ULTIMOS CAPITULOS!!!
CAPITULO
# 31.-
Llego
una hora tarde al trabajo, pero esta vez no me voy a librar. Patrick está aquí,
y se encuentra junto a mi mesa cuando por fin entro por la puerta.
—¿Flor?
—Me mira con una expresión de reproche dibujada en su cara redonda, y eso es lo
último que necesito hoy. Llego tarde, y lo que voy a anunciarle probablemente
vaya a provocarle un ataque al corazón. Mira el reloj de la oficina—. ¿Qué hora
crees que es?
Es
una de las pocas veces que le he visto una mala cara a mi jefe. Siempre he
estado muy
entregada
a mi carrera, pero mi vida personal está interfiriendo, y mi trabajo ha quedado
en un segundo plano. Estoy tentando la suerte, y llevo haciéndolo desde que Tom
irrumpió en mi vida.
—Lo
siento, Patrick. —No puedo mentirle diciéndole que estaba reunida con algún
cliente, así que lo dejo en una simple disculpa.
—_______,
sé que en tu vida ha habido muchos cambios últimamente, por cierto,
enhorabuena, pero necesito dedicación. —Saca su peine del bolsillo interior de
su chaqueta y se lo pasa por el pelo cano.
Me
quedo perpleja. ¿«Por cierto, enhorabuena»? Eso no ha sido muy sincero.
—Lo
siento —repito, porque no sé qué otra cosa decir.
¿«Por
cierto»? Me siento un poco insultada, pero no se me ocurre un modo de expresar
mi desaire, y además, Patrick no me da ocasión de hacerlo. Se marcha a su
despacho y cierra la puerta tras él. Centro mi confusión en mis tres colegas,
que están todos sentados en silencio con la cabeza agachada. ¿Les ha echado la
bronca a ellos también? Me dejo caer en la silla y, ya sea buena idea o no, dado
el enfado de mi jefe, decido llamar a Kate. Una amiga. Eso es lo que necesito
en estos momentos.
Responde
al teléfono con voz rasposa.
—¿Todavía
estás en la cama? —pregunto mientras enciendo el ordenador.
—Sí.
—Es la única palabra que sale por el auricular.
Sonrío.
—¿Tienes
a cierto hombre mono, con el pelo desenfadado y un hoyuelo en la cara a tu
lado? —Ruego para que su respuesta sea un «sí», y entonces oigo movimiento y unas
risitas. Mi propia sonrisa se amplía. Necesitaba oír una voz amiga, pero esto
también me sirve.
—Pues
sí —responde casi con un chillido sin molestarse en eludir mi pregunta—. ¡Georg!
—Vale,
pues te dejo. Tengo cosas que contarte, pero pueden esperar.
—¡No,
_____!
—¿Qué?
—¡Espera!
—me exige. Oigo más movimiento, y unas cuantas palmadas y después una puerta que
se cierra—. Sólo quería saber cómo acabó lo de Dan. —Está susurrando, por
razones obvias.
Eso
me borra la sonrisa de la cara. No hace falta que le cuente a Kate los detalles
más escabrosos. Además, en estos instantes me avergüenzo tanto de mi hermano
como él de sí mismo.
—Bien.
Está todo bien. Ha vuelto a Australia, y Tom lo convenció para que mantuviera
la boca cerrada.
—Me
siento responsable.
—Kate,
él ya se lo había imaginado antes de que hicieras la aparición del siglo.
—Ahora ya
puedo
bromear al respecto—. ¿Habéis hablado? —pregunto tímidamente mientras golpeteo
la mesa con el boli frenéticamente y me pregunto si no sería mejor hacerlo
directamente con la cabeza.
—Sí,
hemos hablado. Sabía lo de Dan. —Hace una pausa y sé que está esperando un
grito
ahogado
de sorpresa por mi parte, pero ha pasado demasiado tiempo como para que finja
ahora.
De
todos modos, hago un esfuerzo:
—¿En
serio? —digo prácticamente chillando, y tres pares de ojos sorprendidos me
miran desde todos los rincones de la oficina.
—Venga
ya, _____ —farfulla—. Me sentí como una auténtica idiota. No es tan ingenuo
como yo pensaba.
—Lo
sé —asiento—. Entonces ¿todo va bien?
—Sí,
todo va bien. De maravilla, de hecho.
Sonrío
de nuevo.
—¿Se
acabó La Mansión?
—Se
acabó La Mansión —confirma—. ¿Y tú cómo estás? ¿Con vómitos? ¿Te duelen las
piernas? ¿Te ha salido ya alguna estría?
—Todavía
no. —Bajo la vista y veo que tengo la mano apoyada sobre el vientre—. Aunque
puede que no sea la única que vaya a tener todos esos síntomas —digo despertando
su curiosidad. No puedo guardarme esto para mí sola.
—¡¿Queeeeeé?!
¿Quién más está preñada? —pregunta, claramente intrigada—. ¿No será la
simplona
de Sal?
—¡No!
Miro
a la simplona de Sal y compruebo que, de hecho, vuelve a ser la simplona de
siempre. Y entonces siento lástima por ella. ¿Cómo no me había percatado antes?
Tiene el pelo mustio y sin brillo, no lleva nada de maquillaje y ha vuelto a
ponerse la blusa negra de cuello cerrado. No sé si lleva puesta la falda de
cuadros porque tiene las piernas escondidas detrás de su mesa, pero estoy convencida
de que así es.
—Entonces
¿quién? —La voz impaciente de Kate me hace apartar la vista de la simple y
suicida Sal y vuelvo a centrar la atención en sus preguntas.
—Coral.
—¡No
me jodas!
—Sí,
Coral está embarazada, y eso no es todo. —Le estoy dando emoción cuando en
realidad no hace ninguna falta. Ya tengo toda su atención y la he dejado
pasmada. Todavía no ha oído lo mejor—.Y dice que es de Tom.
—¡¿QUÉ?!
Me
aparto el teléfono de la oreja convencida de que toda la oficina, y puede que
todo Londres, la ha oído.
—Pero
es mentira.
—Espera,
espera, espera. —Me la imagino haciendo el gesto con la mano, y oigo que
arrastra una silla por el suelo de la cocina. Se está sentando.
—¿Coral
está preñada?
—Sí.
—¿Y
dice que es de Tom?
—Sí.
—Abro mi correo electrónico y le contesto como si tal cosa. Lo tengo superado.
—Pero
¿es mentira?
—Exacto.
—¿Y
cómo lo sabes? —Me hace la pregunta con prudencia pero con razón, y ya me la
esperaba.
—Porque
ha intentado colarnos un cacahuete por una nuez.
—¿De
qué cojones estás hablando?
Suspiro
y continúo ojeando mi cuenta de correo sin prestar atención.
—Tiene
una ecografía. Dice que es de cuatro meses, pero es evidente que no, y ha
recortado todas las posibles pruebas: la fecha, todo.
—¡Será
puta! ¿Cómo puede estar tan desesperada?
—Ya
ves. Estará de cuatro semanas como mucho. La última vez que Tom se acostó con
esa zorra fue hace más de cuatro meses. Te lo juro, Kate, he estado a punto
de...
—¡Espera
un momento!
—¿Qué?
—¡Joder!
¡GEORG! —chilla, y yo salto en mi silla—. ¡GEORG!
—¿Quieres
dejar de gritarme al oído? —protesto. Entonces oigo unas fuertes pisadas al
otro lado de la línea y el sonido de una puerta que se abre. Oigo la voz
adormilada de Georg y después el estridente chillido de Kate. No entiendo nada
de lo que dicen. Georg habla demasiado bajito, y Kate tan alto que su voz está
distorsionada—. ¿Kate?
—¡Joder,
_____!
Ahora
sí que me cabreo en serio.
—Deja
de gritarme y haz el favor de hablar conmigo.
—Vale
—jadea—. Gustav se acostó con Coral.
Me
pongo derecha en mi silla.
—¿Cuándo?
—Pues
hará unas cuatro o cinco semanas —dice como si tal cosa, a miles de kilómetros
de
distancia
de sus últimos gritos frenéticos.
—¿Cómo
lo sabes?
—Me
lo contó Georg. Gustav estaba borracho y ella le echó el guante. El pobre no
sabía nada al respecto, y probablemente nunca se habría enterado si Georg no
llega a presentarse en su casa. La pilló marchándose a hurtadillas.
—Joder.
—He dejado de mirar mi correo electrónico y he vuelto a golpetear la mesa con
el bolígrafo, esta vez con más fuerza—. Pero ¿cómo se le ocurre? ¡El bebé
tardaría tres meses más de lo esperado en nacer!
—La
gente desesperada hace cosas desesperadas, amiga mía —declara, más relajada al
fin—.Georg está hablando con él por teléfono en estos momentos. ¿Estás bien?
Debe de haber sido horrible, aunque estuviera mintiendo.
—Sí,
pero ya estoy acostumbrada a esa clase de sorpresas con Tom. —Le quito
importancia con la apatía que merece todo este episodio. Aunque a Gustav sí que
lo pillará desprevenido.
—Bien.
Ahora tendrás que cuidarte mucho, ¿no? —dice dulcemente a modo de pregunta pero
con un tinte de advertencia.
—Sí,
eso hago y eso haré. Oye, tengo que colgar. Patrick está cabreado conmigo, y
Ken, Sal y Victoria están como si alguien les hubiera dado un bofetón. ¿Comemos
mañana?
—Vale.
Llámame.
Cuelga,
y yo me quedo mirando con escepticismo la oficina. Sólo está tan silenciosa
cuando me quedo sola. Miro por encima de mi hombro hacia el despacho de Patrick
y veo que tiene la puerta cerrada. Y aunque me muero por llamar a Tom para
informarlo de lo que me acabo de enterar, eso sería tentar demasiado la suerte,
y sé que Georg lo llamará de todos modos. Debería prepararme para mi reunión
con Ruth Quinn.
