CAPITULO
# 17.-
Me
despierto y oigo el zumbido. Me incorporo y de inmediato aparecen las náuseas,
así que vuelvo a tumbarme con un gemido. Me doy cuenta de mi error cuando se me
revuelve el estómago. No tengo tiempo para evaluar lo mal que me encuentro. Voy
a vomitar. Salto de la cama y corro al cuarto de baño. Casi no consigo llegar a
nuestro encantador lavabo para decorar la taza con la cena de anoche.
—No
—lloriqueo cortando un trozo de papel higiénico.
Ahora
nada está bien. Mi cuerpo rechaza mis felices pensamientos. Me quedo abrazada
al váter una eternidad, con la cabeza apoyada en los brazos, luchando contra
los sudores fríos y gimoteando en el gigantesco cuarto de baño.
—Mierda
—refunfuño—. ¿Por qué me haces esto? —le pregunto a mi vientre—. Eres tan
imposible
como tu padre.
Suspiro,
me levanto, vuelvo a la habitación y me pongo lo primero que pillo: la camisa
que Tom llevaba ayer. No intento arreglarme porque quiero que me vea sufrir.
Bajo la escalera y lo encuentro saliendo del gimnasio, espectacular en pantalón
corto y con una toalla sobre sus magníficos hombros.
El
pelo es un amasijo de mechones húmedos sobre su frente resplandeciente. Me pone
mala.
—Ay,
nena —susurra con cariño—. ¿Te encuentras muy mal?
—Fatal.
—Intento poner morritos, pero mi cuerpo exhausto no me deja. Estoy de pie
delante de él, con los brazos caídos y sin vida. Me compadezco de mí misma.
Me
coge en volandas y me lleva a la cocina.
—Iba
a preguntarte por qué no estás desnuda.
—Ni
te molestes —gruño—. Te vomitaré encima.
Se
ríe, me sienta en la encimera y me aparta el pelo de la cara macilenta.
—Estás
preciosa.
—No
mientas, Kaulitz. Estoy horrible.
—______...
—me regaña con dulzura.
No
pido perdón, más que nada porque apenas tengo fuerzas para hablar.
—Debes
comer.
Tengo
arcadas sólo de pensar en echarle comida a mi estómago. Niego con la cabeza,
suplicante.
Sé
que es una batalla perdida. No me dejará en paz hasta que haya desayunado.
Oigo
la puerta principal y a Cathy, que canturrea alegremente. Sólo llevo puesta la
camisa de Tom, pero ni siquiera puedo preocuparme por eso. Me quedo donde
estoy, tranquila, sin moverme y con unas náuseas espantosas.
—¡Buenos
días! —nos saluda dejando su enorme bolsa de tela en la encimera—. Ay, cielo,
¿qué te pasa?
Tom
contesta por mí, cosa que está muy bien porque yo he perdido el habla.
—______
está algo indispuesta.
Doy
un respingo. Se ha quedado muy corto. Pego la frente contra su pecho. Es como
si estuviera muerta.
—¿Las
temidas náuseas matutinas? Se te pasará —anuncia Cathy como si no pareciera que
estoy lista para entregar mi alma a Dios. Por lo visto, ella también está
enterada.
—¿De
verdad? —balbuceo pegada a Tom—. ¿Cuándo?
Me
acaricia la espalda y me besa el pelo pero no dice nada. Es buena señal, él
también quiere oír la respuesta.
—Depende.
Chico, chica, mamá, papá —dice la mujer poniendo la tetera al fuego—. Algunas mujeres
dejan atrás las náuseas a las pocas semanas. Otras lo pasan fatal durante todo
el embarazo.
—Ay,
Dios —aúllo—. No me digas eso.
—Chitón.
—Tom me hace callar y me masajea la espalda con más fuerza. Ni siquiera estoy
haciéndome
la blanda. Esto es mucho peor de lo que parece.
—¡Jengibre!
—exclama entonces Cathy.
La
extraña palabra que no tiene relación con nada me hace levantar la cabeza del
torso de mi marido.
—¿Qué?
—¡Jengibre!
—repite rebuscando en su bolsa.
Miro
a Tom, que parece igual de perdido.
—Necesitas
jengibre, querida —explica sacando un paquete de galletas de jengibre—. He
venido preparada. —Aparta a Tom, abre el paquete y me ofrece una galleta—.
Tómate una todas las mañanas nada más levantarte. ¡Hace milagros! Verás, come.
Con
Tom vigilante y Cathy haciendo de madre no tiene sentido rechazar la galleta.
La agarro y le doy un pequeño mordisco.
—Te
asentará el estómago. —Me dedica una cálida sonrisa y me coge la mejilla—.
Estoy muy emocionada.
No
comparto su entusiasmo, no cuando me encuentro así de mal. Sonrío débilmente y
dejo que Tom me siente en el taburete.
—El
nuevo me ha dado esto —dice entonces ella al tiempo que le entrega a Tom el
correo—. Es un joven muy guapo, ¿verdad?
Eso
me hace reír, y más cuando Tom da un respingo de disgusto y le arrebata los
sobres de entre los dedos arrugados.
—Sí,
es muy majo —confirmo. De repente soy capaz de articular una frase entera—.
Pero yo creo que vas a echar de menos a Clive, ¿no, Cathy?
—¡Para
nada! —Saca los bagels y nos los enseña. Tom y yo asentimos—. Voy a salir con él esta
noche.
Le
doy un codazo a mi hombre mientras mordisqueo los bordes de mi galleta, pero él
me ignora.
En
vez de darle gusto a mi mente curiosa, se dedica a abrir el correo.
—¡Seguro
que lo pasáis bien! —digo. Esto me interesa.
—Seguro
que sí —afirma ella metiendo los bagels
en la tostadora. Saca los huevos de la
nevera.
Estoy
charlando con Cathy la mar de contenta, desayunando, escuchando adónde la va a
llevar Clive y contándoselo todo sobre mis náuseas matutinas. De repente me doy
cuenta de que Tom lleva mucho rato callado. De hecho, ni siquiera se ha movido.
Tampoco ha tocado su bagel. Le acerco el plato.
—Cómete
el desayuno.
No
se mueve, y parece que no me ha visto.
—¿Tom?
—inquiero. Es como si estuviera en trance—. Tom, ¿estás bien?
Le
da la vuelta a un sobre y lo mira. Yo también.
Tom Kaulitz
Confidencial
—¿Qué
es eso? —pregunto.
Me
mira. Tiene los ojos opacos y recelosos. No me gusta.
—Sube
al dormitorio —me ordena.
Frunzo
el ceño.
—¿Por
qué?
—No
me obligues a repetírtelo, ______.
Me
callo intentando adivinar qué le pasa, pero lo único que saco en claro es que
está mosca conmigo. Aun así, sé que tengo que subir al dormitorio antes de que
me lo diga dos veces. Es uno de esos momentos en los que sé que no debo
discutir. Está empezando a temblar y, aunque no tengo ni idea de por qué, estoy
segura de que no es apto para los oídos de Cathy. Me bajo del taburete y me retiro.
Salgo de la cocina y subo la escalera que lleva al dormitorio principal. Me
pregunto qué le pasa.
No
me da mucho tiempo para pensarlo, porque entra a grandes zancadas en la
habitación con el sobre y la carta en la mano.
Le
hierve la sangre; lo noto por cómo le tiemblan las manos y en lo turbio de sus
ojos. Me deja clavada en el sitio con una mirada asesina.
