CAPITULO # 3.-
El
salón de verano está increíble. Tessa ha hecho un trabajo magnífico con una
paleta básica de blancos y verdes. Hay blanco por todas partes, con notas de
follaje verde entre las montañas de calas que adornan cada espacio vacío. Las
sillas están cubiertas de organza blanca atada con grandes lazos verdes por
detrás, y hay hojas de helecho esparcidas sobre las mesas. Jarrones altos
llenos de agua cristalina y repleta de calas blancas presiden las mesas. Elegancia
sencilla, sin aspavientos.
He
picoteado de los tres platos del menú, sin vino, he jugueteado con la
servilleta y he dado conversación a todos los que se han acercado a mi mesa.
Cualquier cosa con tal de no mirar a Tom. John, el padrino, ha dado un discurso
breve y dulce, sobre todo breve. No ha dicho nada sobre desde cuándo son
amigos, el tío Carmichael o los viejos tiempos. El hombre de pocas palabras ha
sido fiel sí mismo pese a ser el
padrino, y nadie lo ha abucheado ni ha protestado por la brevedad o la falta de
sentido del humor de su discurso. John no cuenta chistes, aunque parece que le
hace mucha gracia la
forma
en que Tom se porta conmigo.
Y
mi padre. Estoy a punto de llorar al verlo pelear con sus notas garabateadas en
pósits amarillos, recordando mi infancia, advirtiendo a los presentes acerca de
mi vena guerrera, y luego contándoles la historia de la vez que me pillaron
robando una gominola y me comí la prueba del delito. Levanta la copa y se
vuelve hacia nosotros.
—Buena
suerte, Tom. —Lo dice tan serio que todos los invitados se echan a reír.
A
mi hombre se le dibuja una amplia sonrisa en la cara y levanta también la copa,
luego se pone en pie (sin mover el brazo para no tirar de mi muñeca). Aplauden
a mi padre cuando vuelve a sentarse y se bebe su whisky de un trago. Mi madre
le masajea los hombros, sonriente.
Tom
deja su agua en la mesa y se vuelve hacia mí, se pone de rodillas y me coge las
manos.
Enderezo
la espalda y echo un vistazo a la sala. Todo el mundo nos mira. ¿Por qué no
puede seguir las reglas?
Sus
pulgares dibujan círculos en el dorso de mis manos y luego juega con mis
anillos, dándoles la vuelta y colocándolos del derecho. Alza sus gloriosos ojos
cafeces y dos rayos deslumbrantes de pura felicidad me noquean. Lo hago feliz
incluso cuando intento evitar hablar de algo sobre lo que de verdad tenemos que
hablar. Después de mi ardua batalla por hacer hablar a este hombre, ahora soy
yo la que prefiere enterrar las cosas bajo la alfombra. Soy yo la que echa a
correr, aunque estoy huyendo de un problema que ha creado él.
—______
—comienza en voz baja, aunque estoy segura de que lo ha oído todo el mundo,
puesto que el silencio es atronador—. Mi preciosidad —sonríe—. Eres toda mía.
Se
levanta un poco y me besa con ternura.
—No
necesito ponerme de pie y anunciarles a todos lo mucho que te quiero. No me
interesa complacer a nadie, sólo a ti.
Se
me hace un nudo en la garganta y sólo acaba de empezar.
Suspira.
—Me
has conquistado, nena. Me has hecho tuyo, y tu belleza y tu fuerza me han embriagado.
Sabes que no puedo vivir sin ti. Has hecho que mi vida sea tan hermosa como tú.
Has hecho que quiera tener una vida que valga la pena, una vida a tu lado. Tú
eres todo lo que necesito. Necesito verte, escucharte, sentirte. —Deja caer mis
manos y me acaricia los muslos—. Amarte.
Me
tiene en el bolsillo. Tiene a mi madre en el bolsillo. Tiene a todos los
presentes comiendo de su mano. Me muerdo con fuerza el labio inferior para no
dejar escapar un sollozo, siento un nudo que me atenaza la garganta y los ojos
llenos de lágrimas. Miro el apuesto rostro de Tom, mi marido arrollador, que
arrasa con mi cuerpo y con mis emociones.
—Necesito
que me dejes hacer todo eso, ______. Necesito que me dejes cuidar de ti para
siempre.
Oigo
a mi madre sollozar en silencio y no puedo evitar unirme a ella. Ahora no.
Solía
incapacitarme
con sus caricias. Ahora me incapacita con sus caricias y además con sus
palabras. Estoy destinada a una vida de placer que me deje tonta, de ternura
que me derrita y de emociones de infarto. Va a dejarme incapacitada de por
vida.
—Lo
sé —susurro.
Asiente
y deja escapar una gran bocanada de aire antes de levantarse y apretarme contra
su cuerpo. Me rodea con la mano que no tiene esposada y me aprieta con todas
sus fuerzas para compensar por la mano que falta. Hundo la cara en su cuello y
respiro hondo, su fragancia fresca y mentolada me hace cerrar los ojos con un
suspiro de satisfacción. Necesito hilvanar mis ideas y empezar a pensar cómo
voy a lidiar con esto. No va a desaparecer por mucho que yo quiera.
La
sala ha dejado de estar en silencio. Para cuando me libero del abrazo de Tom,
la gente se ha puesto en pie y un aplauso respetuoso retumba contra las
paredes. Debería sentirme avergonzada, pero no es así. Me ha hablado como
cuando estamos solos para demostrarme que no le importa dónde estemos o con
quién, dondequiera y cuandoquiera, como ha sido siempre y como siempre será.
Mi
madre se nos acerca y abraza a Tom.
—Tom
Kaulitz, te quiero —le dice al oído mientras él la abraza con una mano—. Pero
quítale las esposas a mi hija, por favor.
