CAPITULO
# 21—
Podría
quedarme aquí tumbada eternamente, observándolo dormir con sus tranquilas
bocanadas de aliento fresco acariciándome el rostro a intervalos intermitentes,
reforzando la profunda sensación de pertenecerle en mi interior. Su manera
tierna de colocarme la mano en el vientre está intensificando mi amor por mi
hombre. Y la perfección de su cuerpo aumenta mi sed por su tacto. Me exasperan
un millón de cosas de él, y por otro lado una infinidad de cosas hacen que lo
adore. Incluso llego a adorar algunas de esas cosas exasperantes.
Incapaz
de resistirme, acerco la mano y le paso el pulgar por la mejilla, cubierta por
una barba incipiente, y por los labios separados. Sonrío al ver cómo se encoge
ligeramente y después suspira y vuelve a relajarse. La mano que tiene sobre mi
vientre empieza a trazar círculos de manera inconsciente. La perfección de su
hermoso rostro me fascinará hasta el día en que me muera; su piel ligeramente
bronceada, sus largas pestañas casi femeninas y la pequeña arruga de su frente
son sólo algunos de sus maravillosos rasgos. Tardaría una vida entera en
nombrarlos todos. Mi hombre devastador, con su manera de ser imposible.
Con
la yema del dedo le acaricio la piel firme de su garganta y deslizo la palma
por su sólido torso. Suspiro embelesada de satisfacción y me paso estos
momentos de serenidad explorando su cuerpo y su rostro. Por un instante me
gustaría que permaneciese así para toda la eternidad, para poder observarlo y
verlo tan relajado. Pero entonces nunca oiría su voz, y jamás vería sus ojos, y
tampoco experimentaría sus ataques y sus cuentas atrás.
—¿Has
acabado de palparme? —Su voz áspera me saca de mi ensueño y mi mano se detiene
en su cicatriz. Sus ojos siguen cerrados.
—No,
cállate y no te muevas —contesto, y continúo con mis caricias.
—Como
ordenes, señorita.
Sonrío
y me inclino hacia adelante hasta que mis labios quedan justo delante de los
suyos.
—Buen
chico.
Sus
párpados cerrados se mueven y las comisuras de su boca se esfuerzan por
contener una sonrisa burlona.
—¿Y
si quiero ser un chico malo? —pregunta.
—Estás
hablando —señalo, y abre uno de los ojos para desafiarme. Nada puede evitar que
sonría al ver esa cara, por muy seria que quiera estar.
—Buenos
días.
Es
demasiado rápido. En una milésima de segundo, me encuentro boca arriba atrapada
bajo su cuerpo, con los brazos sujetos sobre mi cabeza. Ni siquiera me da
tiempo a asimilar su ataque o a emitir un grito de sorpresa.
—Alguien
está pensando en echar un polvo somnoliento —musita mientras se inclina para
mordisquearme
la nariz.
—No,
estoy pensando en Tom Kaulitz, lo que significa que tengo distintas variedades
de polvos en mente.
Enarca
las cejas lenta y pensativamente.
—Eres
insaciable, preciosa mía —dice, y me besa con fuerza—. Pero vigila esa boca.
Me
apresuro a devolverle el beso, pero me detiene y me aparta. Lo miro mal y
sonríe con su sonrisa de pillo. Lo miro peor todavía, pero hace caso omiso.
—He
estado pensando —anuncia.
Dejo
de fruncir el ceño al instante. Cuando Tom piensa es mejor echarse a temblar.
—¿En
qué? —pregunto con recelo.
—En
lo dramática que ha sido nuestra vida de casados.
Es
verdad. No puedo discutírselo, pero ¿adónde quiere ir a parar con esto?
—¿Y?
—digo alargando la palabra para que continúe hablando.
—Vayámonos
unos días —me ruega. Sus ojos cafeces me suplican y ahora también está haciendo
pucheros. Creo que ha empezado a darse cuenta de que esa cara tiene el mismo
efecto que un polvo de entrar en razón—. Los dos solos.
—Jamás
volveremos a estar solos —le recuerdo.
Se
incorpora y mira mi vientre. Sonríe y se inclina para besarme la barriga y
después vuelve a mirarme con ojos de cachorrito.
—Déjame
quererte. Deja que te tenga para mí solo unos días.
—¿Y
mi trabajo? —replico, aunque últimamente mi dedicación es muy cuestionable.
—______,
ayer sufriste un accidente de tráfico.
—Ya.
Pero tengo que visitar a clientes, y Patrick...
—Yo
me encargaré de Patrick —me interrumpe—. Él se encargará de tus clientes.
Lo
miro con recelo.
—¿Quiere
decir eso que piensas amenazarlo? —inquiero. Finge estar dolido. No cuela.
—Hablaré
con Patrick.
—Con
educación.
Sonríe.
—Más
o menos.
—No,
Kaulitz. De más o menos, nada. Con educación y punto.
—¿Eso
es un sí? —pregunta, esperanzado. Me dan ganas de abrazarlo. Es imposiblemente
adorable.
—Sí
—confirmo. Necesita un respiro tanto como yo, probablemente más. Lo sucedido
ayer no va a ayudar en nada a su preocupación—. ¿Adónde vamos?
De
repente entra en acción y salta de la cama como un niño emocionado la mañana de
Navidad.
—A
cualquier sitio, me da igual.
—Pues
a mí no. ¡No pienso ir a esquiar! —Me siento tiesa en la cama al instante al
pensar en verme equipada con la ropa de esquí y unas enormes tablas de madera en
los pies.
—No
seas idiota, mujer. —Pone los ojos en blanco y desaparece en el vestidor para
reaparecer unos momentos después con una maleta—. Llevas a mis bebés ahí dentro
—añade señalando mi vientre—. Tienes suerte de que no te encadene a la cama lo
que te queda de embarazo.
—Puedes
hacerlo si quieres —digo apoyando las muñecas contra la cabecera—. No voy a
protestar.
—Es
usted una seductora, señora Kaulitz. Ven a hacer la maleta. —Vuelve al vestidor
y me deja esperando en la cama.
Con
un gruñido lo bastante sonoro como para que me oiga, me arrastro fuera de la
cama y lo sigo hasta la habitación que tenemos por armario. Está sacando ropa
al azar y tirándola en un montón junto a la maleta.
—¿Adónde
vamos?
—No
lo sé. Haré unas cuantas llamadas.
Está
haciendo su maleta feliz y contento, y de repente levanta la vista hacia donde
me encuentro, apoyada en el marco de la puerta.
—¿No
haces la tuya?
—No
sé adónde voy. ¿Hará frío, hará calor? ¿Iremos en coche, en avión?
—En
coche —afirma rotundamente, y se vuelve para coger más camisetas—. No puedes
volar.
—¿Cómo
que no puedo volar? —espeto a su espalda.
—No
lo sé. Por lo de la presión en cabina y todo eso —responde encogiendo sus
hombros
desnudos—.
Igual aplasta a los bebés.
Me
echo a reír para no darle un coscorrón.
—¡Dime
que estás de coña!
Se
vuelve lentamente para mirarme. A él no le hace ninguna gracia, su cara lo dice
todo.
—No
bromeo en lo que se refiere a ti, _____. Ya deberías saberlo.
Esto
es ridículo.
—La
presión en cabina no aplastará a los bebés, Tom. Si quieres que nos vayamos por
ahí, será en avión —declaro, y estoy a punto de dar una patada en el suelo para
reafirmar mi postura.
Parece
algo sorprendido por mi exigencia, y se sume en sus pensamientos mientras se
mordisquea
el labio. Sus engranajes mentales entran en acción.
—No
es seguro que vuelen las mujeres embarazadas —dice tranquilamente—. Lo he
leído.
—¿Dónde
lo has leído? —pregunto riéndome, temiendo que esté a punto de sacar alguna
guía de embarazo. Dejo de reírme inmediatamente cuando mete la mano entre sus
trajes y saca una guía de embarazo de verdad.
—Aquí.
—La sostiene algo avergonzado—. También deberías tomar ácido fólico.
Me
quedo mirando el libro que tengo delante con la boca abierta y observo con una
mezcla de estupefacción y diversión cómo empieza a pasar las páginas. Algunas
tienen las esquinas dobladas, e incluso me parece ver algún párrafo subrayado
con un rotulador fosforito. Está buscando algo en concreto y no puedo hacer
otra cosa que esperar aquí de pie, mirando, mientras mi guapo y neurótico obseso
del control lo encuentra.
—Aquí,
mira. —Me planta el libro en la cara y señala el centro de la página, donde hay
un
apartado
subrayado con rotulador rosa—. «El Ministerio de Salud recomienda que las
mujeres tomen un suplemento diario de cuatrocientos microgramos de ácido fólico
mientras intentan concebir, y deberían continuar con esta dosis durante las
primeras doce semanas de embarazo, período en el que se desarrolla la columna
vertebral del bebé.» —Frunce el ceño—. Pero tenemos dos bebés, así que igual
deberías tomar ochocientos microgramos.
Mi
corazón está a punto de estallar.
—Te
quiero —digo sonriendo.
—Lo
sé. —Pasa más páginas—. Lo de volar está por aquí, en alguna parte. Espera...
Le
quito el libro de las manos y ambos vemos cómo cae al suelo, donde rebota una
vez antes de asentarse en él. Me mira con recelo y sus labios forman una línea
recta. Me entra la risa y su semblante se vuelve aún más severo. Le doy una
patada al libro y lanza un grito ahogado de indignación.
