martes, 3 de noviembre de 2015

# 31 y # 32

ULTIMOS CAPITULOS!!!

CAPITULO # 31.-
Llego una hora tarde al trabajo, pero esta vez no me voy a librar. Patrick está aquí, y se encuentra junto a mi mesa cuando por fin entro por la puerta.
—¿Flor? —Me mira con una expresión de reproche dibujada en su cara redonda, y eso es lo último que necesito hoy. Llego tarde, y lo que voy a anunciarle probablemente vaya a provocarle un ataque al corazón. Mira el reloj de la oficina—. ¿Qué hora crees que es?
Es una de las pocas veces que le he visto una mala cara a mi jefe. Siempre he estado muy
entregada a mi carrera, pero mi vida personal está interfiriendo, y mi trabajo ha quedado en un segundo plano. Estoy tentando la suerte, y llevo haciéndolo desde que Tom irrumpió en mi vida.
—Lo siento, Patrick. —No puedo mentirle diciéndole que estaba reunida con algún cliente, así que lo dejo en una simple disculpa.
—_______, sé que en tu vida ha habido muchos cambios últimamente, por cierto, enhorabuena, pero necesito dedicación. —Saca su peine del bolsillo interior de su chaqueta y se lo pasa por el pelo cano.
Me quedo perpleja. ¿«Por cierto, enhorabuena»? Eso no ha sido muy sincero.
—Lo siento —repito, porque no sé qué otra cosa decir.
¿«Por cierto»? Me siento un poco insultada, pero no se me ocurre un modo de expresar mi desaire, y además, Patrick no me da ocasión de hacerlo. Se marcha a su despacho y cierra la puerta tras él. Centro mi confusión en mis tres colegas, que están todos sentados en silencio con la cabeza agachada. ¿Les ha echado la bronca a ellos también? Me dejo caer en la silla y, ya sea buena idea o no, dado el enfado de mi jefe, decido llamar a Kate. Una amiga. Eso es lo que necesito en estos momentos.
Responde al teléfono con voz rasposa.
—¿Todavía estás en la cama? —pregunto mientras enciendo el ordenador.
—Sí. —Es la única palabra que sale por el auricular.
Sonrío.
—¿Tienes a cierto hombre mono, con el pelo desenfadado y un hoyuelo en la cara a tu lado? —Ruego para que su respuesta sea un «sí», y entonces oigo movimiento y unas risitas. Mi propia sonrisa se amplía. Necesitaba oír una voz amiga, pero esto también me sirve.
—Pues sí —responde casi con un chillido sin molestarse en eludir mi pregunta—. ¡Georg!
—Vale, pues te dejo. Tengo cosas que contarte, pero pueden esperar.
—¡No, _____!
—¿Qué?
—¡Espera! —me exige. Oigo más movimiento, y unas cuantas palmadas y después una puerta que se cierra—. Sólo quería saber cómo acabó lo de Dan. —Está susurrando, por razones obvias.
Eso me borra la sonrisa de la cara. No hace falta que le cuente a Kate los detalles más escabrosos. Además, en estos instantes me avergüenzo tanto de mi hermano como él de sí mismo.
—Bien. Está todo bien. Ha vuelto a Australia, y Tom lo convenció para que mantuviera la boca cerrada.
—Me siento responsable.
—Kate, él ya se lo había imaginado antes de que hicieras la aparición del siglo. —Ahora ya
puedo bromear al respecto—. ¿Habéis hablado? —pregunto tímidamente mientras golpeteo la mesa con el boli frenéticamente y me pregunto si no sería mejor hacerlo directamente con la cabeza.
—Sí, hemos hablado. Sabía lo de Dan. —Hace una pausa y sé que está esperando un grito
ahogado de sorpresa por mi parte, pero ha pasado demasiado tiempo como para que finja ahora.
De todos modos, hago un esfuerzo:
—¿En serio? —digo prácticamente chillando, y tres pares de ojos sorprendidos me miran desde todos los rincones de la oficina.
—Venga ya, _____ —farfulla—. Me sentí como una auténtica idiota. No es tan ingenuo como yo pensaba.
—Lo sé —asiento—. Entonces ¿todo va bien?
—Sí, todo va bien. De maravilla, de hecho.
Sonrío de nuevo.
—¿Se acabó La Mansión?
—Se acabó La Mansión —confirma—. ¿Y tú cómo estás? ¿Con vómitos? ¿Te duelen las piernas? ¿Te ha salido ya alguna estría?
—Todavía no. —Bajo la vista y veo que tengo la mano apoyada sobre el vientre—. Aunque puede que no sea la única que vaya a tener todos esos síntomas —digo despertando su curiosidad. No puedo guardarme esto para mí sola.
—¡¿Queeeeeé?! ¿Quién más está preñada? —pregunta, claramente intrigada—. ¿No será la
simplona de Sal?
—¡No!
Miro a la simplona de Sal y compruebo que, de hecho, vuelve a ser la simplona de siempre. Y entonces siento lástima por ella. ¿Cómo no me había percatado antes? Tiene el pelo mustio y sin brillo, no lleva nada de maquillaje y ha vuelto a ponerse la blusa negra de cuello cerrado. No sé si lleva puesta la falda de cuadros porque tiene las piernas escondidas detrás de su mesa, pero estoy convencida de que así es.
—Entonces ¿quién? —La voz impaciente de Kate me hace apartar la vista de la simple y suicida Sal y vuelvo a centrar la atención en sus preguntas.
—Coral.
—¡No me jodas!
—Sí, Coral está embarazada, y eso no es todo. —Le estoy dando emoción cuando en realidad no hace ninguna falta. Ya tengo toda su atención y la he dejado pasmada. Todavía no ha oído lo mejor—.Y dice que es de Tom.
—¡¿QUÉ?!
Me aparto el teléfono de la oreja convencida de que toda la oficina, y puede que todo Londres, la ha oído.
—Pero es mentira.
—Espera, espera, espera. —Me la imagino haciendo el gesto con la mano, y oigo que arrastra una silla por el suelo de la cocina. Se está sentando.
—¿Coral está preñada?
—Sí.
—¿Y dice que es de Tom?
—Sí. —Abro mi correo electrónico y le contesto como si tal cosa. Lo tengo superado.
—Pero ¿es mentira?
—Exacto.
—¿Y cómo lo sabes? —Me hace la pregunta con prudencia pero con razón, y ya me la esperaba.
—Porque ha intentado colarnos un cacahuete por una nuez.
—¿De qué cojones estás hablando?
Suspiro y continúo ojeando mi cuenta de correo sin prestar atención.
—Tiene una ecografía. Dice que es de cuatro meses, pero es evidente que no, y ha recortado todas las posibles pruebas: la fecha, todo.
—¡Será puta! ¿Cómo puede estar tan desesperada?
—Ya ves. Estará de cuatro semanas como mucho. La última vez que Tom se acostó con esa zorra fue hace más de cuatro meses. Te lo juro, Kate, he estado a punto de...
—¡Espera un momento!
—¿Qué?
—¡Joder! ¡GEORG! —chilla, y yo salto en mi silla—. ¡GEORG!
—¿Quieres dejar de gritarme al oído? —protesto. Entonces oigo unas fuertes pisadas al otro lado de la línea y el sonido de una puerta que se abre. Oigo la voz adormilada de Georg y después el estridente chillido de Kate. No entiendo nada de lo que dicen. Georg habla demasiado bajito, y Kate tan alto que su voz está distorsionada—. ¿Kate?
—¡Joder, _____!
Ahora sí que me cabreo en serio.
—Deja de gritarme y haz el favor de hablar conmigo.
—Vale —jadea—. Gustav se acostó con Coral.
Me pongo derecha en mi silla.
—¿Cuándo?
—Pues hará unas cuatro o cinco semanas —dice como si tal cosa, a miles de kilómetros de
distancia de sus últimos gritos frenéticos.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo contó Georg. Gustav estaba borracho y ella le echó el guante. El pobre no sabía nada al respecto, y probablemente nunca se habría enterado si Georg no llega a presentarse en su casa. La pilló marchándose a hurtadillas.
—Joder. —He dejado de mirar mi correo electrónico y he vuelto a golpetear la mesa con el bolígrafo, esta vez con más fuerza—. Pero ¿cómo se le ocurre? ¡El bebé tardaría tres meses más de lo esperado en nacer!
—La gente desesperada hace cosas desesperadas, amiga mía —declara, más relajada al fin—.Georg está hablando con él por teléfono en estos momentos. ¿Estás bien? Debe de haber sido horrible, aunque estuviera mintiendo.
—Sí, pero ya estoy acostumbrada a esa clase de sorpresas con Tom. —Le quito importancia con la apatía que merece todo este episodio. Aunque a Gustav sí que lo pillará desprevenido.
—Bien. Ahora tendrás que cuidarte mucho, ¿no? —dice dulcemente a modo de pregunta pero con un tinte de advertencia.
—Sí, eso hago y eso haré. Oye, tengo que colgar. Patrick está cabreado conmigo, y Ken, Sal y Victoria están como si alguien les hubiera dado un bofetón. ¿Comemos mañana?
—Vale. Llámame.
