jueves, 8 de octubre de 2015

# 21 y # 22

CAPITULO # 21—
Podría quedarme aquí tumbada eternamente, observándolo dormir con sus tranquilas bocanadas de aliento fresco acariciándome el rostro a intervalos intermitentes, reforzando la profunda sensación de pertenecerle en mi interior. Su manera tierna de colocarme la mano en el vientre está intensificando mi amor por mi hombre. Y la perfección de su cuerpo aumenta mi sed por su tacto. Me exasperan un millón de cosas de él, y por otro lado una infinidad de cosas hacen que lo adore. Incluso llego a adorar algunas de esas cosas exasperantes.
Incapaz de resistirme, acerco la mano y le paso el pulgar por la mejilla, cubierta por una barba incipiente, y por los labios separados. Sonrío al ver cómo se encoge ligeramente y después suspira y vuelve a relajarse. La mano que tiene sobre mi vientre empieza a trazar círculos de manera inconsciente. La perfección de su hermoso rostro me fascinará hasta el día en que me muera; su piel ligeramente bronceada, sus largas pestañas casi femeninas y la pequeña arruga de su frente son sólo algunos de sus maravillosos rasgos. Tardaría una vida entera en nombrarlos todos. Mi hombre devastador, con su manera de ser imposible.
Con la yema del dedo le acaricio la piel firme de su garganta y deslizo la palma por su sólido torso. Suspiro embelesada de satisfacción y me paso estos momentos de serenidad explorando su cuerpo y su rostro. Por un instante me gustaría que permaneciese así para toda la eternidad, para poder observarlo y verlo tan relajado. Pero entonces nunca oiría su voz, y jamás vería sus ojos, y tampoco experimentaría sus ataques y sus cuentas atrás.
—¿Has acabado de palparme? —Su voz áspera me saca de mi ensueño y mi mano se detiene en su cicatriz. Sus ojos siguen cerrados.
—No, cállate y no te muevas —contesto, y continúo con mis caricias.
—Como ordenes, señorita.
Sonrío y me inclino hacia adelante hasta que mis labios quedan justo delante de los suyos.
—Buen chico.
Sus párpados cerrados se mueven y las comisuras de su boca se esfuerzan por contener una sonrisa burlona.
—¿Y si quiero ser un chico malo? —pregunta.
—Estás hablando —señalo, y abre uno de los ojos para desafiarme. Nada puede evitar que sonría al ver esa cara, por muy seria que quiera estar.
—Buenos días.
Es demasiado rápido. En una milésima de segundo, me encuentro boca arriba atrapada bajo su cuerpo, con los brazos sujetos sobre mi cabeza. Ni siquiera me da tiempo a asimilar su ataque o a emitir un grito de sorpresa.
—Alguien está pensando en echar un polvo somnoliento —musita mientras se inclina para
mordisquearme la nariz.
—No, estoy pensando en Tom Kaulitz, lo que significa que tengo distintas variedades de polvos en mente.
Enarca las cejas lenta y pensativamente.
—Eres insaciable, preciosa mía —dice, y me besa con fuerza—. Pero vigila esa boca.
Me apresuro a devolverle el beso, pero me detiene y me aparta. Lo miro mal y sonríe con su sonrisa de pillo. Lo miro peor todavía, pero hace caso omiso.
—He estado pensando —anuncia.
Dejo de fruncir el ceño al instante. Cuando Tom piensa es mejor echarse a temblar.
—¿En qué? —pregunto con recelo.
—En lo dramática que ha sido nuestra vida de casados.
Es verdad. No puedo discutírselo, pero ¿adónde quiere ir a parar con esto?
—¿Y? —digo alargando la palabra para que continúe hablando.
—Vayámonos unos días —me ruega. Sus ojos cafeces me suplican y ahora también está haciendo pucheros. Creo que ha empezado a darse cuenta de que esa cara tiene el mismo efecto que un polvo de entrar en razón—. Los dos solos.
—Jamás volveremos a estar solos —le recuerdo.
Se incorpora y mira mi vientre. Sonríe y se inclina para besarme la barriga y después vuelve a mirarme con ojos de cachorrito.
—Déjame quererte. Deja que te tenga para mí solo unos días.
—¿Y mi trabajo? —replico, aunque últimamente mi dedicación es muy cuestionable.
—______, ayer sufriste un accidente de tráfico.
—Ya. Pero tengo que visitar a clientes, y Patrick...
—Yo me encargaré de Patrick —me interrumpe—. Él se encargará de tus clientes.
Lo miro con recelo.
—¿Quiere decir eso que piensas amenazarlo? —inquiero. Finge estar dolido. No cuela.
—Hablaré con Patrick.
—Con educación.
Sonríe.
—Más o menos.
—No, Kaulitz. De más o menos, nada. Con educación y punto.
—¿Eso es un sí? —pregunta, esperanzado. Me dan ganas de abrazarlo. Es imposiblemente
adorable.
—Sí —confirmo. Necesita un respiro tanto como yo, probablemente más. Lo sucedido ayer no va a ayudar en nada a su preocupación—. ¿Adónde vamos?
De repente entra en acción y salta de la cama como un niño emocionado la mañana de Navidad.
—A cualquier sitio, me da igual.
—Pues a mí no. ¡No pienso ir a esquiar! —Me siento tiesa en la cama al instante al pensar en verme equipada con la ropa de esquí y unas enormes tablas de madera en los pies.
—No seas idiota, mujer. —Pone los ojos en blanco y desaparece en el vestidor para reaparecer unos momentos después con una maleta—. Llevas a mis bebés ahí dentro —añade señalando mi vientre—. Tienes suerte de que no te encadene a la cama lo que te queda de embarazo.
—Puedes hacerlo si quieres —digo apoyando las muñecas contra la cabecera—. No voy a
protestar.
—Es usted una seductora, señora Kaulitz. Ven a hacer la maleta. —Vuelve al vestidor y me deja esperando en la cama.
Con un gruñido lo bastante sonoro como para que me oiga, me arrastro fuera de la cama y lo sigo hasta la habitación que tenemos por armario. Está sacando ropa al azar y tirándola en un montón junto a la maleta.
—¿Adónde vamos?
—No lo sé. Haré unas cuantas llamadas.
Está haciendo su maleta feliz y contento, y de repente levanta la vista hacia donde me encuentro, apoyada en el marco de la puerta.
—¿No haces la tuya?
—No sé adónde voy. ¿Hará frío, hará calor? ¿Iremos en coche, en avión?
—En coche —afirma rotundamente, y se vuelve para coger más camisetas—. No puedes volar.
—¿Cómo que no puedo volar? —espeto a su espalda.
—No lo sé. Por lo de la presión en cabina y todo eso —responde encogiendo sus hombros
desnudos—. Igual aplasta a los bebés.
Me echo a reír para no darle un coscorrón.
—¡Dime que estás de coña!
Se vuelve lentamente para mirarme. A él no le hace ninguna gracia, su cara lo dice todo.
—No bromeo en lo que se refiere a ti, _____. Ya deberías saberlo.
Esto es ridículo.
—La presión en cabina no aplastará a los bebés, Tom. Si quieres que nos vayamos por ahí, será en avión —declaro, y estoy a punto de dar una patada en el suelo para reafirmar mi postura.
Parece algo sorprendido por mi exigencia, y se sume en sus pensamientos mientras se
mordisquea el labio. Sus engranajes mentales entran en acción.
—No es seguro que vuelen las mujeres embarazadas —dice tranquilamente—. Lo he leído.
—¿Dónde lo has leído? —pregunto riéndome, temiendo que esté a punto de sacar alguna guía de embarazo. Dejo de reírme inmediatamente cuando mete la mano entre sus trajes y saca una guía de embarazo de verdad.
—Aquí. —La sostiene algo avergonzado—. También deberías tomar ácido fólico.
Me quedo mirando el libro que tengo delante con la boca abierta y observo con una mezcla de estupefacción y diversión cómo empieza a pasar las páginas. Algunas tienen las esquinas dobladas, e incluso me parece ver algún párrafo subrayado con un rotulador fosforito. Está buscando algo en concreto y no puedo hacer otra cosa que esperar aquí de pie, mirando, mientras mi guapo y neurótico obseso del control lo encuentra.
—Aquí, mira. —Me planta el libro en la cara y señala el centro de la página, donde hay un
apartado subrayado con rotulador rosa—. «El Ministerio de Salud recomienda que las mujeres tomen un suplemento diario de cuatrocientos microgramos de ácido fólico mientras intentan concebir, y deberían continuar con esta dosis durante las primeras doce semanas de embarazo, período en el que se desarrolla la columna vertebral del bebé.» —Frunce el ceño—. Pero tenemos dos bebés, así que igual deberías tomar ochocientos microgramos.
Mi corazón está a punto de estallar.
—Te quiero —digo sonriendo.
—Lo sé. —Pasa más páginas—. Lo de volar está por aquí, en alguna parte. Espera...
