CAPITULO
# 19.-
El
silencio que nos rodea es doloroso. Durante el trayecto en ambulancia, yo
lloraba y Tom me decía cuánto me amaba. No puedo evitar pensar que lo hace
simplemente porque no sabe qué otra cosa hacer. No hay consuelo en esas
palabras. No ha dicho que no pasa nada porque sé que sí pasa. No ha dicho que
no es culpa mía porque sé que lo es. No ha dicho que estaremos bien de
cualquier manera, y no sé si lo estaremos. Ahora que empezaba a ver la luz al
final del túnel interminable de problemas, nos toca la peor de las calamidades,
un daño irreparable. No creo que nada pueda arreglar esto. Va a
poner
a prueba el amor que sentimos el uno por el otro. Sin embargo, el dolor que
noto en las entrañas no me llena de esperanza. No estoy segura de que podamos
sobrevivir a esto. Me lo echará siempre en cara.
Me
saca en brazos de la ambulancia y rechaza la silla de ruedas que le ofrece una
enfermera.
Sigue
al doctor en silencio a través de un pasillo en el que hay mucho ajetreo, con
la vista al frente y respondiendo a todo lo que le preguntan con monosílabos.
Sólo percibo el atronador latido del corazón de Tom bajo la mano que descansa
en su pecho. Mis terminaciones nerviosas parecen haber muerto.
No
siento nada.
Tras
una eternidad subiendo y bajando con suavidad en los brazos de mi marido, me
deposita en una enorme cama de hospital en una habitación privada. Es
considerado, y todas sus acciones son dulces y cariñosas: me acaricia el pelo,
me coloca la cabeza sobre la almohada y me cubre las piernas con la fina sábana
que está doblada a los pies. Pero todavía no hay palabras de consuelo o apoyo.
Estamos
rodeados por todos lados de aparatos e instrumental médico. Una enfermera
permanece en la habitación, pero los hombres de la ambulancia se marchan tras
dar un breve parte sobre mí, lo que ha ocurrido y las observaciones que han
realizado de camino al hospital. La enfermera toma nota, me pone cosas en la
oreja y sostiene otras cosas contra mi pecho. Me hace preguntas y yo respondo
en voz baja, aunque todo el tiempo mantengo la vista fija en Tom, que está
sentado en una silla con la cabeza entre las manos. La enfermera me pasa un
camisón y tengo que dejar de mirar a mi afligido hombre. La mujer me sonríe. Es
una sonrisa compasiva. Después se marcha de la habitación. Sostengo un rato el
camisón y el tiempo pasa. Pienso que podría ser la semana siguiente, o incluso
el año que viene. Quiero que sea ya el año que viene. ¿Se habrán ido ya para
entonces este dolor y este sentimiento de culpa paralizante?
Al
final me vuelvo hacia un lado de la cama, le doy la espalda a Tom y me bajo la
cremallera del vestido. En el silencio, lo oigo levantarse, como si mis
movimientos lo hubieran sacado de su pesadilla y se hubiera dado cuenta de sus
obligaciones.
Se
planta delante de mí. Me escuecen los ojos y sigo mirando al suelo.
—Déjame
a mí —dice con ternura, y se ocupa de quitarme el vestido.
—No
pasa nada. Puedo hacerlo yo sola —contesto en voz baja. No quiero que haga nada
que no quiera.
—Es
probable. —Me quita el vestido por encima de la cabeza—. Pero ése es mi trabajo
y quiero conservarlo.
Empieza
a temblarme la barbilla cuando trato de contener las lágrimas. No quiero que se
sienta más culpable aún.
—Gracias
—susurro, pero evito que vea mis ojos llorosos.
Es
una misión imposible, especialmente cuando se inclina, hunde la cabeza en mi
cuello y yo escondo la mía en el suyo.
—No
me des las gracias por cuidarte, _____. Para eso he venido al mundo. Es lo que
me mantiene aquí. No se te ocurra darme las gracias.
—Lo
he fastidiado todo. He destruido tu sueño.
Me
tumba en la cama y se arrodilla delante de mí.
—Mi
sueño eres tú, ______. Día y noche, sólo tú. —Veo borroso, pero distingo
perfectamente las lágrimas que caen de sus ojos cafeces—. Puedo arreglármelas
sin nada, excepto sin ti. Nunca podría. No insinúes que crees que es el final.
Para nosotros nunca habrá final. Nada nos separará, _____. ¿Me entiendes?
Asiento
pese a mi llanto silencioso, incapaz de articular palabra. Se seca las mejillas
con el dorso de la mano.
—Haremos
que esta gente nos diga que todo está bien y nos iremos a casa para estar
juntos.
Asiento
de nuevo.
—Dime
que me quieres.
Se
me escapa un fuerte sollozo y mis brazos buscan sus hombros para atraerlo hacia
mí.
—Te
necesito.
—Y
yo a ti —susurra. Tiene las manos en mi espalda, frías y temblorosas, pero me
dan el apoyo que me hace falta. Estaremos bien. Con el corazón roto, pero
bien—. Voy a ponerte el camisón.
Me
levanta de la cama pero él permanece arrodillado. Me quita la ropa interior
manchada de sangre. No puedo verlo. Aprieto los párpados y siento sin ver cómo
mis bragas se deslizan por mis muslos. Me da un golpecito en los tobillos para
poder quitármelas por los pies, pero durante todo el tiempo permanezco con los
ojos cerrados. Se aparta de mi lado un instante y oigo correr el agua de un grifo
abierto. Vuelve y, con cuidado, me pasa un trapo húmedo por el interior de los
muslos. Se me encoge el corazón en el pecho y reprimo las lágrimas que amenazan
con brotar.
—Los
brazos. —El tono cariñoso con el que pronuncia la orden me anima a abrir los
ojos.
Sostiene
el camisón delante de mí. Me lo mete por los brazos y me da la vuelta para
poder atármelo—.Arriba. —Me coloco en posición y llaman a la puerta. Entonces,
Tom les dice que pueden pasar.
Entra
la misma enfermera pero esta vez trae consigo a un médico. Cierra sin hacer
ruido y saluda a mi marido con una inclinación de la cabeza. Tom está más
alerta y sé por qué.
El
médico ajusta la máquina que hay a un lado de la cama y se sienta en el borde.
