo para obtener más fricción.
—No
quiero. —Me devuelve el mordisco—. Donde quiera y cuando quiera.
—Menos
cuando estoy en el trabajo. Más al fondo.
—Vaya,
¿desde cuándo das tú las órdenes? —No se hunde más, el muy cabrón.
—No
voy a dejar mi trabajo.
—¿Y
cómo vas a cuidar de mis hijos si estás trabajando? —Me formula esa arrogante
pregunta pegado a mi boca al tiempo que hace girar las caderas.
—Has
dicho que quieres que me quede en casa para hacer esto, no para cuidar de tus
hijos.
—No
te hagas la lista. —Abandona mi boca y se inclina para morderme el pezón y
besarme de nuevo hasta mi rostro—. ¿Más adentro?
—Por
favor.
—Vale.
—Se hunde hasta el fondo. Mucho. Deliciosa e increíblemente hasta el fondo.
—Mmm.
Se
detiene y se concentra en besarme hasta la asfixia.
—¿Ves?
Te concedo todos tus deseos.
Sin
duda lo hace, pero sé adónde quiere ir a parar, y esto es un polvo de hacerme
entrar en razón sin la parte de la fuerza bruta. Debo tener cuidado.
—Eres
demasiado bueno conmigo —respondo—. ¡Ahhhhh! —Me encuentro al borde del
orgasmo
pero es maravilloso estar así, haciéndonos el amor, sintiéndonos el uno al otro
y tomándonos nuestro tiempo.
Tom
absorbe mi gemido mientras sigue explorando mi boca como si nunca la hubiera
poseído antes. Nuestras sesiones sexuales, ya sean ardientes o románticas,
intensas o relajadas, son siempre como si fuera la primera vez.
—Deberías
mostrar algo de gratitud. —Abandona mi boca y se cruza de brazos—. ¿No te
parece?—Observa nuestros cuerpos y se aparta. Yo también miro hacia abajo y veo
todo su esplendor emergiendo de mi interior—. Mira eso. —Suspira y se queda
quieto al borde de mi abertura. Después me mira—. Joder, es perfecto. —Vuelve a
hundirse en mí con una larga exhalación de aliento cálido que me acaricia la
cara.
Empiezo
a temblar y dejo caer los brazos.
—Vaya,
está empezando a jadear —dice, y se apoya sobre los antebrazos—. Y está
temblando de pies a cabeza. —Sus caderas dan una sacudida irregular.
Él
también jadea. Y también tiembla.
Contengo
la respiración y mi cuerpo se tensa preparándose para alcanzar el clímax, de
modo que no puedo señalarlo.
—Creo
que quiere correrse.
Empiezo
a sacudir la cabeza, aunque quería asentir y gritar que sí. Me retuerzo bajo la
firme y perfecta belleza de su cuerpo. Nuestras pieles sudorosas se funden y
resbalan. Meneo los brazos y las manos sin ton ni son cuando éstos deciden por
su cuenta que hay algo que les gustaría hacer. Mis dedos se hunden en su oscura
mata de pelo y se aferran a ella con fuerza.
—Sí,
definitivamente quiere correrse. —Lo dice con indiferencia y seguro de sí
mismo, pero su propio cuerpo se agita con espasmos mientras intenta mantener su
ritmo estable. No lo consigue. Los movimientos de sus caderas se han vuelto
impredecibles, lo que me indica que está a punto de alcanzar el orgasmo y que pronto
perderá el control—. ¡Joder!
Y
esa palabra lo dice todo. Ya no hay vuelta atrás, de modo que aprovecho la
oportunidad, tiro con más fuerza de su pelo y me elevo para clavar los dientes
en su hombro sudoroso en un intento de reprimir mi grito y alentar el suyo.
Funciona, tal y como me había imaginado.
—¡Joder,
joder, joder! —Me penetra con más fuerza y a más velocidad con la cara hundida
en mi pelo, tal y como me había imaginado—. ¡Ahora, _____!
Es
mi fin. Despego los dientes de su carne y me uno a su frenética espiral de
placer carnal. Le enrosco los brazos alrededor del cuello y meneo las caderas
para recibir las últimas embestidas de su cuerpo contra el mío.
Se
deja caer sobre mí con cuidado, pero me aprieta lentamente mientras me
mordisquea el cuello con la respiración agitada.
—Deja
el trabajo, por favor —me ruega—. De ese modo, podremos quedarnos así siempre.
Mis
cuerdas vocales no responden más que para farfullar alguna objeción mientras
aumento la presión de mis brazos alrededor de su cuello.
—¿Eso
es un sí? —Me lame la piel salada de la mejilla y los labios—. Di que sí.
—No
—jadeo.
—Qué
cabezota eres. —Me da un pico en los labios y se tumba boca arriba asegurándose
de seguir dentro de mi cuerpo y colocándome cómodamente sobre su regazo—.
Tenemos que renovar nuestros votos.
Arrugo
la frente y tardo unos instantes en reunir el suficiente aire en los pulmones
como para formar una frase.
—Pero
si no llevamos casados ni un mes.
Me
agarra de las caderas y me pongo tensa, pero entonces veo que desvía la vista
hacia mi vientre y su mirada de advertencia se transforma en una sonrisa cuando
traslada sus amenazadoras manos a mi barriguita y empieza a acariciarla.
—Sí,
sólo un mes y ya has olvidado una parte muy importante de tus promesas.
—Puedes
meterte lo de la obediencia por donde te quepa —consigo decir sin ningún
problema. También consigo levantar mis pesados brazos y agarrarlo del cuello.
Finge
asfixiarse con una sonrisa y me obliga a agacharme tirándome de los brazos y
cogiéndome también de la garganta con sus enormes manos. Los dos estamos listos
para estrangularnos.
—¿Quién
ganaría? —pregunta pegando la nariz a la mía.
—Tú.
—Correcto
—coincide—. Tengo sed.
Lo
sacudo un poco por el cuello y él se ríe.
—Voy
a por un poco de agua.
—No
puedes elegir qué deberes de esposa vas a cumplir y cuándo. —Me aparta de su
cuerpo tumbado y se incorpora ligeramente para darme una palmada en el culo
mientras me alejo—. ¡Agua, criada!
—No
te pases, Kaulitz —le advierto mientras me coloco las copas del sujetador sobre
los pechos y me dirijo prácticamente desnuda a la cocina.
—¡Ni
se te ocurra regresar hasta que pueda volver a verte las tetas, señorita! —me
grita.