A
las once y media nadie ha dicho ni mu todavía. Patrick aún no ha salido de su
despacho y me siento nerviosa cuando llamo a su puerta. No la abro sin más como
suelo hacer. Espero a que me invite a entrar y, cuando lo hace, asomo la cabeza
y sonrío dulcemente.
—Tengo
una cita a mediodía con la señora Quinn.
—Bien.
Tienes que estar de vuelta a las dos. Hay una reunión. —Su tono es severo, y ni
siquiera me mira, sino que mantiene la atención fija en la pantalla de su
ordenador.
—De
acuerdo.
Cierro
la puerta con cuidado y me marcho de la oficina consternada y preocupada. ¿Una
reunión? Seguro que es una reunión para discutir mi reciente falta de formalidad
pero, curiosamente, no me angustia la idea.
En
la puerta me topo con un mensajero.
—Tengo
una entrega para ______ O’Shea. —Su voz está amortiguada tras el casco de la moto
que no se ha quitado.
—Soy
yo —murmuro con aprensión. Al oír mi nombre de soltera se me han puesto los
pelos de punta.
—Firme
aquí, por favor. —Me planta el portapapeles debajo de mis narices, lo firmo y
acepto el sobre que me da una vez que he acabado.
No
quiero aceptar esta entrega, pero cuando John aparece, me esfuerzo por
aparentar normalidad, cuando en realidad debería mostrarme exasperada ante la
presencia del grandullón. El mensajero se monta en la moto y se larga por la
carretera sin mediar palabra. Cuando John se inclina para abrirme la puerta del
acompañante me doy cuenta de que me he quedado petrificada, todavía con el
sobre en la mano.
—¿Qué
es eso, muchacha? —pregunta, y su frente lisa y reluciente se arruga alrededor
de sus enormes gafas de sol.
—Nada.
—Lo meto en el bolso, entro en el coche y me pongo el cinturón—. ¿Qué haces
aquí?
Se
funde con el tráfico, inicia sus terapéuticos golpeteos de la palma sobre el
volante y me
pregunto
cómo es posible que la funda de cuero no esté desgastada por el roce constante.
—Tienes
una cita, muchacha.
Lo
atravieso con mi mirada inquisitiva. No es posible que lo sepa porque me he
asegurado de guardar mi agenda laboral bajo llave, como mi boca.
—¿Cómo
lo sabes? —Por primera vez desde que conozco a este negro enorme y amenazador, parece
incómodo. Está evitando mirarme a la cara—. Te ha pedido que me sigas, ¿verdad?
—lo acuso.
No
me lo puedo creer.
Sus
golpeteos se vuelven más rápidos. Le doy unos instantes para pensar la
respuesta, pero sé por la expresión de su rostro que sabe que lo he pillado.
—Muchacha,
alguien intentó hacer que te salieras de la carretera. Es normal que tu marido
esté un poco nervioso al respecto. ¿Adónde vamos?
—A
Lansdowne Crescent —contesto—. ¿Y qué excusa tienes para las otras veces que me
ha acosado?
—Ninguna
—responde cándidamente—. En esas ocasiones simplemente se estaba comportando como
un tarado hijo de puta.
Me
echo a reír y John me acompaña echando la cabeza hacia atrás como a mí me
gusta.
—¿No
te cansas? —pregunto pensando que es posible que me considere una molestia.
Dudo mucho que esto forme parte de su trabajo.
—No
—responde riendo, y se vuelve hacia mí sonriendo con aprecio—. Ese tarado hijo
de puta no es el único que se preocupa por ti, muchacha.
Tengo
que apretar los labios para evitar que mi estúpida sensiblería de embarazada se
apodere de mí y empiece a sollozar ridículamente. Sé que a John no le haría
gracia.
—A
mí tampoco me molesta tu presencia —respondo quitándole importancia a su
muestra de afecto porque sé que me lo agradecerá, y su risa silenciosa lo
confirma.
—He
estado leyendo —me informa, y se inclina para abrir la guantera. Saca un libro,
me lo entrega y vuelve a golpetear el volante.
Leo
el título y lo releo para asegurarme de que lo he leído bien.
—¿Bonsáis?
—Sí.
Empiezo
a pasar las páginas admirando los preciosos arbolitos e imaginándome a John
inclinado sobre uno, podando con delicadeza las frágiles ramas.
—¿Es
tu hobby?
—Sí,
es muy relajante.
—¿Dónde
vives, John? —No sé de dónde sale esa pregunta.
John
y los bonsáis es algo que jamás relacionaría de manera natural, pero con este
nuevo y extraño descubrimiento, me siento obligada a saber más.
—En
Chelsey, muchacha.
—¿Vives
solo?
—Completamente.
—Se ríe—. Mi única compañía son mis árboles.
Estoy
estupefacta. Jamás lo habría pensado. Este negro enorme con cara de pocos
amigos que vigila La Mansión y que mantiene a los hombres sobreexcitados (y
quizá a algunas mujeres) en su sitio, y que a primera vista me pareció un
miembro de la mafia, resulta que vive solo con sus bonsáis.
Es
fascinante.
—¿Vas
a esperarme fuera? —le pregunto con ironía cuando detiene el vehículo delante
de la vivienda de Ruth Quinn.
Su
diente de oro reluce y se inclina para coger el libro.
—Estaré
leyendo un poco, muchacha.
—Procuraré
no tardar mucho.
Salgo
del coche y corro por el camino hasta la casa. La puerta se abre sin que me dé
tiempo a llamar.
—¡_____!
—Parece demasiado contenta de verme.
—Hola,
Ruth, ¿cómo estás?
—¡De
maravilla! Pasa. —Mira por encima de mi hombro con el ceño ligeramente fruncido
y me insta a entrar rápidamente.
La
dejo con su curiosidad porque explicarle lo de John me llevaría una eternidad,
y no quiero permanecer aquí más tiempo del necesario. Tengo que ser lo más
profesional posible.
Me
dirige por el pasillo hacia la cocina.
—¿Qué
tal el fin de semana?
Bien
y mal. Estupendo y horrible. Parece que han pasado años luz.
—Bien,
gracias. ¿Qué tal el tuyo? —Me siento a la inmensa mesa de roble y saco mis
archivos.
—Estupendo
—canturrea, y se sienta a mi lado.
Sonrío
amablemente y abro su archivo.
—¿De
qué querías que hablásemos? ¿De los armarios de la cocina?
—No,
olvídate de los armarios. Seguiremos adelante con el plan original. Oye, la
nevera de vinos, ¿al final escogimos la sencilla o la doble?
Como
me haya hecho venir hasta aquí para eso voy a cabrearme a base de bien.
—La
doble —respondo lentamente.
No
me siento en absoluto cómoda. Podría haberse limitado a llamar para aclarar
eso. Mi teléfono empieza a sonar en mi bolso, pero no contesto a pesar de que
suena la melodía de Angel. No pienso permanecer aquí mucho más tiempo, ya que
no hay ninguna necesidad de que esté, así que le devolveré la llamada en cuanto
consiga escapar.
—¿Eso
era todo? —digo con recelo. Mi móvil deja de sonar pero vuelve a hacerlo
inmediatamente.
—¿Quieres
contestar? —pregunta mirando mi bolso.
—Tranquila
—respondo sacudiendo la cabeza ligeramente. Aunque ella no lo sabe, mi
movimiento
de cabeza se debe a que no me puedo creer que me haya hecho venir hasta aquí—.¿Querías
algo más, Ruth?
—Eh...
—Mira desesperada por la cocina—. Sí, he cambiado de idea con respecto al suelo
de nogal —dice, y arrastra por la mesa una revista que hay al otro lado—. Me
gusta mucho éste —añade señalando una alternativa en roble que aparece en la
portada.
Empiezo
a expresarle las razones de por qué considero que es mejor que el suelo sea de
nogal, pero mi teléfono me interrumpe. Dejo caer los hombros.
Ruth
empuja mi bolso hacia mí.
—_____,
tal vez deberías contestar. Es evidente que quienquiera que sea quiere hablar
contigo.
Cierro
los ojos y hago un gesto de «por favor, dame paciencia». Cojo el bolso, saco el
móvil, me levanto de la mesa y me dirijo a la entrada.
—Tom,
estoy en una reunión. ¿Te llamo luego?
—Tengo
mono de _____ —farfulla—. ¿Tú tienes mono de Tom?
—¿Hay
algún remedio? —pregunto con una sonrisa en la cara, sabiendo perfectamente
cuál es el remedio.
—Sí,
se llama contacto constante. ¿A qué hora sales de trabajar?
—No
lo sé. Tengo una reunión con Patrick a las dos. —Miro por encima de mi hombro y
veo que Ruth está hojeando la revista de diseño. Quizá no me está prestando
atención, pero seguro que me oye.
A
lo mejor eso es bueno. Estoy felizmente casada, la mayor parte del tiempo. Y
también estoy embarazada. ¿Debería dejarlo caer de alguna manera en la
conversación?
—Ah,
estupendo. Por fin vas a cumplir tu promesa de hablar con él —dice Tom.
—Sí.
—Aunque
eso no te llevará mucho tiempo, ¿verdad?
—No,
probablemente no, pero da igual, porque John me estará esperando, ¿verdad?
—Respondo a su pregunta con la mía propia. Puede que haya delatado a John, pero
¿qué sentido tiene fingir que no estoy al tanto?
—Claro.
—Oigo su risa en su tono—. ¿Cómo están mis pequeños, señorita?
