miércoles, 16 de septiembre de 2015

# 7 y # 8

CAPITULO # 7.-
Kate no está en casa, así que subo directa a mi antigua habitación. Permanezco sentada en la cama durante una eternidad, ignorando el tono de Angel, de Massive Attack, que suena sin cesar en el móvil. Al final me levanto y me paso una hora en la ducha.
Bajo el agua caliente, con jabón por todas partes, me paso la esponja ausente y sólo me detengo al llegar al vientre. Me siento carente de emoción. No tengo ningún instinto maternal que me impulse a acariciarme la barriga. Nunca he pensado en la maternidad. Soy demasiado joven y tengo una floreciente carrera en la que centrarme. Nadie debería tomar por mí una decisión que me cambie la vida. No tenía ningún derecho a hacerme esto. Pero tampoco tenía derecho a hacerme suya con tanto empeño, y lo hizo. No tiene derecho a decidir cómo me visto, pero lo hace. Y no tiene derecho a fastidiarme la vida con su forma imposible e irracional de ser... pero lo hace. Y yo lo dejo. Me rebelo
contra muchas cosas pero al final se sale con la suya. No obstante, esta vez no. Esta locura se pasa de la raya. Nunca cambiará. No puede, no en lo que a mí respecta. Va a pasar por encima de toda mi vida porque no puede evitarlo. He aceptado muchas cosas sobre Tom, pero me doy cuenta de que no puedo, y no voy, a aceptar ésta.
Salgo de la ducha y me seco antes de volver a mi habitación. Miro el teléfono. Sólo hay una llamada perdida desde la última vez que las borré. Me sorprende, pero entonces el móvil vibra en mi mano. Es un mensaje de texto.
No puedo vivir sin ti, _______.
Dejo escapar un suspiro pero no contesto porque no sé qué decir. No me molesto en secarme el pelo ni en ponerme crema corporal. Me visto con una camiseta holgada y unos pantalones de chándal y me tapo con las sábanas de mi vieja cama. Es dura, tiene
algunos muelles sueltos, y Tom no se encuentra en ella pero estoy sola, que es lo que necesito en este momento.
Me despierto al oír que alguien grita a pleno pulmón. Está oscuro y la única luz es un brillo tenue que entra por el tragaluz que hay sobre la puerta de mi habitación. Aparto las sábanas, me levanto, ando de puntillas hasta la puerta y la abro.
—¡He dicho que hemos terminado! —chilla Kate—. ¡Lo nuestro no va a ninguna parte!
Mierda, no debería estar escuchando, pero me puede la curiosidad. Kate está de espaldas a mí en la entrada y rezo para que la persona a la que voy a ver sea Dan. Pero no. Es Georg. Mi corazón partido se rompe un poco más por mi pobre mejor amiga. No sabe lo que está haciendo.
—No digas eso —dice Georg, suplicante y un poco confuso, lo que me indica que no tiene ni idea de por qué Kate está poniendo fin a su relación.
No sé si la palabra «relación» describe correctamente lo suyo, pero más allá de los chistes, los estilos de vida y el rollo sin compromiso, hay una conexión que no he visto nunca a Kate tener con otro hombre. Ni siquiera con mi hermano. Si pudieran dejar atrás todo lo relacionado con La Mansión, serían perfectos el uno para el otro. Quiero matar a Dan. Y quiero matar a Kate por ser tan tonta.
—Lárgate, Georg. —Entra en la cocina y abre y cierra todos los armarios.
Él la sigue.
—¿A qué viene todo esto? —pregunta—. ¿Qué ha cambiado?
—¡Nada!
Se oyen unos cuantos golpes más en los armarios de la cocina antes de que Kate salga para entrar en la salita. Durante un instante le veo la cara. Está pálida y no parece tener más color que esta mañana. El pelo rojo sigue sin brillo y lo lleva recogido en una coleta. Conozco esa expresión. Es la que pone cuando no tiene razón pero no quiere bajarse del burro. Le daría una buena tunda. A ver si Georg se larga para que pueda decirle lo que pienso a la idiota de mi amiga.
—¡Algo tiene que haber cambiado! —Georg casi se ríe, pero es una risa nerviosa, de las que indican preocupación. Eso confirma lo que pienso: a él le gusta Kate de verdad. Y mucho.
—¡Que te largues! —le espeta ella, cortante.
—¡No! ¡No hasta que me cuentes a qué viene esto!
No los tengo a la vista, así que salgo de la habitación sin hacer ruido. Me enfado un poco
conmigo misma por ser tan cotilla, pero necesito oírlos porque estoy tan intrigada como Georg. Sin embargo, sospecho que ya lo sé, por eso estoy perdiendo la poca paciencia que me queda.
—No te debo ninguna explicación.
Georg se ríe como es debido esta vez.
—¡Yo creo que sí!
Veo que intenta coger a Kate, pero la muy testaruda lo aparta.
—No. Lo nuestro era follar y punto. Fue divertido mientras duró, pero ya me he cansado. —La frialdad de sus palabras me atraviesa como un cuchillo. No puedo ni imaginarme el daño que le habrán hecho a Georg.
Él no dice nada pero lo veo sacudir la cabeza.
—¿Divertido? —repite—. Divertido.
—Sí. Pero ya no. Ya me he divertido todo lo que podía contigo.
La mandíbula me llega al suelo. Y yo que pensaba que no podía decir nada peor. Está en racha. Georg desaparece de mi campo de visión y sé que va a marcharse, así que vuelvo a meterme en mi cuarto y cierro la puerta. No lo culpo por haberse rendido. A pesar del estilo de vida que lleva y de que ha arrastrado a Kate al lado oscuro con él, está claro que siente algo por mi amiga. Y sé que ella siente lo mismo.
Oigo un portazo y, a continuación, el sonido inconfundible de un sollozo. Está llorando. Kate nunca llora. Estoy furiosa con ella pero me siento fatal por la tonta de mi mejor amiga. ¿Qué intenta demostrar? No puedo evitar pensar que esto nunca habría ocurrido si Dan no hubiera venido. Podría quedarme en mi habitación y dejarla llorar a gusto pero, en vez de eso, salgo de mi cuarto y voy a la salita. No pienso dejar que le quite importancia cuando le pregunte qué ha pasado más tarde.
Si la pillo llorando tendrá que reconocer que lo está pasando mal. No voy a dejar que me evite esta vez.