Abro
la nevera con una enorme sonrisa y saco dos botellas heladas de agua. Las cojo
como puedo de manera que no me toquen la piel y saco otra cosa más que lleva un
tiempo esperando en el estante inferior. Sonrío de nuevo.
—¿No
me has oído? —El tono de agravio de Tom es lo primero que llega a mis oídos
cuando reaparezco en el inmenso espacio diáfano del ático. Tiene la mirada fija
en mi pecho cubierto por el sujetador.
—Sí
que te he oído. —Dejo las botellas en el sofá y mantengo escondida la sorpresa
detrás de mi espalda.
Él
sigue tumbado boca arriba y me mira con sus ojos cafeces cargados de recelo.
—Mi
esposa tiene una mirada taimada en su hermoso rostro. —Me observa con los ojos
entrecerrados.
Se incorpora lentamente, apoya la espalda contra el sofá y se da unos
golpecitos en el regazo—. Y tiene algo escondido. —Echa la mano atrás y coge
una botella de agua. Le da un buen trago y le coloca el tapón de nuevo
lentamente.
—Más
o menos —digo. Siguiendo su invitación, me siento sobre él y me inclino hacia
adelante.
Él
deja la botella y me coge del culo con sus enormes manos.
—De
más o menos, nada. —Una de sus manos abandona mi culo, pero sólo el tiempo
suficiente como para volver a bajarme las copas del sujetador otra vez. Después
vuelve a colocarla en su sitio con firmeza—. ¿Qué escondes ahí?
—Algo
—respondo traviesa, y me muevo a un lado cuando intenta asomar la cabeza para
ver qué es.
—No
—le advierto. Resopla un poco y vuelve a apoyar la cabeza en el sofá. Quito la
tapa por detrás de mi espalda y la dejo caer antes de mostrarle el tarro a mi
dios, cuyos ojos curiosos acaban de abrirse como platos de alegría al ver lo que
tiene delante.
—Yo
tengo el mando. —Sonrío.
Sus
ojos se abren todavía más, pero esta vez con furia.
—De
eso, nada. No en lo que a eso se refiere. Olvídalo. Ni hablar. Jamás. —Intenta
cogerlo, pero con un rápido movimiento lo aparto de debajo de su nariz.
—Relájate.
—Me río, y lo empujo contra el sofá.
La
necesidad de abrazarlo supera mis ganas de torturarlo cuando veo cómo su frente
se arruga de preocupación. Joder, amo a este hombre. Se mordisquea el labio
inferior mientras observa cómo mi mano avanza lentamente hacia el tarro y mi
dedo desaparece en las profundidades de la pasta cremosa.
Pongo
cara de asco cuando lo saco, y sé que también he arrugado la nariz con disgusto
al ver el inmenso pegote por todo mi dedo índice.
—No
me tortures con esto, nena. —Su mirada está fija en mi dedo recubierto y sigue
mis
movimientos
mientras bajo la mano y me lo unto por el pezón. Está helado, y es asqueroso,
pero la expresión de auténtica excitación que acaba de dibujarse en el rostro
de mi travieso marido me anima a continuar.
Me
mira.
—Uy.
—Sonrío mientras su cabeza se acerca lentamente como si tal cosa, lo cual es
absurdo, porque sé que se muere por limpiármelo, y no sólo porque quiera tener
mis senos en su boca.
Su
gemido de felicidad hace que me ría y me retuerza bajo su lengua caliente.
—Joder,
joder, joder.
Me
devora el seno con la lengua con auténtica vehemencia y se aparta relamiéndose.
—Pensaba
que era imposible que supieras mejor todavía. Más.
Sonrío
como una boba y vuelvo a meter el dedo en la mantequilla de cacahuete. Una vez
cubierto, lo levanto:
—¿Desea
el señor el pecho derecho o el pecho izquierdo?
Desvía
la mirada de un pecho al otro constantemente, indeciso.
—No
tengo tiempo que perder. Restriégatelo en los dos.
Me
río pero cumplo su orden apremiante, y lo tengo otra vez encima antes de que
pueda apartar el dedo del primer seno.
—Parece
que no te está gustando. —Levanto la cara hacia el techo mientras él me devora
y me muerde el pezón por mi osadía—. ¡Ay!
—El
sarcasmo no te pega.
—¿Está
bueno?
—No
pienso volver a comerla de ninguna otra manera, así que ahora vas a tener que
dejar de trabajar, porque necesito que estés disponible para que te chupe
cuando me apetezca. —Asoma la cabeza y veo que tiene la nariz manchada. Me
inclino al instante para lamérsela—. Creía que odiabas la mantequilla de
cacahuete.
—Y
la odio, pero adoro tu nariz. —Le doy un beso en la punta y vuelvo a mi
posición—. ¿Harías algo por mí?
Su
expresión facial cambia radicalmente. Vuelve a ponerse receloso, pero esta vez
no escondo nada, sólo una petición que no tardará en oír. Se relaja un poco y
me acaricia los costados del cuerpo.
—Lo
que sea, nena.
—Quiero
que me digas que sí a algo antes de que te lo pregunte —ordeno muy
irracionalmente.
Ya
hemos vivido esto antes, y no conseguí nada.
—Has
intentado sobornarme con mantequilla de cacahuete. —Se lame los labios y yo lo
miro irritada y dejo el tarro a un lado.
—¿Y?
—Coge
el bote otra vez, nena. —Ya no sonríe—. No hemos terminado.
Pongo
los ojos en blanco y vuelvo a hundir el dedo y a restregarme la pasta.
—¿Contento?
—Mucho.
—Me limpia la teta en un santiamén—. Bueno, ahora dime qué es lo que quieres.
—Tienes
que decir que sí —insisto con poca fe en mi estrategia. Sé que, aunque diga que
sí, no tardará en retractarse si quiere.
—______
—suspira—. No voy a acceder a nada sin saber qué es. Y punto.
Le
pongo morritos.
—Por
favor —digo arrastrando las palabras, y le paso el dedo recién cubierto de
nuevo por la boca.
—Te
pones adorable cuando me suplicas —murmura—. Dime qué es lo que quieres.
—Quiero
que canceles la suscripción de Georg y de Kate de La Mansión —espeto, y
contengo la respiración.