—Nuestros
pequeños están bien. —Al instante me doy cuenta de lo que acabo de decir, y
también de que me estoy acariciando la barriga—. Tom, tengo que dejarte.
Hablamos luego.
—¿Y
qué se supone que tengo que hacer hasta entonces?
—Sal
a correr.
—Eso
ya lo he hecho —responde con orgullo—. Puede que me vaya de compras.
—Eso,
vete de compras —lo animo esperando que acabe en Babies“R”Us y que no salga
hasta las seis—. Te quiero —añado, terminando así la conversación con algo que
lo apaciguará durante un poco más de tiempo.
—Lo
sé —suspira.
—Adiós.
—Sonrío, cuelgo y me dirijo de nuevo a la cocina—. Disculpa —digo toqueteando
el móvil mientras me siento—. ¿Roble, entonces?
Parece
sumida en sus pensamientos mientras me observa durante unos instantes. Entonces
desvía la mirada hacia mi vientre, que está escondido debajo de la mesa. Estaba
segura de que me estaba escuchando, pero una parte de mí esperaba que no lo
hiciera.
Empiezo
a anotar un montón de cosas sin sentido.
—Averiguaré
el precio del roble. La instalación costará lo mismo, pero lo preguntaré por si
acaso. ¿Seguro que quieres descartar el nogal? —Espero su confirmación, pero
cuando ya no tengo nada más que anotar y ella sigue sin contestarme, levanto la
vista y la veo ensimismada—. ¿Ruth?
—¡Ay,
perdona! Estaba en Babia. Sí, por favor. —Se levanta—. _____, discúlpame, ni
siquiera te he ofrecido una taza de té. ¿O te apetece mejor un vino? Podríamos
tomarnos una copita de almuerzo.
—No,
gracias. No bebo.
—¿Por
qué?
La
brusquedad de su pregunta hace que me sienta aún más incómoda.
—Entre
semana. No bebo entre semana.
—Entiendo.
Sí, no vaya a ser que se nos vaya de las manos. —Esboza una sonrisa, pero ésta
no alcanza sus ojos azules—. ¿Cómo está tu marido?
Inspiro
súbitamente. Acaba de relacionar el alcohol y lo de que se nos vaya de las
manos con mi marido en dos frases muy seguidas.
—Está
bien. —Empiezo a recoger mis cosas para marcharme. Puede que me haya tocado la
fibra sensible sin querer, pero sigue mirándome con anhelo, y empieza a
resultarme insoportable—. Te llamaré en cuanto me pasen los presupuestos.
Me
levanto con demasiada brusquedad y el tacón se me engancha en la pata de la
silla haciendo que me tambalee ligeramente. Está junto a mí en un instante,
sosteniéndome del brazo.
—_____,
¿estás bien?
—Sí,
tranquila. —Recobro la compostura y hago todo lo posible por no parecer
incómoda, pero ahora que me ha puesto la mano encima no va a soltarme
fácilmente. De hecho, la está deslizando por mi brazo. Me pongo tensa de los
pies a la cabeza cuando llega a mis mejillas y me las acaricia suavemente.
—Eres
tan guapa —susurra.
Debería
apartarme, pero me he quedado totalmente pasmada, y mi incapacidad para
reaccionar le está permitiendo acariciarme alegremente.
—Tengo
que irme —digo con firmeza cuando por fin recupero algo de sensatez.
Doy
un paso atrás y ella deja caer la mano ligeramente avergonzada. Se ríe y aparta
la mirada.
—Sí,
será lo mejor.
Inicio
mi huida apresurándome por el vestíbulo hasta la puerta principal y la abro. Ni
siquiera la cierro al salir. John me ve correr hacia el coche y se apresura a
salir.
—¡______,
muchacha! —exclama mientras me abre la puerta y me inspecciona rápidamente para
comprobar que estoy físicamente intacta.
Una
vez satisfecho, mira detrás de mí y se lleva la mano a la cabeza para quitarse
las gafas de sol.
Esa
acción no me habría extrañado tanto si se las hubiera dejado puestas, pero no
lo ha hecho, y ahora está mirando por el camino que lleva a la casa de Ruth.
Me
detengo y me vuelvo para ver qué es lo que ha captado su atención, y entonces
veo que la puerta se cierra.
—¿Qué
pasa, John? —pregunto sintiéndome algo mejor ahora que me he alejado de mi
excesivamente
amigable clienta, que ahora sencillamente me pone los pelos de punta.
—Nada,
muchacha. Métete en el coche. —Se pone las gafas de nuevo y me señala el
vehículo con la cabeza en lugar de repetirse, de modo que entro y espero a que
él también lo haga. Se sienta y se vuelve hacia mí—. ¿Por qué te has puesto
así?
Me
hundo en mi asiento y me abrocho el cinturón, sintiéndome un poco estúpida.
—Me
temo que tengo una admiradora.
Esperaba
una carcajada o un grito ahogado de sorpresa pero no hace nada, ni siquiera
asiente ante mis palabras, sino que simplemente aparta la mirada de mí.
—Otra
cosa más para que ese cabrón se vuelva loco —gruñe John secamente—. ¿Cómo se
llama?
—Ruth
Quinn. Es muy rara.
Asiente
pensativamente.
—¿Te
llevo de vuelta a la oficina?
—Sí,
por favor.
Dejo
caer el bolso entre los pies y el sobre que había guardado antes en él asoma
recordándome su presencia. Me agacho para cogerlo con mucha curiosidad.
—¿Qué
es eso? —pregunta él señalando el sobre que tengo en las manos.
—No
lo sé —digo con un tono que refleja la aprensión que siento—. Me lo ha
entregado un mensajero. —Estoy siendo totalmente sincera porque, si resultara
ser otra advertencia, se lo contaría a Tom igualmente, así que no pasa nada si
John lo sabe también.
Abro
el sobre y saco una especie de tarjeta. Me quedo sin respiración en cuanto veo
las letras recortadas.
—¿Qué
es? —pregunta John, muy preocupado.
Soy
incapaz de articular palabra. Este tipo de cartas siempre se envían con cierta
malicia, y conforme voy leyendo el mensaje compuesto de recortes de distintos
periódicos y revistas, mi despreocupación por la advertencia anterior me parece
bastante imprudente.
—Es
otra advertencia —consigo decir casi sin aliento. Siento náuseas.
—¿Otra?
—Sí.
Recibí una acompañada de unas flores marchitas. Pero la tiré a la basura y di
por hecho que se trataba de alguna vieja conquista sexual de Tom a la que le
había dado calabazas. —Bajo la ventanilla para respirar un poco de aire fresco.
—¿Qué
pone? —John sigue mirando constantemente la tarjeta que he dejado caer sobre mi
regazo a través de las gafas de sol.
Le
leo el mensaje.
TE DIJE QUE LO DEJARAS
Suelta
un taco de frustración.
—¿Qué
ponía en la otra nota? ¿Era igual que ésta?
Intento
concentrarme y recordar qué decía exactamente el otro mensaje.
—Algo
de que yo no lo conocía y ellos sí. —Sacudo la cabeza con frustración—. No me
acuerdo bien. La otra estaba escrita a mano.
Me
enfurezco conmigo misma por haberla tirado cuando debería haber sido sensata y
habérselo contado a Tom. Le ha encargado a Steve que investigue el incidente
del coche y cuando me drogaron, y yo, idiota de mí, le oculté algo que podría
haber ayudado. Quizá se habría puesto hecho una furia al principio, pero los
beneficios a largo plazo de haberlo puesto al corriente habrían pesado más que
el ataque de rabia que le habría dado (como el que le va a dar pronto, porque
esta vez sí que se lo voy a contar, y sé que se va a cabrear bastante). Qué
estúpida he sido.
—¿Por
qué no se lo has contado a tu marido? —John parece preocupado, lo que no hace
sino acrecentar mi propio desasosiego.
—¿Tú
qué crees? —No puede ser tan ingenuo como para hacerme de verdad esa pregunta.
El profundo suspiro que lanza y la breve mirada de comprensión que se dibuja en
su rostro cabreado me confirman que no lo es.
—Entiendo,
muchacha. —No me reprocha haber sido tan estúpida, pero sé que lo está
pensando.
—Creía
que había sido Coral —me excuso.
—¿Incluso
después del rapapolvo que le has echado esta mañana? —Sé que está reprimiendo
una sonrisita.
—No,
creía que era Coral antes. No ahora.
—¿Se
lo dices tú o se lo digo yo? —pregunta John, muy serio. Sé lo que quiere decir.
No hace falta que me dé más explicaciones y, cuando me mira y asiente ante mi
rostro de súplica, sé que lo entiende—. Yo se lo contaré, muchacha.
—¿Podrías
intentar apaciguarlo, también?
—Si
estuviésemos hablando de alguna otra cosa, te diría que sí. Pero estamos
hablando de ti. No puedo prometerte nada.
Suspiro,
aunque agradezco su franqueza.
—Gracias.
¿Vas a ir a La Mansión?
—No,
muchacha. Lo llamaré. Tú vete al trabajo tranquila, te esperaré a la salida.
—De
acuerdo —accedo sintiéndome ansiosa, idiota y demasiado vulnerable. Una vez
más, he subestimado algo que no debería.
En
la oficina sigue habiendo un incómodo silencio cuando John me deja allí. Mis
tres colegas continúan con la cabeza agachada, Sally parece estar aún al borde
del suicidio y la puerta del despacho de Patrick todavía permanece cerrada.
Nadie me saluda cuando entro, y Sally no me ofrece café, de modo que dejo el
bolso y me dirijo a la cocina para prepararme uno yo misma. Estoy echándome la tercera
cucharada de azúcar en la taza cuando doy un brinco y me tenso al oír el tono
que suena en mi móvil cuando llama mi marido. Si supiera que es posible, lo
dejaría sonar, pero sé que llamará al fijo
si
no contesto, o que irrumpirá en la oficina.