—¿Qué
coño es esto?
Miro
el papel que sostiene en la mano pero no tengo ni idea de lo que es.
—¿Qué
es? —pregunto, aprensiva.
Arroja
el papel al espacio que hay entre nosotros.
—¿Ibas
a matar a nuestro bebé? —inquiere despacio.
La
tierra se abre bajo mis pies y siento que me precipito al vacío. No puedo
mirarlo. Tengo los ojos llenos de lágrimas y no sé adónde mirar. Mi cerebro no
responde, pero aunque me diera alguna pista y pusiera las palabras adecuadas en
mi boca, le estaría mintiendo y él lo sabría.
—¡Contéstame!
—ruge.
Doy
un brinco, sobresaltada, pero sigo sin poder mirarlo. Estoy muy avergonzada, y
después de pasar estos días con Tom, de verlo tan feliz, de ver cómo me cuida y
lo atento que es, la culpa me corroe. No puede ser peor. Pensé en poner fin a
mi embarazo. Pensé en librar a mi cuerpo de este bebé.
Su
bebé. Nuestro bebé. No tengo excusa.
—¡_____,
por el amor de Dios!
Antes
de que pueda pensar en algo que decir, me coge por los antebrazos y se agacha
para que nuestras caras queden a la misma altura. Aun así, me niego a mirar sus
ojos verdes. No puedo enfrentarme a lo que sé que voy a encontrarme.
Desprecio... Asco... Desconfianza.
—¡Maldita
sea, mírame!
Niego
débilmente con la cabeza, como la cobarde patética que soy. Se merece una
explicación pero no sé por dónde empezar. Mi cerebro ha echado el cierre, como
si me estuviera protegiendo de lo inevitable: Tom va a perder el control. Ya
está al límite.
Me
coge bruscamente de la barbilla y la levanta para obligarme a mirarlo. Tengo
los ojos llenos de lágrimas pero veo con claridad meridiana su expresión de
dolor.
—Lo
siento —sollozo. Es lo único que se me ocurre. Es lo único que debería decir.
Siento mucho haber pensado hacer una cosa tan horrible.
Se
derrumba delante de mí y me siento aún más culpable.
—Me
has roto el corazón, ______.
Me
suelta y se mete en el vestidor. Me deja hecha un trozo de carne patético y
tembloroso. Las náuseas matutinas han desaparecido, pero la vergüenza no me
deja ni respirar. De repente me doy asco, así que me hago una idea de lo que
Tom opina de mí.
Reaparece
con un puñado de ropa pero no la mete en una maleta ni va al baño a coger nada
más, sino que sale de la habitación vestido únicamente con los pantalones de
deporte.
Tengo
tal nudo en la garganta que ni siquiera puedo gritarle que se quede. Estoy
paralizada. Lo único que funciona son mis ojos, que sueltan un chorro imparable
de lágrimas. La puerta principal se cierra entonces de un portazo. Me quedo
llorando en silencio, hecha un ovillo en el suelo.
—¿______,
cielo? —La voz suave y cálida de Cathy apenas es audible entre mis sollozos—.
Dios mío, _____, ¿qué ha pasado?
Es
evidente que esto no son náuseas matutinas y que ha oído los gritos de Tom.
Me
aprieta contra su cuerpo mullido e instintivamente me abrazo a ella.
—No
llores, cariño, no llores... —Me acuna con cuidado, intentando que me calme y
susurrándome
palabras de consuelo al oído—. Ay, _____. Vamos, cariño. Dime qué ha pasado.
Intento
hablar pero sólo consigo llorar con más fuerza. La necesidad que siento de
compartir mi culpa, mis remordimientos, no sirve más que para que me dé cuenta
de lo egoísta que he sido.
—Ya,
ya... Voy a prepararte una taza de té —me conforta Cathy.
Levanta
su cuerpo rechoncho del suelo del dormitorio y me coge del brazo para intentar
que me mueva. Lo consigo, a duras penas, y me acuna bajo su brazo y me lleva a
la cocina.
Saca
un pañuelo del bolsillo del delantal, me lo ofrece y se dispone a preparar el
té. La observo en silencio, salvo cuando se me escapa un hipido mientras trato
de controlar mi cuerpo tembloroso y mi respiración errática. Lo estoy
intentando con todas mis fuerzas, pero no puedo dejar de pensar en todas las
veces que lo he visto enloquecer de ira, sólo que esta vez parecía trastornado
de verdad. Esta vez lo he vuelto loco de verdad.
Cathy
deja la tetera en la isleta y sirve dos tazas. Pone un par de azucarillos en la
mía, aunque no me lo ha preguntado y yo tampoco se los he pedido.
—Necesitas
energía —dice removiendo la taza de té que a continuación me coloca entre las manos—.
Bebe, querida. No hay nada que no cure una taza de té.
Coge
la suya, sopla, y una oleada de vapor se desintegra delante de mí. Me quedo
mirándola hasta que ya no está. Entonces me quedo mirando a la nada.
—Cuéntame
por qué mi chico está de tan mal humor y tú en este estado.
—Pensé
en abortar. —Miro al frente, no quiero ver la cara de horror que sin duda
tendrá en estos momentos la buena, dulce e inocente asistenta.
Su
silencio y la taza de té que veo suspendida delante de sus labios me confirman
mis sospechas.
Se
ha quedado de piedra y, después de oírlo en voz alta, yo también. Estoy aún más
avergonzada que antes.
—Ah
—se limita a decir. ¿Qué otra cosa puede añadir?
Sé
lo que debería decir yo. Debería explicarme y darle mis razones, pero no sólo
siento que he decepcionado a Tom y que le he fastidiado su felicidad, sino que
me parece que debo protegerlo. No quiero que Cathy lo juzgue por cómo se las
apañó para dejarme embarazada, que es de locos. Es la única razón por la que
consideré el aborto. Eso y el hecho de que pensaba que no estaba preparada. Sin
embargo, estos últimos días me han demostrado lo contrario. Tom ha desenterrado
un profundo sentimiento de esperanza, de felicidad y de amor hacia este bebé
que crece dentro de mí, parte de él y parte de mí que se ha combinado para
crear una vida. Nuestro bebé. Ahora, la idea de deshacerme de él me parece una
aberración. Me doy asco.
Miro
a Cathy.
—Nunca
lo habría hecho. No tardé en darme cuenta de que me estaba comportando como una
estúpida. Sólo que no me lo esperaba. No sé cómo se ha enterado.
Ahora
que estoy más tranquila, me pregunto cómo lo ha descubierto.
El
papel. El sobre.
—______,
es evidente que se ha escandalizado. Dale tiempo. Sigues embarazada, y eso es
lo que importa.
Sonrío,
pero sus palabras no hacen que me sienta mejor. No sabe lo que pasó la última
vez que se marchó con viento fresco.
—Gracias
por el té, Cathy —digo bajando del taburete—. Voy a vestirme para ir a
trabajar.
Frunce
el ceño y mira mi taza.
—Si
no lo has tocado.
—Ah.
Cojo
el té y le doy varios tragos al líquido caliente. Me quemo el velo del paladar
en el proceso, pero hay un papel en el suelo del dormitorio principal que me
está llamando a gritos para que lo lea.
Le
doy a Cathy un beso rápido en la mejilla. Ella me frota el brazo con mucho
cariño antes de que me escape de la cocina.
