ANTEPENULTIMOS CAPITULOS!!
CAPITULO
# 33.-
Hace
dos semanas que no veo sus ojos. Han sido las dos semanas más largas de mi
existencia. Cualquier sentimiento de desolación o de miseria que hubiese podido
tener en mi vida antes de esto se ha visto eclipsado por los sentimientos que
me asolan en estos instantes. Estoy perdida, desamparada, añorando la parte más
importante de mi ser. Mi único consuelo es ver su rostro sereno y sentir la calidez
de su piel.
Hace
cuatro días que el médico le quitó el respirador, así que ahora puedo verlo
mejor, con barba y con un tono macilento. Sin embargo, se niega a despertar, a
pesar de que nos sorprendió respirando por su cuenta, aunque fuera una
respiración débil y laboriosa. El filo le atravesó limpiamente el costado y le
perforó el estómago. Su pulmón dejó de funcionar durante la operación, lo que
no hizo sino complicar aún más las cosas. Ahora tendrá dos cicatrices en su
torso perfecto. Al menos, la nueva es un corte limpio, a diferencia del
destrozo irregular que le hizo la vez anterior. He visto cómo se la
limpiaban
a diario, y he visto cómo drenaban la sangre acumulada y la porquería que salía
de la herida. Ya me he acostumbrado, y esa imperfección será un eterno
recordatorio del peor día de mi vida, pero también una parte más que amaré de
él.
No
me he separado de su lado más que para ir al baño de la habitación después de
aguantarme tanto que parecía que la vejiga me iba a reventar. Me he duchado en
cuestión de segundos cuando mi madre me obligaba físicamente a hacerlo, pero todas
las veces le he hecho jurarme que gritará si se mueve. No se ha movido. Día
tras día, el mismo médico y el cirujano me han dicho que es cuestión de tiempo.
Es un hombre fuerte y está sano, así que tiene todas las probabilidades de
salir adelante, aunque no he visto ninguna mejora desde que lo dejaron respirar
por su cuenta. No pasa ni una hora sin que rece para que se despierte. No pasa
ni un minuto sin que lo bese en alguna parte, con la
esperanza
de que el roce de mis labios sobre su piel provoque alguna reacción. No ha sido
así. Día tras día, mi corazón se va deteniendo un poco más. Me escuecen cada
vez más los ojos, y mi barriga continúa creciendo. Cada vez que miro hacia
abajo por un segundo, recuerdo que es posible que mis hijos no lleguen a conocer
a su padre, y eso es una injusticia demasiado cruel como para aceptarla.
—Despiértate
—le ordeno en voz baja, y me echo a llorar de nuevo—. ¡Eres un cabezota! —La puerta
se abre y, al volverme, veo a mi madre a través de mi visión borrosa—. ¿Por qué
no se despierta, mamá?
Está
junto a mí en un segundo, intentando despegarme de él para abrazarme.
—Se
está curando, cariño. Necesita curarse.
—Lleva
así demasiado tiempo. Necesito que se despierte. Lo echo de menos. —Mis hombros
empiezan a agitarse y hundo desesperanzada la cabeza en la cama.
—Ay,
_____. —Mi pobre madre se siente totalmente inútil y no sabe qué hacer para
animarme, pero no puedo hacer que los demás se sientan bien cuando yo me estoy
muriendo por dentro—. ______, cariño, tienes que comer —dice suavemente,
animándome a incorporarme—. Vamos.
—No
tengo hambre —insisto con insolencia.
—Voy
a hacer una lista con todas tus desobediencias y pienso decírselas a Tom una
tras otra en cuanto se despierte —me amenaza mientras me ofrece una ensalada
preparada.
Sé
que no conseguiré nada negándome, pero la estúpida idea de saber que lo
complacería que comiera es lo único que hace que abra la ensalada con una mano
y empiece a picotear los tomates cherry.—Simone y Gordon acaban de llegar,
cariño —dice mi madre con tiento, aunque ya ni siquiera siento desprecio por
los padres de Tom. No siento nada más que dolor—. ¿Pueden pasar?
Mi
parte egoísta quiere negarse. Lo quiero sólo para mí, pero no he podido evitar
que la noticia del apuñalamiento se publicara en todos los periódicos de
Londres. Las noticias viajan rápido, incluso hasta España.
Llegaron
dos días después de su ingreso en el hospital. Su madre y su hermana estaban
destrozadas,
mientras que su padre se limitaba a observar la escena en silencio. Sentí el
arrepentimiento
en su rostro inexpresivo, que se asemeja al de Tom de un modo pasmoso. Escuché todas
sus explicaciones pero no les presté mucha atención. Durante todo este largo
tiempo que he pasado a solas aquí, sin nada que hacer más que llorar y pensar,
he llegado a mi propia conclusión. Y es una conclusión muy simple: el
sentimiento de culpa de Tom por todas las cosas trágicas que le han pasado en
la vida hizo que se distanciara de sus padres. Es posible que ellos hayan
contribuido a eso
con
sus imposiciones y exigencias, pero con sentido común y conociendo a mi hombre
imposible y ahora también todo lo demás, sé que es su propia cabezonería lo que
ha causado este desencuentro. Creía que distanciarse de todo aquel que le
recordara sus pérdidas aliviaría la culpabilidad que sentía, la culpabilidad
que jamás debería haber sentido. No se dio la oportunidad de rodearse de la
gente que lo amaba y que podría haberlo ayudado. Esperó a que yo lo hiciera. Y
puede que haya sido demasiado
tarde,
porque ahora está aquí postrado, inconsciente, y aunque me tortura pensar en
una vida sin él, una vida a la que puede que tenga que enfrentarme ahora,
preferiría que estuviera vivo y bien, aunque no lo conociera. Sé que es una
idea estúpida, pero desde que estoy aquí no pienso con mucha claridad. Me duele
la cabeza constantemente. El nudo en mi garganta no desaparece, y me escuece la
cara de tanto llorar. Estoy destrozada, y seguiré estándolo mientras viva si
nunca vuelve a abrir los ojos.
—¿_____?
—La voz de mi madre y su mano frotándome el hombro me devuelven a la
habitación, ahora tan familiar.
—Sólo
unos minutos —accedo, y dejo a un lado la ensalada.
Mi
madre no me discute ni intenta convencerme para que les conceda más tiempo. Los
he dejado entrar cinco minutos de vez en cuando, pero nunca los he dejado a
solas con él.
—De
acuerdo, querida.
Sale
de la habitación y, momentos después, entran los padres y la hermana de Tom. No
los saludo. Mantengo la vista fija en mi hombre y la boca firmemente cerrada
mientras se acercan a la cama. Su madre empieza a sollozar y veo con mi visión
periférica que Amalie trata de consolarla. Esta vez su padre se frota la cara.
Tres pares de ojos cafeces, húmedos y cargados de dolor observan el cuerpo
inerte de mi marido.
—¿Cómo
está? —pregunta Gordon aproximándose desde el otro lado de la cama.
—Igual
—contesto mientras acerco la mano para apartarle un mechón de pelo suelto de la
frente por si le hace cosquillas y perturba su descanso.
—¿Y
tú cómo te encuentras, _____? Tienes que cuidarte. —Me habla con voz suave pero
severa.
—Estoy
bien.