Dejo
el café, respiro hondo unas cuantas veces para reunir el valor suficiente y
saco mi teléfono.
Ésta
no es una llamada que pueda contestar delante de todos, de modo que corro a la
sala de conferencias, cierro la puerta al entrar y contesto temiendo oír la
furia de un hombre enloquecido.
—¡Por
favor, no me grites! —espeto, y me aparto rápidamente el teléfono de la oreja
después de expresar mi súplica.
No
me equivocaba.
—¡¿En
qué coño estabas pensando?! —me chilla—. ¡¿Cómo has podido ser tan estúpida?!
Cierro
los ojos y acepto la bronca en silencio manteniendo el teléfono a una distancia
segura.
Su
respiración es agitada.
—Me
he vuelto loco trabajando con Steve para intentar sacar algo en claro, ¿y ahora
me entero de que recibiste una amenaza escrita a mano? —Oigo un portazo—. ¿Y la
rompiste? Era una prueba, ______.
¡Joder!
¡Era una prueba!
—¡Lo
siento! —Estoy a punto de echarme a llorar—. No quería preocuparte. Pensaba que
era una tontería.
—¿Una
tontería después de que te drogaron? ¿Y seguías pensando que era una tontería
cuando intentaron sacarte de la carretera? —Está furioso, pero sé que es porque
se siente impotente. No puede controlar todo lo que está sucediendo, y eso lo
está volviendo loco.
—Debería
habértelo dicho.
—¡Joder!
—Se hace el silencio y sé que debe de estar tirado sobre la silla de su
despacho,
frotándose
la sien con las puntas de los dedos—. Dime que no vas a salir de esa oficina
esta tarde.
—Tengo
una reunión con Patrick. Le contaré lo de Mikael. —Estoy intentando decirle lo
que quiere oír. No puedo trabajar con Mikael, a pesar de que ya no creo que él
esté detrás de todo esto.
—Esto
no es obra de Mikael, _____ —dice con un tono más tranquilo de lo que sé que está.
Eso ya lo sabía yo, pero ¿qué ha convencido a Tom de ello?—. Steve me ha
confirmado que Mikael sí tomó el vuelo a Dinamarca. Ha estado yendo y viniendo
de Londres constantemente durante las últimas semanas, pero está todo
confirmado. Es imposible que él te drogara, y no podría haber conducido mi coche
porque hemos confirmado que en las dos ocasiones se encontraba en Dinamarca.
Además, ¿por
qué
cojones iba a decir que me conoce? —El tono de Tom se vuelve más áspero según
acaba la frase.
Es
una referencia a la primera amenaza que recibí.
—¿Y
qué hay de las imágenes de la cámara de seguridad? —pregunto con tiento.
—No
lo sé, ______ —suspira—. Encontraron mi coche ayer. Steve está en ello. Han
desactivado el localizador.
—Vaya.
Aposento
mi culo cansado en una de las sillas que rodean la mesa de conferencias. Podría
echarle en cara que no soy la única que ha estado ocultando información, pero
decido no hacerlo. Sé que ha estado moviendo algunos hilos, pidiendo favores y
haciendo de todo menos alertar a la policía, que es lo que debería hacerse en
realidad, mientras que yo me he comportado como una idiota.
—¿Quieres
que vaya a La Mansión después del trabajo? —pregunto.
—No.
John te llevará a casa en cuanto hayas terminado de hablar con Patrick. Nos
vemos allí. Después de lo que acabo de descubrir, le he pedido a Steve que se
pase por aquí. —Su sarcasmo no me pasa desapercibido, ni tampoco su tono
furioso. He cometido un tremendo error. No le digo que es posible que mi día de
trabajo no termine después de haber hablado con Patrick porque no serviría de nada
más que para ganarme más rugidos a través del teléfono. Tengo que jugar acorde
con sus reglas esta vez—. No salgas de la oficina, y cuando John te deje en
casa, no te muevas de allí, ¿entendido?
—Entendido
—susurro.
—Buena
chica. Hablaré con Steve, pero saldré pitando de aquí en cuanto hayamos
acabado.
—Te
quiero —le digo con urgencia, como si no fuese a tener la oportunidad de
decírselo otra vez.
Suspira.
—Lo
sé, nena. Nos daremos un baño en cuanto llegue a casa, ¿de acuerdo?
—De
acuerdo —asiento. Su suave promesa de pasarnos un rato en remojo hace que me
sienta un poco mejor.
—Haz
lo que te he mandado, señorita.
Cuelga
después de esa última advertencia, pero yo no me aparto el teléfono de la
oreja. Aunque sé que ya no está al otro lado, lo sostengo ahí unos instantes
con la esperanza de estar equivocada y de que su voz grave y profunda continúe
infundiéndome un poco más de seguridad. Cuando la puerta de la sala de
conferencias se abre y Patrick aparece empiezo a apartarlo y acepto que se ha
ido.
—Ah,
estás aquí. —Sigue de mal humor mientras sostiene la puerta abierta—. ¿Estás
preparada?
—Sí.
—Hago ademán de levantarme, pero me hace un gesto de que no es necesario.
—No,
quédate ahí. ¡Vamos a hacer aquí la reunión! —les grita a los demás, y todos,
uno por uno, empiezan a entrar, perplejos y tremendamente callados. Algo no va
bien, todo el mundo lo intuye, y ahora me doy cuenta de que la reunión no era
sólo conmigo.
Sally
no ha traído bandejas de té ni hay pastelitos para picar. Patrick parece
cansado y agobiado, mientras que los demás estamos principalmente confusos por
este repentino cambio en la etiqueta de las reuniones. ¿Qué ha pasado con ese
ambiente relajado en el que todos nos apiñamos alrededor de la mesa de nuestro
jefe y nos hinchamos a tarta mientras Patrick nos pone al día con respecto a
los progresos con nuestros clientes?
—Bien.
—Sienta su corpachón en una silla encabezando la mesa y se desabrocha el botón
de la chaqueta de su traje para evitar que le presione su redonda barriga—.
Últimamente no he estado mucho por aquí, y seguro que todos os estaréis
preguntando la razón.
Los
otros tres murmuran su asentimiento y, aunque yo también me había percatado de
su
ausencia,
lo cierto es que tampoco le había dado muchas vueltas. He estado demasiado
distraída y bastante ocupada con mi vida personal, casándome, quedándome
embarazada, dejando a mi marido, volviendo con él, volando a España y teniendo
accidentes de tráfico...
—Bien,
pues hay una muy buena razón —prosigue—, y ahora estoy en disposición de
revelárosla. Me ha costado no contároslo antes. Todos sabéis lo mucho que os
valoro a todos, pero tenía que resolver algunos asuntos primero.
Junta
las manos sobre la barriga y se relaja en su silla. Mi mirada pasa de Ken a
Victoria y de Victoria a Sal y viceversa unas cuantas veces en un intento de
evaluar sus reacciones ante esta importante noticia, pero todos miran a Patrick
confundidos.
—Me
retiro —declara—. Se acabó.
Todos
suspiran aliviados, menos yo. Si se retira, ¿qué será de Rococo Union? ¿No se
les ha ocurrido pensarlo?
—Todos
conservaréis vuestro puesto de trabajo, me he asegurado de ello. —Más suspiros
colectivos—.
Pero no puedo continuar. El estrés de la vida en Londres está acabando conmigo,
de modo que Irene y yo hemos decidido mudarnos al Distrito de los Lagos.
Lo
primero que pienso es: «¿Patrick pasando todo el día con Irene? Pero ¿qué tiene
en la cabeza?» Y lo segundo: «¿Para quién voy a trabajar ahora?» Sin embargo,
la respuesta no se hace esperar. La puerta se abre y Mikael hace su aparición.
CAPITULO
# 32.-
—¡Os
presento al nuevo propietario de Rococo Union!
Ken
y Victoria se quedan ligeramente extasiados, pero Sally se queda tan pasmada
como yo. Ambas nos sentimos tremendamente incómodas ante la idea, pero aunque
sé perfectamente por qué lo estoy yo, no tengo ni idea de qué le pasa a ella.
—Por
supuesto, en cierto modo ya lo conocéis —continúa Patrick—. El señor Van Der
Haus y yo hemos estado hablando durante las últimas semanas, y por fin hemos
llegado a un acuerdo tras negociar las condiciones.
—Y
yo me muero por ponerme manos a la obra. —Mikael sonríe con sus ojos azules
fijos en mí, haciendo caso omiso del resto del personal—. Creo que nos irá muy
bien juntos.
Sólo
tres personas presentes en la sala asienten. Yo no estoy de acuerdo, y parece
que Sal
tampoco.
No digo nada porque tengo un nudo en la garganta. Veo cómo se acerca a la mesa
y le estrecha la mano a Patrick antes de presentarse formalmente ante mis colegas.
Cuando le toca el turno a Sal, apenas la mira, y ella se pone como un tomate y
mira al suelo.
¡Ha
estado saliendo con Mikael!
Me
quedo boquiabierta al ver lo nerviosa que está. Por eso sabe que estoy casada.
Por eso sabe que estoy preñada y que espero mellizos. ¡Por eso lo sabe todo!
De
repente, Angel, de Massive Attack, resuena por toda la sala y todo el mundo me
mira y me sorprende petrificada en la silla como una estatua, sosteniendo el
teléfono con dejadez.
—¿Quieres
responder a esa llamada? —pregunta Mikael con una sonrisa que no le devuelvo.
Entonces,
la puerta de la oficina se abre y entra John, jadeando y analizando la escena
que acaba de interrumpir. Ahora ya no hay duda de que mi carrera en Rococo
Union ha terminado.