Cuelga, y yo me quedo mirando con escepticismo la oficina. Sólo está tan silenciosa cuando me quedo sola. Miro por encima de mi hombro hacia el despacho de Patrick y veo que tiene la puerta cerrada. Y aunque me muero por llamar a Tom para informarlo de lo que me acabo de enterar, eso sería tentar demasiado la suerte, y sé que Georg lo llamará de todos modos. Debería prepararme para mi reunión con Ruth Quinn.
A las once y media nadie ha dicho ni mu todavía. Patrick aún no ha salido de su despacho y me siento nerviosa cuando llamo a su puerta. No la abro sin más como suelo hacer. Espero a que me invite a entrar y, cuando lo hace, asomo la cabeza y sonrío dulcemente.
—Tengo una cita a mediodía con la señora Quinn.
—Bien. Tienes que estar de vuelta a las dos. Hay una reunión. —Su tono es severo, y ni siquiera me mira, sino que mantiene la atención fija en la pantalla de su ordenador.
—De acuerdo.
Cierro la puerta con cuidado y me marcho de la oficina consternada y preocupada. ¿Una reunión? Seguro que es una reunión para discutir mi reciente falta de formalidad pero, curiosamente, no me angustia la idea.
En la puerta me topo con un mensajero.
—Tengo una entrega para ______ O’Shea. —Su voz está amortiguada tras el casco de la moto que no se ha quitado.
—Soy yo —murmuro con aprensión. Al oír mi nombre de soltera se me han puesto los pelos de punta.
—Firme aquí, por favor. —Me planta el portapapeles debajo de mis narices, lo firmo y acepto el sobre que me da una vez que he acabado.
No quiero aceptar esta entrega, pero cuando John aparece, me esfuerzo por aparentar normalidad, cuando en realidad debería mostrarme exasperada ante la presencia del grandullón. El mensajero se monta en la moto y se larga por la carretera sin mediar palabra. Cuando John se inclina para abrirme la puerta del acompañante me doy cuenta de que me he quedado petrificada, todavía con el sobre en la mano.
—¿Qué es eso, muchacha? —pregunta, y su frente lisa y reluciente se arruga alrededor de sus enormes gafas de sol.
—Nada. —Lo meto en el bolso, entro en el coche y me pongo el cinturón—. ¿Qué haces aquí?
Se funde con el tráfico, inicia sus terapéuticos golpeteos de la palma sobre el volante y me
pregunto cómo es posible que la funda de cuero no esté desgastada por el roce constante.
—Tienes una cita, muchacha.
Lo atravieso con mi mirada inquisitiva. No es posible que lo sepa porque me he asegurado de guardar mi agenda laboral bajo llave, como mi boca.
—¿Cómo lo sabes? —Por primera vez desde que conozco a este negro enorme y amenazador, parece incómodo. Está evitando mirarme a la cara—. Te ha pedido que me sigas, ¿verdad? —lo acuso.
No me lo puedo creer.
Sus golpeteos se vuelven más rápidos. Le doy unos instantes para pensar la respuesta, pero sé por la expresión de su rostro que sabe que lo he pillado.
—Muchacha, alguien intentó hacer que te salieras de la carretera. Es normal que tu marido esté un poco nervioso al respecto. ¿Adónde vamos?
—A Lansdowne Crescent —contesto—. ¿Y qué excusa tienes para las otras veces que me ha acosado?
—Ninguna —responde cándidamente—. En esas ocasiones simplemente se estaba comportando como un tarado hijo de puta.
Me echo a reír y John me acompaña echando la cabeza hacia atrás como a mí me gusta.
—¿No te cansas? —pregunto pensando que es posible que me considere una molestia. Dudo mucho que esto forme parte de su trabajo.
—No —responde riendo, y se vuelve hacia mí sonriendo con aprecio—. Ese tarado hijo de puta no es el único que se preocupa por ti, muchacha.
Tengo que apretar los labios para evitar que mi estúpida sensiblería de embarazada se apodere de mí y empiece a sollozar ridículamente. Sé que a John no le haría gracia.
—A mí tampoco me molesta tu presencia —respondo quitándole importancia a su muestra de afecto porque sé que me lo agradecerá, y su risa silenciosa lo confirma.
—He estado leyendo —me informa, y se inclina para abrir la guantera. Saca un libro, me lo entrega y vuelve a golpetear el volante.
Leo el título y lo releo para asegurarme de que lo he leído bien.
—¿Bonsáis?
—Sí.
Empiezo a pasar las páginas admirando los preciosos arbolitos e imaginándome a John inclinado sobre uno, podando con delicadeza las frágiles ramas.
—¿Es tu hobby?
—Sí, es muy relajante.
—¿Dónde vives, John? —No sé de dónde sale esa pregunta.
John y los bonsáis es algo que jamás relacionaría de manera natural, pero con este nuevo y extraño descubrimiento, me siento obligada a saber más.
—En Chelsey, muchacha.
—¿Vives solo?
—Completamente. —Se ríe—. Mi única compañía son mis árboles.
Estoy estupefacta. Jamás lo habría pensado. Este negro enorme con cara de pocos amigos que vigila La Mansión y que mantiene a los hombres sobreexcitados (y quizá a algunas mujeres) en su sitio, y que a primera vista me pareció un miembro de la mafia, resulta que vive solo con sus bonsáis.
Es fascinante.
—¿Vas a esperarme fuera? —le pregunto con ironía cuando detiene el vehículo delante de la vivienda de Ruth Quinn.
Su diente de oro reluce y se inclina para coger el libro.
—Estaré leyendo un poco, muchacha.
—Procuraré no tardar mucho.
Salgo del coche y corro por el camino hasta la casa. La puerta se abre sin que me dé tiempo a llamar.
—¡_____! —Parece demasiado contenta de verme.
—Hola, Ruth, ¿cómo estás?
—¡De maravilla! Pasa. —Mira por encima de mi hombro con el ceño ligeramente fruncido y me insta a entrar rápidamente.
La dejo con su curiosidad porque explicarle lo de John me llevaría una eternidad, y no quiero permanecer aquí más tiempo del necesario. Tengo que ser lo más profesional posible.
Me dirige por el pasillo hacia la cocina.
—¿Qué tal el fin de semana?
Bien y mal. Estupendo y horrible. Parece que han pasado años luz.
—Bien, gracias. ¿Qué tal el tuyo? —Me siento a la inmensa mesa de roble y saco mis archivos.
—Estupendo —canturrea, y se sienta a mi lado.
Sonrío amablemente y abro su archivo.
—¿De qué querías que hablásemos? ¿De los armarios de la cocina?
—No, olvídate de los armarios. Seguiremos adelante con el plan original. Oye, la nevera de vinos, ¿al final escogimos la sencilla o la doble?
Como me haya hecho venir hasta aquí para eso voy a cabrearme a base de bien.
—La doble —respondo lentamente.
No me siento en absoluto cómoda. Podría haberse limitado a llamar para aclarar eso. Mi teléfono empieza a sonar en mi bolso, pero no contesto a pesar de que suena la melodía de Angel. No pienso permanecer aquí mucho más tiempo, ya que no hay ninguna necesidad de que esté, así que le devolveré la llamada en cuanto consiga escapar.
—¿Eso era todo? —digo con recelo. Mi móvil deja de sonar pero vuelve a hacerlo
inmediatamente.
—¿Quieres contestar? —pregunta mirando mi bolso.
—Tranquila —respondo sacudiendo la cabeza ligeramente. Aunque ella no lo sabe, mi
movimiento de cabeza se debe a que no me puedo creer que me haya hecho venir hasta aquí—.¿Querías algo más, Ruth?
—Eh... —Mira desesperada por la cocina—. Sí, he cambiado de idea con respecto al suelo de nogal —dice, y arrastra por la mesa una revista que hay al otro lado—. Me gusta mucho éste —añade señalando una alternativa en roble que aparece en la portada.
Empiezo a expresarle las razones de por qué considero que es mejor que el suelo sea de nogal, pero mi teléfono me interrumpe. Dejo caer los hombros.
Ruth empuja mi bolso hacia mí.
—_____, tal vez deberías contestar. Es evidente que quienquiera que sea quiere hablar contigo.
Cierro los ojos y hago un gesto de «por favor, dame paciencia». Cojo el bolso, saco el móvil, me levanto de la mesa y me dirijo a la entrada.
—Tom, estoy en una reunión. ¿Te llamo luego?
—Tengo mono de _____ —farfulla—. ¿Tú tienes mono de Tom?
—¿Hay algún remedio? —pregunto con una sonrisa en la cara, sabiendo perfectamente cuál es el remedio.
—Sí, se llama contacto constante. ¿A qué hora sales de trabajar?
—No lo sé. Tengo una reunión con Patrick a las dos. —Miro por encima de mi hombro y veo que Ruth está hojeando la revista de diseño. Quizá no me está prestando atención, pero seguro que me oye.
A lo mejor eso es bueno. Estoy felizmente casada, la mayor parte del tiempo. Y también estoy embarazada. ¿Debería dejarlo caer de alguna manera en la conversación?
—Ah, estupendo. Por fin vas a cumplir tu promesa de hablar con él —dice Tom.
—Sí.
—Aunque eso no te llevará mucho tiempo, ¿verdad?
—No, probablemente no, pero da igual, porque John me estará esperando, ¿verdad? —Respondo a su pregunta con la mía propia. Puede que haya delatado a John, pero ¿qué sentido tiene fingir que no estoy al tanto?
—Claro. —Oigo su risa en su tono—. ¿Cómo están mis pequeños, señorita?