—¿Podemos
invitarte a comer algo? —pregunta—. Aquí mismo, en el restaurante del hospital.
—No
voy a dejarlo —afirmo por enésima vez. Todo el mundo lo ha intentado y todo el
mundo ha fracasado—. No quiero que se despierte y no me vea aquí.
—Lo
entiendo —me tranquiliza—. ¿Y si te traemos algo?
Debe
de haber visto la ensalada, pero lo intenta de todos modos. Sé que está
preocupado de verdad, pero no quiero su preocupación.
—No,
gracias.
—______,
por favor —insiste Amalie, pero yo hago caso omiso de su ruego y sacudo la
cabeza con testarudez. Tom me obligaría a comer, y ojalá pudiera hacerlo.
Los
tres suspiran de impotencia. Entonces, la puerta de la habitación se abre y
entra la enfermera del turno de noche empujando el carrito de siempre que
transporta el medidor de tensión, el termómetro y un montón de aparatos más
para comprobar su estado.
—Buenas
noches. —Sonríe afectuosamente—. ¿Cómo está hoy este guapetón? —Dice las
mismas
palabras exactas cada vez que empieza el turno.
—Sigue
dormido —contesto, apartándome ligeramente para proporcionarle acceso a su
brazo.
—Vamos
a ver. —Lo coge y le envuelve el bíceps con la cinta de tela. Pulsa unos
cuantos
botones
y ésta empieza a inflarse automáticamente. La enfermera deja que la máquina
haga su trabajo.
Le
toma la temperatura, comprueba la lectura del monitor cardíaco y anota todos
los resultados—.Sigue igual. Tu marido es muy fuerte y no va a rendirse,
cariño.
—Lo
sé —respondo, y ruego para que siga resistiendo. No ha mejorado, pero al menos
tampoco ha empeorado, y tengo que aferrarme a eso. Es lo único que tengo.
La
enfermera inyecta algo de medicación a través de la vía, le cambia la bolsa de
la orina, le pone un gotero nuevo, recoge sus cosas y sale de la habitación en
silencio.
—Te
dejamos tranquila —dice Gordon—. Ya tienes mi número.
Asiento
y dejo que los tres intenten consolarme un poco. Después veo cómo se turnan
para besar a Tom. Su madre es la última, y derrama lágrimas sobre su rostro.
—Te
quiero, hijo —murmura, casi como si no quisiera que yo la oyese, como si
pensara que voy a condenarla por tener tanta cara. Jamás lo haría. Su angustia
es suficiente motivo para que los acepte.
Ahora
mi objetivo principal es hacer que la vida de Tom sea como debería ser. Haré lo
que haga falta, pero no sé si él vivirá para consentirlo y apreciarlo.
Derraman
más lágrimas.
Levanto
la vista y veo cómo se marchan pasando junto a Kate, Georg, Gustav y John, que
esperan en la puerta. Se saludan y se despiden formalmente, y yo no puedo evitar
suspirar de cansancio al ver que llega más gente. Sé que sólo están preocupados
por Tom y por mí, pero el esfuerzo que me supone contestar a las preguntas que
me hacen requiere una energía que ahora mismo no tengo.
—¿Estás
bien, muchacha? —dice John con voz atronadora, y yo asiento, aunque es evidente
que no, pero me resulta más fácil mover la cabeza de arriba abajo que de un
lado a otro.
Levanto
la vista, le sonrío brevemente y veo que ya le han quitado el vendaje de la
cabeza. Se estuvo culpando durante días, pero ¿qué otra cosa podía haber hecho
cuando el amante de Ruth Quinn, o sea, Casey, lo llamó con un falso pretexto,
lo pilló desprevenido y lo golpeó en la cabeza con una barra de hierro en
cuanto salió del ascensor?
—No
voy a quedarme —continúa John—. Sólo quería que supieras que han comparecido
hoy ante el tribunal y los dos irán a la cárcel.
Debería
alegrarme, pero ni siquiera tengo fuerzas para eso. He respondido a las
innumerables preguntas de la policía, y Steve me ha estado poniendo al día
regularmente sobre sus averiguaciones.
Es
bastante sencillo. Ruth, o Lauren, es la psicópata ex mujer de Tom, y Casey es
su fiel amante, que haría lo que fuera con tal de complacerla.
—No
quiero ser grosera, pero no tengo la energía... —Mi voz se detiene y me llevo
la mano de nuevo a los ojos doloridos para secármelos.
—______,
vete a casa, date una ducha y descansa un poco. —Kate coloca una silla a mi
lado y me rodea los hombros agitados con sus brazos—. Nos quedaremos nosotros,
y si se despierta te llamaré de inmediato. Te lo prometo.
Niego
con la cabeza. Ojalá desaparecieran. No pienso moverme de aquí a menos que Tom
lo haga conmigo.
—Vamos,
_____. Yo te llevaré —se ofrece Gustav dando un paso hacia adelante.
—Eso
es. —Georg se une al grupo de persuasión—. Nos quedaremos con él y Gustav te
acercará a casa para que duermas un poco.
—¡No!
—Me quito a Kate de encima—. ¡No pienso irme de aquí, joder! ¡Dejadme en paz! —Miro
directamente a Tom esperando una reprimenda por su parte, pero no dice nada—.
¡Despiértate!
—Está
bien —dice mi amiga con voz suave—. No insistiremos más, pero ______, come
algo, por favor.
—Kate
—suspiro, cansada, esforzándome por no perder los nervios—. He comido un poco
de ensalada.
—Bien.
—Se pone de pie, obviamente frustrada, y se vuelve hacia los demás—. Yo ya no
sé qué más hacer. —Se acurruca en los brazos de Georg cuando éste los abre para
recibirla.
Gustav
me mira con lástima, y entonces caigo en la cuenta de que él también debe de
estar pasando un mal trago después de que aquella mujer lo utilizara para
intentar atrapar a mi marido. Kate me ha contado algo mientras trataba de
distraerme con un poco de conversación, pero no conozco toda la historia. Lo
que sí sé es que Gustav se ha comprometido con la situación. No con Coral, pero
sí con el bebé, lo cual lo honra, dado que ella lo engañó.
—Será
mejor que nos vayamos —dice John, y se vuelve hacia los demás prácticamente
empujándolos
fuera de la habitación. Se lo agradezco y consigo reunir la fuerza suficiente
como para graznarles un «adiós» cortés antes de volver a centrar toda la
atención en Tom.
Apoyo
la cabeza de nuevo sobre la cama y lucho contra la pesadez de mis párpados
durante mucho rato hasta que el agotamiento se apodera de mí y comienzo a
cerrarlos lentamente, transportándome a un lugar en el que me niego a hacer las
cosas que me pide sólo para que tenga que recurrir a sus tácticas y tocarme. Me
está tocando en estos momentos, acariciándome con la enorme palma de su mano mi
pelo alborotado secado al aire, aunque en mi sueño estoy perfecta, no cansada, ni
pálida, ni desaliñada, y no llevo los pantalones de estar por casa con una
camiseta suya usada, la que le pedí a mi madre que me trajera del cesto de la
ropa sucia, y que no me he quitado en todo el tiempo que llevo aquí.