El
grandullón se acerca, sin importarle lo más mínimo que todo el mundo lo esté
mirando con unos ojos como platos, me coge el teléfono de la mano y contesta
inmediatamente.
—Está
bien.
Mi
cerebro pasmado reacciona y entonces empieza a asimilar lo que está ocurriendo
mientras yo veo cómo John avanza por la sala de conferencias. Todo el mundo lo
observa pero nadie le dice nada.
Debe
de haber visto a Mikael entrar en el despacho y ha llamado a Tom. Casi siento
ganas de gritarle al grandullón, sin embargo Mikael acaba de darnos la puntilla
a mí y a mi empleo en Rococo Union; él y este hombre inmenso con pinta de
mafioso que acaba de irrumpir en la oficina.
Mikael
no necesita una empresa de diseño interior. Eso es ridículo y roza lo
obsesivo..., de un modo similar al de mi marido.
John
me mira y asiente. Yo asiento a mi vez porque me he quedado sin palabras. Me
devuelve el teléfono y lo miro espantada. No puedo mantener lo que sé que va a ser
una discusión acalorada con Tom en estos momentos. Me hundo más en la silla,
pero John me lanza una mirada que me indica que no voy a librarme de ésta. Tom
quiere hablar conmigo, y sé que no me servirá de nada negarme.
Cojo
el teléfono nerviosa y me levanto para abandonar la sala.
—¿Tom?
—¡¿Qué
COJONES hace ése ahí?! —Está furioso. Probablemente se esté arrancando mechones
de pelo a tirones.
—Ha
comprado la empresa —respondo con voz tranquila con la esperanza de contagiarle
la calma. No obstante, es esperar demasiado. Está hiperventilando.
—Coge
el bolso y sal de ahí con John de inmediato. ¿Me oyes?
—Sí
—confirmo rápidamente sabiendo que no tengo elección.
—Hazlo
mientras estás al teléfono.
—De
acuerdo.
Me
dejo el teléfono pegado a la oreja y vuelvo a la sala, atrayendo las miradas de
seis pares de ojos. La tensión es palpable. Recojo mi bolso y miro a John, que
asiente de nuevo.
—¿_____?
—El tono familiar y preocupado de Patrick desvía mi mirada hacia mi jefe, o ex
jefe.
—Lo
siento, Patrick. No puedo seguir trabajando para Rococo Union.
—¿Por
qué demonios no ibas a hacerlo? Van a suceder cosas fantásticas. Mikael me ha
asegurado que va a ascenderte a directora de reparto de beneficios. Era parte
del trato, flor. —Se ha puesto de pie y se acerca a mí con la frente arrugada—.
Es una oportunidad magnífica para ti.
Sonrío
y miro a Mikael, que parece haberse quedado sin habla también.
—Lo
siento, debería haber dicho que no puedo trabajar para Mikael. —Ahora todas las
miradas se centran en el danés—. Mikael lleva un tiempo acosándome. No acepta
un no por respuesta. —Me cuelgo el bolso en el hombro—. Sal, te ha estado
utilizando para sacarte información sobre mí. Lo siento.
Está
escondiendo la cara, pero sé que está llorando. Me siento fatal por ella.
—¿Tan
desesperado estás que eres capaz de destrozarle la vida a alguien tan dulce
como Sally?—le pregunto a Mikael—. ¿Tan desesperado estás por vengarte de un
hombre que eres capaz de comprar la empresa para la que trabaja su mujer?
—Vengarme
de ese mujeriego es sólo un extra. Te he querido desde el primer día. —Esa
frase prácticamente confirma las sospechas de Tom—. Él no te merece.
—Merece
tenerme y me tiene. Siempre me tendrá. Hemos superado problemas más gordos que tú,
Mikael. Nada de lo que me digas hará que me arrepienta de haber tomado la
decisión de estar con él. —Me tiembla todo el cuerpo, pero mi voz es firme—. No
tengo nada más que decirte. —Doy media vuelta para marcharme, pero me detengo
brevemente en la puerta—. Lo siento, Patrick.
John
me sigue con su mano gigantesca apoyada con firmeza sobre mi espalda, como si
estuviera evaluando mi condición física. Me siento triste pero extrañamente
resuelta.
—_____.
El
leve acento danés que solía encontrar bastante sexy ahora me pone la carne de
gallina. John intenta empujarme hacia adelante, pero un estúpido sentido de la
curiosidad hace que forcejee con el grandullón y me vuelva hacia Mikael.
—Se
tiró a otras mujeres mientras estaba contigo, _____. No te merece.
—¡Sí
me merece! —le grito a la cara, y él retrocede pasmado.
John
me agarra del brazo pero me lo quito de encima.
—______,
muchacha...
—¡No!
¡Nadie tiene derecho a juzgarlo mas que yo! ¡Es mío! —Lo he perdonado y, si me
dejaran,
probablemente podría olvidarlo también—. Te ciega el resentimiento —digo, más
calmada.
—Se
trata de ti.
El
danés le dirige una mirada cautelosa a mi guardaespaldas. Me echo a reír y
sacudo la cabeza.
—No,
no es verdad. Estoy casada y embara...
—Y
sigo queriendo estar contigo.
Cierro
la boca al instante y John le lanza un gruñido de advertencia:
—La
chica no está disponible. —Intenta hacer que avance, pero estoy fija en el
sitio.
—¿Me
drogaste tú? —pregunto, pero la expresión de horror que invade su rostro al
instante me dice todo cuanto necesitaba saber.
—_____,
yo jamás te haría daño. He comprado esta empresa por ti.
Sacudo
la cabeza y suelto una carcajada de incredulidad.
—La
necesidad de venganza te consume. Ni siquiera me conoces. No hemos compartido
nada de intimidad, ni tenemos conexión, ni hemos tenido ningún momento
especial. Pero ¿qué coño te pasa?
—Sé
reconocer algo bueno cuando lo veo, y estoy preparado para luchar por ello.
—Pues
estarás luchando en vano —digo tranquilamente—. E incluso si llegaras a
conseguir
separarnos,
que no lo harás, jamás me tendrías después.
Su
piel se arruga en su frente cuando enarca las cejas.
—¿Por
qué?
—Porque
sin él me moriría. —Doy media vuelta y abandono mi lugar de trabajo sabiendo que
nunca volveré. Me siento un poco triste, pero ser consciente de lo que me
espera a partir de ahora en mi vida me pone una enorme sonrisa en la cara.
Una
vez sentada en el Range Rover de John, y una vez que éste ha arrancado el
motor, veo que tengo el teléfono en la mano y recuerdo que él está al otro lado
de la línea. No quiero oírlo. Quiero verlo.—¿Tom?
No
dice nada durante unos instantes, pero sé que está ahí. Su presencia atraviesa
la línea
telefónica
y me besa la piel.
—No
te merezco —dice—. El danés tiene razón, pero soy demasiado egoísta como para
cederte a alguien que sí lo haga. Jamás nos separaremos, y nunca estarás sin mí,
así que vivirás eternamente, nena.
Las
lágrimas inundan mis ojos y pienso en la suerte que tengo de que sea tan
egoísta.
—Hecho
—susurro.
—Te
veré en el baño.
—Hecho
—repito, porque sé que soy incapaz de decir más de una palabra sin echarme a
llorar.
Cuelga
y yo me sumo en mis pensamientos mientras veo Londres pasar por la ventanilla.
Siento un alivio tremendo. Por una vez, hay un silencio absoluto en el coche de
John. No hay tarareos ni golpeteos en el volante. Viajamos cómodamente callados
de vuelta al Lusso.
—Ya
hemos llegado, muchacha. —Aparca, sale del coche y espera a que me desabroche
el
cinturón
y me reúna con él en la parte delantera del vehículo.
—No
hace falta que me acompañes adentro —digo, pero él me lleva la contraria con la
mirada—.Tom te ha pedido que peines el ático, ¿verdad?
—Es
sólo un pequeño control, eso es todo, muchacha. —Me coge del codo y me dirige
al
vestíbulo
del edificio. Podría protestar, pero no me molesto en hacerlo. Está siendo
excesivamente cauto, aunque si así se sienten más tranquilos él y mi neurótico
marido, por mí estupendo.
Me
sorprendo al ver a Casey aquí, pero no lleva puesto el uniforme.
—Hola,
Casey —lo saludo mientras paso por delante, pero John no me da ni un momento
para conversar con él ni para advertirle siquiera de que se las verá con la ira
de Tom muy pronto. Sin embargo, sí me da tiempo a comprobar lo elegante que
está con el traje que lleva puesto y, definitivamente, veo la cara de pánico
que pone al descubrir al gigante que me escolta. John tiene ese efecto en la
mayoría de la gente, como me sucedía a mí.
El
grandullón introduce el código, se aparta para dejarme pasar primero y entra en
el ascensor. Vuelve a introducir el código.
—¿Sabes
el código? —pregunto esperando que no sepa lo que significa. Él me sonríe, y no
sé si es porque lo sabe o porque no.
—El
muy cabrón ha sido bastante sensato esta vez, pero podría haber sido un poco
más creativo.
Carraspeo
un poco pensando en lo creativo que Tom puede llegar a ser cuando llega a cero.
Maravillosamente
creativo, de hecho. Creativo hasta hacerte perder la razón. Necesito ese baño,
pero en cuanto se abren las puertas del ascensor, recuerdo apenada que aún es
temprano y que es muy probable que Cathy siga en el apartamento.
Entramos,
me dirijo inmediatamente a la cocina y dejo mi bolso en la isleta. No veo a la
asistenta,
así que voy al piso de arriba para buscarla, dispuesta a darle el resto del día
libre.
—_____,
muchacha. —John corre detrás de mí—. Deja que eche un vistazo primero.
