POR FIN SEÑORITAS ... AQUI ESTAN LOS CAPITULOS .. 4 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO ... MI MISION AQUI A TERMINADO :))
CAPITULO
# 23.-
—¿Lo
tenéis todo? —Mi madre aún lleva puesto el camisón mientras se pasea de un lado
para otro frente a la puerta de entrada.
—Sí
—suspiro por enésima vez, exasperada.
—Vaya,
ha sido corto, pero me alegro de que hayáis venido a vernos. —Me da unas
palmaditas en las mejillas y me besa. No debería estar agradeciéndomelo a mí.
De no ser por Tom, quién sabe cuánto tiempo habría retrasado este viaje—.
Cuídate mucho.
Pongo
los ojos en blanco pero la abrazo.
—Yo
también me alegro de haber venido.
—¿Estás
insinuando que no sé cuidar de mi mujer? —pregunta Tom, muy serio, mientras
cierra el maletero del coche.
—No.
Sólo le he dicho que se cuide —responde mi madre, y le lanza una mirada asesina
a Tom—. Jamás insinuaría que no sepas cuidar de mi hija. —Lo está provocando.
Es como si las mujeres de la familia O’Shea tuviésemos la necesidad de pinchar
a Tom Kaulitz.
Se
acerca y deja a mi padre echando un vistazo al DBS de sustitución.
—No
necesita cuidarse porque ya la cuido yo —replica al tiempo que me aparta de los
brazos de mi madre reclamando a su esposa—. Es mía. —Sonríe y me besa por si no
había quedado lo bastante claro.
—Eres
un peligro —resopla mi madre esforzándose por no sonreír—. ¡Joseph! No te hagas
ilusiones.
Todos
nos volvemos y vemos a mi padre pasando la mano por el reluciente capó del
Aston Martin. Si estuviera más cerca, seguro que lo oiría suspirar.
—Sólo
lo estoy admirando —dice para sí—. ¿El tuyo no era de piel negra?
Miro
a Tom y le envío un mensaje telepático para que piense en algo rápido que
explique por qué el interior es ahora de color crema.
—El
mío está en el taller. Es un coche de sustitución —se apresura a contestar con
total
normalidad.
Miente mucho mejor que yo, y lo detesto.
Mi
padre se echa a reír.
—En
mi taller no nos dan coches de sustitución como éste.
Tom
sonríe y me guía hasta el asiento del acompañante. Me empuja ligeramente hacia
abajo, me abrocha el cinturón y me lo ajusta sobre el vientre. Le aparto las
manos y me gruñe.
—No
estoy incapacitada —mascullo.
—No,
ya lo sé —dice mirándome con el ceño fruncido—. ¡Eres muy capaz de sacarme de
quicio!
—Te
sacas de quicio tú solito —replico, lo empujo y cierro la puerta. Bajo la
ventanilla—.
¡Adiós!
—Les lanzo un beso a mis padres y veo cómo Tom le estrecha la mano a mi padre,
besa a mi madre en la mejilla y se acerca a la parte delantera del coche
atravesándome con la mirada.
Sube
y arranca el motor.
—Este
fin de semana será mucho más agradable si haces lo que se te dice —gruñe
mientras el DBS empieza a alejarse de la casa de mis padres.
Me
despido de nuevo de ellos con la mano y me vuelvo en mi asiento para mirarlo.
—Sé
ponerme el cinturón.
—Pero
quiero hacerlo yo —masculla hoscamente—. Es mi obligación.
—¿Ponerme
el cinturón? —Me echo a reír.
—El
sarcasmo no te pega, señorita —repone, y empieza a pulsar unos botones en el
volante—.Tengo la obligación de cuidar de ti. ¿Hoy no tienes náuseas?
—No
—suspiro—. Parece que la galleta que me has metido a presión en la boca en
cuanto he abierto los ojos ha funcionado —le digo, y doy un brinco cuando los
altavoces del coche se conectan de repente y el mismísimo Justin Timberlake se
une a nosotros. Me vuelvo hacia él con una mezcla de sorpresa y diversión. Sabe
que lo estoy mirando, pero se hace el sueco—. Les encargaste que metieran este
CD, ¿verdad? —Hago todo lo posible por no reírme.
Tom
frunce el ceño mirando la carretera.
—No
digas tonterías.
—Lo
hiciste. En el apartado de peticiones del formulario que completaste
escribiste: «Por favor, metan el disco de Justin en el reproductor.» —Hago una
pausa—. ¿Dibujaste un corazón y unos cuantos besos también? —Apenas puedo
contener ya la sonrisa burlona.
Se
vuelve lentamente con cara de pocos amigos.
—¿Te
crees muy graciosa?
—Sí.
—Alargo la mano, subo el volumen y empiezo a reírme en mi asiento mientras
canto y me burlo de mi dios fanático de JT—. ¡Oye! —grito cuando me aprieta con
los dedos el hueso de la cadera y baja la música de nuevo—. Lo estaba
disfrutando.
—Pues
claro. Es un tío con mucho talento —afirma Tom, muy serio.
—Tú
eres un tío con mucho talento.
—Lo
sé —dice encogiéndose de hombros—. Tenemos mucho en común. Es un gran tipo.
—¿Lo
conoces en persona?
—No.
No para de suplicármelo, pero estoy demasiado ocupado. —Vuelve a contener una
sonrisa.
Me
echo a reír y él se coloca las Wayfarer, no sin antes guiñarme un ojo y
dedicarme un pequeño meneo rítmico de hombros.
El
Tom relajado de nuevo. Joder, amo a este hombre.
Mi
marido conduce alrededor del aeropuerto, sorteando coches y girando en la
dirección
equivocada.
Es como si no tuviera ni idea de hacia adónde tiene que ir.
Veo
por la ventanilla cómo dejamos atrás el cartel que indica el aparcamiento y
frunzo el ceño, extrañada. Entonces miro el reloj. Son las once y media, y se
supone que nuestro avión sale dentro de treinta minutos. Ni siquiera hemos
facturado, pasado por el control de seguridad ni nada.
—¡Mierda!
—espeto, y cojo mi bolso del suelo.
—¡______,
esa boca! ¿Qué pasa? —Toma una curva con demasiada brusquedad y levanto
rápidamente
la mano para apoyarme en la puerta.
—¿Quieres
tener cuidado? —lo reprendo, irritada. ¿Es buen momento para decirle que conduce
como un loco?
—_____,
en ningún otro lugar estarás más segura que en un coche conmigo. ¿Qué pasa? —No
me mira, así que no ve mi cara de incredulidad, pero pronto recuerdo por qué
estaba cagándome en todo.
—Mi
pasaporte —digo rebuscando en el bolso totalmente en vano porque sé que no está
aquí. Yo no lo he metido, y mi búsqueda se ralentiza cuando caigo en la cuenta
de dónde lo he dejado. Se va a poner hecho una furia—. Me he dejado el
pasaporte en la caja de los trastos —le digo, y me maldigo a mí misma por no
haberla ordenado todavía.
Alarga
la mano y abre la guantera.
—No,
no te lo has dejado, pero has olvidado cambiar tu nombre, señorita O’Shea. —Lo
deja sobre mi regazo y me lanza una mirada de reproche.
—Entonces
¿voy a viajar como si estuviera soltera? —pregunto mientras lo abro y leo mi
apellido.
—Cállate,
______. —Frena derrapando y salta afuera del coche. Se apresura hacia mi puerta
y la abre. Podría haberlo hecho yo misma, pero estoy demasiado ocupada mirando
a través del parabrisas con la boca entreabierta—. Vamos.
Un
hombre que viste traje y botas se acerca acompañado de otro que lleva un
uniforme de piloto.
Tom
me quita el pasaporte de las manos y les estrecha la mano a ambos. Intercambian
firmas y papeles y después sacan nuestro equipaje del maletero.
—¿Vas
a pasarte el día aquí sentada, señorita? —Me ofrece la mano, yo la acepto
automáticamente
y dejo que tire de mí para salir del vehículo.
—¿Qué
es eso? —pregunto señalando con la cabeza un avión que parece de juguete que
tenemos a sólo unos metros de distancia.
—Es
un avión —dice con socarronería.
Me
arrastra hacia el jet, y no me emociono más cuando nos acercamos porque su
tamaño no aumenta, y no me inspira en absoluto confianza ver que Tom tiene que
agacharse para entrar en el maldito trasto sin golpearse en toda la cabeza. Me
detengo al ver la ridícula cantidad de pequeños escalones que tengo que subir
para embarcar, y él se vuelve para ver por qué no subo cuando los brazos que
nos unen se tensan.
—¿Qué
pasa, ______?
—No
pienso subirme a este cacharro. —De repente me invade un pánico irracional.
Nunca he tenido miedo a volar, pero este avioncito hace que sienta ansiedad.
Incluso me falta el aire.
Tom
sonríe, pero frunce el ceño al mismo tiempo.
—Claro
que lo harás. —Tira de mi brazo suavemente para animarme a hacerlo, pero no
avanzo. De hecho, empiezo a retroceder—. ______, no me habías dicho que tenías
miedo a volar. —Se vuelve por completo y me mira de frente, de nuevo fuera del
jet.
—No
lo tengo. Me gustan los aviones grandes. ¿Por qué no vamos en un avión grande?
—Miro hacia atrás y veo un montón de aviones grandes—. ¿Por qué no podemos ir
en uno de ésos?
—Porque
probablemente ésos no vuelan a donde vamos nosotros —dice suavemente. Mi brazo empieza
a descender cuando él se acerca, y entonces me coge la mejilla con la palma de
la mano. »Es totalmente seguro —me garantiza, y tira de mi cara para que deje
de mirar todos esos grandes aviones en los que preferiría embarcar. Me da igual
si no se dirigen a nuestro destino. Iré a donde me lleven.
—No
parece seguro —replico mirando el aparato, y entonces veo a una mujer con una
postura perfecta, un pelo perfecto, un maquillaje perfecto y una sonrisa
perfecta—. Parece demasiado pequeño.
—_____.
—Su voz suave y reconfortante me obliga a desviar la mirada de nuevo hacia él.
Me está sonriendo—. Estás conmigo, con tu controlador sobreprotector, irracional
y posesivo. —Me besa con cariño—. ¿De verdad crees que te dejaría subir si
corrieras algún peligro?
Sacudo
la cabeza consciente de que me estoy comportando como una niña, pero el pánico
me ha cogido por sorpresa. Debería sorprenderme el hecho de que posea un jet
privado, pero no es así. Lo que me sorprende es el hecho de tener que volar en
su jet privado.
—Estoy
algo nerviosa —admito al ser consciente de la presencia de todo el personal,
incluido el capitán, detrás de mí.
—Responde
a mi pregunta —insiste.
—No,
sé que no.
—Bien.
—Se coloca detrás de mí, me agarra de los hombros y me empuja suavemente para
que suba los escalones—. Te va a encantar, créeme.
—¡Buenos
días! —La mujer perfecta, que sigue de pie en su sitio, nos saluda y señala con
el brazo el lugar hacia el que tenemos que ir, aunque no es necesario. Sólo hay
dos caminos que tomar, y no pienso acercarme a la cabina de mando.
Cuando
el interior del avión aparece ante nosotros, veo unos pocos asientos enormes,
todos de piel, reclinables, divididos en dos filas, una a cada lado. Llegamos
hasta ellos y Tom me obliga a volverme y a sentarme sobre un asiento mullido.
Me mantengo calladita y resisto el impulso de salir corriendo mientras me
abrocha el cinturón y se sienta enfrente de mí. Al instante me coloca los pies sobre
su regazo.
—¿Desea
champán, señor? —La mujer perfecta ha vuelto, y veo cómo le sonríe a mi dios,
pero estoy demasiado ocupada intentando superar mi patética ansiedad.
—Sólo
agua —responde Tom tajantemente y sin sonreír, sin mirarla y sin pedirlo «por
favor».
