CAPITULO # 5.-
Una
hora más tarde, después de que Tom se ha congraciado con mi madre y ha hecho
disfrutar a todo el mundo con su elegancia en la pista de baile, por fin estoy
subiendo la escalera en sus brazos. Me he quitado los zapatos de tacón y Tom
los lleva en la mano. Tengo la cabeza, que me pesa un quintal, apoyada en su
hombro, y no consigo mantener los ojos abiertos. Oigo el sonido de mis tacones
al caer al suelo y a los pocos instantes estoy de pie. La frente se me cae
sobre su pecho.
—Tenemos
que consumar el matrimonio —farfullo contra sus pectorales, restregando la
cabeza para impregnarme de su fragancia. Es el aroma más relajante del mundo.
Se
ríe.
—Nena,
estás demasiado cansada. Lo consumaremos por la mañana.
Me
coge de la nuca y me aparta de su pecho para poder mirarme. Intento mantener
los ojos abiertos pero es imposible.
—Lo
sé. —Intento volver a apoyar la frente en él pero me sujeta con fuerza,
examinando cada centímetro de mi cara.
—¿Qué?
—pregunto.
—Dime
que me quieres —ordena.
No
lo dudo un segundo.
—Te
quiero.
—Dime
que...
—Te
necesito —lo interrumpo. Esto ya me lo sé.
Sonríe
satisfecho.
—No
sabes lo feliz que me haces.
—Lo
sé —lo corrijo. Lo sé perfectamente porque yo siento lo mismo y él lo sabe.
Me
besa.
—Te
quiero desnuda y encima de mí. Voy a quitarte el vestido.
Me
pone de espaldas a él y empieza a desabrochar los mil y un botones de perlas
que bajan por mi espalda.
—¿Qué
está pasando entre Kate y tu hermano?
Mis
somnolientos ojos se abren al instante. Es una buena pregunta. Nada, o eso
espero, pero no lo tengo claro.
—No
lo sé —digo, y es la verdad. No tengo ni idea, y no voy a contarle a Tom lo que
he visto en los servicios.
—O
has aprendido a controlar tu mala costumbre o me estás diciendo la verdad. —Me
baja el vestido por los hombros, hasta el suelo, para que pueda quitármelo.
—Te
estoy diciendo la verdad —contesto dándome la vuelta para mirarlo. Se endereza
y va a la puerta para colgar mi vestido—. Creo que el hecho de volver a verse
les ha traído recuerdos, eso es todo.
—¿Recuerdos?
—pregunta regresando a mi lado.
Vuelve
a ponerme de espaldas para desabrocharme el corsé.
—No
eran buenos el uno para el otro. Ya conoces a Kate: Dan no es el hombre más
tolerante del planeta. Chocaban sin parar. Que Dan se marchara fue lo mejor
para ambos.
—Pero
ha vuelto.
—Sí,
pero no para quedarse. ¿Qué pasa con Kate y Georg? —Ése es otro desastre
inminente.
—Ya
te he dicho que no es asunto tuyo.
—Pero
Kate es socia de La Mansión. —Mi tono es acusador, justo como me siento—. ¿Por
qué se lo has permitido?
—Mi
trabajo no consiste en preguntarles a los socios potenciales por qué quieren
serlo.
Compruebo
si la policía los tiene fichados, historial médico y solvencia. Si pueden
pagar, están sanos y no han cometido delitos graves, los aceptamos. Lo que no
ofrezco son sesiones de psicoterapia para indagar en sus motivos, _______.
Pongo
mala cara.
—Los
socios podrían tirarse a alguien entre visita y visita a La Mansión, pillar
cualquier cosa o ser arrestados y tú no te enterarías de nada.
—Me
enteraría porque han de someterse a controles médicos mensuales y recibo
informes periódicos de la policía. Son cosas que pueden pasar, pero las
controlamos lo mejor que podemos. No hay penetración sin condón y, por
contrato, están obligados a ser sinceros y a facilitarnos dicha información.
Desabrocha
el último cierre.
—Los
socios son miembros respetables de la sociedad, _______.
—A
los que les gusta el sexo raro, con desconocidos y con aparatos extraños.
—Eso
no es asunto mío.
Claro.
Es su negocio y antes lo mezclaba con placer. No me gusta el hilo de mis
pensamientos e intento concentrarme en sus manos, que me recogen el pelo y lo
apartan a un lado. El inconfundible calor de sus labios en mi coronilla los
hace desaparecer. Me estremezco y se ríe.
—Kate
va a salir malparada —digo en voz baja.
Su
brazo se enrosca en mi vientre desnudo y me atrae hacia sí. Ahora sí que estoy
bien despierta.
—¿Qué
te hace pensar eso?
Se
me tensan los hombros.
—Sé
que Georg le gusta.
Sus
caderas se aprietan contra mi trasero y se mueven en círculos, despacio, a
propósito.
—Y
yo sé que a Georg le gusta Kate.
Gimo
cuando se clava en mí y empuja hacia arriba. Me acerca la boca al oído. Ni
siquiera voy a intentar fingir que no me excita.
—Entonces
¿por qué no pueden salir juntos como una pareja normal? —suspiro.
—No
es asunto nuestro.
Ya
está. Entre esa voz, las dichosas caderas y el pecho tan duro detrás de la
camisa, me tiene relamiéndome los labios. Me vuelvo y camino hacia adelante,
empujándolo hacia la cama.
—Vamos
a consumar este matrimonio.
Lo
tiro sobre el colchón y me monto sobre sus caderas. Me mira, sorprendido.
—Señor
Kaulitz, ahora mando yo, ¿alguna queja?
Sonríe.
—Vuélvete
loca, nena. Pero, por favor, ten cuidado con esa boca.
—Esa
boca... —susurro tirando de su corbata para que se siente o muera estrangulado.
Abre
los ojos del susto cuando pego la nariz a la suya.
—¿Quién
manda aquí? —pregunto en voz baja.
—Tú,
al menos por ahora. —Reprime una sonrisa—. Pero no te acostumbres.
Sonrío,
lo beso, y nuestro gemido se funde en nuestras bocas. Me aprieto contra su
cuerpo, obligándolo a tenderse sobre la cama mientras nuestras lenguas siguen
entrelazadas en perfecta armonía. Es increíble lo sincronizados que estamos. Sé
lo que quiere y cómo lo quiere, incluso cuando se resiste. Últimamente he visto
mucho al Tom amable, pero voy a solucionarlo ahora mismo. Me aparto de sus
labios y me centro en su cuello. Saboreo la sensación de sus manos, grandes y
fuertes, acariciándome la espalda desnuda, pero no me gusta tanto el roce del
metal de las esposas que cuelgan de una de sus muñecas.
—Eres
tremenda, mujer —gime.
—¿No
me deseas? —lo provoco mientras le mordisqueo la oreja y dibujo círculos firmes
y
húmedos
en el hueco que hay debajo del lóbulo. Su fragancia es embriagadora.
—No
me preguntes estupideces.
Se
aprieta contra mí y sé que va a darle la vuelta a la tortilla y a clavarme
contra la cama, a tomar el mando y a iniciar los preliminares del sexo
somnoliento, así que me siento firmemente encima de él.
—De
eso, nada, Kaulitz.
Su
pecho sube y baja, su rostro está sorprendido y tenso. Es obvio que se muere de
ganas por controlarme, aunque no pienso ceder. Sé que podría tumbarme sobre la
cama en un abrir y cerrar de ojos sin esforzarse, pero no lo hará. Además de
ser demasiado blando conmigo, está tratando de demostrar algo: que puede soltar
las riendas, que puede ser razonable. Lo está intentando con todas sus fuerzas...
Y está fracasando miserablemente.
Le
cojo la mano y observa con atención cómo la levanto y dejo expuestas las
esposas que le cuelgan de la muñeca. Procuro interpretar su reacción y su
mirada me dice que lo ha entendido. Tensa el brazo, tiro de él, pero no me deja
llevarlo a donde quiero. Es la prueba de fuego. Sé cómo se siente cuando no
puede tocarme, pero es un miedo irracional y sin sentido y tenemos que
superarlo. Vuelvo a tirar, esta vez levanto un poco las cejas. Parece
reticente, sin embargo, me deja que lleve su mano a la cabecera.
—Esta
vez no vas a ninguna parte —jadea—. Prométeme que esta vez no te irás.
—Si
tú me prometes no enfadarte. —Cierro las esposas alrededor de uno de los
barrotes de madera—. No te enfades conmigo.
Niega
con la cabeza y respira hondo. Sé lo duro que es esto para él.
—Bésame
—me ordena.
—La
que manda soy yo —le recuerdo.
—Nena,
no me lo pongas aún más difícil.
Me
coge del brazo con la mano libre y tira hasta que caigo de nuevo sobre su
pecho. Mis labios aterrizan sobre los suyos y su maravillosa boca se apodera de
mí. Tiene razón: no debería ponérselo aún más difícil. Iremos poco a poco.
