CAPITULO
# 25.-
Podría
acostumbrarme a esto sin problemas. A dormir hasta tarde todas las mañanas y
desperezarme tranquilamente, a sentir la brisa sobre mi cuerpo desnudo y a
pasearme por el porche para observar a
mi
dios en la distancia, corriendo por la curva bahía. Podría prepararle el
desayuno, a pesar de que detesto profundamente cocinar, y podría sentarme
desnuda a la mesa mientras él lo devora con constantes gemidos de aprobación
antes de hundir el dedo en el tarro de mantequilla de cacahuete que estoy
segura de que ha traído él, porque es de la marca Sun-Pat. Podría abrir la boca
cuando me lo ordenara para dejar que me alimente, y podría estirar el brazo
para acariciarle el torso desnudo y bronceado simplemente porque me apetece
hacerlo. Podría mojar la silla cuando me guiña el ojo, me
coloca
sobre su regazo, me devora la boca y continúa desayunando con una mano mientras
me sostiene con la otra, ofreciéndome de vez en cuando bocaditos de salmón con
el tenedor. Podría ponerme el biquini en la privacidad del Paraíso sin recibir
miradas de espanto ni exigencias de que me pusiese algo que me tapara más, y
nadar tranquilamente en la piscina fresca y gigante de la villa.
Podría
dejar que me sacara cogiéndome de la mano y que me secara; que me envolviera en
la toalla y me llevara hasta la ducha para enjabonarme y mimarme de todas las
maneras posibles. Mimarme... y algo más. Sí, sin duda podría acostumbrarme a
esto perfectamente.
Es
nuestro último día en el Paraíso, y me siento un poco triste, a pesar de mi
tremendo estado de felicidad. Es nuestro último día de poder disfrutar en
soledad el uno del otro, sin distracciones y sin los problemas que nos esperan
en Londres a nuestro regreso.
Estoy
sentada en la cama, con bolas de papel higiénico entre los dedos de los pies y
un frasco de pintaúñas rosa intenso en la mano. Ya es mediodía. Nos hemos
pasado toda la mañana llevando a cabo nuestra normalidad, y ahora me estoy
preparando para pasar la tarde en el puerto y una cena al anochecer. No quiero
volver a casa. Quiero quedarme en el Paraíso eternamente, solos Tom y yo.
—Creía
que habíamos quedado en que ya no ibas a pintarte más las uñas ni a beber
whisky.
Levanto
la vista y veo a Tom realizando la mundana tarea de frotarse su masa de pelo castaño
oscuro con una toalla húmeda, pero no tiene nada de mundano cuando es él quien
lo hace. Nada de lo que hace este hombre es corriente ni ordinario. Me reclino
sobre mi almohada y disfruto de la deliciosa escena. Está desnudo, y yo babeando.
—Tengo
que pintarme las uñas de los pies. —Agito el bote y desenrosco el tapón—. No
tardaré, las manos ya las tengo hechas —digo, y le muestro las uñas de los
dedos ya secas pintadas de rosa.
Se
pasea hacia mí, desnudo, bronceado y con paso decidido, y gatea por la cama
hasta que está de rodillas delante de mis pies.
—Déjame
a mí. —Se coloca la toalla sobre los muslos, me coge el pie y lo apoya sobre la
tela de algodón blanco.
—¿Quieres
pintarme las uñas? —pregunto divertida ante la idea de que mi masculino marido quiera
realizar una tarea tan propia de chicas. Me dirige una mirada de indiferencia
para mostrar claramente que no le importa mimar a su esposa hasta ese extremo.
Me
quita el pintaúñas de las manos y me recoloca el pie delante de él para desempeñar
la labor que se ha autoasignado.
—Será
mejor que vaya practicando —me informa, muy serio—. Pronto no llegarás.
Por
acto reflejo, mi pierna sale despedida y lo golpeo en todo el estómago, pero no
consigo el efecto deseado. Él sonríe y vuelve a colocarme bien el pie.
—No
quiero volver a casa —digo.
—Yo
tampoco, nena. —No parece sorprenderlo oírmelo decir, como si me hubiera leído
la mente, o porque claramente está pensando lo mismo que yo. Desliza el pincel
por el centro de mi dedo gordo y después por los lados.
—¿Cuándo
podremos volver aquí? —pregunto, y observo cómo arruga la frente concentrado.
Eso me hace sonreír, y olvido momentáneamente mis deprimentes pensamientos.
—Podemos
volver siempre que quieras. Sólo tienes que decirlo y te meteré en ese avión.
—Me limpia con el dedo la base de la uña y se aparta para observar su trabajo.
No está mal, teniendo en cuenta lo grandes que son sus manos y lo minúsculo que
es el pincel. Me mira— . ¿Lo has pasado bien? —pregunta sonriendo. Sabe
perfectamente que sí, sobre todo porque acabo de decirle que no quiero irme.
—Es
el paraíso —respondo, y apoyo la cabeza hacia atrás—. Continúa —digo señalando
con la cabeza mi pie en su regazo.
Me
mira con el ceño fruncido de broma.
—Sí,
mi ama.
—Buen
chico. —Suspiro vagamente y me relajo sobre la almohada—. ¿Qué pasará cuando
lleguemos
a casa?
Continúa
pintándome las uñas sin darle a mi pregunta la importancia que merece. Hay que
hacer algo, y a ser posible tiene que hacerlo la policía, no Steve. Aunque
agradezco que Tom me haya sacado del país unos días, sé que en parte lo ha
hecho para mantener su propia cordura. No puede esconderme en el Paraíso
eternamente, aunque sé que él no cree que su ambiciosa intención sea irracional
en absoluto, y si sigue comportándose de esta manera tan alegre y relajada, yo
tampoco lo creeré. Estamos en el Paraíso, tengo que acordarme de eso. Es porque
me tiene sólo para él, sin interrupciones ni problemas. Ésa es la única razón
por la que me encuentro tan feliz en el séptimo
cielo
de Tom. Regresar a Londres me sacará inmediatamente de este estado, estoy
segura.
—Lo
que va a pasar es que vas a volver al trabajo y vas a cumplir de una vez tu
promesa de poner a Patrick al tanto sobre Mikael. —Me mira esperando mi
asentimiento, pero me hago la sueca.
—¿Crees
que fue Mikael quien te robó el coche?
—No
tengo ni puta idea, ______. —Me coloca el pie sobre la cama y me coge el otro—.
Estoy en ello, así que no quiero que tu preciosa cabecita se preocupe por eso.
—¿Qué
significa que estás en ello? —No puedo evitar la pregunta. Quiero saberlo
porque algo me dice que, como todo lo que hace Tom, no será de la manera
convencional.
Tal
y como esperaba, me lanza una mirada de advertencia y sé que, si insisto, es
posible que salga del séptimo cielo de Tom antes de volver a Londres.
Aguanto
su mirada de reproche durante unos instantes, sin apartarla ni cambiar mi gesto
expectante,
pero sé que no va a proporcionarme una respuesta satisfactoria. Ya he aceptado
ese hecho, y también he decidido mentalmente que no voy a buscarla.
—Fin
de la historia —se limita a contestar, y sé que es así.
Por
lo tanto, me relajo y dejo que termine la complicada tarea de pintarme las uñas
de los pies mientras agradezco en silencio sus atenciones y el hecho de que
esté agachado e incómodo para realizar su trabajo con precisión, aunque a pesar
de la postura en su estómago no se forma ni un solo michelín.
—Ya
está —anuncia, y cierra el bote de pintaúñas—. Hasta yo estoy sorprendido de mi
obra maestra —dice sin bromear.
Levanto
el pie y me inclino para observarlo esperando ver medio pie de color rosa, pero
no. Al parecer, también se le da de maravilla pintar uñas, igual que todo lo
demás, menos cocinar.
