CAPITULO
# 15.-
Se
me para el corazón y de repente me viene un nombre a la cabeza.
Coral.
Debería
preocuparme, pero no es así. La nota hace que me ponga posesiva. La imagen del
famoso atributo de Tom cruza como un rayo por mi cabeza. Dejo caer todo lo que
llevo, cojo la perniciosa nota y la hago pedazos lentamente. ¿Quién coño se
cree que es? Un polvo, eso es lo que fue. Nada más que un polvo de conveniencia.
¿Habrá vuelto a contactar con Tom? ¿Debería preguntárselo y despertar su
curiosidad? Porque no quiero contarle nada de esto. No quiero que se ponga
nervioso.
Puedo
encargarme de las amenazas vacías. ¿Que me aleje de él o qué? Tiro las flores muertas
y la tarjeta a la papelera más cercana y sigo andando hacia el parking. De
repente siento la abrumadora necesidad de estar con él.
Me
detengo en seco al ver que mi Mini no está donde lo he aparcado esta mañana. No
hay coche. Miro el pilar en el que está pintado el número de planta. No me he equivocado
de sitio. ¿Dónde coño está mi coche?
—Todo
bien, muchacha. —La voz grave de John hace que gire en redondo. Está asomado a
la ventanilla de su Range Rover—. Sube.
—Me
han robado el coche. —Señalo con el brazo la plaza vacía y me vuelvo para
comprobar que no son alucinaciones mías.
—No
te lo han robado, muchacha. Sube.
—¿Qué?
—Miro al grandullón, atónita—. ¿Y dónde está?
Con
la cara de malo que tiene, hay que ver lo avergonzado que parece.
—El
hijo de puta de tu marido ha hecho que se lo llevaran.
Señala
el asiento del acompañante con un gesto de la cabeza.
—¿Me
tomas el pelo? —Me echo a reír.
Las
cejas aparecen por encima de sus gafas de sol.
—¿Tú
qué crees? —pregunta, muy serio.
Respiro
hondo para calmarme y subo al coche de John. Sí, me necesita. ¡Me necesita para
que lo vuelva loco!
—Lo
voy a estrangular —musito abrochándome el cinturón de seguridad.
—No
seas muy dura con él, muchacha.
John
empieza a tamborilear en el volante en cuanto salimos del parking, de vuelta a
la luz del día.
—John,
me caes bien, de verdad, pero a menos que me des una razón aceptable para las
neuras de mi marido, haré como que no me has pedido que no sea demasiado dura
con él.
Se
echa a reír con ganas, de esas risas que hacen que se sacuda la barriga. Se le
retrae el cuello y aparece la papada que mantiene escondida.
—Tú
también me caes bien, muchacha —dice entre carcajadas, y se lleva las manos
debajo de las gafas para secarse los ojos.
Nunca
había visto a esa enorme bestia parda tan animada. Me hace sonreír. Dejo de
pensar en maridos difíciles y notas de amenaza hechas pedazos, pero vuelve a ponerse
serio demasiado pronto y me quedo riéndome sola mientras él me mira desde
detrás de las gafas de sol.
Su
repentino cambio de expresión corta de un tajo mi risa histérica.
—Es
posible que la cosa vaya a peor. Creo que hay que darte la enhorabuena.
Baja
la vista. Mira mi vientre antes de volver a poner los ojos en la carretera.
—¿Te
lo ha contado? —pregunto sin poder creérmelo. No quiero que nadie lo sepa. Es
demasiado pronto.
—Muchacha,
no ha hecho falta.
—¿No?
¿Sabrá
John lo mucho que desea Tom tener un bebé?
—No.
Cuando lo he visto navegando por la sección de bebés de Harrods, ha saltado la
liebre. Y lo sonriente que está el hijo de puta todo el día.
Me
hundo en el asiento. Imagino que tiene a Zoe reuniendo toda clase de objetos de
lujo para bebé. También me imagino la cara de la dependienta cuando reciba la
lista de la compra... Si hace sólo unas pocas semanas que me ayudó a encontrar un
vestido despampanante para la cena de aniversario de La Mansión. Un par de
semanas después me ayudó con el vestido de novia, y ahora está buscando la
mantilla para el bautizo de nuestro bebé. ¿Qué pensará de nosotros? Que nos
hemos casado de penalti y a toda prisa porque me ha dejado preñada. Eso mismo
pensará todo el mundo, incluso mis
padres
y Dan. ¿Cuánto podré esperar antes de contárselo?
John
aparca en La Mansión y no tardo ni un minuto en saltar de su Range Rover y
subir los escalones de la entrada.
—Está
en su despacho.
—Gracias,
John.
Uso
mi llave y voy atravesando puertas, directa a la parte de atrás. Paso por el
salón de verano y sonrío para mis adentros cuando se hace el silencio. Miro de
reojo al grupo de mujeres; tienen una copa en la mano y cara de amargadas.
—Buenas
noches —les sonrío, y me responden entre dientes. Todavía sonrío más al pensar
en la cara que se les va a quedar cuando se enteren de que estoy embarazada.
Soy una engreída.
Al
acercarme al despacho de Tom, la puerta se abre y sale un hombre. Parece tenso
y aliviado a la vez. Es Steve. Lo veo distinto, va vestido y no lleva un látigo
en la mano. Me paro en seco, sorprendida, sobre todo porque sigue de una pieza.
Ahora no da la impresión de ser tan valiente.
—Hola
—tartamudeo, algo avergonzada—. Soy ______.
Me
quedo mirándolo, y sé que es de mala educación, pero no sé qué decir. No tiene
cardenales ni los ojos morados; no cojea y no parece que le hayan dado a elegir
entre entierro o incineración.—¿Cómo estás? —pregunto cuando mi cerebro no me
da una alternativa mejor.
—Bien
—dice. Se mete las manos en los bolsillos y parece estar incómodo—. ¿Y tú?
—Muy
bien. —Esto es muy raro. La última vez que lo vi, me había atado y me estaba
azotando con un látigo, era arrogante y adulador, pero ahora mismo no hay ni
rastro de ese hombre—. ¿Has venido a ver a Tom?
—Sí
—se ríe—. Lo he estado posponiendo. Quería disculparme.
—Ah
—digo. Mi cerebro se niega a cooperar.
Parece
que lo dice de corazón, pero si yo fuera hombre y Tom quisiera matarme, me arrastraría
y pediría clemencia. No cabe duda de que eso es lo que ha hecho, de lo
contrario no estaríamos hablando. Puede que hayan pasado varias semanas, pero
sé que mi hombre tenía la espinita clavada.
—También
me gustaría pedirte disculpas a ti. —Empieza a tartamudear—. Lo... siii...
sieeen... to.
Niego
con la cabeza. Ahora soy yo la que se siente avergonzada. Yo le pedí que me
azotara. Soy yo la que debería sentir remordimientos por haberlo puesto en el
ojo del huracán.
—Steve,
no debería habértelo pedido. Estuvo mal por mi parte.
—No
—sonríe, esta vez con dulzura—. Hace tiempo que camino por una línea muy fina.
Me he dejado llevar, he perdido el respeto por las mujeres que confiaban en mí.
En realidad, me has hecho un favor, aunque desearía no haberte hecho daño.
Yo
también le sonrío.
—Acepto
tus disculpas si tú aceptas las mías.
Saca
las llaves del coche y echa a andar.
—Disculpas
aceptadas. Nos vemos.
—Nos
vemos.
Abro
la puerta del despacho de Tom y lo encuentro de rodillas en el suelo. De
repente me vienen a la cabeza recuerdos muy dolorosos. No obstante, sigue
llevando el traje puesto y hay montañas y montañas de papeles esparcidas por el
suelo. Levanta la vista y se me encoge el corazón al ver una mirada de
cansancio en su hermoso rostro. Está tan concentrado que la arruga en su frente
se ve muy profunda.