—John,
en serio... —Me detengo y lo dejo pasar—. ¿Vas a estar haciendo de mi niñera
hasta que llegue Tom a casa? —Espero que no. Quiero darme un baño antes de
bañarme con él.
—No.
Es para quedarnos más tranquilos —dice con su voz atronadora—. Deja ya de
quejarte.
Me
sobresalto ante su repentina brusquedad, pero no discuto con el gigante. Dejo
que abra y cierre las puertas mientras aguardo con paciencia, apoyada contra la
barandilla de cristal con los brazos cruzados sobre el pecho. No debería
quejarme en absoluto después de la visita sorpresa que hemos recibido esta
mañana.
—Todo
despejado.
—Qué
alivio —sonrío apartándome del cristal.
John
se detiene de pronto, con las cejas levantadas a medio camino entre la parte
superior de sus gafas de sol y la parte superior de su cabeza.
—No
seas insolente conmigo, muchacha. —Está muy gruñón, como aquella vez que pensé
que él y yo habíamos llegado a un acuerdo—. Llamaré a los de seguridad y
arreglaré lo del código.
Baja
a toda prisa por la escalera.
—¿No
está Cathy? —pregunto a su espalda.
—No
—confirma, y se dirige al sistema telefónico del ático, pero su móvil empieza a
sonar antes de que llegue al fijo—. ¿Diga? —gruñe desviándose hacia la cocina—.
Ya estamos aquí. Cathy ya se ha marchado, pero me quedaré hasta que llegues.
—Su voz se va apagando conforme aumenta la distancia entre nosotros, y sé que
está hablando con Tom—. Una puerta azul que necesita una capa de pintura —dice
John susurrando a propósito, aunque todavía lo oigo perfectamente. Ésa es la desventaja
de tener una voz tan grave y atronadora. Puede que dé miedo, pero es incapaz de
susurrar—. En Lansdowne Crescent. No estoy seguro. Sólo eché un vistazo, pero
si no es ella es que tiene una doble.
Avanzo
inconscientemente hacia John. He oído eso perfectamente, así que en realidad no
necesito acercarme más para asegurarme de que mis oídos no me engañan. No
obstante, su intento de evitar que lo oiga, sumado a la mención de la dirección
de Ruth Quinn y al hecho de que es evidente que John la ha reconocido de algo,
me obliga a querer verle la cara para evaluar su expresión. Sé que no va a ser
alegre, y menos si está hablando con Tom, lo que significa que él también conoce
a Ruth. La sangre se me va enfriando a cada paso que doy hacia los graves
susurros del grandullón.
—¿No
hay nadie allí? —John se pasea de un lado a otro de la cocina—. Ruth Quinn. Ya
te lo he dicho. Sé que mis ojos ya no son lo que eran, pero pondría la mano en
el fuego. Tienes que llamar a la policía, no ir en su busca, cabrón
desquiciado.
Se
me hielan la sangre y el cuerpo al ver que John se vuelve lentamente y advierte
mi presencia.
Por
muy negro que sea, sé perfectamente que acaba de quedarse lívido.
—¿Quién
es ella? —le pregunto.
Su
enorme pecho se expande y levanta la mano para quitarse las gafas. Ojalá se las
hubiera dejado puestas, porque la extraña visión de sus ojos confirma mis temores.
Está preocupado, y eso no le pega al grandullón.
—Tom,
tienes que venir aquí ahora mismo. Deja que la policía se encargue.
John
separa el teléfono de la oreja y oigo cómo mi marido chilla, enfadado. No
entiendo lo que dice, pero sus gritos de frustración valen más que mil
palabras. Mencionarle la intervención de la policía tampoco ha sido buena idea.
—¿Quién
es ella? —repito con los dientes apretados mientras mi respiración empieza a
acelerarse.
Estoy ansiosa y asustada, aunque aún no sé por qué.
John
suspira derrotado pero sigue sin contestarme. En lugar de hacerlo decide darme
la espalda.
—Es
demasiado tarde. Está aquí delante. Será mejor que vengas a casa.
Tom
grita de nuevo y me parece oír también unos golpes, como los de un puño
llamando a una puerta, una puerta azul desportillada. Empiezo a perder la
paciencia. Mi falta de conocimientos sobre algo de lo que, intuyo, debería
estar al tanto está haciendo que se me vuelva a calentar la sangre.
Entonces
John me pasa el teléfono y yo me apresuro a quitárselo de las manos.
—¿Quién
es ella? —pregunto con voz clara y calmada, pero como no obtenga una respuesta
no tardaré en montar en cólera. Y sé de antemano que la tensión se me va a
poner por las nubes.
Él
respira agitadamente al otro lado de la línea y oigo sus pisadas fuertes y
decididas contra el suelo.
—No
estoy seguro.
—¿Qué
quieres decir? —empiezo a gritar. No me ha contestado, no de una manera
satisfactoria.
Sé
que sabe quién es Ruth Quinn.
—Voy
para casa. Hablamos allí.
—¡No!
¡Respóndeme!
—_____,
no quería decirte nada hasta estar seguro de que es ella —dice, y el chirriante
derrape de las ruedas hace que me encoja. Es posible que así fuera, pero la
incapacidad para susurrar de John le ha fastidiado el plan—. Te lo explicaré
cuando pueda asegurarme de que estás sentada.
—Esto
no me va a gustar, ¿verdad? —No sé ni para qué pregunto. Quiere que esté
sentada, y eso es mala señal. De hecho, todo son malas señales. Incluso la
expresión de preocupación del grandullón.
—Nena,
por favor, necesito verte.
—No
has respondido a mi pregunta —le recuerdo mientras me siento en uno de los
taburetes—.¿Qué otra cosa puedes tener que decirme, Tom?
—No
tardaré.
—¿Voy
a querer huir?
—No
tardaré —repite, y cuelga, dejándome con el teléfono de John pegado a la
mejilla y el
estómago
revuelto. Tengo ganas de salir corriendo ya. La incertidumbre, combinada con un
miedo increíble, me insta a huir, pero no de él, porque la sola idea de
separarme de Tom me parte en mil pedazos. Sin embargo, en el fondo de mi ser
algo me dice que debería protegerme de lo que está a punto de causar un gran
impacto en mi vida. En nuestra vida. El teléfono del ático empieza a sonar y me
hace dar un brinco. John sale de la cocina con sus fuertes pisadas y con las
gafas puestas de nuevo. No voy a malgastar saliva intentando extraerle información,
aunque sé que él tiene la que necesito.
Vuelve
a la cocina con una expresión demasiado tensa para ser un hombre tan
amenazador. Ahora sí que estoy preocupada de verdad.
—Tengo
que ir abajo. Cierra la puerta con llave cuando salga, y no contestes a menos
que te llame para decirte que soy yo. ¿Dónde tienes el móvil?
—¿Qué
está pasando? —Me pongo de pie y empiezo a temblar.
—¿Dónde
tienes el móvil? —insiste, y recupera el suyo de mi mano temblorosa.
—En
el bolso. John, háblame.
Me
coge el bolso, vierte su contenido sobre la encimera y en seguida encuentra mi
teléfono. Lo coloca sobre la isla, me levanta del suelo y me sienta en el
taburete.
—_____,
éste no es momento de discutir. El conserje sospecha de alguien y tengo que
bajar a comprobar de quién se trata. Probablemente no sea nada.
No
lo creo. Nada me indica que debería hacerlo: ni el tono de su voz, ni su
lenguaje corporal. Todo sugiere que debería estar aterrada, y estoy empezando a
estarlo.
—De
acuerdo —digo a regañadientes.
Asiente,
me da un afectuoso apretón en el brazo y saca su enorme corpachón de la cocina.
Oigo que la puerta se cierra y me quedo quieta, temblando y dándole vueltas a
la cabeza frenéticamente. No consigo tranquilizarme. Sólo quiero que llegue Tom.
Me da igual lo que tenga que decirme, no me importa. Agarro el teléfono con
fuerza y subo corriendo la escalera hacia el dormitorio para coger la
llave
del despacho de Tom del cajón de la ropa interior. Después vuelvo abajo y me
apresuro a abrir la puerta. Sé que me sentiré mejor cuando me siente en la
enorme silla del despacho, como si en cierto modo él me estuviera envolviendo
con sus brazos.
Atravieso
la puerta a toda velocidad, enloquecida y sin aliento, y me encuentro con una
mujer de pie en el centro de la habitación, mirando mi pared.
Es
Ruth Quinn.
Me
tiemblan las piernas y me tambaleo hacia adelante; el corazón se me detiene. No
obstante, mi dramática aparición y mi grito ahogado de sorpresa no parecen inmutarla.
Continúa con la mirada abstraída, y ni siquiera me mira. Está como hechizada, y
de no ser por las recientes palabras y las reacciones de Tom y de John respecto
a esa mujer, pensaría que no sólo está colada por mí, sino que está obsesionada
de un modo enfermizo.
Mi
cerebro tarda mucho tiempo en asimilar que debería salir corriendo, pero cuando
empiezo a retroceder lentamente, ella me mira. Parece consumida, no la mujer
alegre y fresca de ojos brillantes a la que estoy acostumbrada. Han pasado sólo
unas horas desde que me reuní con ella, pero es como si hubiesen pasado años.
—No
te molestes —dice en un tono frío y cargado de odio. Entonces descarto todos
mis
pensamientos
acerca de que esa mujer pudiese estar colada por mí. Ahora sé, sin ninguna
duda, que lo más probable es que me deteste—. El ascensor no funcionará, y
Casey te detendrá en la escalera.