—Recoge
el libro —ruge.
—Es
una estupidez. —Le doy otra patada. Sigo riéndome.
—Recoge
el libro, _____.
—No
—respondo con petulancia. Sé perfectamente lo que estoy provocando. Mis ojos se
deleitan ante la ferocidad que emana de su esbelto físico.
Enarca
las cejas y la característica arruga de su frente empieza a marcarse. No sabe
si hacerlo o no. Sabe lo que pretendo. Entonces, tres dedos aparecen ante mí.
—Tres
—susurra.
Mi
sonrisa se vuelve más amplia y le aparto la mano.
—Dos
—le respondo.
Hace
todo lo posible por contener su propia sonrisa.
—Uno.
—Cero,
nena —termino por él, y dejo escapar un alarido de complacencia cuando me carga
sobre su hombro con convicción pero con cuidado y me traslada a la habitación.
Me
río con ganas cuando me suelta sobre la cama con demasiada precisión, me cubre
con su cuerpo y me aparta el pelo de la cara.
—Señorita,
¿cuándo vas a aprender? —pregunta. Me coge de la nuca y me levanta la cabeza
hasta que rozo su nariz.
—Nunca
—admito.
Me
sonríe con esa sonrisa reservada sólo para mí.
—Eso
espero. Bésame.
—¿Y
si no lo hago? —pregunto. Sé que lo haré. Y él también lo sabe.
Se
inclina y apoya la punta del dedo en el hueco sobre el hueso de mi cadera.
Contengo la respiración.
—Los
dos sabemos que vas a besarme, ______. —Me hace cosquillas con los labios en
los míos—.No perdamos el tiempo con tonterías cuando podría estar perdiendo el
sentido contigo. Bésame ya.
Mi
lengua se desliza entre mis labios, roza su labio inferior y empiezo a
provocarlo dándole pequeños lametones hasta que cede y también libera su
lengua. Nos encontramos en el centro y trazamos dulces círculos hasta que gruñe
y ataca mi boca con una fuerza bruta. Me anoto un tanto mental. Le resulta tan
imposible resistirse a mí como a mí me sucede con él.
—Mmm
—suspiro mientras igualo la intensidad de sus lametones.
Esto
es lo que necesitamos, unos cuantos días solos para amarnos y acostumbrarnos a
nuestro inminente futuro juntos. Un futuro en el que ahora hay dos pequeños.
Necesito a Tom para mí sola un tiempo, sin distracciones. Sólo él, sin
problemas. Sólo nosotros.
—En
realidad no pone nada de que no pueda volar, ¿verdad? —pregunto. Sé que no
puede ser, porque he visto mujeres embarazadas en aviones. No es más que otra
de las estúpidas reglas de embarazo de Tom.
Me
muerde y me chupa el labio.
—Es
algo lógico —dice.
—No.
Es neurótico —discrepo—. Las mujeres embarazadas vuelan todo el tiempo, así que
vas a llevarme en avión a algún sitio cálido y vas a dejar que me sacie contigo
todo lo que quiera. Contacto constante. Quiero contacto constante. —Sé que eso
lo complacerá, y cuando levanta la cabeza arrastrando mi labio entre sus
dientes, la maravillosa sonrisa dibujada en su rostro lo confirma.
—Me
muero de ganas. —Me besa la nariz y se levanta—. Venga, vamos. Estamos
perdiendo mucho tiempo de saciarnos. —Me guiña un ojo, da media vuelta y me
deja holgazaneando entre las sábanas blancas, en el séptimo cielo de Tom.
Tiro
de mi maleta y ésta empieza a rebotar en la escalera.
—¡Eh!
—El grito me hace dar un brinco a medio paso y me agarro del pasamanos para no
caerme.
Un sonoro grito ahogado de pánico inunda el aire seguido de unos fuertes pasos
que ascienden por los escalones. Me agarra y me inmoviliza—. ¿Qué coño haces,
mujer?
Mi
sobresalto se transforma en ira.
—¡Joder,
Tom! ¡Relájate, hostia! ¡Casi me caigo por tu puta culpa! —Al instante me doy
cuenta de lo que he hecho, y el gruñido de Tom confirma que acabo de decir un
montón de tacos. Tres de una tirada, para ser exactos. Me preparo para la
bronca cerrando un ojo y encogiéndome.
—¡¿Quieres
hacer el favor de vigilar esa puta boca?! —Coge mi maleta—. ¡Espera aquí!
—ladra, y obedezco, pero principalmente porque su aturdidor grito de furia me
ha dejado inmóvil y sin palabras.
Prácticamente
lanza la maleta cuando llega abajo mientras masculla y maldice entre dientes. Después
vuelve a subir y me coge en brazos.
—Podrías
haberte partido el puto cuello.
—¡Llevaba
bien la maleta! ¡Ha sido tu grito lo que casi hace que me caiga! —No forcejeo
ni
intento
liberarme.
—El
único peso que debes llevar es el de mis pequeños.
—¡Nuestros
pequeños!
—¡Eso
es lo que acabo de decir! —Me deja en el suelo—. No hagas ninguna estupidez,
señorita.—Me recoloco la camiseta resoplando.
—¿Desde
cuándo es una estupidez llevar una maleta?
—¡Desde
que estás embarazada!
Esto
es el colmo.
—Kaulitz,
será mejor que te relajes o... —Lo apunto con un dedo—: ¡Cornualles!
Se
echa a reír, lo que no hace sino aumentar mi frustración unos cuantos niveles.
Debería
preocuparse,
no reírse.
—¿Cuántas
veces vas a amenazarme con el puto Cornualles? —pregunta con engreimiento, como
si supiera que jamás cumpliré mi amenaza. Puede que lo haga. No me entusiasma
la idea de pasarme todo el embarazo con mis padres, pero cualquier cosa será
mejor que esto.
—¡Me
iré ahora mismo! —le grito a la cara.
—Muy
bien. Yo te llevo. —Coge mi maleta, se dirige a la puerta y me mira por encima
del
hombro
mientras me quedo ahí plantada, perpleja. ¿Cómo que él me lleva?—. ¿Vienes o
no?
Me
está tomando el pelo.
—¿Has
llamado a Patrick? —pregunto tras él. Tom jamás me llevaría voluntariamente a
casa de mi madre.
—Sí
—responde tajantemente—. Tienes que volver al trabajo el martes. —Cierra la
puerta
cuando
salgo y llama el ascensor.
—No
puedo creer que hayas puesto la cuenta atrás de código —gruño, pero él no me
hace caso.
Bajamos
en silencio. Yo lo miro en las puertas de espejo mientras él llama a John. Hace
como si no estuviera.
Las
puertas se abren. Me insta a salir con un gesto de la cabeza mientras continúa
la conversación con el grandullón y le pide que le diga a Steve que se encargue
él antes de decirle que va a llevarme a casa de mis padres. Todavía no me lo
creo. ¿Y que se encargue Steve de qué?
—¡Hola,
______! —El alegre tono de Casey logra cambiar rápidamente mi ceño fruncido por
una abierta sonrisa.
—¡Señora
Kaulitz! —brama Tom, que todavía habla con John mientras pasamos junto al
mostrador
del conserje.
No
le hago caso.
—¡Buenos
días, Casey! ¿Qué tal?
—Muy
bien, gracias. Hoy hace un día estupendo. —Señala hacia el exterior con la
cabeza y al volverme veo que luce un sol espléndido—. Que tenga usted un buen
día, _____.
—Gracias.
Salgo
al bochornoso exterior toda distraída y al instante me doy cuenta de que mi
regalo de boda ha regresado por arte de magia del Lusso, aunque pronto me
olvido de mi flamante Range Rover blanco al ver un Aston Martin.
—Sí,
gracias, grandullón. —Tom cuelga, se dirige al maletero del coche extraño y
guarda en él las maletas.
—¿Qué
es esto? —pregunto señalando el DBS.
Cierra
el maletero y se da unos golpecitos en la barbilla con aire pensativo.
—Creo
que podría ser un coche.
—El
sarcasmo no te pega, Dios. ¿De dónde ha salido?
—De
un garaje, para sustituir al mío hasta que lo encuentren. —Me coge del brazo y
me insta a meterme en el vehículo.
—¿Todavía
no han encontrado tu coche?
—No
—responde tajantemente sin darme pie a insistir en el tema, aunque eso no logra
detenerme.
—¿Qué
tiene que hacer Steve? —pregunto, y veo que por unos instantes actúa con menos
determinación.
—Nada
—miente. Arqueo una ceja con recelo para que sepa que lo sé—. Va a encargarse
de algunas cosas por mí —añade, y me suelta mientras estira el brazo para
abrocharme el cinturón.
Le
golpeo las manos cuando empieza a ajustarme la cinta inferior sobre el vientre.
—¿Quieres
parar ya? —Se las aparto y le cierro la puerta en toda la cara.
Él
se queda cavilando al otro lado de la ventanilla, mirándome mal. Empiezo a
desear que me lleve de verdad a casa de mi madre. No sé si puedo soportar esto,
y ni siquiera voy a intentar convencerme de que puede parar. Parece que dos
bebés implican doble sobreprotección.