—Hola.
Cierro
la puerta y su mirada pasa del cansancio a la felicidad en un nanosegundo.
—Aquí
está mi bella mujer —dice sentándose con las rodillas flexionadas y los pies
apoyados en el suelo. Abre los brazos—. Ven aquí. Te necesito.
Me
acerco despacio.
—¿Me
necesitas o lo que necesitas es que me ocupe de todos estos papeles?
Me
pone morritos y agita los brazos, impaciente.
—Las
dos cosas.
Me
siento entre sus muslos y me echo atrás hasta que tengo la espalda apoyada en
su pecho. Me rodea con los brazos y hunde la nariz en mi pelo. Inspira con
fuerza.
—¿Cómo
te encuentras?
—Mejor.
—Me
alegro. Lo paso fatal cuando no estás bien.
—Pues
entonces no deberías haberme dejado embarazada a traición —respondo, cortante,
y me gano un toque de rodilla en las costillas—. He visto a Steve.
—Mmm.
—Me muerde la oreja.
—¿Le
has preguntado si prefería que lo enterraran o que lo incineraran? —Sonrío al
recibir otro toque de rodilla.
—En
realidad le he ofrecido una rama de olivo. El sarcasmo no te pega, señorita.
Me
ha dejado sin habla. Me habría apostado la vida a que el pobre hombre tenía los
días
contados.
—¿Qué
te ha hecho ser tan razonable?
—Yo
siempre soy razonable. Eres tú, mi bella mujer, la que no lo es.
No
voy a discutir con él. Tampoco me voy a reír ni a burlar, pero su comentario me
ha recordado una cosa.
—¿Qué
tiene de razonable encargar que me roben el coche? ¿Y cómo lo has hecho, si no
tienes la llave?
—Con
una grúa —contesta sin vergüenza y sin darme más explicaciones.
Cojo
unos papeles, cualquier cosa para contenerme y no empezar una discusión sobre
lo
imposible
que es.
—¿Qué
tal tu día? —me pregunta.
Intento
disimular y no ponerme tensa, y me doy una patada en el culo por haber huido de
entre sus brazos para que no lo note. Ahora que está tan relajado no quiero
preocuparlo con menudencias tales como las amenazas vacías de sus ex amantes
despechadas.
—Productivo.
¿Nos ponemos con esto?
Gruñe
pero me suelta.
—Bueno...
Pasamos
una hora organizando un sinfín de papeles, recibos, contratos y facturas. Los
he
ordenado
por fecha en varios montones y les he puesto una goma elástica para que no se
pierda ninguno. Tom se desploma en su silla y empieza a jugar con el ordenador.
Lo observo mientras termino de colocarle la goma al último montón. Está
moviendo el ratón. La arruga de la frente es una recta perfecta. Siento
curiosidad. Me levanto a ver qué lo tiene tan absorto, aunque sospecho que ya
lo sé. Rodeo su mesa y me mira, luego apaga la pantalla a toda prisa.
—¿Cenamos?
Se
pone de pie.
Lo
miro sin fiarme un pelo y enciendo la pantalla. Tal y como imaginaba: cosas de
bebés por todas partes. Tiene abiertas varias pestañas y está consultando los
catálogos de todas las marcas imaginables. Incluso hay una de pañales ecológicos.
Me vuelvo con una ceja levantada pero no puedo enfadarme con él, y menos aún
cuando se encoge de hombros, avergonzado, y empieza a morderse el labio
inferior.
—Sólo
estaba investigando un poco —dice. Agacha la cabeza y araña la moqueta con los
zapatos.
Me
derrito. Quiero darle un abrazo. Y eso hago. Lo abrazo a él y abrazo su
entusiasmo... con ganas.
—Sé
que estás muy emocionado, pero ¿podríamos esperar un poco más para contarlo?
—Quiero
gritarlo a los cuatro vientos —protesta—. Quiero contárselo a todo el mundo.
No
parece el mismo hombre. ¿Qué ha sido del capullo arrogante y orgulloso al que
conocí en este mismo despacho?
—Ya
lo sé, pero sólo estoy embarazada de unas pocas semanas. Trae mala suerte. Las
mujeres suelen esperar hasta la primera ecografía, por lo menos.
—¿Cuándo
será eso? La pago yo. Te la haremos mañana mismo.
Me
echo a reír.
—Es
demasiado pronto para una ecografía. Además, de eso se encarga el hospital.
Me
mira como si tuviera dos cabezas.
—¡No
vas a tener a mi bebé en un hospital de la seguridad social!
—Creo...
—No,
______. No admito discusión y punto —dice con ese tono de voz, el que he
aprendido a no desobedecer jamás—. De ninguna manera. —Niega con la cabeza.
Está
claro que la idea lo horroriza.
—¿Qué
crees que van a hacer?
—No
lo sé, pero no pienso averiguarlo.
Me
coge de la mano y me conduce en dirección a la puerta de su despacho.
—Los
dos pagamos impuestos. Es un privilegio tener un sistema nacional de salud.
Deberías estar agradecido.
—Lo
estoy, es maravilloso, pero no vamos a hacer uso de él. Punto.
—Neurótico
—musito mirándolo con una sonrisa.
Me
la devuelve, aunque sé que intenta seguir serio.
—Más
o menos —contesta—. Me gusta ese vestido.
Su
mirada vaga por el delantero de mi vestido de color nude entallado y con falda
lápiz. A mí también me gusta.
—Gracias.
—Ven,
quiero enseñarte algo.
Abre
la puerta y me pone la mano en la cintura para llevarme.
—¿Qué
es? —pregunto dejando que guíe mi cuerpo por el pasillo.
Me
dan escalofríos cuando su boca me susurra al oído:
—Ahora
verás.
Siento
curiosidad y también... me ha dejado sin aliento. Le basta con susurrarme y con
tocarme con una mano para que mentalmente le suplique que me haga suya. Es
posible que sea cosa del embarazo. O puede que sea él. Es él, seguro, pero las
dos cosas juntas van a meterme en un buen lío sexual.
Pasamos
junto a los socios de La Mansión en el salón de verano. Tom saluda con una
inclinación de la cabeza y yo les sonrío con dulzura. Subimos la escalera y
seguimos por el pasillo que lleva a la ampliación.
Abre
la puerta de la última sala, esa de la que salí corriendo, en la que me senté
en el suelo para bocetar y en la que recibí una advertencia de Sarah. No me
gusta especialmente, pero cuando entro empiezo a ver el conjunto. Trago saliva.
Ya
no es un cascarón vacío de escayola y suelos de madera. Es un lugar palaciego,
decorado con materiales suntuosos en negro y dorado. Camino lentamente observándolo
todo, sumergiéndome en el increíble espacio. La enorme cama que dibujé ha
cobrado vida y preside la habitación. Las sábanas son de satén dorado con calas
negras de encaje bordadas. De las ventanas cuelgan pesadas cortinas de oro del
mismo material, y el suelo es suave y mullido bajo mis tacones. Estoy sobre una
gigantesca alfombra de pelo largo, tan gruesa que no me veo los pies. Recorro
las paredes. Una de ellas está
cubierta
por el papel que yo misma escogí y las otras tres están pintadas de oro mate, a
juego con las cortinas y la ropa de cama. Es casi una réplica exacta de mis
dibujos.
Me
vuelvo para mirar a Tom.
—¿Lo
has hecho tú?
Cierra
la puerta.
—Le
di tus dibujos a alguien y le dije que los hiciera realidad. ¿Se acerca?
—Mucho.