—¿Cómo
te encuentras, _____? —me pregunta.
—Bien.
Me
sale la misma palabra que Tom ha amenazado con estamparme en el culo. Mi hombre
suspira pero no dice nada.
—Estoy
bien, gracias.
—Vale.
¿No te duele nada? ¿Sientes alguna molestia? ¿Tienes cortes o magulladuras?
—No,
nada.
Sonríe
ligeramente.
—Vamos
a ver qué hay. Voy a examinarte.
Incluso
ahora, en nuestro momento más triste, siento que Tom se tensa ante la
perspectiva de que otro hombre me ponga las manos encima. Lo miro con ojos
suplicantes pero él niega con la cabeza.
—Voy
a esperar fuera —dice en voz baja dando un paso atrás en dirección a la puerta.
—¡Ni
lo sueñes! —le espeto—. ¡No te atrevas a dejarme!
Sé
que lo está pasando fatal y que la idea de que otro hombre me toque le resulta
insoportable. Es parte de su territorialidad irracional, de su forma de ser
imposible. Pero tiene que superarlo.
El
médico nos mira, algo desconcertado, y espera a que Tom tome la iniciativa y se
siente a mi lado en la cama. ¿Qué haré si se marcha? No creo que pueda
soportarlo. Sin embargo, respira hondo, coge fuerzas y se sienta a mi lado. Me
coge la mano entre las suyas y se las lleva al pecho. Agacha la cabeza. No
puede mirar.
Estoy
flanqueada a un lado y a otro. Un hombre me examina con cuidado y el otro
respira hondo y me aprieta la mano. Echo la cabeza atrás y miro al techo. Estoy
deseando terminar con esto para que Tom pueda llevarme a casa y podamos
comenzar el doloroso proceso de asimilar lo que ha pasado.
¿Quién
conducía el DBS? Esto arroja una luz completamente diferente sobre el episodio
del desmayo en el bar. No creo que Mikael esté tan trastornado por la venganza
como para llegar a estos extremos.
—Está
un poco frío —dice el médico.
A
continuación desliza el aparato por mi interior sin quitarle ojo a la pantalla
y la pequeña
habitación
se llena de unos zumbidos y unos golpeteos distorsionados. El médico emite
sonidos extraños mientras aprieta botones con una mano y con la otra hace
presión con la sonda. No duele.
Nada
duele porque todavía estoy insensible. Y de repente deja de mover la mano y de
pulsar botones en el ecógrafo. Miro al médico, que está estudiando con atención
la imagen de la pantalla. Y al final me mira.
—Todo
está bien, _____.
—¿Perdón?
—susurro. Mi corazón moribundo se ha despertado de repente y amenaza con salírseme
por la boca, decidido a asfixiarme del susto.
—Todo
correcto. Un leve sangrado en los primeros meses del embarazo puede ser
perfectamente normal pero, dadas las circunstancias, teníamos que ser precavidos.
Tom
me aprieta la mano con fuerza, tanto que al final siseo de dolor. Afloja de
inmediato y levanta poco a poco la cabeza hasta que sus ojos encuentran los
míos. Son enormes estanques cafeces que reflejan su sorpresa y tiene las
mejillas empapadas. Sacudo la cabeza como si, de todo el horror que ha traído
el día, éste fuera el instante que he soñado. Nos limitamos a mirarnos. Ninguno
de los dos sabe qué hacer con la noticia. Tom intenta hablar pero no puede. Yo
lo intento también pero no logro articular palabra.
Se
pone en pie y vuelve a sentarse para levantarse de nuevo después. Me suelta la
mano.
—¿_____
sigue estando embarazada? Ella... ella... hay... estamos...
El
médico se ríe.
—Sí,
_____ sigue estando embarazada, señor Kaulitz. Siéntese. Se lo mostraré.
Tom
me mira un instante con ojos estupefactos y luego mira la pantalla.
—Prefiero
estar de pie, si no le importa. Necesito mover las piernas. —Se inclina sobre
la cama con los ojos entornados—. No veo nada.
Es
duro, pero dejo de mirar a mi marido. Yo también quiero verlo. No obstante, en
la pantalla sólo distingo borrones en blanco y negro.
—Miren,
ahí están. Dos latidos perfectos.
Frunzo
el ceño. ¿Dos latidos?
Tom
se echa hacia atrás y casi mira mal al médico.
—¿Mi
bebé tiene dos corazones?
El
doctor se ríe y nos mira, divertido.
—No,
señor Kaulitz. Cada uno de sus bebés tiene un corazón y los dos laten
perfectamente.
Se
queda boquiabierto y empieza a andar hacia atrás hasta que la parte posterior
de sus piernas choca contra una silla y se cae de culo sobre el asiento con un
estruendo.
—Perdone,
¿me lo repite? —farfulla.
El
médico sonríe. ¿Le hace gracia? A mí, desde luego, no. ¿He pasado de tener un
bebé a no tener ninguno y ahora a tener dos? Al menos, eso es lo que parece que
está diciendo. El hombre de la bata blanca mira a Tom.
—Señor
Kaulitz. Se lo diré más claro, para que nos entendamos.
—Se
lo ruego —susurra Tom.
—Su
mujer espera mellizos.
—Joder.
—Traga saliva—. Tenía el presentimiento de que iba a decir eso. —Me mira, pero
sin espera una palabra, una expresión facial o lo que sea, puede esperar sentado.
Todavía estoy insensible y patidifusa. ¿Mellizos?
—Está
de unas seis semanas.
Sí,
estoy pasmada. No obstante, sé que lo que dice el médico es imposible. Tuve la
regla hace cinco semanas, más o menos. No puedo estar de más de cuatro.
—Perdone,
pero no puede ser. Tuve mi última regla en ese tiempo, y antes de eso tomaba la
píldora.
No
tiene por qué enterarse de que me olvidé de alguna pastilla aquí y allá. Ahora
ya no importa.
—¿Tuvo
usted el período? —pregunta.
—¡Sí!
—Eso
no es inusual —contesta con naturalidad—. Déjeme hacer algunas comprobaciones.
¿No
lo es? Miro a Tom con cautela pero sólo veo un cuerpo esbelto petrificado en el
sitio. Parece un fósil. ¿Seguirá igual de entusiasmado? No lo sé, pero más le
vale acostumbrarse: es todo culpa suya. No pienso cargar con la culpa de esto.
