CAPITULO
# 9.-
La sensación de vacío es inevitable. La
sensación de miseria y desolación, también. No obstante, no esperaba el
abrumador sentimiento de culpa. He luchado contra las punzadas aquí y allá,
cuando lo tenía delante, derrotado, pero ahora me consume. Y estoy furiosa por
sentirme así. El no haberme hecho la ecografía aún también me está volviendo
loca.
Es viernes, el cuarto día sin Tom. Mi
semana ha sido una tortura, y sé que la cosa no va a
mejorar nunca. Se me está partiendo
lentamente el corazón. Las grietas son más profundas cada día que pasa, y sé
que probablemente dejaré de ser funcional. Estoy a punto. Aunque lo que más me
duele es la falta de contacto, el no saber si él se está ahogando en vodka, lo
que significa también que se está ahogando en mujeres. Salto de mi mesa y corro
al cuarto de baño. Vomito al instante pero no creo que sean náuseas matutinas o
náuseas a cualquier hora del día. Es la pena.
—______, deberías irte a casa. Llevas
mala toda la semana. —La voz preocupada de Sally me llega desde el otro lado de
la puerta del baño.
Me levanto con un suspiro, tiro de la
cadena, salgo y me lavo la cara y las manos.
—Un maldito virus anda suelto —murmuro.
Contemplo la falda lápiz de color gris
y la blusa negra de Sal. Se ha transformado por completo.
Las faldas rectas sosas y las camisetas
de cuello alto son un recuerdo lejano. No se lo he preguntado pero, a juzgar
por el nuevo vestuario, su vida amorosa va viento en popa.
—¿Sigues saliendo con aquel chico que
conociste en internet? —pregunto. No sé su nombre, así que no sé cómo llamarlo.
—¿Mick? —se ríe—. Sí.
—¿Y marcha bien? —Me vuelvo y me apoyo
en el lavabo. Se pone como un tomate, baja la vista y se arregla la coleta.
—¡Sí! —chilla, y me da tal susto que
doy un brinco—. Es el hombre perfecto, ______.
Sonrío.
—¿A qué se dedica?
—No sé, a un rollo profesional. Ni
siquiera intento entenderlo.
Me echo a reír.
—Me alegro. —Iba a añadir que fuera
ella misma, pero creo que es un poco tarde. Desde luego, ya no es la Sal de
antes. Mi teléfono grita entonces desde mi nueva mesa—. Disculpa, Sal —digo, y
la dejo delante del espejo retocándose el carmín.
Me acerco a mi mesa nueva de madera en
forma de ele y procuro ignorar la decepción que siento porque no es Angel. Lo
que no consigo ignorar es la exasperación que me entra cuando veo que la que llama
es Ruth Quinn, mi clienta entusiasta a la que le he dedicado demasiado tiempo
esta semana.
—Hola, Ruth.
—_______, parece que todavía te
encuentras mal.
Lo sé. Probablemente también tenga un
aspecto horrible.
—Me encuentro mucho mejor, Ruth. —Eso
es porque acabo de vaciar el contenido de mi
estómago otra vez.
—Me alegro; ¿podemos reunirnos? —De
pronto, ya no parece estar muy preocupada por mí.
—¿Es que hay algún problema? —pregunto
esperando que no lo haya. Estoy intentando que este proyecto vaya como la seda
porque, aunque Ruth parece muy maja, sé reconocer a un cliente quisquilloso
cuando lo veo.
—No, sólo quiero aclarar unas cosas.
—Eso podemos hacerlo por teléfono
—propongo.
—Preferiría que nos viéramos —insiste.
Me encojo en mi silla. Era de esperar.
Siempre prefiere que nos veamos. Le va a llegar una factura astronómica. Una
hora por aquí, dos horas por allá, se va a gastar más dinero en verme que en pagar
las obras.
—Hoy —añade.
Me encojo aún más con un gruñido. No
voy a terminar mi semana de mierda con Ruth Quinn. Prácticamente la empecé con
Ruth el martes y tuvimos un encuentro a media semana el miércoles.
¿Acaso se cree que es mi única clienta?
No me importaría, pero es que se pasa diez minutos aclarando cosas que ya
habíamos aclarado y luego se tira una hora sirviéndome tazas de té y tratando
de convencerme de que salgamos de copas.
—Ruth, de verdad que hoy no puedo.
—¿No puedes? —parece molesta.
—¿El lunes? —¿Por qué habré dicho eso?
Voy a empezar la semana con Ruth Quinn otra vez.
—El lunes, pues. ¿A las once?
—Vale. —Paso las páginas de mi agenda y
anoto la cita.
—Estupendo —responde. Ya vuelve a ser
la Ruth animada de siempre—. ¿Tienes planes para el fin de semana?
Dejo de escribir. De repente estoy muy
incómoda. No tengo planes para el fin de semana, salvo pasarlo con mi corazón
roto, pero antes de que pueda pensar en una respuesta, abro la boca y digo:
—No gran cosa.
—Yo tampoco. —Va a hacerlo otra vez, lo
sé—. ¡Deberíamos salir a tomar unas copas!
Mi frente golpea la superficie de la
mesa. O no puede o no quiere captar la indirecta. Levanto la cabeza, que pesa
como el plomo.
—Ruth, la verdad es que voy a pasar el
fin de semana con mis padres en Cornualles. No es gran cosa.
Se ríe.
—¡Que no te oigan tus padres!
Me obligo a reírme con ella.
—No lo harán.
—Disfruta del fin de semana, aunque lo
pases con tus padres y no sea gran cosa. Nos vemos el lunes.
—Gracias, Ruth. —Cuelgo y miro el
reloj. Dentro de una hora podré irme.
Estoy molida cuando llego al
apartamento de Kate. Subo por la escalera y me meto en la cocina. Abro la
nevera y me encuentro con una botella de vino. Me quedo mirándola. No sé cuánto
tiempo me paso así. Cuando oigo una voz conocida aparto la vista. Me vuelvo y
veo a mi amiga, pero ésa no es la voz que ha llamado mi atención. Entonces
entra Dan. Los dos parecen más culpables que el pecado.
—¿Qué pasa? —pregunto cerrando la
puerta de la nevera.
Kate parpadea pero no dice nada. Mi
hermano no se corta.
—No es asunto tuyo —me espeta.