Me apoyo en el marco de la puerta de la sala de estar y observo durante una eternidad cómo sus hombros suben y bajan mientras llora sin parar. Mi instinto me dice que me siente a su lado y la abrace, pero no lo hago y, pasados diez largos minutos, se pasa las manos por las mejillas, se levanta, se vuelve y me ve en la entrada. Tal y como imaginaba, se ha plantado una sonrisa falsa en la cara. Está insultando a mi inteligencia y a nuestra amistad.
—Hola —dice intentando no sorberse los mocos.
—¿Todo bien? —pregunto sin apartarme del marco de la puerta. No va a salir de aquí.
—Pues claro. ¿Qué haces aquí? —Se coloca bien la camiseta y se mira el cuerpo para no mirarme a mí.
—Mi coche está fuera, ¿no lo has visto?
Sigue sin mirarme.
—No. ¿Qué haces aquí?
Ignoro la pregunta que ya me ha hecho dos veces. No voy a permitir que cambie de tema. Además, ¿qué le digo? Llevo casada menos de un día y ya estoy en su apartamento con la maleta. Seguro que he batido un récord.
—Imagino que estabas muy ocupada discutiendo con Georg como para verlo.
Me lanza una mirada como un latigazo. Sabe que la he pillado.
—Ah —dice con calma, y me insulta aún más cuando sonríe tan pancha—. ¿Té?
—No —respondo con frialdad y sin devolverle la sonrisa—. Aunque estaría bien que me dieras una explicación.
Sé que debo de haber levantado las cejas y que parezco una madre quejica, pero no voy a ceder. Esta vez no va a hacer como si nada.
Se ríe un poco.
—¿Una explicación sobre qué? —La sonrisa le falla cuando se da cuenta de lo que acaba de decir.
Me ha invitado a sacármelo del pecho y, por la cara que pone, se está arrepintiendo.
—Para empezar, sobre lo que hiciste anoche con mi hermano. Luego podrías intentar explicarme por qué acabas de romper con Georg.
—No había nada que romper.
—¿Y qué me dices de mi hermano?
—Que no es asunto tuyo. —Intenta pasar pero le bloqueo la salida—. _______, aparta.
—No. Vas a sentarte y a hablar. ¿Qué te ocurre? Se supone que somos amigas. Siempre nos lo hemos contado todo. —La cojo del brazo, la arrastro al sofá y la obligo a sentarse—. ¿Qué está pasando aquí, Kate?
Me responde enfadada:
—Nada.
—Me sacas de quicio —le espeto—. Desembucha, Matthews.
Se echa a llorar y me siento aliviada. Estaba a punto de abofetearla por ser tan cabezota, pero ahora le paso el brazo por los hombros y la dejo sollozar en mi pecho. No sé Kate, pero yo me siento mucho mejor. Georg le gusta de verdad.
Intento calmarla.
—Empecemos con Georg.
—Ya te lo he dicho, al principio sólo me estaba divirtiendo. —Las palabras salen entrecortadas entre sollozos.
—¿Al principio? ¿Así que es más que un rollete?
—Sí... No... ¡Yo qué sé! —Parece muy confusa, igual que yo. La relación de Georg y Kate no es perfecta pero, incluso con La Mansión de por medio, no puedo evitar pensar que es mucho más sana que la relación que tuvo con Dan, aunque parezca una locura.
—Sabía que esto iba a pasar con Dan en escena —suspiro. Si estuviera hablando con mi hermano, le estaría gritando por teléfono—. Kate, tienes que recordar todas las razones por las que Dan y tú rompisteis.
—Lo sé. Éramos lo peor el uno para el otro, pero conectábamos, _______. Cuando estábamos juntos, conectábamos muy bien.
—Te refieres al sexo. —Hago una mueca de disgusto. No quiero pensar en mi hermano en esa tesitura.
—Sí, pero todo lo demás era una pesadilla.
—Cierto. —Estoy de acuerdo con ella.
Vi las peleas, la necesidad constante de cabrear al otro y el ir y venir malsano de su relación maldita. No sentían el menor respeto el uno por el otro, ni mental ni físicamente. Todo era sexo. Una vida sexual increíble no elimina el resto de los problemas de una relación, que en el caso de Dan y de Kate eran muchos y en todos los frentes. En aquel momento hice la vista gorda porque me encantaba la idea de que mi hermano y mi mejor amiga estuvieran enamorados. No obstante, ése era el problema: que no estaban enamorados. Era lujuria pura y dura, y ahora que he madurado lo veo claro como el agua.
Se revuelve entre mis brazos, se sienta erguida y respira hondo un par de veces.
—Odio a los hombres —afirma.
—Pues no deberías, y menos cuando hay uno que te tiene en un pedestal.
Me mira con curiosidad.
—¿Georg?
Casi le doy una hostia por estar tan tonta.
—Sí, Georg.
—________. —Se echa a reír—. Georg no me tiene en un pedestal, sólo es que en la cama lo dejo alucinado, eso es todo.
—¿Quieres decir que conectáis muy bien? —La miro con una ceja levantada—. Sólo que con Georg también conectas mentalmente.
Me mira mal. Sabe que tengo razón.
—Sólo nos estábamos divirtiendo.
Me hundo en el sofá, harta.
—Eres increíble.
—No, soy realista —me discute—. Sólo era sexo.
—Entonces ¿por qué estabas llorando como un bebé?
—No lo sé. —Se levanta—. Me siento fatal. Me ayuda a desahogarme. ¿Te apetece una taza de té?
—Sí —bufo poniéndome de pie para ir con ella a la cocina.
Coge un par de tazas del armario.
—¿Y qué haces tú aquí?
La pregunta me hace dudar un instante cuando aposento el culo en la silla. ¿Debería contárselo? He dejado a mi marido menos de veinticuatro horas después de haber jurado nuestros votos. No voy a poder quitarle importancia, aunque visto lo bien que ella se zafa de mis interrogatorios, no debería preocuparme si se ofende. Pero necesito ayuda. Ha dejado claro que Tom le cae bien, y esto podría hacerle cambiar drásticamente de opinión y, aunque estoy furiosa con él, odio divulgar información que hará que mis seres queridos lo pongan en tela de juicio. A él y a mí. Podrían cuestionar mi cordura.
Decido que necesito a mi mejor amiga a bordo. Aprieto los dientes.
—¿Te acuerdas de que mis píldoras desaparecían misteriosamente?
Se vuelve y frunce el ceño antes de depositar una bolsita de té en cada taza.
—Sí. Tú y tu desorden personal.