Le
dejo hacer lo que quiere con mi boca. Mis dedos se hunden en su pelo y tiro de
la mata castaña oscura mientras nuestras lenguas bailan al mismo ritmo. Estoy
decidida a acabar con su ansiedad, pero después de mi breve estancia en el
hospital, vamos a necesitar tiempo. Empiezo a aflojarle la corbata mientras me
reclama, se la quito y me pongo con los botones de la camisa, hasta que siento
su pecho duro bajo las palmas de mis manos.
La
intensidad de nuestro beso disminuye. Me separo de él, gruñe y cierra los ojos,
pero ignoro su expresión de disgusto y empiezo a besarlo en el cuello, el pecho
y el estómago hasta que llego a su bragueta. Le acaricio el tronco de la polla
con la nariz por encima de los pantalones. Tensa las caderas y reprime un
gruñido. Mi plan funciona. Voy a excitarlo hasta ponerlo frenético para que,
cuando lo libere, esté furioso y me folle hasta dejarme inconsciente. Tenemos
mucho sexo duro que recuperar.
Su
mano aterriza en mi nuca y tira de mi pelo hacia atrás. Sonrío, satisfecha
conmigo misma. Luego le desabrocho el pantalón y le bajo la cremallera, meto la
mano dentro de sus calzoncillos y le cojo la polla dura como una piedra.
Empuja
con las caderas hacia arriba y el metal de las esposas choca contra la madera
de la cama.
—¡Joder,
_______! —jadea al tiempo que levanta la cabeza y me dedica una mirada
desesperada y hambrienta.
—¡Esa
boca!
Vuelvo
a sentarme sobre su cintura y le cojo la cara entre las manos.
—¿Quieres
que me la meta en la boca?
Lo
beso... con fuerza.
—Sí.
—¿Quién
manda aquí, Tom?
Sonrío
contra su boca y vuelvo a descender por su cuerpo. Libero su polla, la chupo y
la
mordisqueo,
lamo la punta y luego el tronco entero.
—Joder
—gruñe—. Por Dios, _______. Tu boca es alucinante.
—¿Te
gusta? —pregunto metiéndomela hasta la mitad y luego volviendo a sacarla.
—Demasiado.
Ya sé por qué me he casado contigo.
Le
doy un mordisco de advertencia.
—¿Entera?
—Sí.
La
envuelvo con la boca y me la meto hasta el fondo, hasta que choca contra mi
garganta. Gime con fuerza y empuja con las caderas. Intento relajar la boca,
aceptar la invasión, pero los reflejos me fallan y de repente estoy a punto de
vomitar.
¿Qué
me pasa? Lo suelto y salto de la cama, con el estómago revuelto y la cara
bañada en sudor. Voy a vomitar.
Corro
al cuarto de baño, me abrazo a la taza del váter y procedo a evacuar el
contenido de mi estómago al tiempo que me aparto el pelo de la cara.
—¡______!
—aúlla. Las esposas chocan con fuerza contra la cama—. ¡________!
—Estoy...
—Vuelvo a vomitar y me atraganto intentando hablar para poder decirle que estoy
bien. Mierda, necesito soltarlo.
—¡_______,
por Dios! —La insistencia del choque del metal contra la madera resuena en la habitación
acompañado de los gritos de pánico de Tom—. ¡Por todos los santos, ______!
No
puedo hablar. Tengo la garganta bloqueada, los ojos llorosos y el estómago me
duele de tanto vomitar. Pero ¿qué diablos me pasa? Si apenas había empezado. Me
la he metido en la boca miles de veces y nunca me había pasado esto. Mierda,
estoy mareada. Cojo un poco de papel higiénico y me enjugo el sudor de la
frente. Necesito recomponerme y volver a la cama antes de que le dé un infarto.
—¡________!
Oigo
otra serie de choques de metal contra madera seguidos de un chasquido tremendo,
y luego Tom entra como una exhalación en el baño, con la camisa abierta, la
chaqueta todavía puesta, los pantalones caídos y una mirada de puro terror en
la cara. He vuelto a hacerlo. En mi intento por hacerle ver lo ridícula y lo
exagerada que es su tendencia a sobreprotegerme, lo único que he conseguido ha
sido empeorar la situación. Estoy bien, sólo que no consigo dejar de vomitar.
Vuelvo a hundir la cabeza en el váter. Me duele todo el cuerpo y soy incapaz de
hablar. Intento decirle con un gesto de la mano que no pasa nada, asegurarle
que me encuentro bien, pero rápidamente tengo que volver a aferrarme a la taza
del váter para seguir vomitando y ahogándome entre arcadas.
—Por
Dios, nena. —Parece preocupado, mi tonto neurótico. Sólo estoy indispuesta.
Noto
que se acerca por detrás y me sujeta los rizos mientras me acaricia la espalda.
No puedo controlarlo. Me han envenenado. Seguro que me han envenenado.
—Estoy
bien —digo, me enjugo la cara y me froto las mejillas con las manos cuando
estoy
convencida
de que ya no tengo nada más que vomitar.
—Salta
a la vista —farfulla él, cortante—. Deja que te vea.
Me
vuelvo con un suspiro y lo veo sentado en el suelo detrás de mí.
—¿Todavía
quieres follarme? —pregunto tratando de aliviar su preocupación. No voy a
volver a intentar hacerle entender que no me va a pasar nada nunca más. Siempre
fracaso estrepitosamente.
Pone
los ojos en blanco.
—Por
favor, ________.
—Perdona.
—Señorita,
te juro que vas a acabar conmigo. —Me aparta el pelo de la cara—. ¿Estás bien?
—No,
tengo naúseas. —Me dejo caer hacia adelante y mi mejilla choca contra su pecho
desnudo.
—¿Qué
crees que ha sido? —me pregunta en voz baja.
Me
tenso. No estoy lista para hablar del tema. No estoy lista para despedazarlo
por haberme escondido las píldoras anticonceptivas. Ahora mismo no tengo
fuerzas, así que cierro el pico. Debo sacar la cabeza de debajo de la alfombra
y enfrentarme a la realidad, al hecho de que es casi seguro que estoy
embarazada. Mi vida va a ser un infierno los próximos ocho meses, más o menos:
un infierno eterno e insoportable.
—Llévame
a la cama, por favor.
Suspira
hondo. Es obvio que le puede la frustración. No voy a poder seguir negando lo
evidente durante mucho tiempo, pero por ahora su necesidad de cuidar de mí me
saca del apuro. Se levanta y tira de mí.
—Eres
la mujer más frustrante del mundo. ¿Te lavo los dientes?
—Sí,
por favor.
Me
sonríe y me acaricia la mejilla con los nudillos.
—Todo
saldrá bien.
¿De
verdad? Para él, sí. Va a conseguir lo que quiere, aunque sigo sin entender por
qué lo quiere. Me adentraré en ese territorio cuando no me sienta débil,
indefensa y a punto de desfallecer.
—Ya
—concedo, no muy convencida. Entonces veo la esposa colgando de su muñeca... y
una enorme herida roja—. ¡Tom! ¿Qué te has hecho?
Le
cojo la muñeca para examinarla y descubro que el interior está lleno de
laceraciones
encarnadas.
Contengo la respiración. Mierda, eso debe de doler. Esconde la muñeca de un
tirón. Se quita las esposas y las tira al suelo.
—Mi
corazón late por ti, nena, pero también se para por ti. —Sacude la cabeza y me
sienta en el mueble del lavabo—. Dijiste que no podías vivir sin mí, ¿verdad?
—Sí.
Me
mira con los ojos entornados.
—Pues
entonces deja de intentar matarme.
No
puedo evitar sonreír.
—Eres
un adicto al melodrama.
—No
es ningún melodrama que me preocupe cuando mi esposa vomita justo después de
haberle metido la polla en la boca.
Me
echo a reír a carcajadas. Echo la cabeza hacia atrás, cierro los ojos y me río.
A mandíbula batiente. Me echo a llorar de la risa y todo. Primero la vomitera y
ahora un ataque de risa. No puedo dejar de reír, y él no hace nada por detener
mi risa nerviosa. Me permite disfrutar del momento y espera pacientemente a que
me controle mientras sujeta el cepillo de dientes delante de mis narices.
—¡Perdona!
—digo entre risas—. Lo siento, de verdad. —Me seco las lágrimas de los ojos y
veo un par de ojos cafeces de curiosidad, un labio mordido y unas cejas
enarcadas—. La verdad es que tiene gracia.
—Me
alegro de que te divierta. Abre la boca.
La
abro y empieza a cepillarme los dientes. La arruga de concentración hace su
aparición de siempre. Cuando ha terminado, me pasa una toalla húmeda por la
frente, me coge en brazos y me transporta a la cama. Abro unos ojos como platos
al ver la cabecera. Está rota, con trozos de madera colgando. Ha pasado por
encima de la cama.
—Adentro.
—Me deja en el borde y no tardo ni un segundo en acurrucarme en el colchón con
un suspiro largo y agradecido.
Me
vuelvo y lo observo mientras se desviste. Mi mirada golosa se deleita en su perfección.