Me
encuentro en un lugar feliz, reviviendo cada momento con mi hombre, todas las
risas, la pasión y las frustraciones. Todas las cosas que nos dijimos y todas
las caricias que intercambiamos se reproducen en mi mente. Cada segundo, cada
paso que hemos dado juntos y cada vez que nuestros labios se han encontrado. No
falta ni un momento: su cuerpo alto y musculoso levantándose en su despacho la
primera vez que lo vi, cómo aumentaba su belleza a cada paso que daba hacia mí
hasta que su aroma me inundó cuando se inclinó para besarme. Y cómo su tacto
despertó todas aquellas sensaciones maravillosas en mi interior. Lo recuerdo
como si lo estuviera viviendo, de una manera
clara
y dichosa. Estaba destinada a estar con él desde el día en que puse el pie en
ese despacho.
—Mi
chica preciosa está soñando.
No
reconozco la voz pero sí sus palabras, así que sé que es él. Quiero
responderle, aprovechar la oportunidad para decirle tantas cosas... No
obstante, mi desesperación sigue impidiéndome hablar, de modo que me limito a escuchar
el eco de sus palabras y a sentir su tacto continuo. Ahora me acaricia la
mejilla.
Un
fuerte pitido me saca de golpe de mi feliz sueño ligero y levanto la cabeza
esperanzada, pero sus ojos siguen cerrados y sus manos están en el mismo sitio
que antes: una en la mía y la otra apoyada e inerte al otro lado de su cuerpo.
Estoy desorientada y hago una mueca ante el estruendoso sonido. Entonces veo
que es el gotero, que indica que se ha agotado el fluido. Me levanto y estiro
el brazo para avisar a la enfermera, pero doy un brinco al oír un gruñido
apagado. No sé por qué he saltado, era un sonido grave y suave, nada agudo ni
estridente, aunque el corazón se me ha acelerado de todos modos. Observo su
cara atentamente, pensando que tal vez lo haya imaginado.
Pero
entonces sus ojos se mueven por debajo de los párpados y mi corazón se acelera
todavía más. Quiero pellizcarme para comprobar que no estoy dormida, y creo que
llego a hacerlo porque siento un repentino pinchazo a través del entumecimiento
provocado por la aflicción.
—¿Tom?
—susurro. Le suelto la mano y lo agarro de los hombros para sacudirlo un poco,
aunque
sé que no debería hacerlo. Gruñe de nuevo y mueve las piernas bajo la fina
sábana de algodón. Se está despertando—. ¿Tom? —Debería llamar a la enfermera,
pero no lo hago. Debería apagar esa máquina, pero no lo hago. Debería hablarle
en voz baja, pero no lo hago—. ¡Tom! —Lo zarandeo un poco más.
—No
grites —se queja con una voz rota y áspera. Sus ojos cerrados de manera
relajada empiezan a cerrarse con fuerza.
Estiro
el brazo y pulso el botón de la máquina para silenciarla.
—¿Tom?
—¿Qué?
—gruñe, irritado, y levanta la mano para llevársela a la cabeza. Todo el miedo
y todo el pesar abandonan mi cuerpo y una luz me inunda. Una luz brillante. Una
luz de esperanza.
—Abre
los ojos —le ordeno.
—No,
me duelen.
—¡Joder!
—Siento un alivio increíble, casi doloroso, que recorre mi cuerpo como un rayo,
devolviéndome
a la vida—. Inténtalo —le ruego. Necesito verle los ojos.
Gruñe
un poco más y veo cómo se esfuerza por obedecer mi orden irracional. No
transijo ni le digo que pare. Necesito vérselos.
Y
ahí están.
No
tan cafeces ni tan adictivos, pero al menos tienen vida y se entornan para
adaptarse a la débil luz de la habitación.
—Joder.
Jamás
había estado tan encantada de oír esa palabra. Es de Tom y es familiar. Me
abalanzo sobre él y empiezo a besarle la cara barbada. Sólo me detengo cuando
sisea de dolor.
—Lo
siento —me apresuro a decir, y me aparto apoyándome en él y causándole más
dolor.
—Joder,
_____. —Arruga la cara y cierra los ojos de nuevo.
—¡Abre
los ojos!
Lo
hace, y me siento inmensamente entusiasmada al ver que me mira mal.
—¡Pues
deja de infligirme dolor, mujer!
Creo
que jamás me había sentido tan feliz. Tiene un aspecto horrible, pero lo
aceptaré sea como sea. Me da igual. Puede dejarse la barba si quiere. Puede
gritarme todo lo que quiera.
—Creía
que te había perdido. —Siento un alivio tan tremendo que me echo a llorar de
nuevo.
Hundo
la cara en mis manos para esconder mi rostro arruinado.
—Nena,
por favor, no llores cuando no puedo hacer nada para remediarlo. —Oigo que
intenta mover el cuerpo y al instante comienza a encadenar un montón de
maldiciones—. ¡Joder!
—¡Deja
de moverte! —lo reprendo, y me seco la cara antes de empujarlo suavemente por
los hombros.
No
me discute. Se relaja de nuevo sobre la almohada con un suspiro cansado.
Después levanta el brazo, se fija en la vía que tiene puesta y empieza a mirar
a su alrededor, confundido de ver toda la maquinaria que lo rodea. De repente
cae en la cuenta y levanta la cabeza con los ojos alarmados y asustados.
—¿Te
hizo daño? —balbucea esforzándose por incorporarse, siseando y haciendo una
mueca de dolor al intentarlo—. ¡Los niños!
—Estamos
bien —le garantizo, y lo obligo a tumbarse sobre la cama. Me cuesta
conseguirlo. La repentina comprensión le ha dado fuerzas—. Tom, los tres
estamos bien. Túmbate.
—¿Estás
bien? —Levanta la mano y palpa el aire hasta que alcanza mi rostro—. Por favor,
dime que estás bien.
—Estoy
bien.
—¿Y
los bebés?
—Me
han hecho dos ecografías. —Apoyo la mano sobre la suya y lo ayudo a tocarme.
Eso lo relaja por completo, y mis palabras también ayudan. Cierra los ojos y
siento el impulso de ordenarle que los abra de nuevo, pero dejo que descanse—.
Debería avisar a la enfermera.
—No,
por favor. Deja que me despierte un poco antes de que empiecen a hurgarme por
todas partes. —Desliza la mano desde mi mejilla hasta mi nuca y aprieta
ligeramente, indicándome en silencio que me acerque un poco más.
—No
quiero hacerte daño —protesto, resistiéndome, pero su rostro se vuelve severo y
su presión aumenta—. Tom.
—Contacto.
¡Haz lo que te mando! —dice medio somnoliento. Incluso ahora, a pesar del
tremendo
dolor, es imposible.
—¿Te
duele mucho? —pregunto mientras me inclino suavemente a su lado.
—Mucho.
—Tengo
que llamar a la enfermera.
—Espera
un poco. Estoy a gusto.
—¡No
es verdad! —Casi me echo a reír, y me apoyo con cuidado sobre él evitando la
zona de la herida. No me encuentro nada cómoda, pero él está contento, por lo
que me quedo así. Le concederé cinco minutos y después llamaré a la enfermera
y, por una vez, literalmente, no podrá hacer nada para impedírmelo.
—Me
alegro de que sigas aquí —murmura, y gasta más valiosas energías para volver el
rostro hacia el mío y besarme—. Me habría rendido de no haber oído tu voz
insolente constantemente.