Le quito el libro de las manos y ambos vemos cómo cae al suelo, donde rebota una vez antes de asentarse en él. Me mira con recelo y sus labios forman una línea recta. Me entra la risa y su semblante se vuelve aún más severo. Le doy una patada al libro y lanza un grito ahogado de indignación.
—Recoge el libro —ruge.
—Es una estupidez. —Le doy otra patada. Sigo riéndome.
—Recoge el libro, _____.
—No —respondo con petulancia. Sé perfectamente lo que estoy provocando. Mis ojos se deleitan ante la ferocidad que emana de su esbelto físico.
Enarca las cejas y la característica arruga de su frente empieza a marcarse. No sabe si hacerlo o no. Sabe lo que pretendo. Entonces, tres dedos aparecen ante mí.
—Tres —susurra.
Mi sonrisa se vuelve más amplia y le aparto la mano.
—Dos —le respondo.
Hace todo lo posible por contener su propia sonrisa.
—Uno.
—Cero, nena —termino por él, y dejo escapar un alarido de complacencia cuando me carga sobre su hombro con convicción pero con cuidado y me traslada a la habitación.
Me río con ganas cuando me suelta sobre la cama con demasiada precisión, me cubre con su cuerpo y me aparta el pelo de la cara.
—Señorita, ¿cuándo vas a aprender? —pregunta. Me coge de la nuca y me levanta la cabeza hasta que rozo su nariz.
—Nunca —admito.
Me sonríe con esa sonrisa reservada sólo para mí.
—Eso espero. Bésame.
—¿Y si no lo hago? —pregunto. Sé que lo haré. Y él también lo sabe.
Se inclina y apoya la punta del dedo en el hueco sobre el hueso de mi cadera. Contengo la respiración.
—Los dos sabemos que vas a besarme, ______. —Me hace cosquillas con los labios en los míos—.No perdamos el tiempo con tonterías cuando podría estar perdiendo el sentido contigo. Bésame ya.
Mi lengua se desliza entre mis labios, roza su labio inferior y empiezo a provocarlo dándole pequeños lametones hasta que cede y también libera su lengua. Nos encontramos en el centro y trazamos dulces círculos hasta que gruñe y ataca mi boca con una fuerza bruta. Me anoto un tanto mental. Le resulta tan imposible resistirse a mí como a mí me sucede con él.
—Mmm —suspiro mientras igualo la intensidad de sus lametones.
Esto es lo que necesitamos, unos cuantos días solos para amarnos y acostumbrarnos a nuestro inminente futuro juntos. Un futuro en el que ahora hay dos pequeños. Necesito a Tom para mí sola un tiempo, sin distracciones. Sólo él, sin problemas. Sólo nosotros.
—En realidad no pone nada de que no pueda volar, ¿verdad? —pregunto. Sé que no puede ser, porque he visto mujeres embarazadas en aviones. No es más que otra de las estúpidas reglas de embarazo de Tom.
Me muerde y me chupa el labio.
—Es algo lógico —dice.
—No. Es neurótico —discrepo—. Las mujeres embarazadas vuelan todo el tiempo, así que vas a llevarme en avión a algún sitio cálido y vas a dejar que me sacie contigo todo lo que quiera. Contacto constante. Quiero contacto constante. —Sé que eso lo complacerá, y cuando levanta la cabeza arrastrando mi labio entre sus dientes, la maravillosa sonrisa dibujada en su rostro lo confirma.
—Me muero de ganas. —Me besa la nariz y se levanta—. Venga, vamos. Estamos perdiendo mucho tiempo de saciarnos. —Me guiña un ojo, da media vuelta y me deja holgazaneando entre las sábanas blancas, en el séptimo cielo de Tom.

Tiro de mi maleta y ésta empieza a rebotar en la escalera.
—¡Eh! —El grito me hace dar un brinco a medio paso y me agarro del pasamanos para no
caerme. Un sonoro grito ahogado de pánico inunda el aire seguido de unos fuertes pasos que ascienden por los escalones. Me agarra y me inmoviliza—. ¿Qué coño haces, mujer?
Mi sobresalto se transforma en ira.
—¡Joder, Tom! ¡Relájate, hostia! ¡Casi me caigo por tu puta culpa! —Al instante me doy cuenta de lo que he hecho, y el gruñido de Tom confirma que acabo de decir un montón de tacos. Tres de una tirada, para ser exactos. Me preparo para la bronca cerrando un ojo y encogiéndome.
—¡¿Quieres hacer el favor de vigilar esa puta boca?! —Coge mi maleta—. ¡Espera aquí! —ladra, y obedezco, pero principalmente porque su aturdidor grito de furia me ha dejado inmóvil y sin palabras.
Prácticamente lanza la maleta cuando llega abajo mientras masculla y maldice entre dientes. Después vuelve a subir y me coge en brazos.
—Podrías haberte partido el puto cuello.
—¡Llevaba bien la maleta! ¡Ha sido tu grito lo que casi hace que me caiga! —No forcejeo ni
intento liberarme.
—El único peso que debes llevar es el de mis pequeños.
—¡Nuestros pequeños!
—¡Eso es lo que acabo de decir! —Me deja en el suelo—. No hagas ninguna estupidez, señorita.—Me recoloco la camiseta resoplando.
—¿Desde cuándo es una estupidez llevar una maleta?
—¡Desde que estás embarazada!
Esto es el colmo.
—Kaulitz, será mejor que te relajes o... —Lo apunto con un dedo—: ¡Cornualles!
Se echa a reír, lo que no hace sino aumentar mi frustración unos cuantos niveles. Debería
preocuparse, no reírse.
—¿Cuántas veces vas a amenazarme con el puto Cornualles? —pregunta con engreimiento, como si supiera que jamás cumpliré mi amenaza. Puede que lo haga. No me entusiasma la idea de pasarme todo el embarazo con mis padres, pero cualquier cosa será mejor que esto.
—¡Me iré ahora mismo! —le grito a la cara.
—Muy bien. Yo te llevo. —Coge mi maleta, se dirige a la puerta y me mira por encima del
hombro mientras me quedo ahí plantada, perpleja. ¿Cómo que él me lleva?—. ¿Vienes o no?
Me está tomando el pelo.
—¿Has llamado a Patrick? —pregunto tras él. Tom jamás me llevaría voluntariamente a casa de mi madre.
—Sí —responde tajantemente—. Tienes que volver al trabajo el martes. —Cierra la puerta
cuando salgo y llama el ascensor.
—No puedo creer que hayas puesto la cuenta atrás de código —gruño, pero él no me hace caso.
Bajamos en silencio. Yo lo miro en las puertas de espejo mientras él llama a John. Hace como si no estuviera.
Las puertas se abren. Me insta a salir con un gesto de la cabeza mientras continúa la conversación con el grandullón y le pide que le diga a Steve que se encargue él antes de decirle que va a llevarme a casa de mis padres. Todavía no me lo creo. ¿Y que se encargue Steve de qué?
—¡Hola, ______! —El alegre tono de Casey logra cambiar rápidamente mi ceño fruncido por una abierta sonrisa.
—¡Señora Kaulitz! —brama Tom, que todavía habla con John mientras pasamos junto al
mostrador del conserje.
No le hago caso.
—¡Buenos días, Casey! ¿Qué tal?
—Muy bien, gracias. Hoy hace un día estupendo. —Señala hacia el exterior con la cabeza y al volverme veo que luce un sol espléndido—. Que tenga usted un buen día, _____.
—Gracias.
Salgo al bochornoso exterior toda distraída y al instante me doy cuenta de que mi regalo de boda ha regresado por arte de magia del Lusso, aunque pronto me olvido de mi flamante Range Rover blanco al ver un Aston Martin.
—Sí, gracias, grandullón. —Tom cuelga, se dirige al maletero del coche extraño y guarda en él las maletas.
—¿Qué es esto? —pregunto señalando el DBS.
Cierra el maletero y se da unos golpecitos en la barbilla con aire pensativo.
—Creo que podría ser un coche.
—El sarcasmo no te pega, Dios. ¿De dónde ha salido?
—De un garaje, para sustituir al mío hasta que lo encuentren. —Me coge del brazo y me insta a meterme en el vehículo.
—¿Todavía no han encontrado tu coche?
—No —responde tajantemente sin darme pie a insistir en el tema, aunque eso no logra
detenerme.
—¿Qué tiene que hacer Steve? —pregunto, y veo que por unos instantes actúa con menos
determinación.
—Nada —miente. Arqueo una ceja con recelo para que sepa que lo sé—. Va a encargarse de algunas cosas por mí —añade, y me suelta mientras estira el brazo para abrocharme el cinturón.
Le golpeo las manos cuando empieza a ajustarme la cinta inferior sobre el vientre.
—¿Quieres parar ya? —Se las aparto y le cierro la puerta en toda la cara.
Él se queda cavilando al otro lado de la ventanilla, mirándome mal. Empiezo a desear que me lleve de verdad a casa de mi madre. No sé si puedo soportar esto, y ni siquiera voy a intentar convencerme de que puede parar. Parece que dos bebés implican doble sobreprotección.