—Hummm, eso mismo pensaba yo. —La miro fijamente esperando que encaje las piezas, pero está a lo suyo, echando agua y una gota de leche en las tazas—. Al menos al principio.
Remueve el té y lo trae a la mesa. Se deja caer en una de las sillas, son todas distintas.
—¿Cómo que al principio? —Su expresión de confusión me dice que todavía no lo ha pillado.
Debe de ser la resaca.
—Tom ha estado robándomelas. —Lo suelto a toda velocidad, antes de que me dé por cambiar de opinión y retener la información.
Ahora frunce el ceño sobre el borde de la taza.
—¿Que ha hecho qué?
—Ha estado robándome las píldoras. Me quiere embarazada.
Abre unos ojos como platos y la mandíbula le llega al suelo. Deja la taza en la mesa con sumo cuidado.
—¿Y te lo ha dicho así?
—Sí —suspiro—. Aunque yo ya lo sabía.
—¿Sabías que te las había estado robando? ¿Cuando compraste otra caja y volviste a perderlas?
—Me tenía distraída.
—¿Y por qué iba a hacer eso? ¿No usaste protección?
—No —mascullo indignada, preparándome para una charla sobre lo descuidada que he sido.
Porque lo he sido, pero ahora culpo a Tom por esta endiablada situación, no sólo por robarme las píldoras. Sí, debería haberlo obligado a usar protección, pero se me olvidó. Es una excusa muy pobre, pero se me olvidó porque mi hombre imposible sabe distraerme demasiado bien.
Kate sigue atónita. No me sorprende, es para quedarse de piedra.
—Si lo sabías, ¿por qué no lo obligaste a confesar?
—Porque nunca lo habría hecho, Kate. Está loco de atar —contesto en mi defensa, aunque es posible que sea yo la que está loca de remate. ¿Cómo he podido ser tan tonta?
—Pero sólo es así contigo —dice Kate.
—Sí, sólo conmigo.
Bebo un sorbo de mi té. Kate me observa pero no expresa sus pensamientos. Seguro que tiene algo que decir.
—¿Y por qué decidiste ignorarlo? —inquiere.
Es la pregunta que me estaba temiendo, aunque era de esperar que me la hiciera. Eso mismo me pregunto yo.
—No tengo ni idea. —Estoy muy frustrada: no tengo excusa.
Kate niega con la cabeza y me hace sentir insignificante.
—No te entiendo, y a él aún menos.
—Tenía miedo de que lo dejara —murmuro en voz baja. ¿Cuál es mi excusa por ser tan pava?
—¡Si te has casado con él! —Se echa a reír—. Joder, _______, ¿qué le pasa a ese hombre? Sé que está un poco mal de la azotea, pero...
—¿Sólo un poco? —me burlo.
—Vale, me he quedado muy corta, pero siempre me ha resultado muy tierno cómo se porta contigo. Lo mucho que te quiere, que te protege y que se preocupa por ti. Todos sabemos que su comportamiento no tiene nada de razonable, aunque también sabemos que nunca antes le había importado nadie. Pero ¿de ahí a robarte las píldoras? Creía que ningún hombre podía sorprenderme, pero éste se ha superado.
—Sin duda —farfullo removiendo mi té con lentos movimientos circulares.
—Si lo sabías, y él sabía que lo sabías, ¿por qué este drama de repente?
—Porque es posible que haya tenido éxito.
Kate se atraganta con el té.
—¿Estás preñada? —Tose.
Las palabras son como un nudo en mi garganta, listo para inflamarse, y antes de que pueda controlarlas, las lágrimas empiezan a correrme por las mejillas. Dejo la taza de té en la mesa, escondo la cara entre las manos... y me echo a llorar.
—¡Joder! ¡Mierda!
La silla de Kate chirría contra el suelo de la cocina y de repente la tengo delante de mí,
rodeándome con los brazos. Intenta calmarme susurrándome al oído, como si fuera un niño que se ha caído y se ha hecho un rasguño en la rodilla. Me siento muy idiota. Imbécil perdida. Tonta por haber ignorado mis sospechas durante tanto tiempo, por no haber encajado antes las piezas y por haber dejado que Tom y sus distracciones me impidieran darme cuenta de la gravedad de sus actos.
—Mañana debería bajarme la regla. Sé que no me va a venir, y él también lo sabe. —Sorbo por la nariz y Kate se levanta y va corriendo hasta una cajonera—. He estado ignorándolo, cosa que frustraba a Tom, pero no estoy preparada para esto, y ahora estoy muy enfadada conmigo misma y más que furiosa con él. No puedo dejar que se salga con la suya.
Me pasa un pañuelo de papel y me sueno los mocos. Se sienta a mi lado.
—Estoy de acuerdo —dice, resuelta.
No me puedo creer el tremendo alivio que siento al oírla decir eso. Sé que le tiene mucho cariño a Tom, y que normalmente nada la desconcierta, ni siquiera la forma de ser de mi marido, pero esto la ha pillado por sorpresa y me alegro mucho.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta—. ¿Vas a hacerle sufrir?
—Quiero abortar.
La mandíbula de Kate llega a la mesa. Eso no me ayuda.
—Kate, ¿te imaginas cómo sería? Ya me tiene abrumada y hasta cierto punto me gusta, pero ¿estando embarazada?
Cierra la boca.
—Por Dios, _______, vas a hacer que el hombre termine en un manicomio.
—No es razón suficiente —contesto.
Sé el efecto que eso tendría en él, pero él no ha tenido en cuenta lo que sus actos iban a hacerme a mí. No estoy preparada para esto, y él no se ha parado a pensar en mi opinión.
—Y no es sólo eso. Tengo una carrera. Tengo veintiséis años. No quiero un bebé, Kate.
—No sé qué decir.
—Dime que estoy haciendo lo correcto.
Niega con la cabeza y miro suplicante sus ojos azules. Necesito que lo entienda.
—Vale —dice, reticente.
No cree que esté bien, pero el hecho de que esté dispuesta a mitigar mi culpa me basta. Ya me siento bastante culpable, pese a que no debería. Necesito recuperar el control y no se me ocurre otra forma de hacerlo. No puedo tener un bebé.
—Gracias —susurro cogiendo mi taza y tomando un sorbo tembloroso.

CAPITULO # 8.-
Es lunes. Me despierto al alba y voy al baño a ver qué tal va la regla. Por supuesto, todo sigue limpio y seco, y me echo a llorar en silencio. Podría darle unos días, pero siempre he sido como un reloj, así que sólo estaría posponiendo lo inevitable. Tengo que ver a la doctora Monroe.