—No
está mal —digo como si tal cosa, fingiendo quitarme un poco de pintura del dedo
que ni siquiera está ahí.
—¿Cómo
que no está mal? Lo he hecho mejor que tú, señorita. —Se pone en pie—. Tienes mucha
suerte de tenerme.
Resoplo.
—¿Y
tú no tienes suerte? —pregunto con incredulidad. Menudo capullo arrogante.
—Yo
tengo aún más suerte. —Me guiña el ojo y dejo de sentirme ofendida al instante
con un suspiro.
—Vamos,
señorita. Salgamos a explorar. —Se lo ve con mucho más ánimo de salir hoy que
ayer, lo que demuestra que definitivamente disfrutó amándome de otra manera.
Nos
detenemos al salir de una rotonda ante un control de seguridad para acceder al
puerto. Tom baja la ventanilla, muestra una tarjeta de plástico a la pantalla y
las puertas se abren inmediatamente, dejándonos pasar.
—¿Dónde
estamos? —pregunto inclinándome hacia adelante en mi asiento para mirar la
carretera.
—Esto
es el puerto, nena. —Avanza a paso de tortuga y gira hacia una zona peatonal.
La gente empieza a apartarse, sin prestar la menor atención al DBS, cosa que me
resulta bastante extraña, pero pronto veo las decenas de cochazos que hay
aparcados más adelante. Y no hablo sólo de Mercedes o BMW, sino de Bentley,
Ferrari e incluso otro Aston Martin. Son todo automóviles de millonarios.
Esta
gente está acostumbrada a coches que cuestan una pasta absurda. Las filas de
vehículos pronto dejan de ser el centro de mi atención cuando diviso las
hileras e hileras de botes. No, no son botes: son yates.
—¡Joder!
—susurro mientras Tom estaciona en una plaza de aparcamiento vacía y apaga el
motor.
—¡______,
por favor, esa boca! —exhala, indignado. Luego baja del coche y se acerca a mi
lado. Estoy pegada al asiento, fascinada por la brillante blancura de las numerosas
moles que flotan en el puerto deportivo—. Sal.
Salgo
con la mente ausente y con la ayuda de la mano de Tom mientras sigo con la mirada
fija en las embarcaciones. No sé qué decir. Pero entonces se me ocurre algo.
—Por
favor, no me digas que uno de ésos es tuyo. —Lo miro con los ojos abiertos de
par en par.
No
sé de qué me sorprendo. Mi hombre está podrido de pasta, pero ¿un yate?
Sonríe
y se pone las gafas de sol.
—No,
lo vendí hace muchos años.
—Pero
¿tenías uno?
—Sí,
pero no tenía ni puta idea de navegar con ese trasto. —Me coge de la mano y me
aleja del coche en dirección a un camino apartado de los vehículos en
movimiento.
—¿Y
para qué te lo compraste? —pregunto, mirándolo.
Él
simplemente se encoge de hombros y señala el mar.
—Por
ahí está Marruecos.
Sigo
la dirección que me indica pero sólo veo agua. Está intentando distraerme para
que deje de hacer preguntas.
—Qué
bonito —digo con tono sarcástico para que sepa que sé lo que pretende. Estoy
sacando mis propias conclusiones sobre el Paraíso y estos grandes yates pero,
como ya me he recordado antes a mí misma, el pasado de Tom es exactamente así.
—El
sarcasmo no te pega, señorita. —Me cobija bajo su brazo y empieza a
mordisquearme la oreja—. ¿Qué te apetece hacer?
—Vamos
a perdernos.
—¿A
perdernos?
—Sí,
a dejarnos llevar. —Lo miro y veo su expresión divertida—. A ver adónde nos
llevan los pies.
Me
sonríe, casi fascinado.
—De
acuerdo. Esto va a ser como lo de Camden.
—Exacto.
Como lo de Camden, pero sin los sex-shops —concluyo.
Se
echa a reír.
—Bueno,
hay muchos sex-shops por las calles secundarias. ¿Quieres ir?
—No,
gracias —gruño recordando el bailecito en la barra que nos dedicó aquella loca dominatrix vestida
de cuero. Lanzo un grito ahogado para mis adentros. Era como Sarah. Joder, era
igual que ella, pero sin el látigo, que había sido sustituido por una barra.
Puede que Sarah también tenga una, quién
sabe, pero lo que me acaba de venir a la
cabeza eclipsa las similitudes entre ambas mujeres.
»No
te gustaría eso, ¿verdad? —No hace falta que me explique. Sabe a qué me
refiero.
Me
agarra de la barbilla y tira de mi cara en su dirección.
—Ya
te lo he dicho. Sólo hay una cosa en este mundo que me ponga, y me encanta
verla de encaje.
—Bien
—respondo, porque no sé qué otra cosa decir. Es probable que él también haya
relacionado
a aquella mujer con Sarah, y aunque Sarah confirmó más o menos la aversión de
Tom hacia su culo cubierto de cuero, necesito que él me lo diga.
Me
besa la frente e inspira hondo oliendo mi cabello.
—Venga,
señora Kaulitz. Vamos a perdernos.
Para
cuando regresamos al puerto deportivo estoy absolutamente harta de deambular, y
sé que Tom me ha malcriado muchísimo, insistiendo en comprarme todo lo que
cogía o miraba con la intención de reducir mi tiempo de exploración. Eso no me
habría importado tanto de no ser por la clase de tiendas que estábamos
visitando. Esto no es Camden. Sí, había algunos puestos de baratijas, pero nos
hemos movido principalmente por las numerosas tiendas de grandes diseñadores,
de modo que me siento mil veces más pija que cuando fuimos a Harrods. Los
tranquilos espacios minimalistas apenas tenían unas cuantas prendas clave, lo
que no daba pie a rebuscar mucho. Me he atrevido a tocar
un
bolso marrón precioso sólo para sentir la suavidad de su piel, y Tom, por
supuesto, ha interpretado mi pequeño movimiento como un indicativo de que me
gustaba y me lo ha regalado al instante. No he intentado detenerlo. Me encanta
mi bolso nuevo, de modo que le he mostrado mi gratitud, a la que ha respondido
comprándome cualquier cosa que he mirado durante toda la tarde, y con cada
artículo que adquiría me observaba esperando que le diera las gracias.
Ahora
va cargado con mil bolsas, y el pobrecillo parece agobiado.
—Voy
a dejarlas en el coche. Espérame aquí. —Me deja a un lado de la zona peatonal
aplicándome
un protector labial, se acerca al DBS para librarse de las bolsas y vuelve
rápidamente y me levanta por los aires.
Lanzo
un gritito de deleite suspendida en sus brazos.
—Joder,
te he echado de menos. —Su boca se desliza con facilidad sobre mis labios
recién
hidratados
mientras me toma delante de todo el mundo. Como siempre, me olvido de dónde
estamos y de quiénes nos rodean y dejo que haga lo que quiera conmigo—. Mmm,
sabes bien. —Se aparta y pega y despega sus propios labios, que ahora brillan
ligeramente cubiertos con mi protector.
—Si
quieres llevar pintalabios hazlo como es debido. —Levanto el brazo para
ponérselo y no intenta detenerme. Incluso frunce la boca para facilitarme la
tarea—. Mejor —concluyo con una sonrisa—. Estás incluso más guapo así.
—Seguro
que sí —asiente sin problemas mientras pega los labios para extenderse bien la
crema—. Vamos, tengo que alimentar a mi esposa y a los cacahuetes.
Vuelve
a dejarme en posición vertical y me coloca en su sitio los tirantes de mi
vestidito de verano amarillo que se habían deslizado por mis brazos.
—Hay
que ajustar esto.