—¿Me
oías?
—Sí.
Era extraño y tremendamente frustrante no poder echarte la bronca. ¿Quieres
hacer el favor de hacer lo que se te dice? —En sus palabras no hay ni un ápice
de humor, y me hace sonreír.
—No.
—Eso
pensaba —suspira—. Tengo explicaciones que darte.
Esas
palabras me ponen tensa.
—No
hace falta —espeto, e intento apartarme de él para llamar a la enfermera, pero
no voy a ir a ninguna parte.
—¡Joder!
—exclama—. ¡Joder, joder, joder! —Se esfuerza por retenerme, el muy idiota,
pero soy yo la que cede temiendo más por su vida que él—. No te muevas y
escúchame —me ordena ásperamente—. No vas a ir a ninguna parte hasta que te
haya hablado de Rosie.
El
nombre no debería decirme nada, pero lo hace. Es sinónimo de un dolor
insoportable y de años de autotortura. Debería haberme confesado esto hace
tiempo. Habría explicado en gran medida su comportamiento neurótico.
—Lauren
era hija de unos buenos amigos de mis padres —empieza, y yo me preparo para lo
que voy a oír, sabiendo que va a contarme toda la historia, no sólo la parte
que quiero oír sobre su hija, sino también la parte sobre la psicópata que casi
me lo arrebata—. Te la puedes imaginar: de buena familia, rica y muy respetada
entre la arrogante comunidad que teníamos que tolerar. Nos enrollamos una vez y
se quedó preñada. Teníamos diecisiete años, éramos jóvenes y estúpidos. ¿Te
imaginas el escándalo? Esa vez la había cagado pero bien. —Se mueve, hace una
mueca de dolor y maldice un poco más.
Me
lo imagino, y no es necesario que siga explicándose, pero guardo silencio y
dejo que siga narrándome sus años de tormento.
—Nuestros
padres se reunieron con urgencia y su padre exigió que me casara con ella antes
de que se corriera la voz y se manchara el buen nombre de nuestras familias.
Hacía poco que había muerto Bill, y accedí a hacerlo con la esperanza de
acercarme a mis padres.
Cierro
los ojos con fuerza y me aferro a él un poco más, recordando nuestra visita a
casa de mis padres y su reacción cuando mi madre insinuó que se había casado
conmigo porque me había dejado embarazada.
—¿Fue
un matrimonio concertado? —pregunto.
—Sí,
pero nuestras familias hicieron un gran trabajo convenciendo a la comunidad de
que
estábamos
perdidamente enamorados.
—Ella
lo estaba —susurro, sabiendo hacia adónde se dirige esta historia.
—Pero
yo no —confirma—. Al cabo de un mes estaba casado y me mudé a la hacienda de
sus padres. Todo el mundo estaba contento, menos yo. —Juguetea ociosamente con
mi cabello y suspira dolorosamente antes de continuar—. Carmichael me ofreció
una vía de escape, y por fin reuní el valor para acabar con aquella diabólica
farsa, pero cuando nació Rosie, estaba decidido a ejercer de padre. Esa pequeña
era la única persona en el mundo que me quería por ser quien era, sin
expectativas ni presiones, simplemente me aceptaba tal cual era en su
inocencia. Me daba igual que fuera un bebé.
Todo
eso me llena de un inmenso orgullo, pero la historia no tiene un final feliz, y
es algo que me destroza.
—Era
realmente la niña de mis ojos —dice con cariño—. Y sabía que nada de lo que yo
hiciera estaría mal para ella. Eso bastó para hacer que me planteara el estilo
de vida que había llevado durante el embarazo de Lauren. Carmichael buscó al
mejor abogado para ayudarme a conseguir la custodia completa porque sabía que
ella era mi redentora, pero la familia de Lauren sacó a la luz todos los trapos
sucios: lo de Bill, lo de La Mansión y lo de mi breve estilo de vida desde que
dejé a Lauren hasta que Rosie nació. No tenía ninguna posibilidad.
—¿Y
tus padres ya se habían mudado a España para entonces? —pregunto.
Tom
se sacude con un silbido de dolor al reírse brevemente.
—Sí,
huyeron de la vergüenza a la que había sometido a la familia.
—Te
abandonaron —susurro.
—Querían
que me fuera con ellos. Mi madre me lo suplicó, pero yo no quería dejar a Rosie
a tiempo completo con esa familia. La tendrían en mala consideración por ser
una hija ilegítima, aunque me tuviera a mí. No era una opción.
—¿Y
qué pasó?
—Rosie
tenía tres años y yo había cometido el peor error de mi vida. —Se detiene y sé
que se está mordiendo el labio inferior—. Me acosté con Sarah —dice.
—¿Con
Sarah? —Arrugo la frente contra su cuello. ¿Qué pinta Sarah en todo esto?
—Carmichael
y Sarah estaban juntos.
—¿En
serio? —Me aparto con cuidado, y esta vez me lo permite. Efectivamente, se está
mordiendo
el labio, y también contiene la respiración—. ¿Sarah y Carmichael? Creía que él
era un playboy.
—Y
lo era, pero tenía novia. —Se encoge de dolor mientras toma aire—. Y una hija.
—¿Qué?
—Ahora me incorporo por completo—. Continúa —insisto. Esta historia no está
siguiendo
la dirección que esperaba en absoluto.
Respira
dolorosamente hondo de nuevo. Debería decirle que parase para descansar, pero
no lo hago.
—Carmichael
nos pilló a Sarah y a mí. Se puso furioso, cogió a las niñas y se marchó.
Joder.
—¿A
las niñas? —pregunto, aunque no sé por qué. Sé a qué niñas se refiere.
—A
Rosie y a Rebecca.
—Tú
Rosie y su Rebecca —susurro—. ¿El accidente de coche...?
Asiente
suavemente, cierra los ojos y los aprieta con fuerza.
—No
sólo maté a mi tío y a mi hija. También maté a la hija de Sarah.
—No.
—Sacudo la cabeza—. Tú no tuviste la culpa.
—Mis
malas decisiones han sido la causa de todo, ____. La he cagado tanto y tantas
veces... y he pagado por ello, pero no puedo seguir pagando ahora que te tengo
a ti. ¿Y si vuelvo a tomar una mala decisión? ¿Y si meto la pata otra vez? ¿Y
si aún no he terminado de pagar?
Eso
explica sus exigencias de que lo obedezca en todo. Vive aterrorizado, pero es
mucho peor de lo que imaginaba. Se culpa por todo lo sucedido, y es posible que
su irresponsabilidad desempeñara un pequeño papel en el desarrollo de los
hechos, pero él no fue el responsable directo. Él no conducía el coche que
atropelló a Bill. Y tampoco conducía el coche que llevaba a las dos niñas
dentro. Él no quería casarse, y quería ser un buen padre. Hay demasiados «y si»
y demasiados «peros». ¿Y lo de Sarah? Eso me ha dejado hecha polvo. Tuvo una
hija con Carmichael pero estaba enamorada del
sobrino
de su novio. Joder, qué complicado es todo. Por fin conozco la verdadera
naturaleza de la extraña relación que mantienen. Él se siente tremendamente en
deuda con ella. Es cierto que no tienen nada, y después de haber perdido a su
hija y a su pareja, buscó consuelo en La Mansión, igual que lo hizo Tom. Dos
almas torturadas que ahogaban sus penas con látigos, sexo y alcohol, pero nunca
el uno con el otro. Aunque eso fue decisión de Tom, no de Sarah.