Salgo de la estación de metro de Green Park en dirección a Piccadilly y me detengo unos instantes para asimilar el borrón de gente en la hora punta. Lo echo de menos. Echo de menos el caos del metro y caminar unas pocas manzanas hasta mi oficina, todo el ir y venir, el hecho de esquivar cuerpos, y las voces, los gritos al móvil. Eso y el chirrido de los coches y los autobuses, las bocinas impacientes y el timbre de las bicicletas. El ambiente me dibuja una sonrisa que me dura hasta que me empujan por detrás y se burlan de mí por obstaculizar la circulación del río de peatones. Me arrancan
de mi ensimismamiento y echo a andar hacia Berkeley Street.
—Buenos días, flor —me saluda Patrick saliendo de su despacho en dirección a mi mesa.
Me siento y giro la silla.
—Buenos días —digo. Necesito fingir una alegría exagerada que no siento.
Toma asiento en el borde de mi mesa, que suelta su crujido habitual, y yo me tenso como siempre. Un día no va a poder más.
—¿Cómo está la novia? —Me da un afectuoso pellizco en la mejilla y me guiña el ojo.
—Perfectamente —sonrío y me río para mis adentros. Tengo la habilidad de escoger la palabra opuesta a cómo me siento. Podría haber dicho «bien», o «genial», pero no... Voy y digo que perfectamente. Perfectamente mal, así es como estoy.
—Fue una boda preciosa. Gracias.
—De nada. —Le quito importancia al agradecimiento de mi jefe—. ¿Dónde está todo el mundo —pregunto desesperada por cambiar de tema y dejar en paz mi boda caótica, y posiblemente mi caótico matrimonio.
—Sal está haciendo limpieza en el almacén, y Ken y Victoria ya deberían estar aquí. —Mira el reloj de pulsera—. ¿Qué hay de Van Der Haus? —Ahora me mira a mí, y me cuesta parecer tranquila y relajada cuando menciona a mi cliente danés—. ¿Ya se ha puesto en contacto contigo?
—No. —Enciendo el ordenador y muevo el ratón para que la pantalla cobre vida. No se me olvida que hoy es mi último día para contarle a mi jefe lo de la venganza de Mikael pero, tal y como están las cosas y teniendo en cuenta que he dejado a Tom, no creo que mi señor me presione—. Dijo que me avisaría en cuanto volviera a Inglaterra.
—Está bien.
Patrick cambia de postura sobre mi mesa. Me gustaría pedirle que al menos tuviera el detalle de estarse quieto mientras la tortura.
—¿Alguna novedad con tus otros clientes? Los Kent, la señora Quinn..., el señor Kaulitz. —Se ríe de su propio chiste, y aunque no estoy contenta con mi marido me alegro de que Patrick acepte nuestra relación... Si es que vuelve a haberla.
—Todo en orden. Los Kent van viento en popa; las obras en casa de la señora Quinn empiezan mañana, y el señor Kaulitz quiere que encargue las camas para las nuevas habitaciones cuanto antes. Podrían tardar meses.
Patrick se echa a reír.
—_______, flor, no hace falta que llames a tu marido «señor Kaulitz».
—La costumbre —gruño. Podría llamarlo de todo en este momento.
—¿Te refieres a esas maravillosas camas de hierro forjado?
—Sí.
Saco uno de los diseños del cajón y se lo enseño a Patrick.
—Impresionantes —dice sin más—. Apuesto a que cuestan un dineral.
¿Impresionantes? Sí. ¿Caras? Muchísimo. Pero Patrick no se da cuenta de las ventajas que ofrecen esas camas en un lugar como La Mansión. Para el oso de peluche que tengo por jefe, La Mansión sigue siendo un encantador hotel de campo.
—Se lo puede permitir —digo encogiéndome de hombros.
Me devuelve el diseño y lo guardo. Lo estoy metiendo en el cajón cuando el agudo sonido de la madera al partirse retumba en el silencio de la oficina y me quedo horrorizada al ver cómo Patrick aterriza en el suelo con cara de susto. No sé por qué: se lo tiene merecido. Tengo el regazo cubierto de astillas, y doy gracias por no haber tenido las piernas debajo. Me las habría partido.
—¡Por todos los santos! —grita Patrick entre trozos de madera rota y restos de papel y material de oficina que había sobre mi mesa, entre ellos la pantalla plana de mi ordenador. No sé si correr a ayudarlo o echarme a reír, pero tengo la risa nerviosa en la garganta, así que será lo último, porque no voy a poder contenerme. Esto tiene demasiada gracia.
Finalmente pierdo la batalla. Una enorme carcajada sale de mi boca y de repente estoy paralizada de la risa. Es imposible que Patrick se levante del suelo sin ayuda, pero no creo que yo le sirva de mucho. Debe de pesar como seis veces más que yo.
—¡Lo siento! —exclamo recobrando el control de mi cuerpo, que se convulsiona a causa de la risa—. Ven. —Le ofrezco la mano, se estira para cogerla y parece que su camisa no puede más, revienta y llueven botones por todas partes. La barriga de Patrick queda al descubierto y a mí me da otro ataque de risa.
—¡Porras! —maldice sin soltar mi mano—. ¡Repámpanos!
—¡Ay, Dios! —grito sujetándome el vientre para no mearme de la risa—. Patrick, ¿estás bien? —Sé que está bien, no estaría rodando por el suelo y soltando exclamaciones si hubiera resultado herido.
—No, no estoy bien. ¿Vas a controlarte y a echarme una mano? —Me da un tirón.
—¡Lo siento!
Esto es imparable. Estoy llorando de la risa, y seguro que se me ha corrido la máscara de pestañas. Tiro con todas mis fuerzas para levantar a Patrick del suelo. Lo hago tan rápido como puedo para poder llegar al cuarto de baño, cosa que hago en cuanto consigo ponerlo en pie.
—¡Disculpa! —Corro entre carcajadas al baño de señoras y por el camino me cruzo con Sal, que no entiende nada.
Cuando he terminado y he conseguido dejar de reírme, vuelvo al despacho. Ken y Victoria ya han llegado, y Sal está de rodillas recogiendo un millón de clips del suelo.
—¿Qué ha pasado? —susurra Victoria.
—Mi mesa ha cedido —sonrío intentando contener otro ataque de risa. Si empiezo, no pararé.
—¡Me lo he perdido! —grita Ken sin poder creérselo—. ¡Mierda! —Cuelga la mariconera en el respaldo de su silla—. ¡Amor! ¿Cómo está la novia?