—De
eso, nada, Elizabeth.
Mi
madre lo suelta y le da un golpe en el hombro. Kate se abalanza entonces sobre
él.
—Ay,
Dios, quiero besarte los pies.
Pongo
los ojos en blanco. La gente se acerca para felicitar a mi ex donjuán neurótico
por su discurso y mi muñeca tira de mí en todas direcciones. Es el día de
nuestra boda y no quiero estar presente. Kate, mi madre y toda esta gente se
interpone en mi camino. Lo quiero sólo para mí, pero están a punto de llegar
los invitados para la fiesta de esta noche, así que no podemos irnos.
Después
de haber recibido un millón de besos en la mejilla y de que Tom haya estrechado
la mano de todos, empieza a tirar de mí para que salgamos del salón de verano.
—¿______?
Me
vuelvo y veo a mi hermano. Casi desearía que no estuviera aquí. Lo está pasando
mal y me duele verlo. Me miro la muñeca y me pregunto cómo podría convencer a
Tom para que me suelte. No lo ha hecho por mi madre y dudo mucho que lo haga
por mi hermano. Sé que Dan no se fía de Tom, y sé que él lo sabe. Levanto la
vista y veo que Tom me está mirando. Sabe lo que estoy pensando y sé que no le
gusta, pero aun así se lleva la mano al bolsillo y saca una pequeña llave.
Sin
pronunciar ni media palabra, me libera de las esposas y las deja colgando de su
muñeca.
—Ve
—me dice en voz baja al tiempo que le dirige una mirada amenazadora a Dan.
Mi
hermano se la devuelve con el mismo matiz intimidatorio. No necesito esto, y
desde luego no con dos de los hombres más importantes de mi vida. Sé por qué
Dan se muestra tan receloso, a pesar de no saber de la misa la media, y también
sé por qué Tom se comporta así. Dan es una amenaza. Es mi hermano, pero sigue
siendo una amenaza, al menos así es como lo ve Tom.
Beso
a mi hombre en la mejilla y siento cómo su mano se desliza por mis caderas y mi
trasero.
Luego
aparta la vista de Dan y me besa en los labios.
—No
tardes —me dice soltándome y echando a andar en dirección al bar.
Caminamos
por el sendero de grava en silencio, más allá de las canchas de tenis, y
llegamos a la arboleda. El sol de la tarde lucha por atravesar las copas de los
árboles y los rayos se cuelan entre las hojas e iluminan tramos del suelo.
Ambos tenemos cosas que decir, pero ninguno de los dos da el primer paso. Me
dedico a contar las manchas de luz que bailan a mis pies. Nunca nos había
pasado esto. Nunca nos habíamos sentido incómodos el uno con el otro, y parece
que estamos recuperando el tiempo perdido. Estamos muy, muy incómodos. Suelto
la mano de Dan y me levanto la falda del vestido, piso una rama, el tacón se
queda enganchado y doy un ligero traspié.
—¡Ay!
—Ten
cuidado. —Me coge del codo para que no me caiga—. No creo que esos zapatos
estén hechos para hacer senderismo —bromea con una media sonrisa.
Me
relajo al instante.
—No
—me río, y me enderezo.
—______
—dice echando a andar de nuevo.
Lo
miro un poco harta de la situación.
—Suéltalo,
Dan. Dime lo que sea que te mueres por decirme desde que conociste a Tom.
—Está
bien: no me gusta.
Doy
un paso atrás. Si apenas lo conoce.
—Vale —me río, incómoda—. No esperaba que
te mostraras tan directo.
Se
encoge de hombros.
—¿Qué
quieres que te diga?
—Ni
siquiera lo conoces. Sólo has hablado con él una vez, cuando intentaste hacerle
una
advertencia
—lo acuso.
Tengo
razón. Mi madre interrumpió el discurso del hermano mayor, pero Dan llegó a
empezarlo y la mandíbula tensa de Tom y la forma en que se contuvo dejaban
claro lo que pensaba de su opinión.
—Pues
explícame lo de su problema con la bebida —me reta.
Abro
unos ojos como platos.
—¿De
qué estás hablando? —No me gusta un pelo su mirada de reproche.
—Hablo
de ese problema con la bebida del que Matt nos alertó, ese que nadie ha
mencionado desde entonces. El hecho de que no haya tocado el alcohol en todo el
día no se me ha pasado por alto, _______. Al menos yo me he dado cuenta. Mamá
estaba demasiado liada haciendo de madre de la novia para verlo.
Ya
sabía yo que lo bueno no iba a durar. Tom se metió a mis padres en el bolsillo
cuando lo trajo a Londres. Se enamoraron de él y no dijeron nada del asunto de
la bebida. Pensaron que Matt, despechado, se lo había inventado. No hizo falta
que los ayudara a llegar a esa conclusión. No necesito que Dan escarbe en un
problema que ni siquiera lo es. Tom no ha tocado el alcohol desde el día en que
lo encontré en el Lusso. No lo necesita teniéndome a mí, y soy toda suya.
—¿Y
dónde está su familia? —pregunta.
—Ya
te lo he dicho: no se habla con ellos.
—Ya
—se echa a reír—. Qué oportuno. Y mira que Matt me caía fatal...
Ese
comentario hace que me rechinen los dientes. Estamos en plena guerra de
miradas, pero ni siquiera siento la necesidad de defender a Tom. No hay nada
que defender, aunque sea mi hermano el que está exigiendo respuestas.
—¿Así
que ahora vas a respaldar a Matt? —le espeto a traición.
Lo
apunto con un dedo a pocos centímetros de la cara. Estoy muy cabreada y nunca
me había cabreado con Dan.