Necesito
desesperadamente que Tom me ayude con ese tema. Sé que parecen haber alcanzado
un punto importante en su relación, y espero que hablen, pero sin la tentación
de La Mansión tienen muchas más probabilidades de lograrlo. Me preparo para que
me salga con que no es asunto mío, pero no lo hace. De hecho, no hace nada. Ni
resopla, ni se niega. Se limita a mirarme con una leve sonrisa.
—Vale.
—Se encoge de hombros, hunde su propio dedo en el tarro y me lo restriega por
la teta.
—¿Qué?
—Sé que parezco totalmente confundida, y lo estoy. Ni siquiera he tenido que
transformarme
en seductora para convencerlo.
—He
dicho que vale. —Ataca mi pecho de nuevo y yo me quedo mirándole la cabeza.
—¿En
serio? —Debería estar mostrándole mi agradecimiento, no cuestionando su
respuesta. Su sonrisa perfecta aparece ante mis ojos y sus palmas se posan
sobre mis mejillas.
—Georg
ya la ha cancelado.
Dejo
escapar un grito ahogado de sorpresa.
—Creía
que por fin habías empezado a obedecerme. —Debería habérmelo imaginado, pero mi
frustración no eclipsa la felicidad que siento al ver que están intentando
tener una relación convencional. Estoy encantada.
Tom
se levanta y nos tumba a los dos en el sofá en un instante.
—Yo
siempre hago lo que me pides. Ven aquí. —Me quita el tarro de las manos y lo
deja en el suelo junto al sofá. Después me pega a su pecho—. Vamos a
acurrucarnos —exhala, contento.
Me
río sin poder creerlo, me acurruco en su cuello y empiezo a reseguir la línea
de su cicatriz con la punta del dedo como de costumbre.
—¿Tienes
frío? —pregunta entrelazando las piernas con las mías y envolviéndome por
completo con sus fuertes brazos.
—No.
—Suspiro y cierro los ojos deleitándome con todos los elementos que lo hacen
encantador: su esencia, su tacto, sus latidos y su cuerpo debajo del mío.
Vuelvo
a encontrarme en el séptimo cielo de Tom, y cada vez me gusta más.
CAPITULO
# 30.-
Una
tos interrumpe mis dulces sueños. Creo que es una tos. Parece una tos, pero ni
mi cerebro ni mi cuerpo están preparados para recibir el nuevo día, de modo que
hago caso omiso del sonido y me aprieto más todavía contra el cuerpo duro que
tengo debajo.
Ahí
está otra vez, y cada vez me cuesta más ignorarlo. De hecho, está empezando a
cabrearme. Abro un párpado y lo primero que veo es la serena belleza de Tom. Mi
irritación disminuye y levanto la mano para sentir su barba en su tercer día
sin afeitar.
Ahí
está esa tos de nuevo. Me incorporo sin pensar para localizar la procedencia
del ruido exponiendo mi total desnudez frente a... Cathy.
—¡Ay,
mierda! —Me dejo caer de nuevo sobre el pecho de mi hombre y el brusco
movimiento lo despierta—. ¡Tom! —susurro como si ella no me oyera—. ¡Tom,
despierta!
Sonríe
antes de abrir los ojos. Me coge del culo y me aprieta las nalgas al oír mi
voz.
—Si
abro los ojos voy a encontrarme con unos enormes ojos castaños suplicándome
sexo,
¿verdad?
—Su voz es grave y rasposa, y eso junto con esas palabras normalmente haría que
se me tensara el estómago por la anticipación sexual. Pero no esta mañana.
—No,
vas a ver unos enormes ojos castaños perturbados —susurro—. Abre los ojos.
Lo
hace. Revela el café ambarino de sus iris con la frente arrugada y se asoma por
encima de mi hombro cuando ladeo la cabeza.
—Oh.
—Abre los ojos como platos, consternado—. Buenos días, Cathy.
—Buenos
días, tortolitos. Tenéis que compraros pijamas. —El tono divertido de la mujer
hace que sienta todavía más pudor—. O al menos dejaros la ropa interior puesta.
Voy a la cocina a prepararos el desayuno.
Oigo
cómo se aleja apresuradamente dejándonos aquí desnudos y exhalo con
desesperación mientras dejo caer la cabeza sobre el pecho de Tom, que se echa a
reír. Claro, a él no le importa porque yo estoy cubriendo sus vergüenzas.
—Buenos
días, nena. —Mueve las piernas para estirarlas sobre el sofá y mi cuerpo se
desliza entre ellas—. Deja que te vea la cara.
—No.
La tengo como un tomate. —Me pego todavía más a su cuello, como si la vergüenza
fuese a desaparecer si la oculto el tiempo suficiente.
—Vaya,
qué tímida —dice. Está sonriendo, lo sé. Y aunque me gustaría limitarme a
sospecharlo, no me lo permite y me obliga a mirarlo para confirmarlo. Tiene una
amplia sonrisa dibujada en el rostro—. ¿Vamos arriba?
—Sí
—gruño, sabiendo perfectamente que si Cathy ya está aquí es porque debe de ser
tarde, aunque eso no parece importarme mucho últimamente. Es como si
inconscientemente estuviera intentando que me despidieran para no darle a Tom
la satisfacción de dejar mi trabajo sólo porque él me lo haya pedido.
Me
siento con cautela y compruebo el paradero de Cathy. Me echo a reír sonoramente
cuando él se incorpora también y asoma la cabeza por el respaldo del sofá por
si acaso aparece. Me mira, con las cejas enarcadas y ligeramente desconcertado.
—¿Qué
te hace tanta gracia?
—¡Pareces
una suricata! —Me río y me dejo caer de espaldas, exponiéndome por completo. Entre
incontrolables carcajadas, me coloco bien el sujetador como si eso fuera a
marcar alguna diferencia. No llevo bragas—. ¡Ahí meneando el cuello!
Resopla
con una mezcla de diversión y resentimiento ante el ataque de histeria de su
mujer y me aparta con suavidad para liberar las piernas. Se pone de pie y me
coge en brazos. Me coloca sobre su hombro y yo sigo riéndome. Ahora, además, me
deleito con la vista de su duro trasero mientras camina hacia la escalera.
—En
mi pueblo eso significa otra cosa totalmente distinta. —Me da una palmada en el
culo—.Deberías ser tú la que estuviera meneando el cuello.
—Sé
lo que significa. Estaba siendo irónica. —Le acaricio la espalda—. Y me temo
que de
menear
el cuello, nada.
—De
esperanzas se vive.
