CAPITULO
# 11.-
Pasamos
casi todo el sábado haciendo las paces. He disfrutado con el sexo soñoliento y
no he estado de acuerdo con casi nada de lo que Tom decía para que me echara un
polvo de entrar en razón. Lueg he olvidado a qué había accedido durante el
polvo de entrar en razón para ganarme un polvo de recordatorio. También hemos
echado un polvo al fresco en la terraza después de comer, seguido de un polvo
de represalia cuando él ha decidido que era lo justo por haber roto mi promesa.
Pero sé que en realidad quería tenerme esposada y, la verdad, me lo merecía. Me
ha follado de todas las formas,
posturas
y lugares posibles y he disfrutado cada segundo, aunque ahora estoy un poco escocida.
Estoy de vuelta en el séptimo cielo de Tom. Ahora que no hay embarazo, ha
vuelto a follarme cuando, donde y como quiere. Ayer recibí con creces la dosis
del Tom dominante que me había perdido las últimas semanas. No podría ser más
feliz. Pero lo cierto es que el embarazo sigue ahí. Kate me llamó, y estoy
segura de haber oído a mi hermano de fondo, pero lo negó y pasó a preguntarme
si Tom y yo habíamos hecho las paces. Sí. También me preguntó si le había
contado que estoy embarazada. No. Después de haberlo disfrutado todo el día y
de que las cosas hayan vuelto a la normalidad, como debería ser, estoy segura
de que es la decisión correcta.
—¿Vas
a quedarte ahí tirada todo el día o vas a vestirte para que podamos pasarnos
por La Mansión? —inquiere. Está en la puerta del baño como su madre lo trajo al
mundo, secándose los cabellos lacios castaño oscuro con una toalla.
Me
incorporo y me arrastro hacia los pies de la cama, luego me pongo boca abajo,
apoyo los codos sobre el colchón y la barbilla en las manos. Sé lo que me hago,
y él también, a juzgar por cómo me miran esos ojos cafeces. No es que no quiera
ir a La Mansión. Me gusta mucho más desde que cierta bruja con látigo ya no
está.
—No
lo sé. —Mi voz es ronca e insinuante, justo como yo quiero—. Se te ha puesto
dura —digo señalando su entrepierna con la cabeza mientras lo miro a los ojos.
Me cuesta contener la risa. Me muerdo el labio y me quedo observándolo.
—Eso
es porque te estoy mirando.
Se
echa la toalla sobre los hombros y se apoya en el marco de la puerta.
Empiezo
a babear. Está para chuparse los dedos. Sonrío.
—Lo
tienes todo de piedra.
—Excepto
esto —dice en plan profundo golpeándose el pecho—. Por dentro soy un blando.
Pero sólo contigo.
Sonrío
de oreja a oreja.
—A
veces tienes el corazón de piedra —murmuro tumbándome de espaldas con la cabeza
colgando
fuera de la cama.
—Es
usted una seductora, señora Kaulitz.
Boca
abajo, observo cómo su cuerpo se acerca hasta que lo tengo justo encima de mí.
Su polla de acero me roza los labios. Saco la lengua para probar la punta
húmeda, pero la aparta.
—Pídemelo
por favor.
—Por
favor. —Le acaricio el pecho con el extremo de los dedos, gime, y lleva la
polla de vuelta a mi boca. La abro y observo su expresión de anticipación.
Luego la rodeo con los labios.
—______,
qué boca tienes —gime cerrando los ojos.
—¿Debería
parar? —Le doy un pequeño mordisco y deslizo los dientes por su piel
suave—.¿Quieres que pare?
—Quiero
que te calles y que te concentres en lo que estás haciendo.
Sonrío
y lo suelto. Me siento en el borde de la cama, entre sus muslos. Cojo su polla
y la
aprieto...
fuerte.
—Deja
de jugar conmigo, señorita. —Me coge del pelo y tira con fuerza para que me la
meta en la boca.
No
ofrezco resistencia. Me encanta hacerlo así. Mi cabeza sube y baja y le clavo
las uñas en su firme trasero para acercármelo más.
—¡Joder!
—ruge sujetándome la cabeza—. No te muevas.
Se
frota contra mi garganta y lucho para que no se me revuelva el estómago.
Permanezco en silencio mientras se convulsiona dentro de mí, con la cabeza echada
hacia atrás y tirándome del pelo.
Tengo
que mantener el control. No puedo vomitar. No se lo voy a contar, así que me
concentro en mi boca, completamente llena con su polla. Me concentro únicamente
en no echar la pota. Cierro los ojo y respiro por la nariz. ¿Qué me pasa? Si el
embarazo hace que la hombría de Tom me dé asco, no quiero volver a estar
embarazada.
Me
relajo un poco cuando la saca y la dejo caer de mis labios antes de trepar por
su cuerpo y enroscarle las piernas alrededor de la cintura. Tengo que hacerlo
bien, y más teniendo en cuenta la cara de incredulidad que me pone. No le gusta
que lo deje a medias. Ésa es su decisión. Le muerdo el labio.
—Te
quiero dentro de mí.
—Estaba
muy bien donde estaba —dice con escepticismo. Me hace gracia—. Me alegro de que
te parezca tan divertido, ______.
—Perdona.
—Lo beso con fuerza. Tengo que convencerlo de que lo necesito. Es mi única
salida—. Te necesito dentro de mí. Ahora.
Se
aparta y me mira con aire de sospecha. Me preocupa. Pero entonces me deslumbra
con su sonrisa, la que está reservada sólo para mí.
—No
tienes que decírmelo dos veces, nena —replica. Me deja sobre la cama y se
coloca encima de mí—. Quítame la toalla.
La
cojo y la lanzo a la otra punta de la habitación.
—Enrosca
los dedos en mi pelo —me ordena.
Obedezco
en el acto y mis manos se pierden entre su cabello húmedo.
—Tira.
Me
lame los labios, gimo y le tiro del pelo.
—Bésame,
_____. —Su tono firme hace que lo necesite aún más.
Ataco
su boca con decisión y desesperación.
—Para
—me ordena.
Lo
hago, aunque no quiero.
—Bésame
con ternura —susurra.
Suspiro
y deslizo la lengua por su boca, muy despacio. Es el paraíso.
—Ya
basta —dice bruscamente.
Vuelvo
a parar.
Se
aparta y me da un beso amoroso en los labios.
—¿Por
qué no puedes obedecerme en todo sin chistar?
Sonrío
y reclamo su boca.
—Porque
eres adicto al poder, y todo se pega menos la hermosura.
Se
echa a reír y me coloca sobre sus caderas.
—Todo
tuyo, nena.
—Muy
bien —acepto de inmediato. Me levanto e intenta bajarme de nuevo sobre su entrepierna.
Lo aparto de un manotazo—. Si me disculpas...
—Perdona
—sonríe—, pero no te andes con jueguecitos, ¿vale?
—Se
te olvida, dios —digo cogiendo su erección y guiándola hacia mi cuerpo—, que me
ha cedido el poder.
Desciendo
con cuidado, y la sonrisa desaparece. Ahora mismo me está dando las gracias.
Gime
y me agarra de los muslos.
—Es
posible que te ceda el poder más a menudo.
Asciendo
y vuelvo a descender muy despacio mientras le acaricio el pecho.
—¿Te
gusta?
—Me
encanta.
Me
mira y me desliza las manos por mis muslos.
—Eres
tan guapo.
Vuelvo
a ascender y a descender con un suspiro.
—Lo
sé.
—Y
tan arrogante.
—Lo
sé. Arriba.
Arqueo
las cejas.
—¿Quién
manda aquí?
—Tú,
pero no por mucho tiempo si abusas del poder. Arriba.
Reprime
una sonrisa y yo le lanzo una mirada asesina, pero me levanto.
—Buena
chica —jadea—. Más rápido.
Vuelvo
a descender y muevo las caderas en círculos.
—Pero
a mí me gusta así.
—Más
de prisa, ______.
—No.
Mando yo.
Asciendo
pero no tengo ocasión de descender, puesto que me tumba de espaldas sobre la
cama y me sujeta las manos.
—Has
perdido tu oportunidad, señorita —replica al tiempo que me penetra con
decisión—. Ahora mando yo.
¡Bam!
Chillo
y me abro de piernas.
¡Bam!
—¡Joder!
—grito cuando noto que me llega al útero.
¡Bam!
—¡Tom!
—Has
tentado la suerte, nena —gruñe sujetándome las muñecas con menos fuerza y
embistiéndome
una y otra y otra vez. Cierro los ojos—. ¡Mírame!
Obedezco
del susto.
—Buena
chica.