—Nuestros pequeños están bien. —Al instante me doy cuenta de lo que acabo de decir, y también de que me estoy acariciando la barriga—. Tom, tengo que dejarte. Hablamos luego.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer hasta entonces?
—Sal a correr.
—Eso ya lo he hecho —responde con orgullo—. Puede que me vaya de compras.
—Eso, vete de compras —lo animo esperando que acabe en Babies“R”Us y que no salga hasta las seis—. Te quiero —añado, terminando así la conversación con algo que lo apaciguará durante un poco más de tiempo.
—Lo sé —suspira.
—Adiós. —Sonrío, cuelgo y me dirijo de nuevo a la cocina—. Disculpa —digo toqueteando el móvil mientras me siento—. ¿Roble, entonces?
Parece sumida en sus pensamientos mientras me observa durante unos instantes. Entonces desvía la mirada hacia mi vientre, que está escondido debajo de la mesa. Estaba segura de que me estaba escuchando, pero una parte de mí esperaba que no lo hiciera.
Empiezo a anotar un montón de cosas sin sentido.
—Averiguaré el precio del roble. La instalación costará lo mismo, pero lo preguntaré por si acaso. ¿Seguro que quieres descartar el nogal? —Espero su confirmación, pero cuando ya no tengo nada más que anotar y ella sigue sin contestarme, levanto la vista y la veo ensimismada—. ¿Ruth?
—¡Ay, perdona! Estaba en Babia. Sí, por favor. —Se levanta—. _____, discúlpame, ni siquiera te he ofrecido una taza de té. ¿O te apetece mejor un vino? Podríamos tomarnos una copita de almuerzo.
—No, gracias. No bebo.
—¿Por qué?
La brusquedad de su pregunta hace que me sienta aún más incómoda.
—Entre semana. No bebo entre semana.
—Entiendo. Sí, no vaya a ser que se nos vaya de las manos. —Esboza una sonrisa, pero ésta no alcanza sus ojos azules—. ¿Cómo está tu marido?
Inspiro súbitamente. Acaba de relacionar el alcohol y lo de que se nos vaya de las manos con mi marido en dos frases muy seguidas.
—Está bien. —Empiezo a recoger mis cosas para marcharme. Puede que me haya tocado la fibra sensible sin querer, pero sigue mirándome con anhelo, y empieza a resultarme insoportable—. Te llamaré en cuanto me pasen los presupuestos.
Me levanto con demasiada brusquedad y el tacón se me engancha en la pata de la silla haciendo que me tambalee ligeramente. Está junto a mí en un instante, sosteniéndome del brazo.
—_____, ¿estás bien?
—Sí, tranquila. —Recobro la compostura y hago todo lo posible por no parecer incómoda, pero ahora que me ha puesto la mano encima no va a soltarme fácilmente. De hecho, la está deslizando por mi brazo. Me pongo tensa de los pies a la cabeza cuando llega a mis mejillas y me las acaricia suavemente.
—Eres tan guapa —susurra.
Debería apartarme, pero me he quedado totalmente pasmada, y mi incapacidad para reaccionar le está permitiendo acariciarme alegremente.
—Tengo que irme —digo con firmeza cuando por fin recupero algo de sensatez.
Doy un paso atrás y ella deja caer la mano ligeramente avergonzada. Se ríe y aparta la mirada.
—Sí, será lo mejor.
Inicio mi huida apresurándome por el vestíbulo hasta la puerta principal y la abro. Ni siquiera la cierro al salir. John me ve correr hacia el coche y se apresura a salir.
—¡______, muchacha! —exclama mientras me abre la puerta y me inspecciona rápidamente para comprobar que estoy físicamente intacta.
Una vez satisfecho, mira detrás de mí y se lleva la mano a la cabeza para quitarse las gafas de sol.
Esa acción no me habría extrañado tanto si se las hubiera dejado puestas, pero no lo ha hecho, y ahora está mirando por el camino que lleva a la casa de Ruth.
Me detengo y me vuelvo para ver qué es lo que ha captado su atención, y entonces veo que la puerta se cierra.
—¿Qué pasa, John? —pregunto sintiéndome algo mejor ahora que me he alejado de mi
excesivamente amigable clienta, que ahora sencillamente me pone los pelos de punta.
—Nada, muchacha. Métete en el coche. —Se pone las gafas de nuevo y me señala el vehículo con la cabeza en lugar de repetirse, de modo que entro y espero a que él también lo haga. Se sienta y se vuelve hacia mí—. ¿Por qué te has puesto así?
Me hundo en mi asiento y me abrocho el cinturón, sintiéndome un poco estúpida.
—Me temo que tengo una admiradora.
Esperaba una carcajada o un grito ahogado de sorpresa pero no hace nada, ni siquiera asiente ante mis palabras, sino que simplemente aparta la mirada de mí.
—Otra cosa más para que ese cabrón se vuelva loco —gruñe John secamente—. ¿Cómo se llama?
—Ruth Quinn. Es muy rara.
Asiente pensativamente.
—¿Te llevo de vuelta a la oficina?
—Sí, por favor.
Dejo caer el bolso entre los pies y el sobre que había guardado antes en él asoma recordándome su presencia. Me agacho para cogerlo con mucha curiosidad.
—¿Qué es eso? —pregunta él señalando el sobre que tengo en las manos.
—No lo sé —digo con un tono que refleja la aprensión que siento—. Me lo ha entregado un mensajero. —Estoy siendo totalmente sincera porque, si resultara ser otra advertencia, se lo contaría a Tom igualmente, así que no pasa nada si John lo sabe también.
Abro el sobre y saco una especie de tarjeta. Me quedo sin respiración en cuanto veo las letras recortadas.
—¿Qué es? —pregunta John, muy preocupado.
Soy incapaz de articular palabra. Este tipo de cartas siempre se envían con cierta malicia, y conforme voy leyendo el mensaje compuesto de recortes de distintos periódicos y revistas, mi despreocupación por la advertencia anterior me parece bastante imprudente.
—Es otra advertencia —consigo decir casi sin aliento. Siento náuseas.
—¿Otra?
—Sí. Recibí una acompañada de unas flores marchitas. Pero la tiré a la basura y di por hecho que se trataba de alguna vieja conquista sexual de Tom a la que le había dado calabazas. —Bajo la ventanilla para respirar un poco de aire fresco.
—¿Qué pone? —John sigue mirando constantemente la tarjeta que he dejado caer sobre mi regazo a través de las gafas de sol.
Le leo el mensaje.
TE DIJE QUE LO DEJARAS
Suelta un taco de frustración.
—¿Qué ponía en la otra nota? ¿Era igual que ésta?
Intento concentrarme y recordar qué decía exactamente el otro mensaje.
—Algo de que yo no lo conocía y ellos sí. —Sacudo la cabeza con frustración—. No me acuerdo bien. La otra estaba escrita a mano.
Me enfurezco conmigo misma por haberla tirado cuando debería haber sido sensata y habérselo contado a Tom. Le ha encargado a Steve que investigue el incidente del coche y cuando me drogaron, y yo, idiota de mí, le oculté algo que podría haber ayudado. Quizá se habría puesto hecho una furia al principio, pero los beneficios a largo plazo de haberlo puesto al corriente habrían pesado más que el ataque de rabia que le habría dado (como el que le va a dar pronto, porque esta vez sí que se lo voy a contar, y sé que se va a cabrear bastante). Qué estúpida he sido.
—¿Por qué no se lo has contado a tu marido? —John parece preocupado, lo que no hace sino acrecentar mi propio desasosiego.
—¿Tú qué crees? —No puede ser tan ingenuo como para hacerme de verdad esa pregunta. El profundo suspiro que lanza y la breve mirada de comprensión que se dibuja en su rostro cabreado me confirman que no lo es.
—Entiendo, muchacha. —No me reprocha haber sido tan estúpida, pero sé que lo está pensando.
—Creía que había sido Coral —me excuso.
—¿Incluso después del rapapolvo que le has echado esta mañana? —Sé que está reprimiendo una sonrisita.
—No, creía que era Coral antes. No ahora.
—¿Se lo dices tú o se lo digo yo? —pregunta John, muy serio. Sé lo que quiere decir. No hace falta que me dé más explicaciones y, cuando me mira y asiente ante mi rostro de súplica, sé que lo entiende—. Yo se lo contaré, muchacha.
—¿Podrías intentar apaciguarlo, también?
—Si estuviésemos hablando de alguna otra cosa, te diría que sí. Pero estamos hablando de ti. No puedo prometerte nada.
Suspiro, aunque agradezco su franqueza.
—Gracias. ¿Vas a ir a La Mansión?
—No, muchacha. Lo llamaré. Tú vete al trabajo tranquila, te esperaré a la salida.
—De acuerdo —accedo sintiéndome ansiosa, idiota y demasiado vulnerable. Una vez más, he subestimado algo que no debería.
En la oficina sigue habiendo un incómodo silencio cuando John me deja allí. Mis tres colegas continúan con la cabeza agachada, Sally parece estar aún al borde del suicidio y la puerta del despacho de Patrick todavía permanece cerrada. Nadie me saluda cuando entro, y Sally no me ofrece café, de modo que dejo el bolso y me dirijo a la cocina para prepararme uno yo misma. Estoy echándome la tercera cucharada de azúcar en la taza cuando doy un brinco y me tenso al oír el tono que suena en mi móvil cuando llama mi marido. Si supiera que es posible, lo dejaría sonar, pero sé que llamará al fijo
si no contesto, o que irrumpirá en la oficina.