—No
puedo creer que vaya a pasar mi primera noche de casada en una de tus cámaras
de tortura. —Es un pensamiento poco agradable que hace que me ponga tensa y que
me pregunte quién más ha ocupado esta cama y qué habrá ocurrido en ella. Quiero
irme de aquí.
—Nadie
ha dormido en esta cama, ______. —Sabe en qué estoy pensando.
Frunzo
el ceño.
—¿Ah,
no?
Sonríe
y se quita la camisa.
—Nadie
ha estado en esta habitación desde el día en que te acorralé.
Me
observa con atención y mi mente vuelve al día en que me encontré atrapada y
deseando en silencio que me hiciera suya.
—Y
la cama es nueva.
—¿De
verdad? —suelto, bastante sorprendida.
Se
ríe.
—De
verdad.
—¿Por
qué?
—Porque
no voy a hacerte mía en una cama que otros han... —la arruga de la frente
reaparece— frecuentado.
«En
la que otros han follado», eso es lo que quiere decir, y me da igual cómo lo
formule. Nadie ha dormido, follado o saltado en esta cama, y me siento mucho
mejor sabiéndolo.
—¿Y
nadie más ha estado en esta habitación desde entonces?
Se
quita los pantalones y el bóxer.
—Sólo
yo. Quítate la ropa interior, te quiero desnuda.
Me
quito las bragas.
—¿Y
venías a sentarte aquí a pensar en mí? —pregunto con una sonrisa.
Se
acerca a la cómoda y abre el cajón de arriba.
—No
lo sabes tú bien —responde dándose la vuelta con un sujetador en la mano.
Mi
sujetador.
—¡Eso
es mío! —La cabeza se me llena de imágenes del día en que me acorraló. Me dejé
el sujetador. ¿Lo ha guardado todo este tiempo?
Lo
mete de nuevo en el cajón y se encoge de hombros como un manso corderito. Luego
se acerca a la cama y se acuesta a mi lado. De inmediato apoyo la cabeza en su
pecho y le paso el brazo y la pierna por encima. Hundo la nariz en su cuello.
—¿Estás
a gusto? —pregunta.
—Mmm
—ronroneo mientras lo acaricio sin parar. Necesito sentirlo, y disfruto del
contacto piel con piel.
Se
sentaba aquí y pensaba en mí. Guardó mi sujetador. Nadie ha estado aquí,
exceptuándome a mí, y ha comprado otra cama.
—¿Cómo
te encuentras? —pregunta dejando que lo acaricie a mi gusto.
—Bien
—suspiro. Por ahora, pero seguro que no dura mucho.
Suspira
igual que yo.
—Dice
que se encuentra bien. —Me abraza con más fuerza; su corazón late contra mi
esternón—. A dormir, mi preciosa mujer.
Y eso hago. Cierro los ojos y me duermo.
CAPITULO # 6.-
Abro los ojos y me desperezo. Estiro el
cuerpo con ganas por toda la cama, haciendo ruido, contenta y satisfecha. Luego
sonrío y lo oigo en el baño; está abriendo el grifo de la bañera, recogiendo
los productos de aseo que necesita, y después remueve el agua para formar
espuma. El hombre que amaba los baños es un hombre de palabra. Vamos a meternos
juntos en la bañera y seguro que no faltará nuestra típica conversación, aunque
lo cierto es que no sé si esto último me apetece hoy.
Me desplazo al borde de la cama gigante,
llevo mi cuerpo desnudo al baño y me apoyo en el marco de la puerta. Está
sentado en una silla junto a la ventana, con los codos sobre las rodillas, contemplando
los jardines de La Mansión. También está desnudo y se le marcan todos los
deliciosos músculos de la espalda. Tiene el pelo húmedo del vapor que llena el
baño. Podría pasarme todo el día mirándolo, pero incluso desde aquí y de
espaldas, sé que los engranajes de su cabeza están trabajando a mil por hora. Y
también sé a qué le está dando vueltas. Está pensando que estoy negando lo
evidente, y no me cabe la menor duda de que también está rumiando cómo mantenerme
en casa, pegada a él. Mañana es lunes, por tanto, tengo que ir a trabajar.
Mi hombre imposible, neurótico y
controlador.
Mi ex donjuán.
Mi marido.
Necesito tocarlo.
Me acerco muy despacio por detrás. Mis
ojos se deleitan más y más a cada paso que doy y siento ese familiar cosquilleo
en la piel, las chispas que aparecen cuando nuestros cuerpos están cerca. Me he
puesto tensa y también estoy conteniendo la respiración.
—Sé cuándo estás cerca, mi preciosa mujer
—dice; ni siquiera le hace falta mirar—. Nunca vas a conseguir pillarme por
sorpresa.
Mi cuerpo se relaja, los pulmones se
vacían de aire cuando dejo de contener la respiración. Me pongo delante de él y
me siento en su regazo, con la cara pegada a su pecho. Me rodea con los brazos
y me huele el pelo.
—¿Intentabas darme un susto?
—Pero no hay manera.
—No lo conseguirás nunca. ¿Cómo te
encuentras?
Sonrío pegada a su pecho.
—Bien.
—Bien —contesta abrazándome con fuerza—.
No vayas a trabajar mañana.
Me encojo en su regazo a pesar de que
sabía que me lo iba a pedir y de que me siento aliviada porque no ha sacado el
otro tema. Acepté casarme con él tan pronto si él aceptaba que no habría luna de
miel y que tenía que relajarse con lo de ser tan sobreprotector y tan
imposible. No obstante, la intuición me decía que Tom iba a ser incapaz de
cumplirlo. Lo miro y veo que me está suplicando con la mirada.
—Necesito trabajar.
Niega con la cabeza.
—No. Necesitamos estar juntos.
—Ya estamos juntos.
—Ya sabes a qué me refiero —gruñe—. El
sarcasmo no te pega, nena.
No vamos a ninguna parte, así que me
levanto y me acerco a la bañera.
—¿Qué haces? —me pregunta cuando estoy de
espaldas a él.
No me hace falta volverme para saber que
me está lanzando una mirada asesina.
—Voy a bañarme.
Me meto en la bañera y me siento, pero
casi al instante me muevo un poco hacia adelante para dejarle sitio. Suelta un
bufido de desaprobación y se acerca.
Se mete y se sienta detrás de mí, me
atrae hacia su pecho y se lanza directo a por mi oreja. Me muerde el lóbulo y
gruñe.
—Ya te lo he dicho: no te resistas.
—Pues deja de ser tan poco razonable
—respondo, cortante.
Me da otro mordisco, más fuerte, en el
lóbulo de la oreja.
—No hay nada poco razonable en querer
mantenerte a salvo, eso también te lo he dicho antes.
—Quieres decir en mantenerme pegada a ti.
—Cierro los ojos y dejo que mi cabeza se relaje contra su pecho mientras mis manos
le acarician los muslos fuertes y mojados.
—No. —Sus dedos se entrelazan con los
míos—. Lo que quiero es mantenerte a salvo.
—Ésa es una excusa para poder seguir
siendo imposible.
—No. Es que me vuelves loco.
—Te vuelves loco tú solito. Mañana voy a
ir a trabajar y vas a dejarme, sin montar una escena ni coger un berrinche. Lo
prometiste. —Tengo que recordarle que hicimos un trato, aunque sé que no se le
ha olvidado y que en el fondo le da igual no cumplirlo.
Siento su boca en mi oreja otra vez, y
uso todas mis fuerzas para reprimir un gemido.
—Y tú has prometido obedecerme. Creo que
los votos matrimoniales pesan más que las promesas hechas antes del matrimonio
—replica apretándose contra mi trasero—. Creo que alguien necesita un polvo de
entrar en razón.
Doy un respingo y salpico agua por todas
partes. Me encantaría que me echara un polvo de entrar en razón, pero ni aun
así voy a dar mi brazo a torcer.
—También prometiste dejar de echarme
polvos de entrar en razón porque acordamos que su único propósito era que yo te
diera siempre la razón. —Empiezo a arrepentirme de esa promesa. El polvo de
entrar en razón implicaba sexo duro.
—Amar, respetar y obedecer —susurra, y mi
cara se vuelve sola al oír esa voz grave, suave y ronca. Mi boca no tarda en
encontrar la suya—. Es razonable, ¿no?
—No —suspiro—. Casi nada de lo que me
pides es razonable.
—Pero que tú y yo estemos juntos sí que
tiene sentido. —Me consume con la boca—. Dime que tiene sentido.
—Lo tiene.
—Buena chica. Ponte derecha para que
pueda enjabonarte. —Se aleja de mi boca y me siento abandonada. Me empuja lejos
de él—. Vamos a desayunar con tu familia y luego te llevaré a casa, ¿trato
hecho?
—Trato hecho.
Me muero de ganas de irme a casa, aunque
no tengo ninguna gana de ver a Kate y a Dan. Qué chica más tonta. Ni siquiera
voy a intentar averiguar en qué estaba pensando porque no lo entenderé nunca, y
sospecho que ni ella misma lo entiende. ¿Se acordará siquiera? Estaba como una
cuba. Y Georg. Refunfuño para mis adentros. ¿Cómo voy a mirar a Georg a la cara
sabiendo lo que sé?