Subo
la escalera corriendo y cojo el papel. Lleva un montón de folletos grapados en
la esquina.
La
carta es una cita para hacerme una ecografía. Los folletos dan información
sobre el aborto. Lo asimilo todo muy de prisa. Miro la cabecera de la carta:
lleva mi nombre y mi dirección. No, no es mi dirección. Es la de Matt.
Trago
saliva, arrugo el papel y lo tiro contra la pared gritando de frustración. Cómo
puedo ser tan tonta. No he dado mi nueva dirección en la consulta del médico.
No le he dado a nadie mi nueva dirección. Matt recibe toda mi correspondencia y
el maldito hijo de perra la ha abierto. Seguro que esta carta le alegró el día.
¿Qué problema tiene? Es una sabandija. Me desbordan las emociones. Estoy triste,
estoy dolida, estoy roja de la rabia.
Para
no pagarlo con la puerta, con la pared o con lo primero que pille, me meto en
la ducha.
Sigo
temblando de ira cuando cruzo el vestíbulo del ático media hora después. Llego
tarde pero, por primera vez, mi trabajo ocupa el último lugar entre mis
prioridades. Es una suerte, porque estoy mirando con cara de pava el teclado
numérico del ascensor porque no sé el código. Puedo volver a casa y
preguntárselo a Cathy, pero decido usar la escalera de incendios. Necesito
ventilar parte de la furia que siento antes de ver a nadie. Podría arrancarle a
alguien la cabeza y quiero reservarme la mala leche para cuando vea a Matt.
—Buenos
días, señora Kaulitz. —La voz amable de Casey es lo primero que oigo al salir
de la escalera, jadeando por el esfuerzo y no por el enfado.
—Casey
—resoplo poniéndome los tacones.
Me
mira de cabo a rabo. A saber qué pinta llevo. Ni siquiera he usado un espejo.
Me he puesto cuatro horquillas en el pelo a ciegas.
—¿Se
encuentra bien? —pregunta.
—Sí.
—Enhorabuena
—dice.
Lo
miro, espantada. Tom no le contaría la buena nueva al joven conserje. Le cae de
pena.
—Por
su boda —añade Casey—. No me había enterado.
Frunzo
el ceño. ¿Se lo habrá dicho Tom? Es probable. Estaría marcando su territorio,
sus pertenencias.
—Gracias.
Sigo
andando y me pongo las gafas antes de salir a la luz del sol. Espero que
oculten los ojos hinchados y mi cara de pena. John está aquí. Se encoge de
hombros y niego con la cabeza.
—No
voy a irme contigo, John.
Aprieto
el llavero y camino hacia mi Mini.
—Vamos,
muchacha. No tientes tu suerte. —Su voz es un gruñido grave, pese a que me lo
está rogando.
—Lo
siento, John, pero hoy conduzco yo —insisto en el tono más tajante de que soy
capaz.
Me
cuesta. Sólo quiero llorar. Está muy cabreado conmigo pero aun así ha enviado a
John para que me lleve al trabajo. Como de costumbre, no puede evitarlo. Me
paro y me vuelvo para mirar al gigante bonachón. Está delante del capó de su
Range Rover, con sus enormes brazos extendidos, suplicantes.
—¿Tom
está bien? —pregunto.
—No,
se ha vuelto loco del todo, muchacha. ¿Qué ha pasado?
—Nada
—digo en voz baja. Doy gracias de que John no sepa por qué Tom ha perdido la
cabeza.
Probablemente
se avergüenza demasiado de mí como para contárselo a nadie. Está en su derecho.
—¿Nada?
—Se echa a reír y a continuación se pone muy serio—. ¿No tiene nada que ver con
ese hijo de puta danés?
—No.
—Niego con la cabeza y pienso que Mikael podría ser otro motivo para que Tom
pierda el control.
—¿Estás
bien? —Lleva las gafas de sol puestas pero sé que me está mirando el vientre.
Piensa que le ha pasado algo al bebé.
Asiento
y deslizo la mano por mi vestido azul claro hasta el ombligo.
—Estoy
bien, John.
—______,
muchacha, deja que te lleve al trabajo para que al menos pueda volver a La
Mansión y decirle que has llegado sana y salva —dice señalando su mole de metal
negro.
Me
cuesta decirle que no a John. Piensa en Tom y sé que también se preocupa por
mí. En otras circunstancias, le diría que sí, pero tengo un ex con el que
tratar y no puedo esperar para arrancarle la piel a tiras.
—Lo
siento, John.
Me
subo en mi coche y llamo a Casey para que me abra las puertas. Ni código ni
dispositivo de apertura. Cualquiera pensaría que intenta mantenerme presa. Dejo
a John, no muy contento, en el aparcamiento del Lusso y me voy al despacho.
La
mirada que les lanzo a mis compañeros de trabajo en cuanto pongo el pie en la
oficina hace que agachen la cabeza y vuelvan a sus quehaceres cautelosamente.
Hoy no estoy para chácharas ni para fingir que la vida es un cuento de hadas.
Tengo que centrarme en acabar la jornada laboral cuanto antes. No puedo
arriesgarme a interactuar con nadie. Podría explotar y eso sería malgastar mi
ira.
Me
dejan trabajar en paz. Mi única distracción es mi imaginación, que vuela de qué
estará
haciendo
Tom a qué le voy a hacer yo a Matt. Sobrevivo sin problemas hasta que Patrick
se sienta en el borde de mi mesa nueva. Lo veo antes de oírlo, cosa que no
había pasado nunca. Ya no hay crujido de advertencia, lo que me entristece un
poco. Le había cogido cariño al sonido de mi jefe aposentándose sobre mi mesa,
aunque me hiciera contener el aliento y desear que estuviera hecha de madera
reforzada.
—Flor,
cuéntame cosas. Hace días que no hablamos. Es culpa mía, lo sé.
No
necesito esto. Tengo mil cosas en la cabeza, el trabajo no es una de ellas, y
temo que me pregunte por Mikael. Estoy en el tiempo de descuento, soy
consciente, pero ahora no es el momento.
—No
hay mucho que contar, la verdad —digo, y sigo con el correo electrónico en el
que llevo trabajando una hora. Únicamente he escrito dos líneas, y sólo es una
solicitud de muestras a un proveedor.
—Entonces
¿todo bien?
—Sí
—asiento. Mis respuestas son cortas y secas, pero intento no ser borde.
—¿Te
encuentras bien, flor? —Salta a la vista que Patrick está preocupado, pero lo
que debería decirme es que me anime y que conteste en condiciones.
Dejo
de teclear y miro al oso de peluche que tengo por jefe.
—Perdona.
Sí, estoy bien, pero tengo que terminar un montón de cosas hoy. —Me aplaudo mentalmente
a mí misma por haber terminado con profesionalidad mi pequeño discurso. Se me
oían bien y con ganas de seguir trabajando, cosa a la que Patrick nunca se
opondría.
—¡Excelente!
—se ríe—. Te dejo, pues. Estaré en mi despacho.
Se
levanta de mi mesa y, por primera vez en años, no cruje. Aun así, hago una
mueca.
—______,
perdona que te moleste. —La voz temerosa de Sally hace que casi me sienta
culpable.
—¿Qué
pasa, Sal? —Miro a nuestra chica del montón transformada en sirena de oficina y
me obligo a sonreír hasta que veo la falda escocesa. Ha vuelto, y yo estaba tan
ocupada lanzando miradas de advertencia cuando he llegado esta mañana que ni
siquiera me había dado cuenta. Tampoco me había dado cuenta de que no hay ni
rastro de las uñas pintadas ni de las camisetas escotadas.