Sube
los escalones de dos en dos pero apenas lo noto, porque no me sacudo sobre su
hombro y él no resopla ni jadea. No, asciende por la escalera retroiluminada de
ónice como si fuera una especie de extraño paracaidista en perfecta forma
física.
—Al
suelo. —Me deja de pie y abre el grifo de la ducha—. Adentro.
—Espero
que cierres la puerta de tu despacho con llave —digo cuando me viene a la
cabeza la dulce e inocente cara de Cathy.
Se
echa a reír.
—Es
sólo para nosotros, nena. Tengo una llave y he escondido otra entre los
montones de encaje en tu cajón de la ropa interior. ¿De acuerdo?
—De
acuerdo —asiento. Lo cierto es que voy a llegar tardísimo, pero eso no me
impide
acercarme
y agarrar su erección matutina. No sé de dónde ha salido tan rápido, pero me
alegro de verla. Se estremece y yo sonrío y trazo círculos con el pulgar sobre
ella lentamente, con la mirada fija en su miembro palpitante.
—_____...
—me advierte débilmente. Da un paso atrás, pero en lugar de soltarlo recorro su
verga entera con la mano. Sisea y se cubre el rostro con las manos. Ya es mío.
Se frota las mejillas en un gesto que sugiere que es posible que recupere un
poco el control—. Si no te tomo ahora, me va a doler la polla todo el día.
—Tómame
—digo recordando perfectamente las palabras. Doy un paso hacia adelante para reducir
el espacio que ha dejado entre nosotros y él baja las manos y me mira con
aceptación.
—Eso
pienso hacer —responde. Me levanta y me coloca sobre el mueble del lavabo—. Ya
no tienes escapatoria.
—Ni
la quiero.
—Bien.
—Se inclina y me besa dulcemente—. Me gusta tu vestido.
—No
llevo ninguno, así que no podemos perderlo.
Sonríe
en mi boca y, al abrir los ojos, me encuentro con unos brillantes pozos cafeces
plagados de sincera felicidad.
—¿Rememorando?
—pregunta.
—Sí.
¿Te importaría empotrarme contra la pared ya?
No
puedo ir a trabajar con esta hinchazón entre las piernas. Tiene que aliviarme
de esta presión en aumento. Siempre lo he encontrado irresistible, pero esta
incesante necesidad de tenerlo constantemente se está apoderando de mi vida.
Llego tarde al trabajo y me importa una mierda, y sé que a él también.
Vuelvo
a notar su erección, pero algo me interrumpe en plena táctica seductora.
La
noche de la inauguración del Lusso fue alguien intentando abrir la puerta lo
que nos hizo volvernos sobresaltados. Esta vez son los gritos de consternación
de Cathy. Mi espalda se tensa y salgo al instante de mi estado de frenesí.
Tom
desaparece de delante de mí y me quedo sentada en el mueble del lavabo,
preguntándome qué narices pasa. Bajo de un salto y corro al vestidor, cojo la
primera camisa que pillo y me acerco al cajón a toda velocidad para agarrar
unas bragas mientras cuelo los brazos por las mangas. Me abrocho la camisa por
el camino a toda prisa. Estoy en mitad de la escalera cuando veo la puerta de
entrada.
Tom,
vestido únicamente con un bóxer blanco, aparta a Cathy del umbral, donde se
encuentra tapando a quien sea que esté al otro lado.
—Pensaba
que sería Clive —jadea, probablemente agotada por el forcejeo.
—Cathy,
ya me encargo yo. —La deja a un lado y le frota el brazo para tranquilizarla
mientras ella se alisa el mandil y se arregla el pelo.
—¿Quién
coño se cree que es? —espeta ella en un tono desagradable. Jamás la había visto
tan contrariada.
—Cathy
—Tom la apacigua con suavidad—, por favor, ve y prepárale el desayuno a _____
—susurra mientras sostiene la puerta cerrada sin esfuerzo, como si no quisiera
que yo lo oyera. Sin embargo, los insistentes golpes desde el otro lado son
imposibles de ignorar. Quienquiera que esté fuera es imposible de ignorar.
Veo
cómo Cathy se aleja, resoplando y maldiciendo, y centro los ojos en Tom al
llegar al pie de la escalera. Me ve, y la expresión de cautela que invade su
rostro me alerta al instante.
—¿Qué
pasa? —inquiero.
—Nada,
nena —responde sonriendo, pero sé que miente. Es obvio que está muy
nervioso—.Cathy te está preparando el desayuno. Ve.
—No
tengo hambre —respondo tajantemente con la vista fija en él.
—______,
anoche no cenaste nada. Ve y desayuna. —Su tono se torna más y más impaciente a
cada segundo que pasa, y los golpes en la puerta continúan.
No
puedo creer que, viéndolo tan agitado, crea de verdad que su orden de que desayune
vaya a apartarme del misterio que se esconde tras la puerta.
—Te
he dicho que no tengo hambre —replico, roja de ira. Estoy furiosa.
Un
golpe sacude de nuevo la puerta de entrada y Tom lanza un gruñido de
frustración. Su mandíbula tiembla frenéticamente y levanta la vista al techo
para armarse de paciencia. Me gustaría pensar que es el gilipollas que golpea
la puerta del ático persistentemente quien le está provocando esta ira, pero sé
que soy yo.
—______,
¿por qué cojones no haces nunca lo que te digo? —Agacha la cabeza y sé al
instante que lo dice en serio—. Ve-te-a-de-sa-yu-nar. —Pronuncia cada palabra
lentamente, pero sé que eso también lo dice en serio.
—No.
—Corro sin que me importe lo más mínimo estar medio desnuda y agarro la manija
de la puerta—. Suéltala. —Tiro de él pero no sirve de nada—. ¡Tom, abre la puta
puerta!
—¡Esa
puta bo...!
—¡Vete
a la mierda! —espeto tirando de la puerta como una loca embarazada con las
hormonas disparadas.
—¡_____!
—Él la mantiene en su sitio mientras yo insisto en abrirla sin éxito. Sé que
jamás lo conseguiré, no obstante, no pienso ceder. De ninguna manera.
Pero
entonces ambos nos quedamos parados cuando una voz interrumpe nuestro forcejeo,
y no es la de ninguno de nosotros. Si ya estaba algo nerviosa, ese sonido acaba
de volverme totalmente psicótica. Ya no va a hacer falta que abra la puerta
porque, en cualquier momento, voy a empezar a rodar por el apartamento como el
mismísimo Demonio de Tasmania y voy a echarla abajo.