Sobreprotección de Tom. Y sé perfectamente de qué va a encargarse Steve, y también sé que si Tom no le pegó una paliza es porque accedió a ocuparse del tema de las drogas que me echaron, y ahora también del accidente. Me apoyo en el reposacabezas y me vuelvo un poco para ver cómo se acomoda y ajusta el asiento del conductor, alejándolo todo lo posible del volante para que quepan sus largas piernas.
—¿Por qué no vamos en mi coche? —pregunto señalando con la cabeza mi brillante bola de nieve.
Él se queda parado y me mira con el rabillo del ojo.
—No puedes conducir mucho.
Sonrío para mis adentros.
—No, pero podrías conducirlo tú.
Debería insistirle y obligarlo a conducir el maldito tanque. Seguro que también es a prueba de balas.
—Sí, podría, pero ahora tengo éste —responde sin más, y arranca el motor y acelera para oír su rugido con una amplia sonrisa de satisfacción—. Escucha eso. —Suspira, pisa el embrague y el coche se pone en marcha.
A regañadientes, admiro el rugido gutural del DBS y observo a Tom admirando su magnífico perfil.
—Bueno, ¿adónde vas a llevarme? —pregunto mientras saco mi móvil del bolso.
—Ya te lo he dicho, a casa de tu madre.
Pongo los ojos en blanco de manera teatral. Sé que preferiría meter la cabeza en agua hirviendo antes de ir a ver a mi madre por su propia voluntad.
—Vale —suspiro, y me dispongo a llamar a Kate.
—Dame tu móvil. —Acerca la mano para cogerlo—. Nada de teléfonos.
—Tengo que llamar a Kate.
Me lo quita y lo apaga.
—Ya he llamado a todos los que tienen que saber que nos vamos, Kate incluida. Relájate,
señorita.
No intento reclamarlo. No lo quiero.

—____, nena, despierta.
Abro los ojos, me estiro y mis manos chocan contra algo. Levanto la vista, confusa, y veo el techo del coche. Después mis ojos adormilados miran a un lado y se encuentran de frente con mi maravilloso controlador, que me sonríe alegremente.
—¿Dónde estamos? —pregunto frotándome los ojos.
—En Cornualles —se apresura a responder.
Mi cerebro registra al instante que necesito orinar.
—Ya vale —lo reprendo. Estoy algo quejica también—. Tengo que hacer pis.
Me vuelvo en mi asiento, cojo la manija para abrir la puerta y veo el entorno que nos rodea. Reconozco ese muro bajo que bordea el pequeño cementerio, y la pequeña cabaña en la que puedes entrar para tomar el sendero que lleva a la playa, y la mezcla de arena y hojas que se acumula en el pequeño canal. Me resulta familiar. Demasiado familiar.
Me vuelvo hacia él.
—¿No era coña? —Miro otra vez, pero los trajes de buzo tendidos en el jardín que hay al otro lado de la carretera confirman mis temores—. ¿Vas a dejarme en casa de mi madre? —digo reflejando lo herida que estoy.
Tal vez él tampoco se vea capaz de soportar su ridícula sobreprotección y haya llegado a la conclusión de que, si deja que mis padres cuiden de mí durante este embarazo, probablemente se evite el infarto que va a sufrir a este paso. Y puede que esto también salve nuestro matrimonio, porque si seguimos así nos esperan unos cuantos meses de exceso de control por su parte y de exceso de resistencia por la mía, al menos hasta que esté demasiado gorda como para contraatacar. Me pondré como una ballena. Gigante. Enorme. Gorda y preñada y en absoluto sexy. Creo que voy a llorar.
Desliza la mano por mi cuello y me agarra de la nuca para que me vuelva hacia él.
—No me amenaces con Cornualles. —Sonríe con malicia y me echo a llorar como una
embarazada estúpida con las hormonas alteradas. A través de mis lágrimas irracionales, veo que su sonrisa se desvanece y es reemplazada por una mirada de preocupación—. Nena, es una broma. Tendrían que matarme para apartarme de ti. Ya lo sabes. —Tira de mí, me coloca sobre su regazo y yo hundo la cara en su cuello sollozando como una tonta. Sé que me estoy comportando de una manera totalmente irracional. Él jamás me dejaría. ¿Qué coño me pasa?—. _____, mírame.
Me sorbo los mocos y levanto a regañadientes la cabeza para dejar que vea mi cara cubierta de lágrimas.
—Voy a ponerme gordísima. ¡Enorme! ¡Son mellizos, Tom!
Mi engreimiento del hospital ha desaparecido. Toda mi idea de torturarlo con bebés gritones y con mis cambios de humor acaba de esfumarse. Mi cuerpo va a estirarse por todas partes. Tengo veintiséis años. No quiero tener pellejos colgando ni tampoco estrías. Jamás volveré a lucir lencería de encaje.—Ya no... —No quiero ni pensarlo, y me cuesta un mundo decirlo.
—¿Te desearé? —dice terminando la frase por mí. Sabe cómo me siento.
Asiento ligeramente y me siento culpable por ser tan egoísta, pero cuando pienso en cómo me mira cada vez que me tiene en sus brazos, o cada vez que me mira, simplemente... no sé qué haría si jamás volviera a mirarme así. Lo necesito. Es una parte importantísima de nuestra relación.
—Sí. —He de ser sincera. Es uno de mis temores, junto con todos los demás que acompañan este embarazo.
Sonríe un poco, me coloca la mano en la mejilla y me la acaricia trazando suaves círculos con el pulgar.
—Nena, eso no va a pasar.
—¿Y cómo lo sabes? No sabes cómo te sentirás cuando tenga los tobillos hinchados y camine como si me hubieran metido una sandía a presión.
Se echa a reír con ganas.
—¿Así va a ser?
—Seguramente.
—Deja que te diga una cosa, señorita. Cada día que pasa te deseo más, y creo que llevas a mis hijos ahí dentro desde hace unas cuantas semanas —dice, y me acaricia la barriga suavemente con la otra mano.
—Todavía no estoy gorda —mascullo.
—No vas a engordar, _____. Estás embarazada. Y además, pensar que tienes algo que forma parte de ti y de mí ahí dentro, calentito y a salvo, hace que me sienta tremendamente feliz y... —empuja lentamente las caderas hacia arriba. Está empalmado— hace que te desee aún más si cabe. Así que cállate y bésame, esposa.
Le lanzo una mirada cínica y él me mira con expectación mientras sube la cadera de nuevo. Me excito al instante y prácticamente me abalanzo sobre él, y en este mismo momento decido que no pienso dejar que eso suceda. Voy a hacer esos ejercicios pélvicos hasta que me ponga morada del esfuerzo. Y pienso ir a correr, y llevaré encaje cuando esté de parto.
—Mmm, ésta es mi chica —murmura cuando me aparto un segundo para que respire—. Joder, ______, me encantaría arrancarte esas bragas de encaje y follarte como un loco aquí mismo, pero no quiero montar un espectáculo.
—Me da igual —replico, y lo ataco de nuevo. Hundo la lengua en su boca y lo agarro del pelo con fuerza. Acaba de decir que quiere follarme, y me da igual dónde estemos.
—_____. —Forcejea conmigo entre risas—. Para o no me hago responsable de mis actos.
—Tranquilo, no te haré responsable —digo. Tiro de su camiseta y me aferro a su erección.
—Joder, mujer —gruñe.
Casi lo tengo, pero entonces oigo unos fuertes golpes en la ventanilla a mi lado. Me aparto al instante lanzando un grito ahogado de sorpresa e intento dominar mi casi indómita lujuria. Nos miramos el uno al otro durante unos segundos, ambos jadeando, y después giramos la cabeza al unísono en dirección al cristal.
Es un policía, y no parece muy contento. Tom me aparta de su regazo y me coloca rápidamente en mi asiento, donde empiezo a alisarme el pelo y me pongo de todas las tonalidades de rojo que existen. Él esboza su sonrisa de pícaro mientras observa cómo me arreglo.
—Así aprenderás. —Baja la ventanilla y dirige la atención hacia el poli—. Disculpe, agente. Está embarazada. Las hormonas, ya sabe... No me quita las manos de encima —dice conteniendo la risa, mientras que yo resoplo indignada y le doy un golpe en el muslo. Tom se echa a reír, me coge la mano y me la aprieta—. ¿Lo ve?
El policía carraspea y se pone colorado.
—Sí..., bueno..., eh..., están en un lugar público —dice señalando a nuestro alrededor—. Prosigan su camino.
—Hemos venido de visita.
Tom vuelve a subir la ventanilla para bloquear cualquier posible balbuceo y tartamudeo
incómodo adicional del abrumado policía y vuelve su rostro socarrón hacia mí. Está de buen humor.
Es un sinvergüenza, como siempre, pero adorable, encantador y pícaro.
—¿Preparada?
—Creía que íbamos a viajar en avión.
Me encanta Newquay, y estoy deseando ver a mis padres, pero lo que necesito en estos momentos es disfrutar de Tom para mí sola.
