miércoles, 14 de octubre de 2015

# 23 Y # 24

POR FIN SEÑORITAS ... AQUI ESTAN LOS CAPITULOS .. 4 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO ... MI MISION AQUI A TERMINADO :))

CAPITULO # 23.-
—¿Lo tenéis todo? —Mi madre aún lleva puesto el camisón mientras se pasea de un lado para otro frente a la puerta de entrada.
—Sí —suspiro por enésima vez, exasperada.
—Vaya, ha sido corto, pero me alegro de que hayáis venido a vernos. —Me da unas palmaditas en las mejillas y me besa. No debería estar agradeciéndomelo a mí. De no ser por Tom, quién sabe cuánto tiempo habría retrasado este viaje—. Cuídate mucho.
Pongo los ojos en blanco pero la abrazo.
—Yo también me alegro de haber venido.
—¿Estás insinuando que no sé cuidar de mi mujer? —pregunta Tom, muy serio, mientras cierra el maletero del coche.
—No. Sólo le he dicho que se cuide —responde mi madre, y le lanza una mirada asesina a Tom—. Jamás insinuaría que no sepas cuidar de mi hija. —Lo está provocando. Es como si las mujeres de la familia O’Shea tuviésemos la necesidad de pinchar a Tom Kaulitz.
Se acerca y deja a mi padre echando un vistazo al DBS de sustitución.
—No necesita cuidarse porque ya la cuido yo —replica al tiempo que me aparta de los brazos de mi madre reclamando a su esposa—. Es mía. —Sonríe y me besa por si no había quedado lo bastante claro.
—Eres un peligro —resopla mi madre esforzándose por no sonreír—. ¡Joseph! No te hagas
ilusiones.
Todos nos volvemos y vemos a mi padre pasando la mano por el reluciente capó del Aston Martin. Si estuviera más cerca, seguro que lo oiría suspirar.
—Sólo lo estoy admirando —dice para sí—. ¿El tuyo no era de piel negra?
Miro a Tom y le envío un mensaje telepático para que piense en algo rápido que explique por qué el interior es ahora de color crema.
—El mío está en el taller. Es un coche de sustitución —se apresura a contestar con total
normalidad. Miente mucho mejor que yo, y lo detesto.
Mi padre se echa a reír.
—En mi taller no nos dan coches de sustitución como éste.
Tom sonríe y me guía hasta el asiento del acompañante. Me empuja ligeramente hacia abajo, me abrocha el cinturón y me lo ajusta sobre el vientre. Le aparto las manos y me gruñe.
—No estoy incapacitada —mascullo.
—No, ya lo sé —dice mirándome con el ceño fruncido—. ¡Eres muy capaz de sacarme de quicio!
—Te sacas de quicio tú solito —replico, lo empujo y cierro la puerta. Bajo la ventanilla—.
¡Adiós! —Les lanzo un beso a mis padres y veo cómo Tom le estrecha la mano a mi padre, besa a mi madre en la mejilla y se acerca a la parte delantera del coche atravesándome con la mirada.
Sube y arranca el motor.
—Este fin de semana será mucho más agradable si haces lo que se te dice —gruñe mientras el DBS empieza a alejarse de la casa de mis padres.
Me despido de nuevo de ellos con la mano y me vuelvo en mi asiento para mirarlo.
—Sé ponerme el cinturón.
—Pero quiero hacerlo yo —masculla hoscamente—. Es mi obligación.
—¿Ponerme el cinturón? —Me echo a reír.
—El sarcasmo no te pega, señorita —repone, y empieza a pulsar unos botones en el volante—.Tengo la obligación de cuidar de ti. ¿Hoy no tienes náuseas?
—No —suspiro—. Parece que la galleta que me has metido a presión en la boca en cuanto he abierto los ojos ha funcionado —le digo, y doy un brinco cuando los altavoces del coche se conectan de repente y el mismísimo Justin Timberlake se une a nosotros. Me vuelvo hacia él con una mezcla de sorpresa y diversión. Sabe que lo estoy mirando, pero se hace el sueco—. Les encargaste que metieran este CD, ¿verdad? —Hago todo lo posible por no reírme.
Tom frunce el ceño mirando la carretera.
—No digas tonterías.
—Lo hiciste. En el apartado de peticiones del formulario que completaste escribiste: «Por favor, metan el disco de Justin en el reproductor.» —Hago una pausa—. ¿Dibujaste un corazón y unos cuantos besos también? —Apenas puedo contener ya la sonrisa burlona.
Se vuelve lentamente con cara de pocos amigos.
—¿Te crees muy graciosa?
—Sí. —Alargo la mano, subo el volumen y empiezo a reírme en mi asiento mientras canto y me burlo de mi dios fanático de JT—. ¡Oye! —grito cuando me aprieta con los dedos el hueso de la cadera y baja la música de nuevo—. Lo estaba disfrutando.
—Pues claro. Es un tío con mucho talento —afirma Tom, muy serio.
—Tú eres un tío con mucho talento.
—Lo sé —dice encogiéndose de hombros—. Tenemos mucho en común. Es un gran tipo.
—¿Lo conoces en persona?
—No. No para de suplicármelo, pero estoy demasiado ocupado. —Vuelve a contener una sonrisa.
Me echo a reír y él se coloca las Wayfarer, no sin antes guiñarme un ojo y dedicarme un pequeño meneo rítmico de hombros.
El Tom relajado de nuevo. Joder, amo a este hombre.
Mi marido conduce alrededor del aeropuerto, sorteando coches y girando en la dirección
equivocada. Es como si no tuviera ni idea de hacia adónde tiene que ir.
Veo por la ventanilla cómo dejamos atrás el cartel que indica el aparcamiento y frunzo el ceño, extrañada. Entonces miro el reloj. Son las once y media, y se supone que nuestro avión sale dentro de treinta minutos. Ni siquiera hemos facturado, pasado por el control de seguridad ni nada.
—¡Mierda! —espeto, y cojo mi bolso del suelo.
—¡______, esa boca! ¿Qué pasa? —Toma una curva con demasiada brusquedad y levanto
rápidamente la mano para apoyarme en la puerta.
—¿Quieres tener cuidado? —lo reprendo, irritada. ¿Es buen momento para decirle que conduce como un loco?
—_____, en ningún otro lugar estarás más segura que en un coche conmigo. ¿Qué pasa? —No me mira, así que no ve mi cara de incredulidad, pero pronto recuerdo por qué estaba cagándome en todo.
—Mi pasaporte —digo rebuscando en el bolso totalmente en vano porque sé que no está aquí. Yo no lo he metido, y mi búsqueda se ralentiza cuando caigo en la cuenta de dónde lo he dejado. Se va a poner hecho una furia—. Me he dejado el pasaporte en la caja de los trastos —le digo, y me maldigo a mí misma por no haberla ordenado todavía.
Alarga la mano y abre la guantera.
—No, no te lo has dejado, pero has olvidado cambiar tu nombre, señorita O’Shea. —Lo deja sobre mi regazo y me lanza una mirada de reproche.
—Entonces ¿voy a viajar como si estuviera soltera? —pregunto mientras lo abro y leo mi
apellido.
—Cállate, ______. —Frena derrapando y salta afuera del coche. Se apresura hacia mi puerta y la abre. Podría haberlo hecho yo misma, pero estoy demasiado ocupada mirando a través del parabrisas con la boca entreabierta—. Vamos.
Un hombre que viste traje y botas se acerca acompañado de otro que lleva un uniforme de piloto.
Tom me quita el pasaporte de las manos y les estrecha la mano a ambos. Intercambian firmas y papeles y después sacan nuestro equipaje del maletero.
—¿Vas a pasarte el día aquí sentada, señorita? —Me ofrece la mano, yo la acepto
automáticamente y dejo que tire de mí para salir del vehículo.
—¿Qué es eso? —pregunto señalando con la cabeza un avión que parece de juguete que tenemos a sólo unos metros de distancia.
—Es un avión —dice con socarronería.
Me arrastra hacia el jet, y no me emociono más cuando nos acercamos porque su tamaño no aumenta, y no me inspira en absoluto confianza ver que Tom tiene que agacharse para entrar en el maldito trasto sin golpearse en toda la cabeza. Me detengo al ver la ridícula cantidad de pequeños escalones que tengo que subir para embarcar, y él se vuelve para ver por qué no subo cuando los brazos que nos unen se tensan.
—¿Qué pasa, ______?
—No pienso subirme a este cacharro. —De repente me invade un pánico irracional. Nunca he tenido miedo a volar, pero este avioncito hace que sienta ansiedad. Incluso me falta el aire.
Tom sonríe, pero frunce el ceño al mismo tiempo.
—Claro que lo harás. —Tira de mi brazo suavemente para animarme a hacerlo, pero no avanzo. De hecho, empiezo a retroceder—. ______, no me habías dicho que tenías miedo a volar. —Se vuelve por completo y me mira de frente, de nuevo fuera del jet.
—No lo tengo. Me gustan los aviones grandes. ¿Por qué no vamos en un avión grande? —Miro hacia atrás y veo un montón de aviones grandes—. ¿Por qué no podemos ir en uno de ésos?
—Porque probablemente ésos no vuelan a donde vamos nosotros —dice suavemente. Mi brazo empieza a descender cuando él se acerca, y entonces me coge la mejilla con la palma de la mano. »Es totalmente seguro —me garantiza, y tira de mi cara para que deje de mirar todos esos grandes aviones en los que preferiría embarcar. Me da igual si no se dirigen a nuestro destino. Iré a donde me lleven.
—No parece seguro —replico mirando el aparato, y entonces veo a una mujer con una postura perfecta, un pelo perfecto, un maquillaje perfecto y una sonrisa perfecta—. Parece demasiado pequeño.
—_____. —Su voz suave y reconfortante me obliga a desviar la mirada de nuevo hacia él. Me está sonriendo—. Estás conmigo, con tu controlador sobreprotector, irracional y posesivo. —Me besa con cariño—. ¿De verdad crees que te dejaría subir si corrieras algún peligro?
Sacudo la cabeza consciente de que me estoy comportando como una niña, pero el pánico me ha cogido por sorpresa. Debería sorprenderme el hecho de que posea un jet privado, pero no es así. Lo que me sorprende es el hecho de tener que volar en su jet privado.
—Estoy algo nerviosa —admito al ser consciente de la presencia de todo el personal, incluido el capitán, detrás de mí.
—Responde a mi pregunta —insiste.
—No, sé que no.
—Bien. —Se coloca detrás de mí, me agarra de los hombros y me empuja suavemente para que suba los escalones—. Te va a encantar, créeme.
—¡Buenos días! —La mujer perfecta, que sigue de pie en su sitio, nos saluda y señala con el brazo el lugar hacia el que tenemos que ir, aunque no es necesario. Sólo hay dos caminos que tomar, y no pienso acercarme a la cabina de mando.
Cuando el interior del avión aparece ante nosotros, veo unos pocos asientos enormes, todos de piel, reclinables, divididos en dos filas, una a cada lado. Llegamos hasta ellos y Tom me obliga a volverme y a sentarme sobre un asiento mullido. Me mantengo calladita y resisto el impulso de salir corriendo mientras me abrocha el cinturón y se sienta enfrente de mí. Al instante me coloca los pies sobre su regazo.
—¿Desea champán, señor? —La mujer perfecta ha vuelto, y veo cómo le sonríe a mi dios, pero estoy demasiado ocupada intentando superar mi patética ansiedad.