Lo
miro con los dientes apretados. Él se hunde en el sitio.
—¿Qué
cojones está haciendo ella aquí? —Aprovecho su momento de pérdida de
concentración y de debilidad para abrir la puerta y me encuentro frente a
frente con Coral—. ¿Qué cojones haces aquí?—silbo mirándola de arriba abajo con
todo el desprecio del mundo. Hoy lleva el pelo recogido en una minúscula y
ridícula coleta negra. Qué mala idea. Sé que ésta va a ser la primera de
muchas, lo intuyo.
Y
puede que no sean sólo ideas. Me ignora por completo y mira directamente a mi
dios de torso desnudo. ¿Por qué cojones no se ha puesto unos vaqueros y una
camiseta?
—Necesito
hablar contigo —le dice con determinación—. A solas —añade lanzándome una
mirada
impertinente. De poco le va a servir su fuerza. Tendrá que pasar por encima de
mi cadáver para estar a solas con él.
—Tienes
más posibilidades de tomarte un té con la reina —rujo. Mi ira aumenta a cada
segundo, y soy incapaz de controlarla—. ¿Qué es lo que quieres?
Tom
me apoya la mano en la espalda cubierta por la camisa a la altura de las
lumbares. Es su manera de ordenarme que me calme sin hablar. No funcionará.
Cuanto más miro a esa zorra desvergonzada más furiosa me estoy poniendo, si es
que eso es posible. Me siento como una olla a presión a punto de estallar.
—Te
he hecho una pregunta.
—_____.
—La voz tranquilizadora de Tom me enfurece aún más—. Cálmate, nena. —Desliza la
palma hacia adelante y me sostiene el vientre.
No
me puedo creer que esté agobiado por mi presión sanguínea. Ésa debería ser la
última de sus preocupaciones. Lo que más debería inquietarle ahora es la
posibilidad de que haya derramamiento de sangre.
—Estoy
calmada —replico, aunque es evidente que no lo estoy—. No te lo voy a repetir.
Retiro
la mano de Tom de mi estómago, pero él no se conforma. Me aparta para dejarme
detrás de él y extiende un brazo hacia un costado a modo de advertencia. No me
disuade, pero entonces empieza a hablar antes de que pueda apartar la
extremidad de mi camino.
—Coral,
ya te lo he dicho. No puede ser. —Su tono es algo airado, pero tras mi escenita
no sé si es por mí o por ella—. Lárgate y búscate a otro a quien acosar.
Aplaudo
mentalmente sus palabras, aunque sé que no me va a gustar lo que está por venir
al ver que ella no se amilana. Debo de tener un aspecto ridículo con la camisa
de Tom, con las ondas castañas enmarañadas, el maquillaje de ayer todo corrido
y retenida por mi marido, que está prácticamente desnudo.
Los
ojos de Coral oscilan entre Tom y yo varias veces hasta que los fija en mi dios
de nuevo. No me gusta esa mirada. Es descarada, y estoy segura de que sus
siguientes palabras también lo serán. No se irá a ninguna parte sin decir lo
que ha venido a decir, y siento una curiosidad tremenda por saber qué es.
—Como
quieras. —Se encoge de hombros con indiferencia y le extiende a Tom una hoja de
papel.
—¿Qué
coño es esto? —ladra él con tono intolerante.
—Míralo
tú mismo. —Agita el papel en el aire animando a Tom a cogerlo.
No
puedo evitarlo: estiro el cuello para intentar ver qué es, pero él me aparta de
nuevo con el brazo. Lo coge y veo cómo inclina la cabeza para leerlo. Después
observo a Coral y en su rostro distingo la sonrisa más artera que jamás haya
visto. ¿Qué pretende? Vuelvo a mirar a mi marido, que se ha quedado tieso como
una tabla y con los músculos hinchados por la tensión.
Quiero
saber qué es ese papel, y quiero saber qué es lo que ha provocado esa sonrisa
de zorra en la cara de Coral, pero al mismo tiempo no tengo ningunas ganas.
—¿Qué
es? —La pregunta que no quiero formular escapa de mis labios, pero él no
contesta. Coral, sí.
—Es
una ecografía de su bebé.
Sé
que me tambaleo y sé que él se ha vuelto para sostenerme, pero todo se nubla a
mi alrededor.
—Joder.
—Su tono de preocupación no es más que un sonido amortiguado, y sé que es
porque la sangre está abandonando mi cabeza. Estoy mareada—. ¡Mierda! ¡_____!
Mis
pies dejan de tocar el suelo, pero no me caigo. No me he desmayado. Tom me ha
recogido y, en un abrir y cerrar de ojos, me encuentro sentada en el sofá con
la cabeza hundida entre las piernas.
—Respira,
nena. Respira. —Me coloca la mano en la frente y me frota la espalda trazando
ansiosos
círculos—. ¡¿A qué coño estás jugando?! —chilla hacia la puerta—. ¡Maldita loca
de mierda! ¡Hace meses que no me acuesto contigo!
—Cuatro
meses, y estoy de cuatro meses. —Se apresura a contestar, toda orgullosa—. Haz
los cálculos.
Sé
que está poniendo cara de zorra satisfecha pero no quiero mirarla, porque si lo
hago tendré ganas de abalanzarme sobre ella. Necesito controlar la respiración
porque la cabeza sigue dándome vueltas y lo veo todo negro. Si me levanto, me
caeré de bruces.
—¡Eso
es imposible! —espeta ansioso pero demasiado inseguro—. ¡Joder!
Esto
es el fin. Ese bebé nacerá antes que los míos y, sabiendo lo desesperado que
está Tom por tener un hijo, aceptará el primero que caiga en sus manos. Me
dejará. Me quedaré sola con dos bebés berreando y sin nadie que me ayude. Seré
madre soltera. ¿Quién me masajeará los pies cuando los tenga hinchados? ¿Quién
me hará el amor vestida de lencería de encaje cuando esté llena de estrías? ¿Quién
me obligará a comer cuando no tenga hambre? ¿Quién me dará ácido fólico? ¿Quién
chupará mantequilla de cacahuete de mis pechos y me pintará las uñas de los
pies cuando yo no llegue? Me
empieza
a invadir el pánico, pero entonces mis ojos reparan en el pequeño papel que Tom
ha dejado caer al suelo para atenderme.
