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CAPITULO
# 27.-
Apenas
reacciono cuando llegamos al Lusso. He dormido la mayor parte del viaje, y sigo
agotada. Ni siquiera intento salir del coche cuando Tom apaga el motor y me desabrocha
el cinturón. Me quedo hundida en el asiento de piel hasta que me saca él. Casi
consigo abrir los ojos cuando estamos en el ascensor para refrescarle a mi
mente adormilada la belleza de mi marido. Mete la llave en la cerradura, abre
la puerta, la cierra de nuevo y me lleva en brazos a la planta superior. Sigo
con los ojos cerrados, pero reconozco la superficie blanda de la cama de la suite
principal cuando me deposita sobre ella.
—Voy
a preparar el baño y a subir las maletas. ¿Estarás bien?
—Mmm.
—Me pongo de lado. Ni siquiera me apetece darme un baño con Tom, y eso sí que
es raro. Oigo cómo se ríe ligeramente y cómo el agua empieza a correr en la
bañera, y entonces me coge de nuevo—. ¿No ibas a ir a por las maletas?
—farfullo.
—Ya
las he cogido, ______. Has vuelto a quedarte dormida.
Me
deja sobre mis pies cansados y me desnuda. Después se desnuda a sí mismo con
una mano mientras me sostiene firmemente con la otra, como si temiera que fuera
a caerme al suelo. Y es posible que lo hiciera. No tengo nada de energía.
Me
levanta y me mete en la bañera consigo, sin ninguna ayuda por mi parte. Dejo
que me coloque de manera que quedo acunada en sus brazos sobre su regazo, con
un lado de la cara acurrucado en su hombro. El agua caliente no me espabila.
—Echaba
de menos esto —dice mi autoproclamado hombre de baño—. Sé que estás cansada, pero
sólo quiero estar así unos minutos.
—Vale
—accedo. Si después me seca y me mete en la cama, puede hacer lo que quiera
conmigo.
—Y
tengo que cubrir tus necesidades —añade. Mis ojos adormilados se abren al instante,
y mi cerebro lujurioso empieza a reactivarse. Seguro que puedo sacar energías
de alguna parte para eso. Intento moverme, pero me retiene en el sitio y se
echa a reír—. Joder, ______, estarías dispuesta y todo.
—Siempre.
—Me
halagas, pero me gusta que mi mujer esté consciente cuando me la follo.
—No
digas la palabra «follar» —gruño—. O harás que te desee todavía más.
—Pero
¿eso es posible? —pregunta, muy serio.
—Probablemente
no. —No me molesto en resoplar ante su arrogancia. Tiene razón—. Deja que te
mire —protesto, y forcejeo para librarme de las manos que me aprisionan.
Levanto mi cuerpo agotado, me coloco a horcajadas sobre su regazo y me acerco a
su cara para sentir su barba de casi dos días—. No te afeites mañana.
—¿No?
—No.
Me gusta cuando la llevas de dos días. —Me inclino y froto mi mejilla contra la
suya—. Y quiero que te pongas el traje gris con la camisa negra.
—¿Con
corbata o sin ella?
—Con
corbata. La gris, con el nudo suelto. —Le doy besitos hasta llegar a sus labios
y deslizo la lengua entre ellos suavemente.
Él
me devuelve el beso tierna y dulcemente.
—Si
tú puedes decidir lo que me voy a poner, es justo que yo decida lo que vas a
ponerte tú.
—Tú
siempre lo haces.
—No,
porque no me dejas. —Me agarra de la nuca y me acerca más a él.
—¿Qué
quieres que me ponga? —pregunto prácticamente gimiendo contra sus labios.
—El
vestido negro.
—¿El
que me llega hasta las rodillas y tiene las mangas tres cuartos?
—Sí,
ése. Me gusta cualquier vestido que tú lleves, pero ése me encanta. —Me muerde
el labio y se aparta, tirando de él entre los dientes—. No —susurra.
Va
a rechazarme de nuevo. Lo sé por la determinación que se refleja en su rostro
devastador.
Probablemente
hace bien en negarse, aunque eso no aplaca el deseo que invade mi insaciable
ser. Siempre tengo ansias de él, pero últimamente es algo constante.
—Dijiste
que eras incapaz de decirme que no. —Le rozo juguetonamente la entrepierna con
la mía. No tengo vergüenza.
—Puedo
decirte que no cuando apenas puedes mantener los ojos abiertos, señorita. La
respuesta es no, y punto. —Me agarra las caderas con sus enormes manos y me lanza
una mirada de advertencia. Yo me sacudo un poco y me doy la vuelta para dejar
que me pase la esponja por la espalda—. El embarazo te ha disparado las
hormonas.
—Sólo
si sigues rechazándome. Me estás acomplejando, y eso que todavía no estoy
gorda.
—_____
—me corta—. El embarazo también te está volviendo tonta.
Vale
ya. Suspiro para mis adentros, dejo caer la cabeza entre mis rodillas flexionadas
y me coloco el pelo a un lado para darle acceso pleno a mi espalda. Sus
rítmicas caricias con la esponja provocan que se me empiecen a cerrar los ojos
de nuevo, y cedo ante mi fatiga dejando que Tom se salga con la suya.
No
obstante, el día que me rechace cuando no esté agotada ni mental ni físicamente
tendrá que enfrentarse a toda mi ira.
—Gracias
por llevarme al Paraíso —murmuro.
Me
besa en el hombro y pega la boca a mi oreja.
—Nena,
tú me llevas al paraíso todos los días.
Estoy
furiosa. Se ha despertado, ha salido a correr, se ha duchado y se ha vestido, y
todo sin mí. Sin embargo, me ha dejado la galleta de jengibre y el ácido fólico
junto a la cama con un vaso de agua.
Estoy
de pie frente al espejo de cuerpo entero, vestida con mi lencería y secándome
el pelo cuando veo que entra en el dormitorio. No seré demasiado dura. No se ha
afeitado y lleva puesto el traje gris, la camisa negra y la corbata, tal y como
le pedí, aunque eso no hace que se me pase el enfado, a pesar de que está para
comérselo.
—¡Buenos
días! —saluda alegremente.
Le
lanzo una mirada asesina y tiro el secador al suelo. Me acerco al armario y
busco algo que ponerme. Sé qué debería descolgar, pero estoy en plena pataleta
infantil, así que cojo cualquier otra cosa, me la pongo y me subo la
cremallera. Salgo del vestidor, me pongo los tacones de ante negro y me voy
directa al cuarto de baño. Advierto su corpachón a mi lado siguiendo cada uno
de mis movimientos. Echo un vistazo al pasar y veo que tiene las manos metidas
en los bolsillos de los pantalones y una expresión divertida en la cara. No le
doy el gusto de dedicarle mi tiempo ni mis palabras. Continúo hacia el espejo
del baño y me maquillo a toda prisa.
Entra
y se coloca detrás de mí. Su maravilloso aroma a agua fresca inunda mis fosas
nasales.
—¿Qué
crees que estás haciendo? —pregunta todavía con expresión divertida.
Me
detengo mientras me aplico la máscara de pestañas y me aparto del espejo.
—Me
estoy maquillando —contesto, sabiendo perfectamente que no se refería a eso.
—Reformularé
la pregunta. ¿Qué crees que llevas?
—Un
vestido.
Sus
cejas se elevan tanto que alcanzan el nacimiento del pelo.
—No
empecemos mal el día, señorita. —Sostiene mi vestido negro de tubo—. Ponte el
otro vestido.
Respiro
hondo para guardar la calma, giro sobre mis talones y salgo del cuarto de baño
sin decir una palabra. Voy a ponérmelo, pero únicamente porque ya estoy
bastante alterada. No sólo me han sacado a la fuerza del paraíso, sino que,
como imaginaba, también he bajado del séptimo cielo de Tom. Londres no le hace
ningún bien a nuestra relación. Mejor dicho: Tom en Londres no le hace ningún
bien a nuestra relación.
Hago
todo lo posible por demostrarle la gran inconveniencia que me está causando,
pero le da igual. Permanece de pie pacientemente y observa cómo me quito el
vestido que llevo y lo sustituyo por el que él quería. Dirijo la mano a la
espalda, agarro la cremallera y me la subo, pero sólo hasta la mitad, porque el
pequeño trozo de metal se me escurre de entre los dedos. Lo recupero
rápidamente pero vuelve a pasar. Cierro los ojos. Detesto tener que pedirle
ayuda a ese capullo engreído.
—¿Te
importaría subírmela?
—Claro
que no —canturrea, y al instante está pegado a mi espalda, con la boca en mi
oreja—. Es un gran placer —murmura, lo que provoca que una tremenda oleada de
chispas traicioneras recorra mi cuerpo.
Me
recoge el pelo, hace que me vuelva y tira de la cremallera hacia arriba.
—Oh.
—¿Qué
pasa? ¿Está rota? —Me entran ganas de reírme. No porque se haya roto el
vestido, porque me encanta, sino porque sé que no va a mandarme al trabajo con
la espalda al descubierto.
—Eh...
—Vuelve a intentarlo—. No, nena. Creo que es que ya no te cabe.