Por
la cara que tiene, parece que le han dado la peor noticia posible: la han
dejado.
—Patrick
me ha pedido que actualice todas las facturas pendientes de pago. Aquí tienes
la lista—dice pasándome un listado impreso de mis clientes—. Las que están subrayadas
vencen dentro de una semana, y Patrick quiere que se lo recuerdes a tus
clientes para que recibamos los pagos a tiempo.
Frunzo
el ceño y reviso la hoja de cálculo.
—Pero
no han vencido aún. No puedo recordarles algo que no han olvidado —replico. Ya
paso bastante apuro persiguiendo a los que no pagan a tiempo.
Se
encoge de hombros.
—Yo
sólo soy el mensajero.
—Nunca
nos había pedido algo así antes.
—¡Yo
sólo soy el mensajero! —salta, y retrocedo en mi silla.
Luego
se echa a llorar y sé que debería correr a consolarla, pero me quedo sentada
viendo cómo solloza en mi mesa. Se sorbe los mocos, hipa, solloza y llama la
atención de todo el mundo, incluido Patrick, que ha salido de su despacho para
ver a qué venía tanto alboroto. Se retira a toda velocidad cuando ve a Sal
hecha un mar de lágrimas. Ken y Victoria tamborilean con sus bolígrafos y
ninguno de los dos acude a sacarme del apuro. Y estoy en un apuro. No sé qué
hacer con ella, pero como nadie parece dispuesto a hacer nada, sólo quedo yo.
Guardo la hoja de cálculo en mi bandeja, me levanto,
cojo
a Sal y me la llevo al servicio. Le lleno las manos de papel higiénico y
aguardo en silencio a que se le pase.
Tras
cinco minutos eternos, por fin abre la boca.
—Odio
a los hombres —es todo cuanto dice.
Me
hace sonreír. Creo que todas las mujeres del planeta han dicho lo mismo alguna
vez.
—¿Las
cosas no van bien con...?
—¡No
pronuncies su nombre! —salta—. No quiero volver a oírlo en mi vida.
Genial,
porque no me acuerdo.
—¿Quieres
hablar de ello?
—No
—espeta limpiándose la cara con un pañuelo de papel. No se mancha de
maquillaje. Vuelve a ser la Sal aburrida—. ¡Ni de coña! —añade con una mirada
de odio.
Qué
alivio. Mi cerebro no está en condiciones. Podría escucharla, pero poco más.
—Bien
—asiento al tiempo que le paso la mano por el brazo para darle a entender que
la
comprendo,
cuando en realidad lo que siento es alivio.
—Hoy
está, mañana no está. Un día llama, al otro se le olvida. ¿Qué significa?
—dice, y me mira expectante, como si yo tuviera la respuesta.
—¿Quieres
decir que está jugando contigo? —Estoy participando en la conversación.
—Sí,
sólo me llama cuando le apetece. Me paso la vida esperando que me telefonee y
cuando quiere verme es estupendo, pero todo cuanto quiere hacer es hablar de
mí, de mis amigos, de mi trabajo... —Se sorbe los mocos—. ¿Cuándo querrá
acostarse conmigo?
Me
atraganto de la risa.
—¿Te
preocupa que no haya intentado llevarte al huerto? —Eso es poco frecuente.
Debería estar encantada.
—¡Sí!
—contesta desplomándose contra la pared—. ¡Ya no sé de qué hablar!
—Es
bonito que quiera conocerte, Sal. Hay demasiados hombres que sólo piensan en
una cosa.
¿Está
frustrada sexualmente? ¿O es que es un cero a la izquierda en la cama? ¿Se ha
acostado con alguien alguna vez? No me lo imagino y, a juzgar por lo mucho que
se ha ruborizado, yo diría que no.
¿Sal
es virgen? ¡La leche! ¿Qué edad tiene?
De
repente tengo muchas ganas de seguir hablando, pero Victoria asoma la cabeza y
pone fin a mi futuro interrogatorio.
—_______
tu móvil no para de sonar —anuncia. No puede evitar mirarse al espejo antes de
irse.
—Sal,
tengo que atender el teléfono. —Podría ser Tom, y se estará mordiendo los
muñones—.¿Seguro que estás mejor?
Asiente,
hipa, se suena la nariz y me mira con ojos llorosos.
—¿Tú
también estás mejor?
—Sí
—respondo. Frunzo el ceño y no digo nada por haber faltado al trabajo estos
días. No estoy preparada para darles la noticia.
—No
lo parece. ¿Qué te pasa?
Busco
en mi cerebro una excusa plausible para las frecuentes visitas al baño y los
cambios de humor.
—Gripe
intestinal —digo. Es lo mejor que se me ocurre.
—¿Y
la vida de casada? ¿Bien? ¿Habrá luna de miel?
Guardo
silencio unos instantes y me pregunto cómo es que hemos acabado hablando de mí.
—Todo
bien —miento—. Tal vez vayamos de vacaciones pronto, Tom está ocupado. —Otra trola,
pero Sal es una de las pocas personas de mi vida que no se han dado cuenta de
mi mala costumbre, así que estoy segura de que no me ha pillado.
La
dejo antes de que me haga más preguntas y me apresuro a volver a mi mesa.
Espero encontrar muchas llamadas
perdidas de Tom. Qué decepción: son de Ruth Quinn. No he hablado con ella desde
que me fui de nuestra reunión y no sé si me apetece llamarla. Pero entonces el
móvil vuelve a sonar.
No
necesito llamarla. Va a seguir insistiendo hasta que se lo coja, y no puedo
evitarla toda la vida.
—Hola,
Ruth. —La saludo en un tono normal.
—______,
¿cómo estás? —Ella también suena normal.
—Bien,
gracias.
—Esperaba
tu llamada. ¿Te habías olvidado de mí? —Se ríe.
La
verdad es que sí. Su enamoramiento lésbico les ha cedido el puesto a cosas más
importantes.
—Para
nada, Ruth. Iba a llamarte más tarde —miento como una bellaca.
—Yo
te he llamado primero. ¿Podemos reunirnos mañana?
Me
hundo en mi silla. Mi mente elabora mil excusas para decirle que no, pero sé
que tengo que coger el toro por los cuernos. Puedo ser profesional.
—Claro,
¿a la una, más o menos?
—Perfecto.
Te estaré esperando. ¡Adiós!
Dejo
la cabeza colgando. Genial... Me estará esperando. Mañana me pondré pantalones
y no pienso arreglarme en absoluto.
Ken
se baja las gafas de moderno hasta la punta de la nariz.
—¿Dejada?
—pregunta.
No
necesito que elabore su pregunta de una palabra.
—Es
complicado —digo para quitármelo de encima, y empiezo a hacer anotaciones en
unos dibujos, pero entonces algo llama mi atención fuera del despacho.
Mi
hermano.
Está
en la acera, intentando divisar el interior de la oficina, y nos tiramos un
buen rato
mirándonos.
Abre la puerta y entra.
—Hola
—sonríe.
Lo
saludo con un gesto de la mano.
—Hola
—susurro.
Estamos
otra vez a malas.
—¿Comemos
juntos? —pregunta, esperanzado.