—Sólo agua —responde Tom tajantemente y sin sonreír, sin mirarla y sin pedirlo «por favor».
La mujer se retira apresuradamente y él me quita las bailarinas de los pies, las deja caer al suelo sin cuidado, se acomoda y me recoloca los pies de modo que estén en un buen ángulo para que pueda masajeármelos—. ¿Estás bien? —pregunta.
—No mucho. —No tengo ni idea de qué me pasa—. Había vuelos regulares disponibles, ¿no? —pregunto con recelo mientras hecho un vistazo por la ventanilla, más pequeña de lo normal.
—No lo sé, no lo miré. Nosotros no viajamos en vuelos comerciales, ______.
—Habla por ti. Yo sí lo hago. —Muevo los dedos de los pies—. Tengo los pies hinchados.
Sus pulgares obran maravillas trazando firmes círculos en los arcos de mis pies.
—Cierra los ojos y ponte cómoda, nena —me ordena con ternura, y lo obedezco. Cierro los ojos lentamente, y la última imagen que veo es la de mi dios masajeándome con cariño los pies, intentando liberarme de mi repentino ataque de ansiedad.
Desconecto y me sumo en un estado semiconsciente de dicha, un estado que no me cuesta nada alcanzar cuando él me está tocando, aunque sea sólo los pies. Como siempre, él está intentando eliminar todas mis preocupaciones, ya sean justificadas o totalmente triviales e innecesarias, como este repentino miedo a volar. Mi estado subliminal apenas es consciente de que, ya sean preocupaciones triviales o justificadas, es siempre Tom quien las provoca.
Y entonces empiezo a pensar en todo lo relacionado con él y sonrío para mis adentros. Pienso en el encaje, en las calas, en la mantequilla de cacahuete y en cómo me regaña cuando digo tacos.
Suspiro. Pienso en las distintas clases de polvos, en lo irascible, juguetón y considerado que es. Puede que ahora esté sonriendo físicamente. Pienso en las esposas, en la mordaza, en el crucifijo, en la máquina de remo y en el pastelito de _____. Mi corazón se acelera. Pienso en ese castaño y en esos ojos cafeces, brillantes y adictivos, en su perfección apolínea y en la barba de dos días. Pienso en la manera que tiene de subirse el cuello de los polos, en sus distintas sonrisas, para otras mujeres y para mí, y ahora también para mi vientre. Pienso en lo feroz, protector y dominante que es, en la manera
que tiene de caminar y de atraparme, y en sus distintas formas de amarme, con una adoración total y absoluta. Y pienso en la manera en que le devuelvo ese amor.
Me revuelvo en mi asiento y, en mi subconsciente, oigo su risa suave y grave. Después siento el calor húmedo de su lengua en mis dedos de los pies. Sonrío mientras mi guapo marido me saca de mi ensoñación. Abro un ojo y me encuentro con esa sonrisa reservada sólo para mí.
—¿Estabas soñando? —pregunta mordisqueándome el dedo meñique del pie.
—Contigo —suspiro—. Avísame cuando vayamos a despegar para que meta la cabeza entre las piernas.
—Yo meteré la cabeza entre tus piernas. —Me chupa el dedo y me estremezco.
—Tú avísame.
—Mira por la ventana, nena.
Frunzo el ceño y me asomo esperando ver pistas y aviones, pero sólo veo nubes.
—¡Anda!
Por un segundo me entra el pánico, pero entonces me doy cuenta de que no registro ningún movimiento. Apenas se oye ningún ruido tampoco. Todo está tranquilo. Miro al otro lado y veo nuestros vasos de agua colocados sobre una mesa reluciente. Entonces me asomo por el pasillo y veo a la mujer perfecta ocupándose de sus cosas al otro extremo del jet.
—¿Por qué no me has avisado? —pregunto acomodándome de nuevo en mi asiento.
Me besa el dedo.
—¿Y perderme los sonidos y las caras que estabas poniendo? —Me suelta el pie—. Ven aquí. —No vacilo ni por un segundo. Me desabrocho el cinturón y prácticamente me abalanzo sobre su regazo, hundo la cabeza bajo su barbilla y le rodeo el cuello con los brazos—. Vuelve a dormirte y sueña conmigo, señorita.
No hace falta que me lo diga dos veces. Con el madrugón y el viaje al aeropuerto, estoy agotada, y no quiero estar hecha polvo cuando lleguemos a donde sea que vayamos. Todavía no le he preguntado, pero me da igual. Será un sitio cálido y soleado donde estaremos solos Tom y yo.
Me despierto y veo que sigo pegada a su cuerpo. Lo oigo hablar en voz baja pero no entiendo lo que dice. Adormilada, me separo un poco y veo a la mujer perfecta a nuestro lado.
—Bienvenida a Málaga, señora Kaulitz —dice, y me ofrece una enorme sonrisa profesional y falsa.
—Gracias. —Le devuelvo la sonrisa. La mía es más pequeña pero mucho más sincera. ¿Málaga?
¿Málaga, en España? ¿La Málaga que está cerca de Marbella?
—Mi preciosa se ha despertado. —Me besa en la mejilla—. ¿Has disfrutado del vuelo?
Lo miro a través de mis ojos adormilados y veo que me sonríe con el cabello castaño totalmente revuelto.
—¿Te tiro del pelo mientras duermo? —grazno mientras levanto la mano para arreglárselo un poco.
—Haces muchas cosas mientras duermes. Me pasaría la vida observándote.
Intento moverme pero no lo consigo.
—Necesito estirarme —protesto retorciéndome.
Oigo un clic y quedo libre al instante.
—Tenía que abrocharte el cinturón. —Me ayuda a levantarme y me mira mientras alzo los brazos y casi llego al techo del avión. Qué bien. Necesitaba hacerlo.
—¿No se supone que tengo que estar en mi propio asiento con el cinturón puesto para aterrizar?—pregunto—. ¿Con el respaldo recto, la mesa recogida y todas mis pertenencias metidas debajo del asiento delantero?
Enarca una ceja con sarcasmo.
—Sí. He estado a punto de pegarle a esa señorita tan agradable. —Se pone de pie y tira de mi blusa, que se me ha subido hasta el ombligo mientras me estiro. La sujeta en su sitio hasta que he terminado—. ¿Ya has acabado?
—Sí —bostezo y suelta el dobladillo. Sé que esto es probablemente un ejemplo de lo que me espera los próximos tres días, pero más le vale relajarse pronto, porque he traído los biquinis y pienso ponérmelos.
Cuando salimos a la luz del día, sonrío al sentir el calor que acaricia mi rostro y que calienta todo mi cuerpo. Más todavía. El calor interior que ya invade mi cuerpo irá en aumento durante los próximos días. Cuando llegamos a la pista nos recibe inmediatamente un hombre español muy elegante que le entrega a Tom unas llaves. Entonces veo un DBS.
—¿En serio? —espeto—. ¿No podemos coger un taxi?
Él resopla y firma los papeles que le ponen delante.
—Yo no voy en transporte público, _____.
—Pues deberías. Te ahorrarías una fortuna.
Devuelve los papeles y hace como que va a meterme en el asiento equivocado del coche para tomarme un poco el pelo. Una vez que me ha abrochado el cinturón y que yo me he espabilado, me acomodo en el familiar asiento de piel, quizá algo más cálido, y oigo cómo cargan el equipaje en el maletero.
Tom sube al coche y se pone las gafas de sol.
—¿Estás preparada para el atracón de los próximos tres días?
—No, llévame a casa. —Sonrío y me inclino hacia él para darle un beso en los labios.
—De eso, nada, señorita. Eres toda mía, y pienso aprovecharlo al máximo. —Me devuelve el beso, me agarra de la nuca y me acerca más a él.
—Siempre soy tuya.
—Exacto. Ve acostumbrándote. —Me suelta, arranca el motor y nos alejamos del jet privado.
—Ya estoy acostumbrada —respondo mientras apoyo el codo en la puerta y me recuesto para ver pasar el entorno desconocido. Es todo bastante aburrido, con hormigón por todas partes desde que salimos del aeropuerto y nos alejamos del bullicio del centro de Málaga, pero cuando llegamos a la carretera junto a la costa, las vistas del Mediterráneo fundiéndose con el cielo cautivan mi atención durante el resto del trayecto. En el equipo de música suena Mansun, Wide Open Space, y el olor a calor mezclado con el polvo de la carretera desgastada eclipsan el olor a agua fresca que emana de mi hombre, y me molesta su intrusión en mi nariz. Aparte de eso, todo es maravilloso. Avanzamos en un
cómodo silencio, con la compañía de la música de fondo. Tom apoya la mano sobre mi rodilla y yo se la estrecho. Miro un momento su perfil y sonrío antes de cerrar los ojos y relajarme más aún sobre el asiento para pensar en el tiempo tranquilo y sin interrupciones que tenemos por delante.

No estoy dormida, pero abro los ojos al notar un montón de baches, y el coche empieza a dar trompicones. Miro la carretera que tenemos delante y lo primero que me llama la atención es su terrible estado de conservación. Hay escombros por toda la superficie repleta de grietas, y Tom empieza a conducir el preciado coche con sumo cuidado. Jamás lo había visto conducir con tanta cautela, pero es bastante evidente que si lo hiciese algo más de prisa acabaríamos volcando.
—¿Dónde estamos? —pregunto mientras miro a nuestro alrededor en busca de algo interesante.
No hay nada. Sólo terrenos abandonados, esta carretera destrozada y polvorienta y unas cuantas casas.
No, sería más apropiado decir: «No puedo creer que haya gente viviendo ahí.»
—Esto es el paraíso, nena —dice él, completamente en serio.
Casi me echo a reír, pero la preocupación me lo impide. Yo he visto el paraíso, principalmente en fotos, y esto dista mucho de la idea que tengo de él. Estoy a punto de pedirle que dé media vuelta, pero entonces diviso unas puertas gigantes de madera con dos enormes muros blanquecinos altos y largos a ambos lados. Y entonces lo veo.
Hay un cartel en la pared junto a la puerta en el que se lee «Paraíso». No puede ser. ¿Paraíso?
Esto no tiene nada de paraíso. ¿No había otro sitio con un nombre más cutre en el que quedarse? ¿Paraíso? Esos muros no han visto una capa de pintura desde hace por lo menos veinte años, y empiezo a sentir náuseas del traqueteo del vehículo. ¿Me ha traído a este cuchitril? ¿Me tiene para él solo durante tres días y me trae aquí? Preferiría dormir en el coche. Mi mente serena ya no lo está tanto, no ahora que estoy rodeada por estas vistas tan inquietantes. Sí, es un lugar tranquilo, pero los alrededores desiertos me ponen los pelos de punta.
—Tom... —No sé qué decir. No parece en absoluto preocupado, lo que me hace pensar que ya ha estado aquí antes. Y, si es así, ¿por qué iba a volver? No me da ninguna explicación.
Aprieta un interruptor y sonríe cariñosamente mientras las puertas de madera empiezan a abrirse con un chirrido. Sin duda debe de haber estado aquí antes. Decido mantener la boca cerrada a pesar de lo que me indica mi sentido común. No pienso quedarme aquí. Ni hablar. Estoy toda enfurruñada mientras cruzamos las puertas y nos vemos inmediatamente engullidos por la sombra de la bóveda vegetal más verde que he visto en mi vida, que se extiende por todo el camino. Las flores blancas se acumulan aquí y allá entre el follaje, y una potente fragancia inunda el coche a pesar de que todas las ventanas están cerradas.
—¿Qué es este olor? —digo inhalando profundamente y exhalando con un suspiro.