Le
aparto las manos con los hombros y echo a andar mientras me subo los tirantes
yo misma e ignoro los gruñidos de protesta que oigo detrás de mí.
—¿Adónde
vas a llevarme a comer? —pregunto por encima del hombro mientras continúo andando.
Pero no avanzo mucho. Me agarra de la muñeca y empiezo a tirar de un peso
muerto.
—No
te alejes de mí —dice prácticamente gruñendo, y hace que me vuelva para
quedarme frente a él. Tiene el ceño fruncido, mientras que yo sonrío—. Y ya
puedes ir borrando esa sonrisa de tu rostro. —Empieza a ajustarme los tirantes
mascullando alguna gilipollez acerca de que soy una esposa insufrible que lo
saca de sus casillas—. Mejor. ¿Y toda la ropa que te compré?
—En
casa —respondo tajantemente.
Nada
de aquello me valía para ir de vacaciones a un sitio soleado. No me dio tiempo
de salir a comprar ropa para ir de vacaciones, así que me he apañado con lo que
tengo desde hace años. Es de cuando tenía veinte, y no para de quejarse de que
las prendas lo reflejan.
Inspira
hondo para armarse de paciencia.
—¿Por
qué te empeñas en ser tan imposible?
—Porque
soy consciente de que te saca de tus casillas. —Estoy rozando sus límites, lo
sé, pero no pienso ceder en esto. Jamás.
—Disfrutas
volviéndome loco.
—Te
vuelves loco tú solito. —Me echo a reír—. No necesitas ayuda para eso, Tom. Ya
te lo he dicho: no vas a decirme qué puedo llevar y qué no.
Sus
ojos cafeces me miran cargados de irritación, pero no consigue amedrentarme.
Soy muy valiente.
—No,
tú me vuelves loco —repite, porque no sabe qué otra cosa decir.
—¿Y
qué vas a hacer? —pregunto con suficiencia—. ¿Divorciarte de mí?
—¡Esa
puta boca!
—¡Pero
si no he dicho ningún taco! —digo riéndome.
—¡Sí
que lo has hecho! Has dicho la peor palabra que existe. Te prohíbo que la
digas.
Suelto
una carcajada.
—¿Que
me lo prohíbes?
Cruza
los brazos sobre su pecho como un acto de autoridad, como si yo fuese una niña.
—Sí,
te lo prohíbo.
—Divorcio
—susurro.
—Tienes
una actitud muy infantil —farfulla enfurruñado como un niño.
—¿En
serio? —Me encojo de hombros—. Dame de comer.
Lanza
una carcajada burlona y sacude la cabeza.
—Debería
dejar que te murieses de hambre y recompensarte con comida cuando hicieras lo
que se te dice. —Me coge de los hombros, hace que gire sobre mis talones y me
guía hacia un restaurante en primera línea de playa—. Voy a darte de comer
aquí.
Nos
enseñan una mesa para dos en la terraza y nos acomoda un español muy risueño
con el pelo negro y liso y un bigote a juego.
—¿Qué
quieren beber? —pregunta con un marcado acento.
—Agua,
gracias. —Tom me sienta y me acerca a la mesa. Después toma asiento enfrente de
mí y me pasa un menú—. Las tapas son fantásticas.
—Elige
tú —digo devolviéndole el menú por encima de la mesa—. Seguro que eliges bien.
—Enarco las cejas con descaro y me quita la carta de las manos con aire
pensativo, pero no me mira mal ni con reproche.
—Gracias
—dice lentamente.
—De
nada —respondo sirviendo el agua después de que el camarero haya dejado una
jarra helada con cubitos sobre la mesa. Está húmeda por fuera, y me ha entrado
una sed horrible al ver las gotas de agua descendiendo por el recipiente de
cristal. Me bebo el vaso entero de un trago y me sirvo otro.
—¿Tienes
sed? —Me mira pasmado mientras apuro rápidamente el segundo vaso y asiento por detrás
de éste—. Ten cuidado —me advierte. Lo miro extrañada, pero soy incapaz de
dejar de tragar el líquido helado—. Podrías ahogar a los pequeños.
Me
atraganto un poco con la risa y dejo el vaso en la mesa para coger mi
servilleta.
—¿Quieres
dejar eso ya?
—¿El
qué? Sólo estoy mostrando preocupación de padre. —Parece herido, pero sé que
finge.
—Crees
que no soy capaz de cuidar de nuestros hijos, ¿verdad?
—En
absoluto —contesta con cariño pero sin ninguna convicción. De verdad no me cree
capaz.
Me
quedo pasmada, y es probable que mi cara lo refleje, aunque se niega a mirarme
a los ojos y no puede verlo.
—¿Qué
coño crees que voy a hacer? —inquiero. Me arrepiento de haber expresado la
pregunta en el mismo momento en que sale de mi boca, y más todavía cuando de
repente levanta la vista y me lanza una mirada de escepticismo—. Ni una palabra
—le advierto con la voz rota, y unas lágrimas de remordimiento inundan mis
ojos. Me esfuerzo todo lo posible en reabsorberlas, mortificándome mentalmente
por haber tenido alguna vez esos pensamientos tan insensibles. Bastante
culpable me siento ya como para que venga él a alimentar ese sentimiento.
Miro
hacia todas partes menos a Tom, porque si lo hago recordaré ese oscuro capítulo
que necesito olvidar. No lo culpo por poner en duda mis capacidades. Incluso yo
dudo de mí misma, pero lo tengo a él, como no cesa de recordarme.
Al
instante está sentado a mi lado, estrechándome contra sí, acariciándome la
espalda y
hundiendo
la boca en mi pelo.
—Lo
siento. No te angusties, por favor.
—Estoy
bien —digo para tranquilizarlo. Es bastante evidente que bien no estoy, pero no
puedo perder las riendas de mis emociones en medio de un restaurante a la vista
de todo el mundo. Ya me está mirando una mujer que se ha sentado unas mesas más
allá. No tengo ganas de aguantar a la gente entrometida, así que le lanzo una
mirada y me aparto del pecho de Tom—. Te he dicho que estoy bien —espeto
bruscamente, y cojo el vaso de agua para hacer algo que no sea llorar.
—_______
—dice en voz baja, pero no puedo mirarlo. No puedo mirar a los ojos del hombre
que amo sabiendo que en ellos sólo veré desprecio hacia mi persona. ¿Dejará
alguna vez que me olvide de eso? Jamás lo habría hecho, pero la idea estaba
ahí, y él lo sabe—. Mírame —me pide en un tono más firme y autoritario esta
vez, pero lo desobedezco al ver que esa maldita mujer sigue mirándonos.
La
miro directamente, indicándole con la mirada que se meta en sus putos asuntos,
y pronto vuelve a centrarse en su cena.
—Tres.
Pongo
los ojos en blanco, pero no porque haya iniciado la cuenta atrás. No, es porque
sé que no va a follarme ni a torturarme cuando llegue a cero.
—Dos.
Es
como si me colgara delante una zanahoria que sé que nunca voy a morder. Sé que
suena ridículo, pero la necesidad de Tom y de que me someta follándome de todas
las maneras posibles ya forma parte de mí, y el embarazo no hace sino aumentar
ese deseo.
—Uno.
Exhalo
de tedio y empiezo a juguetear con mi tenedor, negándome a ceder y,
probablemente, haciéndole perder los estribos.
—Cero,
nena.
Me
levanta de la silla antes de que mi cerebro tenga tiempo de asimilar el último
número de la cuenta atrás y de repente me encuentro en el suelo, con las
muñecas sujetas a ambos lados de la cabeza y a Tom a horcajadas sobre mi
cintura. Se hace el silencio en el restaurante y a mí se me salen los ojos de
las órbitas. Podría oírse el vuelo de una mosca. Miro a Tom, a quien parece
importarle un pimiento dónde nos encontramos. Me ha tumbado en el suelo de un
restaurante. ¿A qué coño está jugando? No me atrevo a apartar los ojos de él.
Siento cómo un millón de pares de ojos observan el
espectáculo
que acaba de montar. Me muero de vergüenza.
—Tom,
suéltame.
Podría
esperar cualquier cosa de él, pero ¿esto? Esto sobrepasa todos los límites.
Joder, ¿y si alguien intentara apartarlo de mí?
—Te
lo advertí, nena —dice con expresión divertida mientras yo permanezco
simplemente
horrorizada—.
Donde sea y cuando sea.
—Vale,
muy bien. —Me retuerzo—. Ya me ha quedado claro.
—Pues
yo creo que no —dice como si tal cosa poniéndose cómodo con la cara suspendida
sobre la mía—. Te quiero.
Deseo
que se me trague la tierra. Una cosa es que empiece a comerme la boca en una
calle llena de gente a plena luz del día, pero retenerme en el suelo de un
restaurante lleno es una locura.
—Ya
lo sé. Suéltame.
—No.
Joder,
ni siquiera oigo el chirrido metálico de los cubiertos, lo que me indica que
todo el mundo ha dejado de comer.
—Por
favor —ruego en voz baja.
—Dime
que me quieres.
—Te
quiero —mascullo entre dientes.
—Dímelo
de verdad, _____. —No va a ceder, no hasta que obedezca su orden estúpida e
irracional para su satisfacción.
—Te
quiero —digo con más suavidad, pero sigue sonando molesto.
Me
mira con recelo, pero ¿qué espera? Me siento tremendamente aliviada cuando se
aparta y me ayuda a levantarme mientras él permanece de rodillas delante de mí.
Me tomo mi tiempo para colocarme bien la ropa y el pelo, cualquier cosa con tal
de no enfrentarme a las masas de comensales que, sin duda, estarán mirándonos
con la boca abierta. Después de pasar mucho más tiempo del necesario arreglándome,
me decido a mirar a mi alrededor y deseo de nuevo que me parta un rayo al instante
o que se me trague un agujero negro. Siento la tentación de salir corriendo,
pero entonces me
doy
cuenta de que Tom sigue de rodillas delante de mí.
—Levántate
—le susurro con los dientes apretados, a pesar de que es evidente que todo el
mundo va a oírme. El restaurante sigue estando en absoluto silencio.
Empieza
a caminar sobre las rodillas hasta que está delante de mis piernas, y entonces
desliza las manos alrededor de mi culo y me mira con ojos de cachorrito.
—_____
Kaulitz, mi chica desafiante y preciosa. —Mi rostro está alcanzando tonalidades
de rojo desconocidas—. Me haces el hombre más feliz del planeta. Te has casado
conmigo, y ahora me bendices con mellizos. —Traslada la mano de mi trasero a mi
vientre y me lo acaricia en círculo como adorándolo antes de darle un beso en
el centro. Los espectadores empiezan a suspirar—. No tienes ni puñetera idea de
cuánto te quiero. Vas a ser una madre increíble para mis hijos. —No puedo hacer
nada más que mirarlo mientras hace su declaración pública dejándonos en
ridículo. Oigo más suspiros. Empieza a besarme por todo el cuerpo hasta que
llega a mi cuello—. No intentes evitar que te ame. Me entristece.
—¿Te
entristece o te enloquece? —pregunto en voz baja.
Levanta
la cabeza de mi cuello y me recoge el pelo. Lo suelta por mi espalda y me
agarra las mejillas con las manos.
—Me
entristece —reafirma—. Bésame, mujer.
No
quiero seguir pasando esta vergüenza, así que me rindo y le concedo lo que
quiere. Es la manera más rápida de salir de esta situación. Pero entonces todo
el mundo empieza a aplaudir, y al instante Tom abandona mis labios, empieza a
saludar inclinándose y vuelve a sentarme en mi silla.
¿Vamos
a quedarnos?
—La
amo —dice encogiéndose de hombros, como si eso explicara por qué acaba de
tirarme al suelo para exigirme que le declare mi amor y de anunciar ante un
montón de extraños que estamos esperando mellizos.
—¡Mellizos!
Doy
un brinco ante el grito de emoción en un mal inglés del camarero, que agita una
botella de champán delante de nosotros. Me sabe fatal. Es muy amable por su
parte, pero ninguno de los dos vamos a bebérnoslo.
—Gracias.
—Le sonrío, y rezo para que no se espere para ver cómo brindamos y bebemos—. Muy
amable.
Debe
de haber escuchado mis oraciones o de haber visto mi cara de apuro, porque se
aleja y me deja observando el entorno. La gente ha vuelto a ocuparse de su
cena, algunos nos miran con afecto de vez en cuando, pero parece que ya hemos
dejado de ser el centro de atención. La mujer de antes, sin embargo, sigue
mirando. La observo con el ceño fruncido, pero Tom me distrae cuando apoya las manos
sobre mi rodilla. Me vuelvo y veo su cara de traviesa satisfacción. Sí, ha
dejado su postura bien clara, y ante muchos testigos.
—No
puedo creer que hayas hecho eso.
—¿Por
qué? —Aparta las copas de champán de delante de nosotros.
Me
dispongo a explicárselo, pero entonces siento que alguien me mira de nuevo, y
sé quién es.
Me
vuelvo despacio y la sorprendo otra vez. Está a varias mesas de distancia y hay
mucha gente entre nosotros, pero un pequeño espacio entre la multitud me
permite verla perfectamente, y está claro que ella también me ve a mí, porque
no para de cotillear.
—¿Conoces
a esa mujer? —pregunto sin apartar la mirada de ella, a pesar de que ha vuelto
a centrarse en su comida.
—¿A
qué mujer? —Tom se inclina sobre mí para seguir la dirección de mi mirada.
—A
esa de ahí, la que lleva el cárdigan azul claro. —Estoy a punto de señalar,
pero cuando me doy cuenta vuelvo a bajar la mano—. ¿La ves?
Pasa
una eternidad, o eso me parece a mí, y todavía no me ha contestado. Me vuelvo y
veo que su rostro bronceado empieza a perder color y a adoptar una expresión de
estupefacción.
—¿Qué
pasa? —Le pongo como por instinto la mano en la frente para tomarle la
temperatura, y en cuanto lo toco noto que está helado—. ¿Tom? —Tiene la mirada
perdida, como si se hallara en un completo trance. Estoy preocupada—. Tom, ¿qué
pasa?
Sacude
la cabeza como si acabara de recibir un golpe y me mira con ojos atormentados.
Sé que mi marido está intentando hacer como si no pasara nada, pero fracasa
estrepitosamente. Está pasando algo horrible.
—Nos
vamos. —Al ponerse de pie tira un vaso, lo que atrae de nuevo la atención de la
gente.
Arroja
un puñado de billetes sobre la mesa, me obliga a levantar mi culo perplejo de
la silla y me dirige afuera del restaurante.
Camina
a gran velocidad hacia el coche, prácticamente arrastrándome consigo.
—¿Qué
coño te pasa? —insisto, pero sé que es en vano. Se ha cerrado por completo.
Abre
la puerta del DBS, lo observo y empieza a guiarme hacia el interior pero no me
responde.
No
me mira, ni me hace ningún gesto ni me da ninguna explicación. Sin embargo,
siento que su hombro se tensa y empieza a jadear. Tiene la mirada perdida por
detrás de mí, aunque sigue instándome a meterme en el coche.
—¿Tom?
La
voz desconocida llama mi atención, y aparto la vista de mi atribulado marido
para ver a quién pertenece. Es esa mujer. La miro confundida y siento cómo él
me agarra con más fuerza. También puedo oír su respiración. Estoy totalmente
confundida, pero la reconozco, y miro de arriba abajo a esa extraña que se ha
pasado la mayor parte del tiempo observándome en la terraza, u observando a mi hombre,
o a los dos. No estoy segura, pero cuanto más la miro, más claro se vuelve
todo.
Tom
intenta posicionarme para meterme en el coche pero yo le aparto las manos.
Estoy
demasiado
intrigada.
—_____,
nena, nos vamos. —No me grita ni me da órdenes a pesar de mi resistencia, y me
entran ganas de llorar.
—Tom,
hijo. —La mujer se acerca y mis temores se confirman.
—No
tienes derecho a llamarme así —responde él tajantemente—. ______, entra en el
coche.
Obedezco.
Ésa era toda la confirmación que necesitaba. No necesito oír nada más, ni tampoco
explicaciones. Es la madre de Tom. Me vuelvo en el asiento y veo cómo rodea el
vehículo por detrás para dirigirse a la puerta del conductor, y me entra el
pánico al ver que su madre corre para detenerlo.
Veo
cómo le pone una mano en el brazo y él se la sacude. Oigo cómo ella le ruega
que le dé una oportunidad para hablar, y veo cómo pega el cuerpo contra la
puerta del conductor para impedirle que
acceda
al coche. Se lleva las manos al pelo y se tira de él. La expresión de dolor de
su rostro me parte el alma. Sé que sería incapaz de apartar a su madre a la
fuerza, así que no hay nada que pueda hacer.
No
puedo permanecer aquí sentada viendo cómo se enfrenta a esto solo, por lo tanto
salgo y me dirijo hacia ellos llena de determinación.
Me
planto delante de Tom como si fuera un escudo protector y la miro directamente
a los ojos.
—Por
favor, le ruego que se aparte.
Él
se inclina por encima de mí.
—No
deberías estar aquí. ¿Qué haces aquí? —dice con la voz rota y temblorosa, en
consonancia con su cuerpo. Siento las vibraciones en mi espalda—. Amalie se
casa este fin de semana en Sevilla. ¿Qué haces aquí?
Entonces
me doy cuenta de algo. No leí del todo la invitación, así que no me fijé en la
fecha ni en el lugar, pero está claro que Tom sí. ¿Por qué, si no, iba a
traerme aquí sabiendo que sus padres andarían cerca? Jamás se arriesgaría a
encontrárselos. Lo cierto es que me extrañó, pero no quería agobiarlo con el
tema. No obstante, resulta que están aquí, lo que ha sumido a Tom en un
tremendo estado de confusión.
—Es
tu padre —explica ella—. La boda se ha aplazado porque tu padre sufrió un
infarto. Amalie intentó ponerse en contacto contigo al ver que no respondías a
su invitación.
Tom
pega su pecho al mío y sé que va a hablar, cosa que me alegra, porque yo no sé
qué decir.
Estoy
alucinada. Es demasiada información para asimilarla.
—¿Y
por qué intentó ponerse en contacto conmigo Amalie y no tú?
—Pensé
que a tu hermana sí le cogerías el teléfono —se apresura a responder—. Esperaba
que a ella sí que le contestaras.
—¡Pues
te equivocabas! —ruge por encima de mi hombro, y me estremezco—. Ya no puedes hacerme
esto. Ya no, mamá. Tu influencia ya me jodió la vida bastante, ¡pero ahora me
va bien por mi cuenta!
La
mujer se encoge pero no intenta defenderse. Sus ojos cafeces, iguales que los
de Tom, están cargados de pesar y de desesperación. Me pasan demasiadas cosas
por la cabeza, pero mi prioridad es mi marido y su evidente sufrimiento. Su
madre lo está pasando mal también, pero ella no me gusta, así que no me afecta
cómo pueda sentirse.
—Mellizos
—susurra estirando la mano hacia adelante.
Me
quedo estupefacta. Soy incapaz de moverme. Estudia mi vientre y veo el dolor
dibujado en su rostro arrugado. Tom tira de mí evitando en el último momento
que su mano me toque la barriga.
Entonces
salgo de mi aturdimiento y reevalúo la situación. No me lleva mucho tiempo.
Tengo que sacar a Tom de aquí.
—______.
—Me habla al oído con voz suave—. Por favor, sácame de aquí.
El
corazón se me parte en dos.
—Se
lo pido amablemente. —Miro a su madre, que continúa con la mirada fija en mi
abdomen—. Apártese, por favor.
—Es
otra oportunidad, Tom. —Ahora está sollozando, pero no siento compasión por
ella. Tom no dice nada. Permanece quieto y callado detrás de mí. Puede que haya
entrado en trance, lo que no me sorprendería en absoluto. Esas palabras no han
hecho más que avivar mi determinación y han transformado mis inminentes
lágrimas en pura ira. Aunque no puedo pegarle a su madre...
Me
vuelvo y deslizo la mano por el brazo de Tom.
—Vamos
—le digo con cariño tirando de él.
Se
deja llevar. Por una vez soy yo quien lo guía a él, y lo hago lo más de prisa
que puedo. Estoy decidida a sacar a mi marido de esta situación que tanta
angustia le está causando. Sólo lo he visto así unas pocas veces, y todas ellas
han acabado en dolor. No estoy preparada para exponerlo a él o a mí misma a más dificultades en nuestra relación.
Abro
la puerta del acompañante y lo insto a entrar. Tiene la mirada perdida. Me
siento aliviada cuando veo que su madre se coloca delante del coche, porque eso
me permite correr por la parte
trasera
y colarme en el asiento del conductor. Lo primero que hago es bloquear los
seguros, y después registro a Tom para encontrar las llaves. No he conducido
nunca por la derecha, ni sentada a la izquierda, pero no es momento de
preocuparse por algo tan trivial. Arranco el motor y apenas miro mientras doy
marcha atrás para salir del aparcamiento y meto primera para avanzar. Echo un
vistazo por el retrovisor y veo a un hombre que abraza a la madre de Tom. Es su
padre.
Observo
la carretera que tengo delante y veo las puertas de salida del puerto, pero no
me da tiempo a preocuparme en buscar la tarjeta, ya que éstas empiezan a
abrirse al instante y yo alejo a Tom de sus padres. Lo miro y no me gusta lo
que veo: un hombre angustiado, con la mirada perdida a través de la ventanilla
que no refleja ninguna emoción.
Si
estuviera cabreado me sentiría mejor, pero no lo está. Lo único que me resulta
familiar es la profunda arruga que se ha formado en su frente y los engranajes
de su mente compleja girando sin control. Por extraño que parezca, esos
pequeños rasgos me reconfortan ligeramente. En cambio, lo que pueda estar
pensando no lo hace.
¿Otra
oportunidad? Eso es lo que ha dicho. No me extraña que Tom haya reaccionado
como lo ha hecho, no cuando su madre acaba de sugerir que todo puede enmendarse
con el nacimiento de nuestros mellizos. Eso es algo cruel y egoísta, y jamás
borrará todos estos años de dolor y traición.
Estos
pequeños suponen una oportunidad para que Tom y yo seamos felices, no una
oportunidad para que sus padres corrijan sus errores. Si pretende usar a mis
hijos como una especie de terapia familiar, lo lleva claro.
No
tengo ni idea de adónde me dirijo, pero por fin consigo que Tom empiece a darme
algunas instrucciones. Al percibir la familiar fragancia del Paraíso me relajo
por completo. Conduzco por el camino adoquinado hasta la villa. Mi marido baja
del coche y se dirige apresuradamente hacia el porche, dejándome atrás sin
saber si seguirlo o no. No sé qué hacer. Sé que no vamos a hablar, así que tengo
que hacer lo que me dice mi instinto, que es estar ahí para él. No debo pedirle
información para saciar mis ansias de saber, ni patalear exigiendo respuestas.