¿Cuándo?
—Eso
da igual. Lo que importa es que te gusta.
Está
intentando interpretar mi reacción, parece preocupado y algo nervioso.
—Es
perfecta.
Era
obvio que estaba nervioso, porque acaba de relajarse y parece otro.
—Es
nuestra.
Abro
unos ojos como platos.
—¿Nuestra?
«¿Eso
qué quiere decir? ¿Pretende que vivamos aquí? No pienso vivir aquí.»
Capta
mi preocupación porque sonríe un poco.
—Nadie
ha estado, ni estará, en esta habitación. Ésta es nuestra. Si estoy trabajando
y estás aquíconmigo, a lo mejor te apetece dormir o descansar un rato.
—¿Quieres
decir cuando se me hinchen los tobillos o esté dolorida y agotada por el peso
del bebé?
De
repente me asalta un pensamiento horripilante. Vamos a tener un niño, vamos a
ser un familia, y La Mansión seguirá estando presente en nuestras vidas. El
padre de mi hijo tiene un club de sexo. Cuando nazca no querré traerlo aquí
nunca, y si Tom está trabajando, apenas podré verlo.
Prácticamente
no tendrá tiempo para nosotros. Los sentimientos aterradores de inseguridad
todavía yacen latentes pero, ahora que me he dado cuenta de lo que nos espera,
amenazan con asomar su fea cabeza y hacerme retroceder unas cuantas casillas.
Nunca se deshará de este lugar. Eso ya me lo ha dejado claro. Era el bebé de
Carmichael.
—Lo
que quiero decir es que estará aquí para cuando la necesitemos —dice en voz
baja.
No
quiero necesitarla. Si no estuviéramos aquí nunca, entonces no la
necesitaríamos. Pero me callo. La ha hecho realidad para mí, así que aparto la
mirada de los tiernos ojos cafeces de Tom y la poso en las paredes oro pálido.
No hay cuadros, ni fotos, ni nada colgando de ellas.
Excepto
la cruz.
No
puedo dejar de mirar el gigantesco crucifijo de madera. A cada extremo del
madero horizontal hay unos grilletes, brillantes, de oro, unas intrincadas
piezas de metal clavadas en los extremos para sujetar algo en su sitio.
Para
sujetar a una persona.
Despacio,
miro a Tom, que no me quita la vista de encima. Quiere ver cómo reacciono ante
la pieza.
—¿Por
qué está eso aquí?
—Porque
yo lo pedí.
Se
ha metido las manos en los bolsillos, está callado y tiene las piernas
ligeramente separadas.
—¿Por
qué?
—Creo
que puede... ayudar —dice. Se le han puesto los ojos vidriosos y se muerde el
labio
inferior.
¿Ayudar?
¿Con qué? ¿Cómo va a ayudarnos a solucionar nuestros problemas un crucifijo de madera?
Ni siquiera sé con qué necesitamos ayuda. Pese a mi confusión, el corazón me
late cada vez más de prisa. Él está ahí de pie, con las intenciones escritas en
esa frente que quita el sentido. Está causando estragos en mis constantes
vitales.
—¿Con
qué necesitamos ayuda? —Mi voz es un murmullo ronco cargado de deseo.
Mis
constantes vitales se vuelven locas cuando se me acerca lentamente.
—Lo
quieres salvaje —dice en voz baja—, y no me siento cómodo sabiendo que llevas a
mi bebé en el vientre.
Se
quita los Grenson y los calcetines, luego desliza la chaqueta por los hombros y
la deja sobre la cama.—Le he dado muchas vueltas y he inventado el polvo de
compromiso.
Se
me corta la respiración y, por alguna razón que no comprendo, retrocedo. No sé
por qué. Confío en él, pero me sorprenden sus intenciones.
—No
lo entiendo.
Tira
del nudo de la corbata y se desabrocha los botones de la camisa.
—Ya
lo entenderás.
La
deja entreabierta para que mis ojos sólo puedan ver parte de su pecho. Cruza la
habitación, abre un armario y trastea con algo. Luego la música más espiritual
y provocadora inunda la habitación poco a poco.
Me
pongo tensa.
—¿Qué
es eso? —pregunto mientras se acerca a mí y me acaricia con su aliento.
—Sexual,
del Afterlife Mix de Amber —dice con ternura—. Muy apropiado, ¿no te parece?
No
podría estar más de acuerdo, pero mi boca se niega a hablar para decírselo.
—No
tiene que ser siempre sexo duro, _____. Mando yo, sin importar de qué modo
prefiera hacerte mía. —Me empuja suavemente hasta que estoy delante de la
cruz—. Además, lo que te gusta no es el sexo duro, es que te haga mía sin
titubeos —dice con voz grave y segura, como debe ser. Tiene toda la razón. Es
el poder que tiene sobre mí, no sólo el poder de su cuerpo.
—¿No
vas a volver a echarme un polvo de entrar en razón? —pregunto con un hilo de
voz.
Sus
labios esconden una sonrisa.
—¿Vas
a volver a llevarme la contraria?
—Es
probable —susurro.
—Entonces
no me cabe duda, mi querida seductora, de que lo haré. —Me pone un dedo bajo la
barbilla y me levanta la cabeza—. Si quiero follarte a lo bestia y hacerte
gritar, lo haré. Si quiero hacerte el amor y hacerte ronronear, ______, lo
haré.
Me
besa con dulzura, se me cierran los párpados y mi respiración se vuelve
irregular.
—Si
quiero atarte a esa cruz, lo haré. —Lleva una mano a mi espalda y hace
descender la
cremallera
del vestido. Me lo baja y se agacha para que pueda terminar de quitármelo. En
su ascenso, me besa todo el cuerpo. Toma mi mano y besa mi anillo de boda—.
Eres mía, así que haré contigo lo que me plazca.
Sigo
con los ojos cerrados y la cabeza gacha. Mi respiración es leve y superficial,
y mis oídos están saturados de las notas lentas y sensuales de la música. La
piel me arde. Que me haga lo que quiera. Que me tome como quiera.
Me
quita el sujetador, me levanta el brazo y, con la mano, toco el grillete de
oro. Se cierra sobre mi muñeca y me besa otra vez antes de guiar mi otra mano
al otro grillete.
Estoy
atada, expuesta en la cruz, a su merced. Pero estoy cien por cien a salvo y
cien por cien cómoda.
—Nena,
mírame —susurra acariciándome la mejilla.
Levanto
los pesados párpados y sus hermosos ojos cafeces de puro amor me dejan tonta.
—Dime
que nunca antes habías hecho esto.
Es
el único pensamiento que me distrae. Cuando estuve en el salón comunitario no
vi nada que sugiriera este nivel de intensidad y de intimidad entre dos
personas, pero no me quedé mucho rato y, aunque lo que presencié fue intenso,
no había nada de amor en aquello. Entre nosotros, sí. Desliza la mano por mi
nuca y tira para que nuestras caras estén lo más cerca que pueden estar sin
tocarse.
—Nunca.
Su
boca cubre la mía con ternura y cierro los ojos. Me abro a sus labios, con
gusto pero sin prisa.
Me
siento tranquila y relajada mientras su lengua acaricia mi boca, se retuerce,
me lame y se retira para volver a entrar y continuar seduciéndome poco a poco.
No me molesta no poder abrazarlo. Me sujeta el cuello con firmeza, me besa como
si fuera de cristal y yo no puedo tocarlo. Su boca me da todo lo que necesito.
No siento deseos de un contacto más fiero. Esto es simplemente perfecto.