—Y lo haremos, después de contarle a mi encantadora suegra que va a ser abuela. —Baja del coche dejándome horrorizada. De repente se me han quitado las ganas de ver a mi madre. Le va a dar algo. La puerta de mi lado se abre—. Vamos.
Cierro los ojos e intento reunir algo de paciencia.
—¿Por qué me haces esto? —pregunto.
—Tienen que saberlo. —Me coge de la mano y tira de mí.
—No, lo que pasa es que te mueres por anunciarle a mi madre de sólo cuarenta y siete años que va a ser abuela.
—Para nada —responde a la defensiva, pero lo he pillado. Le encanta buscarle las cosquillas.
Cogiéndome de la mano, me guía por la entrada hasta la puerta del adosado de mis padres junto al mar.
—¿Cómo sabías dónde era? —digo. Acabo de pensarlo. Nunca había venido. ¿O sí?
—Llamé y les pregunté la dirección, y creo que ése es el coche de tu padre —dice señalando el Mercedes—. ¿No?
—Sí —gruño.
Por lo visto, nos están esperando.
Cuando llegamos a la puerta principal, Tom levanta mi mano, me la besa con dulzura y me guiña un ojo. Yo sonrío al pícaro irritante. De pronto, saca un par de esposas y nos las pone en las muñecas.
—¿Qué haces? —inquiero. Intento apartarme pero es demasiado tarde: sabe manejarlas
perfectamente—. ¡Tom!
La puerta delantera se abre y tras ella aparece mi madre, encantadora con un par de vaqueros piratas y un jersey de color crema.
—¡Ya ha llegado mi chica!
—¡Hola, mamá! —exclama Tom levantando nuestras manos esposadas y saludando con la mano con una sonrisa. Sabía que iba a hacerlo, y aunque mi pobre madre acaba de quedarse petrificada, no puedo evitar sonreír. Está en modo travieso y juguetón, y me encanta.
Mi madre se acerca nerviosa, inspecciona el terreno detrás de nosotros para comprobar que nadie lo ha visto y agarra a Tom del brazo y lo empuja hasta el recibidor.
—Quítale esas esposas a mi hija, delincuente.
Él se echa a reír y me las quita al instante. Mi madre recupera rápidamente la sonrisa.
—¿Contenta? —pregunta Tom.
—Sí. —Le da un golpecito en el hombro y se acerca para estrecharme contra su pecho—. Cuánto me alegro de verte, cariño. He preparado la habitación de invitados.
—¿Vamos a quedarnos? —pregunto aceptando su abrazo.
—Volamos por la mañana —me informa Tom—. He pensado que sería mejor que viniéramos a hacerles una visita antes de que tu madre piense que te impido verla.
Ella me suelta y abraza a mi marido.
—Gracias por traerla de visita —dice, y lo abraza aún más fuerte.
Sonrío al ver cómo acepta su abrazo y pone los ojos en blanco. Todo esto no le gusta. Sé que preferiría tenerme en exclusiva todos los días de la semana, pero está haciendo un esfuerzo, y eso hace que lo quiera aún más si cabe.
—Aprovéchate porque voy a secuestrarla por la mañana.
—Sí, sí, ya lo sé —dice mi madre, soltándolo—. ¡Joseph! ¡Ya están aquí! Voy a hacer té.
La seguimos hasta la cocina y echo un vistazo a la casa. Todo está limpio y ordenado, como siempre en casa de mis padres. No me crié en este lugar, pero mi madre se ha propuesto crear aquí una réplica de la casa de mi infancia. Incluso hizo que derribaran una pared para unir la cocina y el salón y crear una sala familiar enorme.
Mi padre está sentado a la mesa de la cocina, leyendo un periódico.
—¡Hola, papá! —digo inclinándome por encima de su hombro, y le doy un beso en la mejilla.
Él se pone tenso como siempre que se enfrenta a un momento de afecto.
—_____, ¿cómo estás? —Cierra el periódico y le ofrece la mano a Tom, que ya se ha acomodado en la silla que hay junto a él—. ¿Aún te tiene alerta?
—Por supuesto. —Tom me mira de soslayo y yo resoplo.
Voy al cuarto de baño y luego me siento a la mesa junto a mi padre y mi marido y observo en silencio cómo charlan tranquilamente mientras mi madre prepara té e interviene en la conversación de vez en cuando. Es una escena maravillosa, y si alguien me hubiera dicho que esto iba a suceder cuando me enrollé por primera vez con mi señor de La Mansión del Sexo, me habría reído en su cara. Jamás lo habría imaginado. Me siento muy feliz.
—He pensado que podríamos ir a cenar a The Windmill —dice mamá mientras deja el té en la mesa—. Iremos dando un paseo. Parece que hará buena noche.
Mi padre gruñe su asentimiento, probablemente ansioso por tomarse unas cuantas pintas.
—Buena idea —dice.
—Perfecto —conviene Tom. Me pone la mano sobre la rodilla y me da un pequeño apretón. Sí, es perfecto.

CAPITULO # 22.-
—Las damas primero. —Tom sostiene la puerta abierta para que mi madre y yo entremos—. Joseph.
—Gracias, Tom.
Mi padre toma la delantera y nos guía hasta una mesa que hay junto a la chimenea, en la que hay dispuestas un montón de velas en vez de los típicos troncos y llamas que crepitan durante los meses de invierno.
—¿Qué queréis beber? —pregunta Tom mientras retira mi silla. Cuando estoy a punto de
sentarme, me detiene al ver que el asiento es de madera dura y que no tiene ningún almohadón. Me deja de pie y pronto la cambia por una de respaldo alto con reposabrazos tapizada en terciopelo verde oscuro que había cerca.
—Yo tomaré una copa de vino blanco. —Mi madre se sienta con esmero y saca sus gafas para leer el menú.
—Yo una pinta de Carlsberg —dice mi padre.
—Y mi chica guapa ¿qué va a tomar? —pregunta Tom mientras me insta a sentarme sobre el asiento blandito.
—Agua, por favor —digo sin pensar, y mi madre levanta la cabeza del menú inmediatamente.
—¿No bebes vino? —pregunta sorprendida mirándome por encima de las lentes.
Me revuelvo en mi asiento y noto que Tom se mueve nervioso detrás de mí mientras me acerca un poco más la silla a la mesa.
—No, tenemos que levantarnos pronto —contesto como si tal cosa, y cojo un menú. Acabo de recordar bruscamente la razón por la que estamos aquí. Qué pesadilla.
—Ah. —Sigue sorprendida, pero lo deja estar y se pone a señalar los platos especiales del menú.
Siento el aliento caliente de Tom en mi oreja. Por supuesto, me estremezco al instante. Aún me dura el calentón desde nuestro encuentro frustrado en el Aston Martin.
—Te quiero. —Me besa en la mejilla y yo me acerco para sentir su cara, que pincha cubierta por una barba incipiente.
—Lo sé.
Nos deja en la mesa para ir a pedir las bebidas y veo cómo mi madre le lee el menú entero a mi padre y después empieza a recitar los platos del día que aparecen escritos en las numerosas pizarras colgadas por el bar.
—¿Sabéis algo de Dan? —pregunto.
—Sí, nos ha llamado antes, cariño —me dice mi madre—. Dice que fuisteis a comer ayer. Qué bien. Le he dicho que ibais a venir a vernos antes de iros de vacaciones, pero no sabía nada. Me sorprende que Tom no se lo dijera.
A mí no me sorprende, pero mi madre parece totalmente ajena a la evidente hostilidad que hay entre mi hermano y mi marido.
—Lo decidimos en el último momento —digo quitándole importancia—. Tom debió de olvidar contárselo. —Me siento un poco culpable. No me costaba nada telefonear a Dan para decirle que iba a estar fuera de Londres unos días.
Un camarero deja una bandeja en la mesa ahorrándome así más preguntas. Todo el mundo coge su bebida y mis padres exclaman con entusiasmo al ver sus vasos llenos de alcohol. Miro mi vaso de agua con el mismo poco entusiasmo que siento por él y suspiro al ver la copa de vino de mi madre.
—Bueno, ¿qué vais a querer? —pregunta ella—. Yo creo que voy a pedir la mariscada.
Me inclino sobre Tom para compartir su menú y dejo caer la mano sobre su rodilla. Me la coge y la besa distraídamente, sin apartar la vista de la carta.
—¿Qué te apetece, nena?
—No lo sé.
—Yo voy a pedir mejillones con mantequilla de ajo —anuncia mi padre señalando la pizarra que muestra todos los sabrosos platos de marisco—. Están deliciosos. —Se relame y le da un trago a la pinta. No sé qué hacer. El marisco es obligatorio, sobre todo estando tan cerca del mar, pero ¿qué pido?
¿La mariscada, llena de almejas, mejillones, cangrejo y langostinos; o los mejillones cubiertos de mantequilla de ajo con pan calentito recién horneado? Las tripas me rugen y me exigen que las llene.
—No me decido.