—No
busques donde no hay. No tiene familia, déjalo estar. Hablemos de lo que de
verdad te tiene de tan mal humor. Hablemos de Kate.
Ahora
es él quien abre unos ojos como platos. Sí, acabo de meter el dedo en la llaga.
No voy a dejar que me fastidie el día con sus opiniones. No cuentan, y no
quiero escucharlas.
—¡No
estoy de mal humor! —grita. Su tono me confirma que he dado en el clavo—. Kate
me importa una mierda.
—¡Ja!
—me río—. Por eso no le has quitado los ojos de encima en todo el día. No te
acerques a ella, Dan.
—¿Y
quién coño es Georg?
Trago
saliva. Lo sabía. Tal vez no me guste la dirección que está tomando la vida de
Kate, pero prefiero que la viva con Georg que contemplar un desastre total con
Dan. Ya terminó en llanto y chirriar de dientes una vez, y ahora volvería a
terminar igual.
—Es
alguien con quien Kate encaja —le espeto.
No
me puedo creer lo que acabo de decir. Mi hermano se moriría del susto si le
contara los detalles de la relación de Kate y Georg. Tampoco es que yo esté
enterada de todo, pero me hago una idea.
—Déjalo
estar. —Me levanto la falda del vestido, lista para emprender la retirada,
cuando me coge del brazo.
—¿Qué
pasa si no quiero?
—Quítale
las manos de encima. —El gruñido familiar me hace volver la cabeza a toda
velocidad.
Ahí
viene Tom. Respira de prisa y tiene cara de querer matar a alguien.
—No
pasa nada. Ya nos íbamos —digo liberando mi brazo de un tirón. Necesito
llevarme a Tom antes de que aplaste a mi hermano, y no sólo verbalmente.
Dan
da un paso al frente.
—Es
mi hermana.
Tom
recorre los escasos metros que hay entre ambos.
—Es
mi mujer.
Mi
hermano se echa a reír. Mala señal, a juzgar por la repentina cara de alucine
de Tom. He de intervenir, pero meterse entre estas dos fieras no me apetece
nada. Entonces veo a Tom apretar los puños y sé que es ahora o nunca.
Le
pongo la mano en el brazo y parpadea, demasiado centrado en Dan para darse
cuenta de que soy yo. En el momento en que lo hace, aparta la mirada iracunda
de Dan y me mira. Sus ojos se suavizan al instante.
—Vámonos
—le digo con calma deslizando la mano hacia la suya para poder entrelazarlas.
Asiente
y damos media vuelta sin dedicarle una sola mirada más a Dan. Menos mal. Mi
hermano lo está pasando mal, y sé que puede ser muy cabezota cuando se pone a
la defensiva. Kate no lo está haciendo a propósito pero lo está volviendo loco
otra vez, y él intenta no pensar en el tema a base de centrarse en mí.
Caminamos
hacia La Mansión y lo dejamos atrás.
—Dame
la mano —ordena Tom. Lo dejo que la coja y que me espose de nuevo—. No vuelvas
a pedirme que te las quite.
—No
lo haré —mascullo. Ojalá no me las hubiera quitado nunca. Así no habría tenido
que lidiar ni con el follón que tiene Dan con Kate, ni con sus preguntas sobre
el problema con la bebida de Tom —. Tira la llave.
Levanta
una ceja.
—¿Desearías
haber estado atada a mí?
—Sí
—confieso—. No vuelvas a soltarme.
—Vale
—accede—. ¿Te apetece tomar un trago?
Seguimos
caminando hacia la casa, esposados y juntos de nuevo.
—Por
favor. —Apenas he probado el alcohol en todo el día y me sorprende un poco su
ofrecimiento.
—Ven.
—Tira de mí y me da un beso en la frente—. No voy a consentirlo, ______, por
mucho que sea tu hermano.
—Lo
sé —digo en voz baja.
Estoy
gratamente sorprendida por su autocontrol. A Tom no le importa pasar por encima
de quien sea, y Dan no ha hecho nada por congraciarse con él. Ha intentado
retenerme a la fuerza, que es lo peor que podría haber hecho. No quiero que mi
marido y mi hermano se peleen, pero sé que Tom nunca se echaría atrás
tratándose de mí, y Dan nunca consentiría quedar como un gallina. Va a ser un problema.
Los
invitados para la fiesta han llegado. Nos acosan, nos besan y nos colman de
buenos deseos a cada paso que damos al intentar llegar al bar. Cuando al fin lo
conseguimos, Tom me coloca en mi taburete y me tiende un vaso de agua. ¿Agua?
Miro el líquido transparente y luego a Tom, al que se le da muy bien poner cara
de inocente. ¿Agua?
Tessa
se acerca echando humo, parece tan ofendida como mi pobre madre.
—¿Dónde
estabais? —pregunta mirándonos a uno y a otro con incredulidad—. ¡Teníais que cortar
la tarta!
Tom
abre una botella de agua y le da un buen trago sin inmutarse por la
preocupación de Tessa.
—No
pasa nada.
La
mujer niega con la cabeza sin poder creérselo y se va muy digna hacia la
entrada. Creo que va a marcharse. Por lo que parece, sus servicios ya no son
necesarios.
—¿No
quieres cortar la tarta? —pregunto mientras levanta mi muñeca para enroscar el
tapón de la botella—. Kate hizo el pino puente para poder tenerla lista en tan
poco tiempo.
Me
coloca bien mi diamante.
—Entonces
será mejor que no la estropeemos —dice, muy serio.
—Eres
imposible —suspiro echando un vistazo al bar.