—¿En qué piensas? —me pregunta Tom
devolviéndome a la realidad.
—En Kate —respondo—. Estoy pensando en
Kate y en Georg.
—Ya te he dicho...
—Tom, no me digas que no es asunto mío
—lo corto sin titubear—. Kate es mi mejor amiga. Es como estar viendo a un tren
descarrilar a cámara lenta. Tengo que impedirlo.
—No, lo que necesitas es ocuparte de tus
asuntos, _______ —me riñe sin piedad—. Ya está.
Deja la esponja en el borde de la bañera
y se levanta, sale y coge una toalla.
—Lávate el pelo. —Se seca y se enrolla la
toalla alrededor de la cintura—. Quizá podrías mostrar la misma preocupación
por un pequeño detalle de nuestra relación del que tenemos que hablar.
Me taladra con una mirada de expectación
y me olvido de Georg y de Kate en el acto, aunque no me entusiasma su nueva
pasión por hablar. Me sumerjo en la bañera de agua jabonosa. No estoy lista, y
me doy cuenta de que su nueva pasión por hablar sólo emerge cuando es él quien
elige el tema de conversación.
No lo estoy viendo, pero sé que ha puesto
los ojos en blanco. Como si quiere pasarse así todo el día. Por ahora, voy a
llevar el asunto a mi manera. ¿Que cómo voy a hacerlo? Pienso enterrar la
cabeza mucho más hondo que el avestruz, ni más ni menos.
Entramos en el restaurante de La Mansión
cogidos de la mano y nos reciben aplausos y vítores, pero lo primero que noto,
además de la algarabía, es que Kate está hecha un asco y que, desde la otra punta
de la sala, Dan mira fijamente a Tom.
Mi marido o bien no se da cuenta o bien
decide ignorarlos, porque me coge en brazos y camina hacia una de las mesas, me
deposita en una silla enfrente de mamá y papá y se sienta a mi lado.
—¡Cariño! —El chillido emocionado de mi
madre me taladra los oídos—. Ayer fue un día
maravilloso, a pesar de cierto hombre
imposible. —Mira a Tom.
—Buenos días, Elizabeth —dice él al
tiempo que le dirige una sonrisa deslumbrante a mi madre, que pone los ojos en
blanco, aunque yo sé que está conteniendo una sonrisa afectuosa—. ¿Qué tal, Joseph?
Mi padre saluda con la cabeza mientras
corta una salchicha.
—Perfectamente. ¿Lo pasasteis bien ayer?
—De maravilla, gracias. ¿Os están
tratando bien? —Tom mira en derredor para comprobar que el personal del
restaurante está atendiendo a los invitados que quedan.
—Demasiado bien —se ríe mi padre—. Nos
iremos después de desayunar, por lo que quiero aprovechar la ocasión para
agradecerte tu hospitalidad. Fue un día realmente especial.
Sonrío ante la elegancia de mi padre. Sus
buenos modales nunca fallan. Me alegro de que se lo hayan pasado bien.
—¿Dan va a volver con vosotros? —pregunto
intentando que suene natural.
—No, ¿no te lo ha dicho? —dice mi padre.
Tom unta mantequilla en una tostada, coge
mi mano y deposita en ella la tostada con una
inclinación de la cabeza. Es su forma de
decirme que coma.
—¿El qué? —pregunto antes de hincar el
diente en la corteza.
—Se va a quedar una temporada en Londres
—explica ella. Luego empieza a quitarles la grasa a las lonchas de beicon de mi
padre y yo me atraganto.
—¿Qué?
—Que va a quedarse en Londres, cariño.
Sabía que no lo había oído mal. Miro al
lugar en el que Dan está sentado con la tía Angela, aunque es evidente que no
está escuchando ni una palabra de la cháchara de mi tía. No, sólo tiene ojos para
Kate.
—¿Por qué? Pensaba que tenía que expandir
la escuela de surf y que tenía mucho trabajo por hacer.
Son malas noticias. Dejo la tostada en el
plato y Tom la recoge y me la vuelve a poner en la mano.
—Dice que no hay prisa, y yo no voy a
protestar. —Mi madre acepta el café que le sirve Pete, y luego él me ofrece una
taza a mí.
—Sin chocolate y sin azúcar —confirma.
Lo miro y le sonrío con afecto.
—Gracias, Pete.
Vuelvo a dejar la tostada en el plato y
Tom la coge de nuevo.
—Come. —Me la coloca en la mano que tengo
libre.
—¡No quiero la puta tostada! —le espeto
con brusquedad, y en nuestra mesa todo el mundo deja de cortar, comer y hablar.
—¡_______, esa boca! —contraataca Tom.
Mi madre y mi padre nos miran alucinados
desde el otro lado de la mesa. Yo también estoy alucinada, pero no veo la
necesidad de que me obligue a comer, y desde luego no veo por qué Dan tiene que
quedarse y complicar una situación que ya es complicada de por sí. ¿A qué está
jugando? No soy tan ingenua como para creer que se queda porque Tom no le cae
bien o porque está preocupado por mí.
Ignoro la mirada incrédula de mi marido y
las caras de sorpresa de mis padres y me levanto de la mesa.
—¿Adónde vas?
Tom se levanta detrás de mí.
—_______, siéntate —dice en tono de
advertencia pese a que mis padres están delante.
Ya debería saber que le importa un pepino
dónde y con quién estemos. Se cabreará conmigo o me hará suya donde quiera y
cuando quiera. Mis padres no son un obstáculo.
—Siéntate y desayuna, Tom.
Intento alejarme, pero su mano es más
rápida y me coge de la muñeca.
—¿Perdona? —Se echa a reír.
Lo miro a los ojos.
—He dicho que te sientes y que termines
de desayunar.
—Sí, eso he oído. —Tira de mí para que me
siente y me coloca la tostada en la mano, luego se me acerca y me pega la boca
al oído—. ______, no es el momento ni el lugar para que te pongas chula, y muestra
un poco de respeto cuando tus padres estén delante.
Su mano se posa en mi rodilla y me
acaricia el interior del muslo desnudo.
—Me gusta tu vestido —susurra.
Les sonrío con dulzura a mis padres, que
han vuelto a sus respectivos desayunos. Los tiene bien puestos. ¿Que yo les
muestre un poco de respeto? Aprieto los dientes cuando roza la costura de mis bragas
y me sopla al oído. Estaba perdiendo la batalla, así que me satura a caricias
para recuperar el poder. Maldito sea. Aprieto los muslos y cojo mi taza de café
con manos temblorosas mientras él sigue derritiéndome con su aliento ardiente
en el oído y mis padres continúan desayunando tan tranquilos. Ya han pasado un
tiempo con nosotros y se han acostumbrado a que Tom necesite estar tocándome constantemente.
Se aparta y me dedica una mirada de
capullo satisfecho. Sí, esta vez ha ganado, pero sólo porque tiene toda la
razón del mundo. No es ni el momento ni el lugar, sobre todo porque mis padres
están delante. Sé que a él tampoco le habrá gustado la noticia que acaba de
darnos mi madre. Mi marido y mi hermano no se llevan bien, y más me vale ir
acostumbrándome porque sé que ninguno de los dos va a ofrecerle al otro una
rama de olivo.
—Tom tiene razón, _______ —interviene mi
padre, lo que me deja de piedra—. No deberías usar ese lenguaje.
—Sí. —Mi madre está de acuerdo—. No es
propio de una dama.
No me hace falta mirar a mi marido para
saber que todavía está más pagado de sí mismo ahora que cuenta con el apoyo de
mis padres.
—Gracias, Joseph —dice, me da un
golpecito con la rodilla por debajo de la mesa y yo se lo devuelvo.
—¿Para cuándo la luna de miel? —pregunta
mi madre, sonriéndonos desde el otro lado de la mesa.
—Para cuando diga mi mujer —contesta Tom
mirando mi tostada—. ¿Cuándo crees que
podremos irnos, señorita?
Me lleno la boca con otra esquina y me
encojo de hombros.
—Cuando tenga tiempo. Tengo muchas cosas
pendientes en el trabajo, mi marido ya lo sabe. —Lo miro, acusadora, y él me
sonríe—. ¿De qué te ríes?
—De ti.
—¿Qué tengo de gracioso?
—Todo. Tu belleza, tu forma de ser, tu
necesidad de volverme loco. —Me coloca bien el
diamante—. Y el hecho de que seas mía.
Con el rabillo del ojo veo a mi madre que
contempla embobada cómo mi hombre imposible necesita ahogarme con su adoración.
—Ay, Joseph —suspira—, ¿te acuerdas de
cómo era estar así de enamorados?
—Pues no —contesta mi padre con una
carcajada—. Vamos, es hora de irse.
Se limpia la boca con una servilleta y se
levanta de la mesa.
—Iré al baño y a recoger las maletas.