Por
muy perpleja que esté, entiendo esas palabras perfectamente. Y entonces
recuerdo a Casey vestido con el traje... y la grabación de las cámaras de
seguridad del bar de la noche en que me drogaron. Incluso consigo formularme la
lógica pregunta de cómo coño ha conseguido entrar en el ático y, especialmente,
en el despacho de Tom.
Me
muestra un puñado de llaves.
—Él
me lo puso demasiado fácil. —Las tira sobre la mesa de Tom y mis ojos las
siguen hasta que caen y dejan de moverse. No las reconozco, pero no soy tan
idiota como para preguntarme para qué son—. La estupidez de tu marido y la
desesperada necesidad de mi amante por complacerme me han hecho esto casi
aburrido. —Se vuelve de nuevo hacia la pared. La pared de _____—. Creo que está
un poquito obsesionado contigo.
Me
quedo en el sitio, barajando mis opciones. No tengo ninguna. No hay
escapatoria, y nadie vendrá a rescatarme. Con el nuevo conserje haciendo
guardia, estoy del todo indefensa.
Se
acerca a la pared y toca con la punta del dedo una parte escrita por Tom.
—¿«Mi
corazón empezó a latir de nuevo»? —Se echa a reír. Es una risa fría y siniestra
que no hace sino aumentar mi ya intensa ansiedad—. Tom Kaulitz, el detestable
capullo que usaba a las mujeres como objetos está enamorado, casado, y ahora
espera mellizos. Qué ideal.
Sé
que dice esto último con sarcasmo. Se trata de otra antigua amante despechada,
pero ésta a un nivel completamente diferente. Lo odia. Y, por extensión, a mí
también. Esas palabras, junto con la manera en que acaba de volverse para mirar
mi vientre, me indican que también odia a las criaturas que llevo en mi seno.
Mi miedo acaba de alcanzar niveles desorbitados, y no me cabe ninguna duda de que
tanto yo como mis hijos corremos un grave peligro.
Veo
que ella se mueve, pero no me doy cuenta de que yo también lo hago. Aunque no
lo
suficientemente
de prisa, porque la tengo delante de mí en cuestión de segundos, y ahora me
acaricia la barriga con aire pensativo.
Después
retira la mano y me propina un puñetazo. Grito y mi cuerpo se dobla para
protegerse. Me cubro el vientre con los brazos en un intento de resguardar a
mis pequeños. Ella también está gritando, y me saca de los pelos del despacho
de Tom al inmenso espacio diáfano del ático.
—¡Deberías
haberlo dejado! —chilla tirándome al suelo y pegándome patadas.
El
dolor se apodera de mi cuerpo y las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos. Si
lograra superar el dolor y la sorpresa, creo que podría reunir fuerzas para
hallar mi ira. Está intentando matar a nuestros hijos.
—¿Qué
tiene ese cerdo inmoral que te tiene tan enganchada, zorra patética? —Me
levanta de un tirón y empieza a abofetearme, pero ni todo el dolor del mundo hará
que aparte los brazos de mi vientre. Nada lo hará. Ni siquiera la necesidad que
siento de devolverle los golpes. Incluso llevo todavía el teléfono en la mano,
aunque no voy a arriesgarme a proporcionarle acceso a mi barriga.
Mi
cerebro sobrecargado intenta guiarme con urgencia, darme alguna instrucción,
pero en lo único que puedo pensar es en aceptar su enajenación y en rezar para
que los tres salgamos sanos y salvos de ésta. Si alguna vez he pensado que
estaba en el infierno, me equivocaba. Éste es el nivel más bajo del inframundo.
Me
propina un puñetazo en el antebrazo con un furioso grito frenético y mi cuerpo
se dobla gritando de miedo y de dolor. No voy a salir de ésta. Estoy muy lejos
de estar muerta, pero a través de mi visión borrosa, su mirada me dice que no
se detendrá hasta que lo esté. Está loca. Completamente trastornada. ¿Qué coño
le hizo a esta mujer?
La
puerta de entrada se abre de repente y al instante desaparece de delante de mí.
Me esfuerzo por volverme, agarrándome todavía el vientre y llorando de dolor.
La veo desaparecer por la cocina y entonces ante mis ojos húmedos aparece Tom.
Todo su cuerpo se agita violentamente. Ha subido por la escalera, y tiene el
puño visiblemente hinchado. Inspecciona mi cuerpo con ojos frenéticos. Tiene la
frente empapada en sudor, y su rostro es una mezcla de puro terror y de
auténtica cólera. Le lleva unos
instantes
recuperarse y veo que no sabe si atenderme o ir tras la loca que ha asaltado
nuestra casa. No puedo hablar, pero le grito mentalmente que haga lo segundo.
Un sollozo ahogado escapa de mi boca, haciéndolo temblar más todavía y correr a
toda prisa hacia la cocina. Mis pies se ponen en marcha en un acto reflejo y lo
sigo sin saber si hago bien o mal. Ahora todos mis temores se centran en él.
Me
detengo súbitamente al ver a Tom en medio de la estancia, y al instante ubico a
Ruth al otro lado de la isleta. Formamos un triángulo perfecto. Todos respiramos
agitadamente y nos lanzamos miradas, pero ella es la única que lleva un
cuchillo en las manos. Dejo caer el teléfono y éste arma un estrépito al
golpear el suelo, pero no consigue distraer su atención. El enorme cuchillo
resplandece mientras lo gira casualmente. Apunta en mi dirección, pero la
imagen de la afilada hoja de metal no sólo alimenta mi miedo, sino que también
hace que mis ojos se dirijan horrorizados al abdomen de Tom.
—Dios
mío —susurro en un tono tan bajo que sé que nadie me ha oído.
Dijo
que había sido en un accidente de tráfico. Eso fue lo que dijo. Busco en mi
cerebro
intentando
recordar las palabras exactas pero no las encuentro porque no están ahí. Lo que
sí que está es la silenciosa conclusión a la que yo misma llegué. Me equivoqué
tremendamente al suponer aquello, aunque dudo mucho que me hubiera contado la
auténtica razón, la razón que está de pie ante nosotros en estos momentos,
jugando amenazadoramente con un cuchillo, y sé que está dispuesta a usarlo.
Creo que jamás podría enfrentarme a nada más aterrador. Ahora los cuatro
corremos peligro.
—Me
alegro de verte, Tom —espeta mientras equilibra la postura separando un poco
más los pies.
Se
está preparando para atacar.
—Pues
yo a ti no —jadea él—. ¿Qué haces aquí?
Ella
sonríe fríamente.
—Me
contentaba con dejar que te revolcaras en la miseria, que consumieras tu vida
intentando llenar el vacío que tú mismo creaste con tus estúpidas aventuras,
pero has cometido el error de enamorarte. No puedo permitir que disfrutes de la
felicidad cuando tú destruiste la mía.
—He
pagado con creces mis errores, Lauren. —El nombre con el que se dirige a Ruth
hace que aparte la vista de inmediato de la hoja brillante y la dirija al
rostro sudoroso de Tom. ¿Lauren?—. Me merezco esto. —Es casi un ruego, y al
oírlo se me parte el alma.
Está
intentando convencerse a sí mismo de que me merece, y el hecho de que esté
buscando la aprobación de esa chiflada hace que me olvide por un instante del
tremendo dolor de barriga y de lo mucho que me escuece la cara. La ira me
corroe.
—No,
no te lo mereces. Tú me arrebataste la felicidad, y yo voy a arrebatarte la
tuya. —Sacude el cuchillo en mi dirección y Tom se revuelve, nervioso. Me mira
un instante con sus pesarosos ojos cafeces y luego vuelve a centrarse en Ruth,
o Lauren, o como se llame.
—Yo
no te arrebaté la felicidad.
—¡Sí
lo hiciste! —chilla ella—. ¡Te casaste conmigo y luego me abandonaste!
Dejo
escapar un grito ahogado y miro a Tom. Se está mordiendo el labio y su mirada
oscila constantemente entre mi persona y... ¿su ex mujer? ¿Estuvo casado?
Siento que me ahogo y mi mente empieza a dar vueltas intentando asimilar sin
éxito lo que acabo de oír. Ruth me mira y al instante cambia su expresión
furiosa y empieza a sonreír.
—¿No
lo sabías? Vaya, menuda sorpresa. Puede que eso explique entonces por qué
insistías en seguir a su lado.
Su
petulancia, unida a la desesperación de Tom, me deja del todo paralizada.
—Nada
puede separarnos —digo.
Mis
palabras atraviesan el aire y le borran la sonrisa de la cara, pero también
hacen que Tom se ponga más tenso todavía. Mantengo su mirada cautelosa y ésta
me dice que no debería haber dicho eso. Empiezo a sacudir la cabeza suavemente
y mi labio inferior comienza a temblar. La sensación de mi palma acariciándome
la barriga me resulta reconfortante, pero la expresión dibujada en el rostro de
mi marido, no. Aparta los ojos de los míos, los centra en mi vientre y una
oleada de desesperación recorre lentamente su semblante.
—Lo
siento muchísimo —susurra—. Debería habértelo contado.
Desde
luego se ha dejado la peor de las sorpresas para el final, pero no me importa.
Lo digo en serio. Nada podrá separarnos.
—Da
igual —le aseguro, pero veo que el derrotismo se está apoderando de él.
—Da
igual —espeta Ruth, y nuestra atención vuelve a centrarse de nuevo en el
cuchillo que está blandiendo la zorra psicópata que ha irrumpido en nuestras
vidas—. No sabe nada, ¿verdad?
Espero
que esté equivocada. Espero que Tom asienta y le diga que lo sé todo: lo de La
Mansión, lo de la bebida, y ahora lo de ella..., todo. No obstante, empieza a
negar con la cabeza, lo que cuadruplica mi inseguridad.