—Bien —contesto.
—¡Es verdad! —exclama Victoria—. Cuando me case, quiero una boda como la tuya, aunque no en un club de sex...
Le lanzo una mirada asesina a mi compañera de trabajo y cae en la cuenta de su casi error. Cierra la boca y se va a su mesa.
Me arrodillo para ayudar a Sal.
—Fue precioso, ______ —dice con tono soñador—. Eres muy afortunada.
Las dulces palabras de Sal sólo me ponen de peor humor, hasta que mi móvil empieza a sonar en mi bolso. Me quedo mirándolo, sentada entre el caos de los restos de mi mesa. No puedo hablar con él. Me sorprende un poco que haya tardado tanto en llamarme, y más aún que no insistiera anoche. Está claro que sabe que se ha pasado de la raya. No puedo ni imaginarme cómo se encuentra. Seguro que ha salido a correr mil veces por los parques.
Sal me mira expectante pero me limito a sonreír y a seguir recogiendo clips. Me pregunto por qué, de todas las cosas que hay en el suelo, estamos recogiendo las más pequeñas.
—Ahora lo llamo —le digo a Sal mientras pienso que en realidad esto es muy terapéutico.
Cuando hemos terminado, ella se levanta y va a la cocina a preparar café, mientras que yo me levanto y voy al despacho de mi jefe. Llamo a la puerta y me asomo. Está sentado en su sillón, a su mesa, un poco colorado, peinándose.
—¿Estás bien, Patrick? —pregunto mordiéndome el labio cuando veo que se ha abrochado la chaqueta para que no se le vea la barriga.
—Sí, sí, estoy bien —dice guardando el peine en el bolsillo interior de la chaqueta—. Creo que Irene lo va a interpretar como una señal de que debo perder peso. —Sonríe un poco y me siento mejor por haberme reído de él. Yo también sonrío—. Me complace haberte alegrado el día, flor.
—Lo siento, pero tendrías que haber oído cómo crujía la mesa cada vez que te sentabas.
—Lo sé. ¡La muy traidora!
—Ya te digo —respondo muy seria. Era una buena mesa—. ¿Te apetece un café?
—No —gruñe—. Tengo que ir a casa a cambiarme.
—Vale.
Salgo de su oficina y vuelvo a mi pila de leña. Rebusco entre los escombros hasta que encuentro mi bolso, saco el teléfono y borro la llamada perdida de Tom. Luego llamo a la consulta de mi médico.
—¿Se encuentra bien? —pregunta Ken echándose a reír. Victoria también se apunta.
—Está bien, pero no os riáis cuando se vaya a casa. Ha reventado la camisa y tiene que
cambiársela —sonrío.
—¿Se le han saltado los botones? —Victoria se ríe y se echa el pelo hacia atrás.
Tom la mira y se echa a reír también.
—¡Qué mala suerte! ¡Lo que daría por volver atrás en el tiempo para poder verlo!
Me las apaño para contener la risa y me escondo en el almacén para llamar por teléfono. Después de hablar con la recepcionista, consigo cita para las cuatro.
El día pasa bastante rápido, con tan sólo unas pocas llamadas perdidas de mi señor. Me esperaba las llamadas, pero no que se rindiera tan pronto. No ha telefoneado a la oficina, no ha venido y no ha usado a un tercero. No sé si debería estar satisfecha por haber conseguido que accediera a mi petición de espacio o si debería preocuparme que me esté dando el espacio que necesito. Han pasado más de veinticuatro horas sin verlo, y mentiría si dijera que no lo echo de menos, pero necesito poner fin a esto. Necesito ponerme en mi sitio y la única forma de hacerlo es no verlo y no hablar con él. Me
asusta lo que me hace cuando decido no dar mi brazo a torcer, y normalmente son sus caricias las culpables, así que es vital guardar las distancias.
Cojo mi bolso y me levanto de mi mesa improvisada, una mesa con caballetes que teníamos guardada en la parte de atrás.
—Me voy. Hasta mañana —digo despidiéndome de mis compañeros de trabajo—. Ya lo he hablado con Patrick.
No quiero que sepan adónde voy porque sin duda me harían preguntas. La privacidad en esta oficina es todo un lujo.
Recibo un coro de adioses al cerrar la puerta y corro al metro. Angel empieza a sonar cuando llego a la estación, pero no saco el móvil del bolso. No necesito pensar en él allá adonde voy. No necesito pensar en él pero es difícil cuando su canción favorita, la que me recuerda a él, suena a todo volumen desde las profundidades de mi bolso. Para unos nanosegundos y vuelve a empezar. Paso. Voy a centrarme en la estación.
Doy un salto del susto cuando un muro alto, musculoso y de ojos cafeces se interpone en mi camino. Me llevo la mano al pecho, al corazón. Se me ha cortado la respiración. Luego me enfado.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto, seca.
—No contestas al teléfono. —Señala mi bolso—. No sabía si lo oías.
Lo observo y me encuentro una mirada acusadora. Sabe perfectamente que sí lo oía.
—Me estabas siguiendo —le espeto; yo también sé ser acusadora.
—¿Adónde vas?
Se acerca y retrocedo. No puedo permitir que me toque. Mierda, ¿adónde iba?
—A ver a un cliente —respondo.
—Yo te llevo.
—Te he dicho que necesito espacio, Tom.
Soy consciente de que estamos molestando a los demás peatones. Algunos gruñen, otros nos lanzan miradas asesinas, pero ni a Tom ni a mí nos preocupan. Se queda mirándome, espectacular con un traje gris y una camisa azul.
—¿Cuánto espacio y por cuánto tiempo? Me casé contigo el sábado y me dejaste el domingo. —Se acerca y me coge el antebrazo, desliza la mano hasta mi muñeca y me coge de la mano.
Como siempre, hace que se me ponga la carne de gallina y noto un escalofrío. Está mirando nuestras manos entrelazadas y mordiéndose el labio inferior.
—Lo estoy pasando fatal, _______. —Levanta la vista y me deslumbra con sus ojos cafeces—. Lo estoy pasando fatal sin ti.
Se me parte el corazón y entonces cierro los ojos, mientras lucho desesperadamente contra el impulso de acercarme a él y abrazarlo. Si no se sale con la suya gracias a los distintos tipos de polvo o a las cuentas atrás, recurre a romperme el corazón con sus palabras. No puede ser tan malo, pero sé que siente cada sílaba. Me está incapacitando de nuevo.
—Tengo que irme.