Traslada
la boca a mi oreja. Pasa la lengua por el borde de mi lóbulo y le acerco la
mejilla en busca de una caricia más profunda. La sombra de su barba es una
vieja conocida. No paro de estremecerme. La sensual rutina de sus labios me
provoca un hormigueo constante en cada centímetro de mi piel. Luego abandona mi
oreja y se aparta.
—Abre
los ojos, nena.
Tengo
que echar mano de toda mi decisión para obedecer y ver cómo se quita la camisa.
Su piel ligeramente bronceada y su cuerpo tonificado son un placer para mi
vista, que vaga por el amplio territorio de su pecho, por sus pectorales, por
su abdomen y su cicatriz. Es una visión que me hace desear no tener las manos
atadas. Sin embargo, pronto olvido mis ganas de tocarlo porque se quita el cinturón,
se desabrocha el botón del pantalón y la bragueta y se baja los pantalones por
los muslos robustos.
Está
de pie delante de mí, desnudo y fenomenal. Ya no me siento tan tranquila. Estoy
luchando contra el impulso de intentar quitarme los grilletes y gritarle que
quiero tocarlo. Se da cuenta de que voy perdiendo el control porque en un
nanosegundo se ha pegado a mi cuerpo, mirándome a los ojos.
—Deja
que la música te envuelva, ______. Contrólalo.
Lo
intento, pero con sus músculos en contacto con mi cuerpo maniatado me es muy
difícil.
—No
puedo —confieso sin ningún pudor. No siento vergüenza. Me estoy consumiendo.
Cierro
los ojos otra vez para sacar fuerzas de flaqueza y obedecerlo. De repente tengo
las manos tibias y me doy cuenta de que ha envuelto mis puños con sus manos.
Abro los puños en silencio para que vea que colaboro, y me suelta antes de
deslizar los dedos por el interior de mis brazos. Se me pone la carne de
gallina a su paso, hasta que llega a mi pecho y me coge las tetas con ambas
manos. Cierro los ojos pero sé que su boca se acerca. Siento su aliento en mi
pecho derecho. Su táctica es precisa.
Chupa,
lame, me besa el pezón y vuelta a empezar. Chupa, lame y besa. Echo la cabeza
atrás, suspiro en silencio y dejo la cabeza muerta. Un cosquilleo bulle entre
mis piernas y late a un ritmo constante.
Sus
dientes se cierran sobre mi pezón y levanto la cabeza con un grito. No me
suelta, a pesar de que es evidente que me duele. Me mira a través de sus largas
y espesas pestañas y me dice que aguante. No voy a rendirme. No voy a pedirle
que pare. Bloqueo el dolor y lo miro, decidida. Sonríe con mi pezón entre los
dientes. Sé que he hecho bien en bloquearlo. Me suelta, la sangre vuelve a
fluir y luego chupa mi pezón para devolverle la vida. Dejo escapar un profundo
gemido.
—Mi
hermosa mujer está aprendiendo a controlarlo —masculla bajándome las bragas y
dándome un golpecito en cada tobillo para quitármelas. Se abre camino a besos
entre mis pechos y mi garganta. Vuelve a mis labios, me coge con delicadeza el
coño y, lentamente, me penetra con dos dedos. Estoy jadeando al instante—. Chsss
—susurra—. Disfrútalo, ______. Siente cada pizca de placer que te regalo.
Saca
los dedos y vuelve a metérmelos. Empuja hacia arriba, hasta el fondo. Puede ser
tierno y comedido, pero mis músculos se aferran con fuerza a él. De pronto, ya
no están, pero antes de que pueda protestar por la retirada siento la punta
empapada de su polla en el clítoris. A él también le cuesta coger aire, aunque
estoy demasiado ebria de sus ardientes caricias como para decirle que lo
controle.
Me encantaría decirle que lo controle. Restriega la punta, dura y resbaladiza
por mi sexo, levanta la cabeza y respira en mi boca. Nos miramos fijamente, con
total adoración, y acerca los labios despacio y me besa. Es un beso pasional,
cargado de deseo y de devoción. Esta vez gemimos los dos, los dos nos quedamos
sin aliento y a los dos nos tiemblan las rodillas.
—¿Aguantan
bien tus brazos? —masculla en mi boca.
—Sí.
—¿Estás
lista para que te posea, ______? Dime que estás lista.
—Estoy
lista —digo, en una nube.
Se
encorva y se queda suspendido a las puertas de mi sexo; luego suelta mis
labios.
—Abre
los ojos para que te vea, nena.
Obedezco;
su magnetismo los atrae allá donde deben estar. Observo cómo se desliza hacia
mi interior sin prisa.
—Dios
—exhalo manteniendo el contacto visual, no quiero romper nuestra increíble
intimidad.
—Jesús
—resopla, niega con la cabeza y un velo de sudor se materializa en su frente
cuando me pasa los brazos por debajo del culo y lo levanta a la altura de sus
estrechas caderas.
Coge
impulso y arremete hacia adelante con un gemido ronco. Acerca la boca y me
muerde la garganta. Ladeo la cabeza y cierro los ojos mientras me lame el
cuello sin prisa. Termina con un tierno beso en mi oreja.
—Yo
marco el ritmo —masculla—. Y tú me sigues.
Sus
palabras me hacen tragar saliva y volverme hacia su boca. Capturo sus labios y
lo adoro mientras me bendice con los avances constantes, consistentes y
controlados de sus caderas.
Mete
y saca. Mete y saca. Mete y saca.
Cuando
estamos así no existe nada ni nadie más. Nos hallamos rodeados por esta música
tranquila,
los dos estamos en paz, pero los dos nos hemos quedado pegajosos, resbalando
por la piel del otro y enajenados de placer.
Me
la saca y me la vuelve a meter. Me está llenando entera, y no sólo con cada una
de sus
estocadas
perfectas. Mi corazón también está lleno. Está repleto de un amor fiero, fuerte
e inmortal.
Me
penetra una vez más pero su respiración es muy superficial.
—Vas
a correrte —digo. Mis palabras son una dulce bocanada de aire.
—Aún
no.
Cierra
los ojos con fuerza y la arruga de la frente va de una sien a otra pero
mantiene el ritmo constante. Su autocontrol es increíble. En cambio, yo estoy
llegando rápidamente a donde necesito llegar. Sólo de verle la cara una espiral
de placer desciende hacia mi vientre y me preocupa acabar antes que él.
Jadeo
y poso los labios en los suyos. Esta vez soy yo la que lo provoca, y él acepta
de buena gana.
Su
lengua entra en mi boca y traza grandes círculos entrelazada con la mía. Sus
dedos se clavan en mi culo y me levanta un poco más alto para poder penetrarme
con más profundidad. Me la clava hasta el fondo y grita en mi boca cuando
suelto sus labios y me refugio en el hueco de su cuello. Reprimo un grito en
cuanto empiezan los espasmos febriles. Me penetra intensamente, se retira
despacio y fluye de vuelta sin perder el control.
—Jesús,
María y José —gruñe en voz baja retirándose y embistiéndome de nuevo con una
última estocada demoledora.
—¡Tom!
—Le clavo los dientes en el hombro mientras cabalgo las violentas pulsaciones
que se disparan a todos los rincones de mi cuerpo. Arquea la espalda, grita, me
aprieta las nalgas al correrse, y entonces recibo su tibia esencia, que me
desborda, me calienta y me completa. Estoy mareada y no puedo moverme pero, por
extraño que parezca, me siento más fuerte que nunca.
Tiene
la cara enterrada en mi cuello y yo tengo la mía en el suyo. A pesar de lo
tranquila que ha resultado la sesión amatoria, el final no ha sido un tranquilo
paseo hacia el orgasmo, ni una explosión acelerada y frenética. Hemos
encontrado el punto intermedio, una mezcla del Tom gentil y del señor del sexo
dominante que tanto me gusta.