Dejo
escapar un grito ahogado totalmente horrorizada y me vuelvo para mirarme la
espalda en el espejo. Hay varios centímetros de piel sin cubrir, y la tela no
es elástica. Me hundo por dentro y por fuera. Ya han empezado. Todos los
efectos del embarazo van a acelerarse porque llevo dos cacahuetes, no sólo uno.
Me niego a llorar, aunque no será por falta de ganas. Tengo que asimilar esto.
Tengo que sentir tanto entusiasmo como siente Tom. Aunque para él es fácil, va
a seguir teniendo el mismo aspecto divino de siempre cuando todo esto termine,
mientras que mi cuerpo probablemente acabará
devastado.
Me vuelvo para mirarlo y me encuentro con una expresión aprensiva y el morro
torcido.
Cree
que voy a desmoronarme.
—¿Puedo
ponerme el otro vestido, entonces? —me limito a preguntar.
Se
relaja visiblemente e incluso me lo alcanza él mismo. Me ayuda a quitarme el
ahora
descartado
y me ayuda a ponerme el recién autorizado.
—Preciosa
—dice—. Tengo que irme. Cathy está abajo y te ha preparado el desayuno.
Cómetelo, por favor.
—Lo
haré.
No
puede ocultar la sorpresa ante mi estado de sumisión.
—Gracias.
—No
tienes que darme las gracias porque coma —mascullo. Cojo mi bolso y salgo del
dormitorio.
—Siento
que tengo que darte las gracias por todo lo que haces sin protestar.
Me
sigue por la escalera.
—Si
todavía me follaras para hacerme entrar en razón, protestaría. —Llego al piso
de abajo.
—¿Estás
enfadada porque no he cubierto tus necesidades esta mañana? —pregunta con tono divertido.
—Sí.
—Me
lo imaginaba.
Me
coge de la mano y me da una vuelta hasta que mi cuerpo colisiona con fuerza
contra su pecho.
Después
me devora la boca como si fuera el fin del mundo. Me toma con determinación y
con vehemencia, y no lo detengo. Esto no va a compensar el sexo que no hemos
tenido esta mañana, pero podría saciar mi sed hasta más tarde.
—Que
tengas un buen día, nena.
Me
hace girar de nuevo, me propina una palmada en el culo y me guía hasta la
entrada de la cocina.
—Asegúrate
de que mi esposa desayune, Cathy.
—Lo
haré, muchacho —dice ella al tiempo que agita un batidor de varillas por encima
de la cabeza, pero no se vuelve.
—Te
veo luego. Y no olvides hablar con Patrick.
Se
marcha sin esperar que le confirme que voy a hacerlo. Sé que ya no puedo
postergarlo más.
—¡______,
tienes muy buen aspecto esta mañana! —canturrea Cathy desde la cocina—. ¡Estás radiante
y fresca!
—Gracias.
—Sonrío ante su amabilidad, pero me pregunto si sólo estará intentando hacer
que me sienta mejor—. ¿Me puedes poner el sándwich para llevar? Voy a llegar
tarde.
—Claro.
—Empieza a envolverlo en film transparente—. ¿Lo habéis pasado bien?
Mi
sonrisa se intensifica mientras me acerco para recoger mi desayuno.
—Ha
sido maravilloso —respondo, porque es verdad, a pesar del horrible final.
—Me
alegro mucho. Los dos necesitabais un descanso. Y dime, ¿funcionan las
galletas?
—Sí.
—Sabía
que lo harían. ¡Y mellizos! —Me mete el sándwich en el bolso y me da unas
palmaditas en las mejillas—. ¿Eres consciente de la suerte que tienes?
—Sí
—respondo con total sinceridad—. Tengo que irme ya.
—Claro,
claro, vete, querida. Yo voy a poner la lavadora.
Dejo
a Cathy separando la ropa blanca de la de color y me meto en el ascensor
después de haber pulsado el nuevo código. A los pocos segundos me encuentro en
el vestíbulo del Lusso, donde Casey está organizando el correo.
—Buenos
días —lo saludo mientras paso corriendo por delante del mostrador.
—¡Señora
Kaulitz! ¡Ha vuelto! —Se acerca a mí mientras me dirijo al luminoso exterior—.
¿Qué tal lo han pasado?
—Casey,
no hace falta que me llames señora Kaulitz. Llámame simplemente _____. Lo hemos
pasado genial, gracias. —Me coloco las gafas de sol y saco las llaves del
bolso—. ¿Y tú qué tal? ¿Te gusta tu nuevo trabajo?
—Me
gusta más ahora que ha vuelto usted.
Me
detengo de golpe.
—¿Disculpa?
Se
pone como un tomate y empieza a juguetear con los sobres que tiene en la mano.
—Eso
ha estado fuera de lugar. Disculpe. Es sólo que..., bueno, ¿sabía que es usted
la única mujer en todo el edificio?
—¿En
serio?
—Sí.
Y todos estos ricos hombres de negocios nunca dicen nada. Sólo me gruñen o me
dan órdenes por teléfono. Usted es la única que se para a hablar. Y se lo
agradezco, eso es todo.
—Ah,
está bien. —Sonrío al ver lo incómodo que está—. ¿Te refieres a ricos hombres
de negocios como mi marido?
Se
pone aún más colorado.
—Vale,
no sé cómo salir de ésta. —Suelta una risa nerviosa—. Simplemente es agradable
ver una cara alegre por aquí.
—Gracias.
—Sonrío y sus ojos azules como el acero resplandecen—. Tengo que irme.
—Claro.
Hasta luego. —Se aparta y da media vuelta para regresar tras su mostrador.
Tengo
que mover el culo. Es mi primer día tras las vacaciones y voy a llegar tarde. Y
hoy
necesito
tener a Patrick de buen humor.
Ni
siquiera me detengo cuando salgo del Lusso y me encuentro a John esperándome.
Él tampoco se encoge de hombros a modo de disculpa como suele hacer. La verdad
es que me lo imaginaba.
—¿Qué
tal, John? —Me alegro de volver a verlo. He echado de menos al amistoso
grandullón.
—Bien,
muchacha —gruñe, y me sigue hasta el asiento del acompañante. Me meto en el
coche y me pongo el cinturón mientras veo cómo John se sienta a mi lado con el
ceño fruncido.
—¿No
vas a montar ningún escándalo hoy? —pregunta intentando contener la risa.
—Creo
que estaría firmando mi propia sentencia de muerte si lo hiciera —respondo
secamente.
El
grandullón se echa a reír, agitando su enorme cuerpo en el asiento, y arranca
el motor del Range Rover.
—Me
alegro. Tenía instrucciones estrictas de tratarte con sumo cuidado si te
resistías. —Me mira a través de las negras lentes de sus enormes gafas—. No
quería tener que recurrir a eso, muchacha.
Le
sonrío.
—¿Así
que ahora te han nombrado mi guardaespaldas? —Sé que si Tom tuviera que
confiarme a alguien que no fuera él, ése sería John. Estoy de broma, claro,
pero no creo que a John le haga ninguna gracia tener que llevarme al trabajo
todos los días.
—Si
así está contento el muy cabrón, haré lo que haga falta.
Salimos
del aparcamiento.
—¿Estáis
bien tú y los pequeños? —pregunta con la vista fija en la carretera.
—Sí,
pero ahora Tom se estresa por partida triple —gruño.
—El
muy chalado. —Se echa a reír mostrando su diente de oro—. ¿Tú cómo te
encuentras?
—¿Te
refieres al embarazo o al accidente? —digo mirándolo para evaluar su reacción.
Quiero saber si ha habido alguna novedad estos días que hemos estado fuera.
—A
las dos cosas, muchacha —se limita a responder.
—Bien,
por las dos partes, gracias. ¿Se sabe algo del coche de Tom? —Voy directa al
grano. Me siento lo bastante cómoda con John como para preguntarle lo que
quiero saber.
—Nada
de lo que tengas que preocuparte —responde fríamente. Puede que yo me sienta lo
bastante cómoda como para tener la libertad de preguntarle, pero tengo que
recordar que John también se siente cómodo como para tener la libertad de no
contestarme. No voy a sacarle nada—. ¿Qué tal el Paraíso? —pregunta cambiando
de tema radicalmente.
—Pues
un paraíso —respondo—. Hasta que nos topamos con los padres de Tom. —No estoy segura
de si debería divulgar esto, pero ahora ya está dicho, y a juzgar por la
expresión que se acaba de dibujar en el rostro del gigante impertérrito, la
noticia lo ha sorprendido. Asiento para confirmar que me ha oído bien, y su
frente brillante empieza a arrugarse por encima de sus gafas de sol—. La boda de
Amalie tuvo que posponerse porque al padre de Tom le dio un ataque al corazón
—prosigo. John debe de estar al tanto de lo de la boda, de que le enviaron una
invitación y de que los padres de mi
marido
viven cerca del Paraíso. Lleva toda la vida a su lado, según Tom.
—¿A
Gordon le ha dado un infarto? —pregunta, sorprendido—. ¿Y qué pasó?
—¿Cómo
que qué pasó?