Rodea la cintura de Kate con el brazo y
le da un beso en la mejilla. Es la primera vez que lo veo o hablo con él desde
la boda, y no parece que vaya a ser un feliz reencuentro. Frunce el ceño.
—¿Qué tal si te pregunto a ti lo que
pasa? ¿Qué haces aquí?
Me quedo petrificada y miro a Kate con
unos ojos como platos. Ella niega con la cabeza de forma imperceptible. No se
lo ha contado.
—Quería pasarme por aquí un rato
después del trabajo —digo volviendo a mirar a Dan—.
¿Cuándo regresas a Australia?
—No lo sé. —Se encoge de hombros y pasa
de mi pregunta—. Me voy.
—Adiós —siseo dando media vuelta y
abriendo la nevera para coger la botella de vino.
No debería hacerlo, dado el estado de
mis propios asuntos, pero no puedo evitar meterme. Kate se está buscando
problemas y mi hermano me cae cada día peor. Nunca pensé que me gustaría verlo desaparecer.
Ignoro el intercambio de adioses que se está produciendo detrás de mí y me
centro en servirme un vaso de vino.
Para cuando me he bebido la mitad, oigo
pasos en la escalera y me vuelvo hacia mi estúpida amiga pelirroja.
—¿Es que se te ha ido la olla? —le
espeto agitando el vaso en su dirección.
—Probablemente —masculla sentándose en
una silla y haciéndome un gesto para que le sirva vino—. ¿Qué tal te encuentras?
—¡Bien! —Cojo otro vaso, le sirvo y se
lo dejo en la mesa—. Te estás metiendo en una buena.
Se mofa y le da un trago rápido.
—_______, ¿no deberíamos plantear bien
la situación? Tú eres la que lleva casada menos de una semana, ha dejado a su
marido y está preñada.
Me achico ante su crudeza y entonces
ella mira el vaso que tengo en la mano. Me pongo a la defensiva.
—Sólo estoy de unas semanas. Algunas
mujeres no lo saben hasta que están de tres meses. —Intento mitigar la culpa
que me reconcome por dentro.
Se levanta, se sienta en la encimera y
enciende un pitillo.
—Un par de copas no te harán daño, y
tampoco importa —dice abriendo la ventana de la cocina y apoyándose en el
borde.
—¿Tampoco importa? —Frunzo el ceño y
bebo, un poco reticente.
—Bueno, te vas a deshacer de él, ¿no?
—me espeta mirándome con las cejas enarcadas.
Sus palabras son tan insensibles que me
hieren, pero sigo bebiendo. Creo que estoy más en negación que nunca.
—Sí —farfullo dejándome caer en una
silla. Tengo la cabeza en otra parte.
—¡Venga! —El tono asertivo de Kate me
saca de mi ensimismamiento—. ¡Vamos a salir!
—¿En serio? —Es lo último que me
apetece hacer.
—Sí. No voy a dejar que te quedes aquí
lloriqueando ni un segundo más. ¿Te ha llamado? —Le da una calada al cigarrillo
y me mira expectante.
Ojalá pudiera decir que sí.
—No.
Aprieta los labios y sé que ella
también piensa que es extraño.
—Date una ducha. Nos vamos de copas, en
plan tranquilo. Pero sólo una o dos. —Mira mi vaso —. Aunque imagino que
tampoco importa.
—No creo. —Niego con la cabeza. Lo que
acaba de decir es la puntilla. Suspira y apaga el
cigarrillo en la ventana antes de
cerrarla y bajarse de la encimera.
—Venga, ______. Hace semanas que no
salimos juntas. Nos tomamos una copa, charlamos un rato de otra cosa que no sea
ni Tom, ni Georg, ni Dan. Solas las dos, como en los viejos tiempos, antes de que
los hombres se interpusieran entre nosotras. —Se refiere al período entre Matt
y Tom. Nos lo pasamos muy bien durante esas cuatro semanas, antes de que el
señor de La Mansión del Sexo pusiera mi vida patas arriba.
—Vale. —Me levanto de la silla—. Tienes
toda la razón. Lo único que consigo quedándome en casa es llenarme la cabeza de
tonterías. Iré a arreglarme.
—¡Fabuloso!
—Gracias por no contarle a Dan por qué
estoy aquí.
Me sonríe y vamos a arreglarnos para
salir a tomar una copa y charlar.
No se me va de la cabeza. Estoy
haciendo lo posible por ponerlo en segundo plano, pero cuando entramos en el
Baroque y la primera persona a la que veo es Jay, el portero, me rindo. Me
frunce el ceño al pasar y deja de hablar con el otro portero, pero yo me dirijo
al bar sin decirle nada al cabeza rapada, que evidentemente siente curiosidad.
—¿Vino? —pregunta Kate abriéndose paso
hacia la barra.
—Sí, por favor. —Escaneo nuestro garito
preferido y no tardo en ver a Ken y a Victoria. Ni
siquiera me siento mal por la decepción
que me invade al verlos aquí. Le doy a Kate un golpecito en el hombro y ella se
vuelve—. ¿Sabías que iban a estar aquí?
—¿Quiénes? —me pregunta.
Señalo con la cabeza a mi amigo gay y a
mi colega insolente y un poco tonta. Están bailando. No tienen ni idea de lo
que está ocurriendo en mi vida.
—Barbie y Kent —respondo secamente.
Ella pone los ojos en blanco, no los
había visto.
—¡Me encanta ese vestido! —canturrea
Ken acariciándome la cintura.
Miro el vestido ajustado de punto que
me ha prestado Kate.
—Gracias —digo aceptando la copa que me
pasan por encima del hombro de Kate—. ¿Estás bien? —le pregunto a Victoria.
Se atusa el pelo y se lo recoge sobre
un hombro.
—Fantástica.
Anda. Ni genial, ni bien. Está
fantástica.
—¿Tanto? —pregunto deseando que me pase
un poco.
—Sí, tanto. —Se echa a reír.
—Está enamorada de nuevo. —Ken le da un
codazo y la rubia guapa le lanza una mirada asesina.
—No es verdad, y mira quién fue a
hablar, ¡el adicto a los hombres!
Ken parece sorprendido y, por primera
vez en días, me estoy riendo. Qué bien sienta. Kate se une a nosotros y, al no
haber mesas libres, nos quedamos de pie cerca de la barra, charlando. Sigo teniéndolo
en mente, pero mi astuta amiga sabe cómo distraerme.