Al
ver esa ecografía no ha reaccionado como lo hizo cuando vio la de nuestros pequeños.
No se ha postrado de rodillas para agarrar a Coral de las piernas y abrazarla.
Pero ¿qué coño me pasa? Me siento como un saco de emociones contradictorias y
exageradas. Ambos me observan, pero me tomo mi tiempo. Primero veo escrito el
nombre de Coral. Sin duda la ecografía es suya, pero no hay ninguna fecha
impresa. Tampoco aparece el tiempo estimado de gestación. Analizo la imagen más
detenidamente.
—_____,
¿qué haces? —pregunta Tom intentando que lo mire, pero lo ignoro.
—Eso,
¿qué haces? —silba Coral.
Señalo
la ecografía.
—Estoy
intentando ver si estás de cuatro o de cinco semanas —digo con la vista fija en
la imagen—. Supongo que son sólo cuatro.
—Estoy
de cuatro meses, no semanas.
—No,
no lo estás. —Miro a Tom, que está conteniendo la respiración—. ¿Cuándo te
acostaste con ella por última vez?
—Hace
cuatro o cinco meses. —Sacude la cabeza y la arruga de preocupación aparece en
su frente—. _____, mis recuerdos de entonces son algo confusos. No existía antes
de conocerte a ti. —Apoya las manos sobre la parte superior de mis muslos y me da
un apretón—. Y siempre usaba condón, ya te lo dije.
—Lo
sé —digo, pero hay otra posibilidad y detesto tener que preguntarlo, sobre todo
delante de esa intrusa. Cierro los ojos con fuerza—. ¿Fue ella una de las...?
—Me detengo para reformular la frase—. ¿Te...?
Me
interrumpe para evitarme el mal trago.
—No.
—Dice la palabra con suavidad mientras me agarra de la nuca—. Mírame —me ordena
en el mismo tono, y lo hago. Lo miro a los ojos y él sacude la cabeza muy
levemente—. No —repite.
Asiento,
exhalo en silencio y le sonrío para demostrarle que lo creo. No necesito una
confesión porque no tiene nada que confesar. Nuestro silencioso intercambio de
comprensión casi me hace olvidar la presencia de Coral.
—¿Vas
a seguir con él sabiendo que va a tener un hijo con otra mujer? —pregunta con
tono burlón—. ¿Dónde está tu orgullo?
—Voy
a aplastarla —le digo en voz baja pidiéndole permiso en esta ocasión.
Él
sonríe y me besa en la mejilla.
—Adelante,
nena. Pero, por favor, aplástala verbalmente. —Señala mi vientre con la vista y
después
le lanza a la perra descarada una mirada de compasión sin decir nada. Va a
dejar que me encargue de ella.
—¿Qué
estáis cuchicheando, si puede saberse? —inquiere Coral. Su engreimiento empieza
a desintegrarse a marchas forzadas. No tiene ni idea de cómo interpretar
nuestra reacción.
Me
pongo de pie junto a Tom y lo miro.
—Dame
la foto.
Mi
pregunta lo obliga a apartar la mirada acusatoria de Coral y a centrarla en mí.
Lo he pillado por sorpresa.
—¿Qué
foto?
Pongo
los ojos en blanco.
—La
que llevas a todas partes. No soy idiota. ¿Dónde está?
—En
el bolsillo de mi chaqueta —admite, algo avergonzado.
—Ve
a por ella.
—
No, no pienso dejarte a solas con ésta. —Esta vez ni siquiera le dedica una
mirada.
—¿Ésta?
—espeta Coral con tono de incredulidad—. ¿Así es como le vas a hablar a la
madre de tu hijo?
Tom
se vuelve entonces con violencia.
—¡Tú
no eres la madre de mi hijo, maldita loca de mierda! —Su ira aumenta de nuevo.
Tengo que acabar con esto de una vez por todas. Los dejo a solas y me dirijo al
despacho de Tom. Su chaqueta está en el mismo sitio donde la dejó tirada anoche.
Rebusco rápidamente en los bolsillos y encuentro un fajo de billetes
perfectamente
ordenados
y doblados y su teléfono móvil. Por fin doy con la imagen en el bolsillo
interior. Está un poco deteriorada, probablemente de pasarla de un bolsillo a
otro. Salgo de la estancia armada con la prueba número dos y veo que la
distancia entre ellos ha disminuido. Mi hombre sigue en el mismo sitio, pero
Coral está avanzando hacia él.
—Teníamos
algo especial, Tom —dice disponiéndose a tocarlo, pero él le aparta el brazo.
—¿Especial?
—se echa a reír—. Follamos unas cuantas veces. Te usé y te deseché. ¿Qué tiene eso
de especial?
—Viniste
a por más. Eso tiene que significar algo —dice con tono esperanzado. Está loca
de verdad—. Hiciste que te necesitara.
Esas
palabras me crispan los nervios. Quiero interrumpirlos, pero también quiero oír
qué
responde
Tom.
—No,
tú te empeñaste en necesitarme. Apenas hablaba contigo cuando follábamos. No
eras más que un trozo de carne y estabas siempre dispuesta. —Se acerca a ella y
se inclina hacia adelante, lo que la obliga a retroceder ligeramente. El tono
de Tom está cargado de veneno con toda la intención. La está aplastando él
mismo perfectamente—. Eres igual que las demás, pero estás aún más desesperada
si cabe. Te echan un buen polvo y ya crees que tu vida depende de ello.
Casi
me echo a reír. Lo cierto es que mi vida depende de ello, y más ahora que tengo
las
hormonas
disparadas por el embarazo.
Él
la observa de arriba abajo, y veo la mirada presuntuosa del hombre que estuvo
tratando a las mujeres como objetos durante tanto tiempo, del hombre que bebía,
follaba y después se deshacía de ellas.
—¿Qué
coño te hace pensar que vaya a dejar a mi mujer por ti?
—Voy
a tener un hijo tuyo. —Su engreimiento ha desaparecido por completo. Sabe que
está perdiendo la batalla.
—Estás
mintiendo —replica, pero en su tono se nota que no está del todo seguro.
—Está
mintiendo —intervengo, incómoda al ver a Tom acercándose tanto a ella aunque
sólo sea para gruñirle a la cara. Y tampoco me gusta verlo tan preocupado por
algo por lo que no debería estarlo.
—No
estoy mintiendo. Ahí tienes la prueba —dice ella señalando la imagen que tengo
en la mano.