Me odio a mí misma por dejarlo así. Me vuelvo esperando que me detenga, pero me suelta y sigo andando, sorprendida y bastante preocupada.
—Nena, por favor. Haré lo que sea. No me dejes, por favor. —Su voz suplicante hace que me pare en el acto y el dolor me parte en dos. Sigo muy enfadada con él—. Deja al menos que te lleve. No quiero que cojas el metro. Sólo te pido diez minutos.
—El metro es más rápido —digo en voz baja entre el ruido de la multitud. Me vuelvo para mirarlo.
—Pero quiero llevarte.
—No llegaremos a tiempo en... —No digo más. Si Tom conduce, sí que llegaré a tiempo. Se nota que está pensando lo mismo porque ha arqueado una ceja.
No puedo decirle adónde voy, le daría un ataque. Rebusco en mi agotado cerebro y encuentro la solución. Le pido que me deje en la esquina de la consulta. Hay varias casas cerca, no notará la diferencia.
Suspiro.
—¿Dónde tienes el coche?
Pone cara de alivio y yo me siento aún más culpable, aunque no sé por qué. Me coge de la mano con cuidado y me lleva hacia un hotel y luego al aparcamiento. El aparcacoches le entrega las llaves y sólo me suelta cuando llegamos junto al DBS para que pueda entrar.
Salimos a Piccadilly y conduce respetando a los demás conductores. Incluso cambia las marchas con delicadeza. Su estilo de conducción encaja con su estado de ánimo: apagado. Busco en mi cerebro el nombre de la calle perpendicular a la consulta y sólo se me ocurre uno:
—Jardines de Luxemburgo, Hammersmith —digo mirando por la ventanilla.
—Vale —contesta en voz baja.
Sé que me está mirando. Debería volverme y plantarle cara, obligarlo a que se explique mejor, pero me puede el abatimiento. Más le vale no confundirlo con sumisión. No voy a ceder en esto. Necesito llegar a la consulta sin Tom y poner remedio a mi espantosa situación. Sale a Jardines de Luxemburgo y conduce despacio por la calle bordeada de árboles.
—Déjame aquí. —Señalo a la izquierda y él para el coche. Rezo para que no se empeñe en quedarse—. Gracias —digo abriendo la puerta.
—De nada —farfulla.
Sé que, si lo miro, veré los engranajes trabajando a miles de revoluciones por minuto y una arruga en su hermosa frente, así que no lo hago. Bajo del coche.
—¿Cenamos juntos esta noche? —pregunta con premura, como si supiera que va a perder la ocasión.
Respiro hondo y me vuelvo.
—Me acabas de pedir diez minutos, te los he dado y no me has dicho ni mu —replico.
Lo dejo con cara de desesperación y cruzo la calle, pero me detengo al caer en la cuenta de que no tengo ninguna casa de ningún cliente en la que desaparecer. Debo retroceder como un kilómetro, y no hay forma de hacerlo con Tom observándome desde el coche. Abro el bolso y finjo estar buscando algo mientras rezo para que se vaya. Me esfuerzo por oír el rugido del motor, o tal vez un ronroneo del DBS y, pasada una eternidad, por fin llega a mis oídos. Es un ronroneo. Miro por encima del hombro y veo desaparecer el coche por la calle bordeada de árboles antes de desandar lo andado. Tengo náuseas
pero lo achaco a los nervios. No estoy segura de cómo abordar esto. Después de muchas visitas a nuestro médico de familia, en busca de más píldoras anticonceptivas acompañadas de su correspondiente sermón, me enfrento a una charla mucho peor sobre no llevar cuidado. Pensará que me merezco el castigo, y creo que tiene razón.
Informo de mi llegada y cojo una revista de la sala de espera; luego me paso veinte minutos fingiendo leerla. Estoy nerviosa y doy tironcitos a mi ropa intentando tranquilizarme. Tengo muchas ganas de vomitar y me estoy poniendo peor. De repente, como si fuera una señal, me topo con un artículo sobre los argumentos a favor y en contra del aborto. Una risa desesperada brota de mis labios.
—¿Qué te hace tanta gracia?
Me quedo helada en la silla de la sala de espera cuando la voz de Tom me envuelve, y cierro la revista de golpe.
—¿Me has seguido? —pregunto atónita volviéndome para mirarlo.
—Mientes de pena, cariño —afirma con dulzura.
Tiene razón, se me da fatal, pero necesitaré mejorar si voy a seguir con este hombre. ¿Si voy a seguir? ¿De verdad acabo de pensarlo?
—¿Vas a decirme por qué has venido al médico y por qué me has mentido al respecto? —Deja la mano en mi rodilla desnuda y dibuja círculos mientras me observa atentamente.
Tiro la revista sobre la mesa. No hay forma de escapar de este hombre.
—Tengo revisión —farfullo en dirección a mi rodilla, intentando no mirarlo a la cara.
—¿Una revisión? —Su tono ha cambiado por completo. Ya no es dulce ni reconfortante, sino que tiene un punto de ira.
Su mano me aprieta la rodilla. No puede decidir esto.
—Sí.
—¿No crees que deberíamos entrar juntos? —pregunta.
¿Juntos? De la sorpresa vuelvo la cabeza para que mis ojos furiosos encuentren los suyos, que me reciben cafeces y llenos de curiosidad. Examino su cara y él hace lo propio con la mía. Su mano afloja la presión que ejerce sobre mi rodilla. Aparto la pierna.
—¿Como la decisión que tomaste de intentar dejarme embarazada? ¿Hicimos eso juntos?
—No —responde en voz baja, apartando la cara.
Me quedo mirando su perfil perfecto. No quiero ceder y agachar la mirada. Ha tenido el valor de venir aquí, y mi abatimiento ha sido reemplazado por la rabia que sentía antes, sólo que corregida y aumentada.
—No puedes ni mirarme a los ojos, ¿verdad? Sabes que lo que has hecho está mal. Rezo a Dios para no estar embarazada, Tom, porque no castigaría ni a mi peor enemigo con la mierda por la que me has hecho pasar, y mucho menos a mi bebé.
Ahora es él quien se ha quedado atónito. Entorna los ojos y el pelo de las sienes se le humedece cuando empieza a sudar.
—Sé que estás embarazada, y sé cómo será.
—¿Ah, sí? —No me molesto en contener la risa—. ¿Y me lo vas a contar?
Su expresión se suaviza y se me para el corazón cuando me acaricia lentamente la mejilla.