Dejo el café, respiro hondo unas cuantas veces para reunir el valor suficiente y saco mi teléfono.
Ésta no es una llamada que pueda contestar delante de todos, de modo que corro a la sala de conferencias, cierro la puerta al entrar y contesto temiendo oír la furia de un hombre enloquecido.
—¡Por favor, no me grites! —espeto, y me aparto rápidamente el teléfono de la oreja después de expresar mi súplica.
No me equivocaba.
—¡¿En qué coño estabas pensando?! —me chilla—. ¡¿Cómo has podido ser tan estúpida?!
Cierro los ojos y acepto la bronca en silencio manteniendo el teléfono a una distancia segura.
Su respiración es agitada.
—Me he vuelto loco trabajando con Steve para intentar sacar algo en claro, ¿y ahora me entero de que recibiste una amenaza escrita a mano? —Oigo un portazo—. ¿Y la rompiste? Era una prueba, ______.
¡Joder! ¡Era una prueba!
—¡Lo siento! —Estoy a punto de echarme a llorar—. No quería preocuparte. Pensaba que era una tontería.
—¿Una tontería después de que te drogaron? ¿Y seguías pensando que era una tontería cuando intentaron sacarte de la carretera? —Está furioso, pero sé que es porque se siente impotente. No puede controlar todo lo que está sucediendo, y eso lo está volviendo loco.
—Debería habértelo dicho.
—¡Joder! —Se hace el silencio y sé que debe de estar tirado sobre la silla de su despacho,
frotándose la sien con las puntas de los dedos—. Dime que no vas a salir de esa oficina esta tarde.
—Tengo una reunión con Patrick. Le contaré lo de Mikael. —Estoy intentando decirle lo que quiere oír. No puedo trabajar con Mikael, a pesar de que ya no creo que él esté detrás de todo esto.
—Esto no es obra de Mikael, _____ —dice con un tono más tranquilo de lo que sé que está. Eso ya lo sabía yo, pero ¿qué ha convencido a Tom de ello?—. Steve me ha confirmado que Mikael sí tomó el vuelo a Dinamarca. Ha estado yendo y viniendo de Londres constantemente durante las últimas semanas, pero está todo confirmado. Es imposible que él te drogara, y no podría haber conducido mi coche porque hemos confirmado que en las dos ocasiones se encontraba en Dinamarca. Además, ¿por
qué cojones iba a decir que me conoce? —El tono de Tom se vuelve más áspero según acaba la frase.
Es una referencia a la primera amenaza que recibí.
—¿Y qué hay de las imágenes de la cámara de seguridad? —pregunto con tiento.
—No lo sé, ______ —suspira—. Encontraron mi coche ayer. Steve está en ello. Han desactivado el localizador.
—Vaya.
Aposento mi culo cansado en una de las sillas que rodean la mesa de conferencias. Podría echarle en cara que no soy la única que ha estado ocultando información, pero decido no hacerlo. Sé que ha estado moviendo algunos hilos, pidiendo favores y haciendo de todo menos alertar a la policía, que es lo que debería hacerse en realidad, mientras que yo me he comportado como una idiota.
—¿Quieres que vaya a La Mansión después del trabajo? —pregunto.
—No. John te llevará a casa en cuanto hayas terminado de hablar con Patrick. Nos vemos allí. Después de lo que acabo de descubrir, le he pedido a Steve que se pase por aquí. —Su sarcasmo no me pasa desapercibido, ni tampoco su tono furioso. He cometido un tremendo error. No le digo que es posible que mi día de trabajo no termine después de haber hablado con Patrick porque no serviría de nada más que para ganarme más rugidos a través del teléfono. Tengo que jugar acorde con sus reglas esta vez—. No salgas de la oficina, y cuando John te deje en casa, no te muevas de allí, ¿entendido?
—Entendido —susurro.
—Buena chica. Hablaré con Steve, pero saldré pitando de aquí en cuanto hayamos acabado.
—Te quiero —le digo con urgencia, como si no fuese a tener la oportunidad de decírselo otra vez.
Suspira.
—Lo sé, nena. Nos daremos un baño en cuanto llegue a casa, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —asiento. Su suave promesa de pasarnos un rato en remojo hace que me sienta un poco mejor.
—Haz lo que te he mandado, señorita.
Cuelga después de esa última advertencia, pero yo no me aparto el teléfono de la oreja. Aunque sé que ya no está al otro lado, lo sostengo ahí unos instantes con la esperanza de estar equivocada y de que su voz grave y profunda continúe infundiéndome un poco más de seguridad. Cuando la puerta de la sala de conferencias se abre y Patrick aparece empiezo a apartarlo y acepto que se ha ido.
—Ah, estás aquí. —Sigue de mal humor mientras sostiene la puerta abierta—. ¿Estás preparada?
—Sí. —Hago ademán de levantarme, pero me hace un gesto de que no es necesario.
—No, quédate ahí. ¡Vamos a hacer aquí la reunión! —les grita a los demás, y todos, uno por uno, empiezan a entrar, perplejos y tremendamente callados. Algo no va bien, todo el mundo lo intuye, y ahora me doy cuenta de que la reunión no era sólo conmigo.
Sally no ha traído bandejas de té ni hay pastelitos para picar. Patrick parece cansado y agobiado, mientras que los demás estamos principalmente confusos por este repentino cambio en la etiqueta de las reuniones. ¿Qué ha pasado con ese ambiente relajado en el que todos nos apiñamos alrededor de la mesa de nuestro jefe y nos hinchamos a tarta mientras Patrick nos pone al día con respecto a los progresos con nuestros clientes?
—Bien. —Sienta su corpachón en una silla encabezando la mesa y se desabrocha el botón de la chaqueta de su traje para evitar que le presione su redonda barriga—. Últimamente no he estado mucho por aquí, y seguro que todos os estaréis preguntando la razón.
Los otros tres murmuran su asentimiento y, aunque yo también me había percatado de su
ausencia, lo cierto es que tampoco le había dado muchas vueltas. He estado demasiado distraída y bastante ocupada con mi vida personal, casándome, quedándome embarazada, dejando a mi marido, volviendo con él, volando a España y teniendo accidentes de tráfico...
—Bien, pues hay una muy buena razón —prosigue—, y ahora estoy en disposición de revelárosla. Me ha costado no contároslo antes. Todos sabéis lo mucho que os valoro a todos, pero tenía que resolver algunos asuntos primero.
Junta las manos sobre la barriga y se relaja en su silla. Mi mirada pasa de Ken a Victoria y de Victoria a Sal y viceversa unas cuantas veces en un intento de evaluar sus reacciones ante esta importante noticia, pero todos miran a Patrick confundidos.
—Me retiro —declara—. Se acabó.
Todos suspiran aliviados, menos yo. Si se retira, ¿qué será de Rococo Union? ¿No se les ha ocurrido pensarlo?
—Todos conservaréis vuestro puesto de trabajo, me he asegurado de ello. —Más suspiros
colectivos—. Pero no puedo continuar. El estrés de la vida en Londres está acabando conmigo, de modo que Irene y yo hemos decidido mudarnos al Distrito de los Lagos.
Lo primero que pienso es: «¿Patrick pasando todo el día con Irene? Pero ¿qué tiene en la cabeza?» Y lo segundo: «¿Para quién voy a trabajar ahora?» Sin embargo, la respuesta no se hace esperar. La puerta se abre y Mikael hace su aparición.

CAPITULO # 32.-
—¡Os presento al nuevo propietario de Rococo Union!
Ken y Victoria se quedan ligeramente extasiados, pero Sally se queda tan pasmada como yo. Ambas nos sentimos tremendamente incómodas ante la idea, pero aunque sé perfectamente por qué lo estoy yo, no tengo ni idea de qué le pasa a ella.
—Por supuesto, en cierto modo ya lo conocéis —continúa Patrick—. El señor Van Der Haus y yo hemos estado hablando durante las últimas semanas, y por fin hemos llegado a un acuerdo tras negociar las condiciones.
—Y yo me muero por ponerme manos a la obra. —Mikael sonríe con sus ojos azules fijos en mí, haciendo caso omiso del resto del personal—. Creo que nos irá muy bien juntos.
Sólo tres personas presentes en la sala asienten. Yo no estoy de acuerdo, y parece que Sal
tampoco. No digo nada porque tengo un nudo en la garganta. Veo cómo se acerca a la mesa y le estrecha la mano a Patrick antes de presentarse formalmente ante mis colegas. Cuando le toca el turno a Sal, apenas la mira, y ella se pone como un tomate y mira al suelo.
¡Ha estado saliendo con Mikael!
Me quedo boquiabierta al ver lo nerviosa que está. Por eso sabe que estoy casada. Por eso sabe que estoy preñada y que espero mellizos. ¡Por eso lo sabe todo!
De repente, Angel, de Massive Attack, resuena por toda la sala y todo el mundo me mira y me sorprende petrificada en la silla como una estatua, sosteniendo el teléfono con dejadez.
—¿Quieres responder a esa llamada? —pregunta Mikael con una sonrisa que no le devuelvo.