—Has
pagado más que de sobra. —Mis ojos se centran en su estómago.
Ha
pagado tanto física como mentalmente, y todo eso ha convertido a mi marido en
un
controlador
neurótico ahora que tiene algo que le importa otra vez.
A
mí.
—¿Cuándo
te hirió la vez anterior? —pregunto. Necesito esa pieza final para completar
este inmenso puzle.
—Cuando
Rosie murió, hizo todo lo posible para intentar hacerme ver que nos
necesitábamos el uno al otro. Siempre había sido un poco impredecible, pero al
ver que yo seguía rechazando sus intentos, empezó a comportarse de una manera
errática. Estaba obsesionada hasta el punto de ponerse a hervir conejos. —Me
sonríe, como insinuando que he tenido suerte de no encontrarme ningún conejito
en la olla.
Sin
embargo, no le devuelvo la sonrisa. Ha intentado matarlo dos veces. Eso no
tiene nada de gracioso.
—¿Se
quedó embarazada a propósito?
—Puede
ser.
—¿Y
te apuñaló?
—Sí.
—¿Fue
a la cárcel?
—No.
—¿Por
qué?
Suspira
de nuevo.
—Su
familia le buscó ayuda y la mantuvo alejada de mí a cambio de mi silencio.
—¡Pero
mira lo que te hizo! —Señalo su vieja cicatriz—. ¿Cómo pudiste dejarle pasar
eso?
—Es
bastante superficial. Esta vez lo ha hecho mucho mejor. —Baja la vista para
mirarse el
estómago.
—Ni
siquiera fuiste al hospital, ¿verdad? —Estoy horrorizada. Es una cicatriz
bastante
desagradable,
y de superficial no tiene nada—. ¿Quién te cosió?
—Su
padre. Era médico.
—¡Joder!
—Me dejo caer en la silla—. ¿Y dónde estaban tus padres cuando sucedió todo
eso? —Parezco la típica bruja echándole la reprimenda pero, joder, ¿cuándo
acaba esto?
—Ya
habían vuelto a España.
—Tom...
—Cierro la boca de golpe, intentando pensar qué puedo decirle antes de soltar
cualquier
tontería. Como siempre, me quedo en blanco. Este hombre me deja sin habla a
todos los niveles—. Cuando estábamos en España, tu madre dijo algo de... —sigo
esforzándome— ¿una segunda oportunidad? —Ahora veo que no se refería a Bill. Se
refería a la hija que Tom había perdido, a una segunda oportunidad para
demostrar que podía ser un buen padre.
—Ahora
sí que ya lo sabes todo. —Sigue hablando con voz áspera, y sus ojos buscan los
míos sin llegar a fijarlos donde sabe perfectamente que están—. ¿Vas a dejarme?
Si
ya se me partía el corazón por él antes, ahora acaba de rompérseme en mil
pedazos. Esa pregunta tan sencilla y perfectamente razonable y el tono de
inseguridad con que la ha formulado provocan al instante que unas lágrimas
dolorosas inunden mis ojos.
—Mírame
—le ordeno con firmeza, y él lo hace, mostrándome un pesar indescriptible. Me
llega al alma, y las lágrimas empiezan a descender por mis mejillas. Las suyas también.
Sé que ahora yo soy su salvación. Soy la clave para su redención. Soy su
ángel—.Inseparables. —Sollozo, invadida de tristeza por mi hombre. Las últimas
dos semanas de vacío se han visto inundadas de felicidad, pero esta felicidad
no ha tardado en ser reemplazada por un inmenso pesar.
Lanza
un grito ahogado, pero no sé si es de dolor o de alivio.
—Abrázame
—me ruega extendiendo débilmente el brazo hacia mí. La falta de contacto debe
de estar matándolo, especialmente ahora que depende de mí para satisfacer su
necesidad.
Me
acerco a la cama con cuidado y me coloco entre los tubos y los vendajes. Él me
estrecha con fuerza.
—Tom,
ten cuidado.
—Duele
más cuando no te toco.
La
punta de su dedo alcanza mi barbilla y levanta mi rostro hacia el suyo. Le seco
una lágrima y le acaricio la cara por encima de la barba.
—Te
quiero —digo, y aprieto los labios suavemente contra los suyos.
—Me
alegro.
—No
digas eso. —Me aparto y le lanzo una mirada de decepción—. No quiero que digas
eso.
Su
confusión es evidente.
—Pero
es verdad.
—Eso
no es lo que sueles decir —susurro, y le doy un pequeño tirón de advertencia en
el pelo demasiado largo que tiene ahora.
Sus
labios se curvan ante mi brutalidad.
—Dime
que me quieres —me ordena, probablemente empleando demasiadas energías para
sonar lo bastante severo.
—Te
quiero —obedezco al instante y él me regala una sonrisa completa, esa gloriosa
sonrisa reservada sólo para mí. Es la más increíble de las visiones, a pesar de
que las lágrimas la acompañan y de que está demacrado.
—Lo
sé. —Me besa con dulzura. Entonces sisea, se detiene por un instante y supera
el dolor para besarme de nuevo.
—Voy
a llamar a la enfermera —le digo con determinación—. Necesitas analgésicos.
—Te
necesito a ti —gruñe—. Tú eres mi cura.
Libero
sus labios a regañadientes, me incorporo y le cojo la cara entre las manos.
—Entonces
¿por qué sigues poniéndote tenso y silbas de dolor?
—Porque
duele, joder —admite.
Lo
beso una vez más y despego mi cuerpo del suyo antes de colocarle las sábanas de
nuevo sobre la cintura. Aunque es difícil verlo tan débil e indefenso, la idea
de cuidarlo y de atenderlo hasta que se cure me llena de alegría. Podré cuidar
yo de él para variar, y no podrá hacer nada al respecto.
—¿Por
qué sonríes? —pregunta levantando los brazos para dejar que lo arrope.
—Por
nada. —Estiro la mano y aprieto por fin el botón para llamar a la enfermera.
—Vas
a disfrutar esto, ¿verdad?
Me
detengo mientras le ahueco la almohada y sonrío ampliamente al ver su cara de
fastidio. Es un hombre grande y fuerte, y ahora está débil y herido. Para él va
a ser muy duro.
—Yo
tengo el poder.
—No
te acostumbres —gruñe justo cuando la puerta se abre y la enfermera entra
corriendo.
—¡Ay!
¡Ay, Dios mío! —Se acerca a la cama y comprueba las máquinas en un segundo,
moviéndose
apresuradamente. También le toma el pulso—. Bienvenido de vuelta, Tom —dice,
pero él sólo gruñe un poco más y mira al techo. Va a odiar todo esto—. ¿Te
sientes algo mareado?
—Mucho
—confirma—. ¿Cuándo me puedo ir a casa?
Pongo
los ojos en blanco y la enfermera se echa a reír.
—No
nos precipitemos. A ver esos ojos. —Se saca la linterna del bolsillo y espera a
que el
gruñón
de mi señor baje la mirada hacia ella. Cuando lo hace, se queda un momento
petrificada y luego continúa con sus labores médicas—. Tu mujer me había dicho
que tenías unos ojos fascinantes—dice apuntando con la luz de uno a otro—. Y no
mentía.