El
sudor le cae a chorros de la cara y aterriza en mis mejillas. Tengo que agarrarme
a él. Tengo que morderlo y arañarlo, pero estoy indefensa, como a él le gusta.
—¡Deja
que te abrace! —grito intentando soltarme mientras él arremete contra mí.
—¿Quién
manda?
—¡Tú,
maldito controlador!
—¡Cuidado...
¡Bam!
—...
con esa...
¡Bam!
—...
puta...
¡Bam!
—...
boca!
Grito.
—¡Joder!
—chilla—. ¡Córrete para mí, ______!
No
puedo. Estoy intentando concentrarme en el orgasmo que siento muy adentro, en
alguna parte, pero cada vez que creo haberlo capturado, me clava las caderas y
lo echa hacia atrás. Cierro los ojos y no puedo hacer más que aceptar el asedio
al que somete a mi cuerpo.
—Por
Dios, ______, ¡voy a correrme!
Y,
con eso, grita, se aprieta contra mí y se desploma. Me suelta las manos.
Respira
descontroladamente
y su cuerpo palpita bañado en sudor. Yo estoy igual, salvo que sin orgasmo.
—No
te has corrido —jadea en mi cuello.
No
puedo hablar, así que niego con la cabeza, con los brazos laxos a los lados.
—Lo
siento, nena.
Asiento
con la cabeza y trato de levantar los brazos para acunarlo y que así sepa que
estoy bien, pero mis músculos no obedecen. Me ha dejado incapacitada de verdad.
Nuestros pechos sudorosos están pegados y los dos respiramos con fuerza.
Estamos destrozados. Quiero quedarme en la cama pero entonces noto que me falta
su peso y que me está levantando en brazos. Protesto entre dientes cuando me
lleva al cuarto de baño.
Abre
el grifo de la ducha, coge una toalla, la pone en el suelo y me deja encima.
Estoy a punto de reunir las fuerzas suficientes para mirarlo mal cuando se
sienta conmigo en el suelo y me abre de piernas.
—Vamos
a resucitarte.
Abre
el agua fría y se coloca entre mis piernas. Luego me despierta de verdad con
una caricia larga, suave y delicada en el centro mismo de mi sexo.
Arqueo
la espalda. Mis brazos sin vida vuelven a funcionar y recupero la voz.
—¡Ay,
Dios!
Lo
cojo del pelo húmedo y lo aprieto contra mí. El orgasmo profundo que no ha
acabado de salir ahora parece estar a punto de hacerlo. Ni siquiera intento
controlarlo. Empiezo a jadear, se me tensan los músculos del abdomen y levanto
la cabeza. El agua fría recorre mi cuerpo. Tom está en todas partes, lamiendo,
mordiendo, chupando, dándome besos en el interior de los muslos y penetrándome con
la lengua.
—¿Ya
te has despertado? —masculla con mi clítoris en la boca. Le da un mordisco.
—¡Más!
—exijo tirándole del pelo.
Lo
oigo reírse. Luego cumple con mis demandas, sella la boca en mi sexo y chupa
hasta que me corro. Exploto. Veo las estrellas. Gimo y me llevo las manos a la
cabeza. Es demasiado. Es increíble, es alucinante. Palpito contra su boca y me
relajo por completo. El agua fresca es una gozada y el ruido constante de la
ducha es de lo más relajante. No voy a moverme del suelo, por nada ni por
nadie. Que me lleve de vuelta a la cama.
—Me
encanta sentirte palpitar, de verdad.
Me
besa por todo el cuerpo hasta que encuentra mis labios y les dedica especial
atención. Sólo respondo con la boca. No logro convencer a mis músculos de que
se muevan, aunque lo cierto es que tampoco lo estoy intentando con mucho
empeño.
—¿Me
he redimido?
Asiento
contra sus labios y se echa a reír. Se aparta para verme mejor. Mis ojos
todavía
funcionan.
Es más guapo que un sol y lo sabe, el muy engreído.
—Te
quiero —digo; me ha costado pronunciar las palabras con la respiración entrecortada.
Él
me deslumbra con su sonrisa..., mi sonrisa.
—Lo
sé, nena —repone, y se levanta demasiado de prisa para mi gusto—. Vamos. Ya he
cumplido
con mis obligaciones divinas y ahora tenemos que ir a La Mansión.
Me
coge de la mano y me levanta sin esfuerzo. Y eso que no lo ayudo. Me hago el
peso muerto para protestar, aunque ni siquiera lo nota.
—¿Tengo
que ir? —refunfuño cuando me echa champú en el pelo y empieza a lavármelo.
—Qué
raro. Normalmente siempre quieres venir. —Me sonríe y pongo los ojos en
blanco—. Sí, tienes que venir. Tenemos que recuperar el tiempo perdido. Cuatro
días, ni más, ni menos.
Lo
ignoro y dejo que sus manos grandes y fuertes me masajeen la cabeza. Luego me
la aclara.
—He
terminado contigo, señorita. Sal —dice, y me da una palmada en el trasero para
que salga mientras él termina de ducharse.
Miro
la cama con ojos golosos pero, aunque me está llamando, me resisto a la
tentación y me meto en el vestidor. Es verdad que tenemos que recuperar cuatro
días y mucho de que hablar. Hemos pasado la peor parte, razón de más para que
ponga remedio a la situación que sin duda hará que Tom vuelva a tratarme como
si fuera de cristal: sigo estando embarazada.
Entro
en la cocina y veo que está rebuscando en los armarios como un poseso. Con los
brazos en alto, su espalda aún parece más ancha. Lleva un polo blanco que
acentúa sus músculos, y la vasta extensión de los mismos hace que me den ganas
de pellizcarme para confirmar que es real. Sonrío. Es de carne y hueso y es
todo mío.
—¿Qué
haces? —pregunto haciéndome un moño en lo alto de la cabeza.
Se
vuelve y me mira, alarmado.
—No
queda mantequilla de cacahuete.
—¿Qué?
—suelto una carcajada al verlo tan agobiado—. ¿No hay mantequilla de cacahuete?
—¡No
tiene gracia! —Cierra la puerta del armario de golpe, abre la nevera y rebusca
entre un sinfín de botellas de agua—. ¡¿A qué coño juega Cathy?! —ruge para sí.
No
puedo evitarlo. Me parto de la risa. Una persona normal no se comporta así. No
es que le guste, es que es adicto a la mantequilla de cacahuete. Mi señor es
adicto a la mantequilla de cacahuete y es posible que le dé un ataque si no se
toma pronto su dosis. Me estoy muriendo de la risa cuando oigo que cierra la
puerta de la nevera. Enderezo la espalda y no consigo borrar la sonrisa de mi
cara.
Tengo
que morderme el labio para no soltar una carcajada.
—¿De
qué te ríes? —inquiere mirándome de muy mal humor.
—¿A
qué vienen tantas ansias de comer mantequilla de cacahuete? —pregunto lo más
rápidamente
que puedo para volver a morderme el labio.
Se
cruza de brazos. Sigue de mal humor.
—Me
gusta.
—¿Te
gusta?
—Sí,
me gusta.
—Pues
estás histérico, no parece que sólo te guste. —Se me escapa el labio de entre
los dientes.
No
puedo contener la risa más tiempo.
—No
estoy histérico —me discute medio riéndose—. No es para tanto.
—Ya.
—Me encojo de hombros sin dejar de reír. ¡Si le va a dar algo!
Atraviesa
la cocina y se me acerca. Abre unos ojos como platos cuando me ve las piernas.
—¿Qué
es eso? —farfulla.
Me
miro y luego miro sus sorprendidos ojos cafeces.
—Son
unos pantalones cortos.
—Querrás
decir unas bragas.
Me
echo a reír nuevamente.
—No,
quiero decir pantalones cortos. —Me subo los bajos de los pantalones cortos vaqueros—.Si
fueran unas bragas, serían así.
Traga
saliva al tiempo que estudia la prenda ofensora.
—______,
mujer, sé razonable.
—Tom
—suspiro—, ya te lo he dicho: si lo que quieres son faldas largas y suéteres de
cuello vuelto, búscate a alguien de tu edad.
Me
arreglo los shorts y me arrodillo para atarme los cordones de mis Converse
haciendo caso omiso de los gruñidos y los bufidos que emite mi hombre
imposible.
—Tal
vez me bañe en la piscina de La Mansión —suelto de pronto. Lo miro y su
expresión gruñona pasa a ser de terror absoluto.
—¿En
biquini?
Me
río.
—No,
en mono de esquí. Pues claro que en biquini. —Estoy tentando mi suerte y lo sé.
—Lo
estás haciendo a propósito.
—Me
apetece nadar.
—Y
a mí me apetece estrangularte. ¿Por qué me haces esto?