Entonces, la puerta de la oficina se abre y entra John, jadeando y analizando la escena que acaba de interrumpir. Ahora ya no hay duda de que mi carrera en Rococo Union ha terminado.
El grandullón se acerca, sin importarle lo más mínimo que todo el mundo lo esté mirando con unos ojos como platos, me coge el teléfono de la mano y contesta inmediatamente.
—Está bien.
Mi cerebro pasmado reacciona y entonces empieza a asimilar lo que está ocurriendo mientras yo veo cómo John avanza por la sala de conferencias. Todo el mundo lo observa pero nadie le dice nada.
Debe de haber visto a Mikael entrar en el despacho y ha llamado a Tom. Casi siento ganas de gritarle al grandullón, sin embargo Mikael acaba de darnos la puntilla a mí y a mi empleo en Rococo Union; él y este hombre inmenso con pinta de mafioso que acaba de irrumpir en la oficina.
Mikael no necesita una empresa de diseño interior. Eso es ridículo y roza lo obsesivo..., de un modo similar al de mi marido.
John me mira y asiente. Yo asiento a mi vez porque me he quedado sin palabras. Me devuelve el teléfono y lo miro espantada. No puedo mantener lo que sé que va a ser una discusión acalorada con Tom en estos momentos. Me hundo más en la silla, pero John me lanza una mirada que me indica que no voy a librarme de ésta. Tom quiere hablar conmigo, y sé que no me servirá de nada negarme.
Cojo el teléfono nerviosa y me levanto para abandonar la sala.
—¿Tom?
—¡¿Qué COJONES hace ése ahí?! —Está furioso. Probablemente se esté arrancando mechones de pelo a tirones.
—Ha comprado la empresa —respondo con voz tranquila con la esperanza de contagiarle la calma. No obstante, es esperar demasiado. Está hiperventilando.
—Coge el bolso y sal de ahí con John de inmediato. ¿Me oyes?
—Sí —confirmo rápidamente sabiendo que no tengo elección.
—Hazlo mientras estás al teléfono.
—De acuerdo.
Me dejo el teléfono pegado a la oreja y vuelvo a la sala, atrayendo las miradas de seis pares de ojos. La tensión es palpable. Recojo mi bolso y miro a John, que asiente de nuevo.
—¿_____? —El tono familiar y preocupado de Patrick desvía mi mirada hacia mi jefe, o ex jefe.
—Lo siento, Patrick. No puedo seguir trabajando para Rococo Union.
—¿Por qué demonios no ibas a hacerlo? Van a suceder cosas fantásticas. Mikael me ha asegurado que va a ascenderte a directora de reparto de beneficios. Era parte del trato, flor. —Se ha puesto de pie y se acerca a mí con la frente arrugada—. Es una oportunidad magnífica para ti.
Sonrío y miro a Mikael, que parece haberse quedado sin habla también.
—Lo siento, debería haber dicho que no puedo trabajar para Mikael. —Ahora todas las miradas se centran en el danés—. Mikael lleva un tiempo acosándome. No acepta un no por respuesta. —Me cuelgo el bolso en el hombro—. Sal, te ha estado utilizando para sacarte información sobre mí. Lo siento.
Está escondiendo la cara, pero sé que está llorando. Me siento fatal por ella.
—¿Tan desesperado estás que eres capaz de destrozarle la vida a alguien tan dulce como Sally?—le pregunto a Mikael—. ¿Tan desesperado estás por vengarte de un hombre que eres capaz de comprar la empresa para la que trabaja su mujer?
—Vengarme de ese mujeriego es sólo un extra. Te he querido desde el primer día. —Esa frase prácticamente confirma las sospechas de Tom—. Él no te merece.
—Merece tenerme y me tiene. Siempre me tendrá. Hemos superado problemas más gordos que tú, Mikael. Nada de lo que me digas hará que me arrepienta de haber tomado la decisión de estar con él. —Me tiembla todo el cuerpo, pero mi voz es firme—. No tengo nada más que decirte. —Doy media vuelta para marcharme, pero me detengo brevemente en la puerta—. Lo siento, Patrick.
John me sigue con su mano gigantesca apoyada con firmeza sobre mi espalda, como si estuviera evaluando mi condición física. Me siento triste pero extrañamente resuelta.
—_____.
El leve acento danés que solía encontrar bastante sexy ahora me pone la carne de gallina. John intenta empujarme hacia adelante, pero un estúpido sentido de la curiosidad hace que forcejee con el grandullón y me vuelva hacia Mikael.
—Se tiró a otras mujeres mientras estaba contigo, _____. No te merece.
—¡Sí me merece! —le grito a la cara, y él retrocede pasmado.
John me agarra del brazo pero me lo quito de encima.
—______, muchacha...
—¡No! ¡Nadie tiene derecho a juzgarlo mas que yo! ¡Es mío! —Lo he perdonado y, si me
dejaran, probablemente podría olvidarlo también—. Te ciega el resentimiento —digo, más calmada.
—Se trata de ti.
El danés le dirige una mirada cautelosa a mi guardaespaldas. Me echo a reír y sacudo la cabeza.
—No, no es verdad. Estoy casada y embara...
—Y sigo queriendo estar contigo.
Cierro la boca al instante y John le lanza un gruñido de advertencia:
—La chica no está disponible. —Intenta hacer que avance, pero estoy fija en el sitio.
—¿Me drogaste tú? —pregunto, pero la expresión de horror que invade su rostro al instante me dice todo cuanto necesitaba saber.
—_____, yo jamás te haría daño. He comprado esta empresa por ti.
Sacudo la cabeza y suelto una carcajada de incredulidad.
—La necesidad de venganza te consume. Ni siquiera me conoces. No hemos compartido nada de intimidad, ni tenemos conexión, ni hemos tenido ningún momento especial. Pero ¿qué coño te pasa?
—Sé reconocer algo bueno cuando lo veo, y estoy preparado para luchar por ello.
—Pues estarás luchando en vano —digo tranquilamente—. E incluso si llegaras a conseguir
separarnos, que no lo harás, jamás me tendrías después.
Su piel se arruga en su frente cuando enarca las cejas.
—¿Por qué?
—Porque sin él me moriría. —Doy media vuelta y abandono mi lugar de trabajo sabiendo que nunca volveré. Me siento un poco triste, pero ser consciente de lo que me espera a partir de ahora en mi vida me pone una enorme sonrisa en la cara.

Una vez sentada en el Range Rover de John, y una vez que éste ha arrancado el motor, veo que tengo el teléfono en la mano y recuerdo que él está al otro lado de la línea. No quiero oírlo. Quiero verlo.—¿Tom?
No dice nada durante unos instantes, pero sé que está ahí. Su presencia atraviesa la línea
telefónica y me besa la piel.
—No te merezco —dice—. El danés tiene razón, pero soy demasiado egoísta como para cederte a alguien que sí lo haga. Jamás nos separaremos, y nunca estarás sin mí, así que vivirás eternamente, nena.
Las lágrimas inundan mis ojos y pienso en la suerte que tengo de que sea tan egoísta.
—Hecho —susurro.
—Te veré en el baño.
—Hecho —repito, porque sé que soy incapaz de decir más de una palabra sin echarme a llorar.
Cuelga y yo me sumo en mis pensamientos mientras veo Londres pasar por la ventanilla. Siento un alivio tremendo. Por una vez, hay un silencio absoluto en el coche de John. No hay tarareos ni golpeteos en el volante. Viajamos cómodamente callados de vuelta al Lusso.
—Ya hemos llegado, muchacha. —Aparca, sale del coche y espera a que me desabroche el
cinturón y me reúna con él en la parte delantera del vehículo.
—No hace falta que me acompañes adentro —digo, pero él me lleva la contraria con la mirada—.Tom te ha pedido que peines el ático, ¿verdad?
—Es sólo un pequeño control, eso es todo, muchacha. —Me coge del codo y me dirige al
vestíbulo del edificio. Podría protestar, pero no me molesto en hacerlo. Está siendo excesivamente cauto, aunque si así se sienten más tranquilos él y mi neurótico marido, por mí estupendo.
Me sorprendo al ver a Casey aquí, pero no lleva puesto el uniforme.
—Hola, Casey —lo saludo mientras paso por delante, pero John no me da ni un momento para conversar con él ni para advertirle siquiera de que se las verá con la ira de Tom muy pronto. Sin embargo, sí me da tiempo a comprobar lo elegante que está con el traje que lleva puesto y, definitivamente, veo la cara de pánico que pone al descubrir al gigante que me escolta. John tiene ese efecto en la mayoría de la gente, como me sucedía a mí.
El grandullón introduce el código, se aparta para dejarme pasar primero y entra en el ascensor. Vuelve a introducir el código.
—¿Sabes el código? —pregunto esperando que no sepa lo que significa. Él me sonríe, y no sé si es porque lo sabe o porque no.
—El muy cabrón ha sido bastante sensato esta vez, pero podría haber sido un poco más creativo.
Carraspeo un poco pensando en lo creativo que Tom puede llegar a ser cuando llega a cero.
Maravillosamente creativo, de hecho. Creativo hasta hacerte perder la razón. Necesito ese baño, pero en cuanto se abren las puertas del ascensor, recuerdo apenada que aún es temprano y que es muy probable que Cathy siga en el apartamento.
Entramos, me dirijo inmediatamente a la cocina y dejo mi bolso en la isleta. No veo a la
asistenta, así que voy al piso de arriba para buscarla, dispuesta a darle el resto del día libre.