—Sí,
¿hablaron? ¿Cómo estaba Tom? —John se muestra realmente curioso, lo cual está
despertando
mi propia curiosidad.
Se
lo suelto todo.
—Tom
básicamente anunció en el restaurante donde estábamos cenando, delante de todo
el mundo, que estamos casados y que esperamos mellizos. —Hago una pausa para
aguardar a que John consiga controlar sus carcajadas—. Una mujer no paraba de
mirarme, y cuando le pregunté a Tom si la conocía, se puso rarísimo y me sacó
en brazos de allí. Esa mujer era su madre y vino hasta el aparcamiento y empezó
a decir cosas sobre los mellizos, ya sabes, porque Tom tenía un hermano. —John
asiente pensativamente con la cabeza. ¿Qué estará sacando en conclusión de todo
esto?
—¿Y
eso fue todo?
—Sí.
Me lo llevé lejos de ella. Estaba muy afectado.
—Y
después, ¿no bebió?
—No
—suspiro—. Pero tengo la impresión de que lo habría hecho si yo no hubiera
estado allí. —Sigo viendo su rostro, el rostro que solía dar paso a las
borracheras y los latigazos—. ¿Tú los conoces?
—No
mucho. No suelo hacer preguntas.
Asiento
para mis adentros. Sé que John lleva toda la vida a su lado, y que era el mejor
amigo de Carmichael, así que tiene que saber más de lo que admite.
—¿Cómo
está Sarah?
Se
revuelve en su asiento y gira su rostro amenazador hacia mí.
—Mejor
de lo que estaba.
Me
hundo en mi sitio. No tengo nada que decir a eso, así que cierro la boca. Saco
el sándwich y dejo que John conduzca el resto del camino en silencio.
Suspiro
en voz alta cuando se detiene junto al bordillo.
—¿Qué
pasa, muchacha?
Cojo
mi bolso y me apresuro a salir del coche para no intentar convencer a John de
que me lleve a La Mansión.
—Ha
llegado la hora de poner al tanto a mi jefe sobre cierto cliente danés.
—Vaya
—dice lentamente—. Buena suerte.
Estoy
a punto de sacarle la lengua al muy sarcástico. ¿«Buena suerte»?
—Muchas
gracias, John —respondo con el mismo tono.
Cierro
la puerta de golpe y oigo cómo el sonido de su risa grave de barítono se atenúa
cuando la puerta se interpone entre nosotros.
Respiro
profundamente para ganar confianza y entro en la oficina. Nunca he tenido miedo
de ir a trabajar, pero ahora sí.
El
chillido de Ken es lo primero que oigo:
—¡Ay,
Dios mío! ¡_____!
Y
después a Victoria:
—¡Vaya!
¡Tienes un bronceado real!
Entonces
veo a Sal, alegre de nuevo.
—_____,
tienes buen aspecto.
Después
me acerco a mi mesa y me quedo de piedra. Globos... por todas partes. Con bebés
dibujados. Incluso hay un paquete de pañales sobre la mesa y una guía sobre
cómo ser madre. Pero lo peor de todo, y tengo que cogerlos y levantarlos para
comprobar que mis ojos no me engañan, son un par de vaqueros gigantes de
preñada que hay dispuestos sobre mi silla, o, mejor dicho, cubriendo la silla
por completo. Por si mi mañana no hubiera sido lo bastante deprimente después
de comprobar que el vestido no me cabía y de que Tom no me hubiera despertado,
ahora tienen que recordarme que
voy
a ponerme como una ballena. Se lo ha contado a todo el mundo. Lo voy a matar.
—¡Lo
sabía! —Ken se sienta corriendo en mi mesa—. Sabía que estabas embarazada. Pero
¿mellizos?
¡Madre mía, qué emocionante! ¿Le pondrás a alguno mi nombre?
Dejo
a un lado la ropa de embarazada y me dejo caer en la silla. No llevo aquí ni
dos minutos y ya no puedo más. El doble de bebés significa el doble de emoción,
el doble de peso acumulado y el doble de ansiedad.
—No,
Ken.
Lanza
un grito ahogado de decepción.
—¿Qué
tiene de malo Ken?
—Nada.
—Me encojo de hombros—. Pero no pienso llamar así a ninguno de mis hijos.
Resopla
disgustado y se marcha con fuertes pisadas sin darme la enhorabuena siquiera.
—Enhorabuena,
______. —Sally se agacha y me da un abrazo. Sabía que podía contar con
ella—.¿Café?
—Por
favor. Con tres de azúcar. —Le devuelvo el abrazo y me encuentro con sus
tremendas tetas en la cara desde mi posición sentada—. ¿Qué tal todo?
—De
maravilla —contesta, y se aleja danzando hacia la cocina. Al momento llego a la
conclusión
de que su vida amorosa vuelve a ir estupendamente.
—¿Y
Patrick? —pregunto a nadie en concreto, porque no hay nadie rondando mi mesa
infestada de artículos de bebés.
Ken
está enfurruñado al otro lado de la oficina, ignorándome descaradamente, y
Victoria está en Babia, mirándome.
—¿Hola?
—Sacudo la mano delante de ella.
—¡Ay,
perdona! Me estaba preguntando cómo se llamará ese tipo de bronceado.
—¿Qué?
—Tu
bronceado. Yo creo que es bronce intenso. —Anota algo en un papel y sé que ha
escrito «bronce intenso»—. Así que vas a ser madre, ¿eh?
Me
pongo a la defensiva al instante.
—Sí.
—Mi respuesta breve y mordaz hace que levante la cabeza del papel. Se recoge
los largos rizos rubios, los deja caer por detrás del hombro y me sonríe. Si es
una sonrisa falsa, lo disimula muy bien.
—Enhorabuena,
______.
—Gracias
—sonrío falsamente, y a mí sí que se me nota—. Y gracias por todo esto —añado
señalando
los globos que se elevan sobre mi cabeza.
—Ah,
eso fue cosa de Ken. —Vuelve a centrarse en su ordenador.
—¡Gracias,
Ken! —Le lanzo un lápiz y le doy en un lado de la cabeza. Le mueve ligeramente
las gafas y protesta, indignado—. ¡Lo siento! —Aprieto los labios para no
reírme.
—¡Esto
es mobbing! —chilla, y ya no consigo aguantarlo más. Empiezo a
descojonarme en la silla.
Sally
me deja el café delante con cara extrañada, se vuelve para ver de qué me río y
empieza a reírse también ella.
—¿Dónde
está Patrick, Sal? —pregunto al no obtener respuesta por parte de Victoria.
—Llegará
a mediodía —responde—. No ha venido mucho últimamente.
—¿No?
Sacude
la cabeza pero no me dice nada más y vuelve a ocuparse de la pila de facturas
que tiene en su archivo.
—_____
—empieza Ken, colocándose bien sus gafas a la moda—. Tienes que llamar a Ruth.
No ha parado de llamar preguntando por ti.
Mi
risa se apaga rápidamente. Me había olvidado de mi admiradora.
—¿Qué
dijo? —pregunto como si tal cosa mientras busco mi móvil en el bolso. Entonces
me doy cuenta de que todavía no lo he encendido. Lleva desconectado desde el
jueves por la mañana, cuando Tom me lo requisó.
—No
mucho. —Se coloca su corbata aguamarina—. Todos los proyectos van bien. Acudí a
tu cita con ella el jueves, pero no le hizo mucha gracia verme a mí.
Me
hundo en la silla con un mohín cuando veo que mi teléfono cobra vida en mi mano
y empieza a alertarme de decenas de llamadas perdidas, mensajes de texto y
correos electrónicos. Establezco prioridades y respondo al mensaje de
bienvenida a casa de Kate y al mensaje de mi madre pidiéndome que la llamara
cuando hubiésemos llegado, y después cuento las llamadas perdidas de Ruth. Son
once.
No
obstante, a pesar del bombardeo de llamadas de mi clienta lesbiana, son las dos
llamadas perdidas de Mikael las que hacen que mi corazón empiece a acelerarse.
No puedo seguir posponiendo esto y, por primera vez, me siento y me esfuerzo en
pensar quién podría haberme drogado y haber intentado sacarme de la carretera.
Y luego está lo de las flores marchitas. Eran de una mujer, no lo dudo ni por un
momento, lo que me lleva a la misma conclusión: Mikael no pudo ser. Es un
hombre de negocios, y
bastante
respetado. Pero ¿qué hay de lo que grabaron las cámaras de seguridad del bar?
Tal vez los incidentes no estén conectados. Yo apuesto a que fue Coral, o tal
vez Sarah. Aunque las flores llegaron después de que Sarah se disculpara. Y lo
del coche también fue después. ¿Acaso sigue con sus jueguecitos? Dejo el móvil
en la mesa. Me duele el cerebro. Jugueteo con el teléfono mientras pienso en mi
siguiente movimiento. No me lleva mucho. Cojo el móvil de nuevo y llamo a
Mikael. Creo que ni siquiera llega a sonar el tono cuando oigo su voz suave con
un ligero acento respondiendo al otro lado de la línea:
—______,
me alegra tener noticias tuyas.