—Porque
eres un capullo imposible y tienes que relajarte. Puede que tú seas un
vejestorio, pero yo sólo tengo veintiséis años. Deja de comportarte como un
troglodita. ¿Qué pasaría si nos fuéramos de vacaciones a la playa?
—Pensaba
que iríamos a esquiar. —Ahora es él quien se burla de mí—. Podría enseñarte lo
bien que se me dan los deportes extremos.
Sonrío
cuando repite lo que dijo la primera vez que nos vimos. Luego me abalanzo sobre
su cuerpo y hundo la nariz en su cuello.
—Hueles
a gloria.
Inhalo
su delicioso aroma mientras me lleva al coche. Con los pantalones cortos
puestos.
Llegamos
a La Mansión. Me abre la puerta del coche y tira de mí por la escalera de la
puerta de entrada y por el vestíbulo. Oigo las lejanas conversaciones del bar y
sonrío al ver a John acercarse a nosotros. Sigue siendo enorme, y da mucho
miedo.
—_____,
¿te apetece nadar? —masculla Tom cuando John se une a nosotros y echa a andar a
la misma velocidad que él. Yo casi tengo que correr para poder seguirlos.
El
grandullón me mira con las cejas enarcadas.
—¿Te
apetece, muchacha?
Asiento.
—Hace
calor.
La
sonrisa que le cruza la cara me dice que sabe perfectamente lo que me traigo
entre manos. Sí, voy a intentar quitarle las manías a mi hombre imposible, y
éste es el lugar perfecto para empezar: el paraíso sexual de mi señor, donde la
piel desnuda es el pan nuestro de cada día. No pienso despelotarme y pasearme
por ahí para que me vea todo el mundo. Empezaré por darme un baño en biquini,
uno recatado. Si es capaz de soportarlo aquí, lo soportará en cualquier parte.
Pasamos
junto al bar y encontramos a Georg. No le veo la cara, pero está tirado en un
taburete y está claro cómo se siente. Mi mejor amiga es idiota. Está huyendo de
algo bueno sólo para retomar algo muy, muy malo. Puede que Georg la haya
arrastrado al lado oscuro, pero no se merece que lo trate así.
Cuando
entramos en la oficina de Tom, él me suelta la mano y se va directo a la
nevera. Coge un tarro de mantequilla de cacahuete, desenrosca la tapa y sumerge
todo un dedo. John ni parpadea, se sienta en la silla opuesta a la de Tom
mientras yo observo con una sonrisa en el rostro. Se dirige a su silla y se
sienta, se mete el dedo en la boca y suspira. ¿Le gusta?
—¿Cómo
va todo? —le pregunta Tom a John con el dedo en la boca.
—La
cámara tres está fuera de combate. La compañía de seguridad va a venir a
arreglarla.
John
se revuelve en su asiento y se saca el móvil del bolsillo. —Voy a llamarlos
—dice. Luego teclea en el teléfono, se lo lleva al oído, se levanta y camina hasta
la ventana.
—Nena,
¿estás bien? —me pregunta Tom. Parece preocupado.
—Sí,
muy bien. —Caigo en la cuenta de que estoy de pie en la puerta de su despacho,
así que me acerco a la mesa y me siento en la silla que hay junto a la de
John—. Sólo estaba soñando despierta.
Vuelve
a meterse los dedos en la boca.
—¿Con
qué soñabas?
Sonrío.
—Nada.
Estaba viendo cómo devorabas tu mantequilla de cacahuete.
Mira
el tarro y pone los ojos en blanco.
—¿Quieres?
—No.
—Arrugo la nariz, asqueada, y se echa a reír. Le brillan los ojos y se le
marcan las patas de gallo cuando cierra el tarro y lo deja sobre su mesa. Ya se
ha tomado su dosis—. ¿Qué tal está Georg?
—Hecho
una mierda. No quiere hablar del tema. ¿Y Kate?
—No
muy bien. —Es verdad, no está bien.
—¿Qué
te ha dicho? ¿Por qué ha cortado con él?
Me
encojo de hombros intentando disimular.
—Creo
que por este sitio. —Me resisto al impulso de sentarme sobre las manos. No me
atrevo a mencionar a mi hermano—. Seguro que es lo mejor.
Él
asiente, pensativo.
—¿Quieres
ir a nadar o prefieres quedarte conmigo?
Sé
lo que quiere oír.
—¿Tú
qué vas a hacer? —pregunto mirando las montañas de papeles que tiene sobre la
mesa.
Nunca
la había visto tan desordenada, y sé por qué. Sarah ya no está. No obstante, no
voy a sentirme ni un pelín culpable. Me da igual que parezca que ha caído una
bomba en la mesa de Tom. Él también mira las montañas de papeles y da un
suspiro.
—Esto
es lo que voy a hacer. —Ojea una de las montañas.
—¿Por
qué no contratas a alguien?
—______,
las cosas no son tan sencillas en este tipo de trabajo. Tienes que conocer a
alguien y confiar en él. No puedo llamar a la oficina de empleo y pedirles que
envíen a alguien que sepa escribir a máquina.
Vale,
ahora me siento un poco culpable. Tiene razón. Estamos hablando de personas de
la alta sociedad, con trabajos importantes, de responsabilidad. Tom me ha
contado que investigan las cuentas, el historial médico y criminal de la gente.
Imagino que la confidencialidad es importante.
—Yo
puedo ayudar —me ofrezco de mala gana, aunque no sabría ni por dónde empezar.
Verlo tan abrumado por la cantidad ingente de papeles me está haciendo sentir
muy culpable.
Me
mira, perplejo.
—¿De
verdad?
Me
encojo de hombros y cojo el primer papel que pillo.
—En
los ratos libres.
Echo
un vistazo al texto y retrocedo. Es un extracto bancario. Al menos, eso creo.
Los dígitos parecen más bien números de teléfono internacionales, así que
podría ser una factura telefónica. Lo miro y veo que sonríe.
—Somos
muy ricos, señora Kaulitz.
—¡La
madre que me trajo!
—______...
—Lo
siento, pero... —Intento concentrarme en todas las cifras pero no puedo—. Esto
no debería estar danzando por la mesa de tu despacho, Tom. —Aparece el número
de su cuenta y todo—. Un momento... ¿Sarah se encargaba de tus finanzas?
—Sí
—dice tan tranquilo.
Se
me ponen los pelos como escarpias. No me fío de esa mujer.
—¿Sabes
dónde tienes el dinero? ¿Cuánto tienes? —inquiero dejando el papel sobre la
mesa.
—Sí,
mira —dice cogiendo el papel, y señala con el dedo—. Esto es lo que tengo y
está en este banco.
—¿Sólo
tienes una cuenta? ¿No tienes cuenta de empresa, de ahorro, de pensiones?
Me
mira un poco asustado, casi molesto.
—No
lo sé.
Lo
observo, boquiabierta.
—¿Ella
se encargaba de todo? ¿Llevaba todas tus cuentas?
La
idea no me gusta un pelo.
—Ya
no —gruñe tirando el papel sobre la mesa—. ¿Me vas a ayudar? —Vuelve a sonreír.
¿Cómo
no voy a ayudarlo? Este hombre es rico y no tiene ni idea de cómo ni dónde
guardan su dinero.
—Sí,
te ayudaré.
Cojo
una pila de papeles y empiezo a estudiarlos, pero me doy cuenta de una cosa que
me preocupa. Levanto la cabeza y veo que Tom me mira la mar de contento.
—He
dicho que te ayudaré, eso es todo. En los ratos libres, Tom.
Quiere
que sustituya a Sarah. Mis palabras le caen como un jarro de agua fría.
—Pero
sería la solución ideal.
—¡Para
ti! ¡La solución ideal para ti! Yo tengo una carrera. ¡No voy a dejarla para
venir aquí todos los días a encargarme de tu papeleo!
Qué
cabrón. Quiere que sustituya a Sarah y me convierta en su secretaria. ¡De eso,
nada!
—Además...
—Dejo la pila sobre la mesa y me pongo de pie—. Yo no sé manejar un látigo, así
que no creo estar lo bastante cualificada. —No sé por qué he dicho eso. No era
necesario y ha sido de mal gusto.
Se
queda de piedra y veo que se reclina en su sillón con una mezcla de incredulidad
y enfado.
—Eso
ha sido muy infantil, ¿no te parece?
—Perdona.
—Cojo mi bolso—. No ha sido a propósito.
John
vuelve con nosotros y rompe el incómodo silencio.
—Estarán
aquí dentro de una hora —anuncia al tiempo que se guarda el teléfono en el bolsillo—.