Sonrío,
cojo mi bolso y me reúno con él. Se me ha pasado un poco el cabreo pero ya lo
avivaré luego. Ahora mismo quiero arreglar las cosas con Dan antes de que se
vuelva a Australia. Ha sido un capullo integral, pero no puedo guardarle
rencor. Es mi hermano.
—Ken,
regresaré dentro de una hora.
—Mmm
—contesta. Me vuelvo y veo que le está poniendo ojos golosos a Dan—. Adiós,
hermano de ______ —canturrea despidiéndolo con la mano al tiempo que le dedica
una caída de ojos.
Me
muerdo el labio y niego con la cabeza, especialmente cuando Dan pone cara de
susto y empieza a andar hacia atrás.
—Sí,
eso... —Se aclara la garganta y se pone derecho para parecer más masculino—. Ya
nos
vemos
—añade. Ha bajado la voz una octava.
Me
echo a reír.
—Vamos.
—Empujo a Dan para que salga—. Tienes un admirador.
—Genial
—bromea él—. No es que sea homófobo, ya sabes... Cada cual tiene sus gustos.
—Pues
yo creo que a Ken le gustas tú.
—¡_____!
—Me mira horrorizado pero luego sonríe—. Es evidente que tiene buen gusto.
—No
quiero bajarte de tu nube, pero se porta así con casi todos los hombres. No
eres nada especial.
Empezamos
a andar por Bruton Street, en dirección a Starbucks.
—Gracias
—sonríe, y me da un codazo.
Se
lo devuelvo y le sonrío a mi vez. Tengo la impresión de que todo irá bien.
Dan
deja los cafés y su sándwich en la mesa y de inmediato me echo tres sobres de
azúcar en mi capuchino. Se me olvida que es algo que no suelo hacer hasta que
levanto la vista y veo que Dan me observa removerlo con el ceño fruncido.
—¿Desde
cuándo tomas azúcar con el café?
Dejo
de remover en busca de una excusa plausible. No hemos hablado, pero estamos a
gusto. Si le digo que estoy embarazada todo volverá a ser raro. Voy a ser una
cerda y a esperar a que esté de vuelta en Australia. Luego convenceré a mi
madre para que se lo cuente ella.
—Estoy
hecha polvo. Necesito un subidón de azúcar —digo. Es lo mejor que se me ocurre.
—Pareces
cansada. —Se sienta y me estudia detenidamente.
—Es
que lo estoy. —Es la verdad. No necesito retorcerme el pelo.
—¿Por
qué?
—Mucho
estrés en el trabajo. —Es una media verdad, y tengo que esforzarme para
mantener las manos sobre la mesa—. ¿Y tú estás bien?
—Kate
me mandó a paseo, pero imagino que ya estás al tanto. —Desenvuelve su sándwich
y le da un mordisco.
Lo
estoy, pero no se lo voy a confirmar.
—No
deberías haberte metido en berenjenales, y mucho menos el día de mi boda.
—Sí,
se me paso la mano. Lo siento. —Me coge la mano—. Nunca antes nos habíamos
peleado.
—Lo
sé. Fue horrible.
—Fue
culpa mía.
—Es
verdad —sonrío.
Él
mete el dedo en la espuma de mi café y me mancha la nariz.
—¡Oye!
—Enhorabuena
—sonríe.
—¿Cómo?
—salto.
—No
te felicité el día de tu boda. Estaba muy ocupado haciendo el capullo.
—Gracias.
—Qué alivio.
Me
relajo en la silla pero al instante estoy tensa otra vez. Matt lo sabe y ha
hecho un trabajo fantástico manteniendo a mis padres al tanto de mi vida
amorosa. Debe de estar más contento que unas castañuelas. El cabreo se ha
convertido en pánico. Llego a la conclusión de que no les ha ido a mis padres
con el cuento porque Dan no lo sabe, y si lo supiera no estaría aquí conmigo,
comiéndose un sándwich de atún la mar de tranquilo. Es un problemón. Tengo que
hablar con Matt antes de que llame a mis padres. O también podría llamarlos y
contárselo yo misma. Eso sería lo correcto, pero preferiría ir a verlos con Tom.
Quiero hacer esto bien, lo cual es ridículo, después de cómo se enteraron de mi
relación con él y de la sorpresa que se llevaron con la boda exprés. Quiero que
esto
sea
especial.
—¿Estás
bien? —El tono de preocupación de mi hermano me libra del ataque de nervios.
—Sí;
¿cuándo vuelves a Australia?
—Cuando
regrese a casa de Harvey me meteré en internet a buscar billete. —Se limpia la
boca con la servilleta y me pide disculpas como Dios manda.
Me
paso media hora escuchando, asintiendo y negando, aunque tengo la cabeza en
otra parte. No sé qué hacer. ¿Cómo es que Matt no los ha llamado aún?
—Te
van a despedir.
—¿Eh?
—Miro la hora en mi Rolex. Son las dos y cuarto. Llego tarde pero no tengo
prisa por volver a la oficina. Lo único urgente es resolver mi pequeño problema
con Matt de una vez por todas—. Sí, será mejor que me vaya.
—Bonito
reloj —añade señalando mi muñeca con la cabeza.
—Regalo
de boda —explico. Me pongo de pie y me aliso el vestido—. ¿En qué dirección
vas?
—De
vuelta a casa de Harvey.
—Vale.
¿Me llamarás? Quiero decir que no te irás sin despedirte, ¿verdad?
Se
le enternece la mirada y me da un superabrazo de hermano.
—No
iría a ninguna parte sin despedirme de mi hermana pequeña. —Me besa en la
coronilla—.No nos enfademos nunca más, ¿vale?
—Hecho.
Pero mantén al canario encerrado en la jaula. E intenta ser cordial con mi
marido si alguna vez volvéis a coincidir.
—Te
lo prometo —me asegura. Me sorprende que no saque el hecho de que Tom también
fue muy descortés, porque lo fue—. Cuídate mucho.
—Tú
también.
Me
despido de Dan pero, en vez de volver a la oficina, llamo diciendo que estoy
indispuesta y me dirijo al coche. Me estoy metiendo en terreno pantanoso pero
esto no puede esperar. Matt no estará en casa. Estará en la oficina. Por mí,
bien: yo sólo quiero echarle la bronca.
CAPITULO
# 18.-
No
está en el despacho, ni tampoco ha estado en las últimas semanas. Después de
atravesar la ciudad en coche con el tráfico de la tarde, me detengo frente al
edificio de cristal en el que se encuentra el centro comercial de la firma para
la que trabaja Matt, donde la recepcionista me dice que perdió su empleo hace algunas
semanas. Recuerdo que lo mencionó, lo había usado para excusar su comportamiento
de mierda, pero no le presté atención. A pesar de su desgracia, no me conmueve
ni me preocupa. Nada va a enfriar mi resentimiento y mi desprecio. Me siento en
el coche y saco el móvil del bolso. Está decidido. Lo localizo.
Un
tono.
—______.
Esperaba
una voz sazonada de petulancia y autocomplacencia, por lo que cuando lo oigo
hablar, abatido y forzado, me descoloca por completo. Me cuesta unos segundos
articular una frase y, cuando lo hago, no es lo que tenía intención de decir.
—¿Estás
bien?
Se
ríe, aunque débilmente.
—¿Por
qué no se lo preguntas a tu marido?
Me
doy un cabezazo contra el reposacabezas del asiento y me quedo mirando el
techo. Debería haberlo imaginado.