—No
lo dudo —respondo secamente—. ¿Has arreglado ya lo de tu divorcio? —Voy directa
a la yugular y, a juzgar por el silencio que sigue a mi pregunta, mi estrategia
ha funcionado.
—Sí
—responde con cautela.
—Qué
bien. ¿Qué puedo hacer por ti, Mikael? —Estoy sorprendida de mi propia
seguridad.
Podría
estar tratando con un auténtico pirado, y le estoy hablando sin ningún respeto,
ni como cliente ni como pirado en potencia.
Ríe
ligeramente.
—Ya
va siendo hora de que nos veamos, ¿no te parece?
—No,
no me lo parece —respondo bruscamente—. Me temo que nuestra relación laboral ha
terminado, señor Van Der Haus.
—¿Y
eso por qué?
Su
pregunta me coge por sorpresa, pero pronto reacciono.
—Dijiste
que era muy interesante que llevara alrededor de un mes saliendo con Tom. —No pienso
amilanarme.
—Sí,
pero ahora estás casada y esperas mellizos de él. Estoy desolado, ______.
Esta
vez no me recompongo tan de prisa. ¿Cómo lo sabe? Ni siquiera sé si habla en
serio o si está siendo sarcástico. Estoy confusa.
—Señor
Van Der Haus...
Me
aseguro de mantener la voz baja, oteando la oficina constantemente. Éste no es
el momento ni el lugar, pero ahora que he empezado no pienso terminar esta
conversación hasta que le haya dicho lo que le tengo que decir. Me levanto,
aparto los globos de un manotazo, me dirijo a la sala de conferencias y cierro
la puerta al entrar.
—¿Todo
esto es por lo de Tom y tu esposa? —Oigo que su respiración se detiene, lo que
no hace sino aumentar mi confianza—. Porque ya estoy al tanto, de modo que
estás perdiendo el tiempo.
—Vaya,
¿el señor Kaulitz te lo ha confesado?
—Tu
ex mujer se presentó en casa de Tom, Mikael. Siento mucho lo que sucedió, pero
no sé qué pretendes conseguir con esto. —No lo siento en absoluto, pero tal
vez, sólo tal vez, pueda hacerlo entrar en razón.
Se
echa a reír y se me ponen los pelos de punta.
—______,
mi ex mujer me importa un carajo. Es una zorra a la que sólo le interesa el
dinero. Únicamente me preocupo por tu bienestar. Tom Kaulitz no te conviene.
Me
estremezco al oír con qué dureza se refiere a su mujer y me apoyo en el borde
de la mesa de conferencias.
—¿Y
tú sí? —balbuceo, y me reprendo mentalmente al instante por mostrar vacilación.
¿Se preocupa por mi bienestar?
—Sí,
yo sí —responde con franqueza—. Yo no me dedicaré a entretener a otras mujeres
a tus espaldas, ______.
Casi
se me cae el teléfono al suelo. ¿También sabe eso?
—Sea
como sea —digo intentando desesperadamente recuperar mi tono firme—, creo que
han pasado demasiadas cosas entre nosotros como para que podamos seguir
trabajando juntos.
—¿Han
pasado demasiadas cosas? —pregunta—. ¿Y sabes lo que hizo cuando te dejó?
—Sí
—mascullo, preguntándome cómo coño lo sabe él. No se lo he contado a nadie—. Mi
relación
con Tom no te incumbe, Mikael. Sé lo que hizo. —Me mata decirlo—. Hablaré con
Patrick y me retiraré del proyecto de la Torre Vida. Puedes quedarte con mis
diseños para que otra persona los lleve a cabo.
Cuelgo
sin darle tiempo a replicar y suspiro aliviada. No sé por qué siento como si me
hubiera quitado un peso de encima. Todavía tengo que decírselo a Patrick, y
escuchar a Mikael durante los últimos minutos no ha hecho sino generarme más
preguntas. No sé si pondría la mano en el fuego por él, pero no creo que fuera
capaz de llegar al extremo de drogarme para violarme ni de intentar sacarme de
la carretera; no si lo que quiere es apartarme de Tom para que esté con él. ¿De
qué iba a servirle muerta? Me río en voz alta al pensar en ello. Alguien ha
intentado matarme. Qué locura.
Mi
teléfono empieza a vibrar. Miro la pantalla y ésta me indica que mi día sólo
acaba de
empezar.
Sin embargo, lidiar con Ruth Quinn en estos momentos ya no se me hace tan
cuesta arriba.
—Hola,
Ruth.
—¡______!
—Parece sorprendida—. No me dijiste que ibas a estar fuera.
—Fue
algo improvisado en el último minuto, Ruth. ¿Va todo bien?
—Sí,
estupendamente, es sólo que he cambiado de idea con respecto a los armarios de
la cocina. ¿Podemos quedar para hablarlo?
—Claro.
—Reprimo un suspiro—. Pero tengo un montón de papeleo entre manos, ¿podemos quedar
mañana?
—¿A
las doce? —propone. Me sorprende gratamente que no exija que sea hoy.
—Estupendo,
te veo entonces, Ruth.
Cuelgo
y hago todo lo posible por no poner mala cara. Me cuesta menos de lo que
pensaba. Lo cierto es que mis dos últimas conversaciones no me han afectado lo
más mínimo. Me siento fuerte.
Me
estoy enfrentando a mis problemas en lugar de dejar que me consuman.
Regreso
a mi escritorio y me paso el resto del martes quitándome papeleo de encima.
Las
seis en punto llegan bastante rápido, y soy la última en irme de la oficina.
Patrick no ha venido al trabajo como tenía previsto, aunque ha llamado para
asegurarme que vendrá mañana.
Hablaré
con él entonces, pero estoy decepcionada. Siento la necesidad de deshacerme de
esta carga mental a la mayor brevedad posible.
Me
meto directamente en el gran Range Rover negro sin resoplar, vacilar ni
protestar.
—Hola,
John.
—Muchacha.
—Se funde con el tráfico—. ¿Qué tal el día?
—Constructivo.
¿Y el tuyo?
—Magnífico
—dice con su característica voz ronca.
Tengo
la sensación de que está siendo algo cínico.
—¿Adónde
vamos? —Me dejo caer sobre mi asiento y espero que me responda que al Lusso, aunque
no las tengo todas conmigo. Tom me habría recogido él mismo si fuésemos a ir a
casa.
—A
La Mansión, muchacha. ¿Cómo ha ido con tu jefe? —Desvía la mirada cubierta por
las gafas de sol en mi dirección con un aire de curiosidad.
—No
ha ido. Hoy no ha venido.
—El
chalado de tu marido se va a poner contento —replica echándose a reír.
Sonrío
con pesar. Sé que no le hará ninguna gracia, pero no puedo hablar con Patrick
si no está presente. Yo no tengo la culpa de que no haya venido. Al menos podré
decirle que he hablado con Mikael. Así verá que tenía intención de hacerlo,
porque es verdad.
Salgo
del coche corriendo en cuanto John detiene el motor. Subo los escalones a toda
prisa y me abro paso a través de las puertas.
—¡Ha
dicho que lo esperes en el bar, muchacha! —me grita el grandullón, pero finjo
no oírlo.
No
voy a esperarlo en el bar. Después de tenerlo sólo para mí estos tres días, mi
primer día de regreso al trabajo se me ha hecho eterno. Subo la escalera
corriendo, me dirijo a la parte trasera de La Mansión y atravieso el salón de
verano antes de que John pueda atraparme. Algunos de los socios están aquí
reunidos como de costumbre, pero no me detengo para evaluar sus reacciones ante
mi presencia.
Entro
a toda velocidad en el despacho de Tom, sin llamar y sin pararme a pensar que
tal vez esté en medio de una reunión de negocios. Me he llevado unas cuantas
sorpresas cuando he hecho esto antes.Y esta vez no es diferente.
CAPITULO
# 28.-
—¿Dan?
—pregunto con tiento mirando la espalda de mi hermano. Está sentado frente a
Tom, a su mesa, y se vuelve al oír su nombre—. ¿Qué haces aquí?
Las
consecuencias astronómicas que podría acarrear su visita me sacuden con fuerza.
—Hola,
guapa. —Se levanta todo sonriente y se acerca a mí para darme un abrazo—.
Enhorabuena.
—Podrías
dejar que se lo contara yo a alguien —gruño dirigiéndole a Tom una mirada de
reproche
por encima del hombro de mi hermano.
Él
se encoge de hombros, me pone morritos, me lanza un silencioso «te quiero» y se
tira de la chaqueta y de la camisa como para recordarme que lleva puesto lo que
yo le había pedido, así que debería ser buena con él.
—¿Qué
haces aquí? —repito, e inclino la cabeza en dirección a Tom, pero él se encoge
de
hombros
otra vez y no dice nada. Qué novedad.
—He
venido a hacer las paces. —Dan me suelta y se pasa la mano por su melena
oscura—. No quería volver a casa sin haber solucionado antes esto.
—¡Vaya!
—Miro a Tom, pero, joder, vuelve a encogerse de hombros—. Entonces ¿ya sois
amigos?