Hasta que lo veo. No es que se me
acelere el pulso..., es que se me para el corazón. No lo he visto desde el
lunes, y está más irresistible que nunca, si es que eso es posible. Estoy
segura de que Jay lo ha llamado y sé que, probablemente, me sacará a rastras
del bar, pero eso no me impide recorrer con la mirada sus vaqueros, ascender a
su camiseta blanca y seguir con su cuello y su cara, esa que me vuelve loca de placer
incluso cuando estoy cabreada con él. No parece estar enfadado y tampoco parece
que haya
estado bebiendo. Se lo ve descansado,
sano y tan espectacular como siempre. Y lo mismo opinan todas las mujeres que
hay en el bar. Se han percatado de la presencia de ese espécimen arrebatador
que se pasea por el local. Algunas incluso lo siguen. Está acentuando los
andares. Sus ojos cafeces se posan en mí un instante y mi corazón vuelve a
latir... muy, muy de prisa. Tiene el rostro impasible y me mira unos segundos
antes de apartar la vista sin siquiera saludarme. Luego sigue andando, seguido
por un grupo de mujeres. Estoy destrozada. La cabeza me da vueltas y busco una
explicación para su ausencia de cuatro días. ¿Dónde ha estado? ¿Qué ha estado
haciendo? Salta a la vista que no está llorando la pérdida. Se lo ve arrogante,
seguro de sí mismo y guapo hasta dar asco, igual que el día que lo conocí. Son
rasgos familiares pero, ahora mismo, acentuados. Sabe el efecto que tiene en mí
y en todas las mujeres que le lamen los talones. La incertidumbre y los celos
me están matando, y sigo sin poder dejar de mirarlo, observando cómo noquea a
las mujeres que lo rodean con esa puta cara. Se deshacen a sus pies. Sí, ahí
está. Mi marido. Parece como si acabara de aterrizar del planeta de los hombres
perfectos. Entorno los ojos al ver a una mujer morena vestida de rojo
acariciándole el brazo, y tengo que contenerme para no ir a arrancárselo. Lo
dejo estar. Es evidente que no le molestan. Me río para mis adentros. ¿Que me
necesita? Sí, ya lo veo. Soy consciente del silencio que reina en nuestro
grupo. Desvío la mirada del bastardo de mi marido y veo que Kate no me quita
los ojos de encima. Ken está babeando, como todas las demás, y Victoria está
arañando el suelo del bar con sus tacones de infarto. Es un silencio incómodo.
Niego con la cabeza, me río y bebo un buen trago de vino. Llevaba toda la noche
dándole sorbitos. Miro de reojo en su dirección. Sabe que lo estoy observando.
Si quiere jugar, que se prepare.
—Vamos a bailar —digo.
Me bebo lo que queda de mi vino, dejo
la copa sobre la barra con estruendo y me abro paso entre los pequeños grupos
hasta que estoy en la pista de baile. Cuando me vuelvo, compruebo que mis tres leales
amigos se han unido a mí. Kate está nerviosa. Intento cogerle la copa pero se
la bebe.
—No seas tonta, _______ —me advierte,
muy seria—. Sé que todavía estás embarazada.
Intento encontrar algo con lo que
contraatacar, pero no se me ocurre nada. Así que, por hacer una estupidez como
una casa, me vuelvo cabreada al bar. Sé que Tom me está mirando. Y Kate,
también. Pero eso no me impide pedir otra copa y bebérmela de un trago antes de
volver a la pista de baile.
—¡¿Qué intentas demostrar?! —me grita
mi amiga—. Si quieres que piense que eres imbécil, lo estás consiguiendo.
Si no hubiera bebido, sus palabras me
habrían tocado la fibra sensible. Me da igual.
Ken
suelta entonces un chillido que hace que me olvide de mi cabreada amiga. Le
brillan los ojos cuando el DJ pincha Clubbed to Death de
Rob D. Se me abalanza.
—¡Dame
un silbato, unos pantalones cortos y súbeme a la tarima! ¡Ibiza!
Pongo
la mente en blanco y dejo de pensar en mi hombre imposible. La música se
apodera de mí, mi cuerpo se mueve al ritmo de la canción. Levanto los brazos
por encima de la cabeza y cierro los ojos. Estoy en mi mundo. Sólo soy
consciente de la música a todo volumen.
Estoy
perdida.
Atontada.
Destrozada.
Pero
él está cerca.
Puedo
sentirlo. Puedo oler su agua fresca acercándose y luego me toca. Mis brazos
caen cuando su mano se desliza por mi vientre, su entrepierna contra mi culo,
su aliento en mi oreja. Me rodea y, aunque sé que debería rechazarlo, no puedo
hacerlo. Mi mente sigue en blanco y empiezo a moverme con él cuando me besa el
cuello. Su polla dura se me clava en la espalda. Estoy indefensa, no puedo evitar
ladear la cabeza para que me bese. Tengo el cuello tenso, hipersensible a su
lengua implacable, que sigue su trayectoria hasta el oído. Su respiración es
ardiente, lenta y controlada. No puedo contenerme. Gimo y me aprieto contra su
cuerpo.
La
música parece sonar más alto ahora. Me sujeta con más fuerza que antes y,
cuando abro los ojos, veo que me está sacando de la pista de baile. Podría
intentar detenerlo pero no lo hago. Lo sigo, me lleva por el pasillo que
conduce a los baños. Todo parece moverse a cámara lenta, borroso. Lo único que
veo con claridad son sus anchas espaldas. Nos acercamos al final del pasillo,
echo la vista atrás y veo que Jay nos está mirando. Luego Tom se vuelve y
asiente antes de abrir la puerta de un baño para discapacitados y empujarme
adentro. La puerta se cierra rápidamente. Echa el pestillo en un segundo y con
su cuerpo me empuja contra la pared. La música resuena con fuerza. Hay unos
altavoces
integrados en el techo pero me obliga a bajar la cabeza. Nuestras miradas se cruzan.
Sus ojos son cafe oscuro, completamente turbios, y tiene la boca entreabierta.
Jadeo, me coge por las muñecas, me levanta los brazos y los clava a ambos lados
de mi cabeza antes de morderme el labio inferior y apartarse sin soltarlo. He
perdido el control sobre mi cuerpo. El estómago se me revuelve y envía las
punzadas que martillean dentro de mí hacia abajo, hacia mi sexo. Lo necesito
con desesperación pero, con las manos clavadas en la pared y su cuerpo duro
contra el mío, lo único que puedo mover es la cabeza. Así que intento atrapar
su boca pero me esquiva. Va a poner condiciones.