—Pues esto no es nada. Por la noche es muy intenso. —Él también inspira hondo y se deleita con el aroma mientras exhala. Estoy muy intrigada. Parece estar rememorando algo.
El aroma es divino, aunque sigue preocupándome nuestra ubicación, pero entonces el sol aparece hacia el final del camino y los intermitentes rayos de luz que penetran a través del parabrisas me obligan a entornar los ojos, a pesar de que llevo puestas las gafas de sol. Es como si alguien hubiera encendido de repente una luz y me hubiera transportado al instante al...
Paraíso.
Me quedo sin palabras. Me desabrocho el cinturón para inclinarme hacia adelante y parpadeo para comprobar que no me estoy imaginando lo que estoy viendo. La sucia jungla de cemento y desperdicios ha desaparecido y ha dado paso a un lugar idílico, rebosante de vegetación, de céspedes perfectamente cortados y de pérgolas cargadas de flores rojas. De repente hemos dejado de avanzar, y no tardo ni un segundo en bajar del coche y cerrar la puerta para absorber el magnífico espacio que me rodea ahora. Echo a andar hacia el camino empedrado que da a la villa de terracota que tengo delante,
sin esperar a Tom y sin mirar si viene detrás. Subo los escalones que llevan al porche que rodea por entero la propiedad y me vuelvo para admirar los jardines.
En efecto, es el paraíso.
Cuando creo que ya lo he asimilado todo bien, me vuelvo hacia Tom y lo encuentro sentado en el capó del DBS, con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos y los brazos cruzados a la altura del pecho. Está sonriendo.
—¡¿En qué piensa mi chica?! —me grita.
Estiro la mano y cojo una hoja suelta sobre la enredadera del enrejado que hay en el porche. La huelo y suspiro.
—Creo que acabo de llegar oficialmente al séptimo cielo de Tom.
—¿Adónde? —dice con un tono a medio camino entre la confusión y el regocijo.
Sonrío, suelto la hoja y echo a correr hacia él. Veo cómo su alborozo aumenta cuando se pone de pie y se prepara para recibir mi ataque. Me arrojo a sus brazos, me engancho a él como si fuera un monito como hago siempre y devoro su boca llena de entusiasmo. No me detiene. Me sujeta del culo y sonríe ante la exhibición de mi fuerza bruta.
—Es mi lugar preferido del mundo entero —digo liberando sus labios y mirándolo. Entonces me doy cuenta de que aún lleva las Wayfarer puestas y se las quito para poder verle los ojos.
—¿Estás contenta? —pregunta a pesar de que es bastante evidente que estoy que no quepo en mí de la dicha.
—Estoy loca de alegría. —Hundo los dedos en su pelo y le doy mi característico tironcito.
—Entonces, mi misión aquí ha terminado. —Acerca la boca a mi cuello y me lo muerde
suavemente antes de despegarme de su cuerpo—. Voy a coger las maletas.
—Te ayudo —digo sin pensar siguiéndolo hasta la parte trasera del vehículo. Me detengo al instante en cuanto se vuelve y me mira con cara de advertencia—. Vale, pues no te ayudo. —Levanto las manos de manera pacífica, me acerco al asiento para coger mi bolso y sigo a mi hombre hacia la villa de una sola planta.
Deja las maletas en el suelo brevemente mientras prueba al menos tres llaves diferentes hasta que por fin encuentra la correcta. La puerta se abre y de pronto me veo sumida en una absoluta oscuridad.
Sólo unos pequeños rayos de luz penetran por los agujeros a través de las persianas bajadas. No veo mucho, pero sí que huelo, y dentro también huele de maravilla. El aroma es increíble y está por todas partes.
—Espera aquí —me ordena Tom, que deja las maletas junto a la puerta y sale de la casa de
nuevo.Y aquí me quedo, observando las paredes en busca de algún interruptor, pero no veo nada, ni siquiera con la débil luz que entra por la puerta. Y, de repente, es como si un foco se hubiera encendido en un escenario oscuro, y la luz del sol inunda la habitación hasta la pared de enfrente.
Entonces aparece otro foco, procedente de otra ventana, y el haz atraviesa el primer rayo y se forma una brillante cruz en la penumbra. A continuación aparece otro, y otro. Observo cómo el espacio se transforma en un cruce de líneas de luz hasta que la oscuridad ha desaparecido y el sol penetra por todas las ventanas y también por la puerta. Mis ojos sensibles quieren cerrarse, pero es imposible hacerlo cuando hay tantas cosas que admirar. Las paredes son blancas y lisas. El suelo está cubierto de gigantes baldosas de color miel adornadas con alfombrillas de color crema dispuestas aleatoriamente.
Un sofá gigante con forma de «U» mira hacia las puertas que dan a una piscina rodeada de un césped verde brillante. Y más allá se ve una playa.
—¡Qué pasada! —exclamo.
Camino despacio hacia adelante, y mi emoción va en aumento a cada paso que doy conforme voy viendo más maravillas. Antes de darme cuenta, he atravesado la terraza, he recorrido todo el césped y me encuentro intentando abrir la puerta de hierro fundido que se interpone entre la playa y yo.
—Espera. —De repente, Tom me coge la mano para apartármela, inserta una llave en la
cerradura y abre la puerta para dejarme salir.
Diez traviesas de madera a modo de escalones cubiertos de arena y césped me llevan hasta la playa. Está desierta, y cuando miro a ambos lados en busca de alguna señal de vida me doy cuenta de que estamos en una bahía. No hay ninguna otra propiedad a la vista, ni chiringuitos de playa, ni hoteles..., nada. Estamos nosotros solos, en esta hermosa villa, rodeados del calor azul del Mediterráneo.
—¿Sigues en el séptimo cielo de Tom? —me susurra al oído mientras desliza el antebrazo sobre mis hombros y me estrecha contra su pecho.
—Sí. ¿Y tú dónde estás?
—¿Yo? —pregunta. Me besa la mejilla con dulzura y hace descender la mano hasta mi vientre—.Nena, estoy en el paraíso.
Cierro los ojos con una sonrisa de satisfacción y me hundo contra su cuerpo. Mi mano se une a la suya en mi barriga. Entrelazamos los dedos y permanecemos así, sintiéndonos el uno al otro. El séptimo cielo de Tom es el paraíso.

Nos pasamos el resto de la tarde deshaciendo las maletas, pedimos algo de comida y mi hombre me enseña la casa. Me muestra las seis habitaciones con baño, todas con puertas que dan a una parte distinta del porche. La cocina, que es blanca y moderna, tiene encimeras de madera y algunos pequeños detalles, como el cuadro de madera suspendido del que cuelgan unas sartenes de hierro fundido que mantienen el aire rústico de la villa. Como diseñadora de interiores, estoy fascinada: no podrían haberlo hecho mejor. Las habitaciones tienen paredes sencillas, pero unas telas suntuosas cubren las camas y unas largas cortinas de gasa cuelgan ante las ventanas. Algunos cuadros aquí y allá
salpican las paredes, y las alfombrillas aleatorias engalanan la inmensidad de las baldosas que recorren toda la villa. Este lugar desempeña algún papel importante en la historia de Tom, estoy convencida, pero no quiero presionarlo. Me ha dicho que se han ido haciendo algunas reformas a lo largo de muchos años, así que deduzco que es de su propiedad, aunque no me lo ha confirmado.
Ahora estamos sentados ante una enorme mesa de madera que hay entre la cocina y el salón, con una jarra de agua helada, y las preguntas no están preparadas para permanecer en mi cerebro durante mucho más tiempo. Este sitio ocupa un lugar importante en la vida de Tom y mi mente curiosa no consigue reprimirse.
Me observa con una pequeña sonrisa mientras me llevo el vaso a los labios antes de proceder a saciar su propia sed sin quitarme los ojos de encima. Me muero por preguntarle, y lo sabe, pero me está haciendo sufrir. En vez de contármelo por iniciativa propia quiere que se lo pregunte, pero me prometí a mí misma que nunca más lo presionaría para que me contara nada que formara parte de su pasado. El pasado pasado está, pero por poca importancia que le dé, soy de naturaleza curiosa. No
puedo evitarlo. Me siento agradecida cuando habla antes que yo, evitando así que empiece a dispararle una serie de preguntas.
—¿Quieres comer algo?
Una expresión de sorpresa se dibuja repentinamente en mi rostro.
—¿Vas a cocinar para mí?
Cathy no está, y sabe que odio cocinar.
—Podría haber llamado a alguien, pero quería estar a solas contigo —dice esbozando esa sonrisa de pícaro—. Creo que deberías cuidar de tu marido y cumplir con tu deber de esposa.
Carraspeo un poco ante su arrogancia. ¿Mi deber?
—Cuando te casaste conmigo ya sabías que odiaba cocinar.
—Y cuando tú te casaste conmigo, sabías que yo no sé cocinar —responde, petulante.
—Pero tú tienes a Cathy.
—En Inglaterra Cathy me da de comer, afortunadamente, ya que mi mujer no lo hace. —Ahora habla en serio—. En España tengo a mi esposa. Y ella me va a preparar algo. Aquel pollo que hiciste estaba muy bueno.
Es verdad, lo estaba, pero eso no significa que disfrutase haciéndolo. No obstante, mentiría si dijera que no disfruté al ver cómo se lo comía. Cuidé yo de él para variar, y con eso en mente, de pronto tengo ganas de prepararle la comida.
—Está bien. —Me levanto—. Cumpliré con mi deber.
—Estupendo. Ya iba siendo hora de que hicieses lo que se te manda —dice con franqueza, sin sonreír y sin bromear—. Ya puedes ir empezando.
—No te pases, Kaulitz —le advierto. Lo dejo a la mesa y me dirijo a la nevera.
No tardo mucho en decidir qué voy a cocinar. Cojo algunos pimientos, chorizo, arroz,
champiñones y unas chuletas de cordero y las dejo sobre la encimera. Después cojo una tabla de cortar y un cuchillo.
Me pongo a la faena. Parto los pimientos por la mitad y les saco las semillas. Después pico los champiñones y el chorizo muy finos y lo salteo todo. Hiervo el arroz, corto un poco de pan recién hecho y hago el cordero a la plancha. Mientras tanto, él permanece sentado, mirándome, y no se ofrece a ayudarme ni intenta darme conversación. Se limita a observar en silencio cómo cumplo con mi deber de alimentarlo.
Mientras estoy rellenando los pimientos, aparece delante de mí y se inclina desde el otro lado de la encimera.
—Estás haciendo un gran trabajo, señorita.
Cojo el cuchillo y lo apunto con él.
—No seas condescendiente conmigo.
Me quedo pasmada cuando, de repente, su rostro se torna oscuro y me arranca el cuchillo de la mano.
—¡No juegues con los cuchillos, _____!
—¡Lo siento! —espeto mientras miro el utensilio en su mano y empiezo a darme cuenta de mi estupidez. Tiene un filo muy peligroso, y estaba usándolo como si fuera una cinta de gimnasia rítmica—. Lo siento —repito.
Lo deja sobre la encimera con cuidado y empieza a relajarse.
—No pasa nada. Olvídalo.
Señalo la mesa con la cabeza buscando algo que hacer que no sea volver a disculparme. Parece muy cabreado.
—¿Pones tú la mesa?
—Claro —dice tranquilamente. Tal vez esté pensando que su reacción ha sido algo excesiva, no lo sé, pero su repentina hosquedad y mi estupor han creado una clara tensión.
Tom se aleja y empieza a poner la mesa para dos mientras yo termino de preparar la cena.
—Aquí tienes. —Le coloco el plato delante de él, pero antes de que haya apartado la mano, me la coge y me mira con cara de arrepentimiento.
—Siento haberme puesto así.
Ya estoy mejor.
—No pasa nada. No debería ser tan poco cuidadosa.
Sonríe.
—Siéntate.
Me aparta la silla, pero en cuanto me siento, él se levanta.
—Aquí falta algo —me informa.
Sale de la habitación y me deja preguntándome a dónde ha ido. A los pocos segundos vuelve con una vela en una mano y un mando a distancia en la otra. Busca unas cerillas, enciende la vela y la coloca en el centro de la mesa. Después pulsa unos cuantos botones en el mando a distancia y el silencio de la villa es reemplazado por una inconfundible voz masculina. La reconozco inmediatamente.
—¿Mick Hucknall? —pregunto, algo sorprendida.
—O Dios, como prefieras llamarlo. —Sonríe y se sienta.
—¿Estás dispuesto a compartir tu título? —pregunto mientras cojo mi cuchillo sin filo y mi
tenedor seguro.
—Él lo vale —responde como si tal cosa—. Eso tiene muy buena pinta. Come.
Sonrío al ver cómo señala mi plato con la cabeza y empiezo a cortar un trozo de cordero. Me esfuerzo por controlar el impulso de volver a amenazarlo con el cuchillo cuando veo que se inclina para mirar la carne. Está comprobando si está en su punto. Para ayudarlo, giro mi plato para que pueda ver el corte de mi chuleta. Debería estar contento. El filete me gusta al punto, pero prefiero las chuletas muy hechas.
Pincho un trozo con el tenedor y me lo llevo a los labios.
—¿Puedo? —pregunto totalmente en serio y sin la más mínima sonrisa en la cara.
Tom tampoco sonríe.
—Adelante —dice, y corta un trozo de su propio cordero y le da el primer bocado. Mastica, asiente y traga—. Cocinas muy bien, esposa.
—Yo no he dicho que no sepa cocinar. Simplemente no me gusta hacerlo.
—¿Ni siquiera para mí?
Lo miro inmediatamente para analizar su expresión y es tal y como me la imaginaba. No está bromeando, ni hace pucheros jugando conmigo. Sé adónde quiere ir a parar y, aunque sí que me gusta cocinar para él, no quiero tener que hacerlo todos los días.
—No me importa hacerlo —respondo fríamente.
—A mí me gusta que cocines para mí —dice—. Es algo normal.
Me detengo y dejo el cuchillo.
—¿Normal?
—Sí, normal. Es lo que hacen las parejas casadas normales.
—¿Te parece normal que la mujer cocine para que el marido coma? Eso es un poco machista.
Me echo a reír, pero él no lo hace. Sigue cortando sus chuletas con cuidado y comiendo. ¿Quiere normalidad? Entonces debería intentar empezar a comportarse de una manera un poco más normal él mismo. Pero ¿quiero que sea normal? No, para nada. Si lo fuera, no sería Tom. Nosotros no seríamos nosotros si él fuese normal. Me meto otro pedazo de cordero en la boca para masticar en lugar de llamarlo cavernícola. Jamás seremos normales, no del todo, o al menos espero que no lo seamos.
Se encoge de hombros, deja los cubiertos junto al plato y se apoya en el respaldo de la silla. Levanta los ojos lentamente hacia los míos y mastica de forma deliberadamente lenta. ¿Qué pretende con todo esto?
Sus ojos cafeces me cautivan y empiezo a masticar despacio yo también.
—¿ Esto no te parece normal? —pregunta con voz grave y gutural.
—¿Te refieres a que cenemos juntos?
—Sí.
Me encojo un poco de hombros.
—Sí, esto es normal.
Asiente suavemente.
—¿Y si te tumbara sobre esta mesa mientras cenamos y te follara? ¿Eso sería normal?
Abro los ojos como platos un poco sorprendida. No sé por qué, puesto que eso sería algo
completamente normal para nosotros.
—Para nosotros es normal que consigas lo que quieras cuando quieras. Puedes pasar de una comida que te ha cocinado tu mujer si te apetece.
—Bien. —Vuelve a coger los cubiertos—. Me gusta nuestra normalidad.
Lo miro con cara de extrañada. ¿A qué ha venido eso?
—¿Te preocupa algo? —pregunto.
—No —se apresura a responder.
—Eso es que sí —insisto, y creo que sé lo que es—. ¿De repente te estás planteando que no
podrás hacer lo que quieras cuando quieras cuando lleguen los dos pequeños?
—Para nada.
—Mírame —le ordeno, y lo hace, pero me mira perplejo. No le doy la oportunidad de protestar ni de preguntarme con quién creo que estoy hablando—. Es eso, ¿no?
Su expresión de asombro se transforma en ira.
—Donde quiera y cuando quiera.
—No con dos bebés. —Me dan ganas de echarme a reír. Es eso. De repente se ha dado cuenta de que no siempre podrá disponer de mi cuerpo cuando le plazca. Continúo cenando, deleitándome con esa revelación. No me puedo creer que no lo haya pensado hasta ahora—. Necesitarán toda mi atención.
Me señala con el tenedor. No con el cuchillo, sino con el tenedor.
—Sí, tu papel principal será cuidar de nuestros hijos, y después, por muy poca diferencia, será el de complacerme a mí. Cuando quiera y donde quiera, ______. Puede que necesite controlarme hasta cierto punto, pero no creas que voy a dejar de dedicar mi vida a consumirte. Contacto constante. Donde quiera y cuando quiera. Eso no va a cambiar sólo porque tengamos hijos. —Pincha un trozo de cordero y se mete el tenedor en la boca.
Si lo de que cocine para él ya es bastante machista, no tengo palabras para calificar ese
discursito.
—¿Y si me siento exhausta después de estar toda la noche dándoles de mamar? —lo provoco.
—¿Demasiado cansada como para dejar que te tome? —pregunta, atónito.
—Sí.
—Contrataremos a una niñera. —Apuñala otro trozo de cordero y yo me echo a reír para mis adentros.
—Pero te tengo a ti —le recuerdo.
Suspira y deja los cubiertos de nuevo junto al plato.
—Así es. —Se lleva las puntas de los dedos a la sien y empieza a masajeársela en círculos—. Me tienes a mí, y siempre me tendrás. —Me coge de la mano—. Prométeme que nunca me dirás que estás demasiado cansada o que no estás de humor.
—¡Pero si eres tú el que dice que estoy demasiado cansada! —exclamo prácticamente chillando—. Tú sí que puedes rechazarme, ¿no?
—Pero eso es porque yo soy el que manda —dice, y se queda tan pancho—. Prométemelo —insiste.
—¿Quieres que te prometa que puedes tomarme siempre como y cuando te plazca?
Aparta la mirada sólo por unos instantes y luego vuelve a fijar sus ojos pensativos en mí.
—Sí —se limita a responder.
—¿Y si no lo hago? —Estoy siendo insolente porque sí. Jamás estaré demasiado cansada para este hombre, pero su repentina epifanía me está resultando bastante divertida. Debería haberlo pensado antes de esconderme las píldoras anticonceptivas.
Se echa a reír, y entonces el muy arrogante se inclina hacia atrás y se quita la camiseta por la cabeza para revelar su definida perfección. Se mira el pecho, como si se estuviera recordando a sí mismo lo increíblemente maravilloso que es. Yo también tengo la mirada fija en su torso. Puede que incluso esté babeando sobre el cordero, pero no voy a ceder a sus tácticas. Me deleito observando su divino esplendor y repaso con la vista cada firme milímetro de su cuerpo. Tomo nota mentalmente de que tengo que volver a marcarle el chupetón. Se está borrando.
—Jamás podrás resistirte a esto —dice señalando su torso.
Levanto la vista de repente y veo que sus ojos cafeces y brillantes me miran cargados de
seguridad.
—Estoy acostumbrada. —Aparto mi ávida mirada de la perfección de su rostro y me vuelvo hacia mi plato. Mis ojos se resisten dentro de las cuencas y luchan para volver a mirarlo—. Llega un momento en que me aburro de ver siempre lo mismo —añado intentando parecer lo más indiferente posible.
Se abalanza sobre mí en un segundo, me aparta de la mesa y me tumba sobre una alfombra en el suelo. No tengo tiempo de asimilar lo que ha pasado hasta que apenas puedo respirar y su cuerpo me cubre por completo.
—Mientes muy mal, nena.
—Lo sé —admito. Se me da fatal.
—Vamos a ver lo acostumbrada que estás, ¿de acuerdo?
Me coloca los brazos a ambos lados de mi cuerpo y se monta encima de mí, impidiendo que me mueva. De repente me agobio por la situación. La he vivido muchas veces antes, y la mayoría de ellas he acabado muy frustrada.
—Tom, por favor, no lo hagas —le ruego sabiendo que no va a servir de nada. Darse cuenta de que puede quedar en segundo plano ha despertado su instinto animal, y se ha propuesto reclamar sus derechos. Puede que también me marque. Es como un león.
—¿El qué? —pregunta, aunque sabe perfectamente a qué me refiero—. Si estás acostumbrada...
Sabe muy bien que estaba fingiendo indiferencia. Jamás me acostumbraré, y me alegro de ello. Lo veré, lo amaré y me moriré de deseo por él durante el resto de mis días. Y me muero de ganas. Ese deseo está corriendo ahora por mis venas. Siempre permanece en el fondo de mi ser, latente, aguardando las palabras o las caricias adecuadas. Y cuando éstas llegan, siento una violenta efervescencia en mi estómago, seguida de impaciencia, y después de un placer tortuoso hasta que llega la explosión, ya sea una explosión lenta y dulce o una explosión intensa que me obliga a gritar. Estoy empezando a sentir la efervescencia. Los músculos de mi estómago se contraen, y seguramente él lo
esté notando porque, a diferencia de nuestros últimos encuentros, está tumbado sobre mi vientre.
Además de percatarse de que ya no seré sólo suya, ¿se ha dado cuenta por fin de que esto no hará daño a nuestros pequeños?
Mi posición actual y el incesante palpitar que siento entre las piernas no varía cuando se pone de rodillas y empieza a bajarse la cremallera de los vaqueros. Esto va a ser doloroso. Si va a transformarse en el Tom intenso y dominante, quiero sacarle el máximo partido, y no podré hacerlo si no puedo mover los brazos ni el cuerpo. Estoy a punto de gritar de frustración y, por más que me esfuerzo, no consigo apartar mis ojos insaciables de esos magníficos abdominales. ¿Acostumbrada? Menuda gilipollez.
—Tom, deja que me incorpore. —No me molesto en forcejear porque sé que sólo conseguiré cansarme, y estoy reservando mis energías para lo que está por venir.
—No, _____. —Se baja la cintura de los pantalones un poco y deja al descubierto sus calzoncillos blancos y ceñidos de Armani. La cosa se pone seria.
—¡Por favor! —ruego.
Un destello de triunfo reluce en sus ojos cargados de deseo, aunque ambos sabemos que todavía no ha terminado.
—No, ______ —repite con voz grave mientras desliza el pulgar por dentro de la goma del bóxer.
Por un segundo, atisbo la oscura mata de vello rubio y la inconfundible firmeza y suavidad de su polla.
—Joder... —Cierro los ojos desesperada, odiándolo y amándolo a partes iguales. En mi desdicha, me desconcierta no recibir su típica orden de que los abra.
Sin embargo, eso no dura mucho. Pronto siento el movimiento y la sensación de que algo sólido y húmedo se abre paso entre mis labios. Mi reflejo natural entra en acción y abro los labios, pero no me penetra la boca. Sé que eso podría hacer que vomitara, pero sigo deseando que lo haga. Abro los ojos de nuevo y veo su vientre. Apoya una mano junto a mi cabeza y está inclinado sobre mí. Levanto la vista para ver su rostro, a sabiendas de lo que voy a encontrarme, pero eso no me detiene. Sé qué mirada voy a descubrir en él, sé que va a volverme loca de pasión, y sé que no podré hacer absolutamente nada para evitarlo.
Y ahí está él. Mi señor, apoyado sobre uno de sus portentosos brazos, con esos ojos adictivos y obscenos cargados de ganas y coronados por esas pestañas tremendamente largas que decoran su maravilloso rostro. Desvío un poco la mirada y veo su estómago y su pecho, que deberían considerarse un peligro. Con el añadido de que se está aguantando, rozándome los labios con la gruesa magnificencia de su polla, estoy perdida.
—Métemela en la boca —le exijo con calma.
—¿Qué efecto tengo en ti, _____? —pregunta, claramente seguro de qué respuesta voy a darle y tentándome con otro pequeño roce en los labios.
—¡Joder, me vuelves loca! —grito retorciéndome sin éxito.
—Vigila esa puta boca —dice prácticamente gruñendo las palabras, lo que no hace sino aumentar mi excitación y mi desdicha.
—¡Por favor!
—¿Te has acostumbrado a mí?
—¡No!
—Y nunca lo harás. Esto es lo normal para nosotros, nena. Hazte a la idea. —Se desliza en mi boca con un gemido y yo lo acepto de buena gana, eufórica y ansiosa. Gimo con la invasión. Lamo, chupo y muerdo, pero no tengo todo el control. Se niega a cederme el poder, pero me da igual. Es contacto—. Despacito, ______. —Le cuesta pronunciar las palabras, y yo levanto la vista para deleitarme en la expresión de tensión de su rostro mientras él observa cómo mi boca disfruta de su erección—.Me encanta tu puta boca, mujer.
Su mano libre repta por mi cuello y me agarra de la nuca para que no me mueva mientras empuja suavemente hacia adelante con golpes lentos, rítmicos y deliciosos. No lo hace con brusquedad, pero eso no significa que no esté cumpliendo con su obligación de ser el Tom dominante. Ha encontrado el punto medio de nuestra relación normal, aunque yo no lo haya hecho, pero estoy empezando a captarlo, y él está haciendo un trabajo excelente mostrándome el camino. Mientras lamo su miembro de acero, éste palpita y noto cómo sus piernas, que sujetan mis brazos contra el suelo, se tensan. Eso me proporciona el empujón que necesitaba. La presión y el ritmo de mis labios se vuelven más frenéticos, haciendo caso omiso de su orden de hacerlo despacio. Va a correrse.
Gimo, él se sacude soltando un montón de tacos, pero cuando me quiero dar cuenta ya no lo tengo en la boca. Se incorpora sobre sus rodillas, se lleva los puños a la polla y me observa con los labios entreabiertos mientras termina. Estoy enfadada, pero me está refrescando una de mis imágenes favoritas de todos los tiempos: la erótica y extraordinaria visión de ver a Tom masturbándose hasta alcanzar el clímax. Esta vez, sin embargo, es mejor, porque acaba de apartarse el pelo húmedo de la cara, deslizándose la mano desde la rubia mata de vello por los músculos tonificados de su pecho. Casi
me asfixio de satisfacción. Unos pocos momentos más y creo que sería capaz de correrme sólo de verlo. Joder, es como un dios del Olimpo.
—¡Joder! —brama, y vuelve a sentarse sobre los talones, tirando de mi camiseta y mi sujetador antes de posicionar de nuevo su erección entre mis senos para derramar su semilla por todo mi pecho.
Jadea, sudando y húmedo, y empieza a menearse en círculos para extender su leche por todas partes.
Ya me ha marcado.
—Donde quiera y cuando quiera, nena —resopla, y se inclina para devorar mi boca con
vehemencia. Esto también lo acepto de buen grado, y dejo que continúe tomando lo que quiera—.Joder, ha sido perfecto.
—Mmm —confirmo. No necesito expresarlo con palabras. Ha sido perfecto. Él es perfecto.
—Ven aquí. —Se incorpora, me recoloca el sujetador y la camiseta, se pone de pie y me coge en brazos. Me lleva hasta la mesa, me sienta en la silla y señala mi plato—. Acábate la cena.
—No he vomitado —digo casi con orgullo.
—Muy bien.
—¿Por qué no te has corrido en mi boca? —pregunto mientras se abrocha la cremallera.
Por un momento, la severidad de su rostro flaquea, pero sólo un poco. Se sienta en su sitio y señala mis cubiertos con una instrucción silenciosa. Después coge los suyos.
—Podría ser tóxico para los pequeños.
De haber tenido cordero en la boca, me habría atragantado, pero en lugar de hacerlo empiezo a desternillarme de risa.
—¿Qué? —digo entre carcajadas.
No me lo repite. Me guiña un ojo y yo me enamoro de él un poco más.
—Cómete la cena, nena.
Miro mi plato con una sonrisa y empiezo a comer de nuevo, totalmente satisfecha a pesar de que no he tenido ningún orgasmo.
Sigo bullendo ligeramente, pero no me importa.
—¿Qué vamos a hacer mañana? —pregunto.
—Bueno, pues no sé tú, pero yo voy a darme un atracón.
—¿Vas a tenerme encerrada en el Paraíso todo el fin de semana? —No me importa, pero estaría bien ir a dar un paseo, o a cenar.
—No iba a hacerlo, pero puedo poner cerrojos. —Se mete el tenedor en la boca y empieza a masticar un trozo de pimiento relleno lentamente mientras me mira con las cejas enarcadas. Le estoy dando ideas.
No le contesto. Amplío mi sonrisa burlona, plena de felicidad, y sigo intentando terminar de cenar.
—Joder, adoro esa puta sonrisa. Mírame.
Mi sonrisa ya no es socarrona, es una sonrisa auténtica, y él me ofrece la suya, esa que tiene reservada sólo para mí, con los ojos brillantes incluidos.
—¿Estás contento? —pregunto.
—Estoy loco de alegría.

CAPITULO # 24.-
Sé que estoy sonriendo en sueños. Ni siquiera necesito abrir los ojos para saber dónde estoy. La fresca brisa del mar que entra por las ventanas abiertas y ese olor a salitre mezclado con la intensa fragancia de las flores es todo cuanto necesito para recordar dónde me encuentro. Sin embargo, ninguno de los dos aromas supera la esencia que más me gusta en esta vida, que está impregnada en cada una de las fibras de las sábanas de algodón sobre las que ha dormido. Pero él no está en la cama.
Abro los ojos y lo primero que veo es una galleta de jengibre, comprimidos de ácido fólico y un vaso de agua. Sonrío, cojo las pastillas, las ingiero con la ayuda del agua y empiezo a comerme la galleta. Me acerco al borde de la cama y no me molesto siquiera en ponerme ropa interior. Estamos solos en una playa desierta, y no he olvidado su demanda de que baje a desayunar así todas las mañanas. Además, ahora puedo hacerlo sin el temor de que Cathy pueda llegar en cualquier momento.
De modo que me paseo desnuda por gran parte de la villa en busca de mi señor, pero al cabo de un rato veo que no está por ninguna parte. La cortina de gasa que cubre las puertas del salón que dan al porche ondea con la suave brisa. Me abro paso a través de la tela en movimiento hasta que me encuentro sobre el suelo de madera e inspiro profundamente el aire fresco. Es perfecto. Sé que es temprano porque el sol está muy bajo, pero el calor es intenso, debilitado únicamente por la brisa que azota mi pelo y me lo echa sobre la cara. Me lo recojo como puedo en una especie de moño suelto y, cuando por fin tengo los ojos despejados, lo veo a lo lejos. Está corriendo. Y sólo lleva puestos los shorts, sin camiseta ni zapatillas de deporte. Me apoyo en la barandilla de madera y observo alegremente cómo se acerca cada vez más. Su musculosa constitución resplandece bajo el sol de la mañana. Parece un espejismo.
—Buenos días —canturreo cuando se encuentra a unos pocos metros de distancia, sudando y jadeando. Esto no es normal en él. Es como un robot cuando corre, nunca muestra signos de fatiga.
Coge la toalla que ha dejado colgada en la barandilla y empieza a frotarse con ella sonriendo.
—Y tan buenos. —Sus ojos descienden por mi desnudez. Lo único que me tapa ligeramente son los barrotes que tengo delante—. ¿Cómo te encuentras?
Me paro a pensarlo rápidamente, evalúo mi organismo y llego a la conclusión de que estoy perfectamente. No tengo nada de angustia.
—Bien.
—Estupendo. —Se acerca al porche y me mira—. Bésame.
Me inclino y le doy un pico en los labios. El pulcro sudor que cubre su cuerpo realza su aroma característico.
—Estás empapado.
—Es que hace muchísimo calor. —Se aparta—. ¿Desayunamos? —dice como si fuera una
pregunta, pero no lo es. Si digo que no, sin duda me cogerá, me colocará sobre sus hombros, me llevará adentro y me obligará a comer.
—Te prepararé el desayuno.
Echo a andar por el porche en dirección a nuestro dormitorio.
—¡¿Adónde vas?! —grita a mis espaldas.
—A ponerme algo.
—¡Eh! —exclama. Me vuelvo y veo que está muy disgustado—. Mueve ese culo desnudo a la cocina, señorita.
—¿Perdona? —Me echo a reír.
—Ya me has oído. —Me observa con expectación, como desafiándome a desobedecerlo.
Miro mi cuerpo desnudo y suspiro. No me pedirá este tipo de cosas cuando esté a punto de reventar. Ya no tendrá ganas de mirarme. Pero, por ahora, yo me siento cómoda en cueros y, sin duda, él también se siente cómodo, de modo que vuelvo sobre mis pasos y entro en la villa a través de las puertas de la cocina. Al pasar por delante de Tom recibo una palmada en el trasero.
Si nuestra normalidad consiste en preparar el desayuno y comérnoslo en pelotas, lo cierto es que me encanta. Si consiste en tardar tres horas en arreglarnos porque ninguno de los dos puede despegar las manos del otro, me encanta. Y si consiste en que me ponga un vestido de verano y que él me mire como si me hubiera vuelto loca..., bueno, eso ya no me gusta tanto.
—Ponte otra cosa, señorita —dice mirando mi ropa mientras masculla y maldice entre dientes al tiempo que inspecciona y descarta todos mis vestidos playeros—. Lo has hecho adrede.
—Hace calor —protesto, y me echo a reír vestida tan sólo con mi ropa interior de encaje al ver cómo Tom se vuelve loco.
—¡Coño, _____! —exclama sosteniendo un mono sin tirantes muy corto.
—Dijiste que tenía unas piernas muy bonitas —me justifico.
—Sí, lo tienes todo muy bonito, pero eso no significa que quiera que todo el mundo lo sepa. —Tira el mono a un lado y saca un vestido negro largo y vaporoso de tirantes finos.
»Sólo para mis ojos —afirma—. Sólo para mis ojos.
—Pero ¿qué coño te pasa? —Le quito el vestido de las manos—. El día del aniversario de La Mansión no te importó que me pusiera aquel traje, ni tampoco te molesta que lleve los shorts vaqueros.