Sí, debería haber sido más cuidadosa. Debería haber hecho caso de mi intuición
y haberle parado los pies antes. O tal vez no. Ésta es la venganza suprema.
Él
no esperaba esto, no era lo que quería. Si no estuviera tan atónita, pensaría
que le he dado en la cresta. Creo que me partiría de la risa en su hermosa cara
de sorpresa y le diría que él se lo ha buscado. ¿No quería un bebé? Pues toma.
Así que más le vale espabilar e ir haciéndose a la idea. Va a ser papá, ya lo
creo que sí. Ya me encargaré yo de que así sea. Mi ex donjuán neurótico e
imposible tiene todo un reto entre manos: una esposa histérica hecha un saco de
hormonas y dos bebés. Sonrío para mis adentros mientras dejo caer la cabeza
sobre la almohada y viajo al país del caos, un lugar en
el
que Tom se tira de los pelos. Y yo lo miro y sonrío a nuestros dos pequeños,
que corretean entre sus tobillos y reclaman su atención. Es una fantasía que
muy pronto se hará realidad. Mi señor va a tener competencia en el apartado de
exigencias y demandas porque, si hay algo que deseo con todo mi corazón, es que
los bebés hereden todos sus rasgos molestos e irritantes. Espero que salgan a
su padre y que lo desobedezcan todos los días durante el resto de su vida. Miro
su cuerpo inmóvil y me río para mis adentros. También espero que se parezcan a
él, porque es muy guapo y es todo amor, un amor tan
intenso
que se le sale del pecho. Amor para mí y para nuestros bebés.
Acabo
de aterrizar en el séptimo cielo de Tom.
Me
aconsejan unos días de reposo y que me examinen las cervicales. El médico
imprime la ecografía y nos da el alta. Salimos del hospital cogidos de la mano.
Tom sostiene con cuidado la pequeña imagen en blanco y negro. Tengo que
indicarle el camino todo el rato porque está ensimismado con la foto y no ve
por dónde va. John viene a buscarnos y nos lleva al Lusso. Se ríe a mandíbula
batiente, a carcajada limpia, cuando lo pongo al corriente de las novedades. He
tenido que hacerlo yo porque Tom sigue mudo; ni siquiera le pregunta a John si
ha recuperado el DBS. Así que lo hago yo. Ha perdido de vista el dichoso coche.
Casey
parece estupefacto al no recibir ningún gruñido. Meto a Tom en el ascensor e
intento sonsacarle el código nuevo. No me lo quiere decir. Lo introduce en el
sistema, abstraído en otra cosa.
Tres,
dos, uno, cero.
Me
muero de la risa por dentro pero por fuera mantengo la compostura.
Ahora
estamos en la cocina, Tom tirado en un taburete, mirando la ecografía sin
moverse, y yo bebiéndome un vaso de agua, esperando que mi hombre vuelva a la
vida. Le doy media hora, luego le tiraré
un cubo de agua fría.
Voy
arriba, llamo a Kate y oigo su grito ahogado de sorpresa, primero por la
dramática
persecución
en coche, y después por la buena nueva de los mellizos. Luego se ríe. Me ducho,
me seco el pelo, me echo crema y me pongo mis pantalones de pescador tailandés.
Al menos éstos se irán ensanchando al mismo tiempo que mi barriga.
Cuando
vuelvo abajo, todavía está sentado y sin moverse en la isleta, mirando la
imagen de la ecografía.
Algo
frustrada, me siento a su lado y acerco su cara a la mía.
—¿Vas
a volver a hablar algún día?
Sus
ojos vagan por mi rostro durante una eternidad. Encuentran los míos.
—Joder,
_____. No puedo respirar.
—Yo
también me he quedado a cuadros —confieso, aunque no tanto como él.
Los
dientes se ciernen sobre el labio inferior y lo agarran con fuerza. Los
engranajes se ponen a trabajar en el tema. Me pongo en alerta de inmediato.
—Yo
tenía un hermano mellizo —dice en voz baja.
CAPITULO
# 20 .-
Me
siento de nuevo en el taburete y, por enésima vez, soy incapaz de articular
palabra. Nada. No me viene nada a la cabeza. Estoy más pasmada ahora que en
cualquier otro momento de este largo día.
Él
sonríe con cariño.
—Mi
chica vivaz se ha quedado sin habla.
Es
verdad. Estoy totalmente perpleja. A estas alturas debería estar acostumbrada a
este tipo de sorpresas por parte de este hombre, pero no es así, siempre me
pilla desprevenida.
Levanta
la mano y me acaricia la mejilla con suavidad. Después la desliza por mi cuello
y traza pequeños círculos con el pulgar en mi garganta.
—Ven
a bañarte conmigo —dice tranquilamente, se levanta del taburete y tira de mí
para
ponerme
de pie también—. Necesito estar contigo.
Me
eleva hasta su cuerpo, rodeo sus hombros con los brazos y mis piernas se
colocan en su lugar favorito mientras nos dirigimos al piso de arriba. Sin
pensarlo, acerco los labios a su cuello y lo beso.
Lo
beso, lo huelo y lo siento. Inhalo su aroma fresco, y todos sus ángulos duros
me reconfortan tremendamente. Sé que va a iluminarme con una parte muy
importante de su historia, pero no voy a presionarlo. No voy a intentar
sonsacárselo todo ni a tener una pataleta si decide no contármelo.
Podría
haber achacado su estado a la sorpresa ante las últimas nuevas. Lo habría
creído. Sin embargo, no lo ha hecho. Ha compartido algo, una parte de sí, sin
que tuviera que amenazarlo para que me proporcionara esa información. Me ha
confesado que tenía un hermano, no que lo tenga. Y el hecho de que su mujer
esté embarazada de mellizos ha sacado a la superficie algo que llevaba
enterrado en el fondo de su ser.
Me
coloca sobre el mueble del lavabo e inicia la rutina de comprobar la
temperatura, verter sales de baño y remover el agua para que se formen algunas
burbujas. Prepara las toallas, coloca el gel y el champú junto a la bañera y
regresa a mi lado cuando ha terminado y la tina está llena. Me levanta la camiseta
de tirantes, me besa en los labios y empezamos a masajearnos lentamente las
lenguas mientras me quita la ropa. Tan sólo nos separamos brevemente para dejar
que me saque la camiseta por la cabeza, después nos unimos de nuevo y
continuamos con nuestro beso dulce y largo. Es un beso
especial.