—Dime qué te apetece y yo te ayudo. —Me mira y espera a que lo ilumine con mi dilema.
—Mejillones o mariscada —digo.
Los ojos se le salen de las órbitas.
—¡Ni una cosa ni la otra! —exclama llamando la atención de mis padres, que se detienen a
medio trago.
—¿Por qué? —Me vuelvo y lo miro con el ceño fruncido, pero al instante me doy cuenta. Ha leído algo al respecto en ese maldito libro—. ¡Venga ya, Tom!
Niega con la cabeza.
—De eso, nada, señorita. Ni hablar. El pescado contiene mercurio, que puede afectar al sistema nervioso del feto. Ni se te ocurra desobedecerme en esto.
—¿Vas a dejarme comer algo? —digo totalmente enfurruñada. Me encanta el marisco.
—Sí. Pollo, ternera. Tienen muchas proteínas, y eso es bueno para nuestros pequeños.
Protesto con frustración y cojo mi vaso de agua. Voy a volverme loca. Para cuando lleguen estas criaturas estaré tomando Prozac.
Estoy tan ocupada con mi pataleta que tardo unos momentos en fijarme en la cara de asombro de mis padres al otro lado de la mesa.
«¡Ay, mierda!»
—Hazlo con estilo, ______ —murmura Tom dejando el menú sobre la mesa. Lo miro con incredulidad. ¿Yo?
—¿Estás embarazada? —espeta mi madre cuando por fin asimila el exceso de información.
—¿______? —insiste mi padre al ver que sigo mirando a Tom, que permanece con la vista fija en el menú que acaba de soltar.
Respiro hondo y trago saliva. No hay escapatoria. Sé que Tom jamás habría permitido que nos fuésemos de Newquay sin decírselo.
—Sorpresa —susurro en un débil intento de restarle importancia.
—¡Pero si lleváis casados cinco minutos! —exclama mi madre—. ¡Cinco minutos!
Miro cómo mi padre le apoya una mano en el brazo para calmarla, pero eso no va a detenerla. Sé que va a ponerse histérica y, si lo hace, Tom se pondrá hecho una furia. No me lo imagino aguantando un sermón de mi madre. Pero tiene razón. Sólo llevamos casados unas semanas. No son cinco minutos, pero sigue siendo poco tiempo. No me atrevo a decirle de cuánto estoy. No tardaría en calcular lo pronto que me quedé preñada después de conocer a este hombre. Ya le costó asimilar el hecho de que me casase con él tan de prisa, a pesar de las artimañas de Tom por ganárselos y por conseguir la
aprobación de mi padre.
Permanezco en silencio, Tom y Joseph también, pero mi madre no. Nada de eso: acaba de empezar. Lo sé por cómo coge la copa de vino y por cómo respira hondo para tomar aire.
Y entonces empiezo a preocuparme porque abre unos ojos como platos y dirige la vista hacia mi hombre.
—Os casasteis de penalti, ¿verdad? ¡Te casaste con ella porque tenías que hacerlo!
—¡Gracias! —Me echo a reír pensando en lo ofensivo que me resulta que diga algo así. No
piensa con claridad, y está empezando a decir un montón de idioteces. A pesar del poco tiempo que ha pasado con nosotros, sabe perfectamente lo que sentimos el uno por el otro.
—Elizabeth —dice Tom, muy serio. Le tiembla la mandíbula. Me temo lo peor—. Sabes que eso no es verdad. —Parece muy calmado, pero detecto la irritación en su tono, y no lo culpo. Se siente insultado, y yo también.
Mi madre resopla un poco, pero mi padre interviene antes de que pueda responderle.
—¿Cuando os casasteis aún no lo sabíais?
—No —me apresuro a contestar, y agarro mi vaso con las dos manos para evitar que mi reflejo natural me delate. Los dos lo sabíamos perfectamente, aunque yo lo negara.
—Vaya —suspira mi padre.
—No me lo creo —protesta Elizabeth—. Una novia embarazada sólo indica una cosa.
—Pues no se lo digas a nadie —le espeto.
Estoy muy cabreada con mi madre y por la reacción que ha tenido. No la culpo. Es una sorpresa, más grande de lo que se imagina, pero ¿cómo se atreve a decir que nos casamos apresuradamente porque estaba embarazada? Y si yo estoy furiosa, me imagino cómo debe de sentirse Tom. Está temblando, totalmente tenso, y cuando me coge la mano izquierda y empieza a darle vueltas a mi anillo de boda sé que está a punto de avasallar a mi madre.
Se inclina hacia adelante y cierro los ojos.
—Elizabeth, no soy un puto crío de dieciocho años al que lo obligan a hacer lo correcto después de haber echado un quiqui con una chica. —No le está rugiendo a mi madre, pero cuando abro los ojos para evaluar a qué nivel de ferocidad nos estamos enfrentando, veo que se esfuerza por no arrugar el labio—. Tengo treinta y ocho años. _____ es mi mujer, y no voy a permitir que se agobie ni que se entristezca, así que puedes aceptarlo y darnos tu bendición o seguir así, en cuyo caso me llevaré a mi chica a casa ahora mismo.
Sigue haciendo girar mi anillo y, aunque acaba de poner a mi melodramática madre en su sitio con bastante brusquedad, tengo ganas de besarlo. Y de darle un bofetón también. ¿No quiere que me agobie? Tiene gracia viniendo de él.
—Bueno, vamos a calmarnos todos un poco, ¿de acuerdo? —dice el mediador de mi padre, tan tranquilo como siempre.
Además de incomodarle el afecto, tampoco le gustan los enfrentamientos. Le lanza a mi madre una mirada de advertencia, algo raro en él, pues sólo lo hace con su mujer cuando lo considera absolutamente necesario. Y definitivamente esta situación lo requiere, porque si mi madre no se controla, Tom se abalanzará sobre ella. Hasta el momento ha sido increíblemente tolerante, aunque lo cierto es que ella también lo ha sido con mi hombre imposible.
—_____. —Mi padre me sonríe desde el otro lado de la mesa, todavía con la mano en el brazo de su mujer para indicarle de manera sutil que cierre la boca—. ¿Cómo te sientes al respecto?
—Bien —respondo rápidamente, y Tom me aprieta la mano. Tengo que encontrar otra palabra—.De maravilla. No podría estar más feliz —digo devolviéndole la sonrisa.
—Bueno, pues ya está. Están casados y tienen estabilidad económica. —Se echa a reír. Es
bastante gracioso decir que Tom tiene estabilidad económica—. Además, son adultos, Elizabeth. Hazte a la idea: vas a ser abuela.
Me siento bastante avergonzada. Después de lo que acaba de suceder, cualquiera diría que somos un par de adolescentes. Le sonrío a Tom como disculpándome y él sacude la cabeza, exasperado.
—¡No pienso ser una «abuela»! —espeta mi madre—. Tengo cuarenta y siete años. —Se atusa el pelo—. Pero no me importaría ser una «abu» —musita mientras considera la opción.
—Puedes ser lo que te dé la gana, Elizabeth. —Tom vuelve a coger el menú haciendo un
esfuerzo evidente por dejar la cosa ahí. Sé que se muere por decirle cuatro cosas más.
—¡Deberías vigilar tu lenguaje, Tom Kaulitz! —replica ella. Se inclina por encima de la mesa y baja la parte superior de su menú, pero él no se disculpa—. ¡Un momento! —chilla de pronto.
—¿Qué pasa? —pregunta mi padre.
La mirada de mi madre oscila entre Tom y yo una y otra vez hasta que la fija en él, que la mira con las cejas enarcadas, esperando a que nos diga qué pasa.
—Habéis dicho «pequeños», en plural. Habéis dicho «nuestros pequeños».
—Son mellizos. —Tom sonríe alegremente, y toda la irritación y el resentimiento desaparecen en un segundo. Me frota el vientre con suavidad—. Son dos bebés. Dos nietos.
—¡Por todos los santos! —Mi padre se echa a reír—. Eso es algo muy especial. ¡Enhorabuena!
Su pecho se hincha de orgullo y me hace sonreír.
—¿Mellizos? —interviene mi madre—. ¡Ay, ______, querida! Vas a acabar agotada. ¿Cómo vas a...?
—No, no se agotará —la corta Tom bruscamente antes de que haga que tenga ganas de
abalanzarse sobre ella de nuevo—. Me tiene a mí.
Mi madre vuelve a sentarse y cierra la boca, y yo me derrito con un leve suspiro. Sí, lo tengo a él.
—Y nos tienes a nosotros, querida —añade mi madre con cariño—. Lo siento mucho. Es que no me lo esperaba. —Se inclina y me ofrece la mano. La acepto—. Siempre estaremos ahí.
Sonrío, pero al instante me doy cuenta de que en realidad no estarán ahí. Viven a kilómetros de Londres, y puesto que no contamos con la familia de Tom, no podré llamar a los abuelos para acercarme y poder relajarme aunque sea por una hora. No podré ir a casa de mi madre a tomar un té mientras charlamos para que pueda ver a sus nietos. Tom me aprieta la mano y me saca de mis tristes e inesperados pensamientos. Lo miro y él me mira directamente a los ojos.