La
mujer se retira apresuradamente y él me quita las bailarinas de los pies, las
deja caer al suelo sin cuidado, se acomoda y me recoloca los pies de modo que
estén en un buen ángulo para que pueda masajeármelos—. ¿Estás bien? —pregunta.
—No
mucho. —No tengo ni idea de qué me pasa—. Había vuelos regulares disponibles,
¿no? —pregunto con recelo mientras hecho un vistazo por la ventanilla, más
pequeña de lo normal.
—No
lo sé, no lo miré. Nosotros no viajamos en vuelos comerciales, ______.
—Habla
por ti. Yo sí lo hago. —Muevo los dedos de los pies—. Tengo los pies hinchados.
Sus
pulgares obran maravillas trazando firmes círculos en los arcos de mis pies.
—Cierra
los ojos y ponte cómoda, nena —me ordena con ternura, y lo obedezco. Cierro los
ojos lentamente, y la última imagen que veo es la de mi dios masajeándome con
cariño los pies, intentando liberarme de mi repentino ataque de ansiedad.
Desconecto
y me sumo en un estado semiconsciente de dicha, un estado que no me cuesta nada
alcanzar cuando él me está tocando, aunque sea sólo los pies. Como siempre, él
está intentando eliminar todas mis preocupaciones, ya sean justificadas o
totalmente triviales e innecesarias, como este repentino miedo a volar. Mi
estado subliminal apenas es consciente de que, ya sean preocupaciones triviales
o justificadas, es siempre Tom quien las provoca.
Y
entonces empiezo a pensar en todo lo relacionado con él y sonrío para mis
adentros. Pienso en el encaje, en las calas, en la mantequilla de cacahuete y
en cómo me regaña cuando digo tacos.
Suspiro.
Pienso en las distintas clases de polvos, en lo irascible, juguetón y
considerado que es. Puede que ahora esté sonriendo físicamente. Pienso en las
esposas, en la mordaza, en el crucifijo, en la máquina de remo y en el
pastelito de _____. Mi corazón se acelera. Pienso en ese castaño y en esos ojos
cafeces, brillantes y adictivos, en su perfección apolínea y en la barba de dos
días. Pienso en la manera que tiene de subirse el cuello de los polos, en sus
distintas sonrisas, para otras mujeres y para mí, y ahora también para mi
vientre. Pienso en lo feroz, protector y dominante que es, en la manera
que
tiene de caminar y de atraparme, y en sus distintas formas de amarme, con una
adoración total y absoluta. Y pienso en la manera en que le devuelvo ese amor.
Me
revuelvo en mi asiento y, en mi subconsciente, oigo su risa suave y grave.
Después siento el calor húmedo de su lengua en mis dedos de los pies. Sonrío
mientras mi guapo marido me saca de mi ensoñación. Abro un ojo y me encuentro
con esa sonrisa reservada sólo para mí.
—¿Estabas
soñando? —pregunta mordisqueándome el dedo meñique del pie.
—Contigo
—suspiro—. Avísame cuando vayamos a despegar para que meta la cabeza entre las piernas.
—Yo
meteré la cabeza entre tus piernas. —Me chupa el dedo y me estremezco.
—Tú
avísame.
—Mira
por la ventana, nena.
Frunzo
el ceño y me asomo esperando ver pistas y aviones, pero sólo veo nubes.
—¡Anda!
Por
un segundo me entra el pánico, pero entonces me doy cuenta de que no registro
ningún movimiento. Apenas se oye ningún ruido tampoco. Todo está tranquilo.
Miro al otro lado y veo nuestros vasos de agua colocados sobre una mesa
reluciente. Entonces me asomo por el pasillo y veo a la mujer perfecta
ocupándose de sus cosas al otro extremo del jet.
—¿Por
qué no me has avisado? —pregunto acomodándome de nuevo en mi asiento.
Me
besa el dedo.
—¿Y
perderme los sonidos y las caras que estabas poniendo? —Me suelta el pie—. Ven
aquí. —No vacilo ni por un segundo. Me desabrocho el cinturón y prácticamente
me abalanzo sobre su regazo, hundo la cabeza bajo su barbilla y le rodeo el
cuello con los brazos—. Vuelve a dormirte y sueña conmigo, señorita.
No
hace falta que me lo diga dos veces. Con el madrugón y el viaje al aeropuerto,
estoy agotada, y no quiero estar hecha polvo cuando lleguemos a donde sea que
vayamos. Todavía no le he preguntado, pero me da igual. Será un sitio cálido y
soleado donde estaremos solos Tom y yo.
Me
despierto y veo que sigo pegada a su cuerpo. Lo oigo hablar en voz baja pero no
entiendo lo que dice. Adormilada, me separo un poco y veo a la mujer perfecta a
nuestro lado.
—Bienvenida
a Málaga, señora Kaulitz —dice, y me ofrece una enorme sonrisa profesional y
falsa.
—Gracias.
—Le devuelvo la sonrisa. La mía es más pequeña pero mucho más sincera. ¿Málaga?
¿Málaga,
en España? ¿La Málaga que está cerca de Marbella?
—Mi
preciosa se ha despertado. —Me besa en la mejilla—. ¿Has disfrutado del vuelo?
Lo
miro a través de mis ojos adormilados y veo que me sonríe con el cabello
castaño totalmente revuelto.
—¿Te
tiro del pelo mientras duermo? —grazno mientras levanto la mano para
arreglárselo un poco.
—Haces
muchas cosas mientras duermes. Me pasaría la vida observándote.
Intento
moverme pero no lo consigo.
—Necesito
estirarme —protesto retorciéndome.
Oigo
un clic y quedo libre al instante.
—Tenía
que abrocharte el cinturón. —Me ayuda a levantarme y me mira mientras alzo los
brazos y casi llego al techo del avión. Qué bien. Necesitaba hacerlo.
—¿No
se supone que tengo que estar en mi propio asiento con el cinturón puesto para
aterrizar?—pregunto—. ¿Con el respaldo recto, la mesa recogida y todas mis
pertenencias metidas debajo del asiento delantero?
Enarca
una ceja con sarcasmo.
—Sí.
He estado a punto de pegarle a esa señorita tan agradable. —Se pone de pie y
tira de mi blusa, que se me ha subido hasta el ombligo mientras me estiro. La
sujeta en su sitio hasta que he terminado—. ¿Ya has acabado?
—Sí
—bostezo y suelta el dobladillo. Sé que esto es probablemente un ejemplo de lo
que me espera los próximos tres días, pero más le vale relajarse pronto, porque
he traído los biquinis y pienso ponérmelos.
Cuando
salimos a la luz del día, sonrío al sentir el calor que acaricia mi rostro y
que calienta todo mi cuerpo. Más todavía. El calor interior que ya invade mi
cuerpo irá en aumento durante los próximos días. Cuando llegamos a la pista nos
recibe inmediatamente un hombre español muy elegante que le entrega a Tom unas
llaves. Entonces veo un DBS.
—¿En
serio? —espeto—. ¿No podemos coger un taxi?
Él
resopla y firma los papeles que le ponen delante.
—Yo
no voy en transporte público, _____.
—Pues
deberías. Te ahorrarías una fortuna.
Devuelve
los papeles y hace como que va a meterme en el asiento equivocado del coche
para tomarme un poco el pelo. Una vez que me ha abrochado el cinturón y que yo
me he espabilado, me acomodo en el familiar asiento de piel, quizá algo más
cálido, y oigo cómo cargan el equipaje en el maletero.
Tom
sube al coche y se pone las gafas de sol.
—¿Estás
preparada para el atracón de los próximos tres días?
—No,
llévame a casa. —Sonrío y me inclino hacia él para darle un beso en los labios.
—De
eso, nada, señorita. Eres toda mía, y pienso aprovecharlo al máximo. —Me
devuelve el beso, me agarra de la nuca y me acerca más a él.
—Siempre
soy tuya.
—Exacto.
Ve acostumbrándote. —Me suelta, arranca el motor y nos alejamos del jet
privado.
—Ya
estoy acostumbrada —respondo mientras apoyo el codo en la puerta y me recuesto
para ver pasar el entorno desconocido. Es todo bastante aburrido, con hormigón
por todas partes desde que salimos del aeropuerto y nos alejamos del bullicio
del centro de Málaga, pero cuando llegamos a la carretera junto a la costa, las
vistas del Mediterráneo fundiéndose con el cielo cautivan mi atención durante
el resto del trayecto. En el equipo de música suena Mansun, Wide Open Space,
y el olor a calor mezclado con el polvo de la carretera desgastada eclipsan el
olor a agua fresca que emana de mi hombre, y me molesta su intrusión en mi
nariz. Aparte de eso, todo es maravilloso. Avanzamos en un
cómodo
silencio, con la compañía de la música de fondo. Tom apoya la mano sobre mi
rodilla y yo se la estrecho. Miro un momento su perfil y sonrío antes de cerrar
los ojos y relajarme más aún sobre el asiento para pensar en el tiempo
tranquilo y sin interrupciones que tenemos por delante.
No
estoy dormida, pero abro los ojos al notar un montón de baches, y el coche
empieza a dar trompicones. Miro la carretera que tenemos delante y lo primero
que me llama la atención es su terrible estado de conservación. Hay escombros
por toda la superficie repleta de grietas, y Tom empieza a conducir el preciado
coche con sumo cuidado. Jamás lo había visto conducir con tanta cautela, pero
es bastante evidente que si lo hiciese algo más de prisa acabaríamos volcando.
—¿Dónde
estamos? —pregunto mientras miro a nuestro alrededor en busca de algo
interesante.
No
hay nada. Sólo terrenos abandonados, esta carretera destrozada y polvorienta y
unas cuantas casas.
No,
sería más apropiado decir: «No puedo creer que haya gente viviendo ahí.»
—Esto
es el paraíso, nena —dice él, completamente en serio.
Casi
me echo a reír, pero la preocupación me lo impide. Yo he visto el paraíso,
principalmente en fotos, y esto dista mucho de la idea que tengo de él. Estoy a
punto de pedirle que dé media vuelta, pero entonces diviso unas puertas
gigantes de madera con dos enormes muros blanquecinos altos y largos a ambos
lados. Y entonces lo veo.
Hay
un cartel en la pared junto a la puerta en el que se lee «Paraíso». No puede
ser. ¿Paraíso?
Esto
no tiene nada de paraíso. ¿No había otro sitio con un nombre más cutre en el
que quedarse? ¿Paraíso? Esos muros no han visto una capa de pintura desde hace
por lo menos veinte años, y empiezo a sentir náuseas del traqueteo del
vehículo. ¿Me ha traído a este cuchitril? ¿Me tiene para él solo durante tres
días y me trae aquí? Preferiría dormir en el coche. Mi mente serena ya no lo
está tanto, no ahora que estoy rodeada por estas vistas tan inquietantes. Sí,
es un lugar tranquilo, pero los alrededores desiertos me ponen los pelos de
punta.
—Tom...
—No sé qué decir. No parece en absoluto preocupado, lo que me hace pensar que
ya ha estado aquí antes. Y, si es así, ¿por qué iba a volver? No me da ninguna
explicación.
Aprieta
un interruptor y sonríe cariñosamente mientras las puertas de madera empiezan a
abrirse con un chirrido. Sin duda debe de haber estado aquí antes. Decido
mantener la boca cerrada a pesar de lo que me indica mi sentido común. No
pienso quedarme aquí. Ni hablar. Estoy toda enfurruñada mientras cruzamos las
puertas y nos vemos inmediatamente engullidos por la sombra de la bóveda
vegetal más verde que he visto en mi vida, que se extiende por todo el camino.
Las flores blancas se acumulan aquí y allá entre el follaje, y una potente
fragancia inunda el coche a pesar de que todas las ventanas están cerradas.
—¿Qué
es este olor? —digo inhalando profundamente y exhalando con un suspiro.
—Pues
esto no es nada. Por la noche es muy intenso. —Él también inspira hondo y se
deleita con el aroma mientras exhala. Estoy muy intrigada. Parece estar
rememorando algo.