—_____, muchacha. —John corre detrás de mí—. Deja que eche un vistazo primero.
—John, en serio... —Me detengo y lo dejo pasar—. ¿Vas a estar haciendo de mi niñera hasta que llegue Tom a casa? —Espero que no. Quiero darme un baño antes de bañarme con él.
—No. Es para quedarnos más tranquilos —dice con su voz atronadora—. Deja ya de quejarte.
Me sobresalto ante su repentina brusquedad, pero no discuto con el gigante. Dejo que abra y cierre las puertas mientras aguardo con paciencia, apoyada contra la barandilla de cristal con los brazos cruzados sobre el pecho. No debería quejarme en absoluto después de la visita sorpresa que hemos recibido esta mañana.
—Todo despejado.
—Qué alivio —sonrío apartándome del cristal.
John se detiene de pronto, con las cejas levantadas a medio camino entre la parte superior de sus gafas de sol y la parte superior de su cabeza.
—No seas insolente conmigo, muchacha. —Está muy gruñón, como aquella vez que pensé que él y yo habíamos llegado a un acuerdo—. Llamaré a los de seguridad y arreglaré lo del código.
Baja a toda prisa por la escalera.
—¿No está Cathy? —pregunto a su espalda.
—No —confirma, y se dirige al sistema telefónico del ático, pero su móvil empieza a sonar antes de que llegue al fijo—. ¿Diga? —gruñe desviándose hacia la cocina—. Ya estamos aquí. Cathy ya se ha marchado, pero me quedaré hasta que llegues. —Su voz se va apagando conforme aumenta la distancia entre nosotros, y sé que está hablando con Tom—. Una puerta azul que necesita una capa de pintura —dice John susurrando a propósito, aunque todavía lo oigo perfectamente. Ésa es la desventaja de tener una voz tan grave y atronadora. Puede que dé miedo, pero es incapaz de susurrar—. En Lansdowne Crescent. No estoy seguro. Sólo eché un vistazo, pero si no es ella es que tiene una doble.
Avanzo inconscientemente hacia John. He oído eso perfectamente, así que en realidad no necesito acercarme más para asegurarme de que mis oídos no me engañan. No obstante, su intento de evitar que lo oiga, sumado a la mención de la dirección de Ruth Quinn y al hecho de que es evidente que John la ha reconocido de algo, me obliga a querer verle la cara para evaluar su expresión. Sé que no va a ser alegre, y menos si está hablando con Tom, lo que significa que él también conoce a Ruth. La sangre se me va enfriando a cada paso que doy hacia los graves susurros del grandullón.
—¿No hay nadie allí? —John se pasea de un lado a otro de la cocina—. Ruth Quinn. Ya te lo he dicho. Sé que mis ojos ya no son lo que eran, pero pondría la mano en el fuego. Tienes que llamar a la policía, no ir en su busca, cabrón desquiciado.
Se me hielan la sangre y el cuerpo al ver que John se vuelve lentamente y advierte mi presencia.
Por muy negro que sea, sé perfectamente que acaba de quedarse lívido.
—¿Quién es ella? —le pregunto.
Su enorme pecho se expande y levanta la mano para quitarse las gafas. Ojalá se las hubiera dejado puestas, porque la extraña visión de sus ojos confirma mis temores. Está preocupado, y eso no le pega al grandullón.
—Tom, tienes que venir aquí ahora mismo. Deja que la policía se encargue.
John separa el teléfono de la oreja y oigo cómo mi marido chilla, enfadado. No entiendo lo que dice, pero sus gritos de frustración valen más que mil palabras. Mencionarle la intervención de la policía tampoco ha sido buena idea.
—¿Quién es ella? —repito con los dientes apretados mientras mi respiración empieza a
acelerarse. Estoy ansiosa y asustada, aunque aún no sé por qué.
John suspira derrotado pero sigue sin contestarme. En lugar de hacerlo decide darme la espalda.
—Es demasiado tarde. Está aquí delante. Será mejor que vengas a casa.
Tom grita de nuevo y me parece oír también unos golpes, como los de un puño llamando a una puerta, una puerta azul desportillada. Empiezo a perder la paciencia. Mi falta de conocimientos sobre algo de lo que, intuyo, debería estar al tanto está haciendo que se me vuelva a calentar la sangre.
Entonces John me pasa el teléfono y yo me apresuro a quitárselo de las manos.
—¿Quién es ella? —pregunto con voz clara y calmada, pero como no obtenga una respuesta no tardaré en montar en cólera. Y sé de antemano que la tensión se me va a poner por las nubes.
Él respira agitadamente al otro lado de la línea y oigo sus pisadas fuertes y decididas contra el suelo.
—No estoy seguro.
—¿Qué quieres decir? —empiezo a gritar. No me ha contestado, no de una manera satisfactoria.
Sé que sabe quién es Ruth Quinn.
—Voy para casa. Hablamos allí.
—¡No! ¡Respóndeme!
—_____, no quería decirte nada hasta estar seguro de que es ella —dice, y el chirriante derrape de las ruedas hace que me encoja. Es posible que así fuera, pero la incapacidad para susurrar de John le ha fastidiado el plan—. Te lo explicaré cuando pueda asegurarme de que estás sentada.
—Esto no me va a gustar, ¿verdad? —No sé ni para qué pregunto. Quiere que esté sentada, y eso es mala señal. De hecho, todo son malas señales. Incluso la expresión de preocupación del grandullón.
—Nena, por favor, necesito verte.
—No has respondido a mi pregunta —le recuerdo mientras me siento en uno de los taburetes—.¿Qué otra cosa puedes tener que decirme, Tom?
—No tardaré.
—¿Voy a querer huir?
—No tardaré —repite, y cuelga, dejándome con el teléfono de John pegado a la mejilla y el
estómago revuelto. Tengo ganas de salir corriendo ya. La incertidumbre, combinada con un miedo increíble, me insta a huir, pero no de él, porque la sola idea de separarme de Tom me parte en mil pedazos. Sin embargo, en el fondo de mi ser algo me dice que debería protegerme de lo que está a punto de causar un gran impacto en mi vida. En nuestra vida. El teléfono del ático empieza a sonar y me hace dar un brinco. John sale de la cocina con sus fuertes pisadas y con las gafas puestas de nuevo. No voy a malgastar saliva intentando extraerle información, aunque sé que él tiene la que necesito.
Vuelve a la cocina con una expresión demasiado tensa para ser un hombre tan amenazador. Ahora sí que estoy preocupada de verdad.
—Tengo que ir abajo. Cierra la puerta con llave cuando salga, y no contestes a menos que te llame para decirte que soy yo. ¿Dónde tienes el móvil?
—¿Qué está pasando? —Me pongo de pie y empiezo a temblar.
—¿Dónde tienes el móvil? —insiste, y recupera el suyo de mi mano temblorosa.
—En el bolso. John, háblame.
Me coge el bolso, vierte su contenido sobre la encimera y en seguida encuentra mi teléfono. Lo coloca sobre la isla, me levanta del suelo y me sienta en el taburete.
—_____, éste no es momento de discutir. El conserje sospecha de alguien y tengo que bajar a comprobar de quién se trata. Probablemente no sea nada.
No lo creo. Nada me indica que debería hacerlo: ni el tono de su voz, ni su lenguaje corporal. Todo sugiere que debería estar aterrada, y estoy empezando a estarlo.
—De acuerdo —digo a regañadientes.
Asiente, me da un afectuoso apretón en el brazo y saca su enorme corpachón de la cocina. Oigo que la puerta se cierra y me quedo quieta, temblando y dándole vueltas a la cabeza frenéticamente. No consigo tranquilizarme. Sólo quiero que llegue Tom. Me da igual lo que tenga que decirme, no me importa. Agarro el teléfono con fuerza y subo corriendo la escalera hacia el dormitorio para coger la
llave del despacho de Tom del cajón de la ropa interior. Después vuelvo abajo y me apresuro a abrir la puerta. Sé que me sentiré mejor cuando me siente en la enorme silla del despacho, como si en cierto modo él me estuviera envolviendo con sus brazos.
Atravieso la puerta a toda velocidad, enloquecida y sin aliento, y me encuentro con una mujer de pie en el centro de la habitación, mirando mi pared.
Es Ruth Quinn.
Me tiemblan las piernas y me tambaleo hacia adelante; el corazón se me detiene. No obstante, mi dramática aparición y mi grito ahogado de sorpresa no parecen inmutarla. Continúa con la mirada abstraída, y ni siquiera me mira. Está como hechizada, y de no ser por las recientes palabras y las reacciones de Tom y de John respecto a esa mujer, pensaría que no sólo está colada por mí, sino que está obsesionada de un modo enfermizo.
Mi cerebro tarda mucho tiempo en asimilar que debería salir corriendo, pero cuando empiezo a retroceder lentamente, ella me mira. Parece consumida, no la mujer alegre y fresca de ojos brillantes a la que estoy acostumbrada. Han pasado sólo unas horas desde que me reuní con ella, pero es como si hubiesen pasado años.
—No te molestes —dice en un tono frío y cargado de odio. Entonces descarto todos mis
pensamientos acerca de que esa mujer pudiese estar colada por mí. Ahora sé, sin ninguna duda, que lo más probable es que me deteste—. El ascensor no funcionará, y Casey te detendrá en la escalera.