—¿Es
grave?
—Bueno,
sólo un par de costillas rotas y un ojo a la funerala. Nada serio. Tu marido
sabe cómo hacer las cosas bien. Lo admito.
—¿Por
qué lo hiciste?
—Porque
quiero todo lo que él tiene contigo. O lo quería. Kate parecía disfrutar
contándome que ibas a casarte con él, y entonces esa carta aterrizó en mi
felpudo. Me preguntaba por qué querías abortar si ibas a casarte, por lo que
deduje que él no lo sabía. Me la jugué. ¿Por qué quieres abortar?
—No
quiero.
—Entonces
¿por qué...?
—¡Porque
estaba en shock! —grito, a la defensiva. No me estoy justificando. El silencio
se
apodera
de la línea telefónica, y no tengo la menor intención de seguir dándole
explicaciones—. Es hora de rendirse, Matt.
—No
me apetece recibir otra paliza del energúmeno de tu marido. Ni siquiera tú
vales todo lo que estoy sufriendo ahora mismo.
Me
río de mí misma. Soy tonta por compadecerme de él.
—Ah
—continúa—, no te preocupes por Elizabeth y por Joseph. Ya he recibido un
pequeño adelanto de lo que me puede caer si comparto tus asuntos. ¿Puedo
sugerir que cambies de dirección para que no me llegue tu mierda en el futuro?
Cuelga,
y miro el móvil. No le he soltado ni la mitad de lo que tenía preparado. No he
conseguido escupirle ni darle un guantazo. Me habría encantado abofetearlo.
Sonrío con suficiencia, una sonrisa que se hace más amplia cuando me imagino a
Tom pateándole el culo al perdedor de Matt. No soy una persona violenta, pero
si mi marido quisiera descargar su ira en alguien, yo voto por Matt. Se merece
todo lo que le pasa, y no me cabe la menor duda de que no voy a volver a oír
hablar de él, ni tampoco mis padres. Otra cosa más que puedo tachar de mi
lista. Sarah ha tenido el detalle de disculparse; se ha ido, y eso es lo que
importa. Coral ha desaparecido. Kate y Georg están juntos, y Kate
y
Dan son historia. He hecho las paces con mi hermano y Matt ha recibido una
paliza. Eso último me hace sonreír otra vez. Sin embargo, lo que de verdad
necesito hacer es encontrar a mi marido y reconciliarme con él. Tiro el móvil
al asiento del acompañante y vuelvo a la ciudad. Estoy haciendo limpieza. Me he
ocupado de un montón de cosas, algunas por accidente, es cierto, pero nuestra
nueva vida juntos estará libre de problemas muy pronto. Es ahora cuando decido
que mañana le haré frente a la última cuestión: Mikael. Aún no he sabido nada
de él, pero ¿qué me va a decir? No tiene nada, así que no tiene sentido que nos
reunamos. No ha regresado de Dinamarca, o si ha vuelto no me he enterado, pero
lo llamaré. Me adelantaré a él. Liquidar este asunto es el objetivo de
mi
misión, y estoy dispuesta a hacer lo que haga falta.
Cruzo
el Puente de Londres, miro por el retrovisor y diviso un coche conocido. Es el
DBS de Tom. Entra y sale del meollo del tráfico con su habitual estilo
camicace, adelantando y provocando el caos a su paso. Miro alternativamente a
la carretera y por el retrovisor. Se me cierra la boca del estómago al pensar
en la que me espera. Me ha estado siguiendo, lo que significa que me ha seguido
hasta la oficina de Matt. Estará echando humo. No he visto a mi ex, pero iba
con esa intención, y no voy a intentar convencerme a mí misma de que Tom no
sabe dónde trabajaba. Por supuesto que lo
sabe.
Voy de la preocupación a la ira extrema. Estoy preocupada por razones obvias
pero, ahora mismo, la ira se impone. ¿Qué hace siguiéndome? Es una sorpresa,
aunque a estas alturas ya no deberían sorprenderme ni los extremos a los que es
capaz de llegar, ni su forma de reaccionar, ni las reacciones que provoca en
mí.
Sé
que es él, pero eso no hace que deje de dar un giro a la derecha, luego otro, y
luego otro más, para volver al punto de partida. Como era de esperar, el DBS me
pisa los talones un par de coches atrás. Lo voy a marear pero bien. Tanteo el
asiento de al lado en busca del teléfono y pulso los botones.
—¿Sí?
—contesta, borde y cortante. No es su tono cariñoso habitual. Estoy atónita.
—¿Te
gusta conducir? —pregunto.
—¿Qué?
—¿Que
si te gusta conducir? —repito, esta vez apretando los dientes.
—______,
¿de qué cojones me estás hablando? Y cuando mande a John a recogerte, haz el
favor de meterte en el coche.
Ignoro
la última frase y miro atrás por el retrovisor sólo para comprobar que no estoy
soñando.
Es
real.
—De
que me estás siguiendo.
—¡¿Qué?!
—grita con impaciencia—. ______, no tengo tiempo para adivinanzas.
—No
es una adivinanza, Tom. ¿Por qué me estás siguiendo?
—No
te estoy siguiendo, _____.
Miro
atrás de nuevo.
—Entonces
es que hay cientos de Aston Martin circulando por Londres y resulta que uno de
ellos me está siguiendo.
Se
hace el silencio en la línea. Tom empieza a respirar con fuerza.
—¿Estás
conduciendo?
—¡Sí!
—aúllo—. Estoy dando vueltas sin parar y tú me estás siguiendo. ¡Serías un
detective
pésimo!
—¿Mi
coche te está siguiendo?
—¡Sí!
—Le doy un manotazo al volante a causa de la frustración. ¿Es que cree que soy
tonta?
—______,
nena, no estoy en el coche. Estoy en el Lusso. —Ya no suena impaciente, sino
preocupado,
y yo empiezo a preocuparme también.
Miro
otra vez por el retrovisor y veo que el DBS está sólo un coche por detrás y
entra y sale de mi campo de visión.
—Pero
es tu coche —digo en voz baja.
—¡Mierda!
—ruge, e instintivamente me aparto el teléfono de la oreja—. ¡John!
—¿Tom?
¿Qué ocurre?
Me
entra el pánico por su reacción y se me hace un nudo en el estómago.
—Me
han robado el coche.
—¿Que
te lo han robado? ¿Cómo se puede robar un Aston Martin? —exclamo. Debe de ser imposible.
—¿Dónde
estás? —pregunta.
Miro
frenética alrededor en busca de algo familiar.
—Estoy
en el Embankment, en dirección a la ciudad.
—¡John!
En el Embankment. En dirección a la ciudad. Llámala dentro de dos minutos.
—Oigo las puertas de un coche que se cierran—. Escúchame, nena. Tú sigue
conduciendo, ¿vale?
—De
acuerdo —asiento mientras mi ira anterior se convierte en puro pánico.
—Ahora
tengo que colgar.
—No
quiero que cuelgues —musito—. Quédate conmigo, por favor.
—______,
tengo que colgar. John te va a llamar en cuanto yo cuelgue. Pon el altavoz y
deja el móvil en tu regazo para que puedas concentrarte en la carretera.
¿Entendido?
Trata
de permanecer tranquilo pero no consigue ocultar la angustia. Tiene la voz
tensa y eso me asusta.
—______,
nena, dime que lo has entendido.
—Entendido
—susurro, y distingo el rugido característico de una moto justo antes de
cortarse la comunicación. Es una de las motos de Tom.