—Exacto,
aquí la tengo. —Le doy la vuelta y se la planto delante de la cara—. Esto es
una
ecografía
de seis semanas.
Ella
frunce el ceño.
—No,
es una ecografía de cuatro meses.
—Este
bebé no es el tuyo, Coral.
—¿Y
de quién es, entonces? —pregunta lentamente. Está empezando a captar por dónde
voy.
—Mío.
—Miro con cariño el trozo de papel desgastado—. Y de Tom.
—¿Qué?
—Bueno,
he dicho «bebé». Lo que quería decir en realidad es «bebés». Verás, estamos
esperando mellizos, y sé que estás intentando colárnosla porque esto sí es una
ecografía de seis semanas de verdad. Y aquí hay dos cacahuetes, más pequeños
que el de la tuya, ya lo sé, pero no hay tanta diferencia. Sé que mientes, no
sé, puede que sea... instinto maternal. —Me encojo de hombros—.¿Querías algo
más?
Se
queda ligeramente boquiabierta y, aunque sigo furiosa para mis adentros, estoy
orgullosísima de mí misma por haber mantenido la compostura. Tom tiene razón: no
puedo abalanzarme sobre ella y empezar a rodar por el suelo, por más que me
gustaría arrancarle todos los pelos de la cabeza.
—A
menos que puedas explicar ese pequeño detalle y confirmar las fechas, creo que
ya hemos terminado. —La miro expectante, pero ella no dice nada. Le tiro la ecografía—.
Y ahora lárgate y vete a buscar al verdadero padre de tu criatura. —No aparto
los ojos de esa mujer, y no lo haré hasta que la puerta esté cerrada con ella
al otro lado—. ¿Te vas ya o voy a tener que arrastrarte? —pregunto dando un
paso hacia adelante.
Ella
se agacha, recoge la imagen y se dirige a la puerta. Su mirada se desvía
nerviosa de Tom a su histérica esposa embarazada, y en cuanto su cuerpo atraviesa
el umbral le cierro la puerta en las narices y me vuelvo para mirar a mi marido
ex gigoló. Se muerde con nerviosismo el labio inferior, y quizá no debería,
pero estoy furiosa con él. Paso por su lado y subo la escalera. El grifo de la
ducha sigue abierto cuando llego al baño de la habitación. Me desnudo, me lavo
los dientes y me meto bajo
el
agua sin ninguna prisa por acabar pronto. Llevo despierta menos de media hora y
ya me siento como si fuera el final del día.
Tengo
los ojos cerrados mientras me aclaro el pelo, pero lo siento detrás de mí. No
me está tocando, pero sé que se encuentra ahí. Y está preocupado. Siento su
ansiedad contra mi espalda mojada. El hecho de que se mostrara intranquilo ante
la posibilidad de ser el padre del hijo de Coral no hace sino que aumente mi
preocupación. ¿Tengo que añadir posibles preñadas a mi lista de cosas que
podrían traernos problemas? Tan sólo hace dos días que regresamos del Paraíso y
ya estoy mentalmente agotada. Una vida de paz y tranquilidad. Eso es lo que quiero
y lo que necesito, y cada vez que pienso que estamos cerca de alcanzarlo,
aparece algo que lo jode.
La
sensación familiar de la esponja natural conecta con mi espalda, al igual que
su mano sobre mi vientre. Actúa con tiento, y hace bien. Lo único que me saca
de mis casillas es él y su sórdido pasado con las mujeres.
—Tom,
no estoy de humor. —Me aparto y termino de lavarme el pelo. No sabe qué hacer,
y como siempre que se ve en esa situación, está intentando apaciguarme a través
de su tacto. Espero oír un resoplido de incredulidad, o incluso de indignación
ante mi rechazo, pero no oigo nada. En lugar de eso, siento cómo su mano se
desliza por mi vientre—. Te he dicho que no estoy de humor —espeto con dureza
quitándomelo de encima y cogiendo una toalla para secarme.
—Me
prometiste que jamás dirías eso —murmura hoscamente.
Me
envuelvo con la toalla, levanto la vista y lo veo de pie debajo del agua, con
las manos a
ambos
lados de su cuerpo, derrotado.
—Llego
tarde. —Lo dejo totalmente turbado y salgo del baño para arreglarme para ir a
trabajar.
Cuando
estoy a punto de salir del dormitorio, aparece con ojos tristes.
—Nena,
se me está partiendo el corazón en mil pedazos. Detesto que nos peleemos. —No
hace ningún tipo de intento para acortar la distancia que nos separa.
—No
nos estamos peleando —replico quitándole importancia—. Tienes que cambiar el
código del ascensor. Y averiguar cómo ha subido hasta aquí. —Salgo del cuarto,
pero apenas he pisado el primer escalón cuando siento su mano cálida alrededor
de mi muñeca, deteniéndome.
—Lo
haré, pero tenemos que hacer las paces.
—Ya
estoy vestida. No vamos a hacer las paces ahora.
—No
del todo. Pero no dejes que me pase el día entero sabiendo que no me hablas.
—Se pone de rodillas delante de mí y me mira—. Los días ya se me hacen bastante
largos de por sí.
—Sí
que te hablo —mascullo.
—¿Y
por qué estás tan cabreada?
Suspiro.
—Porque
una mujer acaba de irrumpir en nuestra casa y ha intentado reclamarte, Tom. Por
eso estoy tan cabreada.
—Ven
aquí. —Tira de mí para que me agache y me envuelve con los brazos—. Te quiero
cuando aplastas a la gente.
—Es
agotador —farfullo contra su pecho—. Tengo que irme ya.
—De
acuerdo. —Me besa el pelo, se aparta y me coge de las mejillas—. Dime que somos
amigos.
—Somos
amigos.
Borra
mi enfado al instante con su sonrisa, la mía.
—Buena
chica. Ya haremos las paces como es debido después. Ve desayunando, tardaré dos
minutos.
—Tengo
que irme —le recuerdo mirando mi Rolex—. Ya son las ocho y media.
—Dos
minutos —repite, y vuelve a ponerme de pie—. Espérame.
—¡Pero
date prisa! —Lo aparto y él empieza a correr hacia atrás con una enorme sonrisa
en la cara. Ya está otra vez contento y con cara de pillo.
Me
encuentro a Cathy en la cocina envolviéndome un sándwich y farfullando. Se
detiene en cuanto advierte mi presencia.