—Claro que me importó. Hice una excepción, pero vi cómo te miraban los hombres. —¿Me está tomando el pelo?
—¡Y yo veo cómo te miran a ti las mujeres!
—Exacto; ¿te imaginas cómo me mirarían si fuese por ahí medio desnudo? —Señala el vestido con la cabeza—. Puedes ponerte éste.
—Muchas veces vas sin camiseta —señalo—, y yo no me abalanzo sobre ti para ocultar tu
cuerpo. ¡Relájate!
—¡No! —grita.
Ambos nos miramos con el ceño fruncido, pero sin duda el suyo gana.
—Estás siendo poco razonable —espeto—. Pienso ponerme lo que me dé la gana. —Le tiro el vestido negro a la cara y cojo el playero fucsia anudado al cuello, me lo meto por los pies y me lo subo por el cuerpo.
Él observa cómo me pongo la prenda rápidamente.
—¿Por qué me haces esto? —pregunta con desazón.
—Porque es absurdo que creas que puedes decidir qué puedo y qué no puedo ponerme, por eso.—Me ato el vestido por detrás del cuello y me lo aliso, haciendo caso omiso de los gruñidos que profiere mi señor irracional. No pienso tragar con esta faceta de nuestra normalidad—. Además, no es para tanto.
—Joder, eres demasiado bonita —masculla echando humo.
Sonrío y deslizo los pies en las chanclas.
—Y soy tuya, Tom.
—Lo eres —responde tranquilamente—. Eres mía.
Respiro hondo y me acerco a su pecho.
—Nadie me apartará de tu lado, nunca.
No sé cuántas veces tengo que decírselo. Me encanta que tema perderme, pero también sé que su problema son las hordas de mujeres desnudas que lo han rodeado durante la mayor parte de su vida.
No quiere que los hombres me miren como miran a esas mujeres, como él las miraba antes de conocerme a mí.
—Lo sé —suspira—. Pero ¿es preciso que te pongas el vestido más minúsculo de todo el planeta?
Lo beso en la mejilla.
—Estás exagerando.
—Yo creo que no —gruñe, y aprieta su mejilla recién afeitada contra mis labios—. ¿Y si
llegamos a un acuerdo?
—¿Qué tipo de acuerdo? —pregunto. Entonces veo que se agacha y coge un cárdigan—. De eso, nada, Kaulitz. Me desmayaré del calor.
Lo deja caer exagerando la furia de un modo ridículo y teatral y se levanta.
—Vale, pero no me hago responsable si algún capullo te hace ojitos.
Lo observo perpleja. Está delante de mí, con un aspecto delicioso vestido con sus shorts largos y su polo de Ralph Lauren con el cuello levantado, al estilo de Tom.
—Yo tengo que lidiar con los ojitos que te ponen a ti a diario.
Sonríe con malicia.
—Sí, y en seguida las aplastas a todas.
Me echo a reír y me dispongo a salir de la habitación.
—Mi ritual de aplastamiento es algo más suave que el tuyo.
Las cosas en el Paraíso van cada vez mejor. Aunque la idea de dejar que Tom me mantuviera encerrada en la villa me resultaba muy tentadora, quería explorar con él, pasear cogidos de la mano, comer por ahí y estar juntos de otra manera. No es algo que hayamos hecho a menudo desde que nos encontramos el uno al otro y, aunque me ha costado convencerlo, sé que él también ha disfrutado estando conmigo de otra forma hoy. Se ha pasado todo el día rodeándome los hombros con el brazo para pegarme a él, y durante la comida en el bar ha hecho que me sentara cerca para que pudiésemos
mantener el contacto físico.
Anochece mientras regresamos a la villa por la tronada carretera. La familiar fragancia inunda mis fosas nasales cuando atravesamos las puertas de madera y avanzamos por el camino adoquinado bajo la bóveda verde y blanca.
—¿Has pasado un buen día? —pregunta mientras apaga el motor y me mira, casi esperanzado.
—Sí, gracias. ¿Y tú?
—Sí, ha sido uno de los mejores días de mi vida, nena. Pero ahora me toca a mí elegir lo que vamos a hacer esta noche. —Me desabrocha el cinturón y se inclina sobre mí para abrirme la puerta—.Sal.
Obedezco su orden y me levanto del suave asiento de piel.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Vamos a jugar a un juego. —Ahora está en mi lado del coche, mirándome con una ceja
enarcada y cara de pillo.
—¿Qué clase de juego? —Mi curiosidad resulta evidente.
—Ya lo verás. —Me coge de la mano y me dirige hasta la villa—. Espérame en el salón, donde la alfombra —me ordena. Me planta un beso y me deja desconcertada junto a la puerta de entrada.
¿Adónde va? Observo con el ceño fruncido cómo desaparece en dirección al dormitorio y, sin poco más que hacer aparte de obedecer sus instrucciones, dejo el bolso, me dirijo a la alfombra en cuestión y me siento sobre la pieza suave, gruesa y tupida. Mi mente curiosa no deja de dar vueltas, pero no dura mucho. Pronto reaparece barajando un juego de cartas.
—¿Vamos a jugar a las cartas? —pregunto intentando no parecer decepcionada.
—Sí. —Su respuesta breve y concisa indica que, efectivamente, vamos a jugar a las cartas, por más que yo proteste. ¿Cartas?
—¿No preferirías devorarme? —Pongo en práctica mi táctica de seductora con poca confianza.
Sé cuándo voy a ganar, y sé que ésta no es una de esas veces. Me mira con recelo mientras baja el trasero hasta la alfombra. Se apoya contra el sofá y estira las
piernas delante de él.
—Vamos a jugar al strip póquer.
Empiezo a agitarme en mi sitio.
—Yo no sé jugar al póquer. —Perderé, pero ¿eso es algo malo?—. No sería un juego justo si yo no sé jugar. —Decido que sí que es algo malo. Está en modo engreído, y quiero borrarle esa sonrisa de gallito de la cara. Acaba de aflorar mi lado competitivo.
—Muy bien —dice lentamente mientras sigue barajando mientras habla—. ¿Y qué te parece el blackjack? —Debe de haberse dado cuenta de que me he quedado igual, porque sonríe un poco—. El veintiuno. ¿Pedir, pasar, rendirte?
Sigo igual de perdida.
—No, lo siento, no sé de qué estás hablando. —Estiro las piernas, me inclino hacia atrás y me apoyo sobre las manos—. ¿Jugamos al burro?
Tom suelta una carcajada al tiempo que echa la cabeza hacia atrás. Me encanta su risa.
—¿Al burro?
—Sí, soy muy rápida.
—_____, dejemos el burro para cuando lleguen los niños. —Sigue riéndose y nos reparte dos cartas a cada uno—. Vale, yo soy la banca, y tú tienes que mirar tus cartas.
Me encojo de hombros y las recojo. Tengo un diez y un seis.
—Vale.
—¿Qué tienes?
—¡No te lo voy a decir!
Pone los ojos en blanco.
—Es una partida de prueba. Dime qué tienes.
Me pego las cartas al pecho.
—Un diez y un seis —digo con recelo.
—¿Dieciséis entonces?
—¿Hay que sumarlas?
Va a arrepentirse de esto. Puede que ya lo esté haciendo.
—Sí, hay que sumarlas.
—Vale, entonces tengo dieciséis. —Le enseño mis cartas.
Él asiente al verlas.
—Gana el que se acerque más a veintiuno cuando todos los jugadores hayan hecho sus
movimientos.
—¿Qué movimientos? —Contengo la risa cuando veo que echa la cabeza hacia atrás y mira al techo exasperado.
—Los que estoy a punto de explicarte, _____.
—Ah, vale. Explica, explica.
Vuelve a bajar la cabeza y exhala un suspiro de agotamiento. Sí, sin duda se está arrepintiendo de esto. Seguro que está deseando haber optado por devorarme.
—Bien. Tienes dieciséis y necesitas acercarte a veintiuno todo lo posible sin pasarte. Sin pasarte quiere decir sin superar los veintiuno, ¿vale?
—Vale.
—Bien. Con un total de dieciséis, deberías pedir, lo que significa que pides otra carta. ¿Vale?
—Vale.
Me entrega otra carta y yo la cojo a hurtadillas, como si él no supiera ya lo que tengo en la mano.
—¿Qué te ha salido? —pregunta.
—Un rey. —No soy una experta en juegos de naipes, pero sé que eso significa que me he pasado. Tiro las cartas al suelo—. ¡Yo no quería pedir!
—No puedes plantarte con dieciséis, _____.
—¡Pero así no me habría pasado!
—No, pero es probable que yo tenga más que dieciséis, así que es mejor que te arriesgues.
Les da la vuelta a sus cartas y tiene una jota y una reina.
—Veinte —confirmo rápidamente.
—Exacto. Y me planto, así que gano yo. —Recoge las cartas y empieza a barajarlas de nuevo—.¿Lo pillas?
—Sí, voy a patearte el culo, Kaulitz. —Me froto las manos y me pongo cómoda.
Él sonríe ante mi competitividad. Probablemente sienta lástima de mí. Al fin y al cabo, a Tom Kaulitz se le da todo de maravilla.
—Tenemos que decidir lo que vamos a jugarnos, nena.
—Pero ¿no estamos jugando al veintiuno?
Inclina la cabeza hacia atrás de nuevo y se echa a reír a carcajadas. Yo intento mantenerme seria, pero me encanta cuando se ríe de esa manera.
—Sí, me refería a qué vamos a apostarnos. —Fija sus ojos cafeces en mí—. Joder, te quiero
muchísimo.
—Lo sé. ¿Qué vamos a apostarnos? —Cada vez me gusta más este juego.
—¿Cuántas prendas de ropa llevas puestas? —Me repasa con la mirada como si estuviera
evaluándolo mentalmente.
Jugar a las cartas no parece tan mala idea después de todo.
—Tres. El vestido, las bragas y el sujetador. Ah, y los zapatos, así que cinco —digo señalando las chanclas.
—Quítate las chanclas —me ordena—. Yo sólo llevo dos. —Se tira del polo y de los shorts.
—¿Y los calzoncillos?
—Suponían un obstáculo demasiado grande —explica como si tal cosa, y nos reparte dos cartas a cada uno. Sé perfectamente cómo va a acabar esto. Nada de obstáculos—. El primero que se quede desnudo pierde —dice sonriéndome—. Y el que gane tiene el mando.
Jadeo de incredulidad al ver su expresión divertida.
—¿Qué ha sido de eso de «donde sea y cuando sea»?
—Estoy siendo razonable. —Se encoge de hombros y señala mis cartas con la cabeza—. No
tientes la suerte o retiraré mi ofrecimiento de posible poder.
Recojo los naipes con cuidado y los miro pegándolos a mi cara. Está tan seguro de sí mismo que me permite la ventaja de llevar una prenda más que él.
—No tiene nada de razonable jugarse quién tiene el mando en nuestra relación —replico. A continuación miro mis cartas y veo dos sietes—. Dame una.
Me pasa una carta más y sigue sonriendo.
—Todo forma parte de nuestra normalidad, señorita. Aquí tienes.
—Gracias —respondo con educación. Recojo la carta del suelo y la coloco junto a las demás. Es un ocho. Resoplo dramáticamente y tiro las cartas entre nosotros—. Me he pasado —gruño.
Él sonríe y me muestra sus cartas. Tiene una jota y un nueve.
—Creo que yo me planto —dice—. Has perdido.