—Ha
sido perfecto —le susurro al oído.
Ahora
sí que necesito abrazarlo, pero no me hace falta decírselo, ya está cogiéndome
en brazos con una mano y quitándome los grilletes con la otra. Luego cambia de
mano. A pesar de que se me han dormido los brazos, encuentro la forma de
agarrarme a sus hombros. Lo abrazo con todo mi ser. Lo aprieto fuertemente con
los muslos y apoyo la mejilla en su hombro mientras me lleva a la cama y me acuesta
debajo de él. El satén frío es un agradable contraste con mi espalda sudada, y
no se me pasa por alto que Tom no está dejando caer todo su peso sobre mí.
—¿Te
gusta nuestra habitación? —me pregunta con la nariz escondida en mi pelo.
Sonrío
mirando al techo.
—Le
falta una cuna. Ya sabes, para cuando traigamos al bebé aquí. —La idea es
dejarlo caer, y parece que surte efecto porque su cuerpo en recuperación se
queda inmóvil.
Se
levanta de encima de mí y se tumba a mi lado, con la cabeza apoyada en la mano
y el codo en la cama. Dibuja círculos con el dedo alrededor de mi ombligo.
—El
sarcasmo no te pega, señorita.
Pongo
cara de inocente. Sé que no supondrá la menor diferencia: me ha pillado.
—Una
cosa. —Levanta las cejas y una mirada muy seria desciende por mi cuerpo para
ver las rotaciones de su dedo—. Tienes barriga.
—¡No
seas tonto! ¡Si acabo de quedarme embarazada!
—No
soy tonto —replica acariciándome el vientre con la palma de la mano—. Es muy
pequeña, pero está ahí. —Se agacha y me besa en la barriga antes de volver a
apoyar la cabeza en la otra mano—. Conozco este cuerpo, y sé que está
cambiando.
Frunzo
el ceño y me miro el vientre. A mí me parece que está plano. Se está imaginando
cosas.
—Lo
que tú digas, Tom. —No voy a discutir después del momento perfecto, aunque me
muera de ganas de darle una bofetada por insinuar que he cogido peso.
Vuelve
a agacharse y acerca la boca a mi abdomen.
—¿Lo
ves, cacahuete? Tu madre está aprendiendo quién manda aquí.
—¡Nada
de cacahuete! —Levanto la cabeza y lo miro de mala manera. Él me sonríe—. Ya
puedes
ir pensando otro nombre. No vas a llamar a nuestro bebé igual que esa cosa
asquerosa con la que estás obsesionado y que engulles a diario.
—Estoy
obsesionado contigo y también te devoro a diario, pero no puedo llamar al bebé
pequeña seductora desobediente.
—No,
eso no estaría bien. Pero podrías llamarlo «nena». —Ahora soy yo la que se ríe.
Se
levanta de un salto y se sienta sobre mis caderas. Me sujeta las manos junto a
la cabeza pero sin apoyarse en mi vientre.
—Lo
llamaremos cacahuete.
—Jamás.
—¿Te
echo un polvo de entrar en razón?
—Sí,
por favor —contesto con demasiadas ganas y una enorme sonrisa.
Se
ríe y me da un beso casto.
—El
embarazo te está convirtiendo en un monstruo. Vamos. Mi mujer y el cacahuete
deben de tener hambre.
—Tu
mujer y el bebé tienen mucha hambre.
Le
brillan los ojos cuando me levanta de la cama. Me viste antes de ponerse el
bóxer, los
pantalones
y la camisa. Le aparto las manos y le abrocho los botones mientras él me
observa en silencio. Le meto la camisa por dentro de los pantalones y apoyo la
mejilla en su pecho mientras me tomo mi tiempo para dejarlo presentable.
—¿Cinturón?
—pregunto apartándome un poco.
Se
agacha y lo recoge del suelo. Me lo da con una sonrisa divertida. Lo cojo, le
devuelvo la sonrisa, lo paso por las trabillas del pantalón y se lo abrocho.
—Ya
estás.
—No
—dice señalando los zapatos—. Si vas a hacer algo, hazlo bien.
Ignoro
su insolencia y hago que se siente en el borde de la cama. Me arrodillo delante
de él con el culo sobre los talones y empiezo a ponerle los calcetines.
—¿Está
bien así, mi señor? —Tiro del vello rubio que le cubre la base de la espinilla.
Da
un respingo.
—¡Joder!
—Se frota la espinilla—. Eso sobraba.
—No
seas descarado —le contesto, cortante.
Le
dejo los zapatos junto a los pies y me levanto.
Se
los pone y se levanta; recoge la chaqueta, mete la corbata en el bolsillo y no
deja de mirarme con el ceño fruncido.
—Eres
un monstruo.
Le
sonrío con dulzura. La arruga de la frente desaparece y sus labios se relajan.
—¿Listo?
Asiente,
me coge de la mano, me saca de nuestra habitación y me conduce al bar. Me deja
en el taburete de siempre y Mario aparece en un santiamén.
—¡Señora
Kaulitz! —Su voz y su acento alegre me ponen siempre de buen humor.
Sonrío.
—Mario,
llámame _______ —lo regaño en broma—. ¿Cómo te va?
—¡Va!
—Se echa el trapo al hombro y se acerca—. Muy bien, gracias. ¿Qué le apetece
tomar?
—Dos
botellas de agua —interviene Tom—. Sólo agua, Mario.
Le
dedico una mirada de crítica a mi marido, que se ha sentado en el taburete
libre que había a mi lado.
—Me
gustaría tomar un poco de vino con la cena.
Mi
mirada de reproche no lo conmueve ni un poco. De hecho, ni siquiera me mira.
—Puede,
pero no hay vino para ti. Dos botellas de agua, Mario. —Esta vez no se lo está
pidiendo, sino que se lo está ordenando y, a juzgar por la expresión asustada
del camarero, no volverá a ofrecerme alternativas al agua.
Mario
corre a la hilera de neveras que hay detrás de la barra mientras yo observo a
Tom, que se niega a mirarme a la cara. Le hace un gesto a Pete para que se
acerque.
—Dos
filetes, Pete. Uno al punto y otro muy hecho. Sin sangre.
La
cara de confusión de Pete salta a la vista, y la que pongo yo, de escepticismo,
también.
—Eh,
vale, señor Kaulitz. ¿Con ensalada y patatas nuevas? —pregunta Pete, que me
observa con aire de no entender nada. Yo estoy demasiado ocupada admirando a mi
marido imposible como para saludarlo.
—Sí,
y asegúrate de que uno de los filetes está cocido del todo. —Tom coge la
botella que le ofrece Mario y empieza a servirme un vaso—. ¿El aliño lleva
huevo?
Me
atraganto y toso. Ni se entera. Está muy ocupado mirando a Pete con una ceja
enarcada. El pobre hombre no tiene ni idea de lo que está pasando.
—No
lo sé. ¿Quiere que lo pregunte?
—Sí.
Si lleva huevo, que no le pongan aliño ni al filete ni a la ensalada.
—De
acuerdo, señor Kaulitz.
Mario
y Pete se retiran y nos quedamos a solas en el bar, yo asombrada y en silencio
y Tom sirviendo agua para no tener que mirar a su esposa. Sabe que lo estoy
observando boquiabierta, vaya si lo sabe.
Me
vuelvo para mirar al frente, tranquila y sosegada, pero por dentro estoy que
muerdo. No puedo contenerme.
—Si
no vas a esa cocina, cambias mi comanda y me traes una copa de vino, voy a
estar un paso más cerca de irme a casa de mis padres lo que me queda de
embarazo —le espeto.
Ahora
sí que me mira. Sus sorprendidos ojos cafeces me están taladrando el perfil.