—Algo
así. Pero bueno, tengo que irme ya. He quedado con Harvey al otro lado de la
ciudad. —Se vuelve hacia Tom—. Gracias.
—De
nada. —Mi marido asiente y no se molesta en ser educado y levantarse para despedir
a Dan.
Eso
y las despreocupadas encogidas de hombros hacen que desconfíe.
—¿Cuándo
regresas a casa? —pregunto cuando se vuelve hacia mí otra vez.
—No
lo sé. Depende de los vuelos. Ya te llamaré, ¿vale? —Me da un beso en la
mejilla y se dirige a la puerta, donde se topa con el grandullón.
John
me mira sacudiendo la cabeza y acompaña a mi hermano hasta la salida. ¿Para qué
habrá venido? Dirijo mis sospechas hacia Tom, y sé que intuye lo que estoy
pensando, porque se niega a mirarme a los ojos.
—¿De
qué iba todo esto?
—¿El
qué?
Me
acerco al sofá y suelto el bolso antes de ocupar el asiento que acaba de dejar
libre mi
hermano.
—Mírame
—ordeno. La palabra funciona y levanta la vista, pero no porque quiera
obedecerme, sino porque siempre se sorprende al escucharla de mi boca. Me da
igual. Puede mirarme todo lo sorprendido que quiera—. ¿Qué hacía Dan aquí?
Se
pone de pie y coge el teléfono de encima de su mesa.
—Ha
venido a disculparse.
Me
río en su cara. Dan jamás se disculparía, no con Tom. Lo conozco desde que nací
y sé que es demasiado orgulloso como para hacerlo, y más ante un hombre como
él. Dan se siente inferior, como la mayoría de los hombres. Sin embargo, el
hecho de que sea mi hermano no hace desaparecer la batalla de testosterona que
hay entre ellos.
—No
te creo.
—Eso
me entristece, nena. —Compone un gesto solemne, lo que no hace sino acrecentar
mis sospechas—. Bueno, cuéntame. ¿Qué ha dicho Patrick?
Mi
expresión de recelo se transforma en culpabilidad, y son mis ojos los que
evitan los suyos ahora.
—No
se lo has dicho, ¿verdad? —pregunta con tintes de ira en su tono de voz—. ¿_____?
—No
ha venido a la oficina —me apresuro a contestar—. Pero vendrá mañana, así que
hablaré con él entonces.
—Demasiado
tarde, señorita. Has tenido tu oportunidad. Muchas oportunidades.
—Eso
no es justo —protesto—. Le he dicho a Mikael que no voy a seguir trabajando con
él, así que no puedes decir que no he intentado solucionar esto. —Sé
inmediatamente que he cometido un grave error cuando veo que sus hombros se
tensan y que se le salen los ojos cafeces de las órbitas.
—¿Que
has hecho qué?
—No
creo que él me drogara, Tom. Quiere estar conmigo, ¿por qué iba a hacerme daño?
—Será mejor que me calle. Mis palabras acaban de dejarlo boquiabierto.
—¿Para
qué coño hablas con él? —Golpea la mesa con el puño como un gorila de espalda
plateada
a punto de atacar. Me hundo en la silla.
—Mikael
sabe que has... —empiezo a golpetearme un incisivo con la uña— entretenido a
otras mujeres mientras estábamos juntos. —Aguanto la respiración, consciente de
que estoy alimentando su ira.
—Quedamos
en que no volveríamos a hablar de eso —dice con los dientes apretados y la
mandíbula
tan tensa que está a punto de partirse.
—Es
difícil no hacerlo cuando todo el mundo insiste en recordármelo. —Me inclino
hacia
adelante
con un repentino impulso de valentía. No pienso dejar que haga que me sienta
como una pesada por esto—. ¿Cómo lo sabe? —Doy con la respuesta antes de que
pueda negar que lo sabe. Ver que se muerde el labio y algunas cosas más, sobre
todo la comprensión mental, me llevan rápidamente a una conclusión—. La ex
mujer de Mikael. Era una de ellas, ¿verdad? —pregunto. Cierra los ojos. Me pongo
de pie y me inclino sobre la mesa con la misma expresión amenazadora que él. No
hace falta que me responda—. Dijiste meses. Dijiste que hacía meses que no
habías estado con ella, que no
entendías
por qué no paraba de rondarte de repente. Te has acostado con ella más de una
vez, ¿verdad?
—No
quería que te enfadaras. —Sigue con su actitud hostil. Es un evidente mecanismo
de
defensa.
—Y
dime. ¿Las llamabas y hacías que hiciesen cola en tu puerta?
—No,
cuando se enteran de que he bebido acuden como las moscas a la mierda.
—Te
odio.
—No,
no me odias.
—Sí,
te odio.
—No
me partas el corazón, _____. ¿Qué importa quién fuera?
—No,
lo que importa es que me mentiste.
—Te
estaba protegiendo.
—Lo
más gracioso de todo es que cada vez que lo haces acabas haciéndome daño.
—Lo
sé.
—¿Y
has aprendido la lección?
—Todos
los putos días. —Me agarra de la mandíbula con violencia pero con cuidado—. Lo
siento.
—Bien.
—Asiento con firmeza sobre su mano y de repente me doy cuenta de que nuestros
rostros se están tocando y que ambos estamos inclinados sobre la mesa,
mirándonos con una mezcla de furia y de absoluto deseo—. ¿Cómo hemos llegado a
esto? —digo en voz alta cuando sólo pretendía pensarlo.
—Porque,
preciosa mía, estamos hechos para estar juntos. Contacto constante. Bésame.
—Ya
he aceptado que seas un capullo, así que no hace falta que intentes doblegarme
a través de tu tacto. —Aunque lo haré.
—Te
he echado de menos, nena.
Me
subo a su mesa y me acerco de rodillas centímetro a centímetro hasta que lo
envuelvo con el cuerpo y con los labios. Yo también lo he echado de menos, como
una loca. Ha sido mi primer día después de volver del Paraíso y me encuentro
totalmente desubicada. Llevo toda la jornada con síndrome de abstinencia por
Tom, y ahora me preparo para soltar mi siguiente bomba.
—Ojalá
fueses puro y virginal —musito, recorriendo con los labios cada milímetro de su
rostro.
De
todas las cosas que deseo, ésta es la que más: que no hubiera habido nadie
antes que yo, o mientras estaba conmigo.
Lo
he perdonado, de verdad que sí, pero me cuesta olvidar.
—Lo
soy. —Se deja caer en su silla de piel y tira de mí hasta que cedo y dejo que
me siente sobre su regazo—. La parte más importante de mi ser está sin tocar.
—Me coge la mano y hace girar mis anillos durante unos momentos de reflexión.
Después me abre la palma y la coloca sobre su pecho—.O al menos lo estaba hasta
que has entrado en la oficina. Ahora no para de dar brincos y está a punto de
estallar de absoluto amor por ti.
Sonrío.
—Me
gusta sentir cómo late. —Le abro la chaqueta y apoyo la oreja en su camisa. —Y
me gusta oírlo también. —Es una de las sensaciones más reconfortantes del mundo.
Me
envuelve con sus brazos y me acerca más a su cuerpo.
—¿Cómo
ha ido el día?
—Fatal.
Quiero ir al Paraíso.
Se
ríe y me besa la parte superior de la cabeza.
—Yo
estoy en el paraíso siempre que estoy contigo. No necesito una villa.
—Allí
estabas más relajado. —Las cosas, como son. Sé que estar de vuelta en Londres
hará que mi neurótico controlador vuelva poco a poco a aflorar.
—Ahora
estoy relajado.
—Sí,
porque estoy sentada en tu regazo y me estás cubriendo con el cuerpo —respondo
con sarcasmo, y me gano un pequeño pellizco en el hueco sobre la cadera. Me río
y me vuelvo sobre sus piernas de cara al escritorio—. ¿Qué tal tu día?
Desliza
las manos alrededor de mi vientre, apoya la barbilla en mi hombro e inhala
profundamente
en mi cabello. Refunfuña y hace un gesto de desdén con la mano.
—Largo.
¿Cómo están mis cacahuetes?
—Bien.
—De repente me fijo en su cuaderno de notas—. ¿Qué hace el nombre de mi hermano
escrito ahí? —Estiro la mano para cogerlo, pero soy demasiado lenta. Al
instante desaparece de mi vista y lo mete en el primer cajón de su mesa. Retiro
la mano sobresaltada por su súbito movimiento—. ¿Daniel Joseph O’Shea? —Arrugo
la frente convencida de que he visto números escritos en ese papel, y no era un
número de teléfono—. ¿Para qué has anotado el número de cuenta de Dan?
—No
lo he hecho —dice desviando rápidamente mi pregunta, muy tenso. Maldita sea, no
ha aprendido nada en absoluto.
Me
aparto de su regazo y me siento a su lado, castigándolo con una mirada a la
altura de su fulminante «no tientes la suerte».
—Tienes
tres segundos, Kaulitz.
Sus
labios forman una línea recta de fastidio.
—La
cuenta atrás es mi arma —protesta puerilmente.
—Tres.
—Incluso he levantado los dedos para darle más énfasis. Soy tan mala como él—.