Un beso muy especial. Retraso el quitarle la camiseta para no tener que
abandonar sus labios. Este beso no precede a una sesión de sexo intenso.
Precede a una confesión de algo que le resulta doloroso, y sé qué es lo que
está sucediendo en este preciso momento. Verter su amor en mí a través del
contacto de nuestras bocas es su manera de hallar la fuerza que necesita para
exteriorizarlo. Es su forma de comprobar que soy real antes de descargar un
pasado de sufrimiento.
Deslizo
las manos por debajo de su camiseta y me deleito acariciando los duros y
fuertes
músculos
de su estómago.
—Quítamela
—murmura entre nuestros labios—. Por favor, despójanos de todo lo que nos
separa.
Su
petición me hace flaquear ligeramente, pero cuando me besa con un poco más de
fuerza, vuelvo a recuperar la tónica del momento. No me estaba pidiendo sólo
que le quite la ropa. Me apresuro. La necesidad de sentir su piel desnuda sobre
la mía se ha convertido inmediatamente en mi mayor prioridad, de modo que me
aparto de su boca y le quito la camiseta. Continúo con los vaqueros y los dejo
caer por sus piernas para que pueda sacárselos de una patada. Me levanta del
mueble y me desliza los pantalones tailandeses y las bragas de encaje por los
muslos. Me asomo para comprobar
que
no haya sangre. No la hay. Nuestros pequeños están bien. Me coge en brazos y
hundo directamente las manos en su pelo. Separo los labios y los pego a su boca
mientras se mete en la bañera conmigo aferrada a él y empieza a agacharse.
—¿Está
buena el agua? —murmura mientras me acomodo sobre sus muslos.
—Sí.
Pego
el cuerpo al suyo hasta que mis senos quedan aplastados contra la inmensa
dureza de su pecho; apoyo los codos sobre sus hombros, acaricio con las manos
toda su cabeza y lo beso suavemente sin descanso.
—Siempre
te parece que está bien —susurra.
—Todo
me parece perfecto si te tengo.
—Me
tienes. —Me hunde los dedos en el pelo, me lo agarra y se aparta. Le echo el
aliento en la cara—. Lo sabes, ¿verdad?
—Te
has casado conmigo, claro que lo sé.
Sacude
la cabeza, me agarra la mano, me saca el anillo de boda y lo sostiene en alto.
—¿Crees
que esto simboliza mi amor por ti?
—Sí
—admito.
Sonríe
un poco, como si yo no entendiera nada. Y es verdad.
—Entonces
deberíamos quitar estos diamantes e incrustar mi corazón —añade al tiempo que vuelve
a colocármelo en el dedo lentamente.
Me
deshago en su regazo y apoyo las manos en su pecho.
—Me
gusta tu corazón donde está. —Me inclino y pego los labios a su piel—. Me gusta
cómo se hincha cuando me miras.
—Sólo
por ti, nena. —Une nuestras bocas y se pasa unos cuantos instantes
reafirmándolo—. Deja que te bañe —murmura mientras hace descender los labios
por mi garganta—. Date la vuelta.
A
regañadientes, dejo que me vuelva para que pueda ponerse de rodillas, sentarse
de nuevo y colocarme de nuevo entre sus muslos para comenzar con las rutinas
del baño. Suspiro complacida pero no digo nada. No pienso forzar una
conversación en la bañera. Esta vez, no. Tiene que salir de él. Es evidente que
mi mente curiosa no para de dar vueltas, pero no seré yo quien rompa este
cómodo silencio. Además, me encuentro en el séptimo cielo de Tom, deleitándome
en su cariño. El pasado de mi señor no afecta para nada a nuestro futuro. Él
mismo lo dijo, y ahora, más que nunca, sé a qué se
refería.
—
¿Estás bien? —pregunta mientras me pasa la esponja por el cuello.
Sonrío.
—Estoy
bien.
Veo
cómo se forman pequeñas ondas en el agua cuando se acerca más a mí y apoya la
boca en mi oreja.
—Estoy
un poco preocupado por mi pequeña seductora desafiante —susurra.
No
quiero excitarme, pero es algo que jamás podré evitar cuando lo tenga cerca, y
menos si encima me respira en el oído. Pego la mejilla contra él.
—¿Por
qué?
—Porque
está demasiado callada cuando sabe que tengo información que compartir con
ella. —Me besa en la sien y se inclina hacia atrás arrastrándome consigo.
—Sé
que cuando quieras contármelo lo harás.
Su
pecho se agita ligeramente debajo de mí con una risa silenciosa.
—Este
embarazo está transformando por completo a mi chica. —Acerca las manos y las
apoya en mi vientre—. Primero ha desarrollado una fobia a tener mi polla en la
boca. —Levanta las caderas y las pega contra mis lumbares, como si quisiera
demostrarme lo que me estoy perdiendo. Sé perfectamente lo que me estoy
perdiendo, y no me gusta nada—. Y después cesa en sus enérgicas exigencias de
información.
Me
encojo de hombros con aire despreocupado.
—Mi
señor también ha dejado su amplia gama de polvos expertos, así que estamos
empatados, ¿no?
Se
echa a reír, y me cabrea un poco estar de espaldas a él, porque sé que si
estuviera de frente vería el brillo de sus ojos y las pequeñas arrugas que se
forman en sus comisuras.
—Y,
sin embargo, sigue regalándome esa boca tan malhablada —dice.
Me
pellizca ligeramente por encima del hueso de la cadera y yo doy un respingo y
lanzo un gritito. Después deja que me vuelva a acomodar. Se hace el silencio
otra vez. Casi puedo oír su mente dando vueltas. Es como si quisiera que lo
obligara a soltarlo, pero no voy a hacerlo. Estamos en un punto muerto
silencioso.
Por
fin suspira y empieza a trazar pequeños círculos con las puntas de los dedos a
ambos lados de mi ombligo.
—Se
llamaba Bill.