Antes de que se me olvide, otros tres socios han solicitado cancelar su
suscripción.
Tom
arquea las cejas, siente curiosidad.
—¿Tres?
—Tres
—confirma John de camino a la puerta—. Tres mujeres —añade saliendo del
despacho.
Tom
apoya los codos sobre la mesa y hunde la cara entre las manos. Me siento fatal.
Suelto el bolso, camino hasta él, hago que se recline en el respaldo y me
siento encima de la mesa, frente a él.
Me
observa y se muerde el labio.
—Yo
me encargaré de esto —digo señalando los papeles que hay por todas partes—.
Pero tienes que contratar a alguien. Es un trabajo a tiempo completo.
—Ya
lo sé. —Me coge los tobillos y tira para que apoye los pies en sus rodillas—.
Ve a nadar. Yo voy a ponerme con esto, ¿vale?
—Vale
—asiento. Escruto su rostro y él me observa atentamente.
—Adelante,
mi preciosa mujer. Suéltalo —dice sonriendo.
—Quieren
dejar de ser socias porque ya no estás disponible para fo... —Me muerdo la
lengua—. Para acostarte con ellas.
Es
algo que me hace tremendamente feliz, y salta a la vista.
—Eso
parece —contesta mirándome con recelo—. Y veo que mi mujer está encantada.
Me
encojo de hombros pero no puedo ocultar lo feliz que me hace la noticia.
—¿Cuál
es la proporción de hombres y mujeres?
—¿Socios?
—Sí.
—Treinta,
setenta.
Me
quedo boquiabierta. Recuerdo que Tom dijo que había unos mil quinientos socios.
Eso son mil mujeres detrás de mi marido.
—En
fin —intento olvidar mi estupor—, es posible que tengas que convertir La
Mansión en un club para gays.
Se
echa a reír y me quita los pies de la mesa.
—Vete
a nadar.
Los
vestuarios están vacíos. Me pongo el biquini, me quito el diamante, vuelvo a
recogerme el pelo y meto mis cosas en una taquilla de madera de nogal. No he
usado nunca el spa ni las instalaciones deportivas, pero me han dicho que no está
permitido nadar desnudo, así que voy a estrenarlas y a poner a Tom a prueba al
mismo tiempo. Paseo por la zona en busca de alguna señal de vida, pero todo
está vacío. Es domingo y la hora de comer. Pensaba que a estas horas era cuando
los socios disfrutaban de esta parte de La Mansión. Entro en el enorme edificio
de cristal. Los jacuzzis, la piscina y el solárium están vacíos. Está todo tan
tranquilo que hasta da repelús. Lo único que se oye es el sonido de las bombas
de agua. Dejo mi toalla en una tumbona pija de madera, me meto en el agua y
suspiro. Está tibia. Maravilloso. Bajo los escalones y empiezo a nadar hasta el
otro lado de la piscina. Estoy disfrutando de la paz y la tranquilidad y sigo
nadando un largo detrás de otro. Nadie se acerca, nadie viene a bañarse en los
jacuzzis y nadie se tumba en el solárium. Entonces oigo movimiento y me detengo
a mitad de un largo para ver quién aparece por la entrada de los vestuarios.
Mis
ojos van del de mujeres al de hombres hasta que aparece Tom con un bañador
negro puesto. Se me cae la baba al verlo y me ciega con su sonrisa antes de
tirarse de cabeza al agua, sin apenas salpicar ni hacer ruido. Yo estoy
flotando en el centro de la piscina y observo cómo su cuerpo esbelto se me
acerca bajo el agua hasta que lo tengo delante, pero permanece sumergido.
Luego
me coge por el tobillo, chillo y tira de mí para meterme bajo el agua. Sólo he
podido coger un poco de aire antes de desaparecer, y cierro los ojos. Sus
labios atrapan los míos, me rodea con los brazos, nuestras pieles resbalan la
una contra la otra y nuestras lenguas bailan, salvajes. Esto es muy bonito,
pero se me da de pena aguantar la respiración, y él, que lleva más tiempo que yo
sumergido, también debe de necesitar oxígeno. Lo pellizco para indicarle que me
he quedado sin aire y mis pulmones le dan las gracias a gritos cuando
emergemos. Mis piernas siguen rodeando su cintura y mis brazos hacen lo propio
con sus hombros. Intento recuperar el aliento y abrir los ojos y,
cuando
lo consigo, una enorme sonrisa picarona me da la bienvenida. Sé que no llega al
fondo, así que debe de estar agitando las piernas como un loco para poder
mantenernos a flote. Aunque nadie lo diría.
Y
eso si es que está moviendo las piernas, porque parece que flota sin
esforzarse.
Le
aparto el pelo mojado de la cara y le devuelvo la sonrisa.
—Has
cerrado la piscina.
—No
sé de qué me hablas. —Se me echa a la espalda y empieza a nadar hacia un
lateral—. No suele haber nadie a estas horas.
—No
te creo —replico apoyando la mejilla en su hombro—. No podías soportar que
nadie me viera en biquini. Confiésalo.
Conozco
de sobra a mi señor. Llegamos al borde de la piscina y me pone con la espalda
contra la pared.
—Me
encanta imaginarte en biquini.
—Pero
sólo para tus ojos.
—Ya
te lo he dicho, ______. No te comparto con nada ni con nadie, ni siquiera con
sus ojos.
Desliza
las manos por mis costados, hasta mis caderas.
—Sólo
puedo tocarte yo —susurra, y no puedo evitar apretarlo con los muslos cuando me
besa con dulzura antes de observarme con atención—. Sólo para mis ojos.
Desliza
un dedo por el interior de la parte de abajo de mi biquini y contengo la
respiración cuando me acaricia.
—Sólo
para darme placer a mí, nena. Sé que lo entiendes.
—Sí.
—Me recoloco bajo su cuerpo y le paso los brazos por los hombros.
—Muy
bien. Bésame.
Me
lanzo a por su boca y le demuestro mi gratitud con un beso largo, apasionado y
ardiente que nos hace gemir a ambos. Me sujeta por la cintura con sus grandes
manos y nos besamos durante una eternidad en la piscina, solos él y yo,
ahogándonos el uno en el otro, consumiéndonos, amándonos.
Todo
lo que sucede entre nosotros es el resultado del amor, fiero y a veces
venenoso, que compartimos. Nos deja tontos, nos empuja a comportarnos de forma
irracional e imprevisible. En realidad, estamos más o menos igual de locos,
aunque puede que yo lo haya superado. La verdad es que siento que me he vuelto
loca. Lo que estoy planeando me sitúa en esa categoría. Y si descubre lo que la
loca de su mujer está planeando, no me cabe duda de que lo dejaré al borde de
perder la razón.
CAPITULO
# 12.-
—Te
quiero.
El
susurro ronco me hace sonreír. Me vuelvo e intento cogerlo a ciegas.
—Mmm
—asiento atrayendo su cuerpo hacia el mío.
—______,
son las siete y media.
—Lo
sé —farfullo contra su cuello—. Quiero sexo soñoliento —exijo poniéndole la
mano en el muslo hasta que encuentro lo que estaba buscando. Lo agarro con
fuerza.
—Me
encantaría, nena, pero cuando te hayas despertado de verdad te va a dar un
ataque y me vas a dejar a medias. —Coge mi mano, se la lleva a la cara y me
besa los dedos con ternura—. Es lunes, son las siete y media de la mañana, y no
quiero que me eches la culpa si llegas tarde.
Abro
los ojos como platos y veo su cara suspendida sobre la mía. Se ha duchado, lo
que significa que ha ido a correr, lo que significa que es tarde. Me levanto de
un salto y se aparta para que no le dé un coscorrón.
—¿Qué
hora es?
Me
sonríe con amor.
—Las
siete y media.
—¡Tom!
—grito, y de inmediato salgo corriendo al cuarto de baño—. ¿Por qué no me has
despertado
antes de ir a correr?
Abro
el grifo de la ducha y corro al lavabo. Pongo pasta de dientes en el cepillo.
—No
quería despertarte.
Se
apoya en el marco de la puerta y observa cómo me cepillo los dientes a mil por
hora. Se está riendo, le hace gracia que esté tan apurada.
—Nunca...
ha... importado —le espeto con la boca llena de pasta de dientes.
Se
ríe a gusto.
—¿Perdona?
Niego
con la cabeza, pongo los ojos en blanco y me miro al espejo. Acabo de
cepillarme los dientes y me enjuago la boca.
—He
dicho que nunca antes te ha importado. ¿Por qué no me has sacado de la cama y
me has obligado a correr veintidós kilómetros? —Por mi tono, se nota que la
cosa me escama.