Entreabro la boca y desliza el pulgar por mi labio inferior sin quitarme el ojo de encima.
—Será perfecto —susurra.
Nuestras miradas se mantienen fijas unos instantes pero despierto de su hechizo cuando oigo mi nombre y rápidamente recuerdo dónde estoy y por qué. La rabia también vuelve a apoderarse de mí. No será perfecto. Puede que para él sí, pero para mí será una tortura. No voy a ofrecerme voluntaria. Me levanto y le quito la mano que tiene en mi rodilla y la que tiene en mi mejilla y, para mi sorpresa, Tom también se levanta. ¡Ah, no! No va a entrar conmigo. Bastante horrible va a ser esto sin que mi señor neurótico entre en escena. La doctora Monroe seguro que tendrá algo que decir cuando le explique que quiero abortar, y eso que no sabe que estoy casada. Me pediría mil explicaciones y no
quiero dárselas. Además, si estoy embarazada, no quiero que Tom lo sepa. No me dejaría abortar, y odio pensar a qué extremos sería capaz de llegar con tal de impedírmelo. Puedo mentir un poco mejor cuando algo es importante. No tengo elección. Es la única opción.
—¡No te atrevas! —gruño entre dientes, y retrocede—. ¡Siéntate! —Señalo una silla y le pongo la cara más amenazadora que puedo. Me cuesta, voy a vomitar en cualquier momento. Me encuentro muy mal y tengo muchísimo calor.
Para mi sorpresa, se sienta de mala gana. Parece asombrado por mi arrebato. Me vuelvo y lo dejo con cara de haber recibido una azotaina en el trasero. Respiro hondo y entro en la consulta de mi médico.
—¡_______! Me alegro de verte.
La doctora Monroe es una de las mujeres más amables que conozco. Tiene unos cincuenta y pocos, un poco de barriguita, y lleva el pelo rubio a lo garçon. Normalmente te dedica todo el tiempo del mundo..., aunque no estaba muy contenta cuando aparecí por tercera vez para pedirle otra receta porque había perdido mis píldoras anticonceptivas.
—Igualmente, doctora —respondo, nerviosa, mientras me siento en el borde de una silla.
Parece preocupada.
—¿Te encuentras bien? Estás lívida.
—Estoy bien, sólo tengo el estómago revuelto. Debe de ser el calor. —Me doy aire en la cara.
Aquí dentro hace aún más calor.
—¿Estás segura? —inquiere, preocupada.
Me tiembla la barbilla y noto que aumenta su preocupación.
—¡Estoy embarazada! —disparo—. Sé que me va a regañar por lo de las píldoras, pero de verdad que no hace falta. Por favor, no me haga sentir aún peor. Sé que soy una estúpida.
Su preocupación se torna simpatía al instante.
—Ay, _______. —Me da la mano y creo que podría llorar todavía más fuerte. Su empatía no hace más que hacerme sentir aún más tonta.
»Ten. —Me ofrece un pañuelo de papel y me sueno los mocos a gusto—. ¿Cuándo tendría que haberte venido la regla?
—Hoy —respondo rápidamente.
Pone cara de sorpresa.
—¿Hoy? —añade.
Asiento.
—______, ¿por qué estás tan segura? Es posible que sólo sea un retraso, del mismo modo que a veces se adelanta.
—Creáme, lo sé. —Me sorbo los mocos. Ya no niego lo evidente, voy a hacerle frente a esto. Tengo las emociones fuera de control.
Frunce el ceño y abre un cajón.
—Ve al baño —dice entregándome un test de embarazo.
Casi le pregunto si puedo hacerme la prueba en su consulta, pero allí no hay retrete, así que salgo, me asomo a la sala de espera desde el pasillo y veo a Tom de espaldas. Sigue sentado pero está echado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos. No me regodeo en su desesperación y corro al servicio de señoras que hay frente a la puerta de la consulta de la doctora Monroe.
Cinco minutos después estoy otra vez con mi médica, mirando la prueba, que está en la otra punta de su mesa. Escribe en el teclado mientras yo doy golpecitos en el suelo con el pie sin parar. Contengo la respiración cuando coge el test, le echa un vistazo y me mira.
—Es positivo —dice sin más, acercándomelo para que yo lo vea.
Sabía que iba a dar positivo, pero la confirmación lo hace aún más real, y también exacerba el dolor y la locura que me han llevado a este momento de mi vida.
Sin embargo, no puedo llorar.
—Quiero abortar —declaro simple y llanamente mirando a la doctora a los ojos—. Por favor, ¿podría encargarse de los preparativos?
Se revuelve en su sillón.
—______, es evidente que tú decides, pero mi deber es ofrecerte alternativas.
—¿Cuáles son?
—La adopción, el apoyo familiar. Hay muchas madres solteras que salen adelante y, con el apoyo de tus padres, estoy segura de que estarás bien cuidada.
Aprieto los dientes.
—Quiero abortar —repito sin hacer caso de sus consejos y de su sinceridad, aunque tiene toda la razón. Mis padres cuidarían bien de mí... si estuviera soltera. Pero no lo estoy. Estoy casada.
—Bien —suspira—. Necesitas una ecografía para ver cuán avanzado está el embarazo. —Vuelve a teclear, y yo me siento pequeña y estúpida—. Voy a recetarte más píldoras anticonceptivas para que, después del procedimiento, te asegures de usar protección. El hospital te proporcionará toda la información sobre efectos secundarios y los posteriores cuidados.
—Gracias —farfullo cogiendo la receta. No la suelta de inmediato y levanto la vista para mirarla.
—Sabes dónde encontrarme, _______. —Me mira inquieta, es evidente que cuestiona mi decisión, así que le ofrezco una pequeña sonrisa para indicarle que estoy bien y que he tomado la decisión correcta.
—Gracias —repito, porque no sé qué otra cosa decir.
—Cuídate mucho, ______.
Salgo de la consulta y me apoyo contra la pared del pasillo. De repente las náuseas son mucho peores.
—______, ¿qué ocurre? —Tom está a mi lado al instante y habla nervioso, con voz aguda. Se agacha un poco delante de mí para poder mirarme a los ojos—. Por Dios, _____.
Tengo la frente empapada en sudor y la boca llena de saliva. Sé que voy a vomitar. Corro por el pasillo y me meto en el baño de señoras, donde procedo a evacuar el contenido de mi estómago en el primer váter que encuentro. Me abrazo a la taza e ignoro el impulso de lavarme de inmediato. La mano grande y tibia de Tom me acaricia la espalda en círculos y me recoge el pelo mientras yo me entrego a las arcadas.
—Estoy b... —Mi estómago se convulsiona de nuevo y suelto otra descarga.
Me pongo en cuclillas y me desplomo sobre el inodoro, con la cabeza apoyada en el brazo. ¿Por qué coño lo llaman náuseas matutinas cuando aparecen a cualquier hora del día? Alguien abre entonces la puerta del baño.
—Ay, señor, ¿te traigo un vaso de agua? —Es la doctora Monroe. Si tuviera fuerzas, me
preocuparía que me haya visto con Tom en el baño.
—Por favor —contesta él.
La puerta se cierra y Tom se sienta detrás de mí, rodeándome con los brazos.
—¿Has terminado? —pregunta con dulzura.
—No lo sé —digo, puesto que aún tengo náuseas.
—No pasa nada, podemos quedarnos así. ¿Estás bien?
—Sí —respondo con arrogancia.
No dice nada más. Coge el vaso de agua que me trae la doctora y le asegura que estoy en buenas manos. No lo dudo. Siempre me he sentido a salvo a su lado. Si no fuera porque es astuto y manipulador, sería perfecto. Seríamos perfectos.
Permanece en cuclillas detrás de mí, sujetándome el pelo y ofreciéndome agua de vez en cuando mientras me recupero.
—Estoy bien —le aseguro al tiempo que me limpio la boca con un trozo de papel. Sé que no voy a echar nada más. Me siento vacía.
—Ven. —Me levanta y deja caer mi pelo sobre mi espalda—. ¿Quieres más agua?
Le cojo el vaso y voy a lavarme las manos. Le doy un trago y escupo para enjuagarme la boca.
Me miro al espejo y veo a Tom detrás de mí. Parece preocupado. Me paso la mano por las mejillas y me atuso el pelo.
—Deja que te lleve a casa —dice acercándose.
—Tom, estoy bien, de verdad.
Me acaricia la mejilla con la mano.
—Déjame cuidar de ti.
De repente me doy cuenta de que quiere que lo necesite. Se siente inútil, y mi ausencia seguro que lo ha empeorado. ¿Soy capaz de negárselo?
—Estoy bien. —Retrocedo y recojo el bolso del suelo.
—No es verdad, _______.
—Me ha sentado mal algo, eso es todo. —Me tiembla la mano.
—¡Por el amor de Dios, señorita! ¡Estás en el médico, así que no me vengas con que te
encuentras bien! —Se tira del pelo mientras grita y se aparta de mí, frustrado.
—¡No estoy embarazada! —le espeto. Y de inmediato contemplo la espantosa posibilidad de que deje de quererme si no lo estoy. El corazón se me constriñe en el pecho. Vuelvo a sentir náuseas.
—¿Qué? —Se vuelve a toda velocidad, con los ojos muy abiertos, temblando. Me quiere embarazada, de todas, todas.
Lucho contra mi impulso natural e intento mantener las manos en los costados.
—Me lo acaban de confirmar, Tom.
—Entonces ¿por qué estás vomitando?
—He pillado una gripe intestinal. —Mi excusa es una mierda pero, por la cara que pone, que no voy a confundir con la de devastación, se lo ha tragado—. Has fracasado. Me ha bajado la regla.
No sabe qué decir. Mira a todas partes y sigue temblando. Su reacción a mi mentira aumenta mis peores miedos. Estoy confusa, agotada, y tengo el corazón roto. Sin bebé no hay Tom. Ahora lo veo todo claro.
—Esto no me gusta. Voy a llevarte a casa para poder tenerte controlada.
Me coge de la mano pero tiro de ella para soltarme; su comentario me ha puesto los pelos como escarpias. ¿Que no le gusta? ¿Que quiere tenerme controlada? ¿Para qué?, ¿para ver si de verdad estoy manchando?
—Soy yo la que no te gusta —replico mirándolo a la cara—. Siempre hago algo que te molesta. ¿Has pensado que tal vez estarías menos a disgusto sin mí?
—¡No! —parece horrorizado—. Estoy preocupado, eso es todo.
—Pues no te preocupes. Estoy bien —le espeto saliendo del baño de señoras como una
exhalación.
Salgo de la consulta y voy directa a la farmacia que hay al lado. Entrego la receta y me siento en una silla mientras Tom anda arriba y abajo fuera, con las manos en los bolsillos. El farmacéutico me mira de tanto en tanto. Creo que piensa que me como las píldoras. La tentación de explicarme es tan fuerte que casi me levanto, pero me llama y me acerco a recoger la bolsa de papel.
—Gracias. —Le sonrío antes de huir, pero fuera me encuentro con mi hombre pensativo.
—¿Qué es eso? —inquiere sin quitarle ojo a la bolsa.
—Píldoras anticonceptivas —le siseo en la cara—. Ahora que sabemos que no estoy embarazada, querría seguir sin estarlo.
Los hombros pierden el vigor y agacha la cabeza. Estoy luchando contra el sentimiento de culpa ante su reacción, pero tengo que ignorarlo. Lo dejo atrás y sigo andando. Me tiemblan un poco las piernas y el corazón me late desbocado.
—¡No vas a venir a casa, ¿no?! —me grita desde atrás.
Me trago el nudo que tengo en la garganta y sigo andando. No, no voy a ir a casa, y el plan era alejarme durante cinco días, más o menos, para que no descubra mi mentira. Ya me preocuparé más adelante de la cita en el hospital. Sin embargo, sus palabras parecen definitivas, y lo que más me intranquiliza es que no me está ordenando que me quede con él. Si elimino a este bebé de mi vida, es evidente que también estaré eliminando a Tom. La sola idea me tiene hecha pedazos. ¿Cómo voy a vivir sin él?

Camino contra la brisa con el rostro bañado en lágrimas.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS QUE SIGUEN ... PREGUNTAS ... ¿CREEN QUE _____ SEA CAPAZ DE ABORTAR A SU HIJO? ¿CUANTO TIEMPO CREEN QUE SE TOMEN ELLOS EN REGRESAR? ... COMENTEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑÁNA A ESTA MISMA HORA ... HASTA PRONTO :))

3 comentarios:

  1. :O Como que (Tn) quiere abortar?? se que no es una gran noticia lo de su embarazo para ella pero esa decisión que tomo esta muy mal.. espero que (Tn) no aborte, y como es eso de que sin bebe Tom ya no querrá mas a (Tn)?? eso esta sospechoso me encanto virgi espero los próximos caps..

    ResponderBorrar