No
dice nada más que eso. Me proporciona el nombre de su hermano mellizo y no dice
nada más, y yo me quedo tumbada en silencio encima de él, esperando a que
prosiga. Necesita tomarse su tiempo, y no voy a atosigarlo. Sé que quiere que
lleve yo la delantera a partir de aquí, pero necesito que me lo confiese todo
por su propia voluntad.
—Lo
estás haciendo a propósito, ¿verdad? —pregunta. Sabe que sí, así que no le
contesto.
Suspira
de nuevo y mi cuerpo se eleva y desciende con él—. Me tenía idealizado. Quería
ser como yo.
Nunca
entenderé por qué.
Parece
furioso.
Empiezo
a darme la vuelta para mirarlo. Ahora me encuentro boca abajo, tendida encima
de él y observando sus ojos cafeces cargados de dolor.
—No
puedo hacer esto solo, nena. Ayúdame.
Mis
instintos se apoderan de mí. Me aprieto contra su cuerpo un poco más arriba
para poder apoyar la cara en el hueco de su cuello.
—¿No
os parecíais? —pregunto. Los mellizos a menudo se parecen.
—Éramos
totalmente diferentes. En aspecto y en personalidad.
—¿Él
no era un dios? —pregunto tranquilamente, pensando que quizá acabo de sugerir
que su hermano mellizo era feo. No era lo que pretendía, pero tenía que serlo
si era totalmente opuesto a Tom. Me acaricia la espalda suavemente.
—Él
era un genio.
—¿Y
eso es ser diferente de ti? —pregunto.
—Bill
tenía un cerebro prodigioso. Yo tenía mi aspecto, y lo utilizaba, como bien
sabes. Pero Bill no utilizaba su cerebro. Si lo hubiera hecho, ahora no estaría
muerto.
Vaya.
Dejo apartados mis pensamientos previos porque ahora me vienen a la mente un
sinfín de preguntas y no puedo contenerlas.
—¿Cómo
murió?
—Lo
atropelló un coche.
—¿Y
por qué dices que no usaba su cerebro?
—Porque
iba borracho cuando se cayó en la carretera.
De
repente empiezo a entenderlo todo. Por eso reaccionó así cuando pisé la
carretera el viernes estando ebria.
—Carmichael
no es el único motivo por el que no te hablas con tus padres, ¿verdad?
—pregunto.
—No,
el principal motivo es que mi hermano murió por mi culpa —responde sin ningún
rastro de emoción en la voz, acaso con tono sarcástico y transpirando
resentimiento—. Lo de Carmichael y La Mansión sucedió después y fue la gota que
colmó el vaso.
—¿Bill
era su preferido? —Detesto haber dicho eso.
Me
enfurece pensarlo, pero estoy empezando a asimilarlo todo muy despacio. No
conozco a la familia de Tom, y no me apetece nada hacerlo después de que me
dijera que se avergüenzan de él y del estilo de vida que llevaba. Sin embargo,
toda esa historia indica que su desencuentro no fue a causa de La Mansión y de
todo lo que eso conllevaba.
—Bill
era el hijo que todo padre desea tener. Yo no. Lo intenté. Estudiaba, pero
tenía que hacer un esfuerzo mucho mayor que él.
—¿Y
él quería ser como tú?
—Ansiaba
la libertad de la que yo disfrutaba por ser el hijo que, según ellos, tenía
menos
potencial.
Centraban toda la atención en Bill, el genio, el hijo del que estaban
orgullosos. Bill iría a Oxford. Bill habría ganado su primer millón antes de
cumplir los veintiuno. Bill se casaría con una chica inglesa de buena familia y
tendría hijos educados, amables y listos. —Hace una pausa—. Pero Bill no quería
nada de eso. Quería llevar las riendas de su propia vida, y lo más triste es
que lo habría hecho bien por sí solo.
—¿Y
qué pasó? —Estoy muy intrigada. Por fin ha empezado a soltarse.
—Hubo
una fiesta en casa de alguien. Ya sabes, mucho alcohol, chicas y...
oportunidades.
Sí,
ya lo sé, y seguro que Tom no se perdía ninguna.
—Estábamos
a punto de cumplir los diecisiete. Nos estábamos preparando los exámenes
finales y a punto de enviar la solicitud de matrícula a Oxford. Por supuesto,
fue idea mía.
—¿El
qué?
No
estoy segura de hacia dónde va esta historia, pero voy a averiguarlo.
—Salir
y comportarnos como adolescentes, librarnos un poco de los estudios y dejar de
intentar cumplir las expectativas de nuestros padres. Sabía que acabaría
pagándolo, pero estaba preparado para enfrentarme a su ira. Íbamos a salir a
tomar unas copas juntos, como hermanos. Quería pasar un poco de tiempo con él,
como críos normales. Sólo fue una noche. Jamás pensé que terminaría pagándolo
tan caro.
Se
me parte el corazón. Me despego de su cuello y me incorporo. Tengo que verle la
cara.
—¿Se
te fue de las manos?
Enarca
las cejas.
—¿A
mí? ¡No! Yo me tomé unas cuantas, pero Bill no dejaba de beber chupitos como si
se acabara el mundo. Prácticamente tuve que sacarlo de aquella casa a rastras.
Luego empezó a sincerarse y me dijo lo mucho que odiaba toda aquella presión y
que no quería ir a Oxford. Entonces hicimos un pacto. —Sonríe con cariño—.
Decidimos que les diríamos juntos a nuestros padres que no queríamos hacerlo.
Que queríamos tomar nuestras propias decisiones para perseguir nuestros sueños,
no para impresionar a los capullos estirados con los que ellos se relacionaban.
—Ahora sonríe
ampliamente—.
Él quería ser piloto de motociclismo, pero eso estaba mal considerado. Era
demasiado imprudente. —Cierra los ojos con fuerza y los abre de nuevo, esta vez
carentes de brillo—. Jamás lo había visto tan contento ante la idea de
rebelarse conmigo, de hacer lo que realmente queríamos para variar, no lo que
nos decían que hiciéramos. Y entonces cruzó la carretera. —Me mira fijamente y estudia
mi reacción. Quiere saber si creo que fue culpa suya.
—Nadie
puede culparte por ello —digo, algo furiosa.
Él
sonríe y me aparta el pelo de la cara.