Cuando
acerca los labios a pocos milímetros de los míos, confirma mis sospechas. Su
aliento, ardiente y mentolado, me llega a la cara pero entonces se aparta. Está
jugando conmigo. Espero a que me pregunte si lo deseo. Tengo mi respuesta más
que preparada.
Una
voz ronca escapa entonces de mi garganta:
—Bésame.
—Se lo estoy suplicando, lo sé, pero no me importa. Lo deseo y lo necesito
dentro de mí.
Su
rostro sigue impasible pero me sujeta las muñecas con más fuerza y su cuerpo se
aprieta más contra el mío. Me acerca la cara, despacio. Sus ojos cafeces me
penetran por completo y me hace cosquillas con los labios. Gimo e intento
besarlo pero se aparta otra vez, todavía con cara de póquer, todavía bajo
control. Yo ya he perdido el mío y estoy a punto de enloquecer de
desesperación.
—Bésame
—le ordeno con brusquedad.
No
me hace ni caso y junta mis muñecas para poder sujetarlas por encima de mi
cabeza con una sola mano. La otra desciende y me pone un dedo en la rodilla.
Lentamente, comienza la tortura de ir subiéndolo por mi muslo, la cadera, por
las costillas, mi pecho, arriba, arriba, hasta que me tiene agarrada del
cuello, con el pulgar en la nuez y los otros dedos en la nuca. Se me ha
acelerado el pulso, el corazón se me va a salir del pecho y mis rodillas van a
ceder en cualquier momento. Y durante todo este tiempo me ha estado taladrando
con sus adictivos ojos cafeces. Quiero gritar de frustración.
Seguro
que eso es lo que quiere. Trato de capturar de nuevo su boca pero esquiva mis
labios sin inmutarse y me hunde la cara en el pecho. Baja el escote del vestido
con la barbilla y me muerde una teta. Está repasando su marca.
Recuesto
la cabeza contra la pared con los ojos cerrados, indefensa. La sensación
punzante que siento entre las piernas es insoportable, y tengo miedo de que me
deje así. Ya lo ha hecho otras veces. Está pasando por encima de mí. No tiene
ningún derecho, pero yo tampoco se lo impido. Me muero por sus caricias, por
tocarlo, y ahora que ha empezado no quiero que pare.
La
música es atronadora, tanto que uno pensaría que ahoga cualquier ruido, pero
no. Mi
respiración
febril es densa y jadeante. La de Tom, en cambio, es lenta, superficial y
controlada. Sus tácticas lo mantienen tranquilo y bajo control. Sabe lo que se
hace.
Estoy
a punto de gritar de frustración, pero entonces hace que me dé la vuelta y me
empotra contra la pared. Mi cuerpo choca contra los azulejos. Ladeo la cara y
apoyo la mejilla en la superficie fría. Con la rodilla, me abre de piernas.
Coge mis manos y las pone contra la pared brillante. No necesita ordenarme que
no las mueva. La firmeza con que las ha colocado en su sitio y lo despacio que me
ha soltado me dicen lo que se espera de mí. Eso, y que me ha pegado los labios
al oído. Cuando sus manos se posan en mis muslos y cogen el bajo del vestido,
se me acelera aún más la respiración.
Luego
se baja la bragueta y los pantalones. Impaciente, saco el culo, invitándolo. Me
da un azote en las nalgas y dejo escapar un grito de dolor.
—¡Joder!
—jadeo, y me gano otro azote—. ¡Tom!
Apoyo
la frente contra los azulejos y mi aliento empaña de vaho la superficie negra y
brillante.
¿Cuánto
tiempo se va a pasar así? ¿Cuánto tiempo va a hacerme sufrir? Entonces tira de
mis caderas, me arranca las bragas y me la clava. Grito, sorprendida ante la
repentina invasión, pero él permanece en silencio, ni siquiera jadea, ni
siquiera tiembla un poco. Se aparta despacio y se queda quieto un instante
antes de embestirme de nuevo. Se me tensa el estómago, la cabeza me da vueltas
y mi frente va de un lado a otro por los azulejos. No sé qué hacer. Vuelve a
penetrarme, rápido y sin piedad, y grito pero la música ahoga los sonidos que
salen de mi boca. Se retira, despacio, y su mano abandona mi cadera y se
desliza por mi cuerpo hasta que me coge por la nuca. Me gira el cuello para que
vuelva
la
cabeza y entonces arremete contra mi boca. Gimo aceptando el beso y
deleitándome con la familiaridad. No me da ni la mitad de lo que necesito. Sólo
era una muestra de lo que me he estado perdiendo. Me deja con ganas de mucho
más.
Se
queda quieto como un muerto durante un par de segundos, luego mueve los pies y
se prepara para perder el control. Tira de mí para que vaya a su encuentro una
y otra vez, cada estocada fuerte y castigadora acercándome un poco más a mi
objetivo. La gran explosión. Y justo cuando puedo tocarla con la punta de los
dedos, Tom sale de mí y me da la vuelta. Me levanta para que le rodee la
cintura con las piernas. Me la mete directamente y me abrazo a él mientras
carga hacia adelante, rescatando así mi orgasmo en ebullición. Echo la cabeza
atrás y el calor de su boca me acaricia la garganta. Me
muerde,
me lame y me chupa. Me echo a temblar cuando las oleadas que se expanden por mi
cuerpo se abren paso hacia mi clítoris, todas a la vez. Empiezo a gritar antes
incluso de llegar al clímax.
Luego
la presión se dispara y me catapulta a un abismo de placer embriagador y me
hago añicos, gritando a pleno pulmón, y sé que él también se ha corrido, aunque
permanece en silencio. Mi cabeza cae sobre el pecho y veo que su cara está empapada
en sudor. Los ojos cafeces miran al frente, inmóviles, carentes de emoción. Me
desconcierta. Enredo las manos en su pelo y tiro de él pero se resiste. Lleva
las manos a mis piernas y me baja. Estoy de pie, relativamente estable gracias
a que puedo apoyarme contra la pared. Desliza la mano por dentro de mis bragas,
recogiendo nuestros fluidos, y luego me la pasa por el pecho. Se enjuga la
frente, se abrocha los pantalones y se va.