Se
encoge de hombros, se acerca a mi lado y coge su cepillo de dientes.
—Lo
haré si eso es lo que quieres.
—No,
sólo sentía curiosidad. —No voy a insistir.
Me
meto en la ducha, me lavo el pelo y me afeito las piernas a toda velocidad
antes de salir y correr al vestidor. Me quedo mirando las perchas llenas de
ropa y más ropa. Casi todas las prendas todavía llevan la etiqueta colgando. Es
imposible elegir, hay demasiados vestidos, así que cojo mi vestido rojo recto.
Para
cuando me he secado el pelo, maquillado y bajado la escalera, Tom se ha puesto
un traje azul marino y está cogiendo las llaves del coche.
—Yo
te llevo —dice.
—¿Dónde
está Cathy? —Lo miro de cabo a rabo. Ese hombretón es mi marido. ¿De verdad necesito
trabajar?
Frunce
el ceño.
—No
lo sé. No es propio de ella llegar tarde. —Me coge de la mano y tira de mí para
que
salgamos
del ático—. ¿Lo llevas todo?
—Sí.
Llegamos
al vestíbulo del Lusso y, al acercarnos al mostrador del conserje, veo a Cathy
charlando
con Clive. Sonrío y miro a Tom, que me ignora, aunque sabe que lo estoy
observando, y seguro que también sabe lo que estoy pensando.
—Ya
entiendo —gruñe él sin dejar de andar.
—Parecen
estar muy a gusto.
Cathy
se toca el pelo y Clive no para de hablar y de gesticular. Parece estar
embelesado con la asistenta de Tom.
Entonces,
ella nos ve.
—¡Ay!
¡Estaba a punto de subir!
—No
pasa nada.
Tom
no parece contento y no se detiene. A mí me encantaría quedarme a cotillear.
Les sonrío al pasar y ambos se ponen como dos tomates.
—No
queda mantequilla de cacahuete —refunfuña Tom en tono de reproche.
—Hay
una caja entera en la despensa. ¿Crees que dejaría que mi chico se quedara sin
ella? —Cathy parece dolida por el comentario crítico de mi marido. Me hace
gracia, sobre todo cuando Tom empieza a gruñir en voz baja.
—No
seas tan cascarrabias. Sólo están hablando —lo regaño en cuanto salimos del
edificio y Tom se pone las Wayfarer.
—No
está bien. —Se estremece y suelta mi mano.
Empiezo
a buscar mis gafas de sol en el bolso.
—Claro,
es posible que lo invite a subir mientras no estamos en casa. He notado que las
sábanas del cuarto de invitados están un poco revueltas.
—¡______!
—me grita con el gesto torcido y mirando al cielo—. ¡Calla!
Me
echo a reír.
—Los
mayores también tienen derecho a divertirse.
—Claro.
—El gesto torcido desaparece al instante. Ahora sonríe.
—¿De
qué te ríes?
Se
quita las gafas de sol, me abraza y se agacha un poco para que quedemos a la
misma altura.
Me
da un beso de esquimal.
—Te
he comprado un regalo.
—¿Qué
es? —Le doy un pico.
—Date
la vuelta.
Doy
un paso atrás y observo la alegría con la que señala con la cabeza por encima
de mi hombro. Me vuelvo, despacio, e intento adivinar qué es lo que tengo que
buscar en el aparcamiento pero no hay nada distinto. Su brazo aparece por
encima de mi hombro con un juego de llaves tintineando en la mano, delante de
mis narices. Luego veo un enorme y reluciente Range Rover Sport blanco
nuevecito.
Un
tanque, más bien.
«¡Ay,
no!»
No
tengo palabras. ¿Cómo es que no lo he visto? Ahora me deslumbra. Me tenso
cuando vuelve a hacer tintinear el llavero, como si no se hubiera dado cuenta
de que he visto mi regalo.
«Deja
las llavecitas. Ya lo he visto ¡Y lo detesto!»
—Justo
ahí —me indica sacudiendo las llaves otra vez.
—¿Esa
nave espacial? —pregunto sin interés.
No
voy a conducir esa cosa por muchos polvos de entrar en razón y muchas cuentas
atrás que me eche.
—¿No
te gusta? —parece dolido. Mierda, ¿qué le digo?
—Me
gusta mi Mini.
Se
pone delante de mí y observa mi cara de susto.
—Éste
es mucho más seguro.
No
puedo evitar poner cara de escepticismo.
—Tom,
ése es un coche de hombres. ¡Es la clase de coche que conduciría John! ¡Es un
puto tanque!
—¡______!
¡Cuidado con esa puta boca! —Me mira mal—. Lo he comprado blanco, que es un
color de mujer. Ven, que te lo enseño.
Me
pone las manos sobre los hombros y me empuja hacia la enorme bola de nieve.
Cuanto más me acerco, menos me gusta. Es demasiado chillón. Amo mi Mini.
—Mira.
—Abre la puerta, y trago saliva.
Es
aún peor. Es todo... blanco. El volante es de cuero blanco. La palanca de
cambios es de cuero blanco. Los asientos son de cuero blanco. Hasta las
alfombrillas son blancas.
Miro
a mi marido, que vive en la luna, y niego con la cabeza, pero no puedo ser una
desagradecida.
Está tan contento con su compra. Creía que ese hombre tenía buen gusto.
—No
sé qué decir. —Es la verdad—. Podrías haberme comprado un reloj, o un collar, o
algo así...No tenías que... —Ojalá me hubiera comprado un reloj, un collar o
algo así.
—Arriba
—dice, y me sube en esa... cosa.
Trago
saliva. «¡Por Dios, no!» Bordado en el reposacabezas del asiento delantero,
puede leerse:
«Señora
Kaulitz.»
Se
ha pasado tres pueblos.
—¡No
voy a conducir esta bola de nieve! —protesto antes de que mi cerebro censure mi
declaración
insultante.
—¡Claro
que lo harás!
«Gracias
por librarme del sentimiento de culpa.» Clavo los tacones en el suelo, no voy a
ceder.
—¡Ni
de coña! ¡Es demasiado grande para mí, Tom!
—Pero
es seguro —insiste. Luego me coge y me coloca en el asiento del conductor—.
Mira. —Pulsa un botón, se abre un compartimento y aparece una pantalla de
ordenador—. Tiene todo lo que necesitas. He grabado tus canciones favoritas.
Sonríe,
aprieta otro botón y Massive Attack empieza a sonar en un millón de altavoces.
—Para
que te acuerdes de mí.
—Me
acuerdo de ti cada vez que me llamas y suena esa canción —salto—. Quiero tu
coche. Tú puedes quedarte con éste. —Señalo el amasijo brillante de metal.
—¿Yo?
—replica con cara de preocupación—. Pero es un poco... —examina mi regalo con
la vista—... de chica.
—Lo
es, y sé a qué está jugando, señor Kaulitz. —Le clavo el índice varias veces en
el pecho—.Sólo quieres que conduzca este armatoste porque es enorme y hay menos
posibilidades de que resulte herida en caso de accidente. No vas a convencerme
por más que intentes adornarlo.
Miro
el interior e imagino sillitas de bebé y asientos infantiles. Y un cochecito en
el maletero.
«¡Ah,
no!» Doy media vuelta y echo a andar hacia mi pequeño y adorable Mini, en el
que un cochecito de bebé no cabe ni de coña.
Me
sorprende haber podido llegar hasta mi coche sin que Tom me monte una de sus
escenas. Me siento, echo un vistazo por el retrovisor y lo veo apoyado en el
DBS con los brazos cruzados. No hago caso de la cara de pena que pone y arranco
mi Mini, doy marcha atrás y me dirijo a la salida.
—Ese
hombre es imposible —murmuro buscando el botón del pequeño dispositivo que abre
la puerta.
No
está.
—¡¿Qué?!
—grito sin poder creérmelo—. ¡La madre que lo parió!
Freno
en seco, salgo del coche y veo que la cara de pena se ha transformado en una
deslumbrante sonrisa.
—¿Ibas
a alguna parte?
—¡Que
te den! —grito desde la otra punta del aparcamiento.
Cojo
el bolso y dejo el coche exactamente donde está, con la puerta abierta.
Taconeo, furiosa, hacia la puerta para peatones, pero esta vez Tom monta una de
las suyas. Me coge en brazos y me lleva a mi reluciente regalo de bodas.
—¡Cuidado
con esa boca! —Me deposita en el asiento del conductor, me pone el cinturón de seguridad
y me arranca las llaves del Mini de la mano—. ¿Por qué tienes que desobedecerme
por sistema?
Comienza
a pasar todas mis llaves al llavero de mi nuevo coche.