El
aroma es divino, aunque sigue preocupándome nuestra ubicación, pero entonces el
sol aparece hacia el final del camino y los intermitentes rayos de luz que
penetran a través del parabrisas me obligan a entornar los ojos, a pesar de que
llevo puestas las gafas de sol. Es como si alguien hubiera encendido de repente
una luz y me hubiera transportado al instante al...
Paraíso.
Me
quedo sin palabras. Me desabrocho el cinturón para inclinarme hacia adelante y
parpadeo para comprobar que no me estoy imaginando lo que estoy viendo. La
sucia jungla de cemento y desperdicios ha desaparecido y ha dado paso a un lugar
idílico, rebosante de vegetación, de céspedes perfectamente cortados y de
pérgolas cargadas de flores rojas. De repente hemos dejado de avanzar, y no
tardo ni un segundo en bajar del coche y cerrar la puerta para absorber el
magnífico espacio que me rodea ahora. Echo a andar hacia el camino empedrado
que da a la villa de terracota que tengo delante,
sin
esperar a Tom y sin mirar si viene detrás. Subo los escalones que llevan al
porche que rodea por entero la propiedad y me vuelvo para admirar los jardines.
En
efecto, es el paraíso.
Cuando
creo que ya lo he asimilado todo bien, me vuelvo hacia Tom y lo encuentro
sentado en el capó del DBS, con las piernas estiradas y cruzadas a la altura de
los tobillos y los brazos cruzados a la altura del pecho. Está sonriendo.
—¡¿En
qué piensa mi chica?! —me grita.
Estiro
la mano y cojo una hoja suelta sobre la enredadera del enrejado que hay en el
porche. La huelo y suspiro.
—Creo
que acabo de llegar oficialmente al séptimo cielo de Tom.
—¿Adónde?
—dice con un tono a medio camino entre la confusión y el regocijo.
Sonrío,
suelto la hoja y echo a correr hacia él. Veo cómo su alborozo aumenta cuando se
pone de pie y se prepara para recibir mi ataque. Me arrojo a sus brazos, me
engancho a él como si fuera un monito como hago siempre y devoro su boca llena
de entusiasmo. No me detiene. Me sujeta del culo y sonríe ante la exhibición de
mi fuerza bruta.
—Es
mi lugar preferido del mundo entero —digo liberando sus labios y mirándolo.
Entonces me doy cuenta de que aún lleva las Wayfarer puestas y se las quito
para poder verle los ojos.
—¿Estás
contenta? —pregunta a pesar de que es bastante evidente que estoy que no quepo
en mí de la dicha.
—Estoy
loca de alegría. —Hundo los dedos en su pelo y le doy mi característico
tironcito.
—Entonces,
mi misión aquí ha terminado. —Acerca la boca a mi cuello y me lo muerde
suavemente
antes de despegarme de su cuerpo—. Voy a coger las maletas.
—Te
ayudo —digo sin pensar siguiéndolo hasta la parte trasera del vehículo. Me
detengo al instante en cuanto se vuelve y me mira con cara de advertencia—.
Vale, pues no te ayudo. —Levanto las manos de manera pacífica, me acerco al
asiento para coger mi bolso y sigo a mi hombre hacia la villa de una sola
planta.
Deja
las maletas en el suelo brevemente mientras prueba al menos tres llaves
diferentes hasta que por fin encuentra la correcta. La puerta se abre y de
pronto me veo sumida en una absoluta oscuridad.
Sólo
unos pequeños rayos de luz penetran por los agujeros a través de las persianas
bajadas. No veo mucho, pero sí que huelo, y dentro también huele de maravilla.
El aroma es increíble y está por todas partes.
—Espera
aquí —me ordena Tom, que deja las maletas junto a la puerta y sale de la casa
de
nuevo.Y
aquí me quedo, observando las paredes en busca de algún interruptor, pero no
veo nada, ni siquiera con la débil luz que entra por la puerta. Y, de repente,
es como si un foco se hubiera encendido en un escenario oscuro, y la luz del
sol inunda la habitación hasta la pared de enfrente.
Entonces
aparece otro foco, procedente de otra ventana, y el haz atraviesa el primer
rayo y se forma una brillante cruz en la penumbra. A continuación aparece otro,
y otro. Observo cómo el espacio se transforma en un cruce de líneas de luz
hasta que la oscuridad ha desaparecido y el sol penetra por todas las ventanas
y también por la puerta. Mis ojos sensibles quieren cerrarse, pero es imposible
hacerlo cuando hay tantas cosas que admirar. Las paredes son blancas y lisas.
El suelo está cubierto de gigantes baldosas de color miel adornadas con
alfombrillas de color crema dispuestas aleatoriamente.
Un
sofá gigante con forma de «U» mira hacia las puertas que dan a una piscina
rodeada de un césped verde brillante. Y más allá se ve una playa.
—¡Qué
pasada! —exclamo.
Camino
despacio hacia adelante, y mi emoción va en aumento a cada paso que doy
conforme voy viendo más maravillas. Antes de darme cuenta, he atravesado la
terraza, he recorrido todo el césped y me encuentro intentando abrir la puerta
de hierro fundido que se interpone entre la playa y yo.
—Espera.
—De repente, Tom me coge la mano para apartármela, inserta una llave en la
cerradura
y abre la puerta para dejarme salir.
Diez
traviesas de madera a modo de escalones cubiertos de arena y césped me llevan
hasta la playa. Está desierta, y cuando miro a ambos lados en busca de alguna
señal de vida me doy cuenta de que estamos en una bahía. No hay ninguna otra
propiedad a la vista, ni chiringuitos de playa, ni hoteles..., nada. Estamos
nosotros solos, en esta hermosa villa, rodeados del calor azul del Mediterráneo.
—¿Sigues
en el séptimo cielo de Tom? —me susurra al oído mientras desliza el antebrazo
sobre mis hombros y me estrecha contra su pecho.
—Sí.
¿Y tú dónde estás?
—¿Yo?
—pregunta. Me besa la mejilla con dulzura y hace descender la mano hasta mi
vientre—.Nena, estoy en el paraíso.
Cierro
los ojos con una sonrisa de satisfacción y me hundo contra su cuerpo. Mi mano
se une a la suya en mi barriga. Entrelazamos los dedos y permanecemos así,
sintiéndonos el uno al otro. El séptimo cielo de Tom es el paraíso.
Nos
pasamos el resto de la tarde deshaciendo las maletas, pedimos algo de comida y
mi hombre me enseña la casa. Me muestra las seis habitaciones con baño, todas
con puertas que dan a una parte distinta del porche. La cocina, que es blanca y
moderna, tiene encimeras de madera y algunos pequeños detalles, como el cuadro
de madera suspendido del que cuelgan unas sartenes de hierro fundido que
mantienen el aire rústico de la villa. Como diseñadora de interiores, estoy
fascinada: no podrían haberlo hecho mejor. Las habitaciones tienen paredes
sencillas, pero unas telas suntuosas cubren las camas y unas largas cortinas de
gasa cuelgan ante las ventanas. Algunos cuadros aquí y allá
salpican
las paredes, y las alfombrillas aleatorias engalanan la inmensidad de las
baldosas que recorren toda la villa. Este lugar desempeña algún papel importante
en la historia de Tom, estoy convencida, pero no quiero presionarlo. Me ha
dicho que se han ido haciendo algunas reformas a lo largo de muchos años, así
que deduzco que es de su propiedad, aunque no me lo ha confirmado.
Ahora
estamos sentados ante una enorme mesa de madera que hay entre la cocina y el
salón, con una jarra de agua helada, y las preguntas no están preparadas para
permanecer en mi cerebro durante mucho más tiempo. Este sitio ocupa un lugar
importante en la vida de Tom y mi mente curiosa no consigue reprimirse.
Me
observa con una pequeña sonrisa mientras me llevo el vaso a los labios antes de
proceder a saciar su propia sed sin quitarme los ojos de encima. Me muero por
preguntarle, y lo sabe, pero me está haciendo sufrir. En vez de contármelo por
iniciativa propia quiere que se lo pregunte, pero me prometí a mí misma que
nunca más lo presionaría para que me contara nada que formara parte de su pasado.
El pasado pasado está, pero por poca importancia que le dé, soy de naturaleza
curiosa. No
puedo
evitarlo. Me siento agradecida cuando habla antes que yo, evitando así que
empiece a dispararle una serie de preguntas.
—¿Quieres
comer algo?
Una
expresión de sorpresa se dibuja repentinamente en mi rostro.
—¿Vas
a cocinar para mí?
Cathy
no está, y sabe que odio cocinar.
—Podría
haber llamado a alguien, pero quería estar a solas contigo —dice esbozando esa
sonrisa de pícaro—. Creo que deberías cuidar de tu marido y cumplir con tu
deber de esposa.
Carraspeo
un poco ante su arrogancia. ¿Mi deber?
—Cuando
te casaste conmigo ya sabías que odiaba cocinar.
—Y
cuando tú te casaste conmigo, sabías que yo no sé cocinar —responde, petulante.
—Pero
tú tienes a Cathy.
—En
Inglaterra Cathy me da de comer, afortunadamente, ya que mi mujer no lo hace.
—Ahora habla en serio—. En España tengo a mi esposa. Y ella me va a preparar
algo. Aquel pollo que hiciste estaba muy bueno.
Es
verdad, lo estaba, pero eso no significa que disfrutase haciéndolo. No
obstante, mentiría si dijera que no disfruté al ver cómo se lo comía. Cuidé yo
de él para variar, y con eso en mente, de pronto tengo ganas de prepararle la
comida.
—Está
bien. —Me levanto—. Cumpliré con mi deber.
—Estupendo.
Ya iba siendo hora de que hicieses lo que se te manda —dice con franqueza, sin sonreír
y sin bromear—. Ya puedes ir empezando.
—No
te pases, Kaulitz —le advierto. Lo dejo a la mesa y me dirijo a la nevera.
No
tardo mucho en decidir qué voy a cocinar. Cojo algunos pimientos, chorizo,
arroz,
champiñones
y unas chuletas de cordero y las dejo sobre la encimera. Después cojo una tabla
de cortar y un cuchillo.
Me
pongo a la faena. Parto los pimientos por la mitad y les saco las semillas.
Después pico los champiñones y el chorizo muy finos y lo salteo todo. Hiervo el
arroz, corto un poco de pan recién hecho y hago el cordero a la plancha.
Mientras tanto, él permanece sentado, mirándome, y no se ofrece a ayudarme ni
intenta darme conversación. Se limita a observar en silencio cómo cumplo con mi
deber de alimentarlo.
Mientras
estoy rellenando los pimientos, aparece delante de mí y se inclina desde el
otro lado de la encimera.
—Estás
haciendo un gran trabajo, señorita.
Cojo
el cuchillo y lo apunto con él.
—No
seas condescendiente conmigo.
Me
quedo pasmada cuando, de repente, su rostro se torna oscuro y me arranca el
cuchillo de la mano.
—¡No
juegues con los cuchillos, _____!
—¡Lo
siento! —espeto mientras miro el utensilio en su mano y empiezo a darme cuenta
de mi estupidez. Tiene un filo muy peligroso, y estaba usándolo como si fuera
una cinta de gimnasia rítmica—. Lo siento —repito.
Lo
deja sobre la encimera con cuidado y empieza a relajarse.
—No
pasa nada. Olvídalo.
Señalo
la mesa con la cabeza buscando algo que hacer que no sea volver a disculparme.
Parece muy cabreado.
—¿Pones
tú la mesa?
—Claro
—dice tranquilamente. Tal vez esté pensando que su reacción ha sido algo
excesiva, no lo sé, pero su repentina hosquedad y mi estupor han creado una
clara tensión.
Tom
se aleja y empieza a poner la mesa para dos mientras yo termino de preparar la
cena.
—Aquí
tienes. —Le coloco el plato delante de él, pero antes de que haya apartado la
mano, me la coge y me mira con cara de arrepentimiento.
—Siento
haberme puesto así.
Ya
estoy mejor.
—No
pasa nada. No debería ser tan poco cuidadosa.
Sonríe.
—Siéntate.
Me
aparta la silla, pero en cuanto me siento, él se levanta.
—Aquí
falta algo —me informa.
Sale
de la habitación y me deja preguntándome a dónde ha ido. A los pocos segundos
vuelve con una vela en una mano y un mando a distancia en la otra. Busca unas
cerillas, enciende la vela y la coloca en el centro de la mesa. Después pulsa
unos cuantos botones en el mando a distancia y el silencio de la villa es
reemplazado por una inconfundible voz masculina. La reconozco inmediatamente.
—¿Mick
Hucknall? —pregunto, algo sorprendida.
—O
Dios, como prefieras llamarlo. —Sonríe y se sienta.
—¿Estás
dispuesto a compartir tu título? —pregunto mientras cojo mi cuchillo sin filo y
mi
tenedor
seguro.
—Él
lo vale —responde como si tal cosa—. Eso tiene muy buena pinta. Come.
Sonrío
al ver cómo señala mi plato con la cabeza y empiezo a cortar un trozo de
cordero. Me esfuerzo por controlar el impulso de volver a amenazarlo con el
cuchillo cuando veo que se inclina para mirar la carne. Está comprobando si
está en su punto. Para ayudarlo, giro mi plato para que pueda ver el corte de
mi chuleta. Debería estar contento. El filete me gusta al punto, pero prefiero
las chuletas muy hechas.
Pincho
un trozo con el tenedor y me lo llevo a los labios.
—¿Puedo?
—pregunto totalmente en serio y sin la más mínima sonrisa en la cara.
Tom
tampoco sonríe.
—Adelante
—dice, y corta un trozo de su propio cordero y le da el primer bocado. Mastica,
asiente y traga—. Cocinas muy bien, esposa.
—Yo
no he dicho que no sepa cocinar. Simplemente no me gusta hacerlo.
—¿Ni
siquiera para mí?
Lo
miro inmediatamente para analizar su expresión y es tal y como me la imaginaba.
No está bromeando, ni hace pucheros jugando conmigo. Sé adónde quiere ir a
parar y, aunque sí que me gusta cocinar para él, no quiero tener que hacerlo
todos los días.
—No
me importa hacerlo —respondo fríamente.
—A
mí me gusta que cocines para mí —dice—. Es algo normal.
Me
detengo y dejo el cuchillo.
—¿Normal?
—Sí,
normal. Es lo que hacen las parejas casadas normales.
—¿Te
parece normal que la mujer cocine para que el marido coma? Eso es un poco
machista.
Me
echo a reír, pero él no lo hace. Sigue cortando sus chuletas con cuidado y
comiendo. ¿Quiere normalidad? Entonces debería intentar empezar a comportarse
de una manera un poco más normal él mismo. Pero ¿quiero que sea normal? No,
para nada. Si lo fuera, no sería Tom. Nosotros no seríamos nosotros si él fuese
normal. Me meto otro pedazo de cordero en la boca para masticar en lugar de llamarlo
cavernícola. Jamás seremos normales, no del todo, o al menos espero que no lo
seamos.
Se
encoge de hombros, deja los cubiertos junto al plato y se apoya en el respaldo
de la silla. Levanta los ojos lentamente hacia los míos y mastica de forma
deliberadamente lenta. ¿Qué pretende con todo esto?
Sus
ojos cafeces me cautivan y empiezo a masticar despacio yo también.
—¿
Esto no te parece normal? —pregunta con voz grave y gutural.
—¿Te
refieres a que cenemos juntos?
—Sí.
Me
encojo un poco de hombros.
—Sí,
esto es normal.
Asiente
suavemente.
—¿Y
si te tumbara sobre esta mesa mientras cenamos y te follara? ¿Eso sería normal?
Abro
los ojos como platos un poco sorprendida. No sé por qué, puesto que eso sería
algo
completamente
normal para nosotros.
—Para
nosotros es normal que consigas lo que quieras cuando quieras. Puedes pasar de
una comida que te ha cocinado tu mujer si te apetece.
—Bien.
—Vuelve a coger los cubiertos—. Me gusta nuestra normalidad.
Lo
miro con cara de extrañada. ¿A qué ha venido eso?
—¿Te
preocupa algo? —pregunto.
—No
—se apresura a responder.
—Eso
es que sí —insisto, y creo que sé lo que es—. ¿De repente te estás planteando
que no
podrás
hacer lo que quieras cuando quieras cuando lleguen los dos pequeños?
—Para
nada.
—Mírame
—le ordeno, y lo hace, pero me mira perplejo. No le doy la oportunidad de
protestar ni de preguntarme con quién creo que estoy hablando—. Es eso, ¿no?
Su
expresión de asombro se transforma en ira.
—Donde
quiera y cuando quiera.
—No
con dos bebés. —Me dan ganas de echarme a reír. Es eso. De repente se ha dado
cuenta de que no siempre podrá disponer de mi cuerpo cuando le plazca. Continúo
cenando, deleitándome con esa revelación. No me puedo creer que no lo haya
pensado hasta ahora—. Necesitarán toda mi atención.
Me
señala con el tenedor. No con el cuchillo, sino con el tenedor.
—Sí,
tu papel principal será cuidar de nuestros hijos, y después, por muy poca
diferencia, será el de complacerme a mí. Cuando quiera y donde quiera, ______.
Puede que necesite controlarme hasta cierto punto, pero no creas que voy a
dejar de dedicar mi vida a consumirte. Contacto constante. Donde quiera y
cuando quiera. Eso no va a cambiar sólo porque tengamos hijos. —Pincha un trozo
de cordero y se mete el tenedor en la boca.
Si
lo de que cocine para él ya es bastante machista, no tengo palabras para
calificar ese
discursito.
—¿Y
si me siento exhausta después de estar toda la noche dándoles de mamar? —lo
provoco.
—¿Demasiado
cansada como para dejar que te tome? —pregunta, atónito.
—Sí.
—Contrataremos
a una niñera. —Apuñala otro trozo de cordero y yo me echo a reír para mis adentros.
—Pero
te tengo a ti —le recuerdo.
Suspira
y deja los cubiertos de nuevo junto al plato.
—Así
es. —Se lleva las puntas de los dedos a la sien y empieza a masajeársela en
círculos—. Me tienes a mí, y siempre me tendrás. —Me coge de la mano—.
Prométeme que nunca me dirás que estás demasiado cansada o que no estás de
humor.
—¡Pero
si eres tú el que dice que estoy demasiado cansada! —exclamo prácticamente
chillando—. Tú sí que puedes rechazarme, ¿no?
—Pero
eso es porque yo soy el que manda —dice, y se queda tan pancho—. Prométemelo
—insiste.
—¿Quieres
que te prometa que puedes tomarme siempre como y cuando te plazca?
Aparta
la mirada sólo por unos instantes y luego vuelve a fijar sus ojos pensativos en
mí.
—Sí
—se limita a responder.
—¿Y
si no lo hago? —Estoy siendo insolente porque sí. Jamás estaré demasiado
cansada para este hombre, pero su repentina epifanía me está resultando
bastante divertida. Debería haberlo pensado antes de esconderme las píldoras
anticonceptivas.
Se
echa a reír, y entonces el muy arrogante se inclina hacia atrás y se quita la
camiseta por la cabeza para revelar su definida perfección. Se mira el pecho,
como si se estuviera recordando a sí mismo lo increíblemente maravilloso que
es. Yo también tengo la mirada fija en su torso. Puede que incluso esté
babeando sobre el cordero, pero no voy a ceder a sus tácticas. Me deleito
observando su divino esplendor y repaso con la vista cada firme milímetro de su
cuerpo. Tomo nota mentalmente de que tengo que volver a marcarle el chupetón.
Se está borrando.
—Jamás
podrás resistirte a esto —dice señalando su torso.
Levanto
la vista de repente y veo que sus ojos cafeces y brillantes me miran cargados
de
seguridad.
—Estoy
acostumbrada. —Aparto mi ávida mirada de la perfección de su rostro y me vuelvo
hacia mi plato. Mis ojos se resisten dentro de las cuencas y luchan para volver
a mirarlo—. Llega un momento en que me aburro de ver siempre lo mismo —añado
intentando parecer lo más indiferente posible.
Se
abalanza sobre mí en un segundo, me aparta de la mesa y me tumba sobre una
alfombra en el suelo. No tengo tiempo de asimilar lo que ha pasado hasta que
apenas puedo respirar y su cuerpo me cubre por completo.
—Mientes
muy mal, nena.
—Lo
sé —admito. Se me da fatal.
—Vamos
a ver lo acostumbrada que estás, ¿de acuerdo?
Me
coloca los brazos a ambos lados de mi cuerpo y se monta encima de mí,
impidiendo que me mueva. De repente me agobio por la situación. La he vivido
muchas veces antes, y la mayoría de ellas he acabado muy frustrada.
—Tom,
por favor, no lo hagas —le ruego sabiendo que no va a servir de nada. Darse
cuenta de que puede quedar en segundo plano ha despertado su instinto animal, y
se ha propuesto reclamar sus derechos. Puede que también me marque. Es como un
león.
—¿El
qué? —pregunta, aunque sabe perfectamente a qué me refiero—. Si estás
acostumbrada...
Sabe
muy bien que estaba fingiendo indiferencia. Jamás me acostumbraré, y me alegro
de ello. Lo veré, lo amaré y me moriré de deseo por él durante el resto de mis
días. Y me muero de ganas. Ese deseo está corriendo ahora por mis venas.
Siempre permanece en el fondo de mi ser, latente, aguardando las palabras o las
caricias adecuadas. Y cuando éstas llegan, siento una violenta efervescencia en
mi estómago, seguida de impaciencia, y después de un placer tortuoso hasta que
llega la explosión, ya sea una explosión lenta y dulce o una explosión intensa
que me obliga a gritar. Estoy empezando a sentir la efervescencia. Los músculos
de mi estómago se contraen, y seguramente él lo
esté
notando porque, a diferencia de nuestros últimos encuentros, está tumbado sobre
mi vientre.
Además
de percatarse de que ya no seré sólo suya, ¿se ha dado cuenta por fin de que
esto no hará daño a nuestros pequeños?
Mi
posición actual y el incesante palpitar que siento entre las piernas no varía
cuando se pone de rodillas y empieza a bajarse la cremallera de los vaqueros.
Esto va a ser doloroso. Si va a transformarse en el Tom intenso y dominante,
quiero sacarle el máximo partido, y no podré hacerlo si no puedo mover los
brazos ni el cuerpo. Estoy a punto de gritar de frustración y, por más que me esfuerzo,
no consigo apartar mis ojos insaciables de esos magníficos abdominales.
¿Acostumbrada? Menuda gilipollez.
—Tom,
deja que me incorpore. —No me molesto en forcejear porque sé que sólo
conseguiré cansarme, y estoy reservando mis energías para lo que está por
venir.
—No,
_____. —Se baja la cintura de los pantalones un poco y deja al descubierto sus
calzoncillos blancos y ceñidos de Armani. La cosa se pone seria.
—¡Por
favor! —ruego.
Un
destello de triunfo reluce en sus ojos cargados de deseo, aunque ambos sabemos
que todavía no ha terminado.
—No,
______ —repite con voz grave mientras desliza el pulgar por dentro de la goma
del bóxer.
Por
un segundo, atisbo la oscura mata de vello rubio y la inconfundible firmeza y
suavidad de su polla.
—Joder...
—Cierro los ojos desesperada, odiándolo y amándolo a partes iguales. En mi
desdicha, me desconcierta no recibir su típica orden de que los abra.
Sin
embargo, eso no dura mucho. Pronto siento el movimiento y la sensación de que
algo sólido y húmedo se abre paso entre mis labios. Mi reflejo natural entra en
acción y abro los labios, pero no me penetra la boca. Sé que eso podría hacer
que vomitara, pero sigo deseando que lo haga. Abro los ojos de nuevo y veo su
vientre. Apoya una mano junto a mi cabeza y está inclinado sobre mí. Levanto la
vista para ver su rostro, a sabiendas de lo que voy a encontrarme, pero eso no
me detiene. Sé qué mirada voy a descubrir en él, sé que va a volverme loca de
pasión, y sé que no podré hacer absolutamente nada para evitarlo.
Y
ahí está él. Mi señor, apoyado sobre uno de sus portentosos brazos, con esos
ojos adictivos y obscenos cargados de ganas y coronados por esas pestañas
tremendamente largas que decoran su maravilloso rostro. Desvío un poco la
mirada y veo su estómago y su pecho, que deberían considerarse un peligro. Con
el añadido de que se está aguantando, rozándome los labios con la gruesa magnificencia
de su polla, estoy perdida.
—Métemela
en la boca —le exijo con calma.
—¿Qué
efecto tengo en ti, _____? —pregunta, claramente seguro de qué respuesta voy a
darle y tentándome con otro pequeño roce en los labios.
—¡Joder,
me vuelves loca! —grito retorciéndome sin éxito.
—Vigila
esa puta boca —dice prácticamente gruñendo las palabras, lo que no hace sino
aumentar mi excitación y mi desdicha.
—¡Por
favor!
—¿Te
has acostumbrado a mí?
—¡No!
—Y
nunca lo harás. Esto es lo normal para nosotros, nena. Hazte a la idea. —Se
desliza en mi boca con un gemido y yo lo acepto de buena gana, eufórica y
ansiosa. Gimo con la invasión. Lamo, chupo y muerdo, pero no tengo todo el
control. Se niega a cederme el poder, pero me da igual. Es contacto—. Despacito,
______. —Le cuesta pronunciar las palabras, y yo levanto la vista para
deleitarme en la expresión de tensión de su rostro mientras él observa cómo mi
boca disfruta de su erección—.Me encanta tu puta boca, mujer.
Su
mano libre repta por mi cuello y me agarra de la nuca para que no me mueva
mientras empuja suavemente hacia adelante con golpes lentos, rítmicos y
deliciosos. No lo hace con brusquedad, pero eso no significa que no esté
cumpliendo con su obligación de ser el Tom dominante. Ha encontrado el punto
medio de nuestra relación normal, aunque yo no lo haya hecho, pero estoy
empezando a captarlo, y él está haciendo un trabajo excelente mostrándome el
camino. Mientras lamo su miembro de acero, éste palpita y noto cómo sus
piernas, que sujetan mis brazos contra el suelo, se tensan. Eso me proporciona
el empujón que necesitaba. La presión y el ritmo de mis labios se vuelven más
frenéticos, haciendo caso omiso de su orden de hacerlo despacio. Va a correrse.
Gimo,
él se sacude soltando un montón de tacos, pero cuando me quiero dar cuenta ya
no lo tengo en la boca. Se incorpora sobre sus rodillas, se lleva los puños a
la polla y me observa con los labios entreabiertos mientras termina. Estoy
enfadada, pero me está refrescando una de mis imágenes favoritas de todos los
tiempos: la erótica y extraordinaria visión de ver a Tom masturbándose hasta alcanzar
el clímax. Esta vez, sin embargo, es mejor, porque acaba de apartarse el pelo
húmedo de la cara, deslizándose la mano desde la rubia mata de vello por los músculos
tonificados de su pecho. Casi
me
asfixio de satisfacción. Unos pocos momentos más y creo que sería capaz de correrme
sólo de verlo. Joder, es como un dios del Olimpo.
—¡Joder!
—brama, y vuelve a sentarse sobre los talones, tirando de mi camiseta y mi
sujetador antes de posicionar de nuevo su erección entre mis senos para
derramar su semilla por todo mi pecho.
Jadea,
sudando y húmedo, y empieza a menearse en círculos para extender su leche por
todas partes.
Ya
me ha marcado.
—Donde
quiera y cuando quiera, nena —resopla, y se inclina para devorar mi boca con
vehemencia.
Esto también lo acepto de buen grado, y dejo que continúe tomando lo que
quiera—.Joder, ha sido perfecto.
—Mmm
—confirmo. No necesito expresarlo con palabras. Ha sido perfecto. Él es perfecto.
—Ven
aquí. —Se incorpora, me recoloca el sujetador y la camiseta, se pone de pie y
me coge en brazos. Me lleva hasta la mesa, me sienta en la silla y señala mi
plato—. Acábate la cena.
—No
he vomitado —digo casi con orgullo.
—Muy
bien.
—¿Por
qué no te has corrido en mi boca? —pregunto mientras se abrocha la cremallera.
Por
un momento, la severidad de su rostro flaquea, pero sólo un poco. Se sienta en
su sitio y señala mis cubiertos con una instrucción silenciosa. Después coge
los suyos.
—Podría
ser tóxico para los pequeños.
De
haber tenido cordero en la boca, me habría atragantado, pero en lugar de
hacerlo empiezo a desternillarme de risa.
—¿Qué?
—digo entre carcajadas.
No
me lo repite. Me guiña un ojo y yo me enamoro de él un poco más.
—Cómete
la cena, nena.
Miro
mi plato con una sonrisa y empiezo a comer de nuevo, totalmente satisfecha a
pesar de que no he tenido ningún orgasmo.
Sigo
bullendo ligeramente, pero no me importa.
—¿Qué
vamos a hacer mañana? —pregunto.
—Bueno,
pues no sé tú, pero yo voy a darme un atracón.
—¿Vas
a tenerme encerrada en el Paraíso todo el fin de semana? —No me importa, pero
estaría bien ir a dar un paseo, o a cenar.
—No
iba a hacerlo, pero puedo poner cerrojos. —Se mete el tenedor en la boca y
empieza a masticar un trozo de pimiento relleno lentamente mientras me mira con
las cejas enarcadas. Le estoy dando ideas.
No
le contesto. Amplío mi sonrisa burlona, plena de felicidad, y sigo intentando
terminar de cenar.
—Joder,
adoro esa puta sonrisa. Mírame.
Mi
sonrisa ya no es socarrona, es una sonrisa auténtica, y él me ofrece la suya,
esa que tiene reservada sólo para mí, con los ojos brillantes incluidos.
—¿Estás
contento? —pregunto.
—Estoy
loco de alegría.
CAPITULO
# 24.-
Sé
que estoy sonriendo en sueños. Ni siquiera necesito abrir los ojos para saber
dónde estoy. La fresca brisa del mar que entra por las ventanas abiertas y ese
olor a salitre mezclado con la intensa fragancia de las flores es todo cuanto
necesito para recordar dónde me encuentro. Sin embargo, ninguno de los dos aromas
supera la esencia que más me gusta en esta vida, que está impregnada en cada
una de las fibras de las sábanas de algodón sobre las que ha dormido. Pero él
no está en la cama.
Abro
los ojos y lo primero que veo es una galleta de jengibre, comprimidos de ácido
fólico y un vaso de agua. Sonrío, cojo las pastillas, las ingiero con la ayuda
del agua y empiezo a comerme la galleta. Me acerco al borde de la cama y no me
molesto siquiera en ponerme ropa interior. Estamos solos en una playa desierta,
y no he olvidado su demanda de que baje a desayunar así todas las mañanas.
Además, ahora puedo hacerlo sin el temor de que Cathy pueda llegar en cualquier
momento.
De
modo que me paseo desnuda por gran parte de la villa en busca de mi señor, pero
al cabo de un rato veo que no está por ninguna parte. La cortina de gasa que
cubre las puertas del salón que dan al porche ondea con la suave brisa. Me abro
paso a través de la tela en movimiento hasta que me encuentro sobre el suelo de
madera e inspiro profundamente el aire fresco. Es perfecto. Sé que es temprano porque
el sol está muy bajo, pero el calor es intenso, debilitado únicamente por la
brisa que azota mi pelo y me lo echa sobre la cara. Me lo recojo como puedo en
una especie de moño suelto y, cuando por fin tengo los ojos despejados, lo veo
a lo lejos. Está corriendo. Y sólo lleva puestos los shorts, sin camiseta ni
zapatillas de deporte. Me apoyo en la barandilla de madera y observo
alegremente cómo se acerca cada vez más. Su musculosa constitución resplandece
bajo el sol de la mañana. Parece un espejismo.
—Buenos
días —canturreo cuando se encuentra a unos pocos metros de distancia, sudando y
jadeando. Esto no es normal en él. Es como un robot cuando corre, nunca muestra
signos de fatiga.
Coge
la toalla que ha dejado colgada en la barandilla y empieza a frotarse con ella
sonriendo.
—Y
tan buenos. —Sus ojos descienden por mi desnudez. Lo único que me tapa
ligeramente son los barrotes que tengo delante—. ¿Cómo te encuentras?
Me
paro a pensarlo rápidamente, evalúo mi organismo y llego a la conclusión de que
estoy perfectamente. No tengo nada de angustia.
—Bien.
—Estupendo.
—Se acerca al porche y me mira—. Bésame.
Me
inclino y le doy un pico en los labios. El pulcro sudor que cubre su cuerpo
realza su aroma característico.
—Estás
empapado.
—Es
que hace muchísimo calor. —Se aparta—. ¿Desayunamos? —dice como si fuera una
pregunta,
pero no lo es. Si digo que no, sin duda me cogerá, me colocará sobre sus
hombros, me llevará adentro y me obligará a comer.
—Te
prepararé el desayuno.
Echo
a andar por el porche en dirección a nuestro dormitorio.
—¡¿Adónde
vas?! —grita a mis espaldas.
—A
ponerme algo.
—¡Eh!
—exclama. Me vuelvo y veo que está muy disgustado—. Mueve ese culo desnudo a la
cocina, señorita.
—¿Perdona?
—Me echo a reír.
—Ya
me has oído. —Me observa con expectación, como desafiándome a desobedecerlo.
Miro
mi cuerpo desnudo y suspiro. No me pedirá este tipo de cosas cuando esté a
punto de reventar. Ya no tendrá ganas de mirarme. Pero, por ahora, yo me siento
cómoda en cueros y, sin duda, él también se siente cómodo, de modo que vuelvo
sobre mis pasos y entro en la villa a través de las puertas de la cocina. Al
pasar por delante de Tom recibo una palmada en el trasero.
Si
nuestra normalidad consiste en preparar el desayuno y comérnoslo en pelotas, lo
cierto es que me encanta. Si consiste en tardar tres horas en arreglarnos
porque ninguno de los dos puede despegar las manos del otro, me encanta. Y si
consiste en que me ponga un vestido de verano y que él me mire como si me hubiera
vuelto loca..., bueno, eso ya no me gusta tanto.
—Ponte
otra cosa, señorita —dice mirando mi ropa mientras masculla y maldice entre
dientes al tiempo que inspecciona y descarta todos mis vestidos playeros—. Lo
has hecho adrede.
—Hace
calor —protesto, y me echo a reír vestida tan sólo con mi ropa interior de
encaje al ver cómo Tom se vuelve loco.
—¡Coño,
_____! —exclama sosteniendo un mono sin tirantes muy corto.
—Dijiste
que tenía unas piernas muy bonitas —me justifico.
—Sí,
lo tienes todo muy bonito, pero eso no significa que quiera que todo el mundo
lo sepa. —Tira el mono a un lado y saca un vestido negro largo y vaporoso de
tirantes finos.
»Sólo
para mis ojos —afirma—. Sólo para mis ojos.
—Pero
¿qué coño te pasa? —Le quito el vestido de las manos—. El día del aniversario
de La Mansión no te importó que me pusiera aquel traje, ni tampoco te molesta
que lleve los shorts vaqueros.
—Claro
que me importó. Hice una excepción, pero vi cómo te miraban los hombres. —¿Me
está tomando el pelo?
—¡Y
yo veo cómo te miran a ti las mujeres!
—Exacto;
¿te imaginas cómo me mirarían si fuese por ahí medio desnudo? —Señala el
vestido con la cabeza—. Puedes ponerte éste.
—Muchas
veces vas sin camiseta —señalo—, y yo no me abalanzo sobre ti para ocultar tu
cuerpo.
¡Relájate!
—¡No!
—grita.
Ambos
nos miramos con el ceño fruncido, pero sin duda el suyo gana.
—Estás
siendo poco razonable —espeto—. Pienso ponerme lo que me dé la gana. —Le tiro
el vestido negro a la cara y cojo el playero fucsia anudado al cuello, me lo
meto por los pies y me lo subo por el cuerpo.
Él
observa cómo me pongo la prenda rápidamente.
—¿Por
qué me haces esto? —pregunta con desazón.
—Porque
es absurdo que creas que puedes decidir qué puedo y qué no puedo ponerme, por
eso.—Me ato el vestido por detrás del cuello y me lo aliso, haciendo caso omiso
de los gruñidos que profiere mi señor irracional. No pienso tragar con esta
faceta de nuestra normalidad—. Además, no es para tanto.
—Joder,
eres demasiado bonita —masculla echando humo.
Sonrío
y deslizo los pies en las chanclas.
—Y
soy tuya, Tom.
—Lo
eres —responde tranquilamente—. Eres mía.
Respiro
hondo y me acerco a su pecho.
—Nadie
me apartará de tu lado, nunca.
No
sé cuántas veces tengo que decírselo. Me encanta que tema perderme, pero
también sé que su problema son las hordas de mujeres desnudas que lo han
rodeado durante la mayor parte de su vida.
No
quiere que los hombres me miren como miran a esas mujeres, como él las miraba
antes de conocerme a mí.
—Lo
sé —suspira—. Pero ¿es preciso que te pongas el vestido más minúsculo de todo
el planeta?
Lo
beso en la mejilla.
—Estás
exagerando.
—Yo
creo que no —gruñe, y aprieta su mejilla recién afeitada contra mis labios—. ¿Y
si
llegamos
a un acuerdo?
—¿Qué
tipo de acuerdo? —pregunto. Entonces veo que se agacha y coge un cárdigan—. De
eso, nada, Kaulitz. Me desmayaré del calor.
Lo
deja caer exagerando la furia de un modo ridículo y teatral y se levanta.
—Vale,
pero no me hago responsable si algún capullo te hace ojitos.
Lo
observo perpleja. Está delante de mí, con un aspecto delicioso vestido con sus
shorts largos y su polo de Ralph Lauren con el cuello levantado, al estilo de
Tom.
—Yo
tengo que lidiar con los ojitos que te ponen a ti a diario.
Sonríe
con malicia.
—Sí,
y en seguida las aplastas a todas.
Me
echo a reír y me dispongo a salir de la habitación.
—Mi
ritual de aplastamiento es algo más suave que el tuyo.
Las
cosas en el Paraíso van cada vez mejor. Aunque la idea de dejar que Tom me
mantuviera encerrada en la villa me resultaba muy tentadora, quería explorar
con él, pasear cogidos de la mano, comer por ahí y estar juntos de otra manera.
No es algo que hayamos hecho a menudo desde que nos encontramos el uno al otro
y, aunque me ha costado convencerlo, sé que él también ha disfrutado estando
conmigo de otra forma hoy. Se ha pasado todo el día rodeándome los hombros con
el brazo para pegarme a él, y durante la comida en el bar ha hecho que me
sentara cerca para que pudiésemos
mantener
el contacto físico.
Anochece
mientras regresamos a la villa por la tronada carretera. La familiar fragancia
inunda mis fosas nasales cuando atravesamos las puertas de madera y avanzamos
por el camino adoquinado bajo la bóveda verde y blanca.
—¿Has
pasado un buen día? —pregunta mientras apaga el motor y me mira, casi
esperanzado.
—Sí,
gracias. ¿Y tú?
—Sí,
ha sido uno de los mejores días de mi vida, nena. Pero ahora me toca a mí
elegir lo que vamos a hacer esta noche. —Me desabrocha el cinturón y se inclina
sobre mí para abrirme la puerta—.Sal.
Obedezco
su orden y me levanto del suave asiento de piel.
—¿Y
qué vamos a hacer?
—Vamos
a jugar a un juego. —Ahora está en mi lado del coche, mirándome con una ceja
enarcada
y cara de pillo.
—¿Qué
clase de juego? —Mi curiosidad resulta evidente.
—Ya
lo verás. —Me coge de la mano y me dirige hasta la villa—. Espérame en el
salón, donde la alfombra —me ordena. Me planta un beso y me deja desconcertada
junto a la puerta de entrada.
¿Adónde
va? Observo con el ceño fruncido cómo desaparece en dirección al dormitorio y,
sin poco más que hacer aparte de obedecer sus instrucciones, dejo el bolso, me
dirijo a la alfombra en cuestión y me siento sobre la pieza suave, gruesa y
tupida. Mi mente curiosa no deja de dar vueltas, pero no dura mucho. Pronto
reaparece barajando un juego de cartas.
—¿Vamos
a jugar a las cartas? —pregunto intentando no parecer decepcionada.
—Sí.
—Su respuesta breve y concisa indica que, efectivamente, vamos a jugar a las
cartas, por más que yo proteste. ¿Cartas?
—¿No
preferirías devorarme? —Pongo en práctica mi táctica de seductora con poca
confianza.
Sé
cuándo voy a ganar, y sé que ésta no es una de esas veces. Me mira con recelo
mientras baja el trasero hasta la alfombra. Se apoya contra el sofá y estira
las
piernas
delante de él.
—Vamos
a jugar al strip póquer.
Empiezo
a agitarme en mi sitio.
—Yo
no sé jugar al póquer. —Perderé, pero ¿eso es algo malo?—. No sería un juego
justo si yo no sé jugar. —Decido que sí que es algo malo. Está en modo
engreído, y quiero borrarle esa sonrisa de gallito de la cara. Acaba de aflorar
mi lado competitivo.
—Muy
bien —dice lentamente mientras sigue barajando mientras habla—. ¿Y qué te
parece el blackjack? —Debe de haberse dado cuenta de que me he quedado igual,
porque sonríe un poco—. El veintiuno. ¿Pedir, pasar, rendirte?
Sigo
igual de perdida.
—No,
lo siento, no sé de qué estás hablando. —Estiro las piernas, me inclino hacia
atrás y me apoyo sobre las manos—. ¿Jugamos al burro?
Tom
suelta una carcajada al tiempo que echa la cabeza hacia atrás. Me encanta su
risa.
—¿Al
burro?
—Sí,
soy muy rápida.
—_____,
dejemos el burro para cuando lleguen los niños. —Sigue riéndose y nos reparte
dos cartas a cada uno—. Vale, yo soy la banca, y tú tienes que mirar tus
cartas.
Me
encojo de hombros y las recojo. Tengo un diez y un seis.
—Vale.
—¿Qué
tienes?
—¡No
te lo voy a decir!
Pone
los ojos en blanco.
—Es
una partida de prueba. Dime qué tienes.
Me
pego las cartas al pecho.
—Un
diez y un seis —digo con recelo.
—¿Dieciséis
entonces?
—¿Hay
que sumarlas?
Va
a arrepentirse de esto. Puede que ya lo esté haciendo.
—Sí,
hay que sumarlas.
—Vale,
entonces tengo dieciséis. —Le enseño mis cartas.
Él
asiente al verlas.
—Gana
el que se acerque más a veintiuno cuando todos los jugadores hayan hecho sus
movimientos.
—¿Qué
movimientos? —Contengo la risa cuando veo que echa la cabeza hacia atrás y mira
al techo exasperado.
—Los
que estoy a punto de explicarte, _____.
—Ah,
vale. Explica, explica.
Vuelve
a bajar la cabeza y exhala un suspiro de agotamiento. Sí, sin duda se está
arrepintiendo de esto. Seguro que está deseando haber optado por devorarme.
—Bien.
Tienes dieciséis y necesitas acercarte a veintiuno todo lo posible sin pasarte.
Sin pasarte quiere decir sin superar los veintiuno, ¿vale?
—Vale.
—Bien.
Con un total de dieciséis, deberías pedir, lo que significa que pides otra
carta. ¿Vale?
—Vale.
Me
entrega otra carta y yo la cojo a hurtadillas, como si él no supiera ya lo que
tengo en la mano.
—¿Qué
te ha salido? —pregunta.
—Un
rey. —No soy una experta en juegos de naipes, pero sé que eso significa que me
he pasado. Tiro las cartas al suelo—. ¡Yo no quería pedir!
—No
puedes plantarte con dieciséis, _____.
—¡Pero
así no me habría pasado!
—No,
pero es probable que yo tenga más que dieciséis, así que es mejor que te
arriesgues.
Les
da la vuelta a sus cartas y tiene una jota y una reina.
—Veinte
—confirmo rápidamente.
—Exacto.
Y me planto, así que gano yo. —Recoge las cartas y empieza a barajarlas de
nuevo—.¿Lo pillas?
—Sí,
voy a patearte el culo, Kaulitz. —Me froto las manos y me pongo cómoda.
Él
sonríe ante mi competitividad. Probablemente sienta lástima de mí. Al fin y al
cabo, a Tom Kaulitz se le da todo de maravilla.
—Tenemos
que decidir lo que vamos a jugarnos, nena.
—Pero
¿no estamos jugando al veintiuno?
Inclina
la cabeza hacia atrás de nuevo y se echa a reír a carcajadas. Yo intento mantenerme
seria, pero me encanta cuando se ríe de esa manera.
—Sí,
me refería a qué vamos a apostarnos. —Fija sus ojos cafeces en mí—. Joder, te
quiero
muchísimo.
—Lo
sé. ¿Qué vamos a apostarnos? —Cada vez me gusta más este juego.
—¿Cuántas
prendas de ropa llevas puestas? —Me repasa con la mirada como si estuviera
evaluándolo
mentalmente.
Jugar
a las cartas no parece tan mala idea después de todo.
—Tres.
El vestido, las bragas y el sujetador. Ah, y los zapatos, así que cinco —digo
señalando las chanclas.
—Quítate
las chanclas —me ordena—. Yo sólo llevo dos. —Se tira del polo y de los shorts.
—¿Y
los calzoncillos?
—Suponían
un obstáculo demasiado grande —explica como si tal cosa, y nos reparte dos
cartas a cada uno. Sé perfectamente cómo va a acabar esto. Nada de obstáculos—.
El primero que se quede desnudo pierde —dice sonriéndome—. Y el que gane tiene
el mando.
Jadeo
de incredulidad al ver su expresión divertida.
—¿Qué
ha sido de eso de «donde sea y cuando sea»?
—Estoy
siendo razonable. —Se encoge de hombros y señala mis cartas con la cabeza—. No
tientes
la suerte o retiraré mi ofrecimiento de posible poder.
Recojo
los naipes con cuidado y los miro pegándolos a mi cara. Está tan seguro de sí
mismo que me permite la ventaja de llevar una prenda más que él.
—No
tiene nada de razonable jugarse quién tiene el mando en nuestra relación
—replico. A continuación miro mis cartas y veo dos sietes—. Dame una.
Me
pasa una carta más y sigue sonriendo.
—Todo
forma parte de nuestra normalidad, señorita. Aquí tienes.
—Gracias
—respondo con educación. Recojo la carta del suelo y la coloco junto a las
demás. Es un ocho. Resoplo dramáticamente y tiro las cartas entre nosotros—. Me
he pasado —gruño.
Él
sonríe y me muestra sus cartas. Tiene una jota y un nueve.
—Creo
que yo me planto —dice—. Has perdido.
Sacudo
la cabeza y veo cómo coloca las cartas en el suelo y empieza a reptar hacia mí,
sin apartar la mirada de la mía. El corazón se me acelera al ver cómo se
aproxima su figura, y cuando lo tengo justo delante, acerca las manos a mi
cuello.
—Pierdes
el vestido —susurra, y desata el nudo—. Ponte de pie.
Me
obligo a levantarme cuando lo único que quiero hacer es tumbarme boca arriba y
dejar que me tome ahora mismo. Por mí puede quedarse con el poder. No lo
quiero. Nunca. Observo con los ojos cargados de lujuria cómo coge el bajo de mi
vestido, se pone de pie, me lo quita por la cabeza y lo tira sobre el sofá.
Se
acerca a mi oreja y me muerde el lóbulo.
—Llevas
encaje —murmura, y el calor de su aliento me pone el vello de punta. Me tenso,
a pesar de mis esfuerzos por no hacerlo. Y entonces me deja aquí de pie,
ardiente de deseo, y vuelve a sentarse—. Siéntate.
Cierro
los ojos y recobro la compostura. He de ser fuerte porque esto es realmente un
juego para él. Me siento con mi lencería de encaje y, como buena seductora que
soy, me abro de piernas, me recuesto y me apoyo en las manos. Si quiere jugar,
jugaremos.
—Reparte,
señor.
La
astuta sonrisa que se dibuja en su atractivo rostro indica que sabe lo que
pretendo. Su
seductora
está haciendo honor a su reputación. Reparte las cartas. Miro con precaución y
declaro mi intención de plantarme. Él asiente pensativamente y les da la vuelta
a sus propias cartas. Tiene un nueve y una reina.
—Yo
también me planto. —Me mira, sonrío, muestro mis dos reyes con gesto de
superioridad y me pongo a cuatro patas para acercarme a él.
Me
monto sobre sus muslos y lo agarro del dobladillo del polo.
—Pierdes
la camiseta —susurro tirando de la prenda. Levanta los brazos sin protestar y
tiro el polo detrás de él. Suspiro y me inclino para besarle el pecho—. Mmm,
qué duro. —Me agarro a su entrepierna con toda mi mala intención. Él deja
escapar un grito ahogado, pero entonces me aparto y vuelvo a mi sitio en la
alfombra—. Reparte.
Es
bastante evidente que le está costando no tumbarme sobre la alfombra. Lo sé por
cómo se ha ajustado de manera discreta la zona de la ingle y porque no para de
morderse el labio. Está intentando concentrarse, y me encanta. Las vistas
mejoran para mí también ahora que he ganado esta mano. Una más y tanto él como
el poder serán míos.
Reparte
de nuevo. Recojo las cartas y calculo rápidamente que suman catorce.
—Una
más, por favor —le pido. Un dos. Dieciséis en total. Mierda. Ahora no sé qué
hacer—.¡Me planto! Digo... ¡otra! —Tom se dispone a pasarme otra carta con una
sonrisa—. ¡No! No, me planto. —Rechazo la carta y empieza a reírse.
—¿Indecisa?
—pregunta, y estira su torso definido para destacar su pecho.
Aparto
la vista para no perder la concentración. No voy a dejar que me distraiga,
pero, joder, me resulta casi imposible resistirme y no quedarme mirándolo con
la boca abierta.
—No.
Me planto —afirmo con petulancia.
—Muy
bien. —Intenta desesperadamente no sonreír mientras mira sus cartas—. Hum.
Dieciséis—dice—. ¿Qué hago?
Me
encojo de hombros.
—Tú
verás. —No repito las palabras que me ha dicho él en la mano de prueba. Me
muero por hacerlo, pero no lo hago. Aunque me gustaría ver cómo sale don Bueno
en Todo de ésta.
—Bueno,
una más —dice, y le da la vuelta a una carta.
No
sé cómo, pero consigo mantenerme seria cuando muestra un seis.
—Bueno...
—susurro. Aparto la vista de mis cartas y la centro en su torso, su cuello y su
precioso rostro—. Te has arriesgado. —Le tiro mis cartas, que siguen sumando un
total de dieciséis—. Y yo no. Pierdes los shorts.
Examina
mis cartas con una leve curva en los labios y sacude la cabeza.
—Tú
ganas, nena.
—Yo
tengo el mando. —Empiezo a gatear hacia él, pues no quiero perder ni un segundo
más sin tocarlo. Ha sido el juego de cartas más largo de toda mi vida—. ¿Cómo
te sientes al respecto? —Le desabrocho la cremallera de los pantalones.
No
intenta detenerme. Apoya la espalda en el sofá y levanta el culo para
facilitarme la tarea de deslizarle la prenda por los muslos. Cuando su erección
queda al descubierto, tengo que esforzarme por contenerme.
—Yo
te hago a ti la misma pregunta —dice con voz grave, gutural y cien por cien
sexual.
—Me
siento poderosa.
Lanzo
los shorts por encima de su cabeza, le quito la baraja de las manos y la dejo a
un lado. Él estira la mano y me pasa el pulgar por el labio inferior,
arrastrándolo. Abre la boca ligeramente y me mira.
—¿Qué
plan tiene mi pequeña seductora?
Debería
apartarle la mano, pero no lo hago.
—Va
a renunciar al poder —susurro. Apoyo las manos en sus muslos y me incorporo hasta
que nuestras narices se tocan—. ¿Qué tiene que decir mi dios al respecto?
Compone
esa gloriosa sonrisa que tanto adoro.
—Tu
dios dice que su seductora ha aprendido muy bien. —Sus enormes manos me agarran
de la cintura y yo apoyo las mías sobre sus hombros—. Tu dios dice que su
seductora no se arrepentirá de haberle cedido el poder. —Pega los labios a los
míos y su lengua penetra lentamente en mi boca—.Tanto el dios como la seductora
saben cómo funciona nuestra relación. —Me coloca la mano en el pubis por encima
del encaje y apoya la frente en la mía—. Y funciona perfectamente.
Me
pongo rígida, pero hago descender el cuerpo sobre su palma buscando algo de
fricción.
—Eres
perfecto.
Pego
los labios a los suyos, le hundo las manos en el pelo y tiro de él. No puedo
evitarlo.
—Lo
sé —murmura alrededor de mis labios sedientos. Desliza las manos por mi cintura
hasta mi trasero—. Pero creía que habías renunciado al poder.
No
podría parar ni aunque mi vida dependiera de ello, y ruego para mis adentros a
todos los santos que no pretenda imponer su autoridad porque estoy desesperada,
ansiosa y necesitada.
—Por
favor, no me detengas —digo sin ningún pudor, hundiendo todavía la lengua en su
boca.
Él
gruñe, me aprieta contra sí y no muestra intención alguna de parar esto. Está
dejando que haga lo que quiera con él.
—Sabes
que no puedo negarte nada.
—Sí
que puedes —discrepo entre firmes y profundos lametones, aunque sé que sería
mejor que no lo hiciera ahora mismo. Suele decir que no cuando estoy cansada o
pretende castigarme.
—Ahora
no.
Está
de pie, envuelto con mi cuerpo, y ni siquiera sé cómo ha pasado. Estoy
demasiado extasiada.
Cuando
siento el fresco aire de la noche sobre mi espalda desnuda, me pego aún más a
él y lo beso con más intensidad. En mi cerebro no hay cabida para pensar adónde
vamos. Me da igual.
El
susurrante sonido de las olas que lamen la costa en la noche es lo primero que
oigo. Después percibo la esencia salada del Mediterráneo. El aire es algo frío,
pero el calor de su cuerpo pegado al mío mitiga cualquier posible molestia.
Estoy ardiendo, y creo que ni la Antártida conseguiría enfriarme. Recorre con
cuidado las traviesas de madera mientras me acerca al borde del mar, pero no me
mete en el agua. Se arrodilla y me coloca sobre la arena blanda y húmeda procurando
no despegar nuestras bocas en ningún momento. Mis manos recorren toda su
musculosa constitución. Mis piernas luchan bajo su cuerpo por liberarse y
aferrarse a él, y pronto me quedo sin aliento. De repente, una suave ola nos
alcanza y mi cuerpo tendido está rodeado de agua fresca y salada, lo que hace
que me
cueste
más aún respirar. La impresión me obliga a lanzar un grito ahogado y hundo las
uñas en sus bíceps. Mi espalda se arquea para intentar huir del frío, y mis
senos cubiertos de encaje se pegan a la piel desnuda de su pecho. Mi ardor se
enfría al instante.
—Chsss
—me tranquiliza—. Tranquila.
Sus
palabras suaves me relajan al momento. No sé cómo ni por qué. Sigo teniendo
frío, pero siempre consigue sosegarme. Empieza a besarme hasta llegar a mi
cuello. Me muerde y me chupa y sus besos se dirigen hacia mi rostro de nuevo.
—Te
amo —susurra—. Joder, te amo muchísimo.
Me
estalla el corazón.
—Lo
sé —digo rozando mis labios con los suyos—. Sé que me amas. Hazme el amor.
Es
lo que necesitamos ahora. Nada de sexo ni de sexo duro. Sólo amor.
—No
pensaba hacer otra cosa. —Tira de mis bragas de encaje y me las baja por las
piernas—. A éste lo llamaremos «polvo adormilados al anochecer».
Dejo
resbalar las manos por sus brazos hasta que mis palmas alcanzan sus mejillas.
Le veo perfectamente la cara, a pesar de la oscuridad que nos rodea. Puede que
este polvo adormilados al anochecer se convierta en mi favorito.
—Hecho
—murmuro, y separo las piernas para ayudarlo a quitarme la ropa interior.
Lleva
el brazo a mi zona lumbar y me levanta un poco para poder acceder a la parte de
atrás de mi sujetador. Me lo quita con una mano y lo desliza por mis brazos. Se
queda suspendido entre mis dos muñecas, que se niegan a apartarse de su rostro.
Quiero seguir con los labios pegados a los suyos, continuar dejando que su
lengua acaricie la mía enviándome así al séptimo cielo de Tom.
Mis
pezones se endurecen todavía más a causa del frío, pero sobre todo cargados de
deseo. Y entonces, aparta la cara de mis manos con un gemido y se echa hacia
atrás. Me estudia durante unos instantes, se hunde en mí de una manera
meticulosa, concienzuda y perfecta, y se detiene cuando está a medio camino.
No
sabría interpretar su rostro, pero esos ojos cafeces narran una historia
totalmente diferente. Penetran hasta lo más profundo de mi ser y están cargados
de admiración y devoción.
—¿Hasta
el fondo? —pregunta en un tono tan bajo que casi no puedo oírlo con el leve
susurro de las olas.
Asiento
y levanto las caderas con silenciosa impaciencia. Mi plan de seducción
funciona. Inspira profunda e irregularmente y se apresura a levantarme cuando
nos baña otra ola. Grito al sentir de nuevo el frío pero, sobre todo, al sentir
su penetración completa. Me sostiene contra sí mientras el agua se filtra, con
mi mejilla pegada a su garganta, y después me deposita de nuevo sobre la arena.
Apoyo
las manos en sus hombros como de costumbre y él coloca los antebrazos a ambos
lados de mi cabeza. Y nos quedamos mirándonos. Esta sensación de por sí es más
que placentera. Me está inundando por completo, y siento cómo su miembro
palpita en mi interior. Contraigo los músculos a su alrededor, aunque ninguno
de nosotros tiene prisa. Hace frío, estamos mojados, pero absolutamente felices.
No existe nada más.
—¿Quieres
que me mueva? —Hace descender su boca hasta la mía—. Dime qué es lo que
quieres,
nena.
—A
ti. Sea como sea.
—Pues
será con un amor incontrolable hacia ti. ¿Te parece bien?
Me
parece perfecto. En lugar de responderle lo beso, pero él se aparta con los
ojos cargados de deseo y espera una respuesta verbal.
—Me
parece perfecto —digo con un suspiro silencioso sintiendo que probablemente
acabo de autorizar que se vuelva dominante. No obstante, es verdad, me parece
perfecto.
—Me
alegro. —Menea las caderas hacia arriba dejándome sin aliento y tensando los
músculos del cuello—. Siento tanto placer estando contigo que no sé cómo he
podido sobrevivir sin esto. Existía, _____. Pero no vivía. —Se retira poco a
poco y vuelve a hundirse en mí sin prisa. Pega los labios a mi boca y atrapa mi
pequeño grito, mezcla de placer y de frío, cuando otra ola vuelve a sorprenderme—.