Sobreprotección
de Tom. Y sé perfectamente de qué va a encargarse Steve, y también sé que si
Tom no le pegó una paliza es porque accedió a ocuparse del tema de las drogas
que me echaron, y ahora también del accidente. Me apoyo en el reposacabezas y
me vuelvo un poco para ver cómo se acomoda y ajusta el asiento del conductor,
alejándolo todo lo posible del volante para que quepan sus largas piernas.
—¿Por
qué no vamos en mi coche? —pregunto señalando con la cabeza mi brillante bola
de nieve.
Él
se queda parado y me mira con el rabillo del ojo.
—No
puedes conducir mucho.
Sonrío
para mis adentros.
—No,
pero podrías conducirlo tú.
Debería
insistirle y obligarlo a conducir el maldito tanque. Seguro que también es a
prueba de balas.
—Sí,
podría, pero ahora tengo éste —responde sin más, y arranca el motor y acelera
para oír su rugido con una amplia sonrisa de satisfacción—. Escucha eso.
—Suspira, pisa el embrague y el coche se pone en marcha.
A
regañadientes, admiro el rugido gutural del DBS y observo a Tom admirando su
magnífico perfil.
—Bueno,
¿adónde vas a llevarme? —pregunto mientras saco mi móvil del bolso.
—Ya
te lo he dicho, a casa de tu madre.
Pongo
los ojos en blanco de manera teatral. Sé que preferiría meter la cabeza en agua
hirviendo antes de ir a ver a mi madre por su propia voluntad.
—Vale
—suspiro, y me dispongo a llamar a Kate.
—Dame
tu móvil. —Acerca la mano para cogerlo—. Nada de teléfonos.
—Tengo
que llamar a Kate.
Me
lo quita y lo apaga.
—Ya
he llamado a todos los que tienen que saber que nos vamos, Kate incluida.
Relájate,
señorita.
No
intento reclamarlo. No lo quiero.
—____,
nena, despierta.
Abro
los ojos, me estiro y mis manos chocan contra algo. Levanto la vista, confusa,
y veo el techo del coche. Después mis ojos adormilados miran a un lado y se
encuentran de frente con mi maravilloso controlador, que me sonríe alegremente.
—¿Dónde
estamos? —pregunto frotándome los ojos.
—En
Cornualles —se apresura a responder.
Mi
cerebro registra al instante que necesito orinar.
—Ya
vale —lo reprendo. Estoy algo quejica también—. Tengo que hacer pis.
Me
vuelvo en mi asiento, cojo la manija para abrir la puerta y veo el entorno que
nos rodea. Reconozco ese muro bajo que bordea el pequeño cementerio, y la
pequeña cabaña en la que puedes entrar para tomar el sendero que lleva a la
playa, y la mezcla de arena y hojas que se acumula en el pequeño canal. Me
resulta familiar. Demasiado familiar.
Me
vuelvo hacia él.
—¿No
era coña? —Miro otra vez, pero los trajes de buzo tendidos en el jardín que hay
al otro lado de la carretera confirman mis temores—. ¿Vas a dejarme en casa de
mi madre? —digo reflejando lo herida que estoy.
Tal
vez él tampoco se vea capaz de soportar su ridícula sobreprotección y haya
llegado a la conclusión de que, si deja que mis padres cuiden de mí durante
este embarazo, probablemente se evite el infarto que va a sufrir a este paso. Y
puede que esto también salve nuestro matrimonio, porque si seguimos así nos
esperan unos cuantos meses de exceso de control por su parte y de exceso de resistencia
por la mía, al menos hasta que esté demasiado gorda como para contraatacar. Me
pondré como una ballena. Gigante. Enorme. Gorda y preñada y en absoluto sexy.
Creo que voy a llorar.
Desliza
la mano por mi cuello y me agarra de la nuca para que me vuelva hacia él.
—No
me amenaces con Cornualles. —Sonríe con malicia y me echo a llorar como una
embarazada
estúpida con las hormonas alteradas. A través de mis lágrimas irracionales, veo
que su sonrisa se desvanece y es reemplazada por una mirada de preocupación—.
Nena, es una broma. Tendrían que matarme para apartarme de ti. Ya lo sabes.
—Tira de mí, me coloca sobre su regazo y yo hundo la cara en su cuello
sollozando como una tonta. Sé que me estoy comportando de una manera totalmente
irracional. Él jamás me dejaría. ¿Qué coño me pasa?—. _____, mírame.
Me
sorbo los mocos y levanto a regañadientes la cabeza para dejar que vea mi cara
cubierta de lágrimas.
—Voy
a ponerme gordísima. ¡Enorme! ¡Son mellizos, Tom!
Mi
engreimiento del hospital ha desaparecido. Toda mi idea de torturarlo con bebés
gritones y con mis cambios de humor acaba de esfumarse. Mi cuerpo va a
estirarse por todas partes. Tengo veintiséis años. No quiero tener pellejos
colgando ni tampoco estrías. Jamás volveré a lucir lencería de encaje.—Ya no...
—No quiero ni pensarlo, y me cuesta un mundo decirlo.
—¿Te
desearé? —dice terminando la frase por mí. Sabe cómo me siento.
Asiento
ligeramente y me siento culpable por ser tan egoísta, pero cuando pienso en
cómo me mira cada vez que me tiene en sus brazos, o cada vez que me mira,
simplemente... no sé qué haría si jamás volviera a mirarme así. Lo necesito. Es
una parte importantísima de nuestra relación.
—Sí.
—He de ser sincera. Es uno de mis temores, junto con todos los demás que
acompañan este embarazo.
Sonríe
un poco, me coloca la mano en la mejilla y me la acaricia trazando suaves
círculos con el pulgar.
—Nena,
eso no va a pasar.
—¿Y
cómo lo sabes? No sabes cómo te sentirás cuando tenga los tobillos hinchados y
camine como si me hubieran metido una sandía a presión.
Se
echa a reír con ganas.
—¿Así
va a ser?
—Seguramente.
—Deja
que te diga una cosa, señorita. Cada día que pasa te deseo más, y creo que
llevas a mis hijos ahí dentro desde hace unas cuantas semanas —dice, y me
acaricia la barriga suavemente con la otra mano.
—Todavía
no estoy gorda —mascullo.
—No
vas a engordar, _____. Estás embarazada. Y además, pensar que tienes algo que
forma parte de ti y de mí ahí dentro, calentito y a salvo, hace que me sienta tremendamente
feliz y... —empuja lentamente las caderas hacia arriba. Está empalmado— hace
que te desee aún más si cabe. Así que cállate y bésame, esposa.
Le
lanzo una mirada cínica y él me mira con expectación mientras sube la cadera de
nuevo. Me excito al instante y prácticamente me abalanzo sobre él, y en este
mismo momento decido que no pienso dejar que eso suceda. Voy a hacer esos
ejercicios pélvicos hasta que me ponga morada del esfuerzo. Y pienso ir a
correr, y llevaré encaje cuando esté de parto.
—Mmm,
ésta es mi chica —murmura cuando me aparto un segundo para que respire—. Joder,
______, me encantaría arrancarte esas bragas de encaje y follarte como un loco
aquí mismo, pero no quiero montar un espectáculo.
—Me
da igual —replico, y lo ataco de nuevo. Hundo la lengua en su boca y lo agarro
del pelo con fuerza. Acaba de decir que quiere follarme, y me da igual dónde
estemos.
—_____.
—Forcejea conmigo entre risas—. Para o no me hago responsable de mis actos.
—Tranquilo,
no te haré responsable —digo. Tiro de su camiseta y me aferro a su erección.
—Joder,
mujer —gruñe.
Casi
lo tengo, pero entonces oigo unos fuertes golpes en la ventanilla a mi lado. Me
aparto al instante lanzando un grito ahogado de sorpresa e intento dominar mi
casi indómita lujuria. Nos miramos el uno al otro durante unos segundos, ambos
jadeando, y después giramos la cabeza al unísono en dirección al cristal.
Es
un policía, y no parece muy contento. Tom me aparta de su regazo y me coloca
rápidamente en mi asiento, donde empiezo a alisarme el pelo y me pongo de todas
las tonalidades de rojo que existen. Él esboza su sonrisa de pícaro mientras
observa cómo me arreglo.
—Así
aprenderás. —Baja la ventanilla y dirige la atención hacia el poli—. Disculpe,
agente. Está embarazada. Las hormonas, ya sabe... No me quita las manos de encima
—dice conteniendo la risa, mientras que yo resoplo indignada y le doy un golpe
en el muslo. Tom se echa a reír, me coge la mano y me la aprieta—. ¿Lo ve?
El
policía carraspea y se pone colorado.
—Sí...,
bueno..., eh..., están en un lugar público —dice señalando a nuestro
alrededor—. Prosigan su camino.
—Hemos
venido de visita.
Tom
vuelve a subir la ventanilla para bloquear cualquier posible balbuceo y
tartamudeo
incómodo
adicional del abrumado policía y vuelve su rostro socarrón hacia mí. Está de
buen humor.
Es
un sinvergüenza, como siempre, pero adorable, encantador y pícaro.
—¿Preparada?
—Creía
que íbamos a viajar en avión.
Me
encanta Newquay, y estoy deseando ver a mis padres, pero lo que necesito en
estos momentos es disfrutar de Tom para mí sola.
—Y
lo haremos, después de contarle a mi encantadora suegra que va a ser abuela.
—Baja del coche dejándome horrorizada. De repente se me han quitado las ganas
de ver a mi madre. Le va a dar algo. La puerta de mi lado se abre—. Vamos.
Cierro
los ojos e intento reunir algo de paciencia.
—¿Por
qué me haces esto? —pregunto.
—Tienen
que saberlo. —Me coge de la mano y tira de mí.
—No,
lo que pasa es que te mueres por anunciarle a mi madre de sólo cuarenta y siete
años que va a ser abuela.
—Para
nada —responde a la defensiva, pero lo he pillado. Le encanta buscarle las
cosquillas.
Cogiéndome
de la mano, me guía por la entrada hasta la puerta del adosado de mis padres
junto al mar.
—¿Cómo
sabías dónde era? —digo. Acabo de pensarlo. Nunca había venido. ¿O sí?
—Llamé
y les pregunté la dirección, y creo que ése es el coche de tu padre —dice
señalando el Mercedes—. ¿No?
—Sí
—gruño.
Por
lo visto, nos están esperando.
Cuando
llegamos a la puerta principal, Tom levanta mi mano, me la besa con dulzura y
me guiña un ojo. Yo sonrío al pícaro irritante. De pronto, saca un par de
esposas y nos las pone en las muñecas.
—¿Qué
haces? —inquiero. Intento apartarme pero es demasiado tarde: sabe manejarlas
perfectamente—.
¡Tom!
La
puerta delantera se abre y tras ella aparece mi madre, encantadora con un par
de vaqueros piratas y un jersey de color crema.
—¡Ya
ha llegado mi chica!
—¡Hola,
mamá! —exclama Tom levantando nuestras manos esposadas y saludando con la mano con
una sonrisa. Sabía que iba a hacerlo, y aunque mi pobre madre acaba de quedarse
petrificada, no puedo evitar sonreír. Está en modo travieso y juguetón, y me
encanta.
Mi
madre se acerca nerviosa, inspecciona el terreno detrás de nosotros para
comprobar que nadie lo ha visto y agarra a Tom del brazo y lo empuja hasta el
recibidor.
—Quítale
esas esposas a mi hija, delincuente.
Él
se echa a reír y me las quita al instante. Mi madre recupera rápidamente la
sonrisa.
—¿Contenta?
—pregunta Tom.
—Sí.
—Le da un golpecito en el hombro y se acerca para estrecharme contra su pecho—.
Cuánto me alegro de verte, cariño. He preparado la habitación de invitados.
—¿Vamos
a quedarnos? —pregunto aceptando su abrazo.
—Volamos
por la mañana —me informa Tom—. He pensado que sería mejor que viniéramos a hacerles
una visita antes de que tu madre piense que te impido verla.
Ella
me suelta y abraza a mi marido.
—Gracias
por traerla de visita —dice, y lo abraza aún más fuerte.
Sonrío
al ver cómo acepta su abrazo y pone los ojos en blanco. Todo esto no le gusta.
Sé que preferiría tenerme en exclusiva todos los días de la semana, pero está
haciendo un esfuerzo, y eso hace que lo quiera aún más si cabe.
—Aprovéchate
porque voy a secuestrarla por la mañana.
—Sí,
sí, ya lo sé —dice mi madre, soltándolo—. ¡Joseph! ¡Ya están aquí! Voy a hacer
té.
La
seguimos hasta la cocina y echo un vistazo a la casa. Todo está limpio y
ordenado, como siempre en casa de mis padres. No me crié en este lugar, pero mi
madre se ha propuesto crear aquí una réplica de la casa de mi infancia. Incluso
hizo que derribaran una pared para unir la cocina y el salón y crear una sala
familiar enorme.
Mi
padre está sentado a la mesa de la cocina, leyendo un periódico.
—¡Hola,
papá! —digo inclinándome por encima de su hombro, y le doy un beso en la
mejilla.
Él
se pone tenso como siempre que se enfrenta a un momento de afecto.
—_____,
¿cómo estás? —Cierra el periódico y le ofrece la mano a Tom, que ya se ha
acomodado en la silla que hay junto a él—. ¿Aún te tiene alerta?
—Por
supuesto. —Tom me mira de soslayo y yo resoplo.
Voy
al cuarto de baño y luego me siento a la mesa junto a mi padre y mi marido y
observo en silencio cómo charlan tranquilamente mientras mi madre prepara té e
interviene en la conversación de vez en cuando. Es una escena maravillosa, y si
alguien me hubiera dicho que esto iba a suceder cuando me enrollé por primera
vez con mi señor de La Mansión del Sexo, me habría reído en su cara. Jamás lo
habría imaginado. Me siento muy feliz.
—He
pensado que podríamos ir a cenar a The Windmill —dice mamá mientras deja el té
en la mesa—. Iremos dando un paseo. Parece que hará buena noche.
Mi
padre gruñe su asentimiento, probablemente ansioso por tomarse unas cuantas
pintas.
—Buena
idea —dice.
—Perfecto
—conviene Tom. Me pone la mano sobre la rodilla y me da un pequeño apretón. Sí,
es perfecto.
CAPITULO
# 22.-
—Las
damas primero. —Tom sostiene la puerta abierta para que mi madre y yo
entremos—. Joseph.
—Gracias,
Tom.
Mi
padre toma la delantera y nos guía hasta una mesa que hay junto a la chimenea,
en la que hay dispuestas un montón de velas en vez de los típicos troncos y
llamas que crepitan durante los meses de invierno.
—¿Qué
queréis beber? —pregunta Tom mientras retira mi silla. Cuando estoy a punto de
sentarme,
me detiene al ver que el asiento es de madera dura y que no tiene ningún
almohadón. Me deja de pie y pronto la cambia por una de respaldo alto con
reposabrazos tapizada en terciopelo verde oscuro que había cerca.
—Yo
tomaré una copa de vino blanco. —Mi madre se sienta con esmero y saca sus gafas
para leer el menú.
—Yo
una pinta de Carlsberg —dice mi padre.
—Y
mi chica guapa ¿qué va a tomar? —pregunta Tom mientras me insta a sentarme
sobre el asiento blandito.
—Agua,
por favor —digo sin pensar, y mi madre levanta la cabeza del menú inmediatamente.
—¿No
bebes vino? —pregunta sorprendida mirándome por encima de las lentes.
Me
revuelvo en mi asiento y noto que Tom se mueve nervioso detrás de mí mientras
me acerca un poco más la silla a la mesa.
—No,
tenemos que levantarnos pronto —contesto como si tal cosa, y cojo un menú.
Acabo de recordar bruscamente la razón por la que estamos aquí. Qué pesadilla.
—Ah.
—Sigue sorprendida, pero lo deja estar y se pone a señalar los platos
especiales del menú.
Siento
el aliento caliente de Tom en mi oreja. Por supuesto, me estremezco al
instante. Aún me dura el calentón desde nuestro encuentro frustrado en el Aston
Martin.
—Te
quiero. —Me besa en la mejilla y yo me acerco para sentir su cara, que pincha
cubierta por una barba incipiente.
—Lo
sé.
Nos
deja en la mesa para ir a pedir las bebidas y veo cómo mi madre le lee el menú
entero a mi padre y después empieza a recitar los platos del día que aparecen
escritos en las numerosas pizarras colgadas por el bar.
—¿Sabéis
algo de Dan? —pregunto.
—Sí,
nos ha llamado antes, cariño —me dice mi madre—. Dice que fuisteis a comer
ayer. Qué bien. Le he dicho que ibais a venir a vernos antes de iros de
vacaciones, pero no sabía nada. Me sorprende que Tom no se lo dijera.
A
mí no me sorprende, pero mi madre parece totalmente ajena a la evidente
hostilidad que hay entre mi hermano y mi marido.
—Lo
decidimos en el último momento —digo quitándole importancia—. Tom debió de
olvidar contárselo. —Me siento un poco culpable. No me costaba nada telefonear
a Dan para decirle que iba a estar fuera de Londres unos días.
Un
camarero deja una bandeja en la mesa ahorrándome así más preguntas. Todo el
mundo coge su bebida y mis padres exclaman con entusiasmo al ver sus vasos
llenos de alcohol. Miro mi vaso de agua con el mismo poco entusiasmo que siento
por él y suspiro al ver la copa de vino de mi madre.
—Bueno,
¿qué vais a querer? —pregunta ella—. Yo creo que voy a pedir la mariscada.
Me
inclino sobre Tom para compartir su menú y dejo caer la mano sobre su rodilla.
Me la coge y la besa distraídamente, sin apartar la vista de la carta.
—¿Qué
te apetece, nena?
—No
lo sé.
—Yo
voy a pedir mejillones con mantequilla de ajo —anuncia mi padre señalando la
pizarra que muestra todos los sabrosos platos de marisco—. Están deliciosos.
—Se relame y le da un trago a la pinta. No sé qué hacer. El marisco es
obligatorio, sobre todo estando tan cerca del mar, pero ¿qué pido?
¿La
mariscada, llena de almejas, mejillones, cangrejo y langostinos; o los
mejillones cubiertos de mantequilla de ajo con pan calentito recién horneado?
Las tripas me rugen y me exigen que las llene.
—No
me decido.
—Dime
qué te apetece y yo te ayudo. —Me mira y espera a que lo ilumine con mi dilema.
—Mejillones
o mariscada —digo.
Los
ojos se le salen de las órbitas.