Tengo
el corazón desbocado, se me va a salir del pecho. Las manos me tiemblan al
volante y las lágrimas de pánico me nublan la vista. Cuando mi teléfono empieza
a sonar, toqueteo el teclado hasta que consigo responder a la llamada.
—¿John?
—Hola,
muchacha. ¿Has puesto el altavoz?
—No,
espera. —Lo conecto rápidamente, dejo caer el teléfono sobre mi regazo y cambio
de mano el volante, sujetándolo con más fuerza para tratar de parar las
sacudidas—. Ya está. Ya lo he activado.
—Bien
hecho, muchacha —dice; parece muy tranquilo—. Echa un vistazo y dime a qué
distancia está el DBS de Tom.
Obedezco.
—Está
a un coche de distancia.
Piensa
unos instantes.
—Quiero
que conduzcas tan despacio como puedas sin levantar sospechas. Justo por debajo
del límite. ¿Entendido?
Inmediatamente
levanto un poco el pie del acelerador.
—Listo.
—Buena
chica. Ahora dime exactamente dónde estás.
Miro
a mi izquierda.
—Estoy
cerca de Millennium Bridge.
—Vale.
—Está pensando—. Ahora céntrate en la carretera.
—De
acuerdo. ¿Por qué estás tan tranquilo? —digo, aunque no es una queja, puesto
que se me está pegando. Un aire de serenidad viaja a través de la línea y me
tranquiliza, lo cual es absurdo, considerando su procedencia: un gigante negro
que siempre lleva gafas de sol y que inspira terror.
—Con
un loco hijo de puta ya tenemos bastante, ¿no crees?
Sonrío
con dificultad, a pesar de que estoy muy asustada.
—Sí
—coincido con él.
—Ahora
cuéntame qué tal has pasado el día —me pregunta como si ésta fuera la
conversación más normal del mundo.
—Bien,
muy bien —digo.
Por
supuesto, no es verdad, pero ¿qué clase de pregunta es ésa, en medio de una
persecución en coche? ¿Qué es lo siguiente? ¿Un psicópata blandiendo una hacha?
Santo Dios, desde que conocí a ese hombre me he metido en toda clase de
aprietos, pero esto ya es de película de terror. ¿Quién coño me está
persiguiendo?
—Será
un padre extraordinario, ______.
Las
palabras que John pronuncia en voz baja se filtran a través de la línea de
teléfono y parecen quedarse suspendidas en el aire a mi alrededor. Reacciono de
inmediato.
—Lo
sé.
No
veo a John, pero si lo tuviera delante sé que enseñaría su diente de oro.
—¿Así
que vais a dejar de marear la perdiz y superar esta mierda? —Habla como un
padre. Cada día quiero más a esa bestia parda de hombre.
—Sí
—confirmo—. ¡Ah!
De
repente salgo despedida hacia adelante en mi asiento y el cinturón de seguridad
se bloquea.
Me
oprime la clavícula y la piel me escuece bajo el vestido.
—¿______?
—La voz de John suena lejana y amortiguada, y no sé por qué—. ¡______!
¡Muchacha!
—¿John?
—Tanteo mi regazo, pero no hay nada—. ¡John!
¡Pum!
Otra
vez salgo despedida hacia adelante y mis brazos se agarran instintivamente al
volante
lanzando
una señal de dolor hacia mis hombros.
—¡Mierda!
Miro
por el retrovisor y me quedo helada al ver el DBS a unos pocos metros por
detrás de mí.
—¡¿John?!
—chillo—. John, ¿puedes oírme?
Mis
ojos van constantemente de la carretera al espejo, adelante y atrás, y cada vez
que vuelven al retrovisor, el coche de Tom está más cerca. Intento pisar el
acelerador pero mi cuerpo no responde, excepto mis ojos, que observan con
horror cómo el Aston Martin se aproxima.
¡Pum!
—¡No!
—grito mientras doy un volantazo y trato de recuperar el control del Mini.
No
lo consigo. Un millón de órdenes inundan mi cerebro pero no logro articular un
pensamiento cognitivo que me ayude con el siguiente movimiento. Enderezo el
coche justo antes de la siguiente embestida. Ahora estoy llorando. Mis
emociones se disparan, diciéndome que debería estar llorando, que debería estar
asustada. Y lo estoy. Horrorizada.
¡Catapum!
Esta
vez pierdo por completo el control. Grito mientras el volante empieza a girar a
toda
velocidad
y de pronto me veo circulando en dirección contraria. Recibo otra embestida y
cambio de sentido. Forcejeo frenéticamente con el volante pero parece tener
vida propia y, presa del pánico, tiro del freno de mano. No estoy segura de lo
que ocurre a continuación, pero me siento sacudida adelante y atrás, estoy
mareada, imágenes borrosas dan vueltas por las ventanillas. Edificios, personas
y coches giran a mi alrededor hasta que finalmente un gran estruendo resuena en
mis oídos, mi cuerpo se sacude con violencia y mis ojos se cierran. No sé dónde
estoy. Pero todavía estoy. Ya no me muevo.
Flexiono
el cuello con un quejido y abro los ojos para mirar por la ventanilla. Los
coches se han detenido. Todos. Nada. La gente sale de sus vehículos y viene
hacia mí. Arrastro los pies y muevo los brazos. Noto en seguida que tengo
sensibilidad en ellos. Me desabrocho el cinturón y bajo del Mini.
La
gente viene hacia mí pero yo me alejo en dirección al DBS, estacionado a unos
metros de distancia, con el motor ronroneando.
Debería
estar corriendo en dirección contraria, pero no. Corro hacia él. La necesidad
de saber quién ha hecho esto anula mi temor. ¿Me drogan, me amenazan y ahora
esto? ¿En qué planeta vive esa persona? La acumulación de incidentes me está
matando.
Estoy
a pocos metros cuando el motor cobra vida de nuevo, como una especie de
advertencia que pone los pelos de punta. Eso no me detiene, aunque aminoro la
marcha al oír el sonido cada vez más fuerte de una potente máquina. Freno en
seco al ver el DBS derrapar a la fuga con el Range Rover de John pisándole los
talones. Esto no me está pasando a mí. Quiero pellizcarme, abofetearme, o como mínimo
despertarme. Me vuelvo cuando parece que una de las motos de Tom se aproxima a
gran velocidad. Frena derrapando, deja a un lado la motocicleta y corre hacia
mí. No lleva chaqueta ni
casco,
sólo unos vaqueros raídos y una camiseta lisa, lo primero que ha encontrado en
el vestidor antes de venir a por mí. No puedo moverme. Todo cuanto puedo hacer
es esperar a que venga a buscarme, cosa que no tarda en suceder. Me acaricia el
rostro aturdido. Miro con los ojos en blanco su mirada cafe anegada en puro
terror.
—¿_____?
Por Dios, nena.
Me
atrae contra su pecho sujetando con una mano la parte posterior de mi cabeza y
agarrando con la otra mi cintura para que no me caiga. Yo también quiero
abrazarlo, necesito abrazarlo, pero mi cuerpo no obedece. En ese momento suena
el teléfono de Tom, que me suelta la cabeza para sacarlo del bolsillo.
—¿John?
Enterrada
bajo la barbilla de Tom, alcanzo a oír la voz cabreada del grandullón, que le
pregunta por qué coño tiene que tener un coche tan rápido.