Georg
y Gustav le están dando conversación a mi padre, que tiene las mejillas
sonrosadas. Mi madre está disfrutando de ser el centro de atención. No me cabe
duda de que está ofreciéndose para enseñar la casa y los jardines. Kate tiene
pinta de estar borracha. Ken me dice hola con la mano y Victoria me dedica un
saludo muy femenino antes de buscar a Gustav con la mirada y atusarse los rizos
rubios. La pobre Sal está intentando encajar. Sigue resplandeciente, pero su
nuevo amor no está. Sonrío y miro a Tom, justo en el momento en que Tessa
reaparece hecha una fiera.
—Muy
bien, he hablado con Elizabeth —sisea—. En breve vamos a cortar la tarta y le
seguirá el primer baile, así que no volváis a desaparecer.
Se
va, no muy contenta, y sonrío. Seguro que se arrepiente de haber aceptado este
trabajo.
—¿Estás
bien, nena? —Su mano tibia me acaricia la mejilla.
—Sí
—contesto, pero la verdad es que no. Me he peleado con mi hermano, cosa que no
había ocurrido nunca.
—Pues
no lo parece. Te dije que quería que lo pasaras bien hoy.
Me
río para mis adentros. Para eso tendría que dejarme beber y no debería haber
sacado el tema que más dolores de cabeza me da en este momento.
—Estoy
bien —suspiro y le doy un buen trago a mi botella de agua. Mierda de agua.
Patrick
e Irene se acercan. Mi jefe, que es como un oso de peluche, lleva una enorme
bolsa de regalo de color marfil. Su esposa es una montaña de estampado animal.
Creo que es un vestido y es muy llamativo. Miro a Tom.
—Aquí
llega Patrick. Me has dado hasta el lunes, acuérdate. —Necesito que lo tenga
presente.
Tom
se vuelve para verlo.
—Me
acuerdo. Pero sólo tienes hasta el lunes.
—¡Flor!
Patrick
me da la bolsa de regalo y un beso en la mejilla, luego le ofrece la mano a Tom.
—Señor
Kaulitz —saluda, y una arruga aparece en su frente cuando ve las esposas.
—Por
favor, llámame Tom. Gracias por venir —dice él aceptando la mano de mi jefe.
—Vale,
Tom —Patrick aparta la vista de nuestras muñecas—, te presento a Irene.
Señala
a su esposa, que se acerca con una gran sonrisa en la cara. Me hace gracia: es
el efecto Tom.
—Encantada
de conocerte. —Está a un paso de la risa nerviosa.
—Igualmente.
—Tom le dedica su sonrisa especial para mujeres e Irene se desintegra en el
acto. Es increíble—. Pedid lo que queráis, el personal del bar os cuidará bien.
—¡Gracias!
—dice ella, entusiasmada—. ¡Este hotel es maravilloso!
—Hola,
Irene —saludo con una sonrisa. Aparta los ojos golosos de mi marido y repara en
mí. Es una mujer que da miedo, aunque no en este momento. Está demasiado
ocupada metiendo la barriga y poniéndose recta—. ¿Cómo estás?
—¡Fenomenal!
—Me echa el aliento en la cara—. ______, estás impresionante.
—Gracias.
—Me ha pillado por sorpresa. Nunca antes me había dedicado un cumplido. Jamás.
Y no esperaba que fuera a hacerlo ahora. Normalmente sólo habla sin parar de su
vida social y cotillea sobre sus amigas.
Patrick
coge a su mujer del codo y se la lleva.
—Vamos
a tomar algo —dice poniendo los ojos en blanco, y le sonrío con afecto a mi
jefe. Sé que su mujer lo pone de los nervios.
—Una
mujer interesante —musita Tom mirando asustado su cuerpo cubierto de estampado
de leopardo que se aleja bamboleándose.
Me
echo a reír.
—Le
da muy mala vida a Patrick.
—Ya
me lo imagino.
—Ahí
está John —digo mirando detrás de él.
El
grandullón se acerca a nosotros con las gafas de sol puestas y la misma
expresión de pocos amigos de siempre. Mira fijamente las esposas hasta que nos
saluda con una inclinación de la cabeza.
Se
la devuelvo.
—Tengo
que hablar contigo, Tom. —Está muy serio, no me gusta, y la forma en la que
parpadea Tom no me ayuda a sentirme mejor.
Busca
en su bolsillo, saca la llave de las esposas y libera mi muñeca de la manilla.
—¿Qué
haces? —pregunto retirando el brazo.
—John
tiene que hablar conmigo —dice apretando los dientes.
—Ah,
no —me río—. No vale que me sueltes cuando a ti te conviene. De eso, nada,
Kaulitz. —Observo a John, cuyo rostro permanece impasible.
—Vuelvo
en seguida, ______ —repone cogiéndome de la muñeca.
—¡No!
¿Adónde vas? —Miro de nuevo a John—. ¿Adónde va?
—Todo
va bien.
—¡No!
¡Y una mierda va bien! —Levanto demasiado la voz y Tom me lanza una mirada
asesina.
Me
da igual. No puede hacerme esto. No puede librarse de mí cuando le conviene. Es
el día de mi boda.
—¡Esa
boca! —masculla acercándose a mi oído—. Volveré dentro de cinco minutos. No te
muevas
de aquí, ______.
Retrocedo
ante su agresividad, atónita al ver cómo me libera de las esposas un segundo
antes de marcharse con John. Estoy sentada en un taburete, la novia con su
vestido deslumbrante, luciendo diamantes y con todos los invitados pasándoselo
bien, hablando, riendo y bebiendo. Yo sólo quiero irme a casa. Tengo ganas de
llorar. Me siento ignorada y estoy muy, muy dolida. Me bajo del taburete, decidida
a aprovechar mi libertad al máximo y a ir a hacer pis. Es posible que también
llore un ratito.
Necesito
alejarme de toda esta gente antes de que las lágrimas empiecen a rodarme por
las mejillas. ¿Qué me pasa?