—______
—corre hacia mí limpiándose las manos en el mandil—, ¡he intentado detener a
esa fresca vengativa!
Algo
me dice que ya ha tenido algún encuentro con Coral anteriormente.
—Tranquila,
Cathy. —Sonrío y le froto el brazo cariñosamente—. ¿Ya la conocías? —presiono ligeramente.
—Uy,
sí, sí la conozco, y no me gusta nada. —Empieza a farfullar de nuevo y vuelve a
la isleta para terminar de envolverme el desayuno—. Lleva meses viniendo, molestando
a mi chico y diciendo que era pobre. Ya se lo advertí. Le dije: «Mira, golfilla
urdidora, deja en paz a mi chico e intenta arreglar tu matrimonio.» —Sonrío al
ver cómo mueve las manos con agresividad, casi aplastando mi sándwich—. No sé
cuántas veces ya la ha mandado mi chico a paseo. No hay furia en el infierno
como la de una mujer despechada. —Me mira—. ¿Te has tomado el ácido fólico?
—No.
—Me acerco a la nevera y saco una botella de agua para tomarme las pastillas
que me pasa Cathy, seguidas de una galleta de jengibre—. Gracias.
—De
nada, querida. —Su rostro arrugado sonríe—. Menos mal que la has puesto en su
sitio. —Se echa a reír, coge el sándwich y lo mete en el bolso—. Cómetelo, ¿eh?
Lo digo en serio.
—Pareces
Tom. —Me trago las pastillas.
—Le
importas mucho, _____. No lo condenes por ello —me reprende ligeramente mirando
por encima de mi hombro—. Mira, ahí viene. ¡Y está vestido!
—Estoy
vestido. —Se echa a reír mientras se coloca bien la corbata—. Y mi preciosa
esposa
también.
Pongo
los ojos en blanco, pero no siento nada de vergüenza. Esa mujer ya lo ha visto
todo, y la visita de Coral ha conseguido eclipsar cualquier pudor que pudiera
sentir.
—¿Puedo
irme a trabajar ya?
Se
baja el cuello de la camisa y se frota la barba de tres días. En dos minutos no
tenía tiempo de afeitarse.
—¿Te
has tomado el ácido fólico?
—Sí
—gruño.
—¿Has
desayunado?
Me
doy unos golpecitos en el bolso.
—Cómetelo
—me advierte, y me coge de la mano—. Despídete de Cathy.
—¡Adiós,
Cathy!
—¡Adiós,
querida! ¡Adiós, mi chico!
Salgo
con precaución del ático, y con más precaución todavía del ascensor en el
vestíbulo del Lusso, pero no está por ningún lado. Hago un gesto de dolor cuando
veo a Clive en conserjería, consciente de que está a punto de recibir un buen
rapapolvo.
—Buenos
días, _____. Señor Kaulitz. —La alegría del pobre hombre no va a durar mucho.
—Clive
—empieza Tom—, ¿por qué coño has dejado subir al ático a una mujer?
La
expresión de confusión en el rostro del conserje es evidente.
—Señor
Kaulitz, mi turno acaba de empezar.
—¿Ahora
mismo?
—Sí,
he relevado al chico nuevo... —se mira el reloj— hace tan sólo diez minutos.
Mi
mueca de dolor se acentúa. Ahora va a ser Casey quien se la cargue. Mi
compasión por el nuevo conserje aumenta.
Miro
un instante a mi hombre y veo su cara de absoluta irritación. Será mejor para
Casey que no vuelva jamás.
—¿Cuándo
empieza su turno otra vez? —pregunta Tom.
—Yo
acabo a las cuatro —confirma Clive—. ¿Ha hecho algo mal, señor Kaulitz? Le he
explicado el protocolo.
Tira
de mí hacia el soleado exterior.
—Pues
no ha servido de mucho —masculla Tom—. John te llevará al trabajo —me dice
cuando salimos.
—¿Cuándo
voy a recuperar mi Mini? —pregunto al ver al grandullón al otro lado del
aparcamiento
apoyado contra la puerta del conductor.
—No
lo vas a recuperar. Dalo por perdido.
—¿Por
qué? —protesto. Adoro mi Mini—. Bueno, pues ¿cuándo voy a poder conducir yo
misma al trabajo? —Tom abre la puerta del acompañante del Range Rover de John y
me levanta para colocarme en el asiento.
—Cuando
averigüe quién me robó el coche.
—¿Por
qué no me llevas tú al trabajo?
Me
abrocha el cinturón, comprueba que estoy segura y me besa en la frente.
—Tengo
unas cuantas reuniones en La Mansión.
—Y
entonces ¿por qué me has pedido que te esperara? —inquiero con el ceño
fruncido.
—Para
poder meterte en el coche de John y recordarte que hables con Patrick.
Gruño
sonoramente.
—Eres
imposible.
—Y
tú, preciosa. Que tengas buen día. —Me besa una vez más y cierra la puerta.
Asiente en dirección a John y se dirige a su DBS. No sé a qué ha venido ese
gesto hacia John y, cuando el grandullón se sienta a mi lado, dirijo todas mis
sospechas hacia él.
—¿Qué
pasa, muchacha?
—Él.
—Ah,
entonces todo sigue igual —se ríe con su risa atronadora y gutural de siempre.
—Sí,
todo sigue igual —gruño.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... EH ANDADO OCUPADA CHICAS POR ESO ES QUE NO HABIA PODIDO AGREGAR, PERO NO CREAN QUE ME EH OLVIDADO DE USTEDES ... LO SIENTO MUCHO ... YA LE HABIA EXPLICADO A JENNIFER CUANDO ME PREGUNTO POR FACE QUE TENIA LOS CAPS LISTOS PERO NO TENIA TIEMPO DE AGREGAR ... ENTRE LAS COSAS DE LA GRADUACION COMO COSAS FAMILIARES NO SE ME HABIA PRESENTADO LA OPORTUNIDAD .. ME HE DESVELADO PORQUE MI ABUELO SE HABIA PUESTO MUY ENFERMO Y COMO YO VIVO CON ELLOS Y CON MI MAMA Y TIA MENOR HERMANA DE MAMA ... TODOS ANDABAMOS TODOS ZOMBIE ... PERO AQUI ESTAN ... YA SOLO FALTAN MUY POQITOS PARA QUE TERMINE ESTA TRILOGIA ... HASTA PRONTO Y GRACIAS POR LA ESPERA ... 4 O MAS Y AGREGO LOS DEMAS :))