—¡Porque
eres un cabrón imposible! —bufo incómoda en el asiento—. ¿No puedes llevarme al
trabajo?
—Llego
tarde a una reunión porque mi desobediente esposa no hace lo que le digo. —Me
coge por la nuca y me obliga a acercarle la cara—. Cualquiera pensaría que
andas detrás de un polvo de represalia.
—¡Pues
no!
Sonríe
y me besa apasionadamente. Es un beso largo, uno de esos que acaban con mi
testarudez.
—Mmm.
Sabes a gloria, nena. ¿A qué hora sales de trabajar?
Me
suelta y, como siempre, me ha dejado sin aliento.
—A
las seis.
—Ven
directa a La Mansión y trae tus diseños y las cosas del proyecto para que
podamos acabar las nuevas habitaciones.
Pulsa
otro botón, baja la ventanilla del conductor, cierra la puerta y mete la cabeza
por la
ventanilla.
Está muy satisfecho consigo mismo.
—Te
quiero.
—Lo
sé —farfullo metiendo la llave en el contacto.
—¿Has
hablado ya con Patrick? —pregunta haciendo que se me olvide el berrinche y me
acuerde de que no he cumplido con mis obligaciones.
—¡Mueve
mi coche! —contesto sin saber qué decirle.
—Me
lo tomaré como un no. Tienes que hablar hoy mismo con él. —Eso ha sido una
orden.
—Mueve
mi coche —repito de mala manera.
—Tus
deseos son órdenes, señorita —dice, y me dedica una mirada de advertencia, pero
laignoro.
—¿Dónde
voy a aparcar este armatoste?
Se
echa a reír y se aleja para cambiar mi coche de sitio. Luego monta en su DBS y
sale
derrapando
del aparcamiento.
Tras
pasarme una hora dando vueltas por el parking más cercano, encuentro dos plazas
libres en las que dejar el trasto. Entro en la oficina como un rayo y lo
primero que veo es un ramo de calas sobre mi mesa. Al acercarme veo que también
hay una cajita.
—¡Amor!
—La voz cantarina de Ken no me hace apartar la vista de la caja.
—Buenos
días —lo saludo, me siento y la cojo—. ¿Estás bien?
—Feliz
como una perdiz. ¿Y tú? —Ken parece estar muriéndose de la curiosidad, y ahora
que he apartado la vista de la cajita, recuerdo cuándo nos vimos por última
vez.
—Muy
bien. —No saco el tema, y en su cara aparece una sonrisa picarona.
—No
me canso de decirlo: ¡ese hombre está muy sexy cuando se enfada! —dice al
tiempo que se abanica con un posavasos—. ¡De infarto!
Doy
un respingo y miro de nuevo la cajita. ¿Qué me habrá comprado?
—¿Quién
ha traído esto? —pregunto, levantándola.
—La
chica de la floristería —contesta Ken sin mucho interés.
Vuelve
a su ordenador y me deja a solas para que abra la cajita de regalo, que está
envuelta con todo el mimo del mundo. Suspiro cuando la abro y me encuentro con
un Rolex de oro y grafito. Es la versión para mujer del relojazo de Tom, pero
es otra responsabilidad más.
—¡Mi
madre! —Sally casi se cae de culo al ver el contenido de la caja—. ¡Uy, uy, uy!
¡Es
precioso!
Sonrío
ante su entusiasmo, lo saco y me lo pongo en la muñeca. Sí que es precioso.
—Lo
sé —digo en voz baja—. Muchas gracias, Sal.
Quito
las flores de encima de la mesa y dejo la cajita junto a mi bolso.
—¿Te
apetece un café, ______? —Sal se marcha hacia la cocina.
—Sí,
gracias. ¿Dónde están Patrick y Victoria?
—Patrick
tenía una reunión personal, y Victoria está visitando a un cliente.
—Ah,
vale.
Pongo
las flores en agua y me vuelco en el trabajo. Me preparo las cosas que tengo
que llevar a la reunión con Ruth Quinn y luego imprimo toda la información sobre
las carísimas camas que Tom quiere que le fabriquen para La Mansión.
A
las diez en punto se me revuelve el estómago y desaparezco en el baño para ver
si consigo vomitar, pero no hay manera. Me desplomo sobre la taza del váter,
acalorada, molesta y llorosa.
Tengo
que pedir cita en el hospital. Lo decido de pronto, seguramente por lo mal que
me encuentro.
Salgo
de los servicios dispuesta a hacerlo pero me paro a medio camino cuando veo que
hay alguien sentado en uno de los sillones de mi despacho.
Es
Sarah.
Ya
no tengo náuseas. Ahora estoy cabreada. ¿Qué coño hace aquí? Me encantaría
arrancarle la piel a tiras pero no quiero hacerlo en mi oficina, así que doy
media vuelta para esconderme en los servicios.
—¿_______?
Me
recupero del susto y me vuelvo. Hacía semanas que no oía esa voz. Me sorprende
que haya venido a mi encuentro, sobre todo después de lo ocurrido. Hice que la
despidieran.
—Sarah
—respondo sin entusiasmo. Estoy consternada. ¿Se ha propuesto sumarse a mi
lista de preocupaciones?
Se
la ve más comedida que de costumbre. Su pelo no está tan cardado como siempre y
lleva las tetas escondidas debajo de una torera. La falda, a juego con la
chaqueta, tiene un largo respetable, por la rodilla.
—¿Qué
estás haciendo aquí?
—Esperaba
que pudiéramos hablar —dice revolviéndose incómoda en la silla. No hay ni
rastro de su chulería.
Me
ha pillado por sorpresa. ¿A qué juega?
—¿Hablar?
—pregunto, recelosa—. ¿De qué? —No tengo nada que decirle a esa mujer.
Echa
un vistazo a la oficina, igual que yo. Ken, mi amigo gay y cotilla, tiene la
antena puesta, y no le quita ojo a la mujer desconocida que está sentada en mi
despacho.
—¿Puedo
invitarte a una taza de café? —ofrece.
Me
mira. Debería pedirle que se marchara, pero me puede la curiosidad. Cojo mi
bolso.
—Media
hora —digo, cortante, saliendo de mi despacho sin echar la vista atrás. El
corazón me late desbocado. Pensé que no volvería a ver a la bruja del látigo, y
ahora está en mi despacho. Tengo muy frescos en la memoria lo mal que me lo ha
hecho pasar y los dramas que ha montado en mi vida.
Lo
único que veo son las marcas de sus latigazos en la espalda de Tom, su
expresión de dolor y mi penoso cuerpo hecho un ovillo contra el suyo. La señora
tiene mucho valor.
Entro
en un Starbucks cercano y me siento en una silla. No voy a invitarla a café. Sé
que tengo una cara de asco mayúscula pero no puedo disimular. No quiero
disimular. Quiero que sepa lo mucho que la detesto.
—¿Te
apetece tomar algo? —pregunta con educación. Ésta no es la Sarah que conozco y
desprecio.
—No,
gracias.
Me
sonríe tímidamente.
—Yo
voy a pedir. No creo que al encargado le guste que ocupemos una mesa si no
consumimos algo. ¿Seguro que no quieres nada?
—Sí.
—Niego con la cabeza y la observo acercarse al mostrador. Me aseguro de que
está
entretenida
pidiendo, saco el móvil del bolso y le mando un mensaje a Kate. Necesito
desahogarme.
¡La zorra sinvergüenza se ha plantado en
mi oficina!
Me
contesta de inmediato. No era la clase de mensaje que uno deja para luego.
¡¡¡No jodas!!! ______, deja de hablar en
clave. ¿Quién es la «zorra sinvergüenza»?
Casi
se me escapa un taco.
¡Sarah!
Contesta
en seguida.
¡¡¡¡¡¡¡¡Nooooooo!!!!!!!!
Mis
dedos vuelan sobre el teclado mientras levanto la vista para comprobar que
Sarah sigue ocupada.
¡Como te lo cuento! Te llamo luego.
Me
dispongo a guardar el móvil en el bolso cuando recibo otro mensaje. Como si lo
viera: está emocionada y tecleando a toda velocidad con sus dedos blancuchos.
Seguro que está conduciendo.
Llámame ahora y deja el móvil sobre la
mesa. ¡Quiero oír lo que tiene que decir!
Doy
un respingo y niego con la cabeza. ¡Es la monda! Sería incapaz de mantener la
boca cerrada si oye algo que no le gusta, y a ver cómo explico yo luego los
gritos lejanos de la loca de mi mejor amiga.
No.
Pulso
«Enviar» y sonrío al recibir otro mensaje.
¡Zorra!