Ahora estoy vivo. Y es sólo por ti.
—Lo
entiendo —digo pegada a su boca anticipándome a su siguiente pregunta—.
Entiendo lo que quieres decir.
—Bien.
Necesito que lo hagas. —Sale y vuelve a entrar, y ambos suspiramos y tensamos
nuestros cuerpos—. Me encanta nuestra normalidad.
Sonrío
y me retuerzo debajo de él con otra de sus embestidas. Nuestra normalidad. A mí
también me encanta. Nuestra normalidad consiste en que Tom me ame de una manera
tan violenta que me vuelva loca. Que yo le devuelva ese amor. Y que lo acepte
en todos sus estados dominantes. Lo tengo asumido.
Ni
siquiera siento ya el frío del mar cuando me moja. El deseo corre por mis venas
calentando mi piel. Me aferro a cada embestida con todos los músculos de mi
cuerpo, igualando su pasión con la mía, besándolo, sintiéndolo, tirándole del
pelo y gimiendo. Mueve las caderas hacia adelante y hacia atrás con tanta
precisión y a un ritmo tan regular que cada penetración me acerca más y más al
clímax. La suavidad de su lengua, que explora cada rincón de mi boca, y la
aterciopelada dureza de su polla deslizándose en mi interior me han sumido en
un absoluto éxtasis, como lo hacen siempre.
Le
muestro mi desazón cuando interrumpe nuestro contacto bucal, pero hace caso
omiso. Se aparta para observarme mientras mantiene el ritmo.
—Necesito
verte —jadea—. Necesito ver cómo arden tus ojos cuando te corras para mí.
—Tom...
—Estoy jadeando. No tendrá que esperar mucho. Me está rozando en el punto
correcto, demostrando una vez más su maestría sexual conmigo. Sé que me
reprenderá si cierro los ojos, de modo que resisto la tentación de inclinar la
cabeza hacia atrás y de cerrarlos con fuerza. Es difícil no hacerlo con lo que me
está haciendo.
Eleva
la parte superior de su cuerpo y se apoya sobre los puños.
—Está
cerca —observa en voz baja—. Contrólalo, _____. No me obligues a parar.
Acelera
el ritmo sin apartar los ojos de los míos.
—No
pares, por favor.
Deslizo
las manos hasta su trasero y me aferro a él con fuerza apretándolo contra mí.
—Pues
ya sabes lo que tienes que hacer.
Empieza
a menearse en círculos hundido en mí, poniéndomelo así más difícil. Contengo un
grito y me empeño con todas mis fuerzas en retrasar lo inevitable hasta que él
esté preparado. Para ello necesito inspirar hondo y de manera controlada, de
modo que trago saliva e inicio una secuencia de ejercicios para regular mi
respiración. Sabe lo que me está costando. Y sé que lo sabe por la leve sonrisa
que se dibuja en sus labios mientras me mira y porque está intensificando sus
arremetidas. Sus bíceps empiezan a hincharse también, lo que significa que está
moviendo los puños en la arena para controlar mejor sus movimientos y seguir
atormentándome con su tortuosa manera de hacerme el amor. Y, joder, lo está
consiguiendo. Cada estocada es más y más placentera. Estoy tumbada debajo de
él, absorbiendo sus atenciones, mordiéndome el labio y muriéndome de
ganas
de dejarme llevar. A través de mi salvaje sensualidad, busco alguna señal de
que a él también le falte poco, y empiezo a desesperarme al no ver ninguna,
pero entonces sus ojos cafeces desaparecen tras sus párpados por un breve
instante y sus caderas dan una sacudida. Está cerca. Temiendo que pueda
detenerse para recuperarse, enrosco las piernas alrededor de su cintura y uso
todos mis músculos para hundirlo en mí. Es su perdición. Empieza a sisear, da
otra sacudida y yo grito de deleite y lo agarro de los antebrazos con fuerza.
—¡JODER!
—Echa la cabeza atrás y su ritmo empieza a acelerarse con penetraciones más
intensas.
Aprovecho el momento en que ha apartado la mirada de mí para cerrar los ojos.
También contengo la respiración—. ¡Abre los ojos! —La oscuridad dura poco. Abro
los párpados de nuevo y me encuentro con su rostro húmedo cargado de
frustración por no poder controlarlo—. Joder, señorita—jadea—.¿Quieres
correrte?
—¡Sí!
—Ya
lo sé. —Empieza a percutirme, gritando explícitamente una y otra vez, y
entonces me ladra—: Córrete.
Mi
cuerpo libera la tensión y empieza a sacudirse con violentos espasmos y a
palpitar con los persistentes e incesantes estallidos de placer. Estoy
ardiendo. Su semen me inunda y él se detiene, gimiendo y gruñendo.
Su
respiración es agitada, al igual que la mía. Sigue apoyado sobre los brazos y
está sudando abundantemente mientras yo muevo la cabeza de un lado a otro, casi
desorientada por la intensidad de mi orgasmo.
—Has
hecho que pierda el control, _____ —resopla enfurruñado—. Maldita sea, me
vuelves completamente loco.
Dejo
caer los brazos por encima de mi cabeza sobre la arena mojada y noto al
instante que hay otro charco de agua. Mi cuerpo no lo nota. Sigo caliente.
—No
les harás daño —insisto, jadeando.
Sacude
la cabeza como si él también estuviera desorientado. Abandona mi cuerpo, se deja
caer sobre los antebrazos y toma mi pezón entre sus labios. Apenas siento el
calor de su boca sobre mi piel.
—Me
encanta que hagas eso —suspiro, y cierro por fin los ojos durante un tiempo
razonablemente
largo mientras se alimenta de mis pechos—. Sigue haciéndolo.
—Sabes
tan bien... —murmura, y ataca el área donde sé que tengo la marca y chupa con
fuerza.
Dejo
que haga lo que quiera mientras me concentro en estabilizar mi respiración y el
ritmo de mis latidos, pero sigo ardiendo.
—Llévame
al agua —jadeo—. Necesito refrescarme.
Él
sacude la cabeza, me suelta la teta y me mira.
—De
eso, nada, señorita —responde, y vuelve a centrarse en mi pecho sin dar más
explicaciones.
—¿Por
qué? —insisto.
Me
besa los dos pezones y acerca la cara a la mía. Sus ojos brillan con expresión
traviesa.
—Podrían
congelarse los bebés.
No
me río, pero sonrío.
—¡No
es verdad!
Me
aparta el pelo de la cara y sus manos reptan por mis brazos hasta que sus dedos
se entrelazan con los míos por encima de mi cabeza.
—¿Cómo
lo sabes?
Elevo
la cabeza para besarlo. Qué loco está. Es encantador.
—Aunque
eso fuera verdad, que no lo es, ahora mismo mi temperatura corporal se sale de
lo habitual, así que probablemente tus bebés se estén cociendo mientras
hablamos.
Lanza
un grito ahogado en una dramática exhibición de pánico, se levanta y tira de mí
para ponerme en pie.
—Joder,
señorita. Tenemos que refrescarte. —Me carga sobre sus hombros y me da una
palmada en el culo.
—¡Ah!
—grito riéndome, encantada con su actitud juguetona—. Entra despacio para que
me acostumbre a la temperatura.
—De
eso, nada —se apresura a contestar haciéndome temer lo peor—. No tenemos tiempo
para andarnos con tonterías. Corremos el riesgo de tener un par de bebés
demasiado hechos.
Me
agarra de las caderas obligándome a lanzar un grito y a retorcerme, pero me
sujeta con fuerza. Me sostiene en el aire, con sus enormes palmas en mis
caderas. Le apoyo las manos en los hombros y miro hacia abajo. Está intentando
permanecer serio. Yo sonrío tanto que me duelen las mejillas.
—Hola,
preciosa mía.
—Hola.
Empiezo
a prepararme. Sé lo que va a pasar, o espero saberlo.
Pierde
la batalla y me pone los pelos de punta con su sonrisa, flexiona los brazos y
desciende para darme un fuerte beso en los labios.
—Adiós,
preciosa mía.
Sus
poderosos brazos se tensan al instante y me lanza al agua oscura. Suelto un
grito al tiempo que agito los brazos y las piernas a lo loco, muerta de risa.
Caigo al agua aún chillando, pero por poco tiempo, ya que me sumerjo en ella.
Los sonidos amortiguados de frenética actividad en el mar que me rodea no se
deben sólo a mis movimientos, de modo que pataleo con urgencia y subo a la
superficie.
Emerjo,
tomo aire y giro en redondo, buscándolo. No está por ningún lado y, aparte de
mis irregulares inhalaciones, sólo hay silencio. Me quedo lo más quieta que
puedo, agitando las piernas lo justo para mantenerme a flote. Maldita sea,
¿dónde se ha metido? Unas silenciosas ondas de agua se forman desde mi
posición, y no estoy segura de si soy yo quien las causa o si es algo procedente
de las profundidades, algo alto, musculoso y maravilloso; algo que es capaz de
contener la respiración durante un tiempo tremendamente largo. No sé por qué,
pero yo también aguanto la respiración,
planeando
en silencio mi próximo movimiento. ¿Me quedo quieta y en silencio o nado a toda
prisa hasta la orilla?
Nadar,
quedarme, nadar, quedarme.
Libero
el aire almacenado en mis pulmones.
—Mierda,
mierda, mierda.
Estoy
dividida, mi corazón galopa mientras me enfrento a mi indecisión, pero entonces
oigo cómo el agua salpica detrás de mí y, sin esperar instrucciones, mis
piernas entran en acción. Nado como si mi vida dependiera de ello, como si un
tiburón me estuviera persiguiendo. Y también chillo como una niña.
—¡Mierda!
—grito, atravesando el aire nocturno con mi boca sucia cuando me agarra del
tobillo y me hunde en el agua.
Me
transformo en un amasijo salvaje de brazos y piernas. Probablemente lo esté
golpeando, pero no puedo controlarlo. Además, le está bien empleado. La
sorpresa inicial acaba de transformarse en una ligera ira, y me encuentro
forcejeando con las manos que me atrapan. La sal me escuece en los ojos cada
vez que intento abrirlos, y mis pulmones están a punto de estallar... y ahora
de repente tengo su cabeza entre las piernas.
Emerjo
a la superficie e inmediatamente libero el aire de mis pulmones con un grito de
furia.
—¡Tom!
—Estoy sentada sobre sus hombros mientras nos dirige a la orilla cogiéndome de
los gemelos.
—¿Qué
pasa, nena? —Él ni siquiera jadea.
—¿De
qué vas? —Empiezo a golpearle la cabeza unas cuantas veces hasta que finalmente
lo agarro de la barbilla y le levanto la cara—. Déjame verte —le ordeno con
agresividad.
Se
echa a reír.
—Hola.
—Eres
un peligro.
Se
desplaza por el agua sin el menor esfuerzo, como si fuera alguna especie de
criatura de otro mundo.
—Me
amas —dice seguro de sí mismo.
Me
agacho pero no llego hasta él.
—Quiero
darte un beso —lloriqueo.
—Lo
sé. —Con una serie de movimientos firmes y bien coordinados, me baja de sus
hombros y me coge en brazos en cuestión de milésimas de segundo—. Y ahora ya
puedes.
Mi
sonrisa parece haberse quedado fija en mi cara, y el brillo de sus ojos no
muestra señales de disiparse. Estamos tan felices. Me encanta este Tom
relajado, lujurioso y travieso. El séptimo cielo de Tom es maravilloso.
Sigueeeee👏👏👏
ResponderBorrarMe encanto virgi estuvo buenísimo estos caps y como me reí jajaja, espero los próximos
ResponderBorrarQue bello *.*
ResponderBorrarSube pronto
Subeee
ResponderBorrarHermoso capitulo.!
ResponderBorrarEspero q nadie arruind la felicidad :)