Cojo mi vaso de agua y me vuelvo hacia él.
—No
vas a decidir mi dieta, señor Kaulitz.
—Ya
te has emborrachado una vez estando embarazada —sisea en voz baja. No está
contento, y yo tampoco.
—Estaba
cabreada contigo. —Todavía parezco tranquila y sosegada, pero me siento
culpable.
Levanta
las cejas.
—¿Así
que vas y lo pagas con mi bebé?
El
resentimiento le sale a borbotones.
—Deja
de decir «mi bebé». Es nuestro.
—¡Eso
mismo quería decir!
—Entonces
¿no te preocupas por mí? ¿Ya no te preocupa mi seguridad? —Espero que reaccione
a mis palabras.
Debo
de haberlo dejado de piedra porque no contraataca. Sólo se muerde el labio
inferior con ganas. Los engranajes trabajan a mil por hora. Por fin suspira y
gira el taburete para no verme. Se lleva las manos al pelo castaño oscuro.
—Mierda
—maldice en voz baja—. ¡Mierda, mierda, mierda!
—Lo
digo en serio, Tom. —Le recuerdo mi amenaza.
Necesito
que sepa que no voy a consentírselo. Hice mal en salir por ahí y emborracharme sabiendo
que estaba embarazada, pero fue el resultado de lo que me hace este hombre, de
lo que provoca en mí. No volveré a emborracharme, pero una copa pequeña de vino
tinto no va a hacerme daño, y un filete con un poco de sangre es inofensivo. Y
no quiero ni hablar de los huevos.
Cierra
los ojos con fuerza, respira hondo y me mira. Deja mi botella de agua sobre la
barra y luego me coge las manos.
—Lo
siento.
Estoy
a punto de caerme del taburete.
—¿De
verdad? —digo. Hay un matiz de sorpresa en mi voz. Y eso que mi amenaza iba en
serio.
Pero
no esperaba que me tuviera en consideración.
—Sí,
lo siento. Voy a tardar un poco en acostumbrarme.
Me
echo a reír.
—Tom,
esto ya es bastante duro sin tener que lidiar con un hombre controlador. No lo
tenía planeado, ni siquiera me había parado a pensarlo. No te necesito encima
de mí a todas horas, diciéndome qué hacer y qué no y vigilando todo lo que
como. Por favor, no me lo hagas aún más difícil. —He empezado entre risas pero
he terminado el discurso muy seria. Todo lo que he dicho es la pura verdad, y
lo sabe: sus ojos apenados me lo confirman.
Sé
que no puede evitarlo, pero tendrá que hacerlo. Necesito que vea que todo va
bien, a ver si así se relaja. Es un plan muy ambicioso si tenemos en cuenta que
apenas está aprendiendo a controlar su forma imposible de ser cuando se trata
de mí.
Suspiro,
bajo del taburete y me coloco entre sus piernas.
—Quiero
que mi bebé tenga un padre. Intenta relajarte para que no te dé un infarto del
estrés —.digo, y le como la cara a besos.
—Mmm.
Lo intentaré, nena. Lo estoy intentando, de verdad, pero ¿no podemos llegar a
un acuerdo?
—¿Qué
clase de acuerdo?
Me
coge del pelo y aparta mis labios de su cara. Hace un mohín.
—Por
favor, no bebas —me suplica con la mirada.
Me
doy cuenta de lo importante que es para él. Es un ex alcohólico, aunque no
quiera admitirlo.
Que
eche un trago en circunstancias normales ya es muy desconsiderado por mi parte.
Que beba estando embarazada es mucho peor: es cruel.
—Vale
—asiento, y la cara de alivio que me pone me hace sentir fatal—. Ve y pídeme un
filete en condiciones. —Le doy un pico y me siento de nuevo en mi taburete—. Y
quiero aliño en la ensalada.
Me
acaricia la mejilla y me deja en el bar para cumplir con su obligación:
conseguirle a su esposa un filete al punto.
Miro
a mi alrededor y noto que hay mucha gente en el bar, no me había dado cuenta
cuando he entrado con Tom. Estábamos ocupados peleando y haciendo las paces.
¿Nos habrán oído? ¿Acabamos de desvelar, en un bar repleto de desconocidos, que
estoy encinta? Miro a un grupo y a otro, todos beben y charlan, pero el interés y la curiosidad que
todos sienten hacia mí cuando estoy en La Mansión es palpable. Veo a Natasha en
la esquina, con la mujer número uno y la número dos, y me quiero morir cuando
sus miradas se posan en mi vientre. Me pongo colorada y me vuelvo hacia la barra
para escapar de sus miradas inquisitivas. Es tan fácil olvidarse de todo y de
todos cuando
estamos
abrazados, cuando discutimos o hacemos las paces...
—Buenas
noches, ______. —El tono reservado de Gustav me saca de mis cavilaciones y
alucino al verlo en vaqueros. Lleva una camisa formal remetida por el pantalón
y el pelo negro tan repeinado como siempre, pero ¿vaqueros?
—Hola.
—No puedo evitar mirarlo de arriba abajo varias veces y, cuando lo noto
incómodo, me doy cuenta de que sabe que le estaba dando un repaso. Es de mala
educación y paro al instante—. ¿Cómo estás?
—Muy
bien, ¿y tú? —Saluda a Mario, que saca un botellín de cerveza de una de las
neveras y se la sirve.
—Muy
bien.
—Ah,
enhorabuena —dice levantando la cerveza en mi dirección, y luego le da un
trago.
Lo
miro, atónita. ¿Él también lo sabe?
—Pensé
que no lo verían mis ojos —añade negando con la cabeza.
—¡Sí!
—canturrea Mario—. ¡Un bebé!
Mi
suspiro de exasperación es alto y claro. Espero que mi querido marido lo oiga
desde la cocina, donde está asegurándose de que mi filete está rosa por dentro.
—Gracias.
—No sé qué otra cosa decir, hasta que Tom regresa al bar y preparo mi discurso mentalmente.
Se
me adelanta:
—Recuerda
que no es asunto nuestro.
—¿Qué?
—Frunzo el ceño cuando me dirige una mirada de advertencia. El problema es que
no sé de qué quiere advertirme—. ¿De qué estás hablando?
Pone
los ojos en blanco, coge su botella de agua de la barra y entonces los veo.
Georg
y Kate.
CAPITULO
# 22.-
—Pero
¿qué coño?
Bajo
de un salto del taburete pero vuelven a sentarme antes de que pueda decir nada
más.
—______
—dice Tom en tono severo.
No
voy a hacerle caso por ello, pero entonces recuerdo que Georg no sabe que Kate
le ha puesto los cuernos. Tom tampoco. Así que la pago con mi marido.
—¿A
quién más se lo has contado?
La
expresión de advertencia desaparece.
—A
unos pocos.
Me
muerdo el labio.
—Se
lo has contado a todo el mundo.
Este
hombre es increíble. Ni siquiera mis pobres padres saben que van a ser abuelos.
—Tal
vez.
—Tom
—gimo, abatida.
Su
adorable rostro hace que se me pase el enfado y, cuando se encoge de hombros
sabiéndose culpable, ya ni siquiera estoy molesta.
—¿Podemos
ir a visitar a mis suegros este fin de semana? —dice.
—Sí.
Más nos vale, o la noticia llegará a Cornualles antes que nosotros.
Sonríe,
me besa en la boca, me acaricia la barriga inexistente con la mano y me pasa la
lengua por los labios.
—Hace
usted de mí un hombre feliz, señora Kaulitz.
—Eso
es porque en este momento estoy dejando que te salgas con la tuya.
—No,
es porque eres preciosa, fogosa y mía.