Meto
el teléfono en el bolso cuando Sarah se acerca con un café. Cruzo las piernas y
mantengo la expresión de odio. Así es. La odio. Odio todo lo que representa
pero, sobre todo, odio el dolor que le causó a Tom. Tengo que parar de pensar.
Me estoy cabreando. Mis cambios de humor soy muy extremos últimamente.
Se
sienta y remueve su café con cuidado, sin levantar la vista.
—Quería
disculparme por todo lo ocurrido.
Me
río.
—¿Te
burlas de mí?
Deja
de remover el café y me mira. Sonríe, nerviosa.
—______,
lo siento. Supongo que tu llegada me pilló por sorpresa.
—¿Ah,
sí? —digo frunciendo el ceño.
—No
te culpo si me mandas a paseo. Me he portado fatal. No tengo excusa.
—Excepto
que estás enamorada de él —digo con franqueza, y abre unos ojos como platos—.
¿Por qué otro motivo ibas a comportarte así, Sarah?
Aparta
la mirada y creo que tiene lágrimas en los ojos. Está enamorada de él hasta la
médula. ¿Le habré restado importancia al problema?
—No
voy a engañarte, _____. Llevo tantos años enamorada de Tom que ya he perdido la
cuenta. — Vuelve a mirarme—. Pero eso no es excusa.
—Y,
aun así, lo inflaste a latigazos. —No lo entiendo—. ¿Por qué le hiciste eso a
alguien a quien amas?
Se
ríe tímidamente.
—Eso
es precisamente lo que yo hago. Me visto de cuero, cojo un látigo y les pego
una paliza antes de follármelos.
Parpadeo.
—Ah.
—A
Tom nunca le ha ido ese rollo.
—Pero,
aun así, te lo follaste —digo con sinceridad. Él me lo ha confesado, y sé que,
hasta aquel fatídico día en que los pillé juntos en su despacho, nunca antes le
habían cosido la espalda a latigazos.
Seguro
que Sarah estaba en su salsa, especialmente cuando se las apañó para que yo
fuera a La Mansión y viera la terrorífica escena.
Parece
sorprendida.
—Sí,
pero sólo una vez.
Sí,
está conteniendo las lágrimas. He subestimado el problema.
—Tiene
gracia, ¿sabes? Ni siquiera borracho me quería. Se follaba a cualquiera menos a
mí.
Empiezo
a comprender, aunque no me entusiasma que me recuerde la vida pasada de Tom. Se
follaba a cualquiera, le daba a todo a todas horas... Pero no tocaba a Sarah.
La Mansión está llena de mujeres deseosas de tirárselo, ninguna lo desea más
que Sarah, y él nunca la ha deseado.
—¿Lo
azotaste con la esperanza de que después se acostara contigo? —Sólo de pensarlo
se me revuelve el estómago. Vuelvo a tener ganas de vomitar.
Niega
con la cabeza.
—No.
Sabía que no iba a hacerlo. Estaba en un estado lamentable por ti. Jamás pensé
que llegaría el día en que vería a Tom Kaulitz de rodillas por una mujer.
—Quieres
decir que esperabas que ese día no llegara nunca.
—Eso
es. También esperaba que salieras corriendo en cuanto descubrieras lo que
sucede en La Mansión.
Y
salí corriendo. Pero volví. Aunque Sarah no tuvo que hacer nada para que yo
saliera por patas cuando descubrí a Tom borracho. Miro a la mujer que tengo
delante y siento lástima. Me odio a mí misma por sentirme así, pero me da mucha
pena.
—Sarah,
él te considera una amiga.
No
puedo creer que esté intentando que esa mujer se encuentre mejor después de
todo lo que ha hecho.
—Lo
sé. —Se echa a reír, pero luego frunce el ceño y vuelve a remover su café—.
Después de lo que hiciste y de cómo reaccionaste, me di cuenta de lo estúpida
que he sido. Se merece ser feliz. Se merece a alguien como tú. Lo amas a pesar
de La Mansión, de lo que hizo y de su problema con la bebida. Lo amas tal y
como es, incluso amas las locuras que hace cuando se trata de ti. —Sonríe—. Haces
que se sienta vivo. Nunca debería haber intentado arrebatarle eso.
Estoy
atónita. Me quedo mirándola, en silencio, sin saber qué decir. ¿Qué le digo?
—Quieres
recuperar tu trabajo.
¿Eso
le he dicho?
Abre
mucho los ojos.
—No
creo que sea posible, ¿verdad?
Pues
no. A pesar de su confesión, nunca podría confiar en ella. Nunca me caería
bien. Me da lástima, pero no puedo extenderle una invitación para que vuelva a
nuestras vidas. Nunca le he preguntado a Tom qué pasó cuando la despidió. Él me
dejó claro que no quería hablar del tema y yo estaba como unas castañuelas por
haber conseguido echarla de nuestras vidas. Sin embargo, ahora sí quiero saber
qué ocurrió aquel día.
—Debes
de haberlo visto con muchísimas mujeres; ¿por qué la tomaste conmigo?
—pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—Saltaba
a la vista que contigo era distinto. Tom Kaulitz no persigue a las mujeres. Tom
Kaulitz no se lleva a nadie a casa. Tom Kaulitz no es abstemio. Has cambiado a
ese hombre. Has hecho lo que muchas mujeres han intentado hacer durante años
sin éxito. _____, te has ganado al señor. —Se pone en pie—. Felicidades, señora
Kaulitz. Cuídalo bien. Hazlo muy feliz. Se lo merece.
Y
se va.
La
veo desaparecer del Starbucks y me entran ganas de llorar otra vez. Me he
ganado al señor. Lo he hecho cambiar. He hecho que dejara de beber y de
follarse a todo lo que se movía. He hecho que sienta y que ame. Y me ama. Vaya
si me ama. Y yo también lo amo. Necesito verlo. Maldita sea Ruth Quinn, la
reina de las pesadas.
Me
pongo en marcha y corro al parking para recoger mi regalo. Por el camino, llamo
a Kate.
—¡¿Qué
te ha dicho?! —chilla por teléfono. Ni siquiera ha dejado que sonara.
—Me
ha pedido perdón. —Me falta el aliento—. Oye, voy a tener el bebé.
Se
ríe de mí.
—¡Estaba
cantado, tonta!
Sonrío
y corro al parking. Quiero quitarme de en medio la reunión con Ruth Quinn para
poder ir a ver a Tom.
—¡______!
—Su sonrisa casi me molesta.
—Hola,
Ruth —saludo.
La
dejo atrás y me meto en una cocina en obras para evaluar la situación. Todo
parece ir según lo previsto. No hay sorpresas desagradables.
—No
puedo quedarme mucho rato, Ruth. Tengo otra reunión —digo volviéndome para
mirarla.
—Ah.
¿Quieres un café? —me ofrece, esperanzada.
—No,
gracias. ¿Cuál es el problema? —pregunto intentando que se dé prisa.
No
obstante, se toma su tiempo para acercarse a una mesa provisional y empezar a
llenar una taza.
—Acabo
de prepararlo. Podemos ir a sentarnos al salón, allí hay menos polvo.
Hago
una mueca de frustración.
—Lo
siento, me espera otro cliente, Ruth. ¿Te importa si nos vemos otro día? —Me
está entrando el pánico.
—No
tardaremos mucho. —Sigue haciéndolo todo a la velocidad de un caracol, y yo me
revuelvo,
impaciente, detrás de ella. Parece que lo hace a propósito—. ¿Lo has pasado
bien con tus padres este fin de semana?
La
pregunta me pilla desprevenida, pero mi cerebro se pone al día rápidamente.
—Muy
bien, gracias.
—¿Seguro
que no quieres un café? —insiste mientras se acerca a la nevera a por leche.
—No,
de veras. —No puedo evitar mi tono de impaciencia. Estoy empezando a enfadarme.
—Es
curioso, juraría que te vi el viernes por la noche en un bar —comenta como si
nada—.
¿Cómo
se llamaba? —Vierte leche en su café muy despacio y lo remueve aún más
despacio—. Ya me acuerdo. Baroque, en Piccadilly.
«¡Mierda!»
—Sí,
fui con unos compañeros de trabajo. No gran cosa. Me fui a casa de mis padres
el sábado por la mañana —explico retorciéndome el pelo como una posesa. ¿Por
qué me molesto en contarle una mentira? Lo que yo haga o deje de hacer no es
asunto suyo.
Se
vuelve, sonriente, pero sus ojos reparan en mi mano izquierda y su expresión no
da lugar a dudas. Me miro el pedrusco que llevo en el dedo y de repente estoy
muy incómoda.
—No
me has contado que estabas casada. —Se echa a reír—. ¡Qué tonta soy! Yo
diciéndote que te alejaras de los hombres y resulta que estabas casada. —De
repente se pone colorada y me doy cuenta de lo que pasa. Es horrible.