—¿Adónde
vas, cariño? —pregunta mi madre acercándose.
Finjo
sonreír. Ha tomado demasiados sublimes. Ya no lleva el pelo perfecto y no
parece
importarle,
señal de que está un poco pedo.
—Al
baño. Ahora vuelvo.
—¿Necesitas
que te ayude? No sé dónde está Kate. —Recorre el bar con la mirada.
—No,
puedo sola.
Dejo
a mi madre y me dirijo a los servicios en busca de un poco de privacidad y de
tiempo para mí.
Abro
la puerta y me planto delante del espejo para ver mi cara de pena. Ya no soy
una novia resplandeciente. No me brillan los ojos ni luzco una bonita sonrisa
de felicidad. Estoy como si me hubiera arrollado un camión y tengo las
emociones a flor de piel. Dejo escapar un hondo suspiro y me pellizco las
mejillas para intentar darles algo de color. Estoy cetrina.
—¡Ay,
Dios! ¡Ay, Dios!
Levanto
la cabeza y me vuelvo para ver de dónde proceden los gemidos. Me quedo quieta y
contengo la respiración mientras oigo jadeos y movimiento en uno de los
cubículos. ¿Hay alguien haciéndolo en los baños? ¡No! Me recojo la falda del
vestido para salir. Esto podría resultar muy embarazoso. Doy el primer paso a
toda prisa pero me quedo helada al ver que la puerta se abre y Kate aparece
tambaleándose.
Trago
saliva y se me cae el vestido de las manos.
—Pero
¿qué haces? —pregunto, incrédula. Sé que Georg estaba un poco fastidiado por
haber tenido que aparcar sus peculiares actividades durante algún tiempo, pero
podrían haber aguantado un poco más.
Se
tensa de pies a cabeza. Los rizos rojos, despeinados, le tapan media cara.
—¡Mierda!
—dice en voz baja arreglándose el vestido.
—¿Es
que no podíais esperar? —pregunto, horrorizada y un poco aliviada también por
no haber pillado in fraganti a cualquier otro invitado.
—_____...
—empieza a decir mi amiga, y entonces sale un hombre detrás de ella. Y no es
Georg.
Me
quedo boquiabierta.
—¿Dan?
—No me lo creo—. ¿Qué coño estás haciendo?
Se
encoge de hombros y evita mirarme, está muy ocupado abrochándose los
pantalones. Miro a uno y a otra esperando cualquier cosa, pero ninguno hace o
dice nada. Se limitan a quedarse ahí de pie, mirando a todas partes menos a mí.
Observo
a mi hermano con cara de querer matarlo.
—¡Te
dije que la dejaras en paz! —le grito antes de focalizar mi ira en Kate—. ¡Y tú
estás como una cuba! ¿Cuál es vuestro problema? ¿Es que no habéis aprendido la
lección?
—No
es asunto tuyo, _____ —me corta Dan. Sale del baño y me deja a solas con mi
amiga
reincidente.
—¿Kate?
—insisto, pero ella evita mirarme. Sabe que acaba de cometer un gran error—. ¿Y
qué hay de Georg? —pregunto.
El
pobre está ahí fuera, ajeno a todo esto.
—No
me lo puedo creer. —Me llevo el dorso de la mano a la frente. Me duele la
cabeza, es demasiada información.
Ella
hipa y se ríe nerviosa antes de agarrarse al lavabo para no caerse de culo.
—Un
poco de diversión —contesta—. Y no es asunto tuyo.
—Ah,
muy bien —exclamo sujetándome el bajo del vestido—. En ese caso, me voy para
que os sigáis divirtiendo.
Doy
media vuelta y salgo de los servicios, directa hacia el despacho de Tom.
Ya
no hay mesas en el salón de verano, pero sigue estando lleno de gente y el
grupo de música tiene a todo el mundo bailando al ritmo de un clásico de
Motown. Voy esquivando invitados, sonriente, intentando parecer la novia en
éxtasis que se supone que soy y poniendo fin a las conversaciones lo más
rápidamente que puedo. Me he enfadado con mi hermano y ahora también estoy
enfadada con Kate. Quiero huir con Tom y ser felices, felices como sólo somos
cuando el mundo y sus problemas se quedan fuera de nuestra pequeña burbuja de
felicidad en la que sólo existen nuestros problemas.
Recorro
el pasillo hasta su despacho y el alma se me cae a los Louboutin en cuanto veo
quién hay dentro.
Sólo
dos personas.
Tom... y Coral.
CAPITULO # 4.-
Mi
día no ha hecho más que empeorar. Están sentados en los extremos opuestos del
sofá y sus cabezas se vuelven hacia mí. Me quedo donde estoy, sintiéndome algo
perdida. Todo mi enfado, todas las frustraciones de la jornada acaban de
transformarse en una emoción dolorosa. Los ojos se me llenan de lágrimas que me
escuecen detrás de los párpados y tengo el corazón desbocado. Estoy destrozada.
Como
no sé qué hacer pero sí sé que no quiero que esa mujer me vea derrumbarme, echo
a andar hacia atrás y cierro la puerta lentamente al salir. Vuelvo a recorrer
el pasillo sumida en la tristeza, pero en vez de ir hacia la muchedumbre feliz,
me desvío y huyo de la cháchara alegre y de los cuerpos que bailan. Me dirijo
hacia el camino de grava, en dirección al bosque. Planto mi culo derrotado en
un tronco y empiezo a dar pellizcos a la corteza seca, desmenuzándola entre los
dedos. La brisa fresca de la noche hace que se me ponga la carne de gallina. Sólo
estaban hablando, pero Tom sabe lo que opino de ella, lo que opino de cualquier
mujer que haya estado con él. Aun así, sacrifica el tiempo que podría pasar
conmigo en el día más especial de nuestras vidas para estar con ella. No
entiendo nada. Quiero gritarle, coserle el pecho a puñetazos y desgañitarme en
su cara, pero no me quedan fuerzas. Es como si me hubieran chupado todas las
ganas
de
pelea. Me ha consumido el drama, el mío y el ajeno, y he quedado expuesta y
vulnerable. Y también hecha un mar de dudas. Tenía que ser en el día de mi
boda. Dudo que pueda reunir las fuerzas necesarias para pasar el resto de mi
vida con Tom, espantando mujeres y problemas. Me he dado cuenta de que estoy
indefensa y las lágrimas corren por mis mejillas y caen sobre el encaje de mi vestido.
Estoy indefensa. No puedo hacer que todas esas mujeres desaparezcan, no puedo
separar a Tom de su pasado y no puedo controlar a otras personas ni sus actos.
Lo único que soy capaz de hacer es asegurarme de tomarme la píldora. Escondo la
cabeza entre las manos y sollozo en silencio. No me quedan fuerzas ni para
llorar como es debido.
En
medio de mi llanto patético e incontrolable oigo que Tom se acerca. A pesar de
que tengo la nariz taponada puedo oler el agua fresca y la menta. Ni siquiera
puedo moverme, no obstante, siento su presencia. Cada átomo de mi cuerpo lo
nota pero mis ojos se niegan a mirarlo. Me enjugo las lágrimas y me sorbo los
mocos.
—Sé
que estás ahí —digo en voz baja sin levantar la vista.
—Lo
sé.
Sus
pasos crujen en la tierra y los percibo más claramente cuando se acerca y entra
en mi visión periférica. Se agacha a mi lado pero no me toca. Tiene las manos
entrelazadas y los pulgares dibujan círculos en el aire. Lo oigo respirar con
fuerza. Ha estado corriendo por los jardines buscándome y ahora se limita a
sentarse a mi lado, a quedarse callado cuando debería explicarse y explicarme
por qué me ha abandonado el día de nuestra boda para poder ver a una mujer, a
otra mujer, que está enamorada de él.
Me
río para mis adentros.
—Tiene
gracia lo compenetrados que estamos y, sin embargo, estás ahí sentado sin saber
qué decirme —le espeto.
Noto
que se revuelve, incómodo, y luego su mano cruza la distancia que nos separa y
se detiene en mi muslo. Su tacto tibio hace cosas que no quiero que haga. Miro
sus dedos abiertos, su anillo de boda de platino y diamantes, a juego con el
mío, que resplandece cuando flexiona la mano y me aprieta el muslo.
—Y
como no habla, me acaricia —digo en voz baja.
—Te
quiero —susurra—. Desearía poder borrar el pasado que tanto daño te hace.
Me
vuelvo para mirarlo y veo unos ojos cafeces rebosantes de remordimiento.
—¿Y
por qué has ido a verla? Es el día de nuestra boda, habías jurado estar a mi
lado todo el día, ¿por qué me has abandonado para estar con ella?
—No
podía dejarla en la entrada con todo el ir y venir de los invitados, _____.
—Pues
haberle dicho que se fuera.
—¿Y
dar el espectáculo?
—¿Qué
quería? —Habrá venido para algo—. ¿Sabía que nos casábamos hoy?
La
arruga de la frente toma posiciones y su labio desaparece entre sus dientes.
—Sí,
lo sabía.
¿Ha
estado hablando con ella?
—¿Y,
aun así, ha venido? ¿Qué esperaba? ¿Impedir la boda? ¿Pensaba entrar corriendo
en el salón de verano y proclamar que no deberíamos unirnos en sagrado
matrimonio?
Esto
es de traca.
—No
lo sé, ______ —dice al tiempo que aparta la mirada.
—¿Cuándo
fue la última vez que hablaste con ella?
Suspira.
—Ha
estado llamando y viniendo a La Mansión. Le he dicho una y otra vez que no voy
a
ayudarla.
Le he dicho que no siento nada por ella. No sé qué más puedo hacer, ______.
—¿Cómo
definirías una aventura?
Sus
ojos me miran rápidamente, confusos ante mi pregunta.
—¿Qué
quieres decir?
—Quiero
decir que está enamorada de ti y tú dices que fue sólo sexo. Está claro que
para ella hubo algo más. —Se lo explico e intento valorar su reacción.
—Nena,
ya te lo he dicho: fue sólo sexo. Ellas siempre querían más, pero nunca les di
motivos para esperar nada. Nunca.
Hago
una mueca al oír la palabra «ellas». Se refiere a la infinidad de mujeres que
lo desean, a la infinidad de mujeres que han estado con él, a la infinidad de
mujeres que se han enamorado de él.
Quiero
contarle lo que Coral me dijo sobre cómo hizo que lo necesitara, pero entonces
sabrá que intercepté la llamada. Y después de estar con él, ¿quién no iba a
querer repetir? ¿Quién no iba a pensar que lo necesitaba? Sé que fue
precisamente eso lo que me sucedió a mí también, pero ahora necesito mucho más
que su cuerpo. Ahora lo necesito para respirar.
—No
quiero que vuelvas a verla.
Me
devuelve la mirada.
—No
lo haré, no tengo por qué.
Respiro
hondo y miro al suelo.
—Ya
he tenido bastante boda. Quiero irme.
—______,
mírame —me ordena con dulzura.
—Tom,
no empieces con exigencias cuando me encuentro así de mal.
—Creo
que no me has oído bien. He dicho que me mires. —Ya no me lo ordena con
dulzura, pero estoy tan abatida que ni siquiera puedo desobedecerlo. No tengo
fuerzas.
—¿Qué?
—pregunto acatando su orden, que está fuera de lugar.