—¡Tío!
—El alegre saludo de Georg nos distrae de nuestro momento.
Le
da a Tom una palmada en el hombro y me mira de cabo a rabo.
—Se
te nota —dice con la vista fija en mi vientre—. Tienes ese brillo sanote.
Me
da la risa y me muero por preguntar si los que me felicitan están también al
tanto de las circunstancias en las que se produjo el embarazo.
—Es
curioso, porque me paso el día hecha mierda —bromeo.
—¡Esa
boca, ______! —salta Tom, pero lo dejo con Georg y voy al encuentro de Kate.
—Vamos
a sentarnos en la esquina —digo sonriendo con dulzura. Parece que le da apuro,
y debería, pero no se resiste y deja que me la lleve lejos de los hombres, a
una pequeña mesa en la zona más tranquila del bar.
Prácticamente
la siento de un empujón.
—Muy
bien, Matthews, desembucha.
Esto
ya pasa de castaño oscuro, así que más le vale no venirme con excusas. No,
cuando se trata de mi hermano, y eso que ahora mismo no me cae muy bien.
—Entonces
¿es oficial? —pregunta tan contenta como si no hubiera oído mi orden.
—¿El
qué? —inquiero al tiempo que me siento en la silla que hay frente a ella.
—El
bebé —dice señalando con un gesto mi vientre—. Que no vas a deshacerte de él.
—¡Kate!
—susurro atónita mirando a las mesas de alrededor.
Estamos
a salvo, pero la frialdad de sus palabras me toca una fibra sensible que nadie
me había tocado desde que todo esto empezó. Me llevo la mano a la barriga en un
gesto protector, me siento muy culpable.
Sonríe.
—______,
sabía que no ibas a hacerlo.
No
tengo palabras.
—¿Por
qué no me lo dijiste antes?
—Porque
tenías que darte cuenta tú sola. —Mira a los hombres, que charlan en el bar—.
No lo entiendo, pero mírale la cara —dice sonriéndole a Tom con cariño—. Estuve
a punto de contárselo, ______.
Lo
sabía. Mi hombre está muy contento, pero siempre lo está cuando estamos juntos,
o siempre lo está cuando lo dejo salirse con la suya. Sea como sea, no puedo
negar lo feliz que me hace verlo así, y saber que es por mí y por su pequeño
cacahuete. Me pilla mirándolo y me guiña el ojo. Me siento feliz y segura, y
entonces me acuerdo de que mi amiga me debe una explicación o dos.
—¡Eh!
—le suelto—. ¡Tienes mucho que contarme!
Kate
se acerca y me mira como si la estuviera aburriendo. No me gusta esa mirada.
—Le
he dicho a tu hermano que se vuelva a Australia.
—Anda.
—Esa noticia me interesa—. ¿Y?
Se
encoge de hombros.
—No
sé si lo hará, pero no sé nada de él desde el sábado.
—Sabía
que estaba contigo —replico dirigiéndole una mirada de reprobación—. ¿Qué ha
pasado?
—Georg
—contesta en voz baja—. No es perfecto e ideal, pero estamos en ello.
—¿Por
La Mansión?
—Sí.
—¿Y
por qué habéis venido?
Si
están intentando eliminar La Mansión y las cosas raras de su relación, ¿no
debería evitar el lugar como la peste?
—Para
tomar una copa.
—Pero
os sentiréis tentados de... —Me estoy poniendo roja como un tomate y no me
gusta—. Ya sabes... —miro al techo—, ¿disfrutar?
Kate
rompe a reír como una histérica, dando palmadas en la mesa y todo.
—Ay,
______. Estás casada con el dueño de este lugar y eres tan mojigata que da
risa.
—Ya
lo veo —bufo, un tanto ofendida. No soy una mojigata.
Consigue
controlar la risa y me mira con cariño. No me entusiasma su sentido del humor,
pero me alegra ver que vuelve a ser la de siempre.
—A
partir de ahora sólo nos acostaremos el uno con el otro. —Lo dice como si le
hiciera gracia, pero parece muy seria. Le hace gracia que la mandíbula me
llegue al suelo, y lo dice muy seria porque sé que, a pesar de que su relación
con Georg es muy liberal, el chico le gusta de verdad, y eso es nuevo.
Cierro
la boca.
—Me
alegro por vosotros —digo simplemente. Estoy atónita, la verdad—. Entonces ¿por
qué habéis venido?
—Hay
habitaciones privadas —sonríe.
—¡Tu
cuarto es privado!
—Cierto,
pero no está amueblado... adecuadamente.
Cierro
la boca, abro unos ojos como platos y... me parto de risa. ¡Hay que joderse, la
muy
guarrilla!
—¡No
tienes vergüenza!
Me
río tanto que casi estoy llorando. Es genial poder compartir estas cosas con mi
feroz amiga, aunque hace unos meses nunca nos habríamos imaginado que
acabaríamos riéndonos así de estos temas. Clubes de sexo ultrapijos, el señor
de La Mansión del Sexo (con el que ahora estoy casada y esperando un hijo), los
socios monos y sexys de dicho local, y Kate experimentando con uno de ellos.
Mi
vida ha dado un giro de ciento ochenta grados.
—Eres
increíble —añado, burlona—. ¿Y con quién habéis estado jugando Georg y tú?
Antes de la nueva regla.
Se
le ilumina la cara.
—Con
cierto apuesto caballero de pelo negro y cara de pocos amigos.
—¡No!
Asiente
con los ojos muy vivos.
—Es
igual de serio en la cama. ¡Muy sexy!
—¡Calla!
—¡De
eso, nada!
Separa
las manos hasta que la distancia entre las palmas es de unos veinte
centímetros.
—Y
hace maravillas con ella.
—¡Ay,
Dios! ¡Para, por favor! —digo ahogando una estruendosa carcajada.
Se
recuesta en su silla y lucha por controlar la risa.
—Puede
que sea bueno, pero no tiene la habilidad y el aguante de Georg —sonríe—. Y no
me hace reír como ese adorable picarón.
No
puedo evitar sonreír de oreja a oreja. No lo ha dicho con tantas palabras, pero
acaba de confesar que le gusta Georg. Por fin avanzamos, y me alegro muchísimo.
—No
sabes cuánto me alegro de oírtelo decir. ¡Por fin!
—Sí
que lo sé —contesta Kate acercándose a la mesa—. Una cosa más y dejamos de
hablar de don Serio, ¿sí?
—Uy,
uy, uy. Esto parece interesante. —Me inclino a mi vez hacia adelante y nuestras
caras
quedan
a pocos centímetros de distancia—. Dispara.
—Lleva
un piercing.
—¿En
el pezón? —pregunto, muerta de la curiosidad.
Kate
niega con la cabeza. Me siento derecha y mido unos veinte centímetros con las
manos.
Asiente.
—¡No!
Miro
a Gustav, tan reservado y tan particular, y automáticamente mis ojos se posan
en su
entrepierna.
—¡No
se ve a través de los vaqueros, ______! —Mi amiga se troncha y yo no puedo
contener la risa.
Es
una risa incontrolable, de las de mearse en las bragas y sacudir la barriga sin
querer. Se me caen las lágrimas. Kate abre la boca y con la lengua se golpea el
interior de la mejilla.
—Casi
me parto un diente.
—¡No
más! —Me voy a caer de la silla. No puedo parar de reír.
—¿Qué
es tan divertido?
Me
enjugo las lágrimas e intento recobrar la compostura. Miro al señor de La
Mansión del Sexo, que observa con expresión divertida a su mujer, muerta de la
risa.
—Nada.
Seguro
que él estaba al tanto de todo y por eso me decía que me metiera en mis
asuntos.