—¿Dónde
estás? —pregunta Tom besándome en la coronilla.
Ahora
ya no puedo oírlo. Lo único que oigo son sirenas por todas partes. Me despego
de su pecho y veo un montón de coches de policía y dos ambulancias. ¿Han venido
a por mí? Entonces veo la carrocería hecha puré de un coche siniestrado. No es
mío. Tampoco lo es el que se ha estampado contra una farola. Busco entre el
caos de gente y localizo mi Mini, aplastado contra la mediana. Me estremezco.
—John,
no pares hasta encontrar al conductor de mi coche. —Tom cuelga y se guarda el
móvil en el bolsillo. Luego me agarra la barbilla—. Nena, mírame.
Lo
miro. No sé qué decir.
—¿Dónde
está tu casco?
Toma
aliento y me envuelve las mejillas con las manos.
—Joder.
—Me besa en los labios con fuerza—. ¿Por qué te empeñas en llevarme la
contraria? —Me besa la nariz, la boca, las mejillas—. Envié a John a por ti,
¿por qué no dejaste que te llevara al trabajo?
—Porque
quería descuartizar a Matt.
—Estaba
muy enfadado, ______.
—Nunca
lo habría hecho. No habría matado a nuestro bebé. —Sé que necesito decírselo,
al menos eso.
—Chsss...
—Sigue besándome por toda la cara y mis brazos finalmente se levantan para
aferrarse a él. No quiero dejarlo ir jamás.
—Perdone,
señor. —La voz de un desconocido nos llama la atención; es un policía—. ¿Se
encuentra
bien la señorita?
Tom
me mira y comienza a realizarme un examen visual.
—No
lo sé. ¿Estás bien?
—Estoy
bien —digo sonriendo torpemente—. ¿Cómo están los otros conductores? —Miro los demás
coches siniestrados.
—Algunos
cortes y magulladuras, nada más —responde el policía—. Han tenido mucha suerte.
Debería atenderla. Luego, si es tan amable, tendrá que responder a unas
preguntas —sonríe con gentileza señalando en dirección a una ambulancia.
Estoy
sensible y un poco preocupada.
—Estoy
bien, de veras.
Tom
refunfuña y me lanza una mirada fiera.
—Voy
a coger ese «bien» en la palma de mi mano y te voy a dar una azotaina con él.
—Estoy
bien.
Mi
coche no lo está. Está hecho una pena. Ahora entiendo por qué mamá insiste en
que no nos despidamos nunca en malos términos. No pienso volver a dejar a Tom
estando enfadados. Nunca.
Él
suspira hondo y echa la cabeza atrás.
—_____,
no te pongas difícil ahora. No tengo ningún problema en atarte a la ambulancia
para que confirmen que estás bien. —Levanta la cabeza—. ¿Vas a ir por las
buenas o por las malas?
—Ya
voy —respondo en voz baja. Haré todo lo que diga. Me separo de él—. Mi bolso.
—Yo
lo cojo.
Corre
a buscarlo.
—¡Mi
móvil está en el suelo! —le grito, pero sólo agita el brazo por encima de la cabeza
para confirmar que me ha oído.
Está
de vuelta en cuestión de segundos y el policía nos conduce a la ambulancia
abriéndose paso a través de la multitud de curiosos.
Un
auxiliar me tiende la mano para que suba a la parte de atrás pero no me dan
oportunidad de cogerla. Tom me levanta del suelo y me deposita en el interior
del vehículo blanco.
—Gracias
—le sonrío. Luego miro al policía, que se saca un bolígrafo y un cuaderno de
notas de bolsillo.
—Señor,
¿le importa responder a unas preguntas mientras atienden a la señorita?
—Me
importa. Tendrá que esperar.
—Señor,
me gustaría hacerle algunas preguntas —insiste el agente en un tono no tan
amable.
Tom
le hace frente con todo el cuerpo, en una postura que raya en la amenaza. Está
pasando por encima de un policía.
—Mi
esposa y mi bebé van en esa ambulancia, y si quiere impedir que me vaya con
ellos tendrá que pasar por encima de mi cadáver. —Da un paso atrás con las
manos arriba—. Así que dispáreme.
El
agente me mira y me sonríe a modo de disculpa. Lo último que necesito es que
arresten a Tom. No sé si es porque se deja llevar por la emoción pero el poli
asiente y le hace un gesto a mi marido para que me siga. Mi señor avasallador
lo mira amenazante hasta que se vuelve hacia mí. Está a la altura de mi vientre
pero tiene la cabeza gacha y me mira las piernas.
Se
acerca y hace descender el dedo por mi pantorrilla.
—Nena,
estás herida.
Miro
hacia abajo.
—¿Dónde?
—digo.
No
siento nada. Me levanto el vestido pero no veo ningún corte. Lo subo un poco
más. Hay sangre pero ni rastro de heridas. Miro a Tom, confusa, pero se queda
helado al verme buscar el origen de la sangre. Me mira a los ojos. Están
alertas y muestran su preocupación. No me gusta. Empiezo a negar con la cabeza,
él se aproxima y levanta mi vestido todo lo posible.
Ni
rastro de heridas.
La
sangre proviene de mis bragas.
—¡No!
—grito cuando la realidad me golpea como un rayo.
—Dios
mío. —Me arregla la falda del vestido, me coge en brazos y sube a la
ambulancia—. Por favor, no.
—¿Señor?
—Al
hospital. ¡De prisa!
Me
colocan con cuidado en una camilla y me sobresalto al oír el batir de puertas.
Me escondo en su pecho, agarrada a su camiseta.
—Lo
siento —digo.
—Calla,
_____. —Me coge del pelo y tira. Sus ojos son una nube cafe—. Por favor, calla.
—
Desliza
el pulgar por debajo de mi ojo y recoge algunas lágrimas—. Te quiero.
Éste
es mi castigo. Es mi penitencia por tener unos pensamientos tan tóxicos. Yo me
lo merezco, pero Tom no. Él merece la felicidad que sé que este bebé le habría
traído. Es una extensión de mí. He destruido su sueño. Debería haber visto las
cosas claras antes. Debería haber actualizado mi dirección cuando fui a la
consulta del médico. Debería haber dejado que John me llevara al trabajo. No
debería haber ido a la oficina de Matt. Hay tantas cosas que debería haber
hecho que podrían haber cambiado el rumbo que han tomado los acontecimientos...
La
vergüenza me corroe y lo hará durante el resto de mi vida. No han sucedido tal
como yo lo había planeado, estúpida de mí, pero el resultado final es el mismo.
He matado a nuestro bebé.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS ... LAS PREGUNTAS DEL DIA ES ... ¿QUIEN ERA LA PERSONA QUE PERSEGUIA A LA ____? ¿QUE CREEN USTEDES QUE VAYA A PASAR EN LOS SIG CAPS? ... COMENTEN 4 O MAS Y AGREGO ... ADIOS :))
:O quien sera esa persona tan mala que le habrá hecho eso a (Tn)?? enserio perdió el bebe?? ojala que no :( me encanto pero quede indignadísima virgi :S ojala subas mañana..
ResponderBorrarSubeee estoy inttrigadisimaaaaa
ResponderBorrarQuien quiere hacerle tanto daño??
ResponderBorrarNoo puede perder al bb.
Subee Virgii
Sigueeeeeeee
ResponderBorrarQuien le robaria el coche a tom O.o
ResponderBorrarSube pronto *.*