CAPITULO
# 10.-
Tras
quedarme estupefacta y en silencio, de repente la música que me bombardea se me
hace insoportable. Me arreglo la ropa y hago lo posible por volver a parecer
normal. No sirve de nada.
Estoy
atónita. No me ha dicho ni media palabra desde que me ha sacado de la pista de
baile hasta que me ha dejado sola en el baño para discapacitados, donde acaba
de follarme. Ni me ha hecho el amor ni ha sido sexo salvaje. Acaba de follarse
a su esposa, como si yo fuera una cualquiera que se ha ligado en un bar. Estoy
dolida y mis incertidumbres no han hecho más que aumentar. ¿Qué hago ahora?
Me
vuelvo a toda prisa cuando la puerta se abre y Kate entra como un rayo.
—¡Por
fin te encuentro! ¡Nos vamos!
—¿Por
qué?
Parece
asustada.
—Georg
está aquí.
¿Eso
es todo?
—No
es para tanto, ¿no?
—Y
tu hermano también —añade secamente.
—Vaya...
—Sí,
vaya... —Me coge de la mano y me saca del baño—. ¿Dónde está Tom? —pregunta
cuand pasamos junto a la barra.
Miro
a mi alrededor y lo veo en la barra. Una mano sostiene un vaso de un líquido
cristalino y la otra... la tiene en el culo de una mujer. La sangre me hierve
en las venas.
Me
suelto de Kate de un tirón y corro hacia el cabrón de mi marido.
—¡_______!
¡Tengo que salir de aquí! —me grita Kate.
La
ignoro y me abro paso entre la gente. Tom levanta la vista y me ve pero no da
señales de haberme reconocido. No parece sentirse culpable ni pone cara de saber
que lo han pillado. ¿Por qué iba a hacerlo? Sabe que estoy aquí porque acaba de
follarme y de marcarme en los servicios. Veo a Georg, que parece estar más
asustado que Tom ante mi llegada inminente. Lo primero que hago cuando lo tengo
a mi alcance es cogerle el vaso y bebérmelo. Es agua. Lo tiro al suelo y el
sonido del cristal al romperse apenas es audible entre el rugido de la música y
de la gente charlando. Luego me vuelvo hacia la mujer, que tiene la mano en el
culo terso de mi dios neurótico.
—¡Piérdete!
—le grito a la cara al tiempo que le quito la mano del trasero de Tom.
No
necesito repetirlo con la mano que él tiene en el culo de ella. Ya la ha
retirado, y tampoco hay necesidad de que le repita que se largue. La mujer pone
cara de sorpresa y se marcha, recelosa. Es lo más sensato que ha hecho en su
vida. Estoy que muerdo.
—¡¿Qué
coño estás haciendo?! —le grito a Tom.
Él
levanta las cejas, despacio, y una sonrisa burlona aparece entonces en las
comisuras de su sensual boca. Es la primera reacción emocional que he
conseguido sacarle desde que llegó al bar. Pero no dice nada.
—¡Contéstame!
Niego
con la cabeza, se vuelve hacia la barra y le hace un gesto al camarero. Él se
lo ha buscado.
Me
doy la vuelta y veo a mis tres amigos, y a Georg, a Gustav y a mi hermano,
todos alucinando en colores. Yo también estoy flipando.
—¡Apartad!
—grito empujándolos para poder pasar.
Me
dirijo a la pista de baile y no tardo mucho en encontrar lo que busco. Recibo
muchas ofertas cuando me levanto el bajo del vestido, pero no voy a elegir a
cualquiera. Contemplo unos segundos la selección y me decanto por un hombre
alto, moreno y de ojos azules. Está muy bueno. No me planteo que me rechace. Me
acerco a él, le dejo que me vea bien y le paso la mano por el cuello. Me acepta
encantado, me mete la lengua en la boca sin dilación y me rodea la cintura con
el brazo. Me regaño mentalmente por pensar lo bien que se le da y no tardo en
fundirme con su ritmo, hasta que de repente
desaparece.
Abro los ojos y veo que el extraño le está poniendo a Tom cara de pocos amigos.
—¡¿De
qué vas?! —grita sin poder creérselo, a lo que mi hombre responde propinándole
un puñetazo en toda la nariz... De los que duelen.
Observo
horrorizada cómo le sale un chorro de sangre de la nariz que salpica por todas
partes. Sin embargo, eso no lo detiene. Se abalanza sobre Tom y lo derriba.
Vuelan puñetazos e intentos de estrangulamiento y todo el mundo se aparta para
dejar espacio a los dos luchadores.
—______,
pero ¿en qué demonios estabas pensando? —La voz cabreada de Georg me apuñala
los tímpanos. Levanto la cabeza y me encuentro una mirada acusadora.
No
sé en qué estaba pensando. No pensaba, la verdad.
Sigo
la mirada de Georg de vuelta a la pista de baile. Tom recibe un gancho en la
mandíbula. Se me tuerce el gesto.
—Por
favor, Georg, haz que paren.
Todo
cuanto veo es la camisa blanca de Tom cubierta de sangre y la cara del otro tío
hecha puré. Tiene la nariz rota.
—¿Estás
loca o qué? —se ríe Georg.
Estoy
a punto de suplicarle cuando Tom se levanta, coge al tío y lo empotra contra un
pilar antes de clavarle un rodillazo en las costillas con todas sus fuerzas. El
hombre se hace un ovillo en el suelo y se abraza el torso. Me siento fatal, y
no sólo porque mi marido se palpa la mandíbula con gesto de dolor. Me siento
responsable por el pobre desconocido, al que he escogido para que le dieran la
paliza de su vida. ¿Qué coño me pasa? Trago saliva y recibo un empujón. Jay
entra a la carga, evalúa la situación y coge a Tom y lo saca del bar. Me aparto
cuando pasan junto a mí, pero Tom se revuelve contra Jay y me agarra del brazo.
—¡Saca
tu culo a la calle! —me ruge.
De
repente me doy cuenta de que he cometido un terrible error, y no quiero oír las
perlas que van a salir de la boca del hombre enfurecido que me espera fuera.
Decido que lo más seguro es quedarse en el bar. Me revuelvo contra Tom y Tom se
revuelve contra Jay. El portero maldice mientras lidia con nosotros.