Dos.—Recojo un dedo, pero no llego hasta cero porque de repente tengo un
momento de clara lucidez—.¡Vas a darle dinero!
—No.
—Sacude la cabeza de la manera menos persuasiva posible y cambia los pies de
posición mientras permanece sentado. Está empezando a mentir tan mal como yo, afortunadamente.
—Tú
también mientes fatal, Kaulitz. —Doy media vuelta y echo a correr,
principalmente para alcanzar a mi hermano antes de que se marche, pero también
para escapar de Tom antes de que él me alcance a mí.
—¡______!
Hago
caso omiso de su amenazador grito y, como de costumbre, empiezo a correr a toda
velocidad
cuando llego al salón de verano. Sé que me sigue, y no sólo porque puedo oír
sus fuertes pasos, que resuenan detrás de mí. Paso las cocinas, el bar y el
restaurante y derrapo cuando me encuentro a Dan de pie junto a la inmensa mesa
redonda del vestíbulo. No está haciendo nada ni hablando con nadie. John
también está aquí, y sé por qué. Es la misma razón por la que John me acompañaba
a todas partes al principio. Observo con aprensión cómo Dan mira a su alrededor
y John intenta acompañarlo a la salida, pero él no se mueve, ni siquiera ante
el grandullón.
El
pecho de Tom me golpea la espalda. Me coge y me hace girar en sus brazos. Está
enfadado.
—¡Joder,
mujer! ¡Vas a provocarles daños cerebrales a los niños! ¡Nada de correr!
Si
no estuviera tan preocupada por la ubicación y el comportamiento de mi hermano,
me reiría en la cara del idiota que me sostiene con fuerza en sus brazos.
—¡Suéltame!
—Forcejeo para liberarme y, al volverme, veo que Dan nos observa con el ceño fruncido.
John está exasperado.
Mi
hermano echa un vistazo alrededor del vestíbulo de nuevo y posa su mirada
inquisitiva en Tom.
—Si
esto es un hotel, ¿dónde está la recepción?
—¿Qué?
—dice Tom con tono impaciente, casi a la defensiva, y yo deseo que no lo esté.
Es un callejón sin salida, y rezo a todos los santos para que se le ocurra
alguna explicación rápida.
—¿Dónde
recogen tus invitados las llaves de sus habitaciones y los panfletos sobre las
atracciones
locales? Siempre suele haber uno de esos mostradores para que la gente sepa qué
sitios puede visitar. —Mira a John—. ¿Y por qué me escolta este gorila a todas
partes?
Me
entra el pánico, Tom se pone tenso y John gruñe. Mi hermano es bastante más
espabilado que yo. Ni siquiera me planteé todas esas cosas, menos lo de John.
Pienso desesperadamente en alguna excusa que darle, pero no se me ocurre nada.
Me ha (o nos ha) pillado totalmente desprevenidos.
Entonces
oigo una voz, y es la única voz en el mundo que desearía no estar oyendo en
estos momentos: la de Kate.
Me
desmorono literalmente, y siento cómo Tom me apoya la mano en las lumbares.
¿Por qué no dice nada? Veo y oigo espantada cómo Kate y Georg bajan por la
escalera, riendo, manoseándose y con cara de estar totalmente excitados. Esto
es un desastre. No puedo evitar propinarle a Tom un codazo en las costillas
para exigirle de manera silenciosa que diga algo. Por favor, que diga algo,
joder.
Kate
y Georg ni siquiera se percatan del silencio que los espera al pie de la
escalera mientras se toquetean y se besuquean diciendo cosas inapropiadas,
incluida en algún momento la palabra «consolador». Quiero morirme, y nadie ha
dicho nada todavía, excepto la cachonda de mi mejor amiga y su alegre novio,
aunque ellos no se han dado cuenta de nada... aún. No tardarán, y no parece que
vaya a ser Tom quien hable. Sigue callado detrás de mí, probablemente igual de
devastado. Estoy en el limbo. Es lo más cerca que he estado de ver un accidente
de tren a cámara lenta. Dan y La Mansión;
Dan
y Kate; Dan y Georg; Dan y Tom. Esto no puede acabar bien.
—¡Ay!
—El alegre chillido de Kate resuena por todo el vestíbulo, seguido del gruñido
sexual de Georg. Entonces ambos llegan al pie de la escalera transformados en
una masa de brazos entrelazados y besos frenéticos, devorándose vivos. Deberían
haberse quedado en la suite, porque es evidente que todavía no han acabado—. ¡Georg!
—ríe ella, y se deja caer sobre su brazo.
Entonces
me ve, y su cara se ilumina más todavía, hasta que advierte la presencia de mi
hermano. Deja de reírse. De hecho, parece que está a punto de darle un ataque.
Empieza a revolverse y aparta al contrariado Georg. Se arregla su melena roja y
revuelta con la mano y se coloca bien la ropa, pero no dice nada. Georg también
guarda silencio y repasa con la vista a los mudos espectadores.
Es
Dan quien rompe el silencio.
—Conque
un hotel, ¿eh? —Atraviesa a Kate y a Georg con la mirada a intervalos regulares
varias veces y después vuelve sus ojos inquisitivos hacia Tom—. ¿Sueles dejar
que tus amigos se comporten de esta manera en tu establecimiento?
—Dan...
—Doy un paso hacia adelante pero no llego muy lejos. Tom se coloca delante de
mí.
—Creo
que deberías volver a mi despacho, Dan —dice con una voz y un lenguaje corporal
intimidantes.
—No,
gracias. —Mi hermano casi se echa a reír, con la vista fija en Kate. Jamás la
había visto tan incómoda, y Georg debe de estar preguntándose qué coño está
pasando—. ¿Te estás prostituyendo en un burdel?
—¡Pero
¿qué coño...?! —grita Georg—. ¿Con quién cojones te crees que estás hablando?
Georg
hace ademán de avanzar, pero Kate lo agarra del brazo y lo obliga a retroceder.
—Esto
no es ningún burdel, y yo no soy una puta —dice con voz temblorosa e insegura
mientras retiene a Georg.
Quiero
salir en su defensa, pero soy incapaz de articular palabra. Afortunadamente,
Tom me evita las molestias. Se acerca a mi hermano, lo coge de la nuca y le
susurra algo al oído. Es un acto totalmente amenazador, y ni siquiera quiero
saber qué le ha dicho, y menos al ver que Dan empieza a seguir a Tom hacia su
despacho sin rechistar. Yo también los sigo, quiero oír esto, pero me detiene, tal
y como me había imaginado.
—Espérame
en el bar, nena. —Intenta hacer que gire sobre mis talones, pero me siento algo
desafiante. No me gusta la idea de que Tom se lleve a Dan a solas.
—Preferiría
acompañaros —digo con fingida seguridad sin esperar demasiado. Conozco esa mirada.
Puede que me haya llamado «nena» para suavizar la orden, pero no soy idiota. No
voy a entrar en ese despacho.
No.
De repente voy camino del bar sin andar. Me coloca sobre el taburete, llama a
Mario y me lanza esa mirada que dice «no tientes la suerte».
—Quédate
aquí. —Me besa en la mejilla, como si eso fuese a calmarme. Lo apuñalo por la
espalda
con la mirada mientras sale del bar dando pasos largos y uniformes.
—¡Vaya!
—La voz alegre de Mario desvía mi atención de mi marido—. Mírese usted, si
parece...,
¿cómo se dice? ¡Una rosa! ¡Está radiante! —Me besa en la mejilla por encima de
la barra y me pasa una botella de agua—. ¡Nada de sublimes de Mario para usted!
Protesto
pero sonrío, doy un largo trago al agua helada y dejo que Mario siga atendiendo
a los demás socios. De repente entra Georg, muy alegre, con su hoyuelo de
siempre. Estoy confusa.
—¡Hola,
mamá! —Me frota el vientre con todo el descaro del mundo—. ¿Cómo te encuentras?
—Bien...
—La palabra sale de mi boca lentamente—. ¿Y Kate?
—En
el baño —contesta rápidamente, y le pide a Mario una cerveza.
Miro
por detrás de él y me pregunto si debería ir a verla.
—¿Está
bien?
—Sí,
está bien. —No me mira, pero tengo la sensación de que sabe que lo estoy
observando con aire de confusión. Me mira con el rabillo del ojo y entonces se
sienta suspirando—. Sé que todos pensáis que sí, pero no soy idiota.
Tenso
la espalda.
—Yo
no pienso que seas idiota —me defiendo. Algo distraído, tal vez, pero no
idiota.
Sonríe.
—Sé
lo de Kate y Dan. Lo sé desde el día que la conocí y vi cómo reaccionó cuando
mencionaste su nombre. Sé por qué lo dejó conmigo, y sé que pasó algo en
vuestra boda.
En
mi frente aparece un cartel que dice «culpable». Me pregunto si Kate es
consciente de esto.
—¿Por
qué no has dicho nada?
—No
lo sé. —Se lleva la botella a los labios y veo que él también se está
planteando esa misma pregunta. Me imagino la razón, pero ¿debería exponérsela?—.
Es una chica estupenda —añade encogiéndose de hombros.
Asiento
pensativamente y sonrío para mis adentros. Me dan ganas de reunirlos a los dos
y
soltarles
una charla. También siento lástima por Georg. Algo me dice que no les ha
contado a muchas mujeres que es huérfano, si es que se lo ha contado a alguna.
Pero Kate lo sabe y, aunque los dos actúan de una manera tan alegre y
desenfadada, sé que sienten cosas muy fuertes el uno por el otro y que ninguno
de los dos parece querer admitir o hacer algo al respecto. Es muy frustrante.
—Creo
que voy a ir a buscarla —digo. Me pongo de pie y le froto suavemente el hombro
para indicarle que lo entiendo. Él responde con una sonrisa pícara, se agacha y
le susurra algo almibarado a mi barriga.
Dejo
al enamorado Georg en el bar y voy al servicio a buscar a la idiota de mi
amiga.
Me
gustaría ir en otra dirección para sorprender a un par de personas, pero me
centro en Kate. Ninguno de mis destinos potenciales me recibirá con los brazos
abiertos, aunque decido confiar en que Tom se encargue de esto. No quiero ni
imaginarme lo que se estarán diciendo en el despacho. Sólo espero que, pase lo
que pase, a Dan no se le ocurra ir a cacareárselo a mis padres, y tengo fe en
que mi marido haga que eso no suceda.
Abro
la puerta y me encuentro a Kate agarrada al lavabo, con el rostro oculto por
completo bajo su pelo rojo mientras mira la pila.
—Hola.
—Me acerco con cautela, no quiero que se ponga a la defensiva.
Levanta
la cabeza con esfuerzo y me muestra sus brillantes ojos azules cargados de
desesperación.
—¿Tú
crees que soy una puta?
—¡No!
Me
sorprende que me pregunte eso. Puede que sea un poco ligerita, pero no una
puta. Lo cierto es que he calificado a todas las mujeres que vienen aquí como
tales, y Kate ha llevado a cabo exactamente las mismas actividades que todas
ellas, así que, ¿qué tiene de diferente? Me muero de remordimiento por pensar
así. Ella es distinta porque es mi amiga y la conozco. Sólo está haciendo esto
por Georg, o quizá cree que necesita hacerlo por él. De repente veo a las
mujeres de La Mansión con una perspectiva totalmente diferente. Sé que muchas
de ellas están aquí con un único objetivo, y ese objetivo es un dios alto y
musculoso que ya no está disponible. Ahora está casado y espera mellizos, cosa
que las ha sorprendido y cabreado. La prueba está en que muchas de ellas han
cancelado
su suscripción, y las más persistentes están llevando las cosas más allá,
drogándome, intentando sacarme de la carretera y mandándome notas amenazadoras.
De repente me aterra pensar que alguna de esas mujeres pudiera estar detrás de
todo eso. ¿Sospechará Tom de alguien?
—¿En
qué coño me he convertido, _____? —La pregunta de Kate me saca al instante de
mis alarmantes pensamientos.
—¿Quizá
en una mujer enamorada? —espeto antes de reflexionar sobre si es buena idea o
no decirlo. Los ojos de mi amiga se le salen de las órbitas, lo que me indica
que no lo ha sido—. Vas a negarlo otra vez, ¿verdad?
—No
—susurra—. Creo que toda esa mierda ya está clara.
—¿Que
ya está clara? —Me río—. Kate, estaba claro desde hace semanas. —Estoy
completamente
exasperada, pero también aliviada. La ciega de mi amiga por fin ha visto la
luz, o ha admitido que hace tiempo que la vio, da lo mismo—. Está en el bar
y... —Me detengo y refreno lo que estoy a punto de decir. No voy a advertirle
que Georg sabe lo de Dan. Eso es algo que tienen que resolver ellos dos.
—¿Y
qué? —Me mira asustada, lo que reafirma mi decisión de callar. Seguro que, de
lo
contrario,
saldría corriendo. Dará por hecho lo peor y huirá, sin darle a Georg la
oportunidad de expresar sus pensamientos.
—Y
te está esperando —concluyo.
Se
relaja visiblemente y de pronto la invade la alegría.
—¿Crees
que debería ir? —pregunta buscando mi apoyo. Es raro verla dudando de sí misma
o pidiendo ayuda o consejo.
—Sí,
deberías ir —confirmo con una sonrisa—. Deberías arriesgarte, Kate. Creo que te
sorprendería
adónde puede llevarte Georg.
—¿En
serio?
—Sí.
—Sonrío y estrecho a mi inusualmente insegura amiga entre los brazos y la
aprieto con fuerza para borrar sus inseguridades—. Ve y habla con él. Y déjalo
que hable también.
—De
acuerdo —accede—. Lo haré. —Luego me aparta con cara de asco—. Y vale ya de
tanta sensiblería.
—Sí,
lo siento, es todo culpa mía. —Ambas nos volvemos hacia el espejo y empezamos a
hacer como que nos secamos las lágrimas sobre las mejillas con los puños.
—¿Qué
crees que le estará diciendo Tom a Dan? —La pregunta de Kate me recuerda al
instante que están solos.
—No
lo sé —contesto con el ceño fruncido, aunque me imagino lo que es—, pero voy a
averiguarlo.
¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Me da un beso en la mejilla y salimos del aseo de mujeres, ella en dirección al
bar y yo rumbo a la derecha, hacia el despacho de Tom.
Irrumpo
en la habitación con los ojos casi cerrados, como intentando protegerme de la
certeza de ver a mi hermano empotrado contra la pared cogido de la garganta.
Pero no es así. Están sentados en la
misma
posición que la última vez que entré de igual manera: Tom en su silla,
tranquilo, y Dan de espaldas a mí.
—¿Por
qué aceptas dinero de Tom? —pregunto con firmeza en un intento de que ambos
vean que voy en serio. La tensión en los hombros de Dan es evidente. Puede que
haya descubierto la verdadera naturaleza del establecimiento de mi marido, pero
yo he descubierto su pequeño acuerdo, aunque no sé de qué se trata ni sé si
quiero saberlo. No obstante, eso no evita que siga insistiendo—. ¿Vas a contestarme?
Dan
no lo hace, pero Tom sí.
—_____,
te dije que te quedaras allí.
—No
estoy hablando contigo —replico sin ningún miedo.
—Pues
yo contigo sí —dice él.
—Cállate.
—Me acerco a la mesa y le doy unos toques a Dan en la espalda con el dedo—. No
has abierto la boca. ¿No tienes nada que decir?
—¿Ves
con qué tengo que lidiar? —Tom levanta las manos en un gesto de desesperación—.
Es una auténtica pesadilla.
Le
lanzo a mi hombre una mirada asesina y le doy una palmada a mi hermano en el
hombro.
—Habla.
¿Qué está pasando?
—Estoy
arruinado —dice Dan en voz baja—. Hundido, sin blanca, como lo quieras llamar.
Tom ha accedido a ayudarme.
—¿Se
lo has pedido? —inquiero, incrédula. Eso es muy atrevido por su parte, teniendo
en cuenta la relación que hay entre ellos dos.
—No,
él se ofreció a ayudarme sin compromiso... hasta hace diez minutos.
—¿Estás
sobornando a mi hermano? —Desvío la mirada hacia Tom, que tiene las manos
unidas formando un triángulo con los dedos delante de su boca—. ¿Le has pagado
para que no hable?
—No.
Le he prestado algo de dinero y he añadido una pequeña cláusula al contrato a
posteriori.—Estoy horrorizada, pero tremendamente aliviada. Tom dijo que mis
padres jamás se enterarían, y está asegurándose de que mantiene su promesa.
—¿Qué
ha pasado con la escuela de surf? ¿Y por qué no les pediste el dinero a papá y
a mamá? Te habrían prestado algo.
—No
estamos hablando de unos cuantos pavos, ______. Estoy de deudas hasta las
cejas. Pedí un préstamo enorme para financiar mi parte del negocio, y mi
compañero se ha fugado con el dinero. Estoy jodido.
Me
derrumbo.
—¿Por
qué no has dicho nada?
—¿Tú
qué crees? —Parece muy humillado—. Estaba avergonzado, ______. Lo he perdido
todo.
Mis
ojos apenados vuelven a centrarse en Tom, que permanece callado pero me observa
con atención.
—¿Cuánto
es? —pregunto. Mi pregunta incomoda claramente a mi marido, y Dan se revuelve
en la silla a mi lado, lo que sólo puede significar una cosa. Sé que no estamos
hablando de un par de miles de libras—. ¿Cinco mil? ¿Diez mil? Quiero saberlo.
—Unos
cuantos miles —interviene Dan antes de que Tom me conteste. No me lo creo ni
por un instante.
—¿Tom?
—insisto, clavándolo en el sitio con una mirada de determinación. Tengo que
saber hasta qué punto mi hermano tiene problemas.
Sus
ojos se apartan de los míos por unos instantes para mirar a Dan. Inspira hondo
y empieza a frotarse las sienes.
—Lo
siento, Dan. No voy a mentirle. Doscientas, nena —dice con un largo suspiro
liberando más tensión.
Puede
que yo también necesite frotarme la sien. Espero que con ese «doscientas» se
refiera a libras, pero sé que estoy esperando en vano. Me tambaleo un poco
totalmente estupefacta y Tom se levanta de la silla al instante. Parece
furioso.
—Maldita
sea, _____. —Me sostiene de los hombros—. ¿Estás bien? ¿Estás mareada? ¿Quieres
sentarte?
—¡¿Doscientas
mil?! —chillo—. ¿Qué clase de banco presta doscientas mil libras? —Me quito de
encima a Tom mientras asimilo la información y mi incredulidad se transforma en
ira—. ¡Estoy bien!
—¡No
me empujes, _____! —me grita; luego me agarra del codo para dirigirme a su mesa
y me obliga a sentarme con suavidad en su enorme silla de oficina—. No te exaltes
tanto, señorita. No es sano.
—¡Tengo
la tensión perfectamente! —espeto con petulancia, aunque sospecho que acaba de ponerse
por las nubes—. ¿Doscientas mil? ¡Ningún banco en su sano juicio prestaría
tanto dinero para montar una escuela de surf!
Los
bancos australianos deben de funcionar de la misma manera que los británicos.
Se echarían a reír a carcajadas si alguien les pidiese esa barbaridad. ¿Cuánto
pueden costar unas cuantas tablas de surf?
—No,
tienes razón. —Dan se hunde todavía más en la silla, volviéndose cada vez más y
más pequeño. Es un indicativo de cómo se siente: pequeño y estúpido—. Pero un
prestamista, sí.
—¡Genial!
—Hundo la cabeza en las palmas de mis manos. Sé cómo funcionan, aunque no he tenido
el placer de experimentarlo en persona—. ¿En qué estabas pensando?
Tom
me frota la espalda para tranquilizarme, pero no lo consigue en absoluto.
—No
estaba pensando, _____ —suspira mi hermano.
Levanto
la cara para que Dan pueda ver mi decepción. Creía que era más listo.
—¿Ésa
es la única razón por la que volviste a casa?
—Me
estaban buscando. —El rostro vencido de Dan me parte el corazón—. Uno no se va
de rositas si no paga su deuda con esos tipos.
—Dijiste
que te iba bien —le recuerdo, pero no me da ninguna explicación, simplemente se
encoge de hombros—. Pues quédate aquí. —Me inclino hacia adelante—. No vuelvas.
Tom
se ríe y Dan esboza una débil sonrisa. Sus reacciones me indican que no toman
en
consideración
mi propuesta. También me indican que ambos encuentran encantadora mi
ingenuidad.
No
veo cuál es el problema. Australia está al otro lado del mundo.
—_____
—Dan también se inclina hacia adelante—, si no vuelvo, vendrán a buscarme. Ya
me lo han advertido, y les creo. No voy a poneros a ti, a mamá y a papá en
peligro...
Una
tos por encima de mi hombro interrumpe su discurso y mi hermano aparta la vista
de mí para mirar a Tom. No necesito volverme para saber qué expresión tiene mi
marido. Dan prosigue:
—Esa
gente es peligrosa, ______.
Me
duele la cabeza, y las caricias de Tom se están volviendo más firmes. Me
recuesto sobre el respaldo y lo miro.
—Pero
no puedes ingresar todo ese dinero en una cuenta bancaria. ¿Eso no es blanqueo?
No quiero que te involucres, Tom. —Me siento fatal por decir eso, dada la
penosa situación de mi hermano y sabiendo que Tom es su única salida, pero
bastante tenemos ya con nuestros propios problemas como para añadir ahora el de
Dan.
Me
sonríe.
—¿En
serio crees que haría algo que pudiera poneros a ti y a los pequeños en
peligro? —dice señalando mi barriga con la barbilla—. Voy a transferir a la
cuenta de Dan el dinero justo para que pueda volver a Australia. Tengo los
datos de una cuenta en un paraíso fiscal a la que transferiré las doscientas
mil libras. Nadie sabrá de dónde procede el dinero, nena. De lo contrario, no
lo haría.
—¿En
serio? —pregunto buscando seguridad.
—En
serio. —Levanta las cejas y se inclina para besarme la mejilla—. Siempre hay un
modo de hacer las cosas, créeme. —Su confianza hace que me pregunte si ya ha
hecho antes algo así. No me sorprendería lo más mínimo.
—De
acuerdo —accedo aceptando su beso antes de que despegue la cara de mí—.
Gracias.
—No
me des las gracias —me advierte muy en serio.
Miro
al otro lado de la mesa a mi hermano, que está claramente aliviado.
—¿Le
has dado las gracias a mi marido? —pregunto sintiéndome de repente algo
resentida.
—Por
supuesto —responde Dan, ofendido—. Yo no se lo he pedido, ______. Vine a hacer
las paces. Pero tu marido empezó a investigar a mis espaldas. —Dan no debería
usar ese tono acusatorio teniendo en cuenta que depende de Tom para salir de
este atolladero.
—¿Ah,
sí? —Levanto la vista—. ¿Eso has hecho?
Casi
pone los ojos en blanco, como si pensara que soy idiota por no haberme dado
cuenta de que algo no iba bien.
—Sé
cuándo un tío tiene problemas, ______.
—Vaya
—susurro. Esto es demasiado. Estoy agotada—. ¿Podemos irnos a casa? —pregunto.
—Lo
siento. —Tom me levanta de la silla y me inspecciona de pies a cabeza—. Te he
descuidado.
—Estoy
bien, sólo estoy cansada. —Suspiro y acerco mi extenuado cuerpo hasta Dan—.
¿Cuándo te vas? —digo con tono áspero e insolente, pero no puedo evitarlo.
Sé
perfectamente por qué está haciendo esto Tom, y no es sólo para que Dan no
hable. Eso ha sido un conveniente añadido. Lo hace en primer lugar porque no
quiere arriesgarse a que la mafia australiana se presente en Londres, y en
segundo lugar porque sabe que me quedaría hecha polvo si le sucediera algo a
Dan, cosa bastante probable a no ser que mi marido lo saque del terrible
embrollo en el que se ha metido, el muy idiota. Dudo mucho que Tom recupere
alguna vez ese dinero. Mi hermano jamás ganará lo suficiente como para
devolvérselo.
—Me
voy esta misma noche —responde él—. Han dicho que vendrán aquí si no he vuelto
el jueves, así que supongo que ya no nos veremos en una temporada.
—¿No
pensabas decirme que te marchabas? —pregunto.
—Te
habría llamado, mujer. —Advierto su vergüenza, pero me siento igual de dolida—.
Ya no soy tu hombre preferido —añade con una sonrisa.
No
voy a negárselo. No lo es. Siempre lo fue, incluso durante mis relaciones con
Matt y con Adam, pero ya no. Mi hombre preferido está ahora sosteniendo mi
cuerpo cansado y masajeándome el vientre con sus reconfortantes manos.
—Cuídate.
—Fuerzo una sonrisa. No quiero contravenir el consejo de mi madre de no
despedirme
jamás de un ser querido con una mala palabra.
—¿Puedo?
—Le pide permiso a mi marido con los brazos abiertos mientras se acerca a mí.
—Claro.
—Tom suelta mi estómago con vacilación, pero me sigue sosteniendo mientras Dan
me abraza.
No
quiero hacerlo, pero lo hago. Dejo escapar unas cuantas lágrimas y empapo la
chaqueta de mi hermano mientras le devuelvo el fuerte achuchón.
—Ten
cuidado, por favor —le ruego.
—Oye,
estaré bien. —Se aparta sosteniéndome de los brazos—. No puedo creerme que tu
marido tenga un club de sexo. —Sonrío mientras me seca las lágrimas de las
mejillas con el pulgar y me besa la frente—. Cuida de ella. —Le ofrece la mano
a Tom, que la acepta sin ni siquiera resoplar de disgusto ante la insultante
petición de mi hermano. Simplemente asiente y me reclama antes de que Dan me
haya soltado del todo.
—Diles
que tendrán el dinero en su cuenta antes de que acabe la semana. Tienes la
prueba. —Tom me acaricia el pelo suavemente y habla con aspereza—. Y no quiero
más problemas cuando te hayas marchado —le advierte.
Sé
lo que quiere decir con eso, pero no sé cuál es la prueba. Estoy demasiado
agotada
mentalmente
como para preguntar, y además me da igual. Dan asiente y sale del despacho sin
volver la vista atrás.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS ... YA SOLO QUEDAN CUATRO ACTUALIZACIONES MAS Y TERMINA ASI QE POR FAVOR SI QUIEREN QUE CONTINUE TODOS LOS DIAS NECESITO QUE ACOMPLETEN LOS NUMEROS DE COMENTARIOS ASI NO ME ATRASO MAS Y AGREGO OTRA NOVELA ... YA SABEN 4 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO :))
Subeee pronto
ResponderBorrarMe encantoooo, que situación mas incomoda fue la de Kate, espero los próximos caps y es una lastima que ya termine :(
ResponderBorrarSubeeee
ResponderBorrarSigueeeeeee
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