—¿No
sabe lo de nuestra hija? —La habitación comienza a dar vueltas, y Tom hace
ademán de moverse—. ¡Quieto! —chilla Ruth al tiempo que sacude el cuchillo en
su dirección.
—______...
—Necesita desesperadamente llegar hasta mí. Sé que me estoy tambaleando en el
sitio mientras trato de asimilar toda esta información, y lo está matando hallarse
retenido, aunque no sea físicamente. Sabe que no puede moverse porque entonces
ella vendrá a por mí. ¿Tiene una hija? Mi vida está terminando aquí y ahora.
Ésta es la gota que colma el vaso de todas las sorpresas de este hombre. Está
intentando compensar su falta de implicación en su vida.
—Sí,
nos casamos y me abandonó estando preñada —espeta ella.
—Me
obligaron a casarme contigo porque estabas embarazada. No te quería, y lo
sabes.
Teníamos
diecisiete años, Lauren. Nos acostamos una vez —dice con voz rota e insegura,
como si estuviera intentando convencerse a sí mismo de que hizo lo correcto.
—¡No
culpes a tus padres de tu decisión! —exclama, furibunda de nuevo, mientras
agita las
manos
de manera incontrolada.
—Estaba
tratando de enmendar mis errores. Estaba intentando hacerlos felices.
La
cocina sigue dando vueltas a gran velocidad mientras trato de encajar lo que
estoy oyendo. No entiendo nada, y menos ahora, en esta situación tan peligrosa.
Sin embargo, a través de mi confusión y mi estado de alarma, soy consciente de
la importancia de mantenerme a salvo. Tengo que salir de aquí. Empiezo a
retroceder con la esperanza de que su atención y su ira sigan centradas en Tom mientras
trato de huir. Sé que su intención es acabar conmigo, no con él. Quiere
castigarlo, y pretende hacerlo obligándolo a vivir sin mí. Lo tiene todo
planeado, y yo también.
—¡No
te muevas! —chilla, y me detengo sobre mis pasos—. Ni se te OCURRA intentar
marcharte
porque le clavaré este cuchillo antes de que consigas llegar a la puerta. —Esa
amenaza frustra mi plan por completo. La sola idea de que le haga daño a Tom me
resulta insoportable, incluso a pesar de esa nueva revelación—. Todavía no has
oído la mejor parte, así que te agradecería que te quedaras para escucharme.
—Lauren...
—le advierte Tom entre dientes.
Ella
se ríe con una carcajada ladina cargada de satisfacción.
—¿Qué
pasa? ¿No quieres que le cuente a tu joven esposa preñada que mataste a nuestra
hija?
Tom
actúa rápidamente y nada conseguirá detenerlo, y sé que es porque estoy a punto
de caerme de bruces al suelo. Mi mundo acaba de estallar en mil pedazos junto
con mi mente sobrecargada, pero advierto que ella también se mueve. Veo cómo el
cuchillo se acerca hacia mí a gran velocidad con absoluta determinación, y
también observo que Tom se interpone entre mi cuerpo y el filo. Consigue impedir
mi caída antes de tirar a Ruth al suelo y de propinarle un puñetazo en toda la
cara con un rugido furioso. Ella se ríe. La zorra psicópata simplemente se ríe,
provocándolo todavía más, incitándolo con su risa histérica.
—¡Yo
no maté a nuestra hija! —grita, y vuelve a golpearla. El sonido de su puño
contra su
expresión
de regodeo me provoca escalofríos.
—¡Claro
que sí! La sentenciaste a muerte en el momento en que se subió a ese coche.
—¡No
fue culpa mía! —Está encima de ella, intentando controlar el movimiento
frenético de sus manos.
—Carmichael
jamás debería haberse llevado a nuestra hija. ¡Deberías haber sido tú quien se quedara
con ella! ¡Me pasé cinco años en una celda acolchada! ¡Me he pasado veinte años
deseando no haber dejado que la vieras! ¡Me dejaste sola, y después mataste lo
único que me quedaba de ti! ¡Jamás permitiré que la sustituyas! ¡Nadie más
tendrá una parte de ti!
Tom
ruge, le propina otro puñetazo y la deja inconsciente en el acto. Intento
sentarme a duras penas mientras observo cómo su cuerpo entero se convulsiona de
agotamiento y de furia. He oído y comprendido cada una de las palabras que se
han lanzado el uno al otro y estoy pasmada, pero más triste que otra cosa. Cada
instante de auténtica locura que he soportado desde que conocí a este hombre
acaba de justificarse. Toda su sobreprotección, su preocupación excesiva, su
comportamiento neurótico acaban de cobrar sentido. No cree merecer la
felicidad, y ha estado protegiéndome. Pero ha
estado
protegiéndome de sí mismo y de su oscuro pasado. No era él quien acompañaba a
Carmichael en aquel coche. Era su hija. Toda la gente a la que ha amado en esta
vida ha muerto de una manera trágica, y se siente responsable de cada una de
esas muertes. Se me parte el alma.
—Nada
nos separará —sollozo intentando levantarme, pero no consigo pasar de las
rodillas. Él creía que esto acabaría con nosotros, pero no lo hará. Me siento
aliviada. De hecho, ahora por fin todo tiene sentido.
Tom
levanta el corpachón del suelo y vuelve sus caféces ojos pesarosos y
atormentados hacia mí.
—Lo
siento muchísimo. —Le tiembla la barbilla y empieza a avanzar en mi dirección.
—No
importa —le aseguro—. Nada importa. —Extiendo los brazos hacia él, desesperada
por hacer que sienta que lo acepto y que no me importa su pasado, por muy
impactante y oscuro que sea.
Una
sensación de serenidad recorre el espacio que nos separa, como una especie de
silenciosa comprensión mutua, mientras espero a que llegue junto a mí.
Comienzo
a impacientarme. Está tardando demasiado, y parece avanzar más despacio a cada
paso que da, hasta que se postra sobre una rodilla lanzando un grito ahogado y
agarrándose el estómago con un siseo. Mis ojos confundidos buscan alguna pista
en su rostro de qué es lo que sucede, pero entonces se retira la chaqueta y veo
su camisa empapada de sangre, con el cuchillo clavado en su costado.
—¡NOOOOO!
—grito, y me levanto inmediatamente para correr a su lado. Mis manos planean alrededor
del mango del cuchillo sin saber qué hacer—. ¡Joder, Tom! —Se deja caer de
espaldas, ahogándose, palpándose con las palmas la herida alrededor del filo—.
¡Dios mío, no, no, no, no, no! ¡No, por favor!
Me
postro de rodillas. Todo el dolor de mi estómago y mi rostro se desplaza y se
concentra en mi pecho. Me cuesta respirar. Le coloco la cabeza sobre mi regazo
y le acaricio la cara frenéticamente.
Sus
párpados se vuelven pesados.
—¡No
cierres los ojos, Tom! —grito, desesperada—. Cariño, no cierres los ojos.
Mírame.
Se
obliga a abrirlos con gran esfuerzo. Está jadeando, intentando decir algo, pero
lo hago callar.
Pego
mis labios a su frente y empiezo a llorar, histérica.
—_____...
—Chsss.
En
un instante de racionalidad, empiezo a rebuscar en el bolsillo interior de su
chaqueta y pronto encuentro su móvil. Necesito tres intentos hasta que logro
marcar el número correcto de urgencias, y entonces empiezo a gritar por el
teléfono. Grito la dirección y le suplico a la mujer que está al otro lado que
se dé prisa. Ella intenta tranquilizarme y darme instrucciones, pero no la
oigo. Cuelgo el teléfono, demasiado preocupada por el tono pálido de Tom. Está
gris, su cuerpo está completamente laxo y sus labios resecos están separados,
resollando débilmente. Sin embargo, su respiración entrecortada no eclipsa el
silencio sobrecogedor que nos rodea.
—¡Tom,
abre los ojos! —grito—. ¡No te atrevas a dejarme! ¡Me enfadaré mucho si me
dejas!
—No
puedo... —Su cuerpo da una sacudida y sus ojos se cierran.
—¡Tom!
Los
abre de nuevo e intenta levantar el brazo en vano, pero se rinde y lo deja caer
de nuevo sobre el suelo. No soporto el sonido de su respiración laboriosa, de
modo que cojo su teléfono y llamo a mi móvil. Angel
empieza a sonar a pocos metros de
distancia. Comienzo a mecerlo, incapaz de controlar el llanto. Cada vez que mi
teléfono se para, vuelvo a llamar, repitiendo una y otra vez el sonido de su canción
para amortiguar el de sus ásperos resuellos. Sus ojos me miran pero no me ven.
Están vacíos.
Busco
algo en ellos, pero no hay nada.
—Inseparables
—balbucea. Sus párpados empiezan a volverse pesados hasta que pierde la batalla
de mantenerlos abiertos.
—Tom,
por favor. Abre los ojos. —Intento desesperadamente abrírselos—. ¡ÁBRELOS! —le grito,
pero estoy rogando en vano.
Lo
estoy perdiendo.
Y
lo sé porque mi propio corazón está dejando de latir también.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ---- NO LLOREN CHICAS POR FAVOR!! PIENSEN QUE EL ES EL ES EL PROTAGONISTA DE LA NOVE .... BUENO YA SOLO QUEDAN DOS ACTUALIZACIONES ASI QUE SI QUIEREN QUE MAÑANA SUBA CAPITULO COMENTEN -.. 4 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))
No puede evitar llorar :(
ResponderBorrarSigue porfaaaqaaa
:( omg. :'(
ResponderBorrar:O esto estuvo fuerteee e impresionante :O Tom estuvo casado con esa loca :S hayy nooo Tom esta herido :( se tiene que salvaaar
ResponderBorrarMe encantooooo subeee
ResponderBorrar