—¡Afuera!
—grita, y de repente me levanta del suelo y me aprieta contra su pecho—. ¡Yo te
la saco afuera si sacas tu culo testarudo del bar! —le chilla a Tom.
Funciona,
pero no sin que mi marido le gruña:
—No
muevas las manos ni un centímetro.
Pese
a estar enloquecida, noto que el portero me está sujetando por la cintura con
una mano y por el antebrazo con la otra. Me resisto, desafiante.
—¡Suéltame,
cabrón!
—Kaulitz,
¿cómo cojones la soportas? —le pregunta Jay caminando hacia la salida del bar.
«¿Perdona?»
—Me
vuelve loco —responde Tom lanzándome una mirada de disgusto antes de volver a
mirar al frente y pasarse la mano por la mandíbula—. Ten cuidado con ella.
Jay
me deja en tierra y me dedica un gesto de desaprobación. Estrecha la mano de
Tom y nos deja en la acera. Nos estamos tanteando con la mirada cuando nuestros
amigos, y Dan, salen corriendo del bar. No quiero que mi hermano presencie
esto.
—¡Largaos!
—les ruge Tom.
Dan
da un paso adelante.
—¿Te
crees que voy a dejarla contigo? —espeta echándose a reír.
Rezo
para que Dan cierre el pico porque, después de lo que acabo de ver, no me cabe
duda de que mi marido es capaz de aniquilarlo. Me vuelvo hacia Kate y le pido
ayuda con los ojos, pero todo cuanto consigo es que me mire con los labios
apretados. Los demás observan alternativamente a mi hermano y a mi hombre. Han
visto al Tom enloquecido. No van a ayudarme. Tom me coge del codo y mira a Dan.
—¿Te
importa que me lleve a mi mujer a casa? —dice. Es una afirmación, no una
pregunta.
—La
verdad es que sí me importa. —Mi hermano no va a bajar del burro. Lo veo en el
brillo metálico de sus ojos oscuros.
—Dan,
no pasa nada. Estoy bien. Vete —replico. Luego miro al resto del grupo—.
Marchaos todos, por favor.
Pero
nadie se mueve. Tom me sujeta con más fuerza.
—¡¿Qué
coño crees que voy a hacerle?! —aúlla—. ¡Esta mujer es mi vida!
Me
echo atrás ante su fiera declaración, igual que los demás, igual que Dan. Si
soy su vida, ¿dónde carajo se ha metido estos cuatro días? ¿Por qué me ha follado
como si no fuera más que un objeto? ¿Y por qué le ha metido mano a otra en el
bar? Me suelto y doy un paso atrás. Miro a mi amiga, aunque no sé por qué. Tal
vez en busca de consejo, porque no sé qué hacer. Ella niega utilmente con la
cabeza. Es su forma de decirme que no monte una escena. Mi lado peleón me está gritando
que no le consienta dejarme mal, mientras que mi pequeño lado sensato intenta tranquilizarme
y me aconseja que no me deje en mal lugar yo solita. La mirada de Kate me anima
a acercarme a ella, le doy un tirón al bajo de mi vestido y, en u acto estúpido
de desafío, cojo su copa de vino y me la bebo.
—¡________!
—Mi amiga intenta detenerme, pero tengo una misión.
—Te
veo luego —digo cogiéndole mi bolso de la otra mano. Entonces me vuelvo hacia
Tom.
Tiene
el labio torcido en un gesto de advertencia, pero me importa un bledo.
Mentalmente no dejo de ver todo lo que ha hecho esta noche, y me estoy
cabreando mucho—. No te molestes en seguirme —le suelto. Me mira y la ira es
más que evidente en su rostro. Espero que mi disgusto también lo sea pero, por
si no lo es, le lanzo una mirada de asco antes de empujarlo para pasar y
concentrarme al máximo para no caerme. No debería haberme bebido esa copa de
vino por muchas razones.
A
trompicones, bajo de la acera para llamar a un taxi, pero no llego ni a
levantar el brazo.
—¡No
bajes de la acera! —me ruge echándome sobre sus hombros—. ¡¿Estás tonta?!
—¡Que
te den, Tom! —Me lleva de nuevo a la acera—. ¡Bájame!
—¡No!
—¡Tom,
me haces daño!
Me
baja al instante y sus ojos cafeces me examinan, preocupados.
—¿Te
he hecho daño? ¿Dónde?
Me
llevo la mano al pecho.
—¡Aquí!
—le grito en las narices.
Da
un paso atrás pero luego hace el mismo gesto que yo. Se golpea el pecho, con la
camisa manchada de sangre.
—¡Bienvenida
al club, _______! —ruge.
Parpadeo
ante el volumen de su voz antes de dar media vuelta sobre mis tacones,
borracha, y me marcho.
—¡El
coche está aquí! —me grita desde atrás.
Me
detengo, doy media vuelta muy despacio y me marcho en la otra dirección. No voy
a
conseguir
nada intentando escapar. Yo estoy borracha, y él está decidido.
—No
me gusta tu vestido —me gruñe pisándome los talones.
—A
mí, sí —contraataco sin dejar de andar.
—¿Y
eso por qué? —Me alcanza, cosa que no es difícil: estoy pedo y llevo tacones.
Me
paro y me vuelvo para mirarlo.
—¡Porque
sabía que lo odiarías! —grito, y el resto de los viandantes se nos quedan
mirando.
—¡Pues
tenías razón! —me grita.
—¡Bien!
¿Estás enfadado por eso, porque estoy borracha, o porque he besado a otro?
—¡Por
todo! Pero lo de besar a otro hombre se lleva la palma —dice temblando de la
rabia.
—¡Tenías
la mano en el culo de otra!
—¡Ya
lo sé! —Me mira y yo le devuelvo la mirada.
—¡¿Por
qué? ¿Una sola mujer te resultaba aburrido?! —chillo poniéndome tensa.
Miro
alrededor para ver quién más ha oído mi comentario. Me alegra comprobar que
nuestros amigos han huido. Podría haberlo atacado por ser tan celoso o por ser
tan posesivo, pero no, voy y elijo su vida sexual pasada.
Me
mira con sus ojos cafeces entornados y los labios apretados.
—¡Lo
estabas pidiendo a gritos!
—¿Yo?
¿Cómo?
—¡Me
dejaste! ¡Prometiste que no me dejarías nunca!