Sacudo la cabeza y veo cómo coloca las cartas en el suelo y empieza a reptar hacia mí, sin apartar la mirada de la mía. El corazón se me acelera al ver cómo se aproxima su figura, y cuando lo tengo justo delante, acerca las manos a mi cuello.
—Pierdes el vestido —susurra, y desata el nudo—. Ponte de pie.
Me obligo a levantarme cuando lo único que quiero hacer es tumbarme boca arriba y dejar que me tome ahora mismo. Por mí puede quedarse con el poder. No lo quiero. Nunca. Observo con los ojos cargados de lujuria cómo coge el bajo de mi vestido, se pone de pie, me lo quita por la cabeza y lo tira sobre el sofá.
Se acerca a mi oreja y me muerde el lóbulo.
—Llevas encaje —murmura, y el calor de su aliento me pone el vello de punta. Me tenso, a pesar de mis esfuerzos por no hacerlo. Y entonces me deja aquí de pie, ardiente de deseo, y vuelve a sentarse—. Siéntate.
Cierro los ojos y recobro la compostura. He de ser fuerte porque esto es realmente un juego para él. Me siento con mi lencería de encaje y, como buena seductora que soy, me abro de piernas, me recuesto y me apoyo en las manos. Si quiere jugar, jugaremos.
—Reparte, señor.
La astuta sonrisa que se dibuja en su atractivo rostro indica que sabe lo que pretendo. Su
seductora está haciendo honor a su reputación. Reparte las cartas. Miro con precaución y declaro mi intención de plantarme. Él asiente pensativamente y les da la vuelta a sus propias cartas. Tiene un nueve y una reina.
—Yo también me planto. —Me mira, sonrío, muestro mis dos reyes con gesto de superioridad y me pongo a cuatro patas para acercarme a él.
Me monto sobre sus muslos y lo agarro del dobladillo del polo.
—Pierdes la camiseta —susurro tirando de la prenda. Levanta los brazos sin protestar y tiro el polo detrás de él. Suspiro y me inclino para besarle el pecho—. Mmm, qué duro. —Me agarro a su entrepierna con toda mi mala intención. Él deja escapar un grito ahogado, pero entonces me aparto y vuelvo a mi sitio en la alfombra—. Reparte.
Es bastante evidente que le está costando no tumbarme sobre la alfombra. Lo sé por cómo se ha ajustado de manera discreta la zona de la ingle y porque no para de morderse el labio. Está intentando concentrarse, y me encanta. Las vistas mejoran para mí también ahora que he ganado esta mano. Una más y tanto él como el poder serán míos.
Reparte de nuevo. Recojo las cartas y calculo rápidamente que suman catorce.
—Una más, por favor —le pido. Un dos. Dieciséis en total. Mierda. Ahora no sé qué hacer—.¡Me planto! Digo... ¡otra! —Tom se dispone a pasarme otra carta con una sonrisa—. ¡No! No, me planto. —Rechazo la carta y empieza a reírse.
—¿Indecisa? —pregunta, y estira su torso definido para destacar su pecho.
Aparto la vista para no perder la concentración. No voy a dejar que me distraiga, pero, joder, me resulta casi imposible resistirme y no quedarme mirándolo con la boca abierta.
—No. Me planto —afirmo con petulancia.
—Muy bien. —Intenta desesperadamente no sonreír mientras mira sus cartas—. Hum. Dieciséis—dice—. ¿Qué hago?
Me encojo de hombros.
—Tú verás. —No repito las palabras que me ha dicho él en la mano de prueba. Me muero por hacerlo, pero no lo hago. Aunque me gustaría ver cómo sale don Bueno en Todo de ésta.
—Bueno, una más —dice, y le da la vuelta a una carta.
No sé cómo, pero consigo mantenerme seria cuando muestra un seis.
—Bueno... —susurro. Aparto la vista de mis cartas y la centro en su torso, su cuello y su precioso rostro—. Te has arriesgado. —Le tiro mis cartas, que siguen sumando un total de dieciséis—. Y yo no. Pierdes los shorts.
Examina mis cartas con una leve curva en los labios y sacude la cabeza.
—Tú ganas, nena.
—Yo tengo el mando. —Empiezo a gatear hacia él, pues no quiero perder ni un segundo más sin tocarlo. Ha sido el juego de cartas más largo de toda mi vida—. ¿Cómo te sientes al respecto? —Le desabrocho la cremallera de los pantalones.
No intenta detenerme. Apoya la espalda en el sofá y levanta el culo para facilitarme la tarea de deslizarle la prenda por los muslos. Cuando su erección queda al descubierto, tengo que esforzarme por contenerme.
—Yo te hago a ti la misma pregunta —dice con voz grave, gutural y cien por cien sexual.
—Me siento poderosa.
Lanzo los shorts por encima de su cabeza, le quito la baraja de las manos y la dejo a un lado. Él estira la mano y me pasa el pulgar por el labio inferior, arrastrándolo. Abre la boca ligeramente y me mira.
—¿Qué plan tiene mi pequeña seductora?
Debería apartarle la mano, pero no lo hago.
—Va a renunciar al poder —susurro. Apoyo las manos en sus muslos y me incorporo hasta que nuestras narices se tocan—. ¿Qué tiene que decir mi dios al respecto?
Compone esa gloriosa sonrisa que tanto adoro.
—Tu dios dice que su seductora ha aprendido muy bien. —Sus enormes manos me agarran de la cintura y yo apoyo las mías sobre sus hombros—. Tu dios dice que su seductora no se arrepentirá de haberle cedido el poder. —Pega los labios a los míos y su lengua penetra lentamente en mi boca—.Tanto el dios como la seductora saben cómo funciona nuestra relación. —Me coloca la mano en el pubis por encima del encaje y apoya la frente en la mía—. Y funciona perfectamente.
Me pongo rígida, pero hago descender el cuerpo sobre su palma buscando algo de fricción.
—Eres perfecto.
Pego los labios a los suyos, le hundo las manos en el pelo y tiro de él. No puedo evitarlo.
—Lo sé —murmura alrededor de mis labios sedientos. Desliza las manos por mi cintura hasta mi trasero—. Pero creía que habías renunciado al poder.
No podría parar ni aunque mi vida dependiera de ello, y ruego para mis adentros a todos los santos que no pretenda imponer su autoridad porque estoy desesperada, ansiosa y necesitada.
—Por favor, no me detengas —digo sin ningún pudor, hundiendo todavía la lengua en su boca.
Él gruñe, me aprieta contra sí y no muestra intención alguna de parar esto. Está dejando que haga lo que quiera con él.
—Sabes que no puedo negarte nada.
—Sí que puedes —discrepo entre firmes y profundos lametones, aunque sé que sería mejor que no lo hiciera ahora mismo. Suele decir que no cuando estoy cansada o pretende castigarme.
—Ahora no.
Está de pie, envuelto con mi cuerpo, y ni siquiera sé cómo ha pasado. Estoy demasiado extasiada.
Cuando siento el fresco aire de la noche sobre mi espalda desnuda, me pego aún más a él y lo beso con más intensidad. En mi cerebro no hay cabida para pensar adónde vamos. Me da igual.
El susurrante sonido de las olas que lamen la costa en la noche es lo primero que oigo. Después percibo la esencia salada del Mediterráneo. El aire es algo frío, pero el calor de su cuerpo pegado al mío mitiga cualquier posible molestia. Estoy ardiendo, y creo que ni la Antártida conseguiría enfriarme. Recorre con cuidado las traviesas de madera mientras me acerca al borde del mar, pero no me mete en el agua. Se arrodilla y me coloca sobre la arena blanda y húmeda procurando no despegar nuestras bocas en ningún momento. Mis manos recorren toda su musculosa constitución. Mis piernas luchan bajo su cuerpo por liberarse y aferrarse a él, y pronto me quedo sin aliento. De repente, una suave ola nos alcanza y mi cuerpo tendido está rodeado de agua fresca y salada, lo que hace que me
cueste más aún respirar. La impresión me obliga a lanzar un grito ahogado y hundo las uñas en sus bíceps. Mi espalda se arquea para intentar huir del frío, y mis senos cubiertos de encaje se pegan a la piel desnuda de su pecho. Mi ardor se enfría al instante.
—Chsss —me tranquiliza—. Tranquila.
Sus palabras suaves me relajan al momento. No sé cómo ni por qué. Sigo teniendo frío, pero siempre consigue sosegarme. Empieza a besarme hasta llegar a mi cuello. Me muerde y me chupa y sus besos se dirigen hacia mi rostro de nuevo.
—Te amo —susurra—. Joder, te amo muchísimo.
Me estalla el corazón.
—Lo sé —digo rozando mis labios con los suyos—. Sé que me amas. Hazme el amor.
Es lo que necesitamos ahora. Nada de sexo ni de sexo duro. Sólo amor.
—No pensaba hacer otra cosa. —Tira de mis bragas de encaje y me las baja por las piernas—. A éste lo llamaremos «polvo adormilados al anochecer».
Dejo resbalar las manos por sus brazos hasta que mis palmas alcanzan sus mejillas. Le veo perfectamente la cara, a pesar de la oscuridad que nos rodea. Puede que este polvo adormilados al anochecer se convierta en mi favorito.
—Hecho —murmuro, y separo las piernas para ayudarlo a quitarme la ropa interior.
Lleva el brazo a mi zona lumbar y me levanta un poco para poder acceder a la parte de atrás de mi sujetador. Me lo quita con una mano y lo desliza por mis brazos. Se queda suspendido entre mis dos muñecas, que se niegan a apartarse de su rostro. Quiero seguir con los labios pegados a los suyos, continuar dejando que su lengua acaricie la mía enviándome así al séptimo cielo de Tom.
Mis pezones se endurecen todavía más a causa del frío, pero sobre todo cargados de deseo. Y entonces, aparta la cara de mis manos con un gemido y se echa hacia atrás. Me estudia durante unos instantes, se hunde en mí de una manera meticulosa, concienzuda y perfecta, y se detiene cuando está a medio camino.
No sabría interpretar su rostro, pero esos ojos cafeces narran una historia totalmente diferente. Penetran hasta lo más profundo de mi ser y están cargados de admiración y devoción.
—¿Hasta el fondo? —pregunta en un tono tan bajo que casi no puedo oírlo con el leve susurro de las olas.
Asiento y levanto las caderas con silenciosa impaciencia. Mi plan de seducción funciona. Inspira profunda e irregularmente y se apresura a levantarme cuando nos baña otra ola. Grito al sentir de nuevo el frío pero, sobre todo, al sentir su penetración completa. Me sostiene contra sí mientras el agua se filtra, con mi mejilla pegada a su garganta, y después me deposita de nuevo sobre la arena.
Apoyo las manos en sus hombros como de costumbre y él coloca los antebrazos a ambos lados de mi cabeza. Y nos quedamos mirándonos. Esta sensación de por sí es más que placentera. Me está inundando por completo, y siento cómo su miembro palpita en mi interior. Contraigo los músculos a su alrededor, aunque ninguno de nosotros tiene prisa. Hace frío, estamos mojados, pero absolutamente felices. No existe nada más.
—¿Quieres que me mueva? —Hace descender su boca hasta la mía—. Dime qué es lo que
quieres, nena.
—A ti. Sea como sea.
—Pues será con un amor incontrolable hacia ti. ¿Te parece bien?
Me parece perfecto. En lugar de responderle lo beso, pero él se aparta con los ojos cargados de deseo y espera una respuesta verbal.