—Me tienes a mí —reafirma como si me estuviera leyendo la mente. Probablemente lo haya hecho. Asiento y trato de convencerme de que él es todo cuanto necesito, pero con dos bebés a los que cuidar y con Tom en La Mansión, me veo bastante sola. La interacción con adultos será limitada porque, admitámoslo, salir por ahí con dos criaturas va a ser complicado, así que dependeré prácticamente de las visitas que me hagan.
—¿Ya lo tienen?
Levanto la vista y veo a una camarera armada con una libreta y un bolígrafo lista para anotar nuestros pedidos. Sonríe alegremente, y le sonríe alegremente a Tom.
—Yo tomaré el filete, por favor —digo colocándole la mano sobre la rodilla a mi marido como por instinto para marcarlo.
La camarera no hace ademán de escribir nada ni tampoco me pregunta cómo lo quiero, sino que sigue ahí plantada, haciéndole ojitos a mi dios y recorriendo con la mirada su magnífico cuerpo con todo el descaro del mundo.
—Yo tomaré el filete —repito, esta vez sin el «por favor»—. Al punto.
—¿Disculpe? —Finalmente la chica aparta los ojos de Tom, que se esfuerza por contener la risa mientras finge estar leyendo el menú.
—El filete. Al punto. ¿Quieres que lo anote yo? —pregunto de mala leche. Tom se ríe por lo bajo.
—Ah, claro. —Empieza a escribirlo—. ¿Y ustedes? —pregunta entonces mirando a mis padres.
—Mejillones para mí —gruñe mi padre.
—Y la mariscada para mí —canturrea mi madre—. Y otra copa de vino —añade levantando la suya vacía.
La camarera lo apunta todo y se vuelve hacia Tom de nuevo. Sonríe otra vez.
—¿Y para usted, caballero?
—¿Qué me recomiendas? —dice él mientras le sonríe con esa sonrisa reservada sólo para las mujeres, lo que la obliga a retroceder unos cuantos metros.
Pongo los ojos en blanco y veo cómo se toquetea la coleta y se pone como un tomate.
—El cordero está muy bueno.
—Tomará lo mismo que yo —intervengo. Recojo todos los menús y se los entrego con una dulce sonrisa falsa—. Al punto.
—¿Sí? —Mira a Tom esperando su confirmación.
—Lo que diga mi esposa. —Se inclina y me rodea los hombros con el brazo, pero con la mirada fija en la camarera—. Siempre hago lo que me manda, así que por lo visto hoy comeré filete.
Resoplo, mi madre y mi padre se echan a reír, y la camarera se derrite sobre su libreta,
probablemente deseando tener también un dios que la obedezca. Esto es increíble. Se aparta y se guarda el bolígrafo y la libreta en el bolsillo del delantal.
—Eres imposible —digo, y mis padres ríen y miran con aprecio a Tom mientras me mordisquea el cuello—. ¿Desde cuándo haces lo que yo te mando?
—_____, eso ha estado muy feo —me reprende mi madre—. Tom puede comer lo que quiera.
—Tranquila, Elizabeth —dice él, y continúa chupeteándome el cuello un poco más—. _____ sabe lo que me gusta.
—Te gusta ser imposible —bromeo, y me rasco suavemente la cara contra su barba incipiente.
—Me gusta cuando te pones posesiva —me susurra al oído—. Ojalá pudiera tumbarte sobre la mesa y follarte como un animal.
No me avergüenza ni me sonroja que haya dicho esas palabras tan directas sin importarle lo más mínimo quiénes nos acompañan. Sé que sólo las he oído yo. Me vuelvo hacia él y pego la boca a su oreja.
—Deja de decir la palabra «follar» a menos que vayas a follarme.
—Vigila esa boca.
—No.
Se echa a reír y me da un mordisco en el cuello.
—Ya te vale.
—¡Brindemos! —El tono alegre de mi padre interrumpe nuestro momento privado—. ¡Por los mellizos!
—¡Por los mellizos! —canturrea mi madre, y todos hacemos chocar nuestros vasos conscientes de que voy a ponerme tremendamente gorda.
Disfruto de mi filete, aunque no puedo dejar de mirar con anhelo al otro lado de la mesa, donde mis padres engullen con avidez su delicioso marisco. Más tarde, Tom paga la cuenta y regresamos a casa dando un paseo. Mi madre va explicándole a Tom todos los rincones mientras caminamos. Al llegar, mi padre se sienta junto a la ventana en su sitio de siempre, armado con el mando a distancia, mientras que mi madre pone agua a hervir.
—¿Queréis un té antes de acostaros? —pregunta.
Tom me mira desde el otro lado de la cocina y me pilla bostezando.
—No, voy a llevarme a _____ a la cama. Vamos, señorita. —Se acerca, me apoya las manos sobre los hombros y me dirige fuera de la cocina. No ofrezco resistencia—. Dale las buenas noches a tu madre.
—Buenas noches, mamá.
—Sí, acostaos ya. Tenéis que madrugar mucho —dice mientras enciende el hervidor.
—Dale las buenas noches a tu padre —me ordena Tom mientras pasamos por el salón.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches a los dos. —Mi padre ni siquiera aparta la vista del televisor.
Tom me empuja por la escalera y me guía por el pasillo hasta que llegamos a la habitación de invitados, donde empieza a desnudarme.
—Ha estado bien —digo mientras me quita el vestido por la cabeza.
—Sí, pero tu madre sigue siendo una pesadilla —responde él secamente—. Dame la muñeca.
Le ofrezco la mano y observo cómo me quita el Rolex y lo deja sobre la mesilla de noche.
—Has vuelto a hacerla callar —digo sonriendo.
Acerca las manos a mi cuello y empieza a deshacerme el nudo del pañuelo de encaje.
—Ya aprenderá. —Me quita el pañuelo y el diamante queda expuesto. Sonríe y me lo coloca recto—. ¿Tienes ganas de pasar unos días de contacto constante?
—Me muero de ganas —respondo sin vacilar, y empiezo a desabrocharle los botones de la
camisa. Es la verdad. Ha sido una noche estupenda, pero no me encontraré en el séptimo cielo de Tom hasta que estemos solos. Le deslizo la prenda por los hombros y suspiro—. Eres demasiado perfecto.—Me inclino para besarle el pecho y me quedo un rato con los labios pegados a su piel.
—Lo sé —coincide sin broma ni sarcasmo. Lo sabe, el muy arrogante. Dejo caer su camisa y empiezo a desabrocharle la cremallera de los vaqueros. Después deslizo las manos por su espalda y desciendo hasta la solidez de su trasero.
—Me encanta esto —digo clavándole las uñas.
—Lo sé —vuelve a coincidir, y me saca una sonrisa.
Cuando llego hasta sus muslos, deslizo la mano hacia adelante y lo agarro sin fuerza. Está duro, tal y como esperaba.
—Y ya sabes lo mucho que me gusta esto.
Inspira con los dientes apretados y aparta la ingle, pero yo sigo agarrándolo.
—_____, nena, no pienso tomarte bajo el techo de tu madre.
—¿Por qué? —digo haciendo pucheros—. Estaré calladita —continúo entrando en modo
seductora.
Me mira poco convencido, y hace bien. No puedo garantizar eso.
—No creo que seas capaz.
Me pongo de rodillas para desatarle los cordones de los zapatos y él levanta un pie y luego el otro para que se los quite junto con los calcetines. Agarro la cintura de sus pantalones y se los bajo por las piernas lentamente.
—Te sorprenderías de lo que soy capaz de hacer. Arriba. —Le doy un golpecito en el tobillo.
—Quieres decir que me sorprendería de lo que soy capaz de hacer que hagas. —Levanta el pie para que le quite los vaqueros y el bóxer—. Pero yo nunca me sorprendo. Sé qué efecto tengo en ti.
Suena engreído, pero sus palabras son totalmente ciertas, aunque no se lo digo, claro. No hace ninguna falta. En lugar de alimentar su tremendo ego, me inclino y le beso el empeine. Después muevo los labios hacia su tobillo y empiezo a trazar círculos con la lengua y a besarle la pierna en dirección ascendente. Me tomo mi tiempo. Apoyo las palmas abiertas en la parte anterior de sus muslos para sentir su calor mientras mi boca recorre cada centímetro de su piel desnuda, pero pronto llego hasta su cuello, a pesar de mi determinación de alargar la cosa lo máximo posible.
Inspiro su aroma y me pongo de puntillas para alcanzar su barbilla, que está más elevada que de costumbre porque está mirando al techo. No llego.
—¿Qué pasa?
—Estoy intentando controlarme —dice con voz grave.
—No quiero que lo hagas.
—No digas eso, _____ —me advierte.
—No quiero que lo hagas —repito con voz grave y gutural mientras le muerdo el cuello.