Me
niego a mirar a Kate porque sé que lo está deseando. No voy a darle la
oportunidad de provocarme otro ataque de risa con una broma privada o una de
sus miraditas.
Tom
se sienta a mi lado.
—Tu
cena. —Le hace un gesto a Pete, que se acerca con una bandeja.
—Me
muero de hambre —digo. Le doy las gracias a Pete con una sonrisa cuando me
coloca el filete delante—. ¿Al punto? —pregunto metiéndome una patata en la
boca.
Pete
me sonríe afectuosamente.
—Tal
como a usted le gusta —responde pasándome un cuchillo y un tenedor. A
continuación le sirve su plato a Tom—. ¿Algo más, señor?
—No.
Gracias, Pete.
—Que
aproveche —dice Kate poniéndose en pie, pero entonces agito mi cuchillo en el
aire.
—No,
siéntate —le pido con la boca llena de patata—. Quédate, de verdad.
Tom
me coge de la muñeca y me pone la mano sobre la mesa.
—No
agites el cuchillo, ______ —me regaña.
Miro
el cubierto, que está en lugar seguro junto a mi plato.
—Perdona.
—Corto un trozo de filete y suspiro de gusto al llevármelo a la boca.
—¿Está
bueno? —me pregunta Tom. Está comiendo la mar de satisfecho.
—Como
siempre —confirmo antes de seguir hablando con Kate.
Lo
malo es que ahora que tenemos compañía no podemos seguir hablando de lo mismo
que antes.
De
hecho, no sé qué decir, porque no podemos charlar de cosas interesantes, y menos
cuando Georg y Gustav se unen a nosotros.
Mastico
más despacio. Gustav se sienta a un lado de Kate, y Georg, al otro. Nunca
volveré a verlos del mismo modo. ¡Mierda! No puedo dejar de mirar la bragueta
de Gustav. ¿Un piercing ahí abajo?
Jamás
me lo habría imaginado, y no puedo evitar que me entre la risa tonta, pese a
que tengo la boca llena de filete. Kate y yo nos miramos y ella se lleva la
lengua al interior de la mejilla.
Me
atraganto.
Estoy
tosiendo y escupiendo por todas partes. Tom deja los cubiertos en el plato y me
da
palmaditas
en la espalda.
—¡Joder,
mujer! No comas tan de prisa, no te lo van a quitar del plato.
Eso
no me ayuda. No puedo respirar, estoy intentando tragarme el trozo de carne a
medio masticar entre risas. Pese a las lágrimas, veo que Gustav y Georg me
miran perplejos y que la gamberra de mi amiga luce una enorme sonrisa en su
pálido rostro.
—Estoy
bien —digo resoplando y tosiendo para intentar despejarme la garganta—. Se me
ha ido por el otro lado.
—Ten.
—Tom me quita el cuchillo y el tenedor y me pone en la mano un vaso de agua—.
Bebe.
—Gracias.
—Acepto el vaso y me lo bebo de un trago.
Intento
no mirar a Kate, pero fracaso estrepitosamente. Me siento vulnerable, y su
talante
juguetón
es como un imán. Ahora está gesticulando como si estuviera haciendo una mamada,
mueve la mano arriba y abajo, masturbando una polla imaginaria delante de su
boca. Escupo agua en todas direcciones: encima de Gustav y de Georg. Tengo
buena puntería, porque también rocío a Kate. Georg y Gustav se levantan
volando, pero ella se queda donde está, muerta de la risa.
—Joder,
______ —exclama Tom cogiendo una servilleta—. ¿Qué demonios te pasa?
Me
limpia la boca mientras me parto de la risa. Georg y Gustav maldicen en voz
baja y Kate sigue riéndose sin parar.
—Lo
siento. —Carcajada—. Lo siento muchísimo.
Georg
y Gustav están secándose con las servilletas que ha traído Mario. No quiero
mirar a Kate, pero observo a mi alrededor: la mitad de los parroquianos no se
pierden un detalle de mi actuación estelar.
—¿Te
encuentras bien? —El tono de preocupación de Tom me devuelve a la realidad.
—Lo
siento —vuelvo a repetir—. No sé lo que me pasa.
Lo
sé perfectamente, y la muy sinvergüenza me insta en silencio a que la mire. No
lo hago. Cojo mis cubiertos, miro el plato y no pienso levantar la cabeza hasta
que haya terminado. Kate está disfrutando.
Georg
vuelve a tomar asiento.
—¿Esto
es lo que el embarazo les hace a las mujeres? —pregunta con una carcajada.
—Es
mejor que los cambios de humor —contraataca Kate.
—Ya
me avisaréis cuando empiecen —sigue Gustav—. Puedo soportar que me escupan,
pero no los azotes de una lengua viperina.
¡Ay,
Dios! Mi barriga y mis hombros empiezan a sacudirse en un nuevo ataque de risa.
Kate me sonríe al otro lado de la mesa. No obstante, esta vez lo controlo.
Agacho la cabeza y sigo comiendo.
—¿Has
terminado? —pregunta Tom retirándome el plato vacío y dándoselo a Pete.
—Mmm
—asiento echándome hacia atrás en la silla—. Estaba delicioso.
—Ya
lo vemos —tercia Gustav arqueando las cejas al tiempo que sigue la trayectoria
del plato reluciente hasta la bandeja de Pete.
—Despídete,
señorita. Es tarde.
Tom
se pone en pie, estrecha la mano de los chicos y le da un beso a Kate en la
mejilla.
Me
levanto a mi vez y los beso también a todos.
—Llámame
—le susurro a Kate al despedirme de ella.
—Lo
haré.
Salimos
del bar y Tom me mira inquisitivo.
—¿Se
le ha pasado ya, señora Kaulitz?
Lo
miro con las cejas en alto.
—Tú
estabas al tanto, ¿verdad?
—¿De
qué?
—De
Kate, Georg y Gustav.
Me
lleva hacia la salida principal pero no le quito el ojo de encima.
No
cabe duda: durante un segundo, parece sorprendido.
—¿De
eso te reías? ¿Te lo ha contado?
—Sí
—confirmo. Me gustaría añadir que me ha contado mucho, mucho más—. ¿Por qué no
me lo dijiste?
—¿Para
que te preocuparas y le dieras mil vueltas? —se burla.
—¡Yo
no hago eso! —protesto firmemente mientras nuestros pasos crujen sobre la
grava—.
¿Cojo
mi bola de nieve gigante?
—No,
tú te vienes conmigo. —Me lleva hasta el asiento del acompañante del DBS pero
no
protesto:
no quiero conducir el armatoste.
Arranca
el motor y conduce a una velocidad prudencial por el camino de grava. Hasta que
pone la mano sobre la mía no me doy cuenta de que me estoy tocando la barriga.
No necesito confirmación visual para saber que me está mirando, así que sigo
con la vista los árboles que desaparecen por la ventanilla. Entrelaza los dedos
con los míos y me estrecha la mano.
Sonrío
para mis adentros. Eso está muy bien.
HOLA!!! LA HORA ... LA 1:39 DE LA MAÑANA :)) ... AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO ... NO HAY PREGUNTAS POR HOY :D .. ADIOS
AJjajajjajajaja omg no esperaba eso ajajaja
ResponderBorrarSube pronto
Quinen lo diria de Gustav!!
ResponderBorrarTom no se aguanto y le conto a todos.
Siguelaa :)Quinen lo diria de Gustav!!
Tom no se aguanto y le conto a todos.
Siguelaa :)
:O jajaja yo también me reí bastante con el cap 22 jejeje hay (Tn) y Kate son un caso.. me encanto virgi espero los próximos caps..
ResponderBorrarSigueeeeeee
ResponderBorrar