¡Es
lesbiana! «¡No, por favor!» Eso lo explica todo: su insistencia en ir de copas,
las llamadas, el querer que nos reunamos a todas horas... Y ahora no les quita
ojo a mis anillos. Me desea. Ahora sí que estoy incómoda.
—Espera
un momento. —Frunce el ceño—. Recuerdo que me dijiste que tenías novio. —Frunce
el ceño aún más—. Y la semana pasada no llevabas ningún anillo.
No
sé adónde mirar.
—Me
casé hace poco —digo. No quiero entrar en detalles—. Me estaban arreglando los
anillos.
No
puedo mirarla a la cara. Es una mujer atractiva, pero no en ese sentido.
—¿Por
qué no me lo dijiste?
¿Que
por qué no se lo dije? ¿Por dónde empiezo?
—Fue
una boda muy sencilla, sólo para la familia.
¿Quería
que la invitara o intentar impedirla? Esta conversación hace que todavía tenga
más ganas de ver a Tom. ¿Le cuento que estoy embarazada? Seguro que la
remataría. Parece dolida.
—Ruth,
tengo que preguntarte de qué querías hablar para poder solucionarlo y
marcharme. Siento mucho tener tanta prisa.
Me
dedica una sonrisa muy falsa, no logra disimular el susto que le he dado.
—No,
vete. Puede esperar.
Estoy
aliviada pero sorprendida. Tal vez haya sido lo mejor. ¿Dejará por fin de
invitarme a Salir de copas y de solicitar reuniones? Qué raro que no me diera
cuenta antes. ¿Una mujer tan guapa y soltera? No me paro a pensarlo. Me muero
por escapar, y no sólo porque tenga una admiradora.
—Gracias,
Ruth. Nos vemos.
No
me quedo ni un minuto más. Salgo a toda prisa y le digo adiós con la mano sin
dejar de andar. Soy una idiota.
Subo
a mi coche nuevo y me echo a llorar en cuanto Angel comienza a sonar.
Pulso
como una posesa el botón del interfono pero, pasados unos minutos eternos, las
puertas siguen cerradas. Meto la mano en el bolso, saco el móvil y llamo a Tom.
Sólo suena una vez.
—¿______?
—¡No
se abren las puertas! —sueno estresada y enloquecida, pero tengo tantas ganas
de verlo que se me está yendo la pinza.
—Oye,
tranquilízate. —Parece nervioso—. ¿Dónde estás?
—¡En
la puerta! ¡He estado llamando al interfono pero nadie me abre!
—______,
tranquila. Me estás preocupando.
—Te
necesito —sollozo, y el sentimiento de culpa que lleva días devorándome por
dentro se apodera de mí—. Tom, te necesito.
Lo
oigo respirar con dificultad. Está corriendo.
—Nena,
baja el parasol del coche.
Me
enjugo las lágrimas y tiro de la visera de cuero blanco. Hay dos pequeños
dispositivos negros. No espero instrucciones. Pulso los dos y las puertas se
abren. Arrojo el móvil sobre el asiento del acompañante y piso a fondo. Estoy
llorando como un bebé. Me caen unos lagrimones como peras mientras serpenteo
por el camino bordeado de árboles. Todo está borroso hasta que veo el Aston
Martin de Tom, que viene hacia mí a toda velocidad. Piso el freno, salgo del
vehículo y voy a su encuentro.
Está
aterrorizado cuando baja del coche. Deja la puerta abierta y corre hacia la
histérica de su mujer. No puedo evitarlo, le estoy dando un susto de muerte,
pero ahora lo veo todo tan claro que me ha entrado el pánico. He perdido el
dominio de mis emociones. La zorra fría y calculadora que he sido últimamente
se ha desvanecido y por fin veo las cosas como son.
Nuestros
cuerpos chocan y me envuelve. Todos sus músculos me protegen. Me coge en brazos
y me aprieta contra su pecho. Lloro desconsoladamente con la cara escondida en
su cuello. Él camina por el sendero sin soltarme. Soy imbécil. Soy una zorra
egoísta, estúpida y sin corazón.
—Por
Dios, ______ —jadea contra mi cuello.
—Perdóname.
—Mi tono es de histérica, a pesar de que en sus brazos me encuentro un millón
de veces mejor.
—¿Qué
ha ocurrido?
—Nada.
Necesitaba verte —digo al tiempo que lo agarro con más fuerza. Lo siento
demasiado lejos.
—¡Por
todos los santos, ______! ¡Explícate, por favor! —Intenta soltarme, pero soy
una lapa y no voy a consentir que me deje en el suelo—. ¿_____?
—¿Podemos
irnos a casa?
—¡No!
¡No hasta que me expliques por qué estás así! —grita tratando de que lo suelte.
Es
más fuerte que yo. Pronto se separa de mí y lo tengo de pie delante, examinando
cada
centímetro
de mi cuerpo, sujetándome los brazos para que los mantenga extendidos.
—¿Qué
te pasa?
—Estoy
embarazada —sollozo—. Te engañé. Lo siento.
Se
echa a temblar y me suelta. Da un paso atrás, abre unos ojos como platos y
frunce el ceño.
—¿Qué?
Me
enjugo las lágrimas y bajo la vista. Estoy muy avergonzada. Tom no es ningún
santo, pero mientras él intentaba crear una vida, yo estaba planeando
destruirla. Es imperdonable, y nunca podré contarle lo que pensaba hacer.
—Me
pones furiosa —susurro, lastimera—. Me pones furiosa y luego me haces muy
feliz. No sabía qué hacer. —Es una excusa pobre y patética.
Pasan
unos instantes incómodos sin que ninguno de los dos diga nada. De hecho, él no
ha dicho nada aún. Me atrevo a mirarlo. Está estupefacto.
—¡Joder!
¿Es que quieres que acabe en un manicomio, ______? —Se peina el pelo con los
dedos y alza la vista al cielo—. ¿Estás jugando conmigo? Porque es lo último
que necesito, señorita. Acabo de asimilar que no estás embarazada, ¿y ahora
resulta que sí lo estás?
—Siempre
lo he estado.
Deja
caer la cabeza y los brazos, que cuelgan de sus costados mientras me observa
atentamente con expresión de escepticismo.
—¿Cuándo
pensabas decírmelo?
—Cuando
me hubiera hecho a la idea —respondo.
Ni
siquiera intento mentirle, lo sé porque no necesito controlar el impulso de
retorcerme el pelo. Tal vez estuviera procurando disfrutar al máximo del Tom
dominante antes de que volviera a tratarme como si fuera de cristal. No lo sé.
He sido muy tonta.
—¿Vamos
a tener un bebé? —Su voz es apenas un susurro.
Asiento.
No puedo hablar. Deja de mirarme a los ojos y me mira el vientre. Una lágrima
resbala por su mejilla. Me siento todavía más culpable pero entonces se pone de
rodillas y pierdo el control de mi llanto. Permanezco de pie, llorando como una
magdalena, contemplando cómo su cuerpo caído derrama una lágrima tras otra
delante de mí. Lo he mareado a base de bien, como si el hecho de estar conmigo
no lo volviera ya bastante loco. Mi respuesta natural a la reacción de mi
hombre apuesto y neurótico es acercarme a él y arrodillarme. Le paso los brazos
por los hombros y lo abrazo contra mi cuerpo mientras llora con la cabeza
hundida en mi cuello. Me acaricia la espalda como si intentara cerciorarse de
que soy real.
—Perdóname
—digo en voz baja.
No
dice nada. Se pone de pie y me levanta. Me lleva a su coche y me deja en el
asiento del acompañante. Sigue callado mientras me abrocha el cinturón de
seguridad. Saca el teléfono del bolsillo de su chaqueta, cierra la puerta, se
aleja y hace una llamada mientras saca mi coche de en medio del camino.
Regresa
y deja el bolso a mis pies. Luego me lleva a casa en el más absoluto silencio.
HOLA ... AQUI ESTAN LOS CAPITULOS ... YA TOM SE ENTERO QUE _____ ESTA EMBARAZADA ... LA PREGUNTA ES .. ¿AHORA QUE HARA TOM? ... COMENTE ... 4 O MAS Y AGREGO ... ADIOS :))
:O Que cap tan intenso virgi, que bueno que ya Tom se entero del embarazo de (Tn) y ahora que pasara?? estoy intrigada espero el próximo cap me encanto..
ResponderBorrarTom esta feliz no?
ResponderBorrarMenos mal que la rayita no abirto. Eso no me hubiera gustadoo.
Subeee!
Sube pronto *.*
ResponderBorrar