Actúa de prisa. Me enrosca el brazo alrededor de la cintura y me empotra contra la pared más cercana con un gruñido. Estoy extasiada. Intento hacerme la dura, pero mis labios se separan y empiezo a exhalar jadeos de sorpresa.
—Estás haciendo algo de ruido —señala tranquilamente mientras me sujeta por un lado de la cara y pega la boca a mi oreja.
Cierro los labios, aprieto los ojos con fuerza y apoyo la cabeza contra la pared. Tengo que
centrarme, porque me lo va a poner difícil, aunque sé que no me va a dar con fuerza.
—Escúchame bien. —Me desabrocha el sujetador mientras sigue sujetándome de la mejilla y habla con la boca pegada a mi oreja—. Parece que a tus padres les caigo bien. No lo fastidies.
Joder, mi seguridad flaquea por momentos. Maldita sea, ¿por qué no reservó un hotel? Me muerdo el labio con fuerza decidida a no hacer ruido mientras me despega el sujetador de encaje del cuerpo y lo tira al suelo. Después se inclina y toma mi pezón en la boca, sorbiendo la pequeña protuberancia suavemente hasta que está totalmente erecta. Golpeo la cabeza contra la pared, con el rostro contraído, intentando contener un gemido de placer.
No lo consigo.
—Jodeeeerrrr —gruño golpeando contra la pared de nuevo.
—En fin —dice pegando los labios a mi boca rápidamente—. No puedes controlarlo, ¿verdad?
Sacudo la cabeza sin ningún pudor, dándole la razón.
—No.
—Y eso confirma lo que ambos sabemos, ¿verdad? —Menea las caderas desnudas hacia arriba, obligándome a ponerme de puntillas para intentar evitar el roce que hará que pierda por completo el control.
—Sí —jadeo agarrándome a sus hombros descubiertos.
—¿Y qué es, _____? —Me muerde el labio y lo mantiene entre sus dientes ligeramente mientras espera a que le dé la respuesta que ambos conocemos.
—Tú tienes el poder —confirmo.
Sus ojos brillan con aprobación y me inclino para acariciarlo, pero él se aparta de mí negando con la cabeza suavemente.
—Acabamos de aclarar quién tiene el poder. —Me aparta la mano—. Y debo salvaguardar mi actual posición favorable con tus padres, así que vas a estarte calladita. —Me mira esperando claramente que le confirme que lo entiendo. Y lo entiendo perfectamente, pero no puedo garantizar que no vaya a hacer ruido—. ¿Puedes estar calladita, _____?
—Sí —miento.
Me ha tendido una emboscada con su autoridad, y no voy a decir que no si al hacerlo va a meterme en la cama para que nos limitemos a acurrucarnos. Este embarazo está haciendo que tenga las hormonas disparadas. Estoy más desesperada que nunca, si es que eso es posible.
Parpadea vagamente y una sonrisa casi imperceptible empieza a formarse en su rostro. Levanta la mano y retira la mía de mi pelo.
—Me parece que tenemos un problema —susurra—. No te muevas. —Se aparta y me entran ganas de gritarle, pero después coge algo y camina hacia mí de nuevo, ocultando lo que ha cogido detrás de la espalda.
Estoy nerviosa, retorciéndome, y siento una tremenda curiosidad por saber qué está escondiendo, aunque no deja que sufra por mucho tiempo. Saca las manos y veo que sostiene mi pañuelo de encaje.
Se envuelve los puños con él y tira con fuerza. Aprieto los dientes, y los muslos. De hecho, todos mis músculos se han tensado considerablemente al pensar en el uso que va a darle al complemento. Sé que no va a vendarme los ojos.
—Creo que a éste vamos a llamarlo un polvo en silencio. —Me acerca el pañuelo a la boca y lo hunde entre mis labios—. Mantén la lengua relajada —me ordena con suavidad mientras me rodea la cabeza con la prenda y la ata con firmeza, aunque no demasiado tensa—. Cuando sientas la necesidad de gritar, muerde el pañuelo, ¿entendido?
Asiento, y mi mirada lo sigue mientras se agacha y me quita las bragas. Da igual que no pueda hablar, porque se me ha quedado la mente en blanco. No se me ocurre nada que decir, sólo puedo pensar en lo que está por venir. Y puede que una pequeña parte de mí se pregunte si ha amordazado a alguien antes. Seguramente sí. Las probabilidades son elevadas. La idea no me hace gracia, pero mi estado de sumisión evita que siga con ese hilo de pensamiento (eso, y la lengua caliente que asciende por la parte interior de mi pierna). No quiero gritar, pero muerdo el pañuelo de todos modos, cierro los
ojos y siento cómo mi corazón late a un ritmo constante en mi pecho. Estoy sorprendentemente relajada.
Tom respira de manera agitada en mi oído mientras entrelaza los dedos con los míos, me levanta las manos y me las pega contra la pared que tengo detrás mientras me besa la piel sensible de la parte interior del brazo dolorosamente despacio. Se está tomando su tiempo. Empiezo a temer que sólo vaya a gritar de impaciencia.
—Creo que vamos a hacer esto tumbados —dice. Su tono de voz seguro me hace rogar por el control mientras baja nuestras manos, con los dedos aún cruzados, y empieza a caminar hacia atrás animándome a seguirlo, aunque no es necesario: seguiría a este hombre allá adonde fuera, ya sea a la cama o al fin del mundo.
Se inclina, me coge en brazos y se arrodilla sobre la pequeña cama doble para colocarme encima de ella con suavidad. Me besa la punta de la nariz, me aparta el pelo de la cara y me pone ligeramente de lado, con una pierna levantada y flexionada para poder sentarse a horcajadas sobre la que sigue extendida encima de la cama. Se inclina hacia adelante apoyándose en una mano y sujetándome la pierna en alto con la otra, controlando lo que hace y acercándose hasta quedarse a unos milímetros de mi abertura. Si pudiera gritaría, pero me limito a agarrarme a la cabecera de la cama. Arqueo la espalda, pero él no se mueve. Es una tortura.
—_____ —dice besándome el pie—. No hay nada mejor que esto. —Se hunde lentamente en mí, inclina la cabeza hacia atrás y me siento obligada a mirar.
Supero la tremenda necesidad de cerrar los ojos de pura dicha para poder verle la cara. Tensa la mandíbula, me agarra el tobillo con más fuerza, apoya la mano libre en mi cintura y en su torso se marcan las líneas de todos sus músculos definidos. Quiero tocarlo, pero estoy inmovilizada por el placer. Es verdad: nada puede, ni podrá jamás superar esto. Es angustiosamente delicioso, y estoy por completo paralizada, por completo cautivada y enamorada de él hasta las trancas.
—¿Te gusta lo que ves? —pregunta mientras se retira lentamente.
Estaba tan concentrada en el movimiento de sus músculos que no me he dado cuenta de que ha bajado la cabeza y me está observando. Me amordaza, me inflige todo este placer y ahora espera lo imposible. ¿Quiere que conteste? No hace falta, sabe la respuesta perfectamente, pero asiento de todos modos. No sonríe ni muestra aprobación alguna a mi respuesta. Se limita a seguir hundiéndose en mí poco a poco, como si me estuviera recompensando por mi respuesta silenciosa.
—A mí también me gusta lo que veo. —Me regala un golpe preciso de sus caderas. Tal vez no pueda gritar de placer, pero puedo gemir, y lo hago.
Se retira lentamente y a continuación vuelve a hundirse de golpe. Está empezando a alcanzar un ritmo estable. Permanece controlado, exacto y totalmente poderoso, pero sin la fuerza que sé que es capaz de alcanzar. Está dispuesto a demostrarme que no es necesario hacerlo con rudeza, con la rudeza que creo necesitar y que no sé si necesitaría de no estar embarazada. Me está concediendo un capricho.
Me está consintiendo. Y puedo sobrevivir con esto durante los próximos meses.
Gimo de nuevo mientras él empuja, y cuando siento que sus dientes se hunden en mi tobillo, echo la cabeza atrás y unos calurosos calambres recorren todo mi cuerpo, erizando mi piel y concentrándose intensamente entre mis piernas.
—Está perdiendo el control —jadea, y se eleva un poco más sobre sus rodillas, arrastrando la parte inferior de mi cuerpo consigo.
Empiezo a sacudir la cabeza, a agarrarme con más fuerza a la cabecera y a retorcer mi cuerpo para tratar de incorporarme, pero mi intento es en vano. Jamás lograré vencerlo. Me sujeta con firmeza de la cadera y me mantiene donde quiere que esté.
—No te resistas, _____. —Arremete con fuerza pero con cuidado. Aunque está muy lejos de alcanzar la potencia de la que es capaz, sigue siendo delicioso. No la necesito. La ansío. Hay una gran diferencia, pero ha alimentado mi deseo insaciable y ahora la espero.
Vuelve a hundirse en mí hasta el fondo. Intento incorporarme de nuevo pero no sirve de nada.
Jamás lo lograré, sólo conseguiré agotarme, y quiero reservar mis energías para la explosión que se está acercando. Muerdo el pañuelo y dejo escapar un grito ahogado.