Sonrío
orgullosa y me pongo de puntillas para asomarme por encima de su cuerpo
inclinado, y veo que él sonríe de oreja a oreja.
—¿Es
eso lo único que te dijo, enfermera? —pregunta con descaro.
La
alegre mujer enarca una ceja de advertencia.
—No,
también me habló de esa sonrisa de pícaro. Vamos a lavarte.
Él
se aparta y, al hacerlo, esboza una mueca de dolor. Me echo a reír.
—No,
me ducharé —espeta, y me mira con cara de horror.
—De
eso, nada, jovencito. No hasta que el médico te haga un chequeo y te quitemos
la sonda. —La enfermera lo pone en su sitio con firmeza.
Su
expresión de pánico aumenta y la mujer levanta el soporte de la bolsa para
demostrarle el obstáculo. Su cara de humillación, dibujada en su atractivo
rostro barbado, es todo un poema.
—Joder
—masculla, y deja caer la cabeza sobre la almohada y cierra los ojos para
ocultar la
vergüenza.
—Iré
a llamar al médico —dice la mujer con tono burlón mientras sale de la
habitación y me deja de nuevo a solas con mi pobre marido dependiente.
—Sácame
de aquí, nena —me ruega.
—De
eso, nada, Kaulitz. —Vierto un poco de agua en un vaso de plástico, meto en él
una pajita y se lo acerco a los labios resecos—. Bebe.
—¿Es
agua embotellada? —pregunta mirando la jarra que tiene al lado.
—Lo
dudo. No seas tan tiquismiquis con el agua y bebe.
Obedece
mi orden y da unos pocos tragos.
—No
dejes que esa enfermera me bañe en la cama.
—¿Por
qué no? —pregunto dejando el vaso en el mueble que hay junto a la cama—. Es su
trabajo,
Tom, y ha estado haciéndolo muy bien durante las últimas dos semanas.
—¡¿Dos
semanas?! —exclama—. ¿He estado inconsciente dos semanas?
—Sí,
pero a mí me han parecido doscientos años. —Me apoyo en el borde de la cama, lo
cojo de la mano y empiezo a girar su anillo de casado pensativamente—. No
vuelvas a decirme en tu vida que has tenido un día muy largo.
—Vale
—asiente—. Pero no me habrá estado pasando la esponja esa mujer, ¿verdad?
Sonrío.
—No.
Lo he hecho yo.
Me
quedo pasmada al ver que le brillan los ojos y que me pone morritos juguetonamente.
¿Cómo es posible que ya esté pensando en eso?
—Entonces,
mientras yo estaba desnudo e inconsciente, ¿tú estabas... toqueteándome?
—¡No!
Te estaba lavando.
—¿Y
no me tocaste ni un poquito?
—Claro.
—Coloco las dos manos a ambos lados de su cara y me acerco pare decirle a su
rostro engreído—: Tenía que levantarte la polla flácida y los huevos mustios
para limpiarte.
Soy
incapaz de reprimir una sonrisa, sobre todo cuando abre los ojos como platos y
después los entorna con fiereza. Mi hombre se enorgullece de sus habilidades
físicas y sexuales. No debería tomarle el pelo de esa manera.
—Estoy
en el infierno —masculla—. En el puto infierno en la tierra. Llama a un médico.
Me voy a casa.
—No
vas a ir a ninguna parte.
Le
doy un pico y lo dejo farfullando taciturno en la cama mientras voy un segundo
al baño. Es la primera vez en semanas, y puede que en toda mi vida, que realizo
esta tarea tan mundana con una enorme sonrisa en la cara. El corazón me late
con fuerza en el pecho. Puede que les esté dando dolor de cabeza a los
pequeños.
Cuando
salgo de nuevo a la habitación, el doctor está examinándolo. Espero en silencio
a un lado mientras escucho las preguntas y las respuestas monosilábicas que
intercambian los dos hombres. Tomo notas mentales y observo detenidamente cómo
el médico vuelve a vendarle la herida y le quita los drenajes. Parece
satisfecho con la evolución y contento de ver lo espabilado que está Tom. Sin embargo,
prefiere no quitarle todavía la sonda y, tras cinco minutos de discusión, sigue
pensando lo mismo.
—Quizá
mañana —dice tratando de apaciguar a Tom—. Mañana comprobaremos si puede andar.
Acaba de despertarse, Tom.
—¿Y
qué hay de esto? —Se señala la vía en el brazo, pero el médico sacude la cabeza
y él gruñe, disgustado.
Tras
llevar a cabo sus observaciones, el médico se marcha y yo me siento de nuevo en
la silla.
—Cuanto
más colabores, antes te darán el alta.
—Pareces
cansada —dice cambiando de tema y desviando la preocupación hacia mí—. ¿Estás comiendo?
—Sí.
—Mis dedos traicioneros se dirigen directos a mi pelo y me delatan por
completo.
—______
—protesta—. Vete ahora mismo a comer algo.
—Mi
madre me ha traído una ensalada. No tengo hambre.
Abre
unos ojos como platos al oírme mencionar a mi madre. Sé lo que viene a
continuación.
—¿Qué
les has contado?
—Todo
—admito. No paraba de sollozar y gimotear durante todo el discurso mientras mi
madre me tranquilizaba y me reconfortaba. Ha sido bastante tolerante con el
tema, fue muy raro—. Excepto lo de los cuatro días en que desapareciste.
Él
asiente con aire reflexivo a modo de aceptación. Debe de imaginarse que no
había forma humana de evitar decírselo.
—De
acuerdo —dice—. Ahora vete a comer algo.
—No
tengo ham...
—Que
no tenga que repetírtelo, señorita —me interrumpe—. Porque con bolsa de orina o
sin ella, te llevaré al puto restaurante yo mismo y te obligaré a tragar.
Decido
que es mejor no seguir discutiendo. Es verdad que no tengo hambre, pero sé que
es capaz de cumplir su amenaza, así que levanto mi cuerpo exhausto de la silla
y cojo el billete de veinte que me ha dejado mi padre en la mesilla junto a la
cama.
—Te
traeré algo a ti también.
—Yo
no tengo hambre —replica sin mirarme siquiera. Está sumido en sus pensamientos.
Se siente avergonzado, aunque no tiene por qué. Yo no lo estoy, así que él
tampoco debería estarlo.
Oculto
mi mirada de extrañeza ante su seca respuesta. No voy a discutir con él porque
no
conseguiría
nada más que estresarlo. Le traeré algo igualmente y lo alimentaré a la fuerza
si se niega a hacerlo por su cuenta.
A
pesar de todo, su repentino mal humor y mi sensación de agravio no consiguen en
absoluto eclipsar la alegría que me invade. La presencia de su arrogancia y su
carácter imposible son señal de que mi Tom ha vuelto. Y es así como lo quiero.
CAPITULO
# 34.-
Estoy
masticando una barrita de chocolate mientras arrastro los pies por el pasillo
del hospital. Me encuentro mucho mejor, más vivaz y despierta, pero mi cuerpo
disiente de mi mente. Necesita descansar.