Por muy perpleja que esté, entiendo esas palabras perfectamente. Y entonces recuerdo a Casey vestido con el traje... y la grabación de las cámaras de seguridad del bar de la noche en que me drogaron. Incluso consigo formularme la lógica pregunta de cómo coño ha conseguido entrar en el ático y, especialmente, en el despacho de Tom.
Me muestra un puñado de llaves.
—Él me lo puso demasiado fácil. —Las tira sobre la mesa de Tom y mis ojos las siguen hasta que caen y dejan de moverse. No las reconozco, pero no soy tan idiota como para preguntarme para qué son—. La estupidez de tu marido y la desesperada necesidad de mi amante por complacerme me han hecho esto casi aburrido. —Se vuelve de nuevo hacia la pared. La pared de _____—. Creo que está un poquito obsesionado contigo.
Me quedo en el sitio, barajando mis opciones. No tengo ninguna. No hay escapatoria, y nadie vendrá a rescatarme. Con el nuevo conserje haciendo guardia, estoy del todo indefensa.
Se acerca a la pared y toca con la punta del dedo una parte escrita por Tom.
—¿«Mi corazón empezó a latir de nuevo»? —Se echa a reír. Es una risa fría y siniestra que no hace sino aumentar mi ya intensa ansiedad—. Tom Kaulitz, el detestable capullo que usaba a las mujeres como objetos está enamorado, casado, y ahora espera mellizos. Qué ideal.
Sé que dice esto último con sarcasmo. Se trata de otra antigua amante despechada, pero ésta a un nivel completamente diferente. Lo odia. Y, por extensión, a mí también. Esas palabras, junto con la manera en que acaba de volverse para mirar mi vientre, me indican que también odia a las criaturas que llevo en mi seno. Mi miedo acaba de alcanzar niveles desorbitados, y no me cabe ninguna duda de que tanto yo como mis hijos corremos un grave peligro.
Veo que ella se mueve, pero no me doy cuenta de que yo también lo hago. Aunque no lo
suficientemente de prisa, porque la tengo delante de mí en cuestión de segundos, y ahora me acaricia la barriga con aire pensativo.
Después retira la mano y me propina un puñetazo. Grito y mi cuerpo se dobla para protegerse. Me cubro el vientre con los brazos en un intento de resguardar a mis pequeños. Ella también está gritando, y me saca de los pelos del despacho de Tom al inmenso espacio diáfano del ático.
—¡Deberías haberlo dejado! —chilla tirándome al suelo y pegándome patadas.
El dolor se apodera de mi cuerpo y las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos. Si lograra superar el dolor y la sorpresa, creo que podría reunir fuerzas para hallar mi ira. Está intentando matar a nuestros hijos.
—¿Qué tiene ese cerdo inmoral que te tiene tan enganchada, zorra patética? —Me levanta de un tirón y empieza a abofetearme, pero ni todo el dolor del mundo hará que aparte los brazos de mi vientre. Nada lo hará. Ni siquiera la necesidad que siento de devolverle los golpes. Incluso llevo todavía el teléfono en la mano, aunque no voy a arriesgarme a proporcionarle acceso a mi barriga.
Mi cerebro sobrecargado intenta guiarme con urgencia, darme alguna instrucción, pero en lo único que puedo pensar es en aceptar su enajenación y en rezar para que los tres salgamos sanos y salvos de ésta. Si alguna vez he pensado que estaba en el infierno, me equivocaba. Éste es el nivel más bajo del inframundo.
Me propina un puñetazo en el antebrazo con un furioso grito frenético y mi cuerpo se dobla gritando de miedo y de dolor. No voy a salir de ésta. Estoy muy lejos de estar muerta, pero a través de mi visión borrosa, su mirada me dice que no se detendrá hasta que lo esté. Está loca. Completamente trastornada. ¿Qué coño le hizo a esta mujer?
La puerta de entrada se abre de repente y al instante desaparece de delante de mí. Me esfuerzo por volverme, agarrándome todavía el vientre y llorando de dolor. La veo desaparecer por la cocina y entonces ante mis ojos húmedos aparece Tom. Todo su cuerpo se agita violentamente. Ha subido por la escalera, y tiene el puño visiblemente hinchado. Inspecciona mi cuerpo con ojos frenéticos. Tiene la frente empapada en sudor, y su rostro es una mezcla de puro terror y de auténtica cólera. Le lleva unos
instantes recuperarse y veo que no sabe si atenderme o ir tras la loca que ha asaltado nuestra casa. No puedo hablar, pero le grito mentalmente que haga lo segundo. Un sollozo ahogado escapa de mi boca, haciéndolo temblar más todavía y correr a toda prisa hacia la cocina. Mis pies se ponen en marcha en un acto reflejo y lo sigo sin saber si hago bien o mal. Ahora todos mis temores se centran en él.
Me detengo súbitamente al ver a Tom en medio de la estancia, y al instante ubico a Ruth al otro lado de la isleta. Formamos un triángulo perfecto. Todos respiramos agitadamente y nos lanzamos miradas, pero ella es la única que lleva un cuchillo en las manos. Dejo caer el teléfono y éste arma un estrépito al golpear el suelo, pero no consigue distraer su atención. El enorme cuchillo resplandece mientras lo gira casualmente. Apunta en mi dirección, pero la imagen de la afilada hoja de metal no sólo alimenta mi miedo, sino que también hace que mis ojos se dirijan horrorizados al abdomen de Tom.
—Dios mío —susurro en un tono tan bajo que sé que nadie me ha oído.
Dijo que había sido en un accidente de tráfico. Eso fue lo que dijo. Busco en mi cerebro
intentando recordar las palabras exactas pero no las encuentro porque no están ahí. Lo que sí que está es la silenciosa conclusión a la que yo misma llegué. Me equivoqué tremendamente al suponer aquello, aunque dudo mucho que me hubiera contado la auténtica razón, la razón que está de pie ante nosotros en estos momentos, jugando amenazadoramente con un cuchillo, y sé que está dispuesta a usarlo. Creo que jamás podría enfrentarme a nada más aterrador. Ahora los cuatro corremos peligro.
—Me alegro de verte, Tom —espeta mientras equilibra la postura separando un poco más los pies.
Se está preparando para atacar.
—Pues yo a ti no —jadea él—. ¿Qué haces aquí?
Ella sonríe fríamente.
—Me contentaba con dejar que te revolcaras en la miseria, que consumieras tu vida intentando llenar el vacío que tú mismo creaste con tus estúpidas aventuras, pero has cometido el error de enamorarte. No puedo permitir que disfrutes de la felicidad cuando tú destruiste la mía.
—He pagado con creces mis errores, Lauren. —El nombre con el que se dirige a Ruth hace que aparte la vista de inmediato de la hoja brillante y la dirija al rostro sudoroso de Tom. ¿Lauren?—. Me merezco esto. —Es casi un ruego, y al oírlo se me parte el alma.
Está intentando convencerse a sí mismo de que me merece, y el hecho de que esté buscando la aprobación de esa chiflada hace que me olvide por un instante del tremendo dolor de barriga y de lo mucho que me escuece la cara. La ira me corroe.
—No, no te lo mereces. Tú me arrebataste la felicidad, y yo voy a arrebatarte la tuya. —Sacude el cuchillo en mi dirección y Tom se revuelve, nervioso. Me mira un instante con sus pesarosos ojos cafeces y luego vuelve a centrarse en Ruth, o Lauren, o como se llame.
—Yo no te arrebaté la felicidad.
—¡Sí lo hiciste! —chilla ella—. ¡Te casaste conmigo y luego me abandonaste!
Dejo escapar un grito ahogado y miro a Tom. Se está mordiendo el labio y su mirada oscila constantemente entre mi persona y... ¿su ex mujer? ¿Estuvo casado? Siento que me ahogo y mi mente empieza a dar vueltas intentando asimilar sin éxito lo que acabo de oír. Ruth me mira y al instante cambia su expresión furiosa y empieza a sonreír.
—¿No lo sabías? Vaya, menuda sorpresa. Puede que eso explique entonces por qué insistías en seguir a su lado.
Su petulancia, unida a la desesperación de Tom, me deja del todo paralizada.
—Nada puede separarnos —digo.
Mis palabras atraviesan el aire y le borran la sonrisa de la cara, pero también hacen que Tom se ponga más tenso todavía. Mantengo su mirada cautelosa y ésta me dice que no debería haber dicho eso. Empiezo a sacudir la cabeza suavemente y mi labio inferior comienza a temblar. La sensación de mi palma acariciándome la barriga me resulta reconfortante, pero la expresión dibujada en el rostro de mi marido, no. Aparta los ojos de los míos, los centra en mi vientre y una oleada de desesperación recorre lentamente su semblante.
—Lo siento muchísimo —susurra—. Debería habértelo contado.
Desde luego se ha dejado la peor de las sorpresas para el final, pero no me importa. Lo digo en serio. Nada podrá separarnos.
—Da igual —le aseguro, pero veo que el derrotismo se está apoderando de él.
—Da igual —espeta Ruth, y nuestra atención vuelve a centrarse de nuevo en el cuchillo que está blandiendo la zorra psicópata que ha irrumpido en nuestras vidas—. No sabe nada, ¿verdad?