Mi madre no le contesta. Está demasiado
ocupada sonriéndonos con afecto. Mi padre sale del restaurante y yo miro a
Kate. Está horrible, mucho más pálida que de costumbre. Hasta sus rizos rojos parecen
haber perdido su brillo de siempre. Está picoteando como una gallina unos
cereales mientras Georg charla animadamente, como si no se hubiera dado cuenta
de que ella está en otra parte. Sé que tiene una buena resaca, pero salta a la
vista que el dolor de cabeza y el estómago revuelto son sólo parte de lo que la
tiene sumida en la miseria. Georg no puede ser tan tonto. Dejo de mirarlos y
busco a Dan en el otro extremo de la sala. Sigue sin quitarle ojo a Kate.
—¿Tú también te has dado cuenta? —me
pregunta Tom en voz baja al ver hacia adónde estoy mirando.
—Sí, pero me han advertido que me meta en
mis asuntos —respondo sin apartar la vista de mi hermano.
—Cierto, pero no te dije que no pudieras
darle un toque a Dan para que la deje en paz.
Me vuelvo hacia Tom, que no se da cuenta
de la cara de sorpresa que se me ha quedado y se pone de pie cuando mi madre se
levanta para abandonar la mesa.
—Volveré en seguida para despedirme.
Se alisa la falda y sale del restaurante
después de darle a Kate una palmadita en la espalda. Ella le sonríe un poco,
luego me mira un instante y rápidamente mira a otra parte. Dejo escapar un
suspiro y me pregunto qué voy a decirle a mi casi siempre feroz amiga. Parece
estar pasándolo fatal, pero no puedo evitar estar enfadada con ella.
Rápidamente me acuerdo de lo que Tom ha
dicho antes de que mi madre nos dejara.
—¿Quieres que le diga a mi hermano que se
esfume? —inquiero.
Me mira con cierto recelo mientras vuelve
a sentarse.
—Creo que necesita que alguien le dé un
toque. No quiero hacerlo yo y que por ello te enfades conmigo, así que deberías
ser tú la que hablara con él.
Ya he intentado hablar con él y sé que
hace oídos sordos, pero no voy a contárselo a Tom porque entonces decidirá
intervenir.
—Hablaré con él. —Dejo la tostada en el
plato—. Y no tengo hambre, así que no empieces.
—Tienes que comer, nena. —Intenta coger
de nuevo la tostada y le doy un manotazo.
—No tengo hambre. —Mi voz no podría sonar
más autoritaria—. Ya podemos irnos a casa.
Después de despedir a mis padres, pasar
de mi hermano y decirle a Kate que la llamaré mañana por la mañana, me sientan
en el DBS y me llevan de vuelta al Lusso, mi hogar, el lugar en el que Tom y yo
viviremos como marido y mujer.
Abro la puerta del coche, salgo y dejo
escapar un grito de sorpresa cuando me cogen en brazos.
—¡Que tengo piernas! —me río pasándole
los brazos por el cuello.
—Y yo tengo brazos. Estos brazos se
crearon para abrazarte. —Me besa en los labios y cierra la puerta del coche de
un puntapié antes de echar a andar hacia el vestíbulo del edificio—. Voy a
meterte en la cama y no voy a dejar que te levantes hasta mañana por la mañana.
—Trato hecho —accedo. Espero que tenga en
mente un poco de sexo duro, porque no me apetece nada el rollo tierno.
Me olvido un instante de Tom y dirijo
toda la atención al mostrador del conserje cuando éste se detiene y nos mira
con unos ojos como platos.
¿Eh? Yo también abro mucho los ojos.
Detrás del mostrador hay un tipo con la oreja pegada al auricular del teléfono,
y no es Clive. Estoy casi segura de que no es él. Me muerdo los labios y sonrío
para mis adentros. Esto va a poner a Tom en modo posesivo al estilo
rinoceronte. Permanezco en silencio mientras valoro la situación, aunque
tampoco es que haga falta valorarla mucho. Mi marido está de pie en mitad del
vestíbulo, el nuevo conserje sigue hablando por teléfono y los dos se miran fijamente.
Luego el hombre me mira, y casi me echo a reír cuando oigo gruñir a Tom. Por
Dios, va a
aplastar a ese pobre chico hasta dejarlo
hecho puré. Me abrazo con fuerza a sus hombros y espero a que tome la
iniciativa y siga andando, pero parece como si hubiera echado raíces.
—¿Dónde está Clive? —le pregunta al nuevo
sin tener en cuenta que está hablando por teléfono.
Me revuelvo para intentar que me suelte,
pero él se limita a mirarme un instante y a sujetarme con más fuerza—. No te
muevas, señorita.
—Te comportas como un troglodita.
—Cállate, ______. —Sus fulminantes ojos
cafeces vuelven a acribillar al pobre chico, que ya ha colgado el teléfono—.
Clive —insiste Tom, cortante.
El nuevo conserje sale de detrás del
mostrador y no puedo evitar mirarlo de arriba abajo. Es muy mono. Tiene el pelo
rubio pajizo bien cortado, los ojos castaños rebosantes de alegría, y es alto y
esbelto. No está tan bueno como Tom, pero sigue siendo un hombre joven, lo que
para mi marido equivale a ser una amenaza.
—Voy a trabajar con Clive, señor. En
realidad, tendría que haberme incorporado hace algún tiempo. —Suena asustado, y
hace bien—. Por razones personales he tenido que retrasarlo.
Se acerca y le ofrece la mano.
—Me llamo Casey, señor. Espero poder
ayudarlo en todo lo que... necesite ayuda. —Está hecho un manojo de nervios.
Me revuelvo otra vez. Me siento como una
idiota en brazos de mi señor posesivo mientras el nuevo conserje se presenta.
Parece un chico dulce y sincero, pero Tom no me suelta.
—Señor Kaulitz —replica él, cortante,
ignorando la mano que le ofrece el chico.
—Encantada de conocerte, Casey —digo
entonces ofreciéndole la mano, pero Tom da un paso atrás.
¡Por todos los santos! Lo miro y veo que
sigue mirando fijamente al joven. Esto es ridículo. No me es fácil pero me
suelto, doy un paso adelante y vuelvo a ofrecerle la mano al nuevo conserje.
—Bienvenido al Lusso, Casey —sonrío y él
me estrecha tímidamente la mano. El pobre no va a volver si no intervengo.
Clive ha estado trabajando sin parar
desde que los vecinos se mudaron. Ya no tiene quince años, necesita un relevo.
—Gracias, _______. Encantado de conocerla
—sonríe, y he de decir que tiene una sonrisa bonita, pero me percato de la
mirada de recelo que lanza por encima de mi hombro—. ¿Vive en el ático?
—Sí.
—Han llamado de mantenimiento para avisar
de que ha llegado la puerta nueva de Italia.
—Fantástico. Muchas gracias.
—Que la coloquen cuanto antes —gruñe Tom.
—Ya lo han hecho, señor —sonríe Casey con
orgullo cogiendo unas llaves de su mesa y
sosteniéndolas en el aire.
Tom se las arrebata de las manos de un
tirón antes de arrojarle las llaves del coche de mala manera.
—Súbenos las maletas.
Tira de mí hacia el ascensor ante mi
asombro y también el de Casey. Ya sabía yo que esto iba a pasar. Me empuja
contra la pared de espejos y me cubre con su cuerpo, el muy controlador.
—Te desea —ruge.
—Tú crees que todo el mundo me desea.
—Porque es verdad. Pero eres mía. —Me
besa con fuerza y toma mi boca sin tregua,
levantándome del suelo con la presión de
su cuerpo.
Estoy en éxtasis. Éste no es el Tom
tierno. Éste es el Tom dominante, fiero y poderoso, y estoy preparándome para
todos los polvos que me he perdido. Le echo los brazos al cuello y me abalanzo sobre
él con igual intensidad, o puede que más.
—Soy tuya —gimo entre los ataques de su
lengua.
—No necesitas recordármelo.
Su mano sube por mi muslo y me cubre el
sexo. Un chorro caliente fluye de mí y en lo más hondo siento una punzada de
placer. Qué falta me hacía. Introduce los dedos en mis bragas de encaje.
—Estás mojada —ronronea en mi boca—. Sólo
conmigo, ¿entendido?
—Entendido.
Mis músculos se cierran con fuerza cuando
me penetra con el dedo.
—Más —suplico sin pudor. Necesito más.
Separa nuestras bocas y saca el dedo para
meterme dos.
—¿Así? —Se mete bien adentro y con
fuerza—. ¿Así, _______?
Echo la cabeza hacia atrás, contra el
espejo, con la boca abierta y los ojos cerrados.
—Sí, así.
—¿O prefieres que te empale con la polla?
—Su voz es carnal, y me sorprende; se ha pasado varias semanas haciéndose el
remilgado con mi cuerpo.
Si éste es el efecto que Casey va a
producir en mi señor, espero que dure toda la vida. Me está reclamando y
recordándome a quién pertenezco. No es que necesite un recordatorio, pero
siempre voy a aceptarlos con gusto. Dejo caer la cabeza y encuentro sus ojos
cafeces, luego alargo el brazo y le desabrocho la bragueta. Meto la mano en su
bóxer y cojo su polla caliente y palpitante.