Al
volver la esquina que da a la habitación, me detengo de inmediato al ver a
Sarah rondando la puerta del cuarto de Tom. Está a punto de agarrar el pomo,
pero retira la mano de nuevo y da media vuelta, decidida a marcharse. Al verme
se queda helada y mira a todas partes incómoda. No la he visto por aquí desde
que Tom ingresó, y pensaba que simplemente se había mantenido al margen, pero ahora
que la veo en el pasillo me doy cuenta de que probablemente haya venido todos
los días. Sé que si la hubiera visto cualquier otro día es posible que le
hubiese golpeado por el dolor. Pero hoy no. No
sabiendo
todo lo que sé ahora. Jamás la perdonaré por todo lo que ha hecho, pero ahora
que conozco su historia, sería muy inhumano por mi parte no sentir compasión
por ella. Perdió a su hija. Es algo muy trágico, y va por la vida haciéndose la
dura para protegerse. Estaba enamorada de Tom. Ella creía que tenían un motivo
para unirse y aliviar mutuamente su dolor, pero él la veía como un recordatorio
de lo que había perdido por haber tomado la decisión equivocada al acostarse
con ella. Dos almas atormentadas que se utilizaban mutuamente de manera
distinta, sólo que Tom encontró su salvación
en
otra parte. Y Sarah sigue queriendo que sea suyo.
—¿Te
encuentras bien? —pregunto sin saber qué otra cosa decirle. La pilla por
sorpresa.
Parece
estar a punto de echarse a llorar, pero está intentando hacerse la fuerte.
Entonces me doy cuenta de que ella no sabe que se ha despertado. John debe de
haber estado poniéndola al corriente de su estado, pero él tampoco lo sabe.
—Se
ha despertado.
Al
instante fija los ojos en mí.
—¿Está
bien?
—Lo
estará, si el muy cabezota le hace caso al médico. —Levanto un tarrito en
miniatura de mantequilla de cacahuete que he encontrado en el restaurante—. Y
come.
Ella
sonríe. Es una sonrisa nerviosa.
—Espero
que tengas más de uno de ésos.
—Diez.
—Levanto el brazo, en el que llevo colgada una bolsa de papel—. Pero no es de
la marca Sun-Pat, así que probablemente la rechace.
Se
echa a reír, pero se detiene al instante, y sé que es porque cree que es
inapropiado.
Probablemente
lo sea, y no porque la situación no sea graciosa, sino porque se está riendo
conmigo.
—Lo
sé todo, Sarah. —Necesito que entienda que mi nueva empatía se debe sólo a mi
nuevo descubrimiento—. Jamás olvidaré lo que intentaste hacernos, pero creo que
entiendo por qué lo hiciste.
Despega
los labios y deja caer la mandíbula pasmada.
—¿Te
lo ha contado?
—Lo
de tu hija. Lo de Rosie. Lo de Carmichael. El accidente de coche y por qué las
niñas iban con Carmichael en el vehículo.
—Vaya.
—Su mirada se fija en el suelo de plástico de color azul—. Siempre había sido
algo
nuestro.
Se
refiere a la historia y a la conexión. Y yo he roto eso. La mujer que tengo
delante se ha quitado la máscara de seguridad y engreimiento y se muestra tal
cual es. No es nada, y lo sabe. Siento lástima por ella. Yo he conseguido al
hombre al que ella quiere. Intentó quitarse la vida, pero eso no hará que renuncie
a él. Nada hará que renuncie a él. Ni ex amantes despechadas, ni clubes de sexo
exclusivos, ni problemas con el alcohol, ni ex mujeres psicópatas, ni el
descubrimiento de una hija fallecida ni la desolación de Sarah. Como tampoco lo
hará la locura que rodea a todas esas razones. Mi hombre me
lo
ha confesado todo y no pienso ir a ninguna parte. Somos inseparables.
—¿Puedo
verlo? —pregunta tranquilamente—. Entenderé que no quieras.
Debería
negarme, pero la compasión me lo impide. Necesito zanjar esto, y ella también.
—Claro.
Esperaré aquí. —Me siento en una silla de plástico duro y veo cómo entra en la
habitación.
No
necesito oír lo que van a decirse. Ya me hago una idea, así que me quedo aquí,
terminándome la barrita de chocolate. Mi cuerpo agradece la instantánea dosis
de azúcar.
—¿_____?—Levanto
la vista y veo a la madre y a la hermana de Tom corriendo por el pasillo.
—Hola
—digo con la boca llena de chocolate, y me llevo la mano a los labios para
indicar que no puedo decir nada más hasta que trague.
—¡La
enfermera nos ha dicho que se ha despertado! ¡Tom se ha despertado! —Simone
mira hacia la puerta, y después me mira a mí.
Asiento,
mastico rápidamente y trago para poder proporcionarle la información que
necesita.
—Está
bien. Un poco gruñón, pero bien.
—¡Ay,
gracias a Dios! —Se vuelve y se abraza a Amalie—. Saldrá de ésta.
Amalie
me sonríe por encima del hombro de su madre.
—¿Gruñón?
—O
cabezota, como quieras llamarlo. —Me encojo con una sonrisa, y sus ojos cafeces
brillan de entendimiento.
—Lo
último, sin duda —confirma abrazando a su madre, que sigue sollozando—. Me
alegro de ver que estás comiendo.
Bajo
la mirada hacia el envoltorio de la barrita de chocolate que acabo de devorar y
sonrío pensando en lo bien que me siento al comer. Podría zamparme otra sin
problemas.
—¿Dónde
está Gordon? —pregunto.
—Aparcando.
¿Te importa que lo veamos? —pregunta Amalie.
De
repente me golpea la dura realidad de que Tom no sabe que están aquí. Y no
tengo ni idea de cómo manejar la situación. Tras nuestro último encuentro con
sus padres, debería evitar someterlo a una situación de estrés potencial, pero
mi mente confabuladora no para de pensar en el hecho de que ahora no puede
escapar. Y aunque quizá corra un gran riesgo, sé que será mi única oportunidad
de reunirlos a todos en la misma habitación. Tendrá que escucharlos. Y si no le
gusta lo que oye, pues se
acabó,
pero he visto lo mal que lo ha pasado su familia. Lo he visto perfectamente,
incluso a través de mi propio dolor. Ha llegado el momento de solucionar las
cosas, sea quien sea el culpable. Al menos, eso es lo que yo espero, pero es su
decisión, y lo apoyaré decida lo que decida.
—Todavía
no he tenido la oportunidad de decirle que estáis aquí —explico, casi
disculpándome—. En cuanto se despertó, los médicos comenzaron a hacerle
pruebas, y ahora hay una amiga dentro.
—¿Te
importaría hacerlo? —Simone se aparta de Amalie y se saca un pañuelo de papel
de la manga del cárdigan—. ¿Te importaría avisarlo de que estamos aquí?
—En
absoluto, pero...
Amalie
me interrumpe.
—No
queremos alterarlo, así que no lo fuerces.
—Pero
inténtalo, por favor. —Simone me agarra de las manos rogándome—. Por favor,
hazlo por mí, ______.
—Lo
haré. —Me siento presionada, pero también siento la desesperación que emana por
todos los poros de esa mujer. Soy la clave para que se reencuentre con su hijo,
y lo sabe, Amalie lo sabe, y yo también.