Espero que esté equivocada. Espero que Tom asienta y le diga que lo sé todo: lo de La Mansión, lo de la bebida, y ahora lo de ella..., todo. No obstante, empieza a negar con la cabeza, lo que cuadruplica mi inseguridad.
—¿No sabe lo de nuestra hija? —La habitación comienza a dar vueltas, y Tom hace ademán de moverse—. ¡Quieto! —chilla Ruth al tiempo que sacude el cuchillo en su dirección.
—______... —Necesita desesperadamente llegar hasta mí. Sé que me estoy tambaleando en el sitio mientras trato de asimilar toda esta información, y lo está matando hallarse retenido, aunque no sea físicamente. Sabe que no puede moverse porque entonces ella vendrá a por mí. ¿Tiene una hija? Mi vida está terminando aquí y ahora. Ésta es la gota que colma el vaso de todas las sorpresas de este hombre. Está intentando compensar su falta de implicación en su vida.
—Sí, nos casamos y me abandonó estando preñada —espeta ella.
—Me obligaron a casarme contigo porque estabas embarazada. No te quería, y lo sabes.
Teníamos diecisiete años, Lauren. Nos acostamos una vez —dice con voz rota e insegura, como si estuviera intentando convencerse a sí mismo de que hizo lo correcto.
—¡No culpes a tus padres de tu decisión! —exclama, furibunda de nuevo, mientras agita las
manos de manera incontrolada.
—Estaba tratando de enmendar mis errores. Estaba intentando hacerlos felices.
La cocina sigue dando vueltas a gran velocidad mientras trato de encajar lo que estoy oyendo. No entiendo nada, y menos ahora, en esta situación tan peligrosa. Sin embargo, a través de mi confusión y mi estado de alarma, soy consciente de la importancia de mantenerme a salvo. Tengo que salir de aquí. Empiezo a retroceder con la esperanza de que su atención y su ira sigan centradas en Tom mientras trato de huir. Sé que su intención es acabar conmigo, no con él. Quiere castigarlo, y pretende hacerlo obligándolo a vivir sin mí. Lo tiene todo planeado, y yo también.
—¡No te muevas! —chilla, y me detengo sobre mis pasos—. Ni se te OCURRA intentar
marcharte porque le clavaré este cuchillo antes de que consigas llegar a la puerta. —Esa amenaza frustra mi plan por completo. La sola idea de que le haga daño a Tom me resulta insoportable, incluso a pesar de esa nueva revelación—. Todavía no has oído la mejor parte, así que te agradecería que te quedaras para escucharme.
—Lauren... —le advierte Tom entre dientes.
Ella se ríe con una carcajada ladina cargada de satisfacción.
—¿Qué pasa? ¿No quieres que le cuente a tu joven esposa preñada que mataste a nuestra hija?
Tom actúa rápidamente y nada conseguirá detenerlo, y sé que es porque estoy a punto de caerme de bruces al suelo. Mi mundo acaba de estallar en mil pedazos junto con mi mente sobrecargada, pero advierto que ella también se mueve. Veo cómo el cuchillo se acerca hacia mí a gran velocidad con absoluta determinación, y también observo que Tom se interpone entre mi cuerpo y el filo. Consigue impedir mi caída antes de tirar a Ruth al suelo y de propinarle un puñetazo en toda la cara con un rugido furioso. Ella se ríe. La zorra psicópata simplemente se ríe, provocándolo todavía más, incitándolo con su risa histérica.
—¡Yo no maté a nuestra hija! —grita, y vuelve a golpearla. El sonido de su puño contra su
expresión de regodeo me provoca escalofríos.
—¡Claro que sí! La sentenciaste a muerte en el momento en que se subió a ese coche.
—¡No fue culpa mía! —Está encima de ella, intentando controlar el movimiento frenético de sus manos.
—Carmichael jamás debería haberse llevado a nuestra hija. ¡Deberías haber sido tú quien se quedara con ella! ¡Me pasé cinco años en una celda acolchada! ¡Me he pasado veinte años deseando no haber dejado que la vieras! ¡Me dejaste sola, y después mataste lo único que me quedaba de ti! ¡Jamás permitiré que la sustituyas! ¡Nadie más tendrá una parte de ti!
Tom ruge, le propina otro puñetazo y la deja inconsciente en el acto. Intento sentarme a duras penas mientras observo cómo su cuerpo entero se convulsiona de agotamiento y de furia. He oído y comprendido cada una de las palabras que se han lanzado el uno al otro y estoy pasmada, pero más triste que otra cosa. Cada instante de auténtica locura que he soportado desde que conocí a este hombre acaba de justificarse. Toda su sobreprotección, su preocupación excesiva, su comportamiento neurótico acaban de cobrar sentido. No cree merecer la felicidad, y ha estado protegiéndome. Pero ha
estado protegiéndome de sí mismo y de su oscuro pasado. No era él quien acompañaba a Carmichael en aquel coche. Era su hija. Toda la gente a la que ha amado en esta vida ha muerto de una manera trágica, y se siente responsable de cada una de esas muertes. Se me parte el alma.
—Nada nos separará —sollozo intentando levantarme, pero no consigo pasar de las rodillas. Él creía que esto acabaría con nosotros, pero no lo hará. Me siento aliviada. De hecho, ahora por fin todo tiene sentido.
Tom levanta el corpachón del suelo y vuelve sus caféces ojos pesarosos y atormentados hacia mí.
—Lo siento muchísimo. —Le tiembla la barbilla y empieza a avanzar en mi dirección.
—No importa —le aseguro—. Nada importa. —Extiendo los brazos hacia él, desesperada por hacer que sienta que lo acepto y que no me importa su pasado, por muy impactante y oscuro que sea.
Una sensación de serenidad recorre el espacio que nos separa, como una especie de silenciosa comprensión mutua, mientras espero a que llegue junto a mí.
Comienzo a impacientarme. Está tardando demasiado, y parece avanzar más despacio a cada paso que da, hasta que se postra sobre una rodilla lanzando un grito ahogado y agarrándose el estómago con un siseo. Mis ojos confundidos buscan alguna pista en su rostro de qué es lo que sucede, pero entonces se retira la chaqueta y veo su camisa empapada de sangre, con el cuchillo clavado en su costado.
—¡NOOOOO! —grito, y me levanto inmediatamente para correr a su lado. Mis manos planean alrededor del mango del cuchillo sin saber qué hacer—. ¡Joder, Tom! —Se deja caer de espaldas, ahogándose, palpándose con las palmas la herida alrededor del filo—. ¡Dios mío, no, no, no, no, no! ¡No, por favor!
Me postro de rodillas. Todo el dolor de mi estómago y mi rostro se desplaza y se concentra en mi pecho. Me cuesta respirar. Le coloco la cabeza sobre mi regazo y le acaricio la cara frenéticamente.
Sus párpados se vuelven pesados.
—¡No cierres los ojos, Tom! —grito, desesperada—. Cariño, no cierres los ojos. Mírame.
Se obliga a abrirlos con gran esfuerzo. Está jadeando, intentando decir algo, pero lo hago callar.
Pego mis labios a su frente y empiezo a llorar, histérica.
—_____...
—Chsss.
En un instante de racionalidad, empiezo a rebuscar en el bolsillo interior de su chaqueta y pronto encuentro su móvil. Necesito tres intentos hasta que logro marcar el número correcto de urgencias, y entonces empiezo a gritar por el teléfono. Grito la dirección y le suplico a la mujer que está al otro lado que se dé prisa. Ella intenta tranquilizarme y darme instrucciones, pero no la oigo. Cuelgo el teléfono, demasiado preocupada por el tono pálido de Tom. Está gris, su cuerpo está completamente laxo y sus labios resecos están separados, resollando débilmente. Sin embargo, su respiración entrecortada no eclipsa el silencio sobrecogedor que nos rodea.
—¡Tom, abre los ojos! —grito—. ¡No te atrevas a dejarme! ¡Me enfadaré mucho si me dejas!
—No puedo... —Su cuerpo da una sacudida y sus ojos se cierran.
—¡Tom!
Los abre de nuevo e intenta levantar el brazo en vano, pero se rinde y lo deja caer de nuevo sobre el suelo. No soporto el sonido de su respiración laboriosa, de modo que cojo su teléfono y llamo a mi móvil. Angel empieza a sonar a pocos metros de distancia. Comienzo a mecerlo, incapaz de controlar el llanto. Cada vez que mi teléfono se para, vuelvo a llamar, repitiendo una y otra vez el sonido de su canción para amortiguar el de sus ásperos resuellos. Sus ojos me miran pero no me ven. Están vacíos.
Busco algo en ellos, pero no hay nada.
—Inseparables —balbucea. Sus párpados empiezan a volverse pesados hasta que pierde la batalla de mantenerlos abiertos.
—Tom, por favor. Abre los ojos. —Intento desesperadamente abrírselos—. ¡ÁBRELOS! —le grito, pero estoy rogando en vano.
Lo estoy perdiendo.

Y lo sé porque mi propio corazón está dejando de latir también.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ---- NO LLOREN CHICAS POR FAVOR!! PIENSEN QUE EL ES EL ES EL PROTAGONISTA DE LA NOVE .... BUENO YA SOLO QUEDAN DOS ACTUALIZACIONES ASI QUE SI QUIEREN QUE MAÑANA SUBA CAPITULO COMENTEN -.. 4 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))

4 comentarios: