CAPITULO # 1.-
Tengo los
nervios destrozados. No sé por qué, sé que estoy haciendo lo correcto pero,
maldita sea, creo que me va a dar algo. Estoy sola, son mis primeros minutos de
silencio y reflexión en lo que llevo de día, y lo más probable es que sean
también los últimos. He estado esperando que llegara este breve instante en el
tiempo, suplicando por él en medio del caos que me rodea. Necesito este
momento, a solas conmigo misma, para asimilar el paso tan grande que voy a dar.
Yo sola para intentar recomponerme. Sé que, de hoy en adelante, estos momentos
valdrán su peso en oro. Es el día de mi boda.
Es el día
en que le voy a prometer a mi hombre que seré suya el resto de mi vida, aunque
no es que me haga falta un papel o un anillo en el dedo para que así sea. Pero
a él, sí. Por eso voy a casarme con ese hombre dos semanas después de que
hincara la rodilla en el suelo, en la terraza del Lusso.
Ahora estoy
en bata, sentada en un diván en una de las suites privadas de La Mansión (la
misma en la que Tom me acorraló hace semanas), tratando de centrarme.
Me voy a
casar en La Mansión. El día más importante de mi vida tendrá lugar en el club
de sexo superpijo de mi señor. No estoy nerviosa sólo por ser la novia. Mis
padres, mi hermano y toda mi familia están paseando a sus anchas por el
edificio y quedándose maravillados ante su opulencia. Por eso he cerrado con un
candado de cinco kilos las puertas del salón comunitario. Lo he revisado un
millón de veces, y también he
comprobado
que todos los artefactos de madera y las rejas de oro colgantes hayan
desaparecido de las habitaciones privadas. Asimismo, he instruido en repetidas
ocasiones al personal de La Mansión. El ejército de empleados de Tom ha tenido
que aguantar mis comentarios y mis constantes recordatorios sobre el hecho de
que mi familia no sabe nada. Los pobres me siguen la corriente, ponen los ojos
en blanco y me aseguran que todo irá bien, o me miran con cara de entender mi
situación, aunque eso no me hace sentir mejor. Los hombres de la familia no me
preocupan tanto: se irán al bar y no se
moverán de
allí a menos que se les ordene lo contrario, pero mi madre y mi tía son harina
de otro costal. Mi madre, que ama el lujo con pasión, está metiendo las narices
en todas partes, y de repente se ha proclamado guía oficial, lista para mostrar
lo magnífica que es la finca de Tom. Se lo podría ahorrar. Ojalá se sentara con
mi padre en el bar. Ojalá pudiera pegarle el culo al taburete con cemento cola
y obligarla a beber «sublimes de Mario» todo el día y toda la noche. Es un
estrés añadido que realmente no necesito el día de mi boda, pero cuando mi
hombre imposible y neurótico me tenía tumbada en el suelo en la terraza el día
de su cumpleaños, cubierta por su cuerpo fuerte y viril, dije
que sí. No
le hizo falta recurrir al polvo de entrar en razón. Sé que se ha encargado de
todo. La Mansión realmente parece un hotel exclusivo, pero yo sé lo que hay en
el piso de arriba y que todas las camas están bailando ahora mismo sobre mi
cabeza, como
si se
sintieran solas. Seguro que se sienten solas. La Mansión lleva dos días cerrada
por los preparativos, cosa que le ha costado a Tom una pequeña fortuna en
reembolsos a los socios. Es posible que ahora mismo me haya vuelto tan
impopular entre los socios como entre las socias. Todos deben de odiarme: las
mujeres por haberles birlado a su señor delante de sus narices, y ahora también
los hombres, por haberlos obligado a tomarse unos días de descanso de sus
aventuras sexuales preferidas.
Miro al
techo y muevo los hombros en círculos para aliviar la tensión que se va
acumulando. No sirve de nada. Estoy demasiado nerviosa. Me levanto, voy hasta
el espejo y me miro. La procesión va por dentro pero por fuera parezco
descansada y estoy radiante; mi maquillaje es ligero y natural. Phillipe ha
hecho un trabajo increíble: mi pelo nunca ha estado tan brillante, y los rizos
largos y marcados flotan libremente, apenas sujetos a un lado de la cabeza por
una peineta joya. A Tom le encanta que lleve el pelo suelto. También le encanta
que vista de encaje. Me acerco a la puerta, donde cuelga mi vestido, y admiro
el intrincado encaje, mucho encaje, y las explosiones de diminutas perlas
cosidas aquí y allá. Sonrío. Se le va a cortar la respiración. Es un vestido de
novia muy sencillo, con tirantes delicados, la espalda escotada y la cintura
ceñida. Mi señor
va a caer
rendido de rodillas. Elegancia sencilla. El encaje de color marfil se desliza
por mi trasero, abraza mis caderas y cubre un metro de suelo.
Mucho,
mucho encaje. Zoe, la dependienta de Harrods, ha triunfado con este vestido. Ha
acertado con todo, incluso con los zapatos sin adornos en el mismo tono. Unos
Louboutin de tacón de aguja clásicos.
Cojo el
teléfono de la mesilla de noche. Es mediodía. Tengo que vestirme. Dentro de una
hora estaré con Tom en el salón de verano, pronunciando mis votos, haciendo
oficial la promesa que le hice. El estómago se me revuelve trescientos sesenta
grados... otra vez. Me quito la bata y me pongo las bragas antes de coger el
corsé de encaje de color marfil sin tirantes y meterme dentro. Lo subo hasta el
estómago y arreglo mi pequeño escote en las copas. Cubre justo el cardenal
circular de mi pecho. Mi marca.
Tocan
suavemente a la puerta. Se acabó el minuto de reflexión.
—¿Sí? —Me
pongo la bata encima de la ropa interior y me acerco a la puerta que está en la
otra punta de la suite.
—______,
cariño, ¿estás visible? —Es mi madre.
Abro.
—Estoy
visible y necesito que me ayudes.
Entra y
cierra la puerta. Está guapísima. Su atuendo no tiene nada que ver con el
clásico traje de chaqueta y sombrero de madre de la novia, sino que ha
ensalzado su figura con un encantador vestido recto de satén de color ostra.
Lleva el pelo corto y peinado hacia un lado con una perla y una pluma.
—Perdona,
cariño. Le estaba enseñando el spa a la tía Angela. Creo que le va a preguntar
a Tom si puede hacerse socia, ha quedado muy impresionada. ¿Hace falta ser
socio para usar el spa y el gimnasio o son sólo para huéspedes?
Me muero de
vergüenza al instante.
—Es sólo
para huéspedes, mamá.
—No pasa
nada. Imagino que hará una excepción con la familia. Tus abuelos, que el Señor
los tenga en su gloria, se habrían creído que estaban en el palacio de
Buckingham. —Me atusa el pelo y le aparto las manos—. ¿Has conseguido ponerte
la ropa interior?
Me da un
repaso con sus ojos de color chocolate. —Ya casi es la hora.
Vuelvo a
quitarme la bata y la dejo encima de la cama.
—Sí, pero
necesito que me abroches el corsé —digo, me vuelvo de espaldas a ella y me
recojo el pelo sobre un hombro.
Las dos
semanas que Tom se ha pasado poniéndome crema en la espalda han borrado todo
rastro de los latigazos. Las marcas físicas han desaparecido, pero aquel día
estará grabado a fuego en mi mente para siempre.
—Muy bien.
—Empieza a abrochar todos los corchetes—. _______, deberías ver el salón de
verano. Está precioso. Eres muy afortunada de tener un lugar tan bonito donde
casarte. Las mujeres tienen que pedir una segunda hipoteca para poder
permitirse algo así.
Me alegro
de que no me vea la cara porque estoy muy incómoda.
—Lo sé.
He visto el
salón y es verdad que está precioso. Tessa, la organizadora de boda, se ha
encargado de que así sea, aunque cada rincón de La Mansión rebosa esplendor,
con o sin boda. Yo apenas he participado en los preparativos. Tom me presentó a
Tessa al día siguiente de que le dijera que me casaría con él. Está claro que
mi hombre imposible ya la había buscado con antelación para que organizara
nuestra boda, esa de la que se suponía que íbamos a hablar y a planificar
juntos como adultos. Además, qué casualidad, La Mansión tiene licencia para
bodas. Ni siquiera le he preguntado cómo lo ha conseguido. Lo único que he
hecho en relación con mi boda es visitar a Zoe para elegir el vestido de novia.
No estoy estresada por los preparativos. Estoy estresada por el emplazamiento.
—Ya está.
—Mi madre me da la vuelta y deja caer de nuevo mi pelo por la espalda. Me mira pensativa
y sé lo que va a decirme—. Cariño, ¿puedo darte un consejo de madre?
—No
—respondo rápidamente con una sonrisa.
Me devuelve
la sonrisa y me sienta en el borde de la cama.
—Cuando te
casas, te conviertes en la piedra angular de tu esposo —me sonríe con
afecto—.Deja que piense que manda, que crea que no puedes vivir sin él, pero no
permitas nunca que te robe tu independencia o tu identidad, cariño. Los hombres
necesitan que les masajeen el ego. —Se ríe—. Les gusta pensar que son ellos los
que llevan los pantalones, y debes dejar que se lo crean.
Niego con
la cabeza.
—Mamá, no
es necesario...
—Sí que lo
es —insiste—. Los hombres son criaturas complicadas.
Me río,
burlona. No tiene ni idea de lo complicada que es mi criatura.
—Lo sé.
—Y aunque
se hacen los valientes y se creen muy hombres, ¡no son nada sin nosotras!
—Acerca mi cara colorada a la suya—. ______, veo que Tom te quiere, y admiro lo
franco que es cuando se trata de lo que siente por ti, pero recuerda quién
eres. No dejes que te cambie nunca, cariño.
—No va a
cambiarme, mamá.
No estoy en
absoluto cómoda con esta conversación, aunque ha dado en el clavo. Después de
que Tom se declarase, mis padres se quedaron dos días con nosotros, y ahora
llevan en Londres desde el miércoles, así que han visto de sobra cómo es Tom
conmigo (salvo por las cuentas atrás y las distintas clases de polvos). Han
visto cómo me colma de atenciones y de cariño, cómo no se separa de mí, y al menos
yo no he ignorado sus comedidas observaciones. Tom no se ha dado ni cuenta.
Mejor dicho, se
ha dado
cuenta pero le da igual, y yo no voy a decirle nada. Me gusta el contacto
constante tanto como a él.
Mi madre me
sonríe.
—Quiere
cuidar de ti y ha dejado claro que para él lo eres todo. A tu padre y a mí nos
hace muy felices saber que has encontrado un hombre que te adora, un hombre que
caminaría sobre ahujas por ti.
—Yo también
lo adoro —digo en voz baja. La sinceridad de las palabras de mi madre me
atenaza las cuerdas vocales y hace que me tiemble la voz—. No me hagas llorar,
por favor. Se me estropearía el maquillaje.
Me coge la
cara entre las manos y me da un beso.
—Sí, mejor
me dejo de rollos sentimentales. Pero no hagas nunca nada que no quieras hacer:
ya he visto que puede ser muy persuasivo.
Me echo a
reír y mi madre se ríe también. ¿Persuasivo?
—Es una
lástima que su familia no haya podido venir —musita.
Hago una
mueca.
—Ya te lo
he dicho, viven en el extranjero. No están muy unidos.
Apenas he
dicho nada de por qué la familia de Tom estará ausente. Ha bastado con la
historia que me contó Tom cuando nos conocimos. Es perfectamente plausible.
—Ay, el
dinero... —suspira—. Causa más trifulcas familiares que cualquier otra cosa.
—Cierto
—afirmo. Lo mismo que los clubes de sexo y los tipos mujeriegos.
Nos
interrumpen unos golpecitos en la puerta y mi madre me deja sentada en la cama
para abrir.
—Debe de
ser Kate —dice alegremente.
—¡Traigo
alcohol! ¡Caramba, Elizabeth! ¡Estás increíble!
La voz
animada de Kate entra en la habitación antes de que deje atrás a mi madre y sus
felices ojos azules se claven en mí.
—¿Aún no
estás vestida? —pregunta dejando la bandeja sobre la cómoda de madera.
Está
fabulosa, con un vestido muy sencillo de satén de color marfil y los rizos
rojos
enmarcándole
las pálidas facciones. Es mi única dama de honor, pero su entusiasmo vale por
diez.
—Estaba en
ello. —Me levanto y vuelvo a acomodarme las tetas en las copas del corsé.
—Aquí tienes
—dice pasándome una copa llena de líquido rosa.
—¡Sí, es
imprescindible! —añade mi madre cerrando la puerta y cogiendo otra copa para
ella. Da un buen trago y suspira—. Ese
pequeño italiano sabe cómo hacer feliz a una mujer.
Rechazo la
copa con un gesto.
—No,
gracias —digo; no quiero oler a alcohol delante de Tom.
—Te calmará
los nervios —insiste Kate cogiéndome la mano y poniendo en ella la copa—. Bebe.
Sabe por
qué estoy nerviosa. También he hecho que Kate revise el candado y las
habitaciones privadas un millón de veces. Señala la copa con la cabeza y una
ceja levantada, y finalmente doy mi brazo a torcer y le doy un generoso trago
al «sublime de Mario». Sabe tan sublime como siempre, pero ni todo el alcohol
del mundo podría curarme.
—¿Dónde
está Tom? —pregunto dejando la copa.
No lo he
visto desde anoche. Como sé que mi madre es tradicional, insistí en que
durmiéramos separados la noche antes de la boda. Se negó a salir de mi
habitación hasta un minuto antes de la medianoche, y luego tuvo una pataleta tremenda
cuando mi madre empezó a tocar a la puerta para recordarle que saliera. Se
moría de ganas de pasar por encima de ella pero, sorprendentemente, se fue sin
montar una escena. Sólo le lanzó una mirada asesina cuando ella lo escoltó
fuera de la habitación.
—Creo que
se está vistiendo —dice Kate, y se termina un cóctel.
—¡Bebe
despacio, Katie Matthews! —la regaña mi madre al tiempo que le quita la copa de
las manos—. Tienes todo el día por delante.
—Perdón.
—Mi amiga me mira y se ríe.
Sé por qué
ha empezado a beber a primera hora: es el síndrome Dan y Georg en la misma habitación.
—¿Y qué hay
de papá y de mi hermano?
—Están en
el bar, ______. Todos los hombres están en el bar —responde Kate, recalcando lo
de «todos».
—¿Todos?
—pregunto—. ¿Incluso Georg?
Ella
asiente.
—Sí, todos los
hombres. Exceptuando a Tom, pero incluidos Georg y Dan.
Hago una
mueca. Hoy va a ser un día muy duro para Kate. Dan ha pospuesto su regreso a Australia
para poder asistir a mi boda, pero no me ha contado gran cosa, ni la noche de
la pedida de mano, ni desde entonces... Tampoco hace falta. Es evidente que le
cuesta aceptar la dirección que ha tomado mi vida y el estar cerca de Kate,
sobre todo cuando Georg, que no sabe nada, se halla presente. A Kate tampoco le
resulta fácil, aunque intenta aparentar que no le afecta.
—Venga,
vamos —dice dando un par de palmadas—. ¿Vas a vestirte o vas a caminar hacia el
altar así? Estoy segura de que a Tom le encantaría.
Le sonrío a
mi feroz amiga. Ella sabe que Tom está obsesionado con el encaje, pero mi madre
no.
—Me estoy
vistiendo.
Saco los
zapatos de tacón de su envoltorio de papel de seda y me los pongo. Ahora soy
ocho centímetros más alta.
—Perfecto.
—Respiro hondo y voy hacia la puerta, donde me espera mi vestido.
Me detengo
un instante para admirarlo y me deleito al ver lo exquisito que es.
—Quizá
deberías ir al baño antes de que te lo pongamos —sugiere mi madre acercándose a
mi lado para contemplarlo—. Ay, ______. Nunca he visto nada parecido.
Asiento sin
dejar de recorrerlo con la mirada.
—Lo sé, y
sí, tengo que hacer pis.
Dejo a mi
madre admirando mi vestido y voy al baño. Pillo a Kate dando un trago rápido
mientras
Elizabeth no mira. Si no estuviera tan preocupada por el lugar en el que se
celebra la boda, me preocuparía por tener que pasar el día con Dan y Kate tan
cerca que podrían lanzarse escupitajos. Cierro la puerta antes de usar el baño
y disfrutar de otro instante de privacidad mientras me aseguro de vaciar
completamente la vejiga. Luego oigo que llaman a la puerta de la suite, a lo
que le sigue la inconfundible voz aguda de pánico de mi madre. Me pregunto qué
estará pasando. Me arreglo rápidamente, me lavo las manos y salgo del baño.
—Tom —mi
madre está claramente harta—, tú y yo vamos a acabar mal si no haces lo que se
te dice.
Miro a
Kate, que está bebiendo más sublime mientras mi madre está distraída. Me sonríe
y se encoge de hombros.
—¿Qué
ocurre?
—Tom quiere
verte, pero Elizabeth no lo deja.
Pongo los
ojos en blanco, miro en su dirección y veo que mi madre bloquea el pequeño
hueco que hay entre el marco y la puerta. Entonces lo oigo.
—Déjame
entrar y no acabaremos mal, mamá.
Sé que está
sonriendo, pero su gesto amistoso no me engaña. Noto el tono de amenaza,
incluso con mi madre. Va a entrar en la habitación, y ni siquiera ella va a
poder impedírselo.
—Tom
Kaulitz, no te atrevas a llamarme «mamá» cuando sólo soy nueve años mayor que
tú —le espeta—. ¡Vete! La verás dentro de media hora.
—¡______!
—grita por encima de mi madre.
Miro a
Kate, que asiente con la cabeza porque me ha entendido perfectamente. Las dos
corremos hacia la puerta. Kate coge la percha del vestido y yo recojo el bajo
con los brazos. Lo llevamos al baño entre las dos y volvemos a colgarlo de la
puerta.
Kate se
echa a reír.
—¿Crees que
tu madre aprenderá algún día o seguirá intentando domarlo?
—No lo sé.
Aliso el
delantero del vestido, salgo con Kate y cierro el baño. Mamá continúa de
guardiana de la puerta con el pie anclado en la base. Eso no detendrá a Tom.
—¡Tom, no!
—grita al tiempo que empuja la puerta contra él—. ¡Que no! ¡Que trae mala
suerte! ¿Es que eres tan cabezota que no tienes ningún respeto por la
tradición?
—Déjame
entrar, Elizabeth. —Está apretando los dientes, lo sé.
Miro a Kate
y niego con la cabeza. Está pasando por encima de mi madre, tal y como prometió
que haría si ella alguna vez se interponía en su camino, y ahora mismo es justo
lo que está haciendo. Kate coge otra copa de la bandeja y se acerca como si
nada a la puerta.
—Déjalo
entrar, Elizabeth. Nunca conseguirás detenerlo. Es como un rinoceronte.
—¡No! —Mi
madre sigue en sus trece, aunque no va a conseguir nada. Ya debería saberlo,
pese al poco tiempo que ha pasado con él—. ¡No va a...! ¡No, Tom Kaulitz!
Sonrío al
ver a mi decidida madre echarse un poco atrás antes de que la levanten del
suelo y la dejen fácilmente a un lado. Se arregla el vestido y se coloca bien
el postizo del pelo mientras le lanza dagas con la mirada a mi hombre
imposible. Me fijo de nuevo en la puerta abierta, donde unos hermosos ojos
cafeces ardientes de deseo me observan con atención. Su rostro carece de
emoción y está sin afeitar. Mi mirada golosa se aparta de la suya y disfruta
con su cuerpo medio desnudo. Lo tengo delante y sólo lleva unos pantalones
cortos puestos. Tiene el pecho húmedo y el pelo oscurecido por el
sudor. Ha
salido a correr otra vez.
—¡Pero
bueno! —sisea mi madre—. ¡______, dile que se marche!
No está en
absoluto contenta. Mis ojos encuentran de nuevo los de Tom.
—No pasa
nada, mamá. Danos cinco minutos.
Su mirada
brilla de aprobación mientras espera pacientemente a que mi madre dé su brazo a
torcer y nos deje a solas. Seguro que a ella no se lo parece, pero incluso este
pequeño gesto es una muestra inusual de respeto. Me hará suya cuando quiera y
donde quiera, y el hecho de que no la haya apartado de la puerta a la fuerza es
toda una novedad. Sí, le ha pasado por encima, pero podría haberla pisoteado
con ganas.
Con el rabillo
del ojo veo que Kate se acerca a mi madre y la coge del brazo.
—Vamos, Elizabeth. Sólo serán unos minutos.
—¡Es la tradición! —brama, pero deja que Kate se la lleve.
Esbozo una pequeña sonrisa. Mi relación con Tom no tiene nada
de tradicional.
—¿Y qué hay del cardenal que lleva en el pecho? —pregunta mi
madre mientras mi amiga la saca de la habitación.
La puerta se cierra y mantenemos nuestra profunda conexión
visual. Ninguno de los dos dice nada durante una eternidad. Me lo como con los
ojos, músculo a músculo, centímetro a centímetro de belleza pura y perfecta.
—No quiero dejar de mirarte la cara —dice él al fin.
—¿Ah, no?
Niega con la cabeza.
—Veré encaje si miro a otra parte, ¿verdad?
Asiento.
—¿Encaje blanco?
—Marfil.
El pecho se le expande un poco.
—Y estás más alta, llevas los tacones puestos.
Asiento de nuevo. Si aparta los ojos de mi cara, podría ser
muy peligroso para mi pelo, mi maquillaje y mi ropa interior. Y además nos
retrasaríamos mucho. Tessa aparecerá en cualquier momento para comprobar que
estoy lista antes de decirme cuántos pasos hay hasta el salón de verano y
cuánto debo tardar en llegar.
Parpadea un par de veces y sé que no va a poder resistirse a
mirar, pero más le vale controlarse cuando me vea, y más me vale a mí
controlarme también. Es muy difícil. Le caen gotas de sudor por las sienes, le
resbalan por el cuello y el pecho duro como el acero antes de viajar por las
ondulaciones de su abdomen y dispersarse en el elástico de los pantalones
cortos. Oscilo sobre mis tacones cuando su mirada abandona la mía y se arrastra
por mi cuerpo. El pecho le sube y le baja con fuerza durante el recorrido.
Siento un hormigueo por todas partes, la reacción de mi cuerpo a su perfección,
y al mismo
tiempo quiero que me haga suya aquí y ahora.
—Acabas de pasar por encima de mi madre. —Intento ocultar el
deseo en la voz pero, como siempre, fracaso estrepitosamente. Es imposible
resistirse a ese hombre, especialmente cuando me mira así, cuando los ojos le
brillan de ese modo.
Doy el primer paso. Cruzo lentamente la suite y me detengo a
pocos centímetros de su cuerpo bañado en sudor. Miro sus labios carnosos. Se le
acelera la respiración y su pecho se expande tanto que casi roza el mío.
—Se estaba interponiendo en mi camino —dice con calma, su
aliento sobre mí.
—Trae mala suerte ver a la novia antes de la boda.
—Impídemelo. —Inclina la cabeza y sus labios apenas rozan los míos
pero no me toca—. Te he echado de menos.
—Sólo han pasado doce horas. —Tengo la voz ronca e incitante,
aunque sé que no debería alentarlo a tocarme cuando está hecho una mole de
músculo duro y empapado y yo estoy cubierta de encaje perfecto, con el pelo
perfecto y el maquillaje perfecto.
—Demasiado tiempo. —Me acaricia el labio inferior con la
lengua y dejo escapar un gemido ahogado. Tengo que luchar contra el impulso
natural de agarrarme a sus hombros—. Has bebido —me acusa con dulzura.
—Sólo un sorbo —digo. Es un sabueso—. No deberíamos hacer
esto.
—No puedes estar así de guapa y luego decir esas cosas, _____.
Su boca se aprieta contra la mía y su lengua busca la forma de
entrar, incitando a mis labios a separarse y a aceptarlo. Su calor disipa mis
nervios sobre el lugar en el que estamos, se me olvida todo cuando me reclama,
pero aun así no me pone un dedo encima. Nuestras lenguas se rozan y se acarician,
pero ése es el único contacto que hay entre nosotros, aunque es tan apasionado
como siempre. Tengo los sentidos saturados, no puedo pensar, y mi cuerpo le
suplica más pero él se limita a mantener el movimiento fluido de su lengua, que
saca de vez en cuando de mi boca para provocarme antes de volver a hundirla
junto a la mía. Es un ritmo exquisito que me hace gemir y derretirme entre mis
muslos mientras él me adora con delicadeza.
—Tom, vamos a llegar tarde a nuestra propia boda. —Tengo que
parar esto antes de que uno de los dos lo lleve al siguiente nivel. Por
ejemplo, servidora.
—No me digas que deje de besarte, ______. —Me muerde el labio
inferior y deja que se deslice lentamente entre sus dientes—. No me digas nunca
que deje de besarte.
Se agacha despacio hasta quedar de rodillas y tira de mis
manos para que baje. Me quito los zapatos y me uno a él. Me acaricia las manos
con los pulgares un rato antes de levantar la vista y que sus ojos cafeces me
cieguen.
—¿Estás lista? —pregunta con calma.
Frunzo el ceño.
—¿Me estás preguntando si todavía quiero casarme contigo?
Su boca tiembla ligeramente.
—No. No tienes elección. Sólo te pregunto si estás lista.
Intento evitar reírme de su franqueza.
—¿Y si te digo que no?
—No lo harás.
—¿Por qué?
Sus labios temblorosos esbozan una sonrisa tímida y se encoge
de hombros.
—Estás nerviosa. No quiero que estés nerviosa.
—Tom, estoy nerviosa por el lugar en el que voy a casarme.
—También estoy nerviosa por las cosas típicas de una novia, pero lo que más
ansiedad me provoca es el hecho de estar aquí.
Se le borra la sonrisa de la cara.
—_______, lo tengo todo controlado. Te dije que no te
preocuparas y no deberías preocuparte, y punto.
—No me puedo creer que me convencieras para hacer esto. —Dejo
caer la cabeza y me siento un poco culpable por dudar de su palabra. Sé
exactamente por qué nos casamos en La Mansión. Es porque no hay lista de espera
ni otras reservas entre las que encontrar un hueco. Es el lugar en el que podía
hacerme caminar hacia el altar sin tener que esperar.
—Oye. —Me coge de la barbilla y me levanta la cabeza para que
vea su rostro, tan hermoso que duele mirarlo—. No le des más vueltas.
—Perdona —gruño.
—______, cielo, quiero que disfrutes de este día, no que te
agobies por algo que no va a pasar. Nunca. No se enterarán jamás, te lo
prometo.
Me obligo a dejar a un lado mi incomodidad y a sonreír. Sus
palabras me han hecho sentir mejor.
Lo creo.
—Vale.
Se pone de pie, se acerca a una enorme cómoda, saca algo del
cajón y regresa a mi lado con una toalla de baño. Frunzo el ceño cuando se pone
de rodillas y se seca la cara y el pelo húmedo antes de cubrirse el cuerpo con
ella.
Luego abre los brazos.
—Ven aquí —me ordena en voz baja.
No espero ni un segundo antes de acurrucarme en su regazo y
dejar que me rodee con su cuerpo. Apoyo la mejilla en su pecho, encima de la
toalla. Su sudor limpio penetra mis fosas nasales y me relajo.
—¿Mejor?
—Mucho mejor —farfullo contra la toalla—. Te quiero, mi señor
—sonrío.
Noto que se ríe debajo de mí pero no oigo su risa.
—Creía que era tu «dios».
—Eso también.
—Y tú eres mi seductora. O podrías ser mi señora de La Mansión.
Doy un salto del susto y veo que se está riendo de mí.
—¡No voy a ser la señora de La Mansión del Sexo!
Se ríe y tira de mí hasta tenerme otra vez en su regazo. Me
acaricia el pelo brillante y lo huele con entusiasmo.
—Lo que tú quieras, señorita.
—Con ser «señorita» tengo más que suficiente. —Sé que mis
manos se están deslizando por su espalda mojada pero me da igual—. Te quiero
muchísimo.
—Lo sé, ______.
—Tengo que vestirme, que voy a casarme.
—¿De verdad? ¿Quién es el cabrón afortunado?
Sonrío y me aparto otra vez de su cuerpo. Tengo que verlo.
—Es un hombre controlador, neurótico e imposible.
Le acaricio la mejilla con la mano.
—Es muy guapo —susurro buscando sus ojos, que no se apartan de
mí—. Ese hombre me deja sin aliento sólo con tocarme y me folla hasta que
pierdo el sentido.
Espero a que me riña por mi vocabulario pero sólo aprieta los
labios, así que me acerco y lo beso en la barbilla antes de seguir hacia la
boca.
—Me muero por casarme con él. Deberías marcharte para que no
tenga que hacerlo esperar.
—¿Qué diría ese hombre si te pillara con otro? —me pregunta
entre besos.
Sonrío.
—Pues primero lo castraría y luego le preguntaría si prefiere
que lo entierren o que lo incineren, esas cosas.
Abre unos ojos como platos.
—Parece un tío posesivo. No me gustaría vérmelas con él.
—Mejor que no: te aplastaría. —Me encojo de hombros y él se
echa a reír de esa forma que hace que le brillen los ojos y le salgan patas de
gallo—. ¿Eres feliz? —pregunto.
—No, estoy cagado de miedo. —Se sienta en el suelo y me lleva
consigo—. Pero hoy me siento valiente. Bésame.
Me lanzo a ello. Le cubro la cara de besos y gimo de dulce
felicidad pero no me dejan disfrutar mucho tiempo.
La puerta se abre.
—¡Tom Kaulitz! ¡Aparta tu cuerpo sudoroso de mi hija! —El
grito perplejo de mi madre invade la privacidad de nuestro momento.
Me echo a reír. Los reproches de mi madre no van a impedir que
consiga mi dosis de Tom, y él tampoco se mueve.
—¡______! ¡Vas a oler a sobaco! —Su taconeo furioso se oye más
cerca—. Tessa, ayúdame.
De repente, noto un montón de brazos que tiran de distintas
partes de mi cuerpo, intentando separarme de Tom.
—¡Mamá, para! —Me río y me abrazo a Tom con más fuerza—. ¡Ya
me levanto!
—¡Pues venga! Te casas dentro de media hora, te has destrozado
el peinado y te has pasado la tradición por el forro revolcándote por el suelo
con tu futuro marido —espeta echando un poco más de humo—. ¡Tessa, explícaselo
tú!
—Vamos, ______. —El tono severo de Tessa es como una puñalada.
La mujer es simpática, pero cuando se trata de organización da mucho miedo.
—Vale, vale —gruño despegándome de mala gana del cuerpo de Tom.
—Por Dios, mírate —gimotea mi madre, preocupada por mi melena
despeinada.
Intento no reírme cuando veo que Tom no se va, sino que se
pone un brazo bajo la cabeza a modo de almohada para poder ver cómo mi madre se
mete conmigo.
—Sois como niños —continúa, y vuelve sus ojos chocolate, que
echan chispas, en dirección a mi hombre imposible—. ¡Fuera!
—Vale, vale. —Se levanta del suelo de un salto y sus deliciosos
músculos se contraen y se
flexionan.
Tessa está babeando pero sale de su trance en cuanto se da
cuenta de que la estoy mirando con las cejas arqueadas.
—Yo me encargo del novio —dice mirando a todas partes menos al
torso de mi dios—.
Vámonos, Tom.
—Espera. —Me mira el cuello—. ¿Dónde está tu diamante?
—¡Mierda! —Me llevo la mano a la clavícula y busco por el
suelo con la mirada—. ¡Mierda,
mierda, mierda! ¡Mamá!
—¡______! —me grita Tom—. ¡Esa boca, por favor!
—No te alteres —dice mi madre arrodillándose para mirar debajo
de la cama mientras yo sigo buscando por el suelo de moqueta.
—¡Lo encontré! —Tessa lo recoge del suelo y Tom se lo quita de
las manos y viene hacia mí.
—Date la vuelta —me ordena, y obedezco con el corazón
desbocado.
Ese puñetero diamante va a acabar conmigo.
—Ya está. —Me da un beso en el hombro y aprieta las caderas
contra mi trasero.
—Eso os enseñará a no retozar en el suelo —resopla mi madre—.
¡Y ahora, fuera!
Tira del brazo de Tom, que no hace nada para apartarla.
Me vuelvo y le digo adiós con la mano, cosa que hace que ella
resople otra vez y que él sonría como un crío. Luego Tessa se lo lleva de la
suite.
—Por fin —exclama mi madre—. Ponte el vestido, ______ O’Shea.
¿Dónde está?
Señalo el lavabo y me siento en el borde de la cama.
—En el baño, y muy pronto ya no me llamaré así —replico,
altanera.
Cruza decidida la habitación.
—Para mí siempre serás ______ O’Shea —refunfuña—. Levanta. Tu
padre estará aquí dentro de un minuto para llevarte abajo.
Me pongo en pie y me arreglo la ropa interior.
—¿Papá está bien?
—Nervioso, pero nada que no se cure con un par de whiskys.
Odia ser el centro de atención.
Es verdad. Estará encantado de entregarme a Tom para que todo
el mundo deje de mirarlo y poder perderse entre los invitados. Hablamos del tema
de los discursos y se lo veía muerto de miedo. Le dije que no tenía que
hacerlo, pero mi madre y él insistieron.
Mamá retira la percha del vestido y me lo pone delante. Apoyo
la mano en su hombro y me meto dentro. Dejo que lo suba para poder introducir los
brazos por los delicados tirantes. Me da la vuelta y me abrocha la infinidad de
diminutos botones en forma de perla que suben por mi espina dorsal. Luego me
coloca los tirantes en su sitio. Se ha callado y no se mueve. Sé lo que voy a
ver cuando me vuelva, y no estoy segura de poder soportarlo. Luego oigo un
pequeño suspiro.
—Mamá, no llores, por favor.
Se pone manos a la obra.
—¿Qué?
Me doy la vuelta y confirmo mis sospechas. Tiene los ojos
llorosos y se le escapa un sollozo.
—Mamá... —le advierto con cariño.
—Ay, ______... —Corre al baño y la oigo tirar como una loca
del papel higiénico y luego sonarse la nariz. Sabía que se iba a poner así.
Aparece en el umbral, secándose las lágrimas con un trozo de papel. —Perdona.
En fin, lo estaba llevando muy bien.
—Es verdad —le digo—. Anda, ven y ayúdame con esto.
Lo que necesita es una distracción.
—Claro, ¿qué quieres que haga?
—Los zapatos. —Señalo el lugar en el que me los he quitado.
Mamá los recoge y los deja a mis pies.
—Gracias. —Me levanto la falda del vestido y vuelvo a ponerme
mis Louboutin—. ¿Qué tal mi cara?
Se ríe.
—¿Después de haberla restregado a conciencia por la de Tom?
—Sí. —Voy al baño a echar un vistazo.
—Vas a necesitar una capa extra de polvos —me dice.
Tiene razón. Se me ve sonrojada. Cojo el neceser del
maquillaje y me aplico una capa de polvos, brillo de labios y un poco más de
máscara de pestañas. Después de haberme revolcado por el suelo con Tom mis
rizos ya no están suaves como la seda, pero la peineta sigue en su sitio. Me
encuentro mejor, ése es el efecto que tiene en mí. Basta su presencia para
eliminar toda mi ansiedad, y ahora me muero por reunirme con él abajo, embutida
en encaje.
Me levanto el bajo del vestido para no arrastrarlo por el
suelo y salgo del baño. Me arreglo el pelo y respiro hondo.
—Estoy lista —proclamo, y freno en seco al ver que mi madre ya
no está sola.
—¡Mírala, Joseph! —exclama, y rompe a llorar hundiendo la
cabeza en el hombro de mi padre, restregándole la cara por el traje gris
marengo de tres piezas.
Kate le pasa una mano por la espalda tratando de reconfortarla
al tiempo que pone los ojos en blanco. Papá le rodea la cintura con afecto. Eso
es excepcional, mi padre no es nada sentimental ni muy dado a expresar su
cariño de forma física.
Le sonrío y me devuelve la sonrisa.
—Ahora no empieces tú —lo aviso.
—No diré nada —se ríe—. Excepto lo guapa que estás. Estás
preciosa, ______.
—¿De verdad? —pregunto muy sorprendida ante su muestra de
cariño, aunque sólo sea verbal.
—De verdad —asiente con convicción—. ¿Estás lista?
Aparta con gentileza a mi madre y se arregla el traje como si
no acabara de decirle algo bonito a su hija.
—Sí, estoy más que lista. Papá, llévame con Tom —pido, y surte
el efecto deseado. Todos se echan a reír.
Mucho mejor. No puedo con toda esta intensidad emocional. Para
eso ya tengo a Tom.
Tessa entra entonces como una flecha.
—En marcha, en marcha. ¿A qué se debe el retraso? —pregunta
examinando a los demás, que me miran emocionados—. Elizabeth, Kate, abajo, por
favor.
Las acompaña fuera de la habitación.
—______, te veo en el salón de verano dentro de tres minutos
—dice, y me deja a solas con mi padre.
—Papá, sabes que ahora tienes que dejar que me coja de tu
brazo —bromeo.
Él hace una mueca.
—¿Mucho rato?
—Depende de lo que tardes en llevarme abajo —replico.
Cojo mi cala. Una sola.
—Pues movamos el culo —dice ofreciéndome el brazo, que yo
acepto—. ¿Lista?
Asiento con la cabeza y dejo que mi padre me conduzca al salón
de verano, donde me espera mi señor de La Mansión del Sexo.