La
puerta de la habitación de Tom se abre y todas nos volvemos y vemos salir a
Sarah. Ha estado llorando y se lleva la mano a la cara para secarse los ojos.
La manga de su chaqueta se le sube un poco y veo que un vendaje le rodea la
muñeca. Sin embargo, desvío la atención cuando oigo que la cólera se apodera de
la madre de Tom.
Sarah
abre sus ojos cubiertos de lágrimas como platos.
—¿Simone?
—balbucea mientras cierra la puerta.
—¡¿Qué
demonios haces aquí, zorra vengativa?! —espeta ella con frialdad. No necesito
nada más para confirmar que Simone sabe lo del encuentro entre Sarah y Tom y lo
que sucedió después, los hechos que acabaron con la vida de su nieta.
—¡Mamá!
—grita Amalie, desconcertada.
Yo
estoy desconcertada. Sarah, sin duda, está desconcertada. Y entonces la puerta
de la
habitación
se abre y aparece Tom, desconcertado también. Dejo escapar un grito ahogado y
corro hacia él al ver que se ha envuelto la sábana alrededor de la cintura y
que prácticamente ha salido arrastrando el gotero y el soporte de la sonda.
—¡Tom,
por el amor de Dios!
—¿Mamá?
—Parece muy confundido y algo tembloroso.
La
cara de asco y de odio de la madre de Tom se suaviza de inmediato al ver a su
hijo.
—Ay,
Tom, no hagas tonterías. ¡Vuelve a la cama inmediatamente!
Ahora
me quedo más pasmada todavía. Alzo la vista hacia mi marido pero no veo más que
perplejidad en su rostro hirsuto y aturdido, y entonces me vuelvo de nuevo y
veo cómo Simone se esfuerza por contener su instinto maternal de meterlo en la
cama ella misma. No sé cómo interpretar eso. ¿Tiene derecho a darle semejante
orden?
Esta
situación es tremendamente extraña, pero mientras veo cómo Sarah se aleja a
hurtadillas y cómo Amalie y Simone observan preocupadas la alta constitución de
Tom, salgo de mi estupor y entro en acción.
—Simone,
dame cinco minutos —digo, empujo a mi marido de vuelta a la habitación y cierro
la puerta al entrar—. ¿A qué te crees que estás jugando? ¡Vuelve a la cama!
Abre
la boca para chillarme, pero la cierra al instante al ver que comienza a
tambalearse.
—¡Mierda!
—No podré cogerlo—. ¡Mierda, mierda, mierda!
Tiro
mi bolso al suelo y lo guío rápidamente hasta la cama, pero no puedo hacer nada
más que dejar caer sus músculos duros de golpe sobre ella.
—Eres
un idiota, Kaulitz. —Estoy furiosa con él—. ¿Por qué nunca haces lo que se te
dice? —Le coloco bien el gotero y la sonda, le levanto las pesadas piernas, se
las pongo sobre la cama y lo tapo de nuevo con la sábana.
—Estoy
mareado —dice arrastrando las palabras y llevándose el brazo a la frente.
—Te
has levantado demasiado pronto.
—¿Qué
hacen ellos aquí, _____? —pregunta tranquilamente—. No quiero verlos.
Dejo
caer los hombros con abatimiento de una manera espectacular, pero prosigo
comprobando su vendaje, me siento en la cama a su lado y le aparto el brazo que
oculta su rostro. Tom me mira con ojos suplicantes. Esto me mata, pero voy a
intentarlo de todos modos.
—Me
tienes a mí y yo soy lo único que necesitas, ya lo sé, pero ahora tienes la
oportunidad de enmendar las cosas. Dales cinco minutos. Yo estaré aquí siempre,
pase lo que pase, pero no puedo permitir que dejes pasar la oportunidad de
hallar la paz en ese aspecto de tu vida, Tom.
—No
quiero que nada arruine lo que tengo —dice con los dientes apretados al tiempo
que cierra los ojos con fuerza.
—Escúchame.
—Lo agarro de la mejilla y le meneo la cara para obligarlo a abrir los ojos—.
Después
de todo por lo que hemos pasado, ¿realmente crees que hay algo que pueda acabar
con lo nuestro? —Tiene que darse cuenta de que eso es imposible. Si eso es lo
único que lo preocupa, estoy más que decidida a que solucione el tema—. Será
como tú digas. Iremos poco a poco, y ellos lo aceptarán.
—Yo
sólo te necesito a ti —masculla con amargura, y desliza las manos por debajo de
la
camiseta
suya que llevo puesta para acariciarme el vientre—. Sólo a ti y a nuestros
pequeños.
Suspiro
y apoyo la mano sobre la suya.
—No
hace falta querer algo para necesitarlo, Tom. Vamos a tener mellizos. Ya sé que
nos
tenemos
el uno al otro, pero necesitaremos a nuestras familias también. Y me gustaría
que nuestros hijos tuviesen dos abuelos y dos abuelas. Nosotros no somos
normales, pero deberíamos hacer que las vidas de nuestros hijos sean lo más
normales posibles. Eso no nos cambiará ni cambiará lo que hay entre nosotros.
Veo
que capta mi lógica. Su rostro pálido rumia acerca de lo que acabo de decirle
hasta que asiente ligeramente. Tira de mí con amargura y me envuelve con sus brazos.
Me relajo, agradecida de que al menos esté dispuesto a intentarlo. No espero
que todo se solucione instantáneamente ni que sea el reencuentro definitivo,
pero por algo se empieza.
—Dime
que me quieres —me pide pegado a mi pelo.
—Te
quiero.
—Dime
que me necesitas.
—Te
necesito.
—Bien.
—Me suelta—. Ahuécame la almohada, mujer. Necesito ponerme cómodo para esto.
Paso
por alto esa insolencia e intento que se ponga cómodo.
—Os
dejaré un poco de intimidad —le digo mientras me dirijo a la puerta.
—¿No
vas a quedarte? —balbucea con sus ojos cafeces aterrados.
—No,
no es necesario. Estarás bien.
Me
resulta muy difícil no quedarme aquí sentada sosteniéndole la mano durante ese
trago, pero es algo que tiene que hacer solo. He usado a los mellizos como excusa,
pero mis razones van mucho más allá de la necesidad de contar con el apoyo de
más familiares. Tom necesita sanarse física y mentalmente, y perdonar a sus
padres es una parte esencial en ese último proceso.
Abro
la puerta y sonrío a Simone y a Amalie, acompañadas ahora también de Gordon. No
digo nada. Les dejo la puerta abierta y me pierdo mientras dejo que una familia
perdida se reencuentre de nuevo.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS ... SI MAÑANA SE ACOMPLETAN LOS COMENTARIOS QUE ESPERO QE ASI SEA AGREGO EL 35 Y EL EPILOGO ... 4 O MAS Y AGREGO ... GRACIAS :))
Sigueeeeeeee
ResponderBorrarSigueee. :)
ResponderBorrarsigueee me encantooo, no puedo creer que Sarah haya sido la mujer del tío de Tom :S me encanto espero los próximos caps..
ResponderBorrarSubeeee
ResponderBorrarO.O No hubiera imaginado que Tom tuvo una hija..??
ResponderBorrarQue se metiera con la mujer de su tio...!! no ps Tom si que actuo muy mal..
Subeee ya Virgiiii..!!
Esta buenisima :D