Hinca
las rodillas en el suelo y me coge de las manos.
—La
he fastidiado y lo siento, pero estaba intentando que no se te acercara. Me ha
entrado el pánico y he intentado hacerla entrar en razón. No quería que armara
un escándalo en este día tan especial para ti.
—También
es especial para ti —le recuerdo—. Deberías habérmelo dicho.
—Lo
sé. —Se incorpora y me rodea con los brazos—. Te lo compensaré. ¿Qué quieres
que haga? Pídeme lo que quieras.
Me
relajo contra su pecho.
—Llévame
a la cama —ordeno sin voz.
—Trato
hecho. —Me levanta y enfatiza su disculpa con un beso profundo y cargado de
significado—.
Luego haremos las paces como es debido.
Me
coge en brazos y echa a andar de vuelta a La Mansión.
Entramos
en el salón de verano por las enormes puertas francesas y nos recibe la mirada
furibunda
de mi madre.
—¡Por
fin! —Se acerca dando grandes zancadas, todavía medio pedo y muy enfadada—. No habéis
cortado la tarta ni ha habido primer baile. ¿De verdad es esto una boda?
No
me apetece nada hacer ninguna de las dos cosas. Todos los invitados están aquí
y deberíamos charlar con ellos, pero paso.
—Voy
a llevar a ______ a la habitación. Está cansada. —Se detiene por mi madre y
tampoco m deja en el suelo. Me lleva en brazos por el salón de verano, pasando
entre nuestros invitados, y no se va a detener por nada ni por nadie.
—¡Si
sólo son las diez! —Está horrorizada, tal y como me imaginaba—. ¿Qué hay de los
invitados?
—Hay
barra libre, comida y música, Elizabeth. Estoy seguro de que sobrevivirán.
—Cada hora que pasa, Tom es menos tolerante con mi madre. El sentimiento es
mutuo.
—_____,
por favor, hazlo entrar en razón. —Me lo está suplicando, y de repente me da
pena.
También
es un día especial para ella, y mi señor se lo está fastidiando.
Le
cojo las mejillas con las manos mientras él sigue avanzando a grandes zancadas
con mi madre pegada. Acerco su cara a la mía:
—Sólo
un ratito más —susurro, y deja de andar—. Podemos regalarle un ratito más.
—Estás
cansada —replica frunciendo un poco el ceño.
Sí,
estoy cansada pero no es cansancio físico. Es mi mente la que está agotada.
—Voy
a llevarte a la cama.
—Baila
conmigo —digo. Le acaricio la mejilla con la nariz y recibo una oleada de
maravillosa agua fresca—. Vamos a bailar.
Se
da la vuelta y aprieta la cara contra mi nariz. Sabía que eso lo convencería.
—¡Gracias
a Dios! —exclama mi madre detrás de nosotros.
Me
deja en mitad de la pista de baile antes de acercarse al grupo y decirle algo
al cantante al oído. Éste asiente y sonríe. Todo el mundo despeja la pista de
baile y sólo quedamos Tom y yo, y nos da un poco de vergüenza. Entonces el
cantante y el resto del grupo bajan del escenario y Chasing Cars
de Snow Patrol rompe el silencio. Tom se vuelve y se queda de pie, mirándome
durante lo que me parece una eternidad. Se me están llenando los ojos de
lágrimas y sé que si miro a mi madre me la voy a encontrar llorando a moco
tendido, así que no lo hago. Mantengo la mirada fija en mi marido y observo
cómo se acerca lentamente a mí, me coge y me abraza contra su pecho. Apoyo la
mejilla en su
hombro
y empieza a bailar, envolviéndome con firmeza con sus fuertes brazos. Deslizo
las manos por su espalda, cierro los ojos y mi cuerpo sigue sin ningún tipo de
esfuerzo sus movimientos lentos y suaves.
—Lo
siento —me susurra al oído—. Siento mucho haberte dejado sola.
Suspiro.
Sé que lo siente, pero ojalá pensara un poco antes de hacer las cosas. Le doy
un pequeño apretón. Es mi forma de decirle sin palabras que lo perdono.
—No
digas nada más.
Respira
aliviado y me besa en el cuello.
—Cuanto
más intento no herirte, más daño te hago. No tengo remedio.
—Calla.
—Me
callo, pero de verdad que lo siento. —Me abraza con más fuerza—. Me muero de
ganas por meterme en la cama contigo.
—Y
yo. —De nuevo, todo el mundo se interpone en nuestro camino—. Mañana nos
pasaremos el día entero en la cama —afirmo.
—Primero
tenemos que ir a casa.
Me
deprimo un poco cuando me lo recuerda: esta noche la vamos a pasar aquí. Todas
las habitaciones están preparadas para los invitados, en general de mi familia.
—Pues
nos iremos mañana a primera hora —exijo en voz baja.
Sé
que abandonar a nuestros invitados es de mala educación, pero no quiero ver a
Kate, y mucho menos a Dan.
—Eso
haremos. Después de darnos un buen baño y de desayunar con tus padres.
Dejo
que Tom me acune, cierro los ojos y mi mente se relaja un poco. Permito que mi
hombre me alivie todo el estrés.
—Me
habría gustado que me llevaras lejos, a un sitio tranquilo donde estuviéramos
solos los dos.
—A
mí también, pero estoy seguro de que a tu madre no le habría gustado tanto.
Sonrío.
Sí, habría puesto todas las pegas del mundo. Abro los ojos y la veo arrastrando
a mi padre a la pista de baile. Los siguen Kate y Georg, y luego Ken y
Victoria. Vuelvo a cerrar los ojos y me fundo con Tom y con sus movimientos.
—Señora
Kaulitz, ¿se me está quedando dormida?
—Mmm...