—¡Ni
una cosa ni la otra! —exclama llamando la atención de mis padres, que se
detienen a
medio
trago.
—¿Por
qué? —Me vuelvo y lo miro con el ceño fruncido, pero al instante me doy cuenta.
Ha leído algo al respecto en ese maldito libro—. ¡Venga ya, Tom!
Niega
con la cabeza.
—De
eso, nada, señorita. Ni hablar. El pescado contiene mercurio, que puede afectar
al sistema nervioso del feto. Ni se te ocurra desobedecerme en esto.
—¿Vas
a dejarme comer algo? —digo totalmente enfurruñada. Me encanta el marisco.
—Sí.
Pollo, ternera. Tienen muchas proteínas, y eso es bueno para nuestros pequeños.
Protesto
con frustración y cojo mi vaso de agua. Voy a volverme loca. Para cuando
lleguen estas criaturas estaré tomando Prozac.
Estoy
tan ocupada con mi pataleta que tardo unos momentos en fijarme en la cara de
asombro de mis padres al otro lado de la mesa.
«¡Ay,
mierda!»
—Hazlo
con estilo, ______ —murmura Tom dejando el menú sobre la mesa. Lo miro con incredulidad.
¿Yo?
—¿Estás
embarazada? —espeta mi madre cuando por fin asimila el exceso de información.
—¿______?
—insiste mi padre al ver que sigo mirando a Tom, que permanece con la vista
fija en el menú que acaba de soltar.
Respiro
hondo y trago saliva. No hay escapatoria. Sé que Tom jamás habría permitido que
nos fuésemos de Newquay sin decírselo.
—Sorpresa
—susurro en un débil intento de restarle importancia.
—¡Pero
si lleváis casados cinco minutos! —exclama mi madre—. ¡Cinco minutos!
Miro
cómo mi padre le apoya una mano en el brazo para calmarla, pero eso no va a
detenerla. Sé que va a ponerse histérica y, si lo hace, Tom se pondrá hecho una
furia. No me lo imagino aguantando un sermón de mi madre. Pero tiene razón.
Sólo llevamos casados unas semanas. No son cinco minutos, pero sigue siendo
poco tiempo. No me atrevo a decirle de cuánto estoy. No tardaría en calcular lo
pronto que me quedé preñada después de conocer a este hombre. Ya le costó
asimilar el hecho de que me casase con él tan de prisa, a pesar de las artimañas
de Tom por ganárselos y por conseguir la
aprobación
de mi padre.
Permanezco
en silencio, Tom y Joseph también, pero mi madre no. Nada de eso: acaba de empezar.
Lo sé por cómo coge la copa de vino y por cómo respira hondo para tomar aire.
Y
entonces empiezo a preocuparme porque abre unos ojos como platos y dirige la
vista hacia mi hombre.
—Os
casasteis de penalti, ¿verdad? ¡Te casaste con ella porque tenías que hacerlo!
—¡Gracias!
—Me echo a reír pensando en lo ofensivo que me resulta que diga algo así. No
piensa
con claridad, y está empezando a decir un montón de idioteces. A pesar del poco
tiempo que ha pasado con nosotros, sabe perfectamente lo que sentimos el uno
por el otro.
—Elizabeth
—dice Tom, muy serio. Le tiembla la mandíbula. Me temo lo peor—. Sabes que eso no
es verdad. —Parece muy calmado, pero detecto la irritación en su tono, y no lo
culpo. Se siente insultado, y yo también.
Mi
madre resopla un poco, pero mi padre interviene antes de que pueda responderle.
—¿Cuando
os casasteis aún no lo sabíais?
—No
—me apresuro a contestar, y agarro mi vaso con las dos manos para evitar que mi
reflejo natural me delate. Los dos lo sabíamos perfectamente, aunque yo lo
negara.
—Vaya
—suspira mi padre.
—No
me lo creo —protesta Elizabeth—. Una novia embarazada sólo indica una cosa.
—Pues
no se lo digas a nadie —le espeto.
Estoy
muy cabreada con mi madre y por la reacción que ha tenido. No la culpo. Es una
sorpresa, más grande de lo que se imagina, pero ¿cómo se atreve a decir que nos
casamos apresuradamente porque estaba embarazada? Y si yo estoy furiosa, me imagino
cómo debe de sentirse Tom. Está temblando, totalmente tenso, y cuando me coge
la mano izquierda y empieza a darle vueltas a mi anillo de boda sé que está a
punto de avasallar a mi madre.
Se
inclina hacia adelante y cierro los ojos.
—Elizabeth,
no soy un puto crío de dieciocho años al que lo obligan a hacer lo correcto
después de haber echado un quiqui con una chica. —No le está rugiendo a mi
madre, pero cuando abro los ojos para evaluar a qué nivel de ferocidad nos
estamos enfrentando, veo que se esfuerza por no arrugar el labio—. Tengo
treinta y ocho años. _____ es mi mujer, y no voy a permitir que se agobie ni
que se entristezca, así que puedes aceptarlo y darnos tu bendición o seguir
así, en cuyo caso me llevaré a mi chica a casa ahora mismo.
Sigue
haciendo girar mi anillo y, aunque acaba de poner a mi melodramática madre en
su sitio con bastante brusquedad, tengo ganas de besarlo. Y de darle un bofetón
también. ¿No quiere que me agobie? Tiene gracia viniendo de él.
—Bueno,
vamos a calmarnos todos un poco, ¿de acuerdo? —dice el mediador de mi padre,
tan tranquilo como siempre.
Además
de incomodarle el afecto, tampoco le gustan los enfrentamientos. Le lanza a mi
madre una mirada de advertencia, algo raro en él, pues sólo lo hace con su
mujer cuando lo considera absolutamente necesario. Y definitivamente esta
situación lo requiere, porque si mi madre no se controla, Tom se abalanzará
sobre ella. Hasta el momento ha sido increíblemente tolerante, aunque lo cierto
es que ella también lo ha sido con mi hombre imposible.
—_____.
—Mi padre me sonríe desde el otro lado de la mesa, todavía con la mano en el
brazo de su mujer para indicarle de manera sutil que cierre la boca—. ¿Cómo te
sientes al respecto?
—Bien
—respondo rápidamente, y Tom me aprieta la mano. Tengo que encontrar otra
palabra—.De maravilla. No podría estar más feliz —digo devolviéndole la
sonrisa.
—Bueno,
pues ya está. Están casados y tienen estabilidad económica. —Se echa a reír. Es
bastante
gracioso decir que Tom tiene estabilidad económica—. Además, son adultos,
Elizabeth. Hazte a la idea: vas a ser abuela.
Me
siento bastante avergonzada. Después de lo que acaba de suceder, cualquiera
diría que somos un par de adolescentes. Le sonrío a Tom como disculpándome y él
sacude la cabeza, exasperado.
—¡No
pienso ser una «abuela»! —espeta mi madre—. Tengo cuarenta y siete años. —Se
atusa el pelo—. Pero no me importaría ser una «abu» —musita mientras considera
la opción.
—Puedes
ser lo que te dé la gana, Elizabeth. —Tom vuelve a coger el menú haciendo un
esfuerzo
evidente por dejar la cosa ahí. Sé que se muere por decirle cuatro cosas más.
—¡Deberías
vigilar tu lenguaje, Tom Kaulitz! —replica ella. Se inclina por encima de la
mesa y baja la parte superior de su menú, pero él no se disculpa—. ¡Un momento!
—chilla de pronto.
—¿Qué
pasa? —pregunta mi padre.
La
mirada de mi madre oscila entre Tom y yo una y otra vez hasta que la fija en
él, que la mira con las cejas enarcadas, esperando a que nos diga qué pasa.
—Habéis
dicho «pequeños», en plural. Habéis dicho «nuestros pequeños».
—Son
mellizos. —Tom sonríe alegremente, y toda la irritación y el resentimiento
desaparecen en un segundo. Me frota el vientre con suavidad—. Son dos bebés.
Dos nietos.
—¡Por
todos los santos! —Mi padre se echa a reír—. Eso es algo muy especial.
¡Enhorabuena!
Su
pecho se hincha de orgullo y me hace sonreír.
—¿Mellizos?
—interviene mi madre—. ¡Ay, ______, querida! Vas a acabar agotada. ¿Cómo vas
a...?
—No,
no se agotará —la corta Tom bruscamente antes de que haga que tenga ganas de
abalanzarse
sobre ella de nuevo—. Me tiene a mí.
Mi
madre vuelve a sentarse y cierra la boca, y yo me derrito con un leve suspiro.
Sí, lo tengo a él.
—Y
nos tienes a nosotros, querida —añade mi madre con cariño—. Lo siento mucho. Es
que no me lo esperaba. —Se inclina y me ofrece la mano. La acepto—. Siempre
estaremos ahí.
Sonrío,
pero al instante me doy cuenta de que en realidad no estarán ahí. Viven a
kilómetros de Londres, y puesto que no contamos con la familia de Tom, no podré
llamar a los abuelos para acercarme y poder relajarme aunque sea por una hora.
No podré ir a casa de mi madre a tomar un té mientras charlamos para que pueda
ver a sus nietos. Tom me aprieta la mano y me saca de mis tristes e inesperados
pensamientos. Lo miro y él me mira directamente a los ojos.
—Me
tienes a mí —reafirma como si me estuviera leyendo la mente. Probablemente lo
haya hecho. Asiento y trato de convencerme de que él es todo cuanto necesito,
pero con dos bebés a los que cuidar y con Tom en La Mansión, me veo bastante
sola. La interacción con adultos será limitada porque, admitámoslo, salir por
ahí con dos criaturas va a ser complicado, así que dependeré prácticamente de
las visitas que me hagan.
—¿Ya
lo tienen?
Levanto
la vista y veo a una camarera armada con una libreta y un bolígrafo lista para
anotar nuestros pedidos. Sonríe alegremente, y le sonríe alegremente a Tom.
—Yo
tomaré el filete, por favor —digo colocándole la mano sobre la rodilla a mi
marido como por instinto para marcarlo.
La
camarera no hace ademán de escribir nada ni tampoco me pregunta cómo lo quiero,
sino que sigue ahí plantada, haciéndole ojitos a mi dios y recorriendo con la
mirada su magnífico cuerpo con todo el descaro del mundo.
—Yo
tomaré el filete —repito, esta vez sin el «por favor»—. Al punto.
—¿Disculpe?
—Finalmente la chica aparta los ojos de Tom, que se esfuerza por contener la
risa mientras finge estar leyendo el menú.
—El
filete. Al punto. ¿Quieres que lo anote yo? —pregunto de mala leche. Tom se ríe
por lo bajo.
—Ah,
claro. —Empieza a escribirlo—. ¿Y ustedes? —pregunta entonces mirando a mis
padres.
—Mejillones
para mí —gruñe mi padre.
—Y
la mariscada para mí —canturrea mi madre—. Y otra copa de vino —añade
levantando la suya vacía.
La
camarera lo apunta todo y se vuelve hacia Tom de nuevo. Sonríe otra vez.
—¿Y
para usted, caballero?
—¿Qué
me recomiendas? —dice él mientras le sonríe con esa sonrisa reservada sólo para
las mujeres, lo que la obliga a retroceder unos cuantos metros.
Pongo
los ojos en blanco y veo cómo se toquetea la coleta y se pone como un tomate.
—El
cordero está muy bueno.
—Tomará
lo mismo que yo —intervengo. Recojo todos los menús y se los entrego con una
dulce sonrisa falsa—. Al punto.
—¿Sí?
—Mira a Tom esperando su confirmación.
—Lo
que diga mi esposa. —Se inclina y me rodea los hombros con el brazo, pero con
la mirada fija en la camarera—. Siempre hago lo que me manda, así que por lo
visto hoy comeré filete.
Resoplo,
mi madre y mi padre se echan a reír, y la camarera se derrite sobre su libreta,
probablemente
deseando tener también un dios que la obedezca. Esto es increíble. Se aparta y
se guarda el bolígrafo y la libreta en el bolsillo del delantal.
—Eres
imposible —digo, y mis padres ríen y miran con aprecio a Tom mientras me
mordisquea el cuello—. ¿Desde cuándo haces lo que yo te mando?
—_____,
eso ha estado muy feo —me reprende mi madre—. Tom puede comer lo que quiera.
—Tranquila,
Elizabeth —dice él, y continúa chupeteándome el cuello un poco más—. _____ sabe
lo que me gusta.
—Te
gusta ser imposible —bromeo, y me rasco suavemente la cara contra su barba
incipiente.
—Me
gusta cuando te pones posesiva —me susurra al oído—. Ojalá pudiera tumbarte
sobre la mesa y follarte como un animal.
No
me avergüenza ni me sonroja que haya dicho esas palabras tan directas sin
importarle lo más mínimo quiénes nos acompañan. Sé que sólo las he oído yo. Me
vuelvo hacia él y pego la boca a su oreja.
—Deja
de decir la palabra «follar» a menos que vayas a follarme.
—Vigila
esa boca.
—No.
Se
echa a reír y me da un mordisco en el cuello.
—Ya
te vale.
—¡Brindemos!
—El tono alegre de mi padre interrumpe nuestro momento privado—. ¡Por los mellizos!
—¡Por
los mellizos! —canturrea mi madre, y todos hacemos chocar nuestros vasos
conscientes de que voy a ponerme tremendamente gorda.
Disfruto
de mi filete, aunque no puedo dejar de mirar con anhelo al otro lado de la
mesa, donde mis padres engullen con avidez su delicioso marisco. Más tarde, Tom
paga la cuenta y regresamos a casa dando un paseo. Mi madre va explicándole a
Tom todos los rincones mientras caminamos. Al llegar, mi padre se sienta junto
a la ventana en su sitio de siempre, armado con el mando a distancia, mientras
que mi madre pone agua a hervir.
—¿Queréis
un té antes de acostaros? —pregunta.
Tom
me mira desde el otro lado de la cocina y me pilla bostezando.
—No,
voy a llevarme a _____ a la cama. Vamos, señorita. —Se acerca, me apoya las
manos sobre los hombros y me dirige fuera de la cocina. No ofrezco
resistencia—. Dale las buenas noches a tu madre.
—Buenas
noches, mamá.
—Sí,
acostaos ya. Tenéis que madrugar mucho —dice mientras enciende el hervidor.
—Dale
las buenas noches a tu padre —me ordena Tom mientras pasamos por el salón.
—Buenas
noches, papá.
—Buenas
noches a los dos. —Mi padre ni siquiera aparta la vista del televisor.
Tom
me empuja por la escalera y me guía por el pasillo hasta que llegamos a la
habitación de invitados, donde empieza a desnudarme.
—Ha
estado bien —digo mientras me quita el vestido por la cabeza.
—Sí,
pero tu madre sigue siendo una pesadilla —responde él secamente—. Dame la
muñeca.
Le
ofrezco la mano y observo cómo me quita el Rolex y lo deja sobre la mesilla de
noche.
—Has
vuelto a hacerla callar —digo sonriendo.
Acerca
las manos a mi cuello y empieza a deshacerme el nudo del pañuelo de encaje.
—Ya
aprenderá. —Me quita el pañuelo y el diamante queda expuesto. Sonríe y me lo
coloca recto—. ¿Tienes ganas de pasar unos días de contacto constante?
—Me
muero de ganas —respondo sin vacilar, y empiezo a desabrocharle los botones de
la
camisa.
Es la verdad. Ha sido una noche estupenda, pero no me encontraré en el séptimo
cielo de Tom hasta que estemos solos. Le deslizo la prenda por los hombros y
suspiro—. Eres demasiado perfecto.—Me inclino para besarle el pecho y me quedo
un rato con los labios pegados a su piel.
—Lo
sé —coincide sin broma ni sarcasmo. Lo sabe, el muy arrogante. Dejo caer su
camisa y empiezo a desabrocharle la cremallera de los vaqueros. Después deslizo
las manos por su espalda y desciendo hasta la solidez de su trasero.
—Me
encanta esto —digo clavándole las uñas.
—Lo
sé —vuelve a coincidir, y me saca una sonrisa.
Cuando
llego hasta sus muslos, deslizo la mano hacia adelante y lo agarro sin fuerza.
Está duro, tal y como esperaba.
—Y
ya sabes lo mucho que me gusta esto.
Inspira
con los dientes apretados y aparta la ingle, pero yo sigo agarrándolo.
—_____,
nena, no pienso tomarte bajo el techo de tu madre.
—¿Por
qué? —digo haciendo pucheros—. Estaré calladita —continúo entrando en modo
seductora.
Me
mira poco convencido, y hace bien. No puedo garantizar eso.
—No
creo que seas capaz.
Me
pongo de rodillas para desatarle los cordones de los zapatos y él levanta un
pie y luego el otro para que se los quite junto con los calcetines. Agarro la
cintura de sus pantalones y se los bajo por las piernas lentamente.
—Te
sorprenderías de lo que soy capaz de hacer. Arriba. —Le doy un golpecito en el
tobillo.
—Quieres
decir que me sorprendería de lo que soy capaz de hacer que hagas. —Levanta el
pie para que le quite los vaqueros y el bóxer—. Pero yo nunca me sorprendo. Sé
qué efecto tengo en ti.
Suena
engreído, pero sus palabras son totalmente ciertas, aunque no se lo digo,
claro. No hace ninguna falta. En lugar de alimentar su tremendo ego, me inclino
y le beso el empeine. Después muevo los labios hacia su tobillo y empiezo a
trazar círculos con la lengua y a besarle la pierna en dirección ascendente. Me
tomo mi tiempo. Apoyo las palmas abiertas en la parte anterior de sus muslos
para sentir su calor mientras mi boca recorre cada centímetro de su piel
desnuda, pero pronto llego hasta su cuello, a pesar de mi determinación de
alargar la cosa lo máximo posible.
Inspiro
su aroma y me pongo de puntillas para alcanzar su barbilla, que está más
elevada que de costumbre porque está mirando al techo. No llego.
—¿Qué
pasa?
—Estoy
intentando controlarme —dice con voz grave.
—No
quiero que lo hagas.
—No
digas eso, _____ —me advierte.
—No
quiero que lo hagas —repito con voz grave y gutural mientras le muerdo el
cuello.
Actúa
de prisa. Me enrosca el brazo alrededor de la cintura y me empotra contra la
pared más cercana con un gruñido. Estoy extasiada. Intento hacerme la dura,
pero mis labios se separan y empiezo a exhalar jadeos de sorpresa.
—Estás
haciendo algo de ruido —señala tranquilamente mientras me sujeta por un lado de
la cara y pega la boca a mi oreja.
Cierro
los labios, aprieto los ojos con fuerza y apoyo la cabeza contra la pared.
Tengo que
centrarme,
porque me lo va a poner difícil, aunque sé que no me va a dar con fuerza.
—Escúchame
bien. —Me desabrocha el sujetador mientras sigue sujetándome de la mejilla y habla
con la boca pegada a mi oreja—. Parece que a tus padres les caigo bien. No lo
fastidies.
Joder,
mi seguridad flaquea por momentos. Maldita sea, ¿por qué no reservó un hotel?
Me muerdo el labio con fuerza decidida a no hacer ruido mientras me despega el
sujetador de encaje del cuerpo y lo tira al suelo. Después se inclina y toma mi
pezón en la boca, sorbiendo la pequeña protuberancia suavemente hasta que está
totalmente erecta. Golpeo la cabeza contra la pared, con el rostro contraído,
intentando contener un gemido de placer.
No
lo consigo.
—Jodeeeerrrr
—gruño golpeando contra la pared de nuevo.
—En
fin —dice pegando los labios a mi boca rápidamente—. No puedes controlarlo,
¿verdad?
Sacudo
la cabeza sin ningún pudor, dándole la razón.
—No.
—Y
eso confirma lo que ambos sabemos, ¿verdad? —Menea las caderas desnudas hacia
arriba, obligándome a ponerme de puntillas para intentar evitar el roce que
hará que pierda por completo el control.
—Sí
—jadeo agarrándome a sus hombros descubiertos.
—¿Y
qué es, _____? —Me muerde el labio y lo mantiene entre sus dientes ligeramente
mientras espera a que le dé la respuesta que ambos conocemos.
—Tú
tienes el poder —confirmo.
Sus
ojos brillan con aprobación y me inclino para acariciarlo, pero él se aparta de
mí negando con la cabeza suavemente.
—Acabamos
de aclarar quién tiene el poder. —Me aparta la mano—. Y debo salvaguardar mi actual
posición favorable con tus padres, así que vas a estarte calladita. —Me mira
esperando claramente que le confirme que lo entiendo. Y lo entiendo
perfectamente, pero no puedo garantizar que no vaya a hacer ruido—. ¿Puedes
estar calladita, _____?
—Sí
—miento.
Me
ha tendido una emboscada con su autoridad, y no voy a decir que no si al
hacerlo va a meterme en la cama para que nos limitemos a acurrucarnos. Este
embarazo está haciendo que tenga las hormonas disparadas. Estoy más desesperada
que nunca, si es que eso es posible.
Parpadea
vagamente y una sonrisa casi imperceptible empieza a formarse en su rostro.
Levanta la mano y retira la mía de mi pelo.
—Me
parece que tenemos un problema —susurra—. No te muevas. —Se aparta y me entran ganas
de gritarle, pero después coge algo y camina hacia mí de nuevo, ocultando lo
que ha cogido detrás de la espalda.
Estoy
nerviosa, retorciéndome, y siento una tremenda curiosidad por saber qué está
escondiendo, aunque no deja que sufra por mucho tiempo. Saca las manos y veo
que sostiene mi pañuelo de encaje.
Se
envuelve los puños con él y tira con fuerza. Aprieto los dientes, y los muslos.
De hecho, todos mis músculos se han tensado considerablemente al pensar en el
uso que va a darle al complemento. Sé que no va a vendarme los ojos.
—Creo
que a éste vamos a llamarlo un polvo en silencio. —Me acerca el pañuelo a la
boca y lo hunde entre mis labios—. Mantén la lengua relajada —me ordena con
suavidad mientras me rodea la cabeza con la prenda y la ata con firmeza, aunque
no demasiado tensa—. Cuando sientas la necesidad de gritar, muerde el pañuelo,
¿entendido?
Asiento,
y mi mirada lo sigue mientras se agacha y me quita las bragas. Da igual que no
pueda hablar, porque se me ha quedado la mente en blanco. No se me ocurre nada
que decir, sólo puedo pensar en lo que está por venir. Y puede que una pequeña
parte de mí se pregunte si ha amordazado a alguien antes. Seguramente sí. Las
probabilidades son elevadas. La idea no me hace gracia, pero mi estado de
sumisión evita que siga con ese hilo de pensamiento (eso, y la lengua caliente
que asciende por la parte interior de mi pierna). No quiero gritar, pero muerdo
el pañuelo de todos modos, cierro los
ojos
y siento cómo mi corazón late a un ritmo constante en mi pecho. Estoy sorprendentemente
relajada.
Tom
respira de manera agitada en mi oído mientras entrelaza los dedos con los míos,
me levanta las manos y me las pega contra la pared que tengo detrás mientras me
besa la piel sensible de la parte interior del brazo dolorosamente despacio. Se
está tomando su tiempo. Empiezo a temer que sólo vaya a gritar de impaciencia.
—Creo
que vamos a hacer esto tumbados —dice. Su tono de voz seguro me hace rogar por
el control mientras baja nuestras manos, con los dedos aún cruzados, y empieza
a caminar hacia atrás animándome a seguirlo, aunque no es necesario: seguiría a
este hombre allá adonde fuera, ya sea a la cama o al fin del mundo.
Se
inclina, me coge en brazos y se arrodilla sobre la pequeña cama doble para
colocarme encima de ella con suavidad. Me besa la punta de la nariz, me aparta
el pelo de la cara y me pone ligeramente de lado, con una pierna levantada y
flexionada para poder sentarse a horcajadas sobre la que sigue extendida encima
de la cama. Se inclina hacia adelante apoyándose en una mano y sujetándome la pierna
en alto con la otra, controlando lo que hace y acercándose hasta quedarse a
unos milímetros de mi abertura. Si pudiera gritaría, pero me limito a agarrarme
a la cabecera de la cama. Arqueo la espalda, pero él no se mueve. Es una
tortura.
—_____
—dice besándome el pie—. No hay nada mejor que esto. —Se hunde lentamente en
mí, inclina la cabeza hacia atrás y me siento obligada a mirar.
Supero
la tremenda necesidad de cerrar los ojos de pura dicha para poder verle la
cara. Tensa la mandíbula, me agarra el tobillo con más fuerza, apoya la mano
libre en mi cintura y en su torso se marcan las líneas de todos sus músculos
definidos. Quiero tocarlo, pero estoy inmovilizada por el placer. Es verdad:
nada puede, ni podrá jamás superar esto. Es angustiosamente delicioso, y estoy
por completo paralizada, por completo cautivada y enamorada de él hasta las
trancas.
—¿Te
gusta lo que ves? —pregunta mientras se retira lentamente.
Estaba
tan concentrada en el movimiento de sus músculos que no me he dado cuenta de
que ha bajado la cabeza y me está observando. Me amordaza, me inflige todo este
placer y ahora espera lo imposible. ¿Quiere que conteste? No hace falta, sabe
la respuesta perfectamente, pero asiento de todos modos. No sonríe ni muestra
aprobación alguna a mi respuesta. Se limita a seguir hundiéndose en mí poco a
poco, como si me estuviera recompensando por mi respuesta silenciosa.
—A
mí también me gusta lo que veo. —Me regala un golpe preciso de sus caderas. Tal
vez no pueda gritar de placer, pero puedo gemir, y lo hago.
Se
retira lentamente y a continuación vuelve a hundirse de golpe. Está empezando a
alcanzar un ritmo estable. Permanece controlado, exacto y totalmente poderoso,
pero sin la fuerza que sé que es capaz de alcanzar. Está dispuesto a
demostrarme que no es necesario hacerlo con rudeza, con la rudeza que creo
necesitar y que no sé si necesitaría de no estar embarazada. Me está
concediendo un capricho.
Me
está consintiendo. Y puedo sobrevivir con esto durante los próximos meses.
Gimo
de nuevo mientras él empuja, y cuando siento que sus dientes se hunden en mi
tobillo, echo la cabeza atrás y unos calurosos calambres recorren todo mi
cuerpo, erizando mi piel y concentrándose intensamente entre mis piernas.
—Está
perdiendo el control —jadea, y se eleva un poco más sobre sus rodillas,
arrastrando la parte inferior de mi cuerpo consigo.
Empiezo
a sacudir la cabeza, a agarrarme con más fuerza a la cabecera y a retorcer mi
cuerpo para tratar de incorporarme, pero mi intento es en vano. Jamás lograré
vencerlo. Me sujeta con firmeza de la cadera y me mantiene donde quiere que
esté.
—No
te resistas, _____. —Arremete con fuerza pero con cuidado. Aunque está muy
lejos de alcanzar la potencia de la que es capaz, sigue siendo delicioso. No la
necesito. La ansío. Hay una gran diferencia, pero ha alimentado mi deseo
insaciable y ahora la espero.
Vuelve
a hundirse en mí hasta el fondo. Intento incorporarme de nuevo pero no sirve de
nada.
Jamás
lo lograré, sólo conseguiré agotarme, y quiero reservar mis energías para la
explosión que se está acercando. Muerdo el pañuelo y dejo escapar un grito
ahogado.
—¿Hago
que te sientas cómoda, nena? —pregunta con evidente engreimiento mientras se
retira a un ritmo constante.