—Me parece perfecto —digo con un suspiro silencioso sintiendo que probablemente acabo de autorizar que se vuelva dominante. No obstante, es verdad, me parece perfecto.
—Me alegro. —Menea las caderas hacia arriba dejándome sin aliento y tensando los músculos del cuello—. Siento tanto placer estando contigo que no sé cómo he podido sobrevivir sin esto. Existía, _____. Pero no vivía. —Se retira poco a poco y vuelve a hundirse en mí sin prisa. Pega los labios a mi boca y atrapa mi pequeño grito, mezcla de placer y de frío, cuando otra ola vuelve a sorprenderme—. Ahora estoy vivo. Y es sólo por ti.
—Lo entiendo —digo pegada a su boca anticipándome a su siguiente pregunta—. Entiendo lo que quieres decir.
—Bien. Necesito que lo hagas. —Sale y vuelve a entrar, y ambos suspiramos y tensamos nuestros cuerpos—. Me encanta nuestra normalidad.
Sonrío y me retuerzo debajo de él con otra de sus embestidas. Nuestra normalidad. A mí también me encanta. Nuestra normalidad consiste en que Tom me ame de una manera tan violenta que me vuelva loca. Que yo le devuelva ese amor. Y que lo acepte en todos sus estados dominantes. Lo tengo asumido.
Ni siquiera siento ya el frío del mar cuando me moja. El deseo corre por mis venas calentando mi piel. Me aferro a cada embestida con todos los músculos de mi cuerpo, igualando su pasión con la mía, besándolo, sintiéndolo, tirándole del pelo y gimiendo. Mueve las caderas hacia adelante y hacia atrás con tanta precisión y a un ritmo tan regular que cada penetración me acerca más y más al clímax. La suavidad de su lengua, que explora cada rincón de mi boca, y la aterciopelada dureza de su polla deslizándose en mi interior me han sumido en un absoluto éxtasis, como lo hacen siempre.
Le muestro mi desazón cuando interrumpe nuestro contacto bucal, pero hace caso omiso. Se aparta para observarme mientras mantiene el ritmo.
—Necesito verte —jadea—. Necesito ver cómo arden tus ojos cuando te corras para mí.
—Tom... —Estoy jadeando. No tendrá que esperar mucho. Me está rozando en el punto correcto, demostrando una vez más su maestría sexual conmigo. Sé que me reprenderá si cierro los ojos, de modo que resisto la tentación de inclinar la cabeza hacia atrás y de cerrarlos con fuerza. Es difícil no hacerlo con lo que me está haciendo.
Eleva la parte superior de su cuerpo y se apoya sobre los puños.
—Está cerca —observa en voz baja—. Contrólalo, _____. No me obligues a parar.
Acelera el ritmo sin apartar los ojos de los míos.
—No pares, por favor.
Deslizo las manos hasta su trasero y me aferro a él con fuerza apretándolo contra mí.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer.
Empieza a menearse en círculos hundido en mí, poniéndomelo así más difícil. Contengo un grito y me empeño con todas mis fuerzas en retrasar lo inevitable hasta que él esté preparado. Para ello necesito inspirar hondo y de manera controlada, de modo que trago saliva e inicio una secuencia de ejercicios para regular mi respiración. Sabe lo que me está costando. Y sé que lo sabe por la leve sonrisa que se dibuja en sus labios mientras me mira y porque está intensificando sus arremetidas. Sus bíceps empiezan a hincharse también, lo que significa que está moviendo los puños en la arena para controlar mejor sus movimientos y seguir atormentándome con su tortuosa manera de hacerme el amor. Y, joder, lo está consiguiendo. Cada estocada es más y más placentera. Estoy tumbada debajo de él, absorbiendo sus atenciones, mordiéndome el labio y muriéndome de
ganas de dejarme llevar. A través de mi salvaje sensualidad, busco alguna señal de que a él también le falte poco, y empiezo a desesperarme al no ver ninguna, pero entonces sus ojos cafeces desaparecen tras sus párpados por un breve instante y sus caderas dan una sacudida. Está cerca. Temiendo que pueda detenerse para recuperarse, enrosco las piernas alrededor de su cintura y uso todos mis músculos para hundirlo en mí. Es su perdición. Empieza a sisear, da otra sacudida y yo grito de deleite y lo agarro de los antebrazos con fuerza.
—¡JODER! —Echa la cabeza atrás y su ritmo empieza a acelerarse con penetraciones más
intensas. Aprovecho el momento en que ha apartado la mirada de mí para cerrar los ojos. También contengo la respiración—. ¡Abre los ojos! —La oscuridad dura poco. Abro los párpados de nuevo y me encuentro con su rostro húmedo cargado de frustración por no poder controlarlo—. Joder, señorita—jadea—.¿Quieres correrte?
—¡Sí!
—Ya lo sé. —Empieza a percutirme, gritando explícitamente una y otra vez, y entonces me ladra—: Córrete.
Mi cuerpo libera la tensión y empieza a sacudirse con violentos espasmos y a palpitar con los persistentes e incesantes estallidos de placer. Estoy ardiendo. Su semen me inunda y él se detiene, gimiendo y gruñendo.
Su respiración es agitada, al igual que la mía. Sigue apoyado sobre los brazos y está sudando abundantemente mientras yo muevo la cabeza de un lado a otro, casi desorientada por la intensidad de mi orgasmo.
—Has hecho que pierda el control, _____ —resopla enfurruñado—. Maldita sea, me vuelves completamente loco.
Dejo caer los brazos por encima de mi cabeza sobre la arena mojada y noto al instante que hay otro charco de agua. Mi cuerpo no lo nota. Sigo caliente.
—No les harás daño —insisto, jadeando.
Sacude la cabeza como si él también estuviera desorientado. Abandona mi cuerpo, se deja caer sobre los antebrazos y toma mi pezón entre sus labios. Apenas siento el calor de su boca sobre mi piel.
—Me encanta que hagas eso —suspiro, y cierro por fin los ojos durante un tiempo
razonablemente largo mientras se alimenta de mis pechos—. Sigue haciéndolo.
—Sabes tan bien... —murmura, y ataca el área donde sé que tengo la marca y chupa con fuerza.
Dejo que haga lo que quiera mientras me concentro en estabilizar mi respiración y el ritmo de mis latidos, pero sigo ardiendo.
—Llévame al agua —jadeo—. Necesito refrescarme.
Él sacude la cabeza, me suelta la teta y me mira.
—De eso, nada, señorita —responde, y vuelve a centrarse en mi pecho sin dar más explicaciones.
—¿Por qué? —insisto.
Me besa los dos pezones y acerca la cara a la mía. Sus ojos brillan con expresión traviesa.
—Podrían congelarse los bebés.
No me río, pero sonrío.
—¡No es verdad!
Me aparta el pelo de la cara y sus manos reptan por mis brazos hasta que sus dedos se entrelazan con los míos por encima de mi cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
Elevo la cabeza para besarlo. Qué loco está. Es encantador.
—Aunque eso fuera verdad, que no lo es, ahora mismo mi temperatura corporal se sale de lo habitual, así que probablemente tus bebés se estén cociendo mientras hablamos.
Lanza un grito ahogado en una dramática exhibición de pánico, se levanta y tira de mí para ponerme en pie.
—Joder, señorita. Tenemos que refrescarte. —Me carga sobre sus hombros y me da una palmada en el culo.
—¡Ah! —grito riéndome, encantada con su actitud juguetona—. Entra despacio para que me acostumbre a la temperatura.
—De eso, nada —se apresura a contestar haciéndome temer lo peor—. No tenemos tiempo para andarnos con tonterías. Corremos el riesgo de tener un par de bebés demasiado hechos.
Me agarra de las caderas obligándome a lanzar un grito y a retorcerme, pero me sujeta con fuerza. Me sostiene en el aire, con sus enormes palmas en mis caderas. Le apoyo las manos en los hombros y miro hacia abajo. Está intentando permanecer serio. Yo sonrío tanto que me duelen las mejillas.
—Hola, preciosa mía.
—Hola.
Empiezo a prepararme. Sé lo que va a pasar, o espero saberlo.
Pierde la batalla y me pone los pelos de punta con su sonrisa, flexiona los brazos y desciende para darme un fuerte beso en los labios.
—Adiós, preciosa mía.
Sus poderosos brazos se tensan al instante y me lanza al agua oscura. Suelto un grito al tiempo que agito los brazos y las piernas a lo loco, muerta de risa. Caigo al agua aún chillando, pero por poco tiempo, ya que me sumerjo en ella. Los sonidos amortiguados de frenética actividad en el mar que me rodea no se deben sólo a mis movimientos, de modo que pataleo con urgencia y subo a la superficie.
Emerjo, tomo aire y giro en redondo, buscándolo. No está por ningún lado y, aparte de mis irregulares inhalaciones, sólo hay silencio. Me quedo lo más quieta que puedo, agitando las piernas lo justo para mantenerme a flote. Maldita sea, ¿dónde se ha metido? Unas silenciosas ondas de agua se forman desde mi posición, y no estoy segura de si soy yo quien las causa o si es algo procedente de las profundidades, algo alto, musculoso y maravilloso; algo que es capaz de contener la respiración durante un tiempo tremendamente largo. No sé por qué, pero yo también aguanto la respiración,
planeando en silencio mi próximo movimiento. ¿Me quedo quieta y en silencio o nado a toda prisa hasta la orilla?
Nadar, quedarme, nadar, quedarme.
Libero el aire almacenado en mis pulmones.
—Mierda, mierda, mierda.
Estoy dividida, mi corazón galopa mientras me enfrento a mi indecisión, pero entonces oigo cómo el agua salpica detrás de mí y, sin esperar instrucciones, mis piernas entran en acción. Nado como si mi vida dependiera de ello, como si un tiburón me estuviera persiguiendo. Y también chillo como una niña.
—¡Mierda! —grito, atravesando el aire nocturno con mi boca sucia cuando me agarra del tobillo y me hunde en el agua.
Me transformo en un amasijo salvaje de brazos y piernas. Probablemente lo esté golpeando, pero no puedo controlarlo. Además, le está bien empleado. La sorpresa inicial acaba de transformarse en una ligera ira, y me encuentro forcejeando con las manos que me atrapan. La sal me escuece en los ojos cada vez que intento abrirlos, y mis pulmones están a punto de estallar... y ahora de repente tengo su cabeza entre las piernas.
Emerjo a la superficie e inmediatamente libero el aire de mis pulmones con un grito de furia.
—¡Tom! —Estoy sentada sobre sus hombros mientras nos dirige a la orilla cogiéndome de los gemelos.
—¿Qué pasa, nena? —Él ni siquiera jadea.
—¿De qué vas? —Empiezo a golpearle la cabeza unas cuantas veces hasta que finalmente lo agarro de la barbilla y le levanto la cara—. Déjame verte —le ordeno con agresividad.
Se echa a reír.
—Hola.
—Eres un peligro.
Se desplaza por el agua sin el menor esfuerzo, como si fuera alguna especie de criatura de otro mundo.
—Me amas —dice seguro de sí mismo.
Me agacho pero no llego hasta él.
—Quiero darte un beso —lloriqueo.
—Lo sé. —Con una serie de movimientos firmes y bien coordinados, me baja de sus hombros y me coge en brazos en cuestión de milésimas de segundo—. Y ahora ya puedes.
Mi sonrisa parece haberse quedado fija en mi cara, y el brillo de sus ojos no muestra señales de disiparse. Estamos tan felices. Me encanta este Tom relajado, lujurioso y travieso. El séptimo cielo de Tom es maravilloso.




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