—Estoy muy a gusto entre sus brazos. Las demás parejas son invisibles, sigo con
los ojos cerrados, sintiéndolo, oliéndolo—. Te quiero —susurro haciendo mía su
boca.
Gime
de felicidad y me levanta del suelo. Estoy pegada a su pecho, con nuestras
lenguas
acariciándose
suavemente en nuestras bocas.
—Señor
Kaulitz, está usted llamando la atención.
—Que
les den. Cuando quiera y donde quiera, nena. Ya lo sabes. —Se aparta—. Quiero
ver tus ojos.
Lo
dejo que mire lo que quiera.
—¿Por
qué me ordenas siempre que te los muestre?
Sonríe
un poco, pero la mirada le brilla con intensidad.
—Porque,
cuando los veo, sé que existes de verdad.
Imito
su media sonrisa.
—Existo
de verdad.
—No
sabes cuánto me alegro. No te he dicho lo deslumbrante que estás. —Me da un
beso breve y sigue bailando—. Lo he pensado, pero me quedo bobo cada vez que te
miro. Es como verte por primera vez. —Busca en mis ojos y suspira—. Mi corazón
late por ti y eres la única que lo hace latir, ¿entendido?
Asiento
medio convencida. Sé lo que quiere decir.
—Sólo
por mí. —Llevo las manos a su nuca y disfruto del tacto de su cabello lacio
castaño entre mis dedos—. Llévame a la cama.
Las
comisuras de sus labios bailan un poco.
—¿Consentirá
mi encantadora suegra?
Me
encojo de hombros.
—Me
da igual. Te quiero sólo para mí. Llévame a la cama.
—Trato
hecho. —Me deja en el suelo y me da un beso casto—. No va a tener que decírmelo
dos veces, señora Kaulitz.
—Acabo
de hacerlo.
Frunce
el ceño.
—Es
culpa de tu madre.
Hace
que gire sobre mis talones y me saca fuera de la pista de baile. Esquivamos a
todas las parejas abrazadas.
—¡Mira,
son Clive y Cathy! —digo al ver al conserje y a nuestra asistenta bailando
juntos.
Están
adorables. Tom se ríe. Veo a Kate en los brazos de Georg. Luego veo a mi
hermano a lo lejos, mirando fijamente a mi mejor amiga y al picarón de su
novio. Esto se va a poner muy feo.
Nunca
he querido que Dan se fuera, pero ahora lo estoy deseando. ¿En qué demonios
estaría pensando Kate?
Tom
tira de mí y dejo de pensar en mi hermano. Se ha dado cuenta de en qué estaba
pensando.
—A
mí no me parece que sea agua pasada —señala enarcando las cejas.
Tiene
razón, no lo parece, pero tampoco se lo confirmo.
Se
inclina para cogerme en brazos cuando Snow Patrol pierde volumen y empieza a
sonar otra cosa, algo más rápido y ruidoso. No puedo evitar echarme a reír al
ver que Tom se queda de piedra medio agachado al oír la voz del cantante.
—Hola,
Justin —digo viendo cómo se yergue. Da un paso atrás, pensativo, se da un tirón
de las solapas, les quita unas pelusas imaginarias y me mira con los ojos
abiertos y emocionados.
—Señora
Kaulitz —niega con la cabeza—, estoy a punto de levantar el suelo.
Me
coge de la mano y volvemos corriendo a la pista de baile, abriéndonos paso
entre bailarines borrachos hasta que estamos en el centro. Sonrío como una
idiota cuando lo veo quitarse la chaqueta y frotarse las manos, luego me quedo
en trance al ver lo bien que se mueve mi dios. Realmente va a levantar el
suelo.
HOLA!!! UNA DISCULPA POR NO AGREGAR AYER ES QUE ... NO ME DIO TIEMPO, VOY A ESTAR AGREGANDO EN EL DIA PORQUE EN LA NOCHE LLEGO CANSADA YA QUE VOY A CORRER UN POCO A LA UNIDAD A BAJARLE LOS KILOS DE MAS :)) LO SE ... ES RARO EN MI PORQUE YO NI CAMINO, ME DA FLOJERITIS PERO AHORA LO HARE ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA .... LA JENNIFER ANDA DESAPARECIDA PERO YA VOLVERA, :)) ESTOY HACIENDO UNA NOVELA EN UNA PAG DE FACE, ES MIA Y SOY ADMI DE ESA PAGINA, LAS QUE QUIERAN LEER LA YA SABEN AQUI ESTA LA PAG, UNANCE A ELLA Y PIDANME ETIQUETA CON UN ME GUSTA Y UN COMENTARIO,:
PAGINA DE FACEBOOK: https://www.facebook.com/TOKIO-HOTEL-PARA-TODAS-LAS-ALIENS-DEL-MUNDO-197812593614499/timeline/ UNANCE.
ALBUM DE LA NOVE, SE LLAMA BLINDED BY LOVE Y ES DE TOM: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.944090095653408.1073741835.197812593614499&type=3 ETIQUETA, UN ME GUSTA Y UN COMENTARIO ... HASTA PRONTO :))
Sigueeeeeee
ResponderBorrarPara que fue esa Coral a la boda de Tom, me cae mal.. oooh dios Kate y Dan tuvieron sexo :S y si se llega a enterar Georg no me quiero ni imaginar lo que pueda pasar, (Tn) y Tom mas enamorados que nunca, me encanto virgi espero el próximo cap..
ResponderBorrarSube pronto *.*
ResponderBorrarLlegue Virgiii!!
ResponderBorrarAl fin pudo leer y ponerme al dia n esta fic. Me falta la otra..
Esta hermosaaa.
Kate se pasooo!! Se acosto con Dan. No piedo creerloo.
Siguelaa prontooo ;)