—No has contestado a mi pregunta —dice
entre jadeos.
—La quiero toda. —Aprieto la base y, sin
aflojar la mano, subo hasta el glande—. Te quiero dentro de mí.
Dibuja un último círculo con los dedos
antes de sacarlos y levantarme del suelo. Le rodeo la cintura con las piernas y
mis manos buscan su nuca.
—Sabía que eras una chica sensata.
Las puertas del ascensor se abren
entonces y me saca en brazos al vestíbulo del ático, abre la puerta en un abrir
y cerrar de ojos y me sube por la escalera hacia el dormitorio principal.
—Te tengo tantas ganas que me haces
perder la cabeza, _______.
Me deja en el borde de la cama, me quita
el vestido, se arranca la camiseta de un tirón, se saca las Converse de una
patada y se baja los vaqueros junto con los calzoncillos hasta los pies. Es
verdad que me tiene muchas ganas, cosa que aún me hace desearlo más. Va a
follarme. Me tumba en la cama, me quita las bragas y se libra del sujetador a
la misma velocidad. Trabaja de prisa pero no lo bastante: la impaciencia y el
tenerlo desnudo tan cerca me pueden. Necesito tocarlo. Me siento y deslizo las
manos por su culo de piedra. Lo atraigo hacia mí para colocarlo entre mis
piernas abiertas. Su abdomen está a la altura de mis ojos y lo acaricio con la
lengua. Le beso con ternura la cicatriz, que ya no me hace torcer el gesto. Es
una imperfección gigante, una tara en su maravilloso cuerpo, pero para mí aún
lo hace más perfecto. Mi perfecto adonis imperfecto. Mi dios.
Mi marido.
Noto sus dedos enredados en mi pelo y mis
ojos recorren sus abdominales cincelados, ascienden por su pecho y llegan a sus
ojos cafeces rebosantes de... amor. No es deseo ni lujuria, sino amor. No va a
follarme, va a hacerme el amor con ternura. Lo hace muy bien, pero necesito de
mi amante fiero desesperadamente, necesito que deje de tratarme como si fuera a
romperme. Mis manos vuelven a su torso hasta que mis palmas están casi en su
cuello perfecto. Le beso el estómago antes de empezar a subir, y me pongo de
pie hasta que llego a su nuca y tiro de él para que su boca descienda sobre la
mía. Trepo por su cuerpo y le rodeo la cintura con las piernas. Me pasa un
brazo por debajo del culo para sujetarme y accede a mi demanda de contacto boca
con boca.
Bocas fundidas. Bocas que se deleitan la
una con la otra.
Bocas que se consumen de ardiente deseo.
No me tumba en la cama, sino que me lleva
al cuarto de baño y se sienta a horcajadas sobre el diván, conmigo encima. Me
mira.
—Tenemos que hacer las paces —dice; luego
tira de mí hacia abajo y nuestras bocas colisionan—. Nadie podrá impedir que te
haga mía, ______ —añade mientras nuestros labios y nuestras lenguas libran una
batalla campal.
—Genial.
Le tiro del pelo intentando despertar su
lado salvaje, ese que me gusta tanto como el tierno. Sabe lo que quiero y lo
que necesito, el muy cabrón lo sabe perfectamente, y me lo va a dar.
—Mi chica lo quiere duro.
Se aparta y esta vez soy yo la que gruñe.
Me mira, jadeante y sudoroso. Quiere dármelo, se lo veo en la cara y en los
ojos cafeces. Están que echan humo, oscuros de la desesperación. Soy yo la que
lo pone así.
Tira de mí con cuidado y se pone firme,
listo para penetrarme, pero me tenso y se lo impido. Le tendré muchas ganas,
pero debo seguir siendo sensata, igual que lo he sido estas últimas semanas. No
lleva condón y, a juzgar por el tirón que me ha dado, sabe exactamente por qué
me estoy conteniendo.
—Tom. —Estoy sin aliento por lo mucho que
me cuesta contener el deseo.
—_______, voy a hacerte mía y no vas a
impedírmelo con peticiones estúpidas.
Tira de mí y se apodera de mi boca con
decisión. No me resisto, la verdad es que no quier resistirme. Éste podría ser
el polvo salvaje que tanto llevo esperando.
Mantiene nuestras bocas unidas, se
endereza y me penetra a la primera. Mis piernas se enroscan instintivamente en
su cintura y entrelazo los tobillos para estar más cerca de él.
—Dios —jadea contra mi boca—. Es
perfecto.
Sí que lo es. Todo es perfecto cuando no
hay barreras entre nosotros, sólo piel con piel, yo sobre él. Jadeo con la boca
contra su hombro y le clavo las uñas en los bíceps.
—Muévete —le ordeno—. Por favor, muévete.
—Cuando sea el momento. Ahora deja que te
disfrute.
Me coge las manos y se las lleva a la
nuca, donde mis dedos se enredan en su pelo y tiran de él por instinto. Luego,
sus grandes manos descienden por ambos lados de mi cuerpo, después por mi pecho,
y se detienen en mi cintura. Me sujeta para que me esté quieta. Lo único que se
oye son nuestras respiraciones agitadas, cargadas de anhelo y de deseo.
Me coge con fuerza y me levanta con un
gemido profundo antes de dejarme descender sobre él. Cierro los ojos en la
felicidad más absoluta y jadeo. Tengo que retirar las manos de su pelo para
poder apoyarme en su pecho, firme y cálido. Me sorprende lo duros que tiene los
pectorales, la perfección de sus músculos, que me gritan que los acaricie, que
me suplican que sienta su belleza. Mis manos insaciables se pasean por todo su
cuerpo y se detienen en sus pectorales cuando me levanta, me deja caer y me
mueve las caderas en círculos, lenta y meticulosamente.
—No intentes decirme que no te gusta
—gime—. No intentes decirme que no estamos como deberíamos estar. —Sigue
haciendo virguerías dentro de mí, incansable—. Ni lo intentes.
—No te corras dentro.
Es posible que su potencia me atonte,
pero una pequeña parte de mí todavía es consciente de lo que hace.
—No me digas lo que tengo que hacer con
tu cuerpo, ______. Bésame.
Lo carnal de sus palabras y cómo me
reclama como suya me ciegan y mi cuerpo se niega a rechazarlo. Él manda y lo
sabe. Mi boca cae sobre la suya y mi cuerpo se aferra al de él, invitándolo a que
me haga lo que quiera. Echa la cabeza hacia atrás para mantener nuestras bocas
unidas, vuelve a levantarme y a dejarme caer sobre él. Gimo en su boca, un
mensaje de sumisión ronco y sensual. No puedo pensar. Su energía me confunde y
el ritmo preciso de sus caderas me catapulta a un delirio de lujuria.
Gimo cuando me levanta despacio y sin
dificultad una y otra vez. La presión de su polla contra la parte más profunda
de mi ser es la mismísima encarnación del placer.
—No sabes cuánto me gusta —gimo—.
Fóllame, Tom —suplico; necesito que no sea tan gentil.
—Esa boca, ______ —me regaña—. Vamos a
hacerlo así, justo así.
Cierra los ojos y se tensa. Está siendo
demasiado tierno. Necesito que me sorprenda, que me deje atónita. Necesito que
me lo haga como un animal. Lleva semanas así, y sé por qué.
—¿Por qué me tratas con tanta ternura?
—digo acariciándole el cuello con la nariz entre
mordiscos y lametones.
—Sexo somnoliento —gime.
—No quiero sexo somnoliento.
No va a producir el efecto deseado. Sí,
me correré, gemiré de placer y me estremeceré en sus brazos, pero necesito
gritar de gusto. Necesito un buen mete y saca, no que me haga cosquillas.
—Fóllame, Tom.
Coge aire cuando me la meto hasta el
fondo.
—¡Jesús, _______! ¡Esa boca!
—¡Sí! —Me levanto y vuelvo a dejarme caer
con fuerza.
—¡_______! —Me sujeta en lo alto—. ¡Así,
no!
Lo noto palpitar en mi interior. Su pecho
sube y baja contra mi cuerpo. Estoy jadeando en su cuello y me agarro con
fuerza de su pelo.
—Deja de tratarme como si fuera de
cristal.
—Para mí eres de cristal, nena. Eres muy
delicada.
—Pero no voy a romperme, ni hace dos
semanas, ni ahora. —Intento volver a levantarme, lo necesito, pero me tiene
bien sujeta. Es otra de las razones por las que le ruego a Dios no estar embarazada.
No puedo soportarlo. Saco la cara de su cuello y lo miro a los ojos—. Necesito
que me folles a lo bestia.
Niega con la cabeza.
—Sexo somnoliento.
—¿Por qué? —pregunto. ¿Va a reconocer lo
que ya sé?
—Porque no quiero hacerte daño —susurra.
Intento controlar el genio. ¿No quiere
hacerme daño a mí o no quiere hacérselo al bebé que tal vez ni siquiera existe?