No
lo miro. Cierro los ojos y centro la atención en los fuertes latidos de mi
sexo. Me exige que lo controle. Me está dominando, y aunque lo hace de una
forma lenta y casi sin esfuerzo, está muy dentro de mí y es muy placentero, así
que voy a estallar.
—Lo
estás haciendo bien, _____. —Se hunde, menea la cadera y vuelve a salir—. Mi
seductora se está volviendo más fuerte. —Entra de nuevo, mueve la cadera,
vuelve a salir.
Gimo
y me agarro con fuerza a la cabecera. El flujo de su cuerpo en el mío es
inconcebiblemente delicioso. Qué gusto. ¡Joder! Intento gritar su nombre pero
sólo consigo emitir un aullido sofocado e inaudible.
—¡______!
—susurra sonoramente—. ¡Cierra la boca!
A
esa dura orden le sigue un movimiento menos controlado de sus caderas que me
obliga a gritar de nuevo, pero el sonido es igualmente indescifrable. Empiezo a
alcanzar la cúspide del placer. Acerca la boca a mi pierna, me clava los
dientes en ella y comienza a acariciarme el clítoris con el pulgar. Ya está.
Trago saliva. Mi cuerpo forma un rígido arco y los espasmos se apoderan de
todos mis músculos.
Muerdo
con fuerza el pañuelo de encaje. Si pudiera hablar, no pararía de decir
palabrotas de placer, así que por suerte para él no puedo hacerlo. Estoy
temblando y gimiendo. Tom sigue hundiéndose en mí, aún erecto, mientras
continúa mordiéndome el tobillo. Estoy liberando el placer, pero parece no detenerse
nunca.
Me
siento tremendamente agradecida cuando finalmente me suelta la pierna y puedo
tumbarme boca arriba. Estoy agotada, aunque mis músculos siguen contrayéndose
sin parar alrededor de Tom mientras él continúa clavado en mi interior y se
acomoda entre mis muslos.
—¿Te
ha gustado? —pregunta con las cejas enarcadas con confianza mientras me mira.
Yo
asiento
y cierro los ojos a pesar de lo desesperada que estoy por mantenerlos fijos en
su maravilloso rostro húmedo. También quiero tocar su pelo y tirar de él, pero
tengo los brazos soldados a la cabecera—. Ni te imaginas la satisfacción que
siento al ver cómo te deshaces bajo mi tacto —susurra.
Abro
los ojos brevemente y veo cómo eleva su torso, apoyado sobre sus musculosos
brazos. No intenta rozarme, parece contentarse con planear sobre mí.
Al
cabo de unos instantes sigue en la misma postura, pero todavía dando sacudidas
dentro de mí.
Me
obligo a abrir bien los ojos. Me está mirando, esperando a que lo haga.
—Ha
vuelto.
Sí,
apenas, y sigue contrayéndose alrededor de su polla palpitante. Intento decir
algo. Mi mente extenuada había olvidado que estoy amordazada, pero en cuanto me
doy cuenta de mi limitación, convenzo a mis brazos para moverse y permitirme
atrapar su cara entre las palmas de mis manos.
Lleva
barba de dos días. Me encanta.
Gira
la cabeza y me besa la palma antes de apoyarse sobre sus hombros y meter los
dedos bajo el pañuelo para bajármelo por la barbilla hasta dejarlo alrededor de
mi cuello. Ya puedo hablar y, curiosamente, ahora ya no quiero decir nada.
Sostengo el rostro de Tom y absorbo la felicidad que emana de sus preciosos
ojos cafeces y no necesito hacer nada más.
—Quiero
besarte —declara, pero aunque su proclamación me resulta muy dulce, está a años
luz de su típico «bésame», lo que probablemente explique mi ceño fruncido. Los
ojos de Tom brillan con diversión.
—¿Ah,
sí?
—Ajá.
—Me pasa el pulgar por el labio inferior y observa atentamente—. Sí, mucho.
—Puedes
besarme. —Estar amordazada ha hecho que se me seque la garganta y mi voz es
áspera y grave.
Su
dedo alcanza la comisura de mi boca y empieza a recorrer mi labio de nuevo
hacia el otro extremo.
—No
te estoy pidiendo permiso. —Cierra los ojos y los vuelve a abrir, fijándolos directamente
en mí—. Sólo pensaba en voz alta.
—¿Y
si dejas de pensar y actúas? —Elevo las caderas para mostrarle que me gustaría
que me hiciera algo más que besarme. Sus movimientos van a hacer que vuelva a
calentarme. Sigo palpitando y apretando su erección dentro de mí.
—¿Me
está dando usted órdenes, señora Kaulitz?
—¿Me
está rechazando, señor Kaulitz?
—No,
pero...
—Ya
sé quién tiene el poder —lo interrumpo, y él me sonríe con picardía mientras se
agacha, pega los labios a los míos y toma lo que estoy tan dispuesta a darle.
—Jamás
había probado nada tan delicioso. —Menea las caderas y sacude mis restos de
placer.
—¿Ni
siquiera un pastelito de _____? —le pregunto pegada a su boca húmeda y
exuberante.
—Ni
siquiera —confirma dándome besos por la cara hasta llegar a mi oreja—. Ni
siquiera la mantequilla de cacahuete —murmura, baja el brazo y me rodea la
rodilla con él. Tira de mi pierna flexionada hacia arriba y hunde el puño en el
colchón de manera que mi pierna envuelva todo su brazo—. No hay nada tan
puro... —me chupa el lóbulo—, tierno... —me lo mordisquea—, y desnudo... —dice,
y tira de mi carne con los dientes. Me estremezco mientras me besa la mejilla y
hunde la lengua en mi boca— como mi _____ —termina con un susurro—. Mi pura,
tierna y desnuda _____. Y voy a tenerla tres días enteros... toda... para...
mí.
Sonrío
pegada a sus labios, hundo los dedos en su pelo y no puedo evitar darle un
tironcito juguetón mientras él gruñe y me bendice con esas exquisitas y
maravillosamente diestras caderas. Me penetra profundamente, con firmes
embestidas, y luego se retira con suavidad. Yo suspiro y él gruñe, pero no
tengo intención de volver a correrme. Podría hacerlo, pero no quiero. Quiero
concentrarme en él, de modo que recibo sus movimientos con los míos,
asegurándome de ofrecerle un contacto y un placer óptimos.
Cuando
noto que sus músculos se tensan alrededor de mi cuerpo, sé que está a punto, de
modo que lo beso con más intensidad, le tiro del pelo con algo más de fuerza y
gimo. Está cerca y, cuando se retira lanzando un grito ahogado, sé que quiere
verme los ojos. Mis manos se desplazan directamente a su cuello. El pulso de la
vena de su cuello va en consonancia con su respiración agitada. Nuestras miradas
se encuentran, la suya cargada de deseo y la mía llena de entrega.
—Se
me va a salir el corazón —murmura embistiéndome una última vez hasta el fondo y
permaneciendo
ahí mientras inhala con dificultad y empieza a temblar—. Joder, qué gusto.
Yo
no me corro, pero eso no evita que jadee ligeramente y que tenga que esforzarme
por
controlar
mi propia respiración. Le rodeo la cintura con los muslos y elevo los brazos a
sus hombros para tirar de él hacia mí.
Lo
beso intensamente e invado su boca con ansia mientras su cuerpo tiembla y se
sacude.
—¿Te
ha gustado? —le pregunto pegada a su boca.
Él
continúa besándome y me muerde la lengua ligeramente.
—Joder,
no hagas preguntas estúpidas —me advierte, muy serio.
Después
se aparta, se tumba boca arriba y levanta el brazo instándome a ocupar mi sitio
preferido.
Mis dedos se posan sobre su cicatriz y empiezan a recorrerla de un lado a otro
mientras él me estrecha entre sus brazos con fuerza y aspira mi cabello.
—¿Estás
bien?
—Joder,
no hagas preguntas estúpidas —digo sonriendo pegada a su pecho.
—______,
un día te meteré una pastilla de jabón en la boca.
Es
capaz.
—¿A
qué hora salimos?
—Sobre
las siete. El vuelo sale a mediodía desde Heathrow.
—¿Desde
Heathrow? ¿Tenemos que ir de nuevo hasta Londres? —exclamo. ¿Está de coña?
—Sí.
Fue el único vuelo que encontré con tan poco tiempo.
Me
hundo en su pecho, pero ese tono era inapelable y, además, ¿qué conseguiría
quejándome?
Nada,
y no sólo por la falta de tiempo y de disponibilidad.
—Podrías
haber reservado algo desde Bristol, al menos —replico.
No
he podido resistirme.
—Cállate.
Hablemos de nuestros planes para el fin de semana.
—¿Has
hecho planes? —pregunto.
—Sí,
e incluyen un montón de encaje y mucha más piel desnuda. —Me besa la cabeza y
pronto olvido mi enfado.
Mi
hombre y yo solos y un montón de piel desnuda tras haber retirado una pila de
encaje... lentamente. Sonrío, me acurruco más contra él y mi mente adormilada
empieza a apagarse pensando en mil cosas relacionadas con Tom.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS .. YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO .. HASTA PRONTO :))
Siguelaaaa esta buenisimaa :)
ResponderBorrarSubeeee
ResponderBorrarGuaooo que cap tan intenso jeje me encantoooo espero los próximos caps..
ResponderBorrarSubeee
ResponderBorrarSigueeeeeeeee
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