—Me
culpan porque soy culpable. No debería haber apartado a Bill del buen camino
arrastrándolo
conmigo. El muy idiota no debería haberme escuchado.
—Por
lo que cuentas, no parece que tuvieras que arrastrarlo mucho —rebato.
—_____,
él estaría vivo si...
—No,
Tom. No pienses así. La vida está llena de síes. ¿Y si tus padres no os
hubiesen
presionado?
¿Y si les hubieseis plantado cara antes y hubieseis dicho basta?
—¿Y
si no nos hubiésemos rebelado? —dice, muy serio.
Sé
que se ha hecho muchas veces esa pregunta y nunca ha encontrado la respuesta.
Estoy a punto de ceder, pero...
—Entonces
nunca me habrías conocido —replico. Las emociones se agolpan en mis cuerdas vocales—.
Y yo nunca te habría conocido a ti —digo con un hilo de voz.
La
sola idea me mata. Un torrente de lágrimas empieza a descender por mi rostro.
Es algo impensable. Insoportable. Todo sucede por alguna razón, y si Bill
siguiera vivo, estoy convencida de que la vida de Tom habría tomado un rumbo
muy diferente y jamás nos habríamos conocido. Le he dicho esto en un intento de
mitigar el pesar que le producen esos estúpidos pensamientos que lo atormentan
desde hace tanto tiempo.
Echa
la cabeza hacia atrás y me mira el vientre.
—Todo
lo que me ha pasado en la vida me ha llevado hasta ti, _____. Ha tardado una
eternidad, pero por fin he encontrado mi lugar.
Le
agarro la mano y la sostengo pegada a mi barriga.
—Conmigo
y con estas dos personitas.
Asciende
la mirada por mi cuerpo, me agarra de la cintura con la otra mano y me aprieta
contra sí.
—Contigo
y con estas dos personitas —confirma—. Nuestros pequeños.
Ahora
entiendo por qué ha reaccionado así al recibir la noticia, y cuanto más me
habla de sus padres, menos me gustan. Su obsesión por guardar las apariencias
destrozó a su familia.
—¿Y
qué hay de Amalie? —pregunto.
—Amalie
acabaría casándose con un hombre de bien y sería una buena esposa y madre, e
imagino
que ha cumplido con su deber. En la invitación de boda decía «doctor David»,
¿verdad?
—Sí.
—Pues
ahí lo tienes —concluye con una amargura que no puedo evitar compartir.
No
quiero conocer a los padres de Tom en mi vida. En mi mente imagino a su padre
como el típico burgués inglés estirado con un reloj de bolsillo, una escopeta y
un par de pantalones de cuadros metidos en unas botas de goma. A su madre la
veo como la típica señora siempre correcta que viste trajes de dos piezas, que
lleva pendientes de perlas auténticas y que sólo sirve té en vajillas de porcelana
fina inglesa a la hora que debe tomarse. Y tiene que ser Earl Grey, por
supuesto. Sonrío para mis adentros al imaginarme sus caras ante los constantes
tacos de Tom.
Y
en cuanto a La Mansión... Todo empezó tras la muerte de Bill, como si se
hubiera propuesto compensar su ausencia. Como si, de algún modo extraño,
estuviera vengando la muerte de su hermano. Empezó a comportarse doblemente mal
para compensar la desaparición de Bill y asegurarse de que no rompía el pacto.
Espero que el sueño de Tom no fuese convertirse en un mujeriego hedonista. Y
ahora entiendo su interés por las motos de carreras.
—¿Empezaste
a pasar más tiempo con Carmichael tras la muerte de tu hermano?
—Sí.
Carmichael sabía cómo me sentía con respecto a mis padres. Él había soportado
lo mismo con mi abuelo. —Me pasa la mano por toda la espalda—. ¿Estás cómoda?
—Sí,
estoy bien —me apresuro a responder para que continúe con su historia.
—Fue
un alivio. Me ayudó a escapar del recordatorio diario de que Bill ya no estaba
conmigo, y me distraía con los trabajos que mi tío me encargaba por La Mansión.
—Se revuelve un poco—. ¿Seguro que estás cómoda?
—¡Que
sí! —Le pellizco el pezón y él se echa a reír. Esto es estupendo. Se siente
bien
compartiendo
estas cosas conmigo.
—Está
cómoda —susurra.
—Sí.
¿Qué tipo de trabajos hacías?
—De
todo un poco. Recogía los vasos por el bar, cortaba el césped. Mi padre se
subía por las paredes, pero no pudo impedírmelo. Después anunciaron que nos
mudábamos a España.
—Y
te negaste a marcharte.
—Sí.
Yo todavía no había entrado en las habitaciones de La Mansión. Seguía siendo
virgen en ese sentido. —Sé que está sonriendo con malicia—. Pero el día que cumplí
dieciocho años, Carmichael me dejó a mi aire por el bar. Es lo peor que pudo
hacer. Fui directo. Fue algo natural. Demasiado natural. —Levanto la mirada y
veo que su sonrisa ha desaparecido—. Si ya el solo hecho de estar en La Mansión
me ayudaba a mitigar todos mis problemas, beber y follar hacía que los olvidara
por completo.
—Los
evadías —susurro. Huía de la culpa con la que sus padres lo cargaban bebiendo
en exceso y acostándose con demasiadas mujeres—. ¿Y qué decía Carmichael de
todo eso?
Sonríe.
—Pensaba
que era una etapa y que pasaría. Pero entonces él también murió.
—Y
tus padres intentaron que vendieras La Mansión. —Todo eso ya lo sé.
—Sí.
Cuando se enteraron de que mi tío había muerto volvieron de España. Y ahí
estaba yo, una versión más joven de la oveja negra de la familia, regentándola,
bebiendo y hartándome de mujeres. Había experimentado la libertad y lo que era
vivir sin que estuviesen intentando transformarme constantemente en el hijo
ideal. Me había vuelto engreído y seguro de mí mismo, y además era tremendamente
rico. —Sus labios forman una línea recta. Está cargado de resentimiento. Definitivamente,
lo suyo con sus padres no tiene solución—. Les dije por dónde podían meterse su
ultimátum. La Mansión había sido la vida de Carmichael y se había convertido en
la mía. Fin de la historia.