—No me harás daño —replico.
Se relaja un poco y aprovecho para subir
y dejarme caer con un grito de satisfacción. Él también grita. Sé que quiere
empalarme viva, poseerme como un animal, dominarme y llevarme al éxtasis, pero
no lo va a hacer y eso me desquicia.
—¡Joder! —exclama—. ¡No, _______!
—Hazlo. —Le cojo la cara y le devoro la
boca. Si persevero, es mío—. Hazme tuya —ordeno arrastrando los labios por su
mejilla.
Los atrapa cuando vuelven a pasar por su
boca y me mete la lengua, con premura y furia. Casi lo tengo. Nuevamente me
levanto y me dejo caer y le arranco un fuerte gemido.
—Te gusta, ¿verdad? Dime que te gusta.
—Por Dios, ______, para.
Arriba y abajo que voy, con más fuerza.
—Mmm... Sabes a gloria. —Lo estoy
volviendo loco, y sé que lo desea porque podría detenerme con facilidad—. Te
necesito.
Lo sabía: esas palabras son su perdición.
Suelta un grito de frustración y me releva, me coge con firmeza de la cintura y
me sube y me baja sin piedad.
—¡¿Así?! —grita, casi enfadado, y sé que
es porque no puede resistirse a mí.
—¡Sí! —grito a mi vez.
De repente está de pie. Yo sigo con las
piernas rodeando su cintura. Cruza el baño y me empotra contra la pared.
—¿Lo quieres duro, nena?
—¡Fóllame! —chillo enloquecida, apretando
las piernas y tirándole del pelo castaño oscuro.
—Mierda, ______. ¡No seas tan malhablada!
Se retira y me baja, una y otra vez. Mis
gritos de satisfacción resuenan en el aire.
—¿Mejor? —ruge clavándomela muy adentro
sin miramientos—. Tú lo has querido, ______. ¿Mejor así?
Está muy cabreado. Estoy contra la pared,
absorbiendo su violento ataque, y quiero que lo sea aún más. He tenido dos
semanas del Tom tierno. He tenido más que suficiente del Tom tierno, pero no
puedo hablar. Asiento con cada embestida, mi forma de decirle que lo quiero aún
más bestia. Lo quiero mucho más salvaje.
—¡Responde a la puta pregunta!
—¡Más fuerte! —grito tirándole del pelo.
—¡Joder!
Me embiste repetidamente con sus caderas,
le flaquean las fuerzas, no logra mantener el ritmo, pero yo estoy disfrutando
de cada punzante estocada. Esto me va a compensar por las dos semanas de ternura
y delicadeza.
La base del estómago me arde y mi clímax
es como una tromba rápida que me pilla por sorpresa, sin darme tiempo para
prepararme. Exploto, cierro los ojos, echo la cabeza atrás con un grito de desesperación.
—¡Aún no he terminado, ______! —grita
recolocando las manos bajo mi culo y empujando como un ariete.
Yo tampoco. El orgasmo me ha dejado
mareada pero hay otro en camino y, gracias a su potencia incansable, no va a
tardar en llegar. Encuentro sus labios y le meto la lengua hasta la garganta.
Aprieto las piernas contra sus caderas hasta que me duelen y mis gritos y los
suyos chocan entre nuestras bocas.
—¡Sí! —Echo la cabeza atrás—. ¡Ay, Dios!
—¡Abre los ojos! —me ordena, severo.
Obedezco de inmediato y cierro los puños
entre su pelo cuando se para en seco, sudando y respirando agitadamente. El fuego
en mi sexo retrocede de inmediato, pero entonces ruge y vuelve a la carga. Me
preparo para otra tanda. Me embiste, muy fuerte. Mi espalda choca contra la
pared, grito sorprendida pero él no me da tiempo para pensar. Sale y vuelve a entrar
con una gloriosa y feroz estocada. Ha perdido el poco control que le quedaba.
Esto va a ser duro de verdad. Me agarro con más fuerza a su pelo e intento
flexionar las piernas para darle el acceso a mí que su cuerpo me pide.
—¿Te parece lo bastante fuerte, _______?
—dice volviendo a clavármela.
—¡Sí! —grito. Ni en sueños querría que
parara.
No tiene piedad. Entra y sale de mí, cada
vez con más fuerza. Me estoy quedando en blanco, tengo el cuerpo flácido y
estoy en la cúspide del placer. Pero entonces noto que mi espalda se aleja de la
pared y que me llevan a la cama. Prácticamente me tira sobre el colchón. Me
pone a cuatro patas, se
coloca de pie detrás de mí y me coge de
las caderas. Vuelve a penetrarme con una embestida brutal y un grito frenético.
Con cada embestida tira de mí para que mi culo choque contra sus fuertes
caderas.
Hundo la cara en las sábanas, las agarro
con fuerza y empiezo a sudar. Estoy empapada.
—¡Tom! —grito, delirante, presa de una
deliciosa desesperación.
—Tú lo has querido, _______. Ahora no te
quejes.
Me penetra de nuevo, aún con más fuerza.
Está liberando toda la pasión animal que ha estado reprimiendo durante
demasiado tiempo. Ha perdido el control, y una pequeña parte de mí se pregunta si
lo está haciendo a propósito, si está intentando asustarme para que vuelva a
desear el sexo somnoliento. Si ése es su plan, es un fracaso total. Mi cuerpo necesita
esto. Yo necesito esto. Obligo a mi mente a volver al presente y a centrarse en
recibir su potencia con los brazos abiertos. La quiero toda para mí. La
violenta acumulación de presión en mi vientre se abre paso hacia mi sexo, lista
para la explosión. Estoy segura de que me va a volar la tapa de los sesos.
—¡Más fuerte! —grito agarrándome a las
sábanas.
—¡______! —Sus dedos se me clavan en las caderas,
pero la crudeza de sus manos no me molesta lo más mínimo. Estoy demasiado
ocupada concentrándome en el orgasmo desgarrador que se avecina.
Vuelve a pillarme por sorpresa y el
placer es tan tremendo que me pone en órbita. Grito, y él grita también. Luego me
desplomo sobre la cama, Tom cae sobre mí y quedo cubierta por su cuerpo duro y musculoso.
Respira con dificultad contra mi oído y nuestros cuerpos bañados en sudor están
sonrojados y suben y bajan al unísono. Me siento repleta. Estoy exhausta pero
me siento muchísimo mejor. Por fin volvemos a ser nosotros mismos.
Gruñe y mueve las caderas en círculos,
todavía muy dentro de mí. El fuego de su orgasmo me reanima y me devuelve a la
realidad. Lo echaba de menos.
—Gracias —jadeo cerrando los ojos. Los latidos
acelerados de su corazón me golpean la espalda y me reconfortan. Ni siquiera
consigo reunir las fuerzas suficientes para preocuparme por el hecho de que se
haya corrido dentro. Tampoco es que importe.
No dice nada. Lo único que se oye en el
enorme dormitorio es nuestra respiración alterada. Es fuerte, dificultosa y
satisfecha. Pero entonces se aparta de mí y la ausencia de su calor cubriendo
mi cuerpo hace que me vuelva para ver qué hace. Se está alejando, con las manos
en la cabeza, y su spalda desnuda desaparece en el cuarto de baño. Todavía
estoy intentando bajar mis pulsaciones y respirar a un ritmo normal, pero en
vez de sentirme satisfecha y feliz, me siento intranquila y culpable. Le he
hecho perder el control. Lo he presionado, lo he tentado y le he hecho perder
su autocontrol, y ahora, a pesar de haberme salido con la mía, me siento
culpable. Ha estado intentando
controlar sus exigencias sobre mi cuerpo,
aunque el porqué es lo que debería preocuparme. No el hecho de que lo haya
estado haciendo, sino por qué. Yo lo sé, y no debería sentirme culpable, pero
no va así la cosa. He aceptado el hecho de que nunca lo entenderé del todo. He
aceptado su forma de actuar y que es un hombre imposible. Todo forma parte del
hombre al que amo profundamente, del hombre al que me une una conexión tan
poderosa que nos vuelve locos a los dos. Compartimos una
intensidad que nos incapacita. Aparece en
el umbral del baño, todavía desnudo, todavía empapado y todavía intentando controlar
la respiración. Lo miro. Me mira.
Me incorporo y me llevo las rodillas al
pecho. Me siento menuda y rara. No debería ser así entre nosotros.
—Te he estado robando las píldoras —me
suelta; su mandíbula se tensa y los músculos palpitan.
Lo dice sin remordimiento ni sentimiento
de culpa, lo que hace que abra unos ojos como platos y que enderece la espalda
como un resorte. Su rostro está impasible y, aunque ya lo sabía, no deja de sorprenderme.
Oír cómo lo confiesa en voz alta no hace más que acelerarme el corazón aún más.
—He dicho que te he estado robando las
píldoras —repite; parece enfadado.
No puedo ignorar este asunto por más
tiempo. Sus palabras me acaban de sacar la cabeza del suelo y ahora me siento
descubierta y furiosa. Noto cómo la rabia latente entra en ebullición en mi interior,
intentando que la libere. Es como una olla a presión que lleva semanas al fuego
pero con la que no sabía qué hacer. Ahora lo sé. Sabía que había estado
escondiéndome las píldoras. Su comportamiento me lo confirmaba, aunque no
estaba enfadada porque decidí ignorarlo como una imbécil, como si el problema
fuera a desaparecer. Mañana tendría que bajarme la regla y estoy segura de que
no lo hará. Este hombre, el loco de mi marido, acaba de confesarme sin ninguna
vergüenza que me ha estado robando las píldoras anticonceptivas, y ahora mi
negación se ha convertido en ira
sanguinaria.
—¡_______, por el amor de Dios! —Se lleva
las manos a la cabeza, frustrado—. ¡Te he estado robando las putas píldoras!
Salto de la cama.
Exploto.
Ni siquiera intento hablar con Tom porque
no hay nada de que hablar en esta situación. Camino con decisión hacia él. Me
observa atentamente, receloso, y cuando lo tengo delante le cruzo la cara de un
bofetón. La mano me duele al instante pero estoy demasiado cabreada para sentir
el dolor. Se le ha quedado la cara vuelta de lado, mira al suelo, y lo único
que puedo oír es el sonido de nuestra respiración, sólo que ahora ya no es
profunda y satisfecha, sino que estoy jadeando a pleno pulmón.
Levanta la cabeza y, antes de darme
cuenta, mi mano está asestando otro golpe, sólo que esta vez me agarra la
muñeca a escasos centímetros de su cara. La libero de un tirón y empiezo a
pegarle puñetazos en el pecho con las dos manos, frenética de la ira. Y él se
deja. Se limita a quedarse quieto y a aceptar la paliza enajenada que le
propino en el torso. Mis puños lo golpean con insistencia mientras
le grito y le chillo. Soy patética, mis
puños débiles contra sus músculos de acero, y cuando creo que me voy a desmayar
del esfuerzo, doy un paso atrás y pierdo el control sobre mis lágrimas y sobre
mi cuerpo.
—¡¿Por qué?! —le grito.
No intenta tocarme ni acercarse a mí. Se
queda de pie en el umbral de la puerta, todavía
impasible. Ni siquiera ha aparecido la
arruga, pero sé que debe de estar preocupado y que debe de estar costándole
mucho no sujetar a la fuerza a la loca de su mujer.
—Estabas haciendo como si nada, ______.
Necesito que lo aceptes. —Su tono de voz es dulce y firme—. Necesitaba incitar
algún tipo de reacción en ti.
—No me refiero a por qué me lo has
contado. ¡Eso ya lo sé! ¡Me refiero a por qué coño lo hiciste!
Aquí llega la arruga de la frente. Y el
labio mordido. No sé por qué lo piensa tanto. No hay atenuantes: su plan es de
locos. Él está chiflado y yo también por haber estado haciendo como si nada durante
todo este tiempo.
—Me vuelves loco. —Niega con la cabeza—.
Me haces hacer locuras, ______.
—¡Ah, así que resulta que es culpa
mía!... —grito—. Mis píldoras empezaron a desaparecer al poco de conocerte.
—Lo sé. —Mira al suelo.
¡De eso, nada! Va a mirarme a la cara, no
a huir así como así. Me acerco a su pecho hecha una furia y le agarro la
mandíbula para obligarlo a levantar la cabeza.
—No vas a huir de tus razones para
hacerme esto. Tú solo has decidido qué rumbo iba a tomar mi vida. ¡No quiero un
puto bebé! ¡Es mi cuerpo! ¡No tienes derecho a decidir por mí! —Se me desgarra la
voz entre los gritos—. ¡Dime por qué coño me has hecho esto!
—Porque quería tenerte conmigo para
siempre —susurra.
Le suelto la mandíbula y doy un paso
atrás.
—¿Querías atraparme?
—Sí —responde, agachando de nuevo la
cabeza.
—Porque sabías que saldría pitando en
cuanto descubriera a qué te dedicabas y lo de tu problema con la bebida.
—Sí. —Se niega a mirarme.
—Pero cuando descubrí lo de La Mansión y
el problema con el alcohol volví y, aun así, seguiste robándome las píldoras.
Este hombre no tiene ni pies ni cabeza.
—No sabías nada de mi pasado.
—Ahora lo sé.
—Lo sé.
—¡Deja de decir que lo sabes! —chillo
agitando los brazos delante de él. Estoy perdiendo el control otra vez.
Levanta un poco la vista pero no me mira.
Mira a la habitación, a todas partes menos a mí. Está avergonzado.
—¿Qué quieres que diga? —pregunta en voz
baja.
No lo sé, así que me meto en el vestidor.
Llevo casada un día con este hombre y voy a dejarlo, no sé qué otra cosa hacer.
Cojo unos vaqueros viejos y me los pongo de un tirón.
—¿Qué estás haciendo? —Está aterrorizado,
como imaginaba. Jamás lidiará con lo que ha hecho, y yo tampoco si me quedo.
Esto me ha caído como una bomba—. ______, ¿qué diablos estás haciendo? —Me
arranca la bolsa de la mano—. No vas a dejarme. —Suena a súplica y a orden.
—Necesito espacio. —Cojo la bolsa y
empiezo a llenarla de ropa.
—¿Espacio para qué? —Me coge del brazo pero
me libero de un tirón—. ______, por favor.
—¿Por favor, qué? —Estoy metiendo la ropa
en mi bolsa como una loca, pero me temo que volveré a mirar a Tom si no me
centro en esta tarea, y ahora mismo no soporto mirarlo. Sé lo que voy a ver.
Miedo.
—_______, por favor, no te vayas.
—Me voy.
Me vuelvo, paso junto a él y lo dejo
atrás, camino del baño a por mis cosas de aseo. No intenta detenerme y sé por
qué, por lo mismo que ha sido tan delicado conmigo durante semanas: cree que le
hará daño a su bebé.
Me pisa los talones pero yo sigo
recogiendo mis cosas, luchando contra la increíble necesidad de pagarlo con él,
pero al mismo tiempo lucho contra la necesidad de consolarlo. Estoy hecha un
lío.
—______, por favor, vamos a hablarlo.
Me vuelvo, incrédula.
—¿Hablarlo?
Asiente con mansedumbre.
—Por favor.
—No hay nada de que hablar. Has hecho la
cosa más sucia que se puede hacer. Nada de lo que digas me hará entenderlo. No
tienes derecho a tomar decisiones como ésa. No tienes derecho a controlarme
hasta ese punto. ¡Es mi vida!
—Pero tú sabías que te las estaba
quitando.
—¡Cierto! Pero desde que te conocí me has
hecho pasar por tantas mierdas que ni siquiera pude pensar en lo jodido que era
lo que estabas haciendo. Esto es muy jodido, Tom, y no hay nada que lo justifique.
Que quisieras tenerme siempre a tu lado no es razón suficiente. ¡No puedes
tomar esa decisión tú solo!
Intento tranquilizarme pero es una
batalla perdida.
—Además, ¡¿qué hay de mí?! —le grito a la
cara—. ¡¿Qué hay de lo que yo quiero?!
—Pero yo te amo.
Estoy agarrando la bolsa con tanta fuerza
que se me duermen los dedos. Estoy perdiendo el juicio. Lo dejo atrás y bajo la
escalera lo más rápidamente que puedo.
—No te vayas, ______. Haré lo que sea.
—Sus pasos pesados se acercan, pero está desnudo y, aunque sé que no tiene
vergüenza, también sé que no saldría desnudo a la calle.
Cuando llego a la puerta, me vuelvo para
mirarlo.
—¿Harás lo que sea?
—Sí, ya lo sabes.
Está tan asustado que estoy a punto de
abrazarlo. Incluso ahora, cuando acaba de confesar que me ha estado robando las
píldoras, me cuesta no caer en sus brazos. Pero si le dejo pasar ésta, estaré sentando
las bases para toda una vida de manipulación. No puedo hacer eso. Necesitamos
pasar un tiempo separados. Esto es demasiado intenso y tal vez debería haberlo
pensado antes de casarme con él, pero ahora es demasiado tarde. Es posible que
haya cometido el mayor error de mi vida.
—Entonces vas a darme espacio—espeto.
Y me voy.
HOLA!!! TOM LE ESCONDIA LAS PILDORAS :O ... AHORA QUE PASARA? ... QUE CREN QUE VAYA A PASAR? ... COMENTEN 4 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ADIOS :))
Sigueeeeeee
ResponderBorrar:O no puedo creer que Tom haya sido capaz de hacer algo así, se paso de la raya y menos mal que (Tn) decidió irse y darse un tiempo a ver que pasara.. me encanto espero el próximo cap virgi, quede intrigada sera que Tom se refugiara en la bebida?? ojala que no..
ResponderBorrarYo creo que Tom si se merece esta reaccion de (tn)..
ResponderBorrarSiguelaaaa.. Que pasara!!
Omg, se paso tom :/
ResponderBorrarSube pronto. :)