CAPITULO # 2.-
Kate y Tessa nos están esperando a las puertas del salón de
verano. La organizadora de mi boda parece satisfecha, y Kate, algo achispada.
Procuro respirar con normalidad, aunque noto que mi padre se va poniendo tenso
a mi lado. Lo miro pero él sigue mirando hacia adelante con decisión.
—¿Lista? —me pregunta Kate agachándose para arreglarme el
vestido—. No me puedo creer que no lleves velo.
—Ah, no —interviene Tessa—. Ese vestido no necesita velo.
Me atusa el pelo y me quita un poco de colorete con la mano.
—Quiere verme la cara —explico con calma mientras cierro los
ojos con fuerza.
De repente me doy cuenta de que estoy a punto de hacer algo
tremendo y la idea me supera. Ha llegado el momento. Empiezo a hiperventilar y
me echo a temblar. Sólo hace dos meses, más o menos, que conozco a ese hombre
que ahora me espera en el altar. ¿Cómo ha ocurrido? Las puertas del salón de
verano se abren e inmediatamente suena la música, pero no es hasta que oigo a
Etta James cantando At Last que caigo en la cuenta de que ni siquiera he
elegido la música para mi boda. No he hecho nada de nada. No tengo ni idea de
qué va a pasar ni cuándo. Miro al suelo y los ojos se me llenan de lágrimas, y
sé lo que voy a ver cuando alce la vista.
Mi padre me da un leve codazo, lo observo y su mirada dulce me
reconforta. Ladea la cabeza y sonríe y, despacio y apretando los dientes, miro
a donde me indica. Rayos, he triunfado. Sé que todos se han vuelto para
mirarme, pero yo no aparto la vista del hombre de ojos cafeces que está junto
al altar. Se ha vuelto hacia mí, lleva un traje gris plateado y se coge las
manos, relajado. Entreabre los labios y sacude ligeramente la cabeza sin
quitarme los ojos de encima. Papá me propina entonces otro codazo y dejo
escapar la respiración que estaba conteniendo. Luego veo a Kate, que camina
delante de
nosotros, pero no consigo que mis piernas me obedezcan. No
parece que mis músculos reciban las órdenes que les dicta mi cerebro. Despierto
de mi trance y me obligo a despegar los pies del suelo y a caminar, pero sólo
consigo dar dos pasos antes de que él eche a andar hacia mí. Mi madre deja
escapar una exclamación de sorpresa, seguro que molesta porque Tom no respeta
las tradiciones. Yo me detengo y freno el avance de mi padre para esperarlo.
Está muy serio y, cuando llega junto a mí, la piel me quema ante su ardiente
mirada, que recorre cada centímetro de mi rostro antes de posarse en mis
labios. Levanta el brazo muy despacio, me coge la mejilla y la acaricia con el
pulgar. Hundo la
cara en su mano; no puedo evitarlo. Toda la ansiedad
desaparece al instante con su tacto, los latidos de mi corazón se normalizan y
mi cuerpo comienza a relajarse de nuevo.
Se inclina y acerca la boca a mi oído.
—Dame la mano —susurra.
Se la ofrezco. Él levanta la cabeza, me coge la mano y se
lleva el dorso a los labios. Luego cierra sobre mi muñeca una manilla de unas
esposas.
Le dirijo una mirada de sorpresa y veo que una sonrisa flota
en las comisuras de su preciosa boca pero no me mira. Mantiene la cabeza gacha
y, en un abrir y cerrar de ojos, se coloca la otra manilla en la muñeca. ¿Qué
demonios está haciendo? Miro a mi padre, que se limita a negar con la cabeza, y
a continuación miro a mi madre, que se ha llevado las manos a la boca de la
desesperación. Mi padre me suelta y se une a mi madre, que lo recibe con un
suspiro lacerante en cuanto llega a su lado. Observo a los invitados, todos los
que conocen a Tom están sonriendo y, los que no, están boquiabiertos y tienen
unos ojos como platos. Kate y Georg se ríen. John está
enseñando el diente de oro. Luego veo a mi hermano, que no parece impresionado.
Yo estoy atónita, aunque en realidad no sé por qué: siempre
hace lo que le da la gana. Pero ¿tenía que comportarse de ese modo el día de
nuestra boda, delante de mi familia? A mi madre le va a salir una hernia. Por
ahora, nada ha sido tradicional, nada refleja la boda de ensueño que tenía
planeada para mí desde que yo era una cría.
Recobro la compostura y lo miro a los ojos.
—¿Qué haces? —pregunto con calma.
Me besa en los labios, en la mejilla y en la oreja.
—Me pones mucho.
Trago saliva y me pongo colorada como un tomate.
—Tom, la gente está esperando.
—Pues que esperen. —Su boca vuelve a la mía—. Tu vestido me
gusta mucho, mucho, mucho.
Claro que le gusta: es todo de encaje. Miro a mi madre, que a
su vez le pide disculpas al juez con la mirada, y se me dibuja una pequeña
sonrisa en la cara. Llevo la mano al cabello lacio castaño de Tom y le tiro del
pelo. Ya debería estar acostumbrada a sus cosas.
—Señor Kaulitz, es a mí a quien está haciendo esperar.
Sonríe contra mi oído.
—¿Estás lista para amarme, respetarme y obedecerme?
—Sí. Cásate conmigo de una vez.
Se aparta y me hace pedazos con su sonrisa, la que está
reservada sólo para mí.
—Vamos a casarnos, mi hermosa jovencita.
Entrelaza los dedos de su mano esposada con los de la mía y me
conduce hacia el altar.
—Aquí tienes —dice mientras me pasa una copa de champán—.
Bébasela despacio, señora Kaulitz. —Es evidente que no le entusiasma dejarme
beber alcohol.
Cojo la copa con la mano que tengo libre antes de que cambie
de opinión. Últimamente está siendo imposible con lo de no dejarme beber, pero
sé por qué.
—¿Me quitas ya las esposas? —pregunto.
—No —se apresura a responder él—. No vas a separarte de mi lado
en todo el día.
Con un gesto le pide a Mario una botella de agua y de repente
pienso que nunca podré compartir un trago con Tom, ni siquiera el día de
nuestra boda.
Echo un vistazo al bar. Todo el mundo está charlando, comiendo
canapés y bebiendo champán. El ambiente es tranquilo y relajado, y yo me siento
igual. Después de que Tom se pasara por el arco del triunfo todas las
tradiciones posibles, leímos nuestros votos antes de que siguiera pasándose
otras cosas por el forro. Luego me besó
apasionadamente antes de que el juez se lo dijera, me cogió en brazos y me sacó
del salón de verano. Mi pobre madre se quedó a cuadros, gritándole que esperara
a que sonara la música. Como si oyera llover. Me depositó en mi taburete en el
bar y me cubrió de besos mientras los invitados nos seguían tímidamente. Dan
cruza la sala. Ha estado muy callado y sólo tiene ojos para Kate, lo que
significa que también ha visto a Georg. Sabía que iba a pasar; sabía que, si se
veían, las cosas se iban a complicar, y que con Georg en la ecuación ya no
pueden complicarse más.
—¿En qué piensas?
Vuelvo a centrarme en Tom y sonrío.
—En nada.
Me acapara por completo y me da un masaje en la nuca con la
palma de la mano.
—¿Eres feliz?
—Sí —respondo con rapidez. Estoy en una nube, y él lo sabe.
—Estupendo. Entonces, mi trabajo aquí ha terminado. Bésame,
mujer —me ordena ofreciéndome la boca.
—Has hecho enfadar a mi madre —lo acuso medio en broma.
—Se le pasará. He dicho que me beses.
—No lo creo. Le has arruinado su gran día —replico sonriendo
de oreja a oreja.
—No me obligues a pedírtelo otra vez, _____ —me advierte.
Tiro de él y le doy exactamente lo que quiere.
—¡Ya basta!
La voz aguda de mi madre me perfora los tímpanos.
—¡Quítale las esposas a mi hija!
Empieza a tocar nerviosamente mi muñeca.
—¡Tom Kaulitz, le agotas la paciencia a un santo! ¿Dónde está
la llave?
Tom se separa de mí y mira mal a mi madre.
—Tu marido es un peligro.
—Lo quiero —afirmo, y ella reprime una sonrisa afectuosa en
sus labios rojo cereza, desesperada por mantener la cara de pocos amigos.
Sé que a ella también le gusta. Sé que lo quiere tanto como a
mí y, a pesar de que la saca de quicio, también la tiene encandilada. Tom tiene
el mismo efecto en todas las mujeres. Es mi madre, pero eso no la hace inmune a
sus encantos.
—Ya lo sé, cariño. —Me pellizca la mejilla y busca a Mario con
la mirada para pedirle uno de sus «sublimes».
—¡Bien! —Tessa se acerca a nosotros y me quita la copa de las
manos—. El fotógrafo está listo. He pensado que lo mejor será hacer primero las
fotos de familia y luego os dejaremos solos para hacer algunas vuestras. Vais a
tener que quitaros las esposas.
Miro mi copa sobre la barra antes de que Tessa trate de quitarle
la botella de agua a Tom, que la aparta en el momento justo.
—Ya te he dicho que no vamos a salir en las fotos —dice él.
—¿Ah, no? —pregunto, sorprendida. ¿También va a pisotear esa
tradición?
—Tenéis que salir en las fotos, de lo contrario, ¿qué
recuerdos vais a tener? —replica ella,
horrorizada. Apuesto a que desearía no habernos aceptado nunca
como clientes. O no haber aceptado a Tom, ya que yo no he tenido nada que ver
con este día.
—Tessa, haz las fotos de familia fuera —ordena Tom con ese
tono de voz—. Yo no necesito fotos para tener recuerdos.
Lo miro horrorizada.
—¿No vamos a salir en las fotos de familia? —Ay, Dios mío, a
mi madre le va a dar algo.
—No —responde con determinación.
—¡No puedes negarle una foto con su hija!
Tom no contesta, sino que se limita a encogerse de hombros.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo estás haciendo a propósito —refunfuño—. Vamos a hacernos
fotos.
—De eso, nada —responde.
Lanzo una mirada asesina a los ojos decididos de mi delicioso
marido. No va a pasar por encima de esto.
—Vamos a hacernos fotos —insisto—. También es mi boda, Kaulitz.
Abre la boca para beber y la botella se detiene a mitad de
camino.
—Pero quiero un rato a solas los dos.
—Vamos a hacernos fotos —digo, autoritaria. Presiento que va a
tener una pataleta, aunque no pienso dejar que se salga con la suya.
Se pone de morros pero no me discute, sino que le indica a
Tessa que reúna a los invitados y los lleve al terreno que hay en la parte de
atrás de La Mansión. Observo entonces cómo la mujer comienza a dar órdenes como
un general, gritándoles a todos que salgan del bar y se dirijan a los jardines.
—Así sea —gruñe levantándome del taburete y dejándome en el
suelo.
Me doy una palmadita mental en el hombro. Va aprendiendo, o
puede que sea yo la que va aprendiendo... a lidiar con él. No estoy segura,
aunque estamos haciendo grandes progresos. Sabe cuándo debe ceder, igual que
yo.
Me lleva hacia la luz del sol para reunirnos con nuestros
invitados. Tessa está situando a la gente en distintas posiciones, pero mi
madre va recolocándolos detrás de ella. Veo a Georg comiéndose a besos a Kate y
al instante busco a Dan. Me encuentro justo con lo que esperaba: una mirada
asesina. ¿Acaso Kate lo está haciendo a propósito?
Miro a Tom.
—Por favor, haz lo que te digan. —Cuanto más se resista, más
tardaremos en terminar, y más se estresará mi madre.
—Si me prometes que después pasaremos un rato a solas.
—Te lo prometo —digo con una carcajada.
—Vale. Odio compartirte —refunfuña, y sonrío. Ya sé que lo
odia.
Tom se pasa una hora cooperando al cien por cien. Se mueve
cuando se le ordena, sonríe cuando se le dice, e incluso me quita las esposas
sin rechistar para que me hagan algunas fotos a mí sola. Con el último disparo
de la cámara, me coge en brazos y me lleva de vuelta a La Mansión.
No tardamos en estar a solas en una de las suites, esa en la
que me acorraló e intentó seducirme, la misma en la que me he vestido para
nuestra boda. La puerta se cierra detrás de nosotros y Tom me lleva hasta la
grandiosa cama de satén. Se tumba encima de mí, y ahora tengo un par de
lujuriosos ojos cafeces observándome.
—Un rato a solas —susurra dándome un beso en los labios antes
de hundir la cara en mi cuello.
—¿Te apetece que nos acurruquemos? —pregunto, un poco
sorprendida.
—Sí. —Me huele el pelo—. Quiero retozar con mi esposa. ¿Me vas
a decir que no?
—No.
—Estupendo. Nuestro matrimonio no podría empezar mejor —dice
muy en serio.
Así que lo dejo acurrucarse. Asimilo su peso, su olor y el
latido de su corazón contra mi pecho.
Me gusta el rato a solas, pero cuando miro el techo mi mente
vaga por los pensamientos a los que llevo semanas dando vueltas, esos que he
intentado evitar a toda costa. Es imposible. Este momento perfecto, el amor que
sentimos el uno por el otro, están empañados por la realidad de los desafíos a
los que tendremos que enfrentarnos.
No he tenido noticias de Mikael, imagino que todavía está en
Dinamarca. Por ahora, me he librado de ese desafío, aunque volverá pronto, y
estoy convencida de que se empeñará en que nos reunamos. Coral tampoco ha dado
señales de vida, y a Sarah le dieron la patada en cuanto admitió haber hecho
todo lo que yo ya sabía que había hecho. Quise saber más y pregunté, pero me
contuve tan pronto recibí una mirada que me decía que lo dejara estar. Tom no
estaba contento, pero yo sí. Ahora está fuera de nuestras vidas, y con eso me
basta. Tampoco he sabido nada de Matt, así que parece que por fin lo ha
entendido, aunque sigo sintiendo curiosidad por saber cómo se enteró de lo del
problema de Tom con la bebida. Luego está lo del bebé. No quiero ni pensarlo, y
sé que estoy usando la táctica del avestruz: he metido la cabeza bajo tierra,
lo más profundamente posible. Tom no ha vuelto a sacar el tema, pero sé que
desea que esté embarazada. También sé que ha sido un tramposo y lo ha hecho a
la chita callando. He empezado a entender a mi hombre imposible, neurótico y
controlador, con todos sus problemas con la bebida y su manía de controlarme,
pero esa parte de él no la entenderé nunca. O puede que sí. Le encantaría
tenerme atada a él y cree que un bebé lo conseguirá. Lo usaría como la excusa
perfecta para obligarme a abandonar mi trabajo, otra de las cosas que ha dejado
claro que quiere que haga. Lo que pasa es que adoro mi trabajo. Me encanta pasarme
los días diseñando y relacionándome con los clientes. Así que le voy a plantar
cara. Voy a luchar por mi trabajo con todas mis fuerzas... A menos que esté
embarazada. No tengo ni idea de qué haré si lo estoy. Hace dos semanas que lo
obligo a ponerse condón, y ha dejado claro lo mucho que lo odia pero, si no
estoy embarazada ya, prefiero seguir sin estarlo.
—¿Harías algo por mí? —pregunto en voz baja.
—Lo que quieras. —Su aliento cálido en mi cuello hace que me
vuelva para mirarlo y pedirle que me mire. Levanta la cabeza de su escondite
secreto, ahora está despeinado del todo, y sus ojos cafeces se clavan en mí—.
¿Qué quieres, nena?
—¿Podrías contenerte y no contarle nada sobre Mikael a
Patrick?
Me preparo para su negativa. He conseguido mantenerlo alejado
de mi jefe, pero esta noche acudirá al convite con su esposa, y no sé si Tom
será capaz de contenerse. Las cosas han estado tranquilas en lo que respecta a
Mikael, y he podido trabajar a pesar de que Tom me llama cada dos por tres. No
me sorprendería que sepa que mi cliente danés está fuera del país.
—Acepté no visitar a Patrick si tú te encargabas de hablar con
él, y creo que no lo has hecho — dice mirándome con las cejas enarcadas.
No, no lo he hecho porque no sé cómo decírselo. Ya se quedó
bastante sorprendido cuando le dije que iba a casarme con uno de mis clientes
un mes después de haber aceptado el encargo. No podía soltarle también que
estaba a punto de rechazar al cliente más importante de Rococo Union, el equivalente
al fondo de pensiones de Patrick, ese que no va a necesitar si se lo cuento,
porque seguro que se desplomará y se morirá del susto.
—El lunes —le suplico—. Hablaré con él el lunes.
—El lunes —sentencia con mirada escéptica—. Lo digo en serio,
______. Si no se lo dices tú el lunes, se lo diré yo.
—Vale.
Gruñe un poco y vuelve a hundir la cabeza en mi cuello.
—El lunes —farfulla—. ¿Y cuándo podré llevarte de viaje?
—Ya te advertí que si querías casarte conmigo tan pronto no
podríamos ir de luna de miel en una temporada y estuviste de acuerdo,
¿recuerdas?
Levanta la cabeza y me mira enfurruñado.
—¿Y cuándo voy a tener a mi esposa para mí solo? ¿Cuándo voy a
poder quererla?
—Siempre. Cuando no estoy trabajando, estoy contigo, y me
llamas y me mandas mensajes cada cinco minutos, así que, técnicamente, estoy
conectada a ti a todas horas.
De eso también tenemos que hablar. Este hombre no cede.
—Quiero que dejes el trabajo.
Me hace un mohín y niego con la cabeza,
como hago cada vez que saca el tema. Aún no hemos llegado al punto en que me lo
exija, pero no creo que tarde. Estoy segura de que me lo exigirá, y seguro que
lo hará cuando Mikael asome su fea cabeza.
—Quiero que te dediques a tus quehaceres
—insiste.
—¿Cómo voy a dedicarme a mis quehaceres
si siempre estoy pegada a ti?
Aprieta las caderas contra mi entrepierna
y me corta la respiración.
—Vale, te dedicarás a tus quehaceres. —El
muy pillo me sonríe, y sospecho que me va a caer un polvo de entrar en razón.
Me encanta cuando me lo hace a lo bestia. Sería de agradecer, después de varias
semanas del Tom cariñoso.
—Kaulitz, no vas a hacerme tuya.
Deberíamos bajar antes de que mi madre suba a buscarnos.
Pone los ojos en blanco y suspira.
—Tu madre es un grano en el culo.
—Pues deja de picarla. —Me echo a reír.
Se levanta y tira de mí hacia el borde de
la cama.
—Tiene que aceptar que aquí mando yo
—dice mientras vuelve a ponerme las esposas.
Cada vez alucino más.
—Me estás tocando, está claro que mandas
tú.
Intento que me suelte la mano, pero el
ruido metálico me indica que ya me ha colocado la manilla. Está la mar de
sonriente.
—Perdona. —Mueve nuestras muñecas para
que la cadena de las esposas vuelva a tintinear—. ¿Quién manda aquí?
Lo miro, furiosa.
—Tú mandas... Por hoy.
Me arreglo el pelo y coloco el diamante
en su sitio.
—Estás siendo de lo más razonable
—comenta con tranquilidad antes de tomar mi boca. Me agarro a su hombro y
saboreo su atenta lengua y el calor de su mano en mi nuca—. Mmm... Sabes a gloria.
¿Lista, señora Kaulitz?
Doy un respingo para volver al mundo de
los vivos.
—Sí. —Estoy jadeante y caliente.
Lleva los ojos a mi vientre y acerca un
poco la mano. Lo hace a menudo, lo que me confirma lo que ya sé, pero que me
hace sentir muy incómoda. Es mi mayor preocupación: no quiero un bebé. Hago una
mueca cuando su mano me toca y se detiene con los dedos levemente apoyados en
mi barriga. No sé por qué lo he hecho. No levanta la vista, sólo espera unos
instantes en silencio antes de abrir la mano y trazar grandes círculos en mi
vientre. Ojalá dejara de hacerlo. Ninguno de los dos ha dicho ni mu, pero no
podremos evitar el tema por más tiempo. Seguro que nota que no me entusiasma. Me
aparto y deja caer la mano.
—Vámonos —digo, incapaz de mirarlo.
Me dirijo a la puerta pero tengo que
detenerme cuando él no me sigue y el metal de las esposas se me clava en la
piel. Hago un gesto de dolor.
—¿No vamos a hablar de ello, ______?
—¿Hablar de qué? —No puedo hablar de eso
ahora, no en el día de mi boda. Llevamos semanas evitando el tema y, por una
vez, soy yo la que no quiere hablar. Cada día se me hace más difícil. Es posible
que esté embarazada.
—Ya sabes de qué.
Mantengo los ojos cerrados porque no sé
qué decir. El tiempo parece pasar más despacio, cosa que resalta lo incómodo de
este silencio entre nosotros. Coge aire para decir algo al ver que yo no voy a
decir nada y la puerta se abre y mi madre entra como un bólido. Nunca me he
alegrado tanto de verla, pero me parece que su entrada no ayudará a que le
caiga mejor a Tom.
—¿Puedo preguntaros por qué no os habéis
fugado a cualquier parte para casaros? —espeta, muy seria—. Tenéis a los
invitados abajo, están sirviendo la cena, y me estoy hartando de correr de un
lado para otro intentando controlaros.
—Ya vamos. —Tiro de las esposas, pero Tom
no se mueve.
—Danos unos minutos, Elizabeth —responde
él, cortante.
—No, ya vamos —repito, rogándole en
silencio que se muerda la lengua.
Lo miro suplicante y niega con la cabeza
con un suspiro.
—Por favor —digo en voz baja.
Se pasa la mano por el pelo, frustrado, y
aprieta los dientes. No está contento pero cede y me deja que lo saque a
rastras de la habitación. No me puedo creer que haya elegido precisamente hoy
para hablar del tema. Es el día de nuestra boda.
Bajamos y el silencio sigue siendo
incómodo, aunque mi madre no parece notarlo. Estoy furiosa. ¿Por qué hoy?
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS PRIMEROS DOS CAPITULOS ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... BIENVENIDAS A LA TERCERA Y ULTIMA PARTE DE ESTA TRILOGIA QUE ESTA MUY BUENA xD ... HASTA LUEGO.
Se casarooon que emoción, me encantoooo virgi.. Tom esta mas intenso que nunca como es eso de ponerle unas esposas a (Tn) jajaja, (Tn) estará embarazada?? estoy intrigada me muero x saber virgi espero los próximos caps.. actualiza mañana please..
ResponderBorrarActualizaaaa
ResponderBorrarSigueeeee
ResponderBorrarQue lindo se casaron *.*
ResponderBorrarSube prontro