Ya sé lo que tengo que hacer, y sé que los padres de Tom han influido demasiado
en su vida. Ahora le va bien por su cuenta, como él mismo ha
dicho,
y tengo que dejarlo tranquilo.
Lo
sigo hasta la villa y me lo encuentro de pie en medio de la habitación. Me
acerco a él en silencio, pero no se sorprende cuando lo cojo de la mano. Sabía
que andaba cerca, siempre lo sabe. Lo guío hasta el dormitorio y empiezo a
desabrocharle la camisa. No hay ninguna tensión sexual entre nosotros, ni
respiraciones agitadas y desesperadas. Sólo estoy cuidando de él.
Tiene
la cabeza gacha, está totalmente abatido, pero deja que lo desvista hasta que
se encuentra frente a mí completamente desnudo y callado. Lo dirijo hasta la
cama pero él permanece firme y m pone de espaldas a él. Empieza a bajarme la
cremallera del vestido, me alienta a levantar los brazos y me lo quita por la
cabeza. Dejo que haga lo que quiera, cualquier cosa con tal de que salga de
este estado melancólico, de modo que permanezco de pie y en silencio mientras
me desabrocha el sujetador y se arrodilla para bajarme las bragas. Me levanta y
enrosco las piernas alrededor de sus caderas. Se acomoda en la cama con la
espalda apoyada en la cabecera y conmigo sentada sobre su
regazo
y pegada a su pecho. No está preparado para dejar ningún espacio entre nuestros
cuerpos, y no me importa. Sus brazos me atrapan por completo. Su nariz está
hundida en mi pelo, y puedo oír sus latidos lentos y constantes. Es lo único
que puedo hacer por él, y lo haré hasta que me muera si es necesario.
CAPITULO
# 26.-
Esta
mañana me siento diferente. Estoy boca arriba, pero no desparramada sobre la
cama, y la leve brisa no acaricia mi piel desnuda. Tampoco puedo desperezarme.
Tardo unos cuantos segundos en darme cuenta de por qué. Estoy atrapada debajo
de Tom, que tiene medio cuerpo encima de mí y medio sobre la cama para no
ejercer demasiada presión sobre mi vientre. Tiene la cara hundida en el espacio
que hay entre mi mandíbula y mi hombro, con la mano abierta sobre mi abdomen, y
su aliento
cálido
y mentolado me calienta el cuello. ¿Por qué no ha salido a correr? Estoy algo
confusa, pero por poco tiempo. Mi mente se pone en marcha y empieza a
recordarme lo acontecido anoche, el dolor, la angustia y el desconcierto.
Nuestro paraíso se vino abajo. Nuestra pequeña burbuja de felicidad reventó.
Ahora sus padres saben que existo, después de la escenita que me montó en el
restaurante, y también saben que está casado y que espera dos hijos.
Hundo
los dedos en su cabello, miro al techo y empiezo a masajearle la cabeza
suavemente. No quiero pensar en esto. No quiero profundizar en ello, y no creo
que sea necesario. Verlo tan consternado fue suficiente para confirmar cómo se
siente con respecto a sus padres. Lo único que tengo que hacer es estar aquí,
escucharlo cuando quiera hablar y abrazarlo cuando necesite consuelo. Su rostro
de dolor me ha hecho revivir un montón de recuerdos oscuros entre nosotros:
como aquel día
en
el salón de Kate, cuando él me rogó que no lo dejase, o cuando lo abandoné
borracho en el Lusso, o cuando lo pillé en su oficina bajo los azotes de Sarah.
Todos esos incidentes dieron paso a un dolor insoportable, y he de evitar
repetir eso a toda costa. Y lo haré. Este hombre tiene un pasado turbulento, pero
estoy reparando toda esa angustia y ese sufrimiento. No me extraña que quiera
mantenerme alejada de todo eso. Soy su pequeño refugio, y jamás permitiré que
vuelva a caer en las garras de su horrible pasado.
Sigo
tumbada, dándome a mí misma un pequeño discurso de aliento, y noto que se ha
despertado.
Siento
el leve cosquilleo de sus largas pestañas en mi cuello, pero no le digo nada.
Permanezco quieta dándole así espacio para pensar, mientras continúo
masajeándole la cabeza suavemente. Él sabría que estoy despierta aunque no me
moviese siquiera.
—Jamás
te habría traído aquí de haberlo sabido. —Su voz grave interrumpe un silencio
tan largo que he perdido la noción del tiempo—. No quería que mi vida contigo
se viera manchada por mi pasado.
Su
pasado ha afectado a nuestra vida de muchas maneras, y sé que jamás ha
pretendido que fuera así. Pero así ha sido. Y esto puede llegar a afectarnos
también si él lo permite.
—Esto
no nos ha afectado —le aseguro—. No dejes que lo haga.
—En
mi vida no hay espacio para ellos, ______. No lo había antes, y mucho menos
ahora. —Su mano empieza a acariciarme el vientre despacio.
Sé
por qué dice eso. Sus hijos nunca sustituirán a Bill. No aliviarán el
sentimiento de culpa de los padres de Tom, y sé que jamás serán motivo de
reconciliación entre ellos. Hay cosas que no se pueden perdonar, y que tus propios
padres no te ofrezcan su amor y su apoyo incondicional son sólo algunas de
ellas. Mi padre siempre me dijo que no podía decirme lo que tenía que hacer,
que sólo podía aconsejarme. Que jamás me obligaría a hacer nada sabiendo que
eso me haría infeliz. Me dijo que siempre estaría ahí, a pesar de mis
decisiones, y que me ayudaría a enmendar mis errores si hubiese tomado la
decisión equivocada. Y así lo ha hecho. En numerosas ocasiones. No han sido
cosas tan extremas como las decisiones que ha tomado Tom, pero el principio
sigue siendo el mismo. Eso
es
lo que hacen los padres. No influyen en sus hijos por su propio beneficio.
Siento una tristeza tremenda por él. Tom siempre me dice que yo soy lo único
que necesita, y sé que lo dice de corazón.
Y
lo entiendo perfectamente, después de todas las cosas por las que ha pasado, y
no me refiero a su historia con las mujeres y el alcohol, sino con sus padres,
y ése es el origen de todo lo demás.
—No
hace falta que me des explicaciones. Tú y yo —digo repitiendo sus palabras para
reforzarlas mías.
Se
pone boca arriba y me arrastra consigo, alentándome a apoyarme sobre su pecho.
Me acurruco y empiezo a acariciarle la cicatriz lenta y suavemente.
—Esta
casa era de Carmichael —dice—. Formaba parte de su hacienda, igual que el
barco.
—Lo
sé. —Sonrío para mis adentros. He dado en el clavo sacando mis propias
conclusiones.
—¿Cómo
lo has sabido?
—¿Por
qué, si no, ibas a tener una villa tan cerca de donde viven tus padres?
No
puedo verle la cara, pero sé que está sonriendo.
—Mi
chica guapa está empezando a asustarme.
—¿Por
qué? —pregunto frunciendo el ceño pegada a su pecho.
—Porque
sueles exigirme que te cuente las cosas.
Es
verdad, pero he conseguido saber más cosas desde que cierro la boca que antes
cuando empezaba a patalear.
—Nada
de lo que puedas decirme ya puede hacer que quiera huir de ti de nuevo.
—Me
alegro de que digas eso —afirma.
Si
hubiera algo que pudiera decir que me hiciera desear retirar mis palabras, esto
se acabaría. No me muevo, porque si lo miro empezará a hablar, y sé que no me
va a gustar lo que tenga que decirme.
Así
que me quedo donde estoy, recorriendo su torso con la vista. Me entran ganas de
abofetearme. ¿Por qué habré dicho esa estupidez? Es como si, sin quererlo, no
parase de extraerle confesiones a este hombre.
La
ignorancia da la felicidad. La ignorancia da la felicidad.
—¿_____?
—dice en voz baja.
—¿Qué?
—Tengo
que contarte algo.
Se
dispone a moverse, pero yo me transformo en un peso muerto para dificultarle al
máximo la tarea, aunque me sirve de muy poco. Me aparta de su pecho sin el más
mínimo esfuerzo y me coloca
boca
arriba sobre la cama. Se monta a horcajadas sobre mi cintura pero no se apoya
del todo sobre mí.
No
importa, con esto le bastaría para evitar mi huida. No voy a ir a ninguna
parte. Se mordisquea el labio durante unos instantes mientras lo miro con una
expresión de escepticismo dibujada en mi rostro. Sé que el saber es poder es la
opción más sensata, pero después de todas las cosas que me ha hecho saber Tom a
lo largo de estos meses, estoy acojonada.
Me
coge de las manos y las sostiene con fuerza.
—Sarah
ha estado en La Mansión estos días que hemos estado fuera.
—¡¿Qué?!
—exclamo con voz ronca levantando la cabeza al instante.
—Está
ocupándose de algunos asuntos mientras yo no estoy. John no puede hacerlo todo
solo, ______.
—Pero
¿Sarah? ¡Dijiste que la habías echado! —Estoy lívida. Me hierve la sangre y se
acumula en mi rostro. Todos mis pensamientos sobre sus horribles padres y
nuestras dolorosas historias desaparecen en cuanto menciona el nombre de esa
víbora—. ¿Después de todo lo que ha hecho? — Consigo liberar mis manos e
intento apartarlo—. ¡Sal de ahí!
—¡_____,
cálmate!
—¿Por
qué? ¿Tienes miedo de que les haga daño a tus hijos? —le espeto.
Esas
palabras hacen que su mirada de preocupación se transforme en disgusto. Me mira
con el ceño fruncido, pero me importa una mierda.
—¡No
digas gilipolleces!
Consigue
alcanzar de nuevo mis manos, que no paran de golpearlo, y las sostiene por
encima de mi cabeza.
—¡Es
lo que piensas! —le grito a la cara—. ¡Sólo hay que ver cómo me controlas y me
sobreproteges
constantemente!
—Siempre
te he sobreprotegido, así que eso no tiene nada que ver, señorita.
Es
verdad, siempre lo ha hecho, pero estoy cabreada y utilizo todo lo que pueda
contra él, lo que me recuerda que nos estamos desviando del tema ligeramente.
—¡O
se va ella, o me voy yo!
Pone
los ojos en blanco. No me hace gracia. Empiezo a sacudirme y me suelta, pero
sólo porque no quiere que les pase nada a los bebés. Esto me enfurece todavía
más.
—______,
yo soy un desastre. Tú te niegas a trabajar conmigo, y necesito a alguien que
sepa lo que se hace.
Me
detengo y me vuelvo.
—¿Así
que trabaja otra vez para ti oficialmente?
No
me lo puedo creer. Su discursito compasivo en la cafetería venía por esto.
Probablemente se esté regocijando en estos momentos. Tom se levanta y se dirige
hacia mí.
—¡No
des ni un paso más, Kaulitz! —digo apuntándolo con un dedo—. ¡No intentes
aplacarme ni convencerme de que toda esta puta mierda está bien porque no es
así!
—¡Vigila
esa puta boca!
—¡No
me da la gana! Está enamorada de ti, ¿sabes? Todo lo que ha hecho es porque
quiere alejarte de mi lado, así que ni se te ocurra intentar convencerme de que
esto es buena idea.
—Lo
sé.
Cierro
la boca al instante y retrocedo un poco.
—¿Cómo
que lo sabes?
—Sé
que está enamorada de mí.
—¿Lo
sabes?
—Claro
que sí, _____, no soy idiota.
Resoplo,
indignada.
—¡Sí,
sí que lo eres! Te abalanzas sobre cualquiera que intente apartarme de ti, pero
ella no para de tratar de alejarte de mí delante de tus narices y decides
pasarlo por alto.
Doy
media vuelta y me dirijo a la cocina. Necesito un poco de agua para suavizar la
garganta irritada.
—No
lo he pasado por alto sin más, _____. La tuve con ella y ella lo admitió todo y
dijo que estaba arrepentida.
—¡Claro
que se arrepiente! ¡Porque no lo consiguió! De lo único que se arrepiente es de
no haberlo hecho mejor. —Golpeo el vaso contra la encimera—. Para eso podrías
haberlo pasado por alto sin más. ¿Le diste a elegir entre entierro o cremación?
Frunce
el ceño.
—¿Qué?
—Es
la opción que sueles darle a la gente que me hace daño. ¿Se la ofreciste a
Sarah?
—No,
le ofrecí un trabajo a cambio de su palabra de que no volvería a entrometerse
jamás. Le dije que si tú me lo pedías la echaría.
—¡Pues
te lo pido! —chillo—. ¡Échala!
—Pero
si no ha hecho nada.
Me
quedo mirando al imbécil que tengo delante con los ojos fuera de las órbitas
sin poder creer lo que estoy oyendo.
—¿Que
no ha hecho nada?
Cierra
los ojos y exhala un suspiro largo y cansado.
—Me
refiero a que no ha hecho nada desde que hablé con ella. Y tú ya le propinaste
un buen golpe en la mandíbula por todo lo que había hecho antes.
—¿Por
qué haces esto? Sabes cómo me siento al respecto, Tom.
—Porque
está desesperada, _____. La Mansión es toda su vida.
—¿Sientes
lástima por ella? —pregunto, más calmada.
Me
encanta todo de este hombre, excepto su repentina empatía por todas esas
mujeres de su historia que se empeñan en sabotear nuestra relación. Sólo hay
que ver lo que le hizo a Matt, joder.
—_____,
para empezar, quiero que te tranquilices porque esto no es bueno ni para ti ni
para los pequeños.
—¡Estoy
tranquila! —chillo levantando el vaso con las manos temblorosas. De tranquila,
nada.
Suspira
e inclina la cabeza para crujirse el cuello y aliviar así el estrés. No sé por
qué está tan agobiado. ¿Cuál sería su reacción si le dijera que voy a seguir
trabajando para Mikael? Es más o menos el mismo principio.
Se
acerca a mí, me quita el vaso de las manos y me coge en brazos para sentarme
sobre la
encimera.
Me agarra de la mandíbula y me levanta la cara para que lo mire. Sigo con el
ceño fruncido mientras lo observo con ojos enfurecidos.
—Sarah
no tiene nada. La eché cuando lo confesó todo y no volví a pensar en el asunto.
—Inspira hondo—. Hasta que John habló con ella y ella empezó a decirle un
montón de tonterías, pero lo más preocupante es que le dijo que preferiría
estar muerta a vivir una vida sin mí.
Mi
mente recelosa me hace pensar al instante que se trata de otra estratagema para
atraparlo. No puedo evitarlo.
—Sólo
quiere llamar la atención —espeto todavía con el ceño fruncido. Sus acciones
pasadas son un claro indicio de hasta adónde está dispuesta a llegar.
—Eso
pensé yo también, pero John no estaba tan seguro. Él la encontró. Se había
cortado las venas y se había tragado un puñado de analgésicos. —Enarca las
cejas y yo me echo hacia atrás, sorprendida—. No estaba llamando la atención,
_____. No era ninguna treta. John la llevó al hospital justo a tiempo. Quería
morirse.
Mi
cerebro me está jugando una mala pasada. Hay un montón de preguntas sensatas
que debería estar formulando, pero no me viene nada a la cabeza. Estoy en
blanco.
—No
quiero tener otra muerte sobre mi conciencia, nena. Cargo con la de Bill todos
los días. No puedo cargar con otra más.
La
lástima me invade.
—Sarah
vino a verme —digo. No sé de dónde sale esto.
—Me
lo dijo. —Levanta las manos y me coge las mejillas—. Pero me sorprende que no
me lo hayas contado antes.
¿Qué
puedo decir? ¿Que las palabras de Sarah fueron, de hecho, lo que me alertó? ¿Que
ella fue la razón por la que aparecí en La Mansión en aquel estado?
—No
me pareció importante —respondo lánguidamente. ¿Sabe qué día exactamente vino a
verme? Porque si es así, seguro que sabrá que un par de horas después yo estaba
trastornada, desesperada por verlo.
—Fue
Sarah quien le contó a Matt lo de mi problema con la bebida. —Empieza a
morderse el labio. Retrocedo más todavía y aparto la cara de sus manos. ¿Así es
como lo descubrió Matt?
—¿Por
eso supiste que iba a recoger mi ropa a su casa también?
Asiente.
—Sarah
dijo que te había oído decirle a alguien por teléfono que pensabas ir a recoger
tus cosas. Cuando encajé las piezas me puse furioso. Me invadió la rabia, actué
por impulso antes de preguntar.
Su
lista de delitos va en aumento. No quiero sentir ninguna lástima por ella.
—Dijo
que ya no podía seguir trabajando para ti —le recuerdo—. Así que, ¿cómo es que
lo está haciendo?
—Se
lo pedí yo. Jamás encontraré a otra persona mejor, lo que significa que tendré
que hacerlo yo, y no estoy preparado para renunciar a pasar más tiempo contigo.
Deberías saber que sólo aceptó hacerlo con la condición de que tú estuvieras de
acuerdo.
¿Con
la condición de que yo estuviera de acuerdo? Ahora me siento como una auténtica
mierda. ¿De modo que el futuro de Sarah está en mis manos? Si digo que no,
¿intentará matarse otra vez? Y si accedo, ¿seguirá intentando separarnos? Es
demasiada responsabilidad. ¿Por qué tuvo que tratar de quitarse la vida, la muy
estúpida?
—No
me estás dando mucho margen de elección —mascullo—. Si me niego a aceptarlo,
podría coger una cuchilla y abrirse otra vez las muñecas, y entonces los dos
nos sentiríamos tremendamente culpables.
Estoy
intentando ser lógica, pero no lo consigo. No quiero perder a Tom porque tenga
que encargarse de los asuntos de La Mansión y de montones y montones de papeleo
que acabarán estresándolo. No lo vería nunca, pero si acepto esto, estaré
aceptando todo lo que esa mujer nos ha hecho, y no estoy segura de poder hacer
eso, ni siquiera aunque haya intentado suicidarse. Sin embargo, las palabras de
Tom resuenan sin cesar en mi mente: «Cargo con la de Bill todos los días. No
puedo cargar con otra más.»
Y
yo no puedo hacerle eso sólo porque me sienta insegura con respecto a la
versión femenina de Indiana Jones que reside en La Mansión. Mi preocupación
está justificada, pero el sentimiento de culpa de Tom no lo está, y no puedo
cargarlo con más todavía. Hacerlo sería cruel y egoísta por mi parte. Lo amo
demasiado.
Vuelve
a cogerme de las mejillas y me atraviesa con esos ojos cafeces llenos de
sinceridad.
—Le
diré que no puede ser. No estoy dispuesto a verte tan desdichada.
Me
desmorono por dentro. ¿Está dispuesto a vivir con la posibilidad de tener más
sangre en sus manos, aunque nada de esto sea culpa suya, sólo por hacerme
feliz? Sacudo la cabeza entre sus manos.
—No,
te quiero más tiempo a mi lado más de lo que quiero que ella desaparezca.
—¿En
serio? —Parece sorprendido.
—Por
supuesto que sí, pero tienes que prometerme una cosa.
—Lo
que quieras, ya lo sabes. —Me besa en la frente.
Eso
no es del todo cierto, porque él no me pediría eso a mí. Estoy intentando pasar
por alto las circunstancias atenuantes, aunque es difícil ignorar a una mujer
que ha tratado de suicidarse porque mi marido no la quiere.
—Cuando
lleguen los pequeños, tú no te pasarás el día entero en La Mansión. Estarás
conmigo siempre que puedas. No sé si puedo hacer esto. —El temor a quedarme
sola con los mellizos empiezan a asustarme. No me importa haberlo admitido. La
idea de un bebé ya me asustaba bastante, pero ¿dos?
Estoy
aterrada, y tiene que saberlo. Sus labios se curvan hacia arriba. ¿Encuentra
gracioso mi miedo?
—_____,
tendría que estar muerto para que no fuera así. Puedes hacerlo porque me tienes
a mí. —Me abraza y tira de mi cuerpo hasta levantarme de la encimera, de forma
que no me queda más remedio que aferrarme a él con las piernas alrededor de sus
caderas desnudas y los brazos enroscados sobre sus hombros descubiertos—. Todo
irá bien.
—Lo
sé —admito. Me siento necesitada, como si siempre estuviera buscando que me
diera
seguridad,
pero debe de preocuparle un poco mi ansiedad. No muestro ningún tipo de
instinto maternal. ¿No debería ser la mujer la que estuviera leyendo libros y
comprando el ácido fólico?
—No
discutamos más. Me parte el corazón y no quiero que te estreses. No debe
subirte
demasiado
la tensión. —Empieza a caminar hacia el dormitorio.
Lo
agarro de la nuca y me inclino para verle la cara.
—Pienso
confiscar ese libro.
Me
sonríe.
—El
libro es mío y voy a quedármelo.
—Tenemos
que hacer las paces. —Estiro la espalda, pego mi cuerpo contra él y le meto el
pezón en la boca—. ¿Has llegado ya a la parte en que dice que el marido debe
cubrir todas las necesidades de su esposa?
Me
lo mordisquea suavemente y comienza a trazar lentos círculos con la lengua a su
alrededor. Dejo escapar un gemido y él se ríe.
—Sí,
pero nuestro avión sale dentro de dos horas. Necesito más tiempo, así que
cubriré tus necesidades en la bañera cuando lleguemos a casa, ¿de acuerdo?
—No
—respondo, y presiono mi pecho contra su boca de nuevo—. Quiero quedarme en el Paraíso.
—Eres
incorregible, y me encanta. —Me deja sobre la cama con un resoplido de
fastidio—. Pero tenemos que coger ese vuelo.
—Te
necesito —digo agarrándole la polla sin fuerza, jugueteando con él, pero él se
aparta.
—______,
cuando te tomo, me gusta hacerlo con tiempo. —Me da un pico en los labios—. Haz
la maleta.
Me
dejo caer de espaldas sobre la cama con una exasperación acrecentada por el
embarazo. Mi tiempo en el Paraíso se ha acabado.
HOLA!! BUENO AQUI ESTA EL CAPITTULO DE HOY ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO, HASTA PRONTO :))
Guaooo apareció la mama de Tom, pero entendí la reacción de Tom al verla no se lo esperaba, y esa señora no se merece ninguna segunda oportunidad, y esa Sarah es una víbora con tal de seguir al lado de Tom es capaz de hacer cualquier cosa.. me encanto virgi espero los próximos caps..
ResponderBorrarSigueeeeee
ResponderBorrarLos padres de tom o.O
ResponderBorrarSube pronto
Aparecieron los padres Tom! O.o
ResponderBorrar