Estamos
el uno frente al otro, mirándonos como un par de lobos a punto de saltar a la
yugular del otro. Ninguno de los dos se echa atrás. Los dos tenemos motivos
para estar enfadados. Por supuesto, yo soy la que más motivo tiene, pero no
estoy preparada para pasarme la noche en plena calle sólo para demostrar que
tengo razón. No soy tan cabezota como él.
—No
deberías haber decidido mi futuro tú solo —digo con más calma.
Echo
a andar y doy un traspié al llegar al bordillo de la acera. No sé dónde tiene
aparcado el coche, pero seguro que en breve me gritará hacia adónde debo ir.
—Eres
un grano en el culo —me suelta—. Estaba pensando en nuestro futuro.
Me
coge por detrás y me lleva en brazos.
—Bájame,
Tom —protesto sin mucha convicción. Mi débil intento de soltarme es bastante
patético,
la verdad.
—No
voy a bajarte, señorita.
Me
rindo. Mi cuerpo es débil, mi mente aún está peor, y me duele la garganta de
tanto gritar. Dejo que me lleve al coche y me siente en el asiento del
acompañante. Ni siquiera protesto cuando me abrocha el cinturón de seguridad.
Masculla incoherencias mientras intenta cubrirme las piernas con el bajo del
vestido y cierra la puerta de un portazo.
Soy
vagamente consciente de haber subido al coche y de los agradables acordes de Ed
Sheeran, pero mi mente está agotada y no logro reunir fuerzas para gritarle. La
frente se me cae contra la ventanilla y tengo la vista perdida en las luces
brillantes de Londres que dejamos atrás.
—Madre
mía —dice Clive con tono de desaprobación cuando me despierto. Mi cabeza se
mueve arriba y abajo, al ritmo de las zancadas de Tom—. ¿Llamo el ascensor, señor
Kaulitz?
—No,
ya puedo yo. —La voz de Tom resuena en mi interior—. Este vestido es un
cinturón —gruñe llamando el ascensor. Entra en cuanto las puertas se abren.
Me
despierto del todo en sus brazos y me revuelvo para que me suelte.
—Puedo
andar —le espeto.
Da
un respingo burlón y me deja en el suelo, pero sólo porque no hay escapatoria
ni coches que puedan atropellarme. Se abren las puertas del ascensor y soy la
primera en salir, buscando las llaves en el bolso. Las encuentro bastante
rápido, teniendo en cuenta que las manos no me responden, pero introducir la
llave correcta es otro cantar. Cierro los ojos e intento concentrarme mientras
aproximo la llave a la cerradura. Lo oigo gruñir a pocos pasos de mí, pero lo
ignoro y sigo insistiendo. Se ve que se harta de esperar porque de repente me
coge la muñeca y guía mi mano. Acierta a la primera.
Las
puertas se abren. Me quito los zapatos y me tambaleo por el inmenso espacio
abierto. Subo la escalera con cuidado. Cuando llego a lo alto, no giro a la
izquierda hacia el dormitorio principal, sino que voy a la derecha y me meto en
mi cuarto de invitados favorito. Me desplomo sobre la cama, vestida y sin
desmaquillar, señal de que estoy molida. No me paro a pensarlo. Se me cierran
los ojos y caigo rendida en el sueño de los borrachos.
—Hay
que quitarse eso.
Noto
que tiran de mi vestido. Estoy medio dormida. Sé que todavía estoy borracha y
que tengo los párpados pegados porque se me ha corrido la máscara de pestañas.
—¿Vas
a cortarlo en trocitos? —murmuro, molesta.
—No
—dice con calma. Sus brazos, fuertes y familiares, me envuelven y me levantan
de la cama—. Tal vez no sea capaz de hablar contigo, nena —susurra—, pero quiero
que «no nos hablemos» en nuestra cama.
Automáticamente
mis brazos buscan su cuello para agarrarse y hundo la cara en él. Puede que esté
ligeramente ebria y muy cabreada, pero sé cuál es mi sitio favorito. Me
deposita sobre el colchón, me tumba y poco después me atrae contra su pecho.
—¿______?
—me susurra al oído.
—¿Qué?
—Me
vuelves loco, señorita.
—¿Un
loco enamorado? —farfullo medio dormida.
Me
acerca un poco más a él.
—Eso
también.
—Te
quiero.
¿Qué
ha sido eso? Abro los ojos, llenos de rímel corrido.
—Bebe
—me ordena con dulzura.
Gimo
y me doy la vuelta sobre la almohada.
—Déjame
en paz —lloriqueo.
Se
ríe. Me duele la cabeza. Ni siquiera la he levantado de la almohada, pero tengo
la sensación de que Black Sabbath están ensayando en mi cabeza.
—Ven
aquí.
Me
enrosca el brazo en la cintura y me arrastra por la cama hasta que me tiene en su
regazo. Me pasa la mano por el pelo y me lo aparta de la cara. Entreabro los
ojos y veo un vaso de agua burbujeante delante de mis labios.
—Bebe
—insiste.
Dejo
que me ponga el vaso en los labios y bebo el líquido frío con gusto.
—Bébetelo
todo.
Me
termino el vaso y luego me dejo caer en su pecho desnudo. Soy lo peor cuando
tengo resaca.
—¿Duele
mucho? —Sé que se está riendo.
—Muchísimo
—grazno.
Me
pesan los párpados y estoy demasiado cómoda para pensar en los acontecimientos
de la noche anterior, los que me han unido a esta espantosa resaca y al hombre
que me saca de mis casillas.
Cambia
de postura y se recuesta en la cama llevándome consigo. Al menos me habla lo
suficiente para cuidar de mí en mi estado lamentable. ¿Qué clase de persona
castiga al amor de su vida, un alcohólico, saliendo por ahí a emborracharse? Y
encima embarazada, aunque él no lo sepa. ¿Qué clase de persona tortura a su
marido, que es celoso a más no poder, metiéndole la lengua hasta las amígdalas a
otro hombre? La misma clase de persona que le esconde las píldoras
anticonceptivas al amor de su
vida
para intentar dejarla preñada sin que ella se entere. Estamos hechos el uno
para el otro.
—Lo
siento, más o menos —digo en voz baja.
Me
da un beso en el pelo.
—Yo
también.
Qué
valiente es. Seguro que huelo a perro muerto y que tengo un aspecto aún peor.
El aroma a resaca no es el más agradable por la mañana, y menos aún para un ex
alcohólico.
Me
quedo hecha un ovillo lamentable sobre su pecho, medio dormida, medio despierta,
dejando vagar mis pensamientos.
—¿En
qué piensas? —me pregunta casi con miedo.
—En
que no podemos seguir así —contesto con sinceridad—. No es bueno para ti.
—Omito el hecho de que tampoco lo es para mí.
Suspira.
—Yo
de mí no me preocupo.
—¿Qué
vamos a hacer? —insisto.
Se
queda unos momentos en silencio. Luego me tumba de espaldas, me separa las
piernas y se acomoda entre mis muslos. Respira hondo y deja caer la cabeza
sobre mi pecho.
—No
lo sé, pero sé que te quiero muchísimo.
Miro
al techo. Eso ya lo sé, pero estamos poniendo a prueba el viejo dicho de que el
amor todo lo puede. Siempre que la pifia recurre a lo mucho que me quiere, como
si eso disculpara todas sus neuras y sus locuras.
—¿Por
qué lo hiciste?
No
necesito darle detalles. Sabe perfectamente a qué me refiero.
Me
mira y ya lleva puesta la arruga de la frente.
—Porque
te quiero —dice a modo de defensa—. Todo lo hago porque te quiero.
—Me
tratas como a una zorra, me follas en el baño del bar, sin una palabra, y luego
te marchas y te pillo metiéndole mano a otra. ¿Eso lo has hecho porque me
quieres?
—Estaba
intentando demostrártelo —me discute en voz baja—. Y cuidado con esa boca.
—No,
Tom, estabas intentando tocarme las pelotas. —Me revuelvo un poco debajo de él
y me mira nervioso—. Necesito una ducha.
Busca
en mi mirada pero al final se aparta para que me levante. Voy al cuarto de
baño, cierro la puerta, me cepillo los dientes y me meto bajo el agua. Estoy
desanimada y resacosa. Sólo quiero volver a meterme en la cama y olvidarlo
todo, pero mi cerebro va a cien y estoy entrando en terreno pantanoso, lo que
empeora mi dolor de cabeza. No lo he visto en cuatro días. Estoy intentando no pensar
pero no puedo evitarlo, sobre todo después de lo que pasó la última vez que
desapareció. Pego un brinco cuando noto su mano en mi vientre y me besa en el
hombro.
—Ya
lo hago yo —susurra quitándome la esponja y dándome la vuelta. Se arrodilla
delante de mí y coge mi pie, se lo apoya en el muslo y empieza a enjabonarme la
pierna.
No
hay ni rastro de la arruga de la frente. Parece contento, relajado y en paz,
como a mí me gusta.
Es
porque vuelve a cuidar de mí.
—¿Dónde
has estado desde el lunes? —pregunto sin quitarle ojo.
No
se tensa ni me mira receloso, sino que sigue enjabonándome mientras el agua cae
sobre nosotros.
—En
el infierno —responde con dulzura—. Me dejaste, ______. —No me mira y no lo
dice en tono de acusación, pero sé que me está diciendo que rompí mi promesa.
—¿Dónde
has estado? —insisto dejando el pie sobre el suelo de la ducha y levantando el
otro cuando me da un golpecito en el tobillo.
—Estaba
intentando darte espacio. Sé cómo me porto contigo y ojalá pudiera evitarlo, de
verdad. Pero no puedo.
Aún
no me ha respondido. Todo eso ya lo sé.
—¿Dónde
has estado, Tom?
—Siguiéndote
—susurra—... a todas partes.
—¿Durante
cuatro días? —exclamo.
Me
mira y deja de enjabonarme.
—Mi
único consuelo era ver que tú también te sentías sola.
Me
coge la mano y tira de mí para que me arrodille yo también. Me aparta el pelo
mojado de la cara y me da un beso tierno en los labios.
—No
somos convencionales, nena. Pero somos especiales. Lo que tenemos es muy
especial. Me perteneces y yo te pertenezco a ti. Eso es así. No es natural que
estemos separados, _______.
—Nos
volvemos locos el uno al otro. No es sano.
—Lo
que no es sano es mi vida sin ti. —Me sienta en su regazo y rodea su cuello con
mis brazos antes de enroscar los suyos alrededor de mi cintura—. Aquí es donde
debes estar —añade apretándome la cintura para enfatizar sus palabras—. Justo
aquí. Siempre a mi lado. No vuelvas a besar a otro hombre, ______, o me meterán
a la sombra durante mucho, mucho tiempo.
Me
doy cuenta de lo tonta que he sido. Le acaricio la mandíbula. No hay cardenales
ni rasguños.
—Tienes
que dejar de hacer locuras —digo.
Mi
enfado ha desaparecido, y sé por qué. Es por lo mucho que sé que me quiere.
¿Excusa eso su comportamiento? Parece que deja de autodestruirse en cuanto me
tiene en sus brazos y hago lo que me ordena. No puedo fingir que no me resulta
frustrante, que no me saca de quicio y que no hace que a veces me pregunte en
qué me he metido. Pero este lado suyo, el tierno y afectuoso, casi supera sus neuras
y su confusa forma de ser. Y de repente me acuerdo de que sigo embarazada. Y
Tom cree que no lo estoy.
Me
coge las mejillas y me besa.
—Y
tú tienes que dejar de llevarme la contraria —sonríe sin despegarse de mis
labios.
—Eso
nunca —replico, y me lo como a besos bajo el agua caliente de la ducha.
HOLA!!! BUENO COMO VEN YA SE RECONCILIARON ... LA UNICA PREGUNTA ES ... ¿COMO CREEN QUE TOM REACCIONARA AL SABER QUE ____ SI ESTA EMBARAZADA Y QUE PENSABA ABORTAR? ... CUATRO O MAS COMENTARIOS Y AGREGO ... ADIOS :))
No puedo creer q (tn) quiera abortar!
ResponderBorrarTom ahora si se volvera locooo cuando se entere q esta embarazadaaa.
Siguekaaaa porfaa
:O Estoy intrigada x saber como reaccionara Tom cuando se entere de que (Tn) si esta embarazada, y mas que le mintió :S y que quería abortar :S quede intrigada me encanto espero los próximos caps..
ResponderBorrarSube pronto
ResponderBorrarSigueeeee
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