¿Qué
puedo decir ante todo esto? Pensaba que ya había conseguido entenderlo, pero
esta conversación en la bañera ha hecho que me dé cuenta de lo lejos que estaba
de entenderlo del todo.
Perdió
demasiado pronto a dos de las personas más importantes de su vida, ambas en
accidentes de circulación. Entonces ¿por qué él conduce como un loco? No tengo
ni idea, pero todo eso explica su sobreprotección.
—Nuestros
hijos serán lo que quieran ser —digo mordisqueándole la barbilla—. Siempre y
cuando
no quieran ser unos mujeriegos.
Me
agarra las nalgas con las dos manos y luego me las aprieta con fuerza.
—El
sarcasmo no te pega, señorita.
—Pues
yo creo que sí —respondo.
—Vale,
sí. —Me desliza hacia arriba y me besa en un pezón—. Está desapareciendo el
chupetón.
—Pues
vuelve a hacérmelo.
Le
ofrezco mi pecho, como la pícara seductora que sabe que soy, y él envuelve los
labios
alrededor
de la pequeña protuberancia erecta y empieza a lamerla suavemente. Exhalo un
largo y grave gemido de satisfacción y restriego la nariz por su pelo húmedo
inhalando su deliciosa esencia.
—¿Te
gusta? —pregunta con mi pezón entre los dientes.
—Mmm.
—Me siento en paz ahora que lo sé todo.
Sus
labios se deslizan hacia los restos de la marca y empieza a chupar suavemente,
atrayendo la sangre hacia la superficie.
—_____,
no sé muy bien cómo me siento respecto al hecho de que nuestros bebés vayan a apoderarse
de tus pechos. —Me suelta y yo me deslizo hacia abajo, frotándome contra algo
muy duro. Abre los ojos como platos e inhala profundamente—. No. No podemos.
—Me aparta y se incorpora—. No, _____. Y no te atrevas a ponerte en modo
seductora.
Lo
miro con el ceño fruncido.
—Cornualles
—lo amenazo, y él se revuelve horrorizado, pero pronto me devuelve la mirada
con más fiereza todavía.
—¡No
vas a irte a ninguna parte! —asevera con un gruñido al tiempo que se pone en
pie.
Estoy
de rodillas, y su hermosa, suave y dura erección queda justo a la altura
perfecta. Antes de que le dé tiempo a salir de la tina, la envuelvo con la
palma de mi mano y aprieto con fuerza.
—¡Joder!
¡No me hagas esto!
—¿Vas
a rechazarme? —digo mientras tiro de ella lentamente pero sin dejar de apretar.
Qué mala soy.
Sacude
la cabeza.
—_____,
no pienso tomarte en tu estado.
—Siéntate
—le ordeno señalando con la cabeza el lateral de la bañera, y a continuación le
paso la lengua por la punta húmeda de su enorme polla.
Él
sisea y alza la vista al techo.
—______,
como me dejes a punto de estallar, perderé la puta cabeza —me advierte
empujando suavemente hacia adelante.
—No
lo haré. —No puedo garantizarlo, pero hay otras maneras de hacer esto—.
Siéntate. —Tiro de él hasta que se sienta en el borde y me arrodillo entre sus
muslos, pero no me da la oportunidad de ser creativa.
Me
agarra de los brazos.
—Si
yo tengo que sentarme aquí, tú vas a sentarte en el otro lado —me dice. Me
propina un beso furioso y se aparta sin aliento, con los ojos totalmente
nublados de deseo. La anticipación hace que se me corte la respiración—.
Abierta de piernas.
Dejo
escapar un grito ahogado y me maldigo al instante por ello. Pretende llevarme a
ese terreno en el que él tiene todo el control. Me está provocando con esos
ojos llenos de promesa y de placer, retándome a rechazarlo.
Desliza
las manos por debajo de mis brazos y me levanta para empujarme hacia atrás con
cuidado.
Llego a mi sitio y poso el trasero sobre el borde de la inmensa bañera. Siento
su dureza bajo mi piel húmeda, aunque no me importa mucho. No puedo
concentrarme en nada más que en mi hombre, sentado frente a mí, ardiente y
erecto. Entonces se pasa la lengua por el labio inferior y me sorprendo a mí
misma imitándolo.
—Lámete
los dedos, ______ —ordena. No va a ser un acto suave como me temía a mi pesar.
Ha pasado al modo dominante. Me encuentro en mi salsa. Sé que no acabará en un
polvo intenso, pero esa mirada, esa postura, esa voz de mando...
Me
llevo los dedos a la boca y los deslizo entre mis labios de manera lenta y
precisa, sin apartar la vista de sus ojos. Aunque lo intentara no podría
hacerlo. Su mirada suele ser adictiva de por sí, pero cuando está cargada de
deseo, reflejando su sed de lujuria con esas enormes pestañas, es imposible resistirse
a ella.
—Desliza
la mano por tu parte delantera —dice bruscamente—. Despacio.
Obedezco
y empiezo a arrastrar la palma de mi mano por mi cuerpo, acariciando mis
pezones y mi vientre.
—¿Así
es lo bastante despacio?
—¿Te
he dado permiso para hablar? —pregunta sin apartar los ojos de los míos.
Hago
un mohín pero continúo mi viaje descendiente y llego al punto en el que se unen
mis muslos.
—Para.
—Aparta la vista y la desvía hacia abajo, tomándose su tiempo, admirando su
patrimonio,
hasta que llega a mi mano—. Un dedo, nena. Métete un dedo muy despacio.
Siguiendo
sus órdenes, inserto uno de mis dedos inspirando profundamente.
—Recuerda
que eso es mío —dice mirándome a los ojos de nuevo—. Cuídalo.
Esa
frase, la manera que tiene de pronunciarla y el hecho de que lo dice totalmente
en serio, me obliga a cerrar los ojos para volver a centrarme.
—Mírame,
______.
Hago
unos ejercicios de respiración para intentar calmarme y obedezco su orden.
—Buena
chica. —Se lleva la mano abajo y se agarra suavemente la polla. Mi ritmo
cardíaco se acelera—. Pruébalo.
No
siento la menor vergüenza. Nunca la he sentido, me haga lo que me haga o me
pida lo que me pida. Mi cerebro registra un ligero nerviosismo, tal vez un poco
de aprensión también, pero basta con que lo mire un instante a los ojos para
disiparlos. Recorro mi cuerpo de nuevo con la mano en dirección ascendente esta
vez, me meto el dedo en la boca de manera lenta, seductora y provocativa y gimo
sin pudor al hacerlo.
—¿Está
bueno? —pregunta acariciándose el miembro suavemente mientras me observa. Esa imagen
hace que me vuelva loca de deseo, pero sé que no dejará que me mueva de este
lado de la bañera. Sé quién tiene el poder.
Lo
miro con lujuria mientras me lamo y me chupo el dedo y me caliento a mí misma
hasta transformarme en un manojo desesperado de nervios temblorosos.
—Imagino
que eso es un sí —dice. Acelera un poco el ritmo y luego aminora de nuevo para controlarse—.
Joder, ______.
Me
aprovecho de su momento de debilidad y bajo otra vez la mano hasta mi sexo,
hundo los dedos y empiezo a tocarme de manera meticulosa y controlada. Arqueo
la espalda, separo aún más las piernas y giro la cabeza dejando escapar un gemido.
Soy consciente de que desprendo erotismo por los cuatro costados, y suelto
pequeños jadeos descontrolados conforme mi placer aumenta con mis propias
caricias rítmicas.
—Joder,
_____. Mírame —silba. Mis ojos y mi cabeza descienden al oír su orden. Él también
está a punto. Tiene el cuerpo tenso y su puño trabaja con más firmeza y a más
velocidad. Esto no hace sino excitarme más, y mis propios dedos se aceleran y
mi cuerpo también se tensa—. ¿Estás cerca, nena?
—¡Sí!
—exclamo.
—Joder,
aún no. Contrólalo.
—¡No
puedo! —digo, y temo que pueda detenerse de repente. Estoy a punto. Ya viene—.
¡Joder!
—¡Joder,
_____ aguanta! —Sacude el puño con urgencia e inclina la cabeza hacia atrás sin
apartar los ojos cafeces de mí.
Hago
todo lo que puedo. Me pongo tensa y mis piernas hacen salpicar el agua con un
espasmo mientras me esfuerzo por contener las convulsiones que me invaden.
—¡Tom!
—grito con desesperación. La presión en mi sexo está fuera de control.
—Joder,
nena, me encanta verte así. —Sus movimientos desatados lo hacen perder la
razón.
Gime
y se postra de rodillas en el agua dejando escapar un rugido ahogado.
Aparto
la mano inmediatamente cuando coloca la cabeza entre mis muslos y su boca toma
el relevo mientras él sigue masturbándose delante de mí. La calidez de sus
labios sobre mi sexo me acerca un poco más al éxtasis. Me agarro de su pelo,
apretándolo aún más contra mí. Voy a estallar de placer.
Y
por fin lo hago.
Mis
muslos se aferran a ambos lados de su cabeza mientras me dejo llevar con una
sacudida prolongada de reconfortante dicha y un fuerte suspiro. Mis pulmones
liberan el aire y me relajo por completo. Él continúa lamiéndome suavemente.
Después asciende por mi cuerpo hasta encontrar mi boca. Me insta a ponerme de
rodillas y me coge la mano. Sustituye la suya por la mía alrededor de su mango
de acero. No se ha corrido.
—Me
toca —susurra—. Sostenla contra ti.
Su
húmeda punta roza mi clítoris y empuja contra mi persistente palpitación. Tomo
el relevo, lo agarro ligeramente y lo masajeo hasta el clímax. Ahora tiene las
manos libres y me sujeta del cuello.
Mantiene
mi cabeza firme mientras me besa con el mismo cuidado con el que yo lo masturbo
con la mano. No es un acto urgente ni frenético. Es controlado y relajado. Él
es capaz de controlarlo mucho mejor que yo.
—Sigue
haciendo eso —murmura en mi boca—. Podría estar así eternamente.
—Te
quiero. —No sé por qué he sentido la necesidad de decirlo en este momento, pero
así es.
Me
mete la lengua suavemente en la boca y la retira. Juguetea con mis labios y
después vuelve a introducirla y a flirtear con la mía propia. Yo continúo
absorbiendo su atención y sigo frotando su aterciopelada erección contra mí. El
gesto me proporciona a mí tanto placer como a él.
—Lo
sé —murmura, y con un pequeño gemido y un beso cada vez más intenso, se corre y
vierte su caliente néctar sobre mí mientras jadea y se sacude en mi mano.
—Mi
misión aquí ha terminado —suspiro. Lo suelto y hundo los dedos en su pelo
húmedo. No puedo resistirme a darle un pequeño tirón.
—Eres
salvaje, señorita. —Se acuclilla y tira de mí contra su regazo—. El agua se
está enfriando.
No
me había dado cuenta, pero ahora que lo dice, estoy empezando a tiritar.
—Un
poco. —Me encojo de hombros y busco el calor pegándome a él.
—Deja
que te limpie. —Intenta apartarme de él, pero yo farfullo a modo de protesta y
clavo las uñas en su espalda—. Será un momento. No quiero que te resfríes.
—Intenta con más ahínco despegar mi cuerpo del suyo y, en un visto y no visto,
me está pasando la esponja—. Mi chica está cansada. — Me besa en la nariz—.
¿Nos echamos un rato?
Asiento
y me coge en brazos para sacarme de la bañera. Nos secamos el uno al otro en
silencio y nos dirigimos a la cama. Nos tumbamos y nos acurrucamos
inmediatamente como de costumbre: él boca arriba y yo echada sobre su pecho,
con la cara en su cuello mientras él me acaricia el cuerpo con las manos.
—Jamás
querré a uno más que al otro —anuncia.
No
le contesto. Le beso el cuello y me acurruco más todavía.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS DE HOY ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO Y GRACIAS POR LEER :))
Pobre mi Tom!!
ResponderBorrarVan a tener mellizos .. Preparate Tom ellos te robaran a (tn).
Siguelaaa
Woo podre tom
ResponderBorrarMellizos o.O
Sube prontooo
Mellizoooos???? :O impresionante jajaja me dio mucha risa imaginarme la cara de Tom, asi que Tom tuvo un hermano mellizo osea Bill no me lo esperaba.. me encanto virgi cada vez se pone mas buena esta historia espero los próximos caps..
ResponderBorrarSubeee
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