—¿Hago que te sientas cómoda, nena? —pregunta con evidente engreimiento mientras se retira a un ritmo constante.
No lo miro. Cierro los ojos y centro la atención en los fuertes latidos de mi sexo. Me exige que lo controle. Me está dominando, y aunque lo hace de una forma lenta y casi sin esfuerzo, está muy dentro de mí y es muy placentero, así que voy a estallar.
—Lo estás haciendo bien, _____. —Se hunde, menea la cadera y vuelve a salir—. Mi seductora se está volviendo más fuerte. —Entra de nuevo, mueve la cadera, vuelve a salir.
Gimo y me agarro con fuerza a la cabecera. El flujo de su cuerpo en el mío es inconcebiblemente delicioso. Qué gusto. ¡Joder! Intento gritar su nombre pero sólo consigo emitir un aullido sofocado e inaudible.
—¡______! —susurra sonoramente—. ¡Cierra la boca!
A esa dura orden le sigue un movimiento menos controlado de sus caderas que me obliga a gritar de nuevo, pero el sonido es igualmente indescifrable. Empiezo a alcanzar la cúspide del placer. Acerca la boca a mi pierna, me clava los dientes en ella y comienza a acariciarme el clítoris con el pulgar. Ya está. Trago saliva. Mi cuerpo forma un rígido arco y los espasmos se apoderan de todos mis músculos.
Muerdo con fuerza el pañuelo de encaje. Si pudiera hablar, no pararía de decir palabrotas de placer, así que por suerte para él no puedo hacerlo. Estoy temblando y gimiendo. Tom sigue hundiéndose en mí, aún erecto, mientras continúa mordiéndome el tobillo. Estoy liberando el placer, pero parece no detenerse nunca.
Me siento tremendamente agradecida cuando finalmente me suelta la pierna y puedo tumbarme boca arriba. Estoy agotada, aunque mis músculos siguen contrayéndose sin parar alrededor de Tom mientras él continúa clavado en mi interior y se acomoda entre mis muslos.
—¿Te ha gustado? —pregunta con las cejas enarcadas con confianza mientras me mira. Yo
asiento y cierro los ojos a pesar de lo desesperada que estoy por mantenerlos fijos en su maravilloso rostro húmedo. También quiero tocar su pelo y tirar de él, pero tengo los brazos soldados a la cabecera—. Ni te imaginas la satisfacción que siento al ver cómo te deshaces bajo mi tacto —susurra.
Abro los ojos brevemente y veo cómo eleva su torso, apoyado sobre sus musculosos brazos. No intenta rozarme, parece contentarse con planear sobre mí.
Al cabo de unos instantes sigue en la misma postura, pero todavía dando sacudidas dentro de mí.
Me obligo a abrir bien los ojos. Me está mirando, esperando a que lo haga.
—Ha vuelto.
Sí, apenas, y sigue contrayéndose alrededor de su polla palpitante. Intento decir algo. Mi mente extenuada había olvidado que estoy amordazada, pero en cuanto me doy cuenta de mi limitación, convenzo a mis brazos para moverse y permitirme atrapar su cara entre las palmas de mis manos.
Lleva barba de dos días. Me encanta.
Gira la cabeza y me besa la palma antes de apoyarse sobre sus hombros y meter los dedos bajo el pañuelo para bajármelo por la barbilla hasta dejarlo alrededor de mi cuello. Ya puedo hablar y, curiosamente, ahora ya no quiero decir nada. Sostengo el rostro de Tom y absorbo la felicidad que emana de sus preciosos ojos cafeces y no necesito hacer nada más.
—Quiero besarte —declara, pero aunque su proclamación me resulta muy dulce, está a años luz de su típico «bésame», lo que probablemente explique mi ceño fruncido. Los ojos de Tom brillan con diversión.
—¿Ah, sí?
—Ajá. —Me pasa el pulgar por el labio inferior y observa atentamente—. Sí, mucho.
—Puedes besarme. —Estar amordazada ha hecho que se me seque la garganta y mi voz es áspera y grave.
Su dedo alcanza la comisura de mi boca y empieza a recorrer mi labio de nuevo hacia el otro extremo.
—No te estoy pidiendo permiso. —Cierra los ojos y los vuelve a abrir, fijándolos directamente en mí—. Sólo pensaba en voz alta.
—¿Y si dejas de pensar y actúas? —Elevo las caderas para mostrarle que me gustaría que me hiciera algo más que besarme. Sus movimientos van a hacer que vuelva a calentarme. Sigo palpitando y apretando su erección dentro de mí.
—¿Me está dando usted órdenes, señora Kaulitz?
—¿Me está rechazando, señor Kaulitz?
—No, pero...
—Ya sé quién tiene el poder —lo interrumpo, y él me sonríe con picardía mientras se agacha, pega los labios a los míos y toma lo que estoy tan dispuesta a darle.
—Jamás había probado nada tan delicioso. —Menea las caderas y sacude mis restos de placer.
—¿Ni siquiera un pastelito de _____? —le pregunto pegada a su boca húmeda y exuberante.
—Ni siquiera —confirma dándome besos por la cara hasta llegar a mi oreja—. Ni siquiera la mantequilla de cacahuete —murmura, baja el brazo y me rodea la rodilla con él. Tira de mi pierna flexionada hacia arriba y hunde el puño en el colchón de manera que mi pierna envuelva todo su brazo—. No hay nada tan puro... —me chupa el lóbulo—, tierno... —me lo mordisquea—, y desnudo... —dice, y tira de mi carne con los dientes. Me estremezco mientras me besa la mejilla y hunde la lengua en mi boca— como mi _____ —termina con un susurro—. Mi pura, tierna y desnuda _____. Y voy a tenerla tres días enteros... toda... para... mí.
Sonrío pegada a sus labios, hundo los dedos en su pelo y no puedo evitar darle un tironcito juguetón mientras él gruñe y me bendice con esas exquisitas y maravillosamente diestras caderas. Me penetra profundamente, con firmes embestidas, y luego se retira con suavidad. Yo suspiro y él gruñe, pero no tengo intención de volver a correrme. Podría hacerlo, pero no quiero. Quiero concentrarme en él, de modo que recibo sus movimientos con los míos, asegurándome de ofrecerle un contacto y un placer óptimos.
Cuando noto que sus músculos se tensan alrededor de mi cuerpo, sé que está a punto, de modo que lo beso con más intensidad, le tiro del pelo con algo más de fuerza y gimo. Está cerca y, cuando se retira lanzando un grito ahogado, sé que quiere verme los ojos. Mis manos se desplazan directamente a su cuello. El pulso de la vena de su cuello va en consonancia con su respiración agitada. Nuestras miradas se encuentran, la suya cargada de deseo y la mía llena de entrega.
—Se me va a salir el corazón —murmura embistiéndome una última vez hasta el fondo y
permaneciendo ahí mientras inhala con dificultad y empieza a temblar—. Joder, qué gusto.
Yo no me corro, pero eso no evita que jadee ligeramente y que tenga que esforzarme por
controlar mi propia respiración. Le rodeo la cintura con los muslos y elevo los brazos a sus hombros para tirar de él hacia mí.
Lo beso intensamente e invado su boca con ansia mientras su cuerpo tiembla y se sacude.
—¿Te ha gustado? —le pregunto pegada a su boca.
Él continúa besándome y me muerde la lengua ligeramente.
—Joder, no hagas preguntas estúpidas —me advierte, muy serio.
Después se aparta, se tumba boca arriba y levanta el brazo instándome a ocupar mi sitio
preferido. Mis dedos se posan sobre su cicatriz y empiezan a recorrerla de un lado a otro mientras él me estrecha entre sus brazos con fuerza y aspira mi cabello.
—¿Estás bien?
—Joder, no hagas preguntas estúpidas —digo sonriendo pegada a su pecho.
—______, un día te meteré una pastilla de jabón en la boca.
Es capaz.
—¿A qué hora salimos?
—Sobre las siete. El vuelo sale a mediodía desde Heathrow.
—¿Desde Heathrow? ¿Tenemos que ir de nuevo hasta Londres? —exclamo. ¿Está de coña?
—Sí. Fue el único vuelo que encontré con tan poco tiempo.
Me hundo en su pecho, pero ese tono era inapelable y, además, ¿qué conseguiría quejándome?
Nada, y no sólo por la falta de tiempo y de disponibilidad.
—Podrías haber reservado algo desde Bristol, al menos —replico.
No he podido resistirme.
—Cállate. Hablemos de nuestros planes para el fin de semana.
—¿Has hecho planes? —pregunto.
—Sí, e incluyen un montón de encaje y mucha más piel desnuda. —Me besa la cabeza y pronto olvido mi enfado.

Mi hombre y yo solos y un montón de piel desnuda tras haber retirado una pila de encaje... lentamente. Sonrío, me acurruco más contra él y mi mente adormilada empieza a apagarse pensando en mil cosas relacionadas con Tom.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS .. YